He barrido el suelo de la Luna. Con mis pestañas. El polvo entró en mis ojos y la boca sabe a sal. Has dejado, extendidas por mi cuerpo, moras. Las has






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fecha de publicación29.05.2015
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He barrido el suelo de la Luna. Con mis pestañas. El polvo entró en mis ojos y la boca sabe a sal. Has dejado, extendidas por mi cuerpo, moras. Las has exprimido, has untado mis labios con moras. Y mis pechos. Y los hombros. La tripa. En los muslos has machacado fresas. Zumo de fresas que se junta en mi boca con las moras. Mi pelo lo has llenado de ruibarbo y mis ojos los acicalas con estrellas. Siento las manos. Las tuyas. Las mías están aferradas a un trozo de sábana. Ni te tocan. Siento como estás dentro de mí, y el polvo, el de la luna, vuelve a entrar y regresa la sal. Llega a la boca y se junta al sabor de mora; al sabor de fresa. Van haciendo surcos en la piel de mi cara, las lágrimas. Se saben el camino. De memoria. Hay días que intentan seguir otro camino. Pero tú lo corriges. De un lugar lejano al alma, dejo escapar un grito. Un aullido que en nada se parece al de una perra en celo. Y la fresa sabe a sangre y la mora a golpe. Y todo, hasta la mirada, la tuya, la mía, tienen sabor de acíbar. Una tarde, una noche, un día más, la fresa ha sido sangre; la mora maratón y el polvo, el tuyo, golpes en el alma. Una noche más, me has violado. Tendría razón mi padre. La tendría. Él se lo hacía a mi madre. Yo lo escuchaba y juraba que nunca me ocurriría a mí. Al final, sí, tendría razón mi padre: todas somos putas... O tal vez tengamos miedo... Miedo...

Este verano, el diario El Mundo me pidió que escribiese un relato erótico. Un microrelato. Yo respondí que no sabía hacer eso. No me gustaba hacerlo. Terminé haciendo lo que ustedes han leído en la primera parte de mi artículo de hoy. Esos días alguien me había contado -una vez más- una historia de violencias, de violaciones, de golpes. Desde luego no era el momento mas apropiado para ponerse a escribir literatura erótica que por otra parte es difícil de escribir sin caer en la ordinariez. Me puse ante la pantalla y las letras fluyeron de las yemas de los dedos. Fluyó ese desastre de relato erótico; se supone que lo erótico ha de ser como una fiesta y a mi me salio un funeral. Los funerales por motivos como el descrito en el relato se producen demasiadas veces. Demasiados funerales, demasiadas violaciones, demasiada falta de rigor en la pena. Demasiada complacencia, demasiados ver normal lo que no es más que un crimen. Desconozco a cuantos diputados han violado, golpeado, humillado, asesinado, arrojado contra una pared y les han abierto la boca a la fuerza; les han introducido la lengua y les han mordido los labios. No sé el número de diputados, jueces y policías a los que han bajado los calzoncillos a la fuerza en un portal, en un ascensor o en el mismo domicilio conyugal. Desconozco el número de hombres que han sentido como la sangre se desliza por sus piernas después de haberles roto trozos de carne. No se a cuantos jueces, policías, diputados les han reventado la piel y los músculos de la cara a fuerza de hostias. No se cuantos se han tenido que atrincherar con sus hijos en una habitación de su casa, o salir en medio de la noche para que no les continúen dando golpes. A cuantos les han arrancado el pelo, a cuantos les han pasado las manos por el pecho sin que ellos quisieran. Creo que pocos de los legisladores, jueces y policías han pasado por esto. De haberlo sufrido intensamente, de haberlo vivido con sangre, la pena, el castigo y las sentencias -al menos los comentarios que las acompañan- serían otras. Por muy ajustada a derecho que sea una sentencia, comentarios tipo: acudió bien vestida y alegre al juicio... Vestía falda corta en el momento de la agresión... Están de más. De menos está el que no se recomiende al legislador que cambie la ley para terminar con los abusos de todo tipo que se cometen en la violencia de genero. No son abusos de los agresores, terminan siendo abusos sociales, termina siendo casi normal. Termina en insultos a las mujeres que se manifiestan en contra de las leyes, las sentencias y los comportamientos de los poderes del estado. Las llaman histéricas. El histerismo en los hombres no debe de existir, ellos carecen de útero y esta carencia al parecer los libra de este mal. Los hombres carecen de útero y determinados hombres de un par de huevos para pegar al jefe. Así que pegan a la mujer, a los hijos, a los más indefensos. Otros no pegan, otros se expresan: estas gorda... No quieras comparar tu trabajo con el mío... ¡Que sabrás tu de esto! ¡Esta comida es una mierda...! El que llama gorda no suele observar el trozo tripa que le cuelga por encima de la pretina del pantalón, esa tripa prohibida a la mujer. El que habla del trabajo y la comparación, suele ser un cretino que sólo insultando sale de la inmensa mediocridad que envuelve su vida. El que le dice a la mujer que la comida es una mierda -la comida que ella hizo al llegar del trabajo a la misma hora que el agresor mientras él veía la tele- es un zoquete incapaz de freír un huevo. Quien agrede, quien insulta sin motivo, suele ser tan mediocre, tan inepto que esa es su única vía de escape: la agresión física o verbal. Todo agresor esconde un impotente mental y físico. Un macho sin machos a los que sujetarse para saber vivir sin violencia. Tipos duros de estos, que a la primera torta que les dan se ponen a gemir como niños, existieron toda la vida. Ahora los obispos españoles ligan directamente la violencia con la liberación sexual. Quedo perpleja ante la afirmación. Yo la analizo hasta la saciedad y no me cuadra. La violencia sexual, la violencia contra niños y mujeres no se si tendrá mucho que ver con la liberación -femenina, se supone-. Si tiene que ver, los curas de la diócesis de Boston debían de estar de un liberado sexual tremendo; la castidad, el voto, vencida por el demonio de la liberación sexual. Extraño. Raro. Incoherente. Cierto es que la falta de valores morales de todo signo; que la falta de formación en cualquier tipo de autoestima personal, dignidad, y resto de normas que el derecho natural dicta, tiene malas consecuencias en la sociedad. Los malos tratos existieron siempre, hasta cuando la curia dejaba entrar en las iglesias a los dictadores bajo palio. Las potencias del alma son tres: memoria, entendimiento y voluntad. No pierda la iglesia la memoria; no pierdan los legisladores y jueces el entendimiento; y no pierda la sociedad la voluntad de oponerse a quien acecha queriendo matar todo valor moral necesario para la libre convivencia en igualdad. Los enemigos del alma son el mundo, el demonio y la carne. Las bajas pasiones están de moda, siempre lo estuvieron. El maltrato es una moda que o pasa o dejará marcada a una generación entera que terminará viendo normal pegar al débil y pensando que un intercambio de fluidos -sexo sin más- es tan normal como chupar un caramelo de fresa. El sexo sentido es algo más que eso. Al final la libertad sexual no es tal para la mujer que termina convertida en un objeto; la mujer suele salir herida de esos lances de "amor". Al final el maltrato es para el débil. ¡Auxilio, Yavé, que ha muerto la piedad, se ha ido la verdad, de entre los hombres! Mentiras se hablan los unos de los otros, sus labios son de engaño, lenguaje de corazones dobles. Libro de los salmos: salmo 12. Y ¿Como puede amarse vida cuando engendra tanta muerte y pestilencia? Y, sin embargo los hombres la aman y muchos ansían gozar de sus delicias. Kempis.

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