2° de la Serie El Club Inferno






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GAELEN FOLEY

Mi Peligroso Duque

2° de la Serie El Club Inferno








GAELEN FOLEY

Mi Peligroso Duque

2° de la Serie El Club Inferno

My Dangerous Duke (2010)
ARGUMENTO:
Se decía que el nombre de Warrington estaba maldito…

Rohan Kilburn, duque de Warrington, es un hombre tan imprevisible como temido. Conocido como «la Bestia» por su feroz temperamento y sus instintos insaciables, quiere escapar de la maldición que desde hace generaciones pesa sobe su estirpe. Para ello, ha decidido renunciar al amor y ha entregado su vida y su destino a la misión secreta del Club Inferno.

Unos contrabandistas que han despertado la ira del duque le entregan un obsequio inesperado para aplacar su furia: una joven virginal. Kate Madsen fue secuestrada y obligada a vestirse como una vulgar meretriz, pero Rohan ha sabido ver en ella a la inocente dama que hasta ese momento había vivido una vida tranquila en su cottage junto al mar. Hombre de honor, Rohan jura protegerla y dar caza a sus captores, aunque para ello tenga que traicionarse a sí mismo y entregar su corazón a una hermosa rehén de la que nunca debió enamorarse.
SOBRE LA AUTORA:
Nacida en Pensilvania, Gaelen Foley se licenció en Literatura Inglesa y Filosofía por la Universidad de Nueva York y fue allí donde, después de leer a poetas del género romántico como Wordsworth, Byron, y Keats, nació su amor por la Regencia, época en la que ha ambientado la mayor parte de sus novelas.

Tras graduarse trató de compaginar su pasión por la escritura con empleos de camarera. Tras cuatro intentos infructuosos, consiguió vender su quinto manuscrito a una de las editoriales más importantes del mundo (Bertelsmann). Después de esto, su carrera ha estado plagada de éxitos y ha sido galardonada con prestigiosos premios del género de la novela romántica.

Actualmente vive cerca de Pittsburgh, Pensilvania, con su amado compañero de universidad y ahora marido, Eric, y su mascota Bubble.

Es un claro exponente de la literatura histórico romántica, siendo sus libros (formando sagas), muy minuciosos, detallados y bien documentados, pues antes de comenzar a escribir, bebió de las fuentes de los grandes poetas y escritores del periodo Romántico. Ha ganado gran cantidad de premios en su especialidad literaria.

CAPÍTULO 01
Cornualles, 1816.
Iban a entregarla a él como ofrenda; un juguete para algún poderoso y oscuro desconocido. Kate Madsen no lograba compren­der cómo era posible que su vida hubiese llegado a ese punto, pero la rabia que la embargaba ante tan horrible destino había sido silen­ciada por la droga que sus secuestradores le habían obligado a tomar.

La tintura de amapola pronto aniquilaría su espíritu de lucha.

La droga había subyugado su carácter media hora después de que la hubieran obligado a tragarla, había enturbiado su mente, aca­llado las habituales réplicas mordaces que lanzaba a sus captores y había dejado sus manos sin fuerzas cuando las esposas de los con­trabandistas se disponían a prepararla para su destino.

Apenas consciente, capaz tan solo de balbucear torpemente res­puestas afirmativas o negativas, se mostró inusitadamente dócil mientras la mujer la bañaba sin miramientos y la vestía como una ramera para su señor.

Kate no sabía qué habían hecho los contrabandistas para enco­lerizar al temible duque de Warrington, pero suponía que ella iba a ser la virgen sacrificada gracias a la cual esperaban apaciguar su ira.

Aquel hombre era célebre por su apetito voraz en cuestión de mujeres.

Por lo que había oído, eso, junto con su experiencia en toda cla­se de violencia, era el motivo por el que los lugareños le llamaban la «Bestia» a sus espaldas.

Nada de aquello parecía real. Cuando se vio reflejada en el es­pejo vestida con aquel minúsculo trozo de muselina blanca que le habían obligado a ponerse, se limitó a reír amargamente. Sabía que estaba perdida.

Solo el narcótico le ofrecía un dulce refugio, haciendo que sus temores cayeran en el olvido, como el humo de una chimenea di­vidido en dos por el viento invernal que en esos momentos azota­ba el pueblo costero.

Las mujeres casi le arrancaron el cabello mientras deshacían los enredos de su larga melena castaña. La rociaron con perfume bara­to y, a continuación, retrocedieron para admirar su obra.

—Bastante bonita —declaró la avejentada esposa de un mari­nero—. Aseada no está tan mal.

—Sí, a la Bestia le gustará.

—Sigue estando demasiado pálida —dijo otra—. Ponle un poco de colorete, Gladys.

Parecía que todo le estuviera sucediendo a otra persona. Le ex­tendieron sin demasiada delicadeza un poco de pringosa crema ro­sada primero en las mejillas y después en los labios.

—Ya está.

A continuación, obligaron a Kate a ponerse de pie y la condu­jeron hacia la puerta como si fuera ganado.

A pesar de tener los sentidos embotados y distorsionados, la perspectiva de abandonar el angosto cuarto que había sido su últi­ma prisión sacó ligeramente a Kate de su estupor.

—Esperad —se obligó a decir en un murmullo—. Yo... no ten­go zapatos.

—¡Es para que no salgas corriendo, doña listilla! —espetó Gla­dys—. Toma, acábate el vino. Yo que tú me lo bebería. Seguramen­te ese hombre será brusco contigo.

Kate la miró fijamente con los ojos vidriosos y muy abiertos ante la advertencia, pero no puso objeción alguna. Tomó la copa y apuró el último trago de vino narcotizado mientras aquellas brujas groseras prorrumpían en carcajadas al pensar que finalmente habían logrado quebrar su voluntad.

Bien sabía Dios que de no ser por la fuerte dosis de láudano que le habían administrado, se habría puesto a gritar y a luchar con ellas como una salvaje, tal y como hizo la noche de su secuestro hacía ya un mes.

En lugar de eso, se limitó a beberse la copa y a tendérsela de nue­vo con la mirada perdida y sombría.

Las mujeres le ataron las muñecas con una cuerda a fin de llevarle a la planta baja de una casita abarrotada.

El viejo y canoso Caleb Doyle y los otros líderes de la banda de contrabandistas esperaban en el cuarto para llevarla al castillo. Kate no podía soportar mirar a los ojos a ninguno de ellos, pues se sen­tía humillada porque habían hecho que pareciera una prostituta; a ella, que siempre se había preciado de su cerebro y no de su aspecto.

A Dios gracias que a ninguno de aquellos hombres le pareció oportuno burlarse de ella. No creía que el poco orgullo que aún con­servaba pudiera haberlo soportado.

A pesar de las densas volutas de niebla que le enturbiaban el ce­rebro, reparó en el sombrío estado de ánimo que reinaba entre ellos. No se escuchaban las joviales obscenidades que se había acostum­brado a oír a los habitantes de aquel pueblo de contrabandistas.

Esa noche casi podía oler el miedo en el ambiente, y eso hizo que el suyo aumentara de forma alarmante.

Santo Dios, ¿a qué clase de hombre iban a entregarla, que podía hacer temblar a criminales tan curtidos, como si se tratara de perros apaleados ante la llegada de su amo?

—Por fin has convertido a la pequeña marimacho en una dama, ¿eh? —farfulló Caleb, el jefe de los contrabandistas, a su esposa.

—Sí. Ahora se comportará. No te preocupes, esposo —agregó Gladys—. Ella aplacará la cólera del duque.

—Esperemos que el duque muerda el anzuelo —masculló Caleb.

El hombre dio media vuelta, pero Gladys le agarró del brazo y se llevó a su marido aparte:

—¿Estás seguro de que quieres correr el riesgo?

Él se mofó.

—¿Qué otra opción tengo?

A pesar de que la pareja había hablado en voz baja, Kate estaba lo bastante cerca como para escuchar la tensa conversación; si bien no pudo entender demasiado, puesto que aquellos hombres se ha­bían ocupado de que así fuera, mermando su capacidad de racioci­nio a base de láudano.

—¿Por qué no hablas con él, Caleb? Claro que se pondrá fu­rioso, pero si le explicas lo sucedido...

—¡Estoy harto de humillarme ante él! —espetó airadamente su esposo—. ¡Fíjate en la respuesta que nuestro distinguido duque en­vió la última vez que le pedimos ayuda! Bastardo sin sentimientos. Codeándose con príncipes y zares, metido en sabe Dios qué negocios en el continente. Su excelencia es demasiado importante para preocuparse por alguien como nosotros —dijo con amargura—. Ya ni me acuerdo de la última vez que se molestó en visitar Cornualles. ¿Y tú?

—Ha pasado mucho tiempo —reconoció la mujer.

—¡Sí, y ahora vuelve únicamente por el maldito naufragio! Ya no importamos, da igual que seamos su gente. Si quieres mi opi­nión, ha olvidado sus orígenes. Pero esta lección le ayudará a recordarlo.

—¡Caleb!

—¡No le tengo miedo! No te preocupes. Una vez que haya he­cho suya a la muchacha, también él estará metido hasta el cuello en este asunto, le guste o no. Entonces no tendrá más remedio que ayudarnos.

—Claro, y si te equivocas habrá graves consecuencias.

—Espero que las haya —replicó con un duro brillo en sus as­tutos y ancianos ojos—. Pero ya ves qué opciones tengo, Gladys. Más vale lo malo conocido...

—De acuerdo, si estás seguro... Allá vamos. —Gladys cruzó los brazos a la altura del pecho.

Caleb se alejó con una expresión tensa en el rostro curtido ha­ciendo señas a sus hombres.

—Vamos. Traed a la muchacha. ¡No hagamos esperar a su ex­celencia!

Dos de los desaseados contrabandistas sujetaron a Kate de los brazos y, sin más preámbulos, la sacaron a la gélida y oscura noche del mes de enero.

El cerebro de Kate bullía mientras intentaba poner en orden la escasa información que había deducido de la conversación de los Doyle. Esa era la primera explicación que había escuchado acerca de lo que estaba sucediendo, pero con el láudano corriendo por sus venas, su agudeza mental era demasiado escasa como para pensar en nada. Ataques de euforia y miedo la dominaban de forma alter­nativa; seguir un hilo de pensamiento sencillamente requería de­masiado esfuerzo. Era más fácil dejarse llevar...

Entretanto, los contrabandistas levantaron su cuerpo laxo y la depositaron en el segundo de los tres destartalados carruajes esta­cionados fuera. Caleb le arrojó una finísima manta para evitar que cogiera una pulmonía. La encerró tras mirarla con recelo, como si sospechara que estaba escuchando a hurtadillas.

Al cabo de un momento, emprendieron camino hacia el castillo Kilburn, la mansión ancestral de la Bestia.

Cuando la caravana abandonaba el ventoso pueblo, Kate miró con la vista perdida por la ventana del carruaje.

La luna creciente en el cielo rasgaba como si fuera una zarpa los dispersos nubarrones, dejando ver las estrellas; las constelaciones invernales descendían sobre el horizonte hacia el canal inglés, re­luciente como el ónice.

Los tenues faroles de los botes de los contrabandistas fondea­dos en el puerto se bamboleaban capeando la gélida noche.

Al frente, la pequeña caravana recorría el camino que abrazaba la montaña a medida que ascendía. Y en la distancia, sobre la lejana cumbre, surgía imponente la negra torre del castillo Kilburn.

Kate apoyó la frente contra la ventanilla del carruaje mientras miraba el castillo desconcertada. Había dispuesto de mucho tiem­po para considerar lo que podría encontrarse allí, pues a través de la ventana del diminuto cuarto que había sido su prisión durante los últimos días, había podido ver la austera torre que se alzaba a unos kilómetros de distancia sobre el inhóspito acantilado.

De acuerdo con la leyenda local, el castillo estaba encantado y el linaje de su señor, maldito.

Kate sacudió la cabeza con aturdida irritación. «Supersticiones de campesinos ignorantes.» Podría haberles explicado a esos bru­tos que el duque de Warrington no estaba maldito, sencillamente era malvado. De lo contrario ¿qué clase de hombre sería partícipe de semejante injusticia?

A juzgar por los retazos de las conversaciones que por casuali­dad había oído entre las mujeres de los contrabandistas durante las últimas semanas, el duque parecía ser un aristócrata de la peor ca­laña: rico, poderoso y corrupto. Completamente cegado por la más absoluta depravación. También había oído decir a las mujeres que su excelencia era miembro de una execrable sociedad de libertinos de Londres llamada el club Inferno.

Se estremecía solo de pensar de qué forma se divertía allí.

Sin embargo, odiarle parecía algo tan fútil como preguntarse por qué estaba pasándole todo eso a ella.

Todavía no había llegado a comprender por qué había sido rap­tada. Vivía tranquilamente cerca de los páramos con sus libros y es­critos; se mantenía por sus propios medios, sin molestar a nadie. Que ella supiera, no tenía enemigos.

Y debía reconocer que tampoco muchos amigos.

¿Por qué querría alguien hacer de ella su objetivo?

Pese a que adoraba los enigmas desde pequeña, no conseguía descifrar aquel, hasta que al final había sacado sus propias conclu­siones basadas en los pocos hechos que conocía.

Los contrabandistas subsistían comerciando en el mercado ne­gro que, con el final de la guerra, había dejado de existir. En ese mo­mento reinaba la paz y los artículos de lujo franceses ya no estaban sujetos a aranceles.

La época de vacas flacas había llegado a Cornualles. Por tan­to, para ganarse la vida, los contrabandistas debían de haber am­pliado sus negocios aventurándose en un tipo de comercio más sórdido.

Oh, había leído sobre la llamada trata de blancas. Los periódicos hablaban de bandas criminales que raptaban a jóvenes sin familia y las vendían en secreto a aristócratas decadentes y a otros perverti­dos acaudalados para que las violasen a placer, como si infligir do­lor y terror fuera su dispendioso y depravado modo de divertirse.

Aunque había oído hablar de ello, Kate nunca imaginó que fue­ra algo más que un morboso mito, el producto de las novelas góti­cas que eran su vicio secreto. Pero, de algún modo, para su horror, ahí estaba ella, atrapada en medio de todo aquello.

Era la única explicación que parecía encajar.

La tensa conversación que los Doyle habían mantenido hacía unos instantes le ofreció nuevos elementos para comprender mejor la situación, pero en su actual estado de confusión carecía de los me­dios para integrarlos en su teoría provisional. Cualquiera que fue­se el significado de sus palabras, no auguraba nada bueno.

En todo caso, más importante que saber el porqué era descubrir un modo de salir de aquello.

El castillo estaba cada vez más cerca. Su temor aumentaba con cada metro de camino que recorrían los carruajes. Luchando con de­nodado esfuerzo por reponerse de la sensación de letargo inducida por el láudano, Kate se incorporó y probó el tirador de la puerta. Lo sacudió con la vaga idea de escapar, pero este no cedió.

Se percató de que, aunque pudiera liberarse, si se exponía a los elementos medio desnuda como estaba, el húmedo y brutal frío la mataría en cuestión de horas.

Ni siquiera podía abrigar la esperanza de que algún día le hicie­ran justicia, pensó en un ataque de desesperación. Todo el mundo sa­bía que era prácticamente imposible que un duque fuera juzgado y condenado por cualquier clase de barbaridad de naturaleza delictiva.

Además, ¿a quién podía contárselo? Y, para el caso, ¿quién iba a creerla? Apenas podía creerlo ella misma. Por lo que sabía, aquel hombre podía matarla mientras se afanaba en la búsqueda de un re­torcido placer.

No, su única esperanza llegados a ese punto era que cuando por fin hubiera terminado con ella le permitiera vivir y dejara que se fuera a su casa sin más.

El recuerdo de su acogedora casita con techo de paja en los alre­dedores de Dartmoor hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas a causa de la insoportable añoranza que la embargó, puesto que los opiáceos magnificaban todas sus emociones. Poniendo a Dios por testigo juró que si algún día lograba regresar a su hogar jamás vol­vería a quejarse de su aislamiento rural en el monte, pues últimamente había descubierto que había cosas peores en el mundo que la soledad.

¡Lo que más le costaba era pensar que el estúpido de O'Banyon ni siquiera había secuestrado a la chica correcta!

La noche de su secuestro, el líder de la banda, O'Banyon, la ha­bía llamado por un nombre equivocado: Kate Fox en lugar de Kate Madsen.

¡Su nombre era Kate Madsen!

Mientras sus esperanzas iban desvaneciéndose pensó que tal vez se tratara de un escandaloso caso de confusión de identidad. Qui­zá pudiera convencer al duque de que aquello jamás debería haber pasado, no a ella.

Y sin embargo... el retazo de un recuerdo de la infancia, un in­significante incidente que casi había olvidado, abrió un agujero en su bien hilada teoría sobre la trata de blancas, engendrando un ate­rrador desconcierto que la conmocionó hasta lo más profundo de su ser.

Sin embargo no había tiempo para sopesar la cuestión.

Tenía ante sí su destino. Habían llegado al castillo Kilburn.

Rodeado por un inhóspito y helado paisaje rocoso, su sólida fa­chada de piedra estaba iluminada por la plateada luz de la luna y bordeada por profundas sombras.

Kate se giró para mirar a uno y otro lado mientras los tres ca­rruajes cruzaban con gran estruendo el puente levadizo y atrave­saban velozmente el arco de entrada de la garita situada en la barba­cana, del que pendía un rastrillo dentado. Un par de corpulentos guardias les hicieron señas para que avanzaran sin detenerse.

«Así pues, nos esperan.»

A través de la ventanilla del carruaje contempló los muros ex­teriores del castillo, que se alzaban a ambos lados y desaparecían en la noche, como un abrazo férreo del que jamás escaparía.

Su pulso palpitaba violentamente. «¿Escapar de aquí? No. No hay modo de hacerlo.» Aunque estuviera vestida con ropa de abrigo y tuviera la mente despejada, había hombres armados por todas partes.

«¿Por qué? ¿Por qué tiene todos estos guardias?»

Parecía ser más que evidente que el duque tenía mucho que es­conder.

Kate había sacado ya algunas conclusiones sobre los negocios

de aquel con los contrabandistas. Había establecido que, como el señor de las tierras donde habitaban esos criminales, el duque per­mitía a los contrabandistas operar libremente en sus tierras coste­ras a cambio, sin duda, de una parte de sus mal habidas ganancias. Seguramente aquellos bandidos suministraban muchachas que sa­ciasen los diabólicos apetitos del club Inferno.

No era de extrañar que tuviera tantos guardias, pensó. Incluso estando drogada, podía deducir que lo lógico era que un acaudalado par del reino que tenía sus escarceos con el mundo del hampa qui­siera tomar medidas extraordinarias para garantizar su seguridad.

Tal vez simplemente fuera tan paranoico como cualquier tirano conocido, pensó echando de menos sus polvorientos libros de his­toria. César y su guardia pretoriana... y el César de la época mo­derna, Napoleón, con su Gran Ejército, o lo que quedaba de él des­pués de la batalla de Waterloo acaecida el verano anterior.

Señor, si el duque era tan paranoico, su situación podría ser aún más desesperada de lo que había pensado.

La fortaleza normanda se alzaba frente a ella en la oscuridad con sus cuatro torres redondas. Los carruajes desfilaron adentrándose en el imponente espacio amurallado y llegaron a un patio en el cen­tro del recinto.

Mientras los caballos se detenían con gran estrépito, una nueva sensación de terror dominó a Kate, y cualquier esperanza de reci­bir un milagroso indulto se desvanecía por momentos.

Los contrabandistas comenzaron a apearse de los tres vehícu­los. La puerta del que se encontraba en medio se abrió de golpe, y una gélida ráfaga de aire se coló dentro.

—Vamos —ordenó Caleb bruscamente. El jefe de los contra­bandistas metió las manos en el carruaje y la sacó de allí.

Kate aferró la minúscula manta tratando de protegerse de los elementos, pero el anciano se la arrebató dejándola totalmente ex­puesta con su vestido de fulana.

—No necesitas eso.

Cuando la dejó en el suelo, ella profirió un débil grito de dolor, pues las finas medias blancas que llevaba ofrecían escasa protección contra la placa de hielo que cubría las losas del suelo.

Doyle hizo una señal con la cabeza a dos de sus subordinados.

—Sí, señor. —Los dos hombres la agarraron de los codos y se dispusieron a conducirla hacia la enorme entrada gótica sin ningún miramiento.

Los dientes le castañeteaban y tiritaba violentamente, pero Kate hizo lo posible por no quedarse atrás a pesar de que las piernas le temblaban por el miedo y sentía pinchazos en los pies, práctica­mente descalzos, con cada paso que daba.

Todavía mareada y desorientada, pensó que cualquiera que la viese en esos momentos seguramente la creería una simple fulana borracha. Oh, Santo Dios, su aristocrática madre se revolvería en su tumba si la viera ahora.

Sin embargo, por fortuna el frío tenía una ventaja para Kate: despejaba parte del estupor obligándola a permanecer relativamen­te alerta y consciente de su entorno.

A pesar de tener los ojos vidriosos, se mantuvo atenta a cualquier modo de escapar, tanto en esos momentos como en un futuro. Cuando examinó a los contrabandistas que la habían acompañado no vio a ninguno de los tres que irrumpieron en su casa la noche de su secuestro.

Odiaba especialmente a O'Banyon. «Bruto repugnante y lascivo.»

Por casualidad había escuchado el nombre del líder de la ban­da la noche en que la raptaron cuando uno de los dos hombres jó­venes le pidió permiso para robar en la casa después de que la hu­bieron apresado. O'Banyon había permitido magnánimamente a sus ayudantes que se quedasen con todo el dinero y las joyas que pudieran encontrar. Que, en cualquier caso, no había sido mucho.

Las posesiones que Kate más valoraba se encontraban en su es­tantería, pero aquellos rufianes eran demasiado zafios para que les interesasen Aristóteles y Shakespeare.

Doyle se detuvo nada más pasar el cortavientos de la imponen­te entrada de piedra.

—Desatadle las manos —ordenó a sus secuaces.

Los hombres que sujetaban los brazos de Kate miraron a su jefe con sorpresa.

—Puede que a su excelencia no le guste —farfulló Caleb—. Que la ate él mismo si le place. No os preocupéis, no va a ir a ninguna parte. Apenas sabe cómo se llama en estos momentos. ¡Vamos, daos prisa! —ordenó señalando con la cabeza las cuerdas que le rodea­ban las muñecas—. Se me está congelando el culo.

Para alivio de Kate, el hombre al que se había dirigido Caleb obedeció y le quitó la cuerda que le sujetaba las muñecas. Sin em­bargo, antes de proseguir, el señor Doyle la apuntó a la cara con un dedo y le hizo una seria advertencia.

—No flageles a su excelencia con tu afilada lengua, muchacha, o desearás estar de nuevo en el sótano. ¿Me comprendes? Él no aprecia la insolencia. Es un hombre muy poderoso. Si eres lista mantendrás la boca cerrada y harás lo que te diga. ¿Entendido?

Kate asintió dócilmente mientras se frotaba las muñecas magu­lladas.

El jefe de los contrabandistas pareció sobresaltarse al observar la ausencia de su habitual espíritu combativo. Las arrugas de la fren­te de Caleb dieron paso a un ceño fruncido.

—Ay, no me mires así... ¡como un corderillo que llevan al ma­tadero! —vociferó—. ¡Docenas de muchachas de los alrededores darían el brazo derecho por pasar unas cuantas noches en su cama! Sobrevivirás.

Kate se puso rígida, pero el brusco tono de voz del hombre ha­bía logrado desterrar las lágrimas que se agolpaban en sus ojos y apelar a sus últimas reservas de coraje. Se armó de valor lo mejor que pudo e irguió los hombros decidida a sobrevivir. Por Dios que no se enfrentaría a aquello amilanada y vencida.

—Venga, vamos —farfulló Doyle a sus hombres menospre­ciando lo que iba a suponer la perdición de la joven—. Démosle al César lo que es del César.

Con eso, Caleb Doyle llamó a la puerta tachonada de hierro con la enorme aldaba metálica.

Un hombre enjuto vestido de negro les abrió de inmediato.

—Buenas noches, señor Eldred —saludó Caleb al entrar con todo el encanto del que fue capaz.

El mayordomo se inclinó, como un esqueleto animado atavia­do con negros ropajes.

—Señor Doyle.

Aquel hombre tenía unos ojos hundidos y astutos, rostro hue­sudo y un adusto y ominoso aire de serenidad. A pesar de las en­tradas, tenía una rebelde mata de cabello canoso que se alborotaba en todas las direcciones en la parte posterior de la cabeza.

Eldred miró a Kate con expresión inescrutable, pero al parecer era demasiado astuto para hacer preguntas. Dio media vuelta suje­tando en alto un farol.

—Por aquí, tengan la bondad. El señor los está esperando.

El grupo al completo siguió al mayordomo, que los condujo por un corredor con un alto techo y escasamente iluminado, todo de piedra, escayola envejecida y oscura madera labrada. Kate avan­zó a trompicones con los pies helados sin dejar de mirar a su alre­dedor. Nunca antes había estado en un castillo, pero era difícil de creer que alguien pudiera vivir en un lugar semejante.

Aquello no era un hogar, sino una fortaleza, un imponente cuar­tel de una época de caballeros y dragones.

Todo era oscuro y sólido, frío y amenazador. En lugar de cua­dros, de las paredes colgaban armas antiguas, escudos y piezas de armadura, y deshilachados pendones. No había nada acogedor allí aunque, en contra de toda lógica, y a pesar de su poco hospitalaria atmósfera, la importancia histórica del castillo hizo que durante uno o dos segundos se olvidara del temor cuando aquel lugar, las bata­llas que había presenciado, y todas las demás cosas misteriosas que podrían haber acontecido en él a lo largo de los siglos despertaron su insaciable curiosidad de erudita.

Entonces reparó en que sus captores estaban cada vez más ner­viosos.

—Eh, Eldred. —Caleb se arrimó al mayordomo mientras reco­rrían cansinamente un corredor recubierto de oscuros paneles de madera—. ¿De qué humor se encuentra esta noche?

—Perdón, ¿cómo dice?

—¡La Bestia! —susurró—. ¿Está de mal humor?

El mayordomo le miró con desaprobación.

—Le aseguro que no sabría decirlo.

—Así que eso es un sí —masculló Caleb.

Entonces Eldred los guió hasta un cavernoso salón con un alto techo abovedado.

La oscuridad se concentraba entre los arcos de la bóveda. Polvo­rientos tapices cubrían las paredes laterales aquí y allá. En la pared del fondo destacaba una pequeña galería que daba a la estancia, la llamada galería de los trovadores. Más cerca de donde se encontra­ban, una serie de muebles recios y antiguos proporcionaban una austera comodidad.

Había dos guardias de negro, al igual que los que estaban en la entrada del castillo, apostados en los rincones más próximos. En posición de firmes, tan inamovibles como las armaduras que ador­naban el gran salón.

El único signo real de vida procedía del fuego encendido en la enorme chimenea situada junto al estrado al fondo del salón... y fue allí donde Kate atisbo por primera vez a la Bestia.

Supo inmediatamente de quién se trataba.

El extraordinario poder que emanaba su presencia llenó la es­tancia antes siquiera de que él se diera la vuelta. De espaldas a ellos, el duque de Warrington se encontraba de pie frente al fuego, como una figura imponente recortada contra las llamas.

Estaba jugueteando con una extraña arma de gran tamaño, de hoja larga y dentada, una especie de cruce letal entre una lanza y una espada. Manteniéndola en equilibrio sobre la punta, la giró lenta­mente de un modo un tanto siniestro.

Eldred anunció a los recién llegados con un educado carraspeo:

—Ejem, excelencia: Caleb Doyle y compañía.

El duque levantó el arma apoyándose la cruz de la larga empu­ñadura sobre su ancho hombro.

Kate notó que se le formaba un nudo en la garganta cuando el gigante de hierro se dio la vuelta pausadamente hacia ellos. Él guar­dó silencio mientras los diseccionaba con la mirada desde el otro extremo del salón. A continuación se encaminó hacia ellos con paso sereno pero implacable: un aristócrata guerrero medieval vestido con ropa moderna. Cada golpe de sus botas salpicadas de barro re­sonaba en la hueca inmensidad de la cámara.

Kate se quedó ligeramente boquiabierta mientras le contemplaba con temor y cierto sobrecogimiento. Caleb se despojó del sombrero y dio un par de pasos haciéndoles señas a sus hombres para que hicieran lo mismo.

El grupo de contrabandistas avanzó temblando de miedo, con Kate en el centro.

Los ojos de la joven continuaron fijos en el duque guerrero que se acercaba a ellos sin prisa. Buscó en vano cualquier signo de be­nevolencia en aquel hombre pero, en vez de eso, exudaba una ca­pacidad para la crueldad. Era insensible, siniestro y peligroso; la intimidación en persona.

Era evidente que acababa de llegar, tenía el rebelde cabello ne­gro, alborotado por el viento, recogido en una gruesa coleta. Kate le estudió con los ojos desmesuradamente abiertos. El negro pañuelo anudado alrededor del cuello no era tan formal como una corbata. La camisa holgada, algo abierta, desaparecía dentro de un chaleco, también oscuro, que se ceñía a su delgado y esculpido torso.

Gotas de lluvia y aguanieve salpicaban aún sus negros pantalo­nes de montar en tanto que la rojiza luz del fuego centelleaba sobre la espada que blandía distraídamente, como si hubiera nacido con ella en la mano.

Con el corazón latiéndole con fuerza, Kate no pudo apartar la mirada de él.

Parecía tener treinta y pocos años. Kate observó detenidamen­te su rostro anguloso y de duras facciones a medida que se acerca­ba. Una cicatriz, parecida a la marca de un rayo, adornaba el extre­mo de una de sus pobladas cejas negras. Tenía la piel tostada, algo nada elegante, como si hubiera pasado años en climas más soleados. La nariz era ancha pero recta y dos surcos enmarcaban el gesto se­vero de su dura boca.

Sus ojos eran aterradores.

De color y expresión acerada, estaban entrecerrados con suspi­cacia y en sus profundidades centelleaba una furia acumulada que, se­gún se percató Kate, esperaba descargar sobre los contrabandistas.. . y que también podría caer sobre ella antes de que acabara la noche.

Santo Dios, podía matarla sin esfuerzo, comprendió de inme­diato. Era un hombre enorme, de casi dos metros de estatura, con brazos de hierro y hombros como los acantilados de Cornualles. Parecía lo bastante fuerte como para levantar un caballo, y ella solo le llegaba hasta la mitad de su enorme pecho.

No era de extrañar que los contrabandistas le tuvieran pavor, a pesar de que Caleb hubiera afirmado lo contrario en el pueblo. Warrington tenía el imponente físico de un conquistador y todo el po­der mundano de la más alta posición de la aristocracia, exceptuan­do a la familia real.

Kate trató de retroceder cuando el duque se acercó recorriéndola osadamente con la mirada.

—¿Qué es esto? —gruñó a Doyle al tiempo que la señalaba a ella con la cabeza. Kate reaccionó instintivamente a su atención y, presa del pánico, trató de zafarse de sus captores a fin de escapar.

Ellos la detuvieron.

—¡Un regalo, excelencia! —exclamó Caleb Doyle con forzada jovialidad.

Cuando los contrabandistas la llevaron a rastras hacia él, Warrington la estudió como si fuera un lobo.

—¿Un regalo? —repitió con tono divertido.

Caleb la empujó hacia él con una sonrisa alegre.

—¡Sí, señor! ¡Un presente de nuestra parte para darle la bienve­nida a Cornualles después de tanto tiempo! Un bonito calienta-camas para una fría noche de invierno. Es una belleza, ¿no le parece?

El duque guardó silencio durante largo rato examinándola de­tenidamente con mirada penetrante. Luego respondió de forma apenas audible, y su grave voz reverberó como el rugido de un true­no acercándose.

—En efecto.

Atrapada en su mirada, Kate ni siquiera pudo moverse. Tenía suerte de acordarse de que debía seguir respirando.

Cuando Caleb rió de nuevo con nerviosismo, los otros le siguie­ron, pero Warrington apenas se fijó en ellos, pues el duque evalua­ba a Kate con ojo crítico.

—Muy considerado por tu parte, Doyle —murmuró observan­do con lascivia cómo el frío había afectado a ciertas partes de la ana­tomía de la joven.

Su mirada desvergonzada acabó con los últimos resquicios de esperanza de que aquel hombre pudiera no ser partícipe de los crí­menes de esos hombres. Por supuesto que lo era.

Kate no era más que mercancía para él.

—Pensamos que le gustaría, señor. También le hemos traído al­gunos otros obsequios... —Doyle gesticuló apresuradamente a sus secuaces—. Enseñádselos. ¡Deprisa!

Sus hombres se pusieron manos a la obra y mostraron a su señor una caja de excelente coñac y un surtido de magníficos cigarros.

Sin embargo Warrington apenas dedicó una mirada a sus ofren­das, pues continuaba estudiando a Kate con una expresión especu­lativa en los ojos.

La joven no sabía qué hacer. Ningún hombre la había mirado jamás de ese modo: inspeccionándola... no, devorándola.

Warrington desvió la vista de su cabello aún húmedo a los pies cubiertos por medias, evaluándola de arriba abajo; luego, para sor­presa de Kate, la miró a los ojos con dureza... aunque solo duran­te un instante.

En aquel fugaz momento, no supo con certeza qué fue lo que atisbo en su penetrante mirada, aparte de un escalofriante grado de inteligencia, como un hombre en plena partida de ajedrez.

—¿El regalo es... eh... aceptable, excelencia? —aventuró Caleb con sutileza.

El duque esbozó una sonrisa peligrosa más potente que el láu­dano.

—Pronto lo descubriremos —dijo. Sin apartar en ningún mo­mento la mirada de ella, hizo un gesto con la cabeza a sus guar­dias—. Llevadla a mi dormitorio.

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