Después de haberse agotado la a edición del libro se mones escogidos, del pastor Samuel Vila, nos complacemos en dar a luz este segundo volumen para ayudar






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PULPITO CRISTIANO
Samuel Vila
INTRODUCCION
Después de haberse agotado la 3.a edición del libro SE MONES ESCOGIDOS, del pastor Samuel Vila, nos complacemos en dar a luz este segundo volumen para ayudar, con más variedad de temas, a los obreros del Señor, profesionales y voluntarios, que han venido utilizándolos con gran provecho y complacencia de parte de sus auditorios, como algunos han tenido la franqueza de declararnos de palabra y por carta.
Cómo ha sido usado el primer volumen de esta serie.
Muchos nos dicen que han hallado en SERMONES ESCOGIDOS el plan para un sermón cambiando mucho de su contenido; otros han utilizado párrafos, pensamientos y anécdotas para un sermón propio con otro plan; otros los han usado casi intactos después de leerlos detenidamente. Pero todos declaran lo muy útil que les ha sido aquel pequeño arsenal de ideas para el pulpito; y expresan su deseo de que el veterano predicador doctor Vila, saque más material de su archivo de tantos años en el servicio del Señor y lo ponga a disposición de sus colegas en el ministerio a ambos lados del Océano.

PULPITO CRISTIANO es el cumplimiento de esta sugerencia; y lo es, creemos, de un modo superlativo. En SERMONES ESCOGIDOS hay mucho material: pero no también trabajado como en el presente volumen.

Como explicábamos en el Prólogo, aquellos fueron sermones de tiempos difíciles en España, preparados apresuradamente para ser dados a los predicadores improvisados que se reunían por las casas. Lo que necesitaban aquellos, entonces, eran ideas; muchas ideas, más que modelos de elocuencia, que entonces habría sido difícil adaptar o imitar, y que tampoco eran propios de semejante predicación casera.
Características de la presente colección:

Los presentes son más sermones de pulpito. Están me­jor elaborados, la mayoría de ellos; no sólo en ideas, sino en expresión. Al revisarlos para ser puestos en este libro, el autor ha tenido en cuenta el capítulo XII, recientemente aña­dido, a la sexta edición de su libro Manual de Homilética; y también las necesidades de este tiempo moderno, con el for­midable avance de la cultura mediante los nuevos medios de comunicación y enseñanza. No solamente es necesario de­cir buenas cosas a los oyentes de nuestros días, sino que hay que decirlas bien.

Esto ha inducido al autor a dar más extensión material a los presentes sermones, limitando un tanto la exhuberancia de ideas que aparece en el volumen anterior. Treinta ser­mones ocupan casi igual espacio que cincuenta en aquél; pero no significa que sean más largos, sino que algunos son ex­presados con más detalle, palabra por palabra; especialmen­te en su primera parte, dejando a la iniciativa e inspiración del predicador la aplicación de sus enseñanzas en la parte final, con breves indicaciones al respecto.

El autor ha sido siempre enemigo de la elocuencia re­buscada, consistente más en palabras que en ideas, y sabe que el mayor peligro para los predicadores noveles es que, procurando hacerse elocuentes, multiplican de tal modo las bellas frases, a veces sin mucho tino, al principio del sermón, que no les queda tiempo luego para sustanciosas ense­ñanzas y aplicaciones prácticas, especialmente cuando el bosquejo carece de un plan lógico y ordenado.

En los presentes sermones no sólo hay el plan para cada sermón, sino la expresión del mismo, palabra por palabra en la parte más difícil del mensaje. Puede ser, pues, el presente volumen, un modelo útil para jóvenes que empiezan a lan­zarse al difícil arte de la predicación, mostrándoles cómo pueden decirse las cosas de un modo claro y concreto. Cómo deben evitarse adjetivos inútiles; así como fastidiosas repe­ticiones de la misma palabra en un párrafo, cuando existen en nuestro riquísimo castellano infinidad de seudónimos que pueden expresar la misma idea con igual o mejor precisión. Sin caer en la petulancia de usar palabras que no son de uso común, y serían un enigma para la mayoría de oyentes.

Por esto nos permitimos recomendar a los señores direc­tores de institutos bíblicos y seminarios que han adoptado para sus clases de homilética el Manual de Homilética del Dr. Vila, no dejen de poner en manos de cada uno de sus alumnos un ejemplar del presente volumen de sermones como guía práctica y ejemplo de las reglas y consejos que en el Manual se encuentran, particularmente en los capítulos XII al XV.
Peculiaridades de algunos sermones:

La forma, empero, nunca es lo más importante en los sermones evangélicos, sino el contenido, el mensaje espiri­tual, y en este terreno creemos que no quedarán defraudados nuestros lectores que han venido utilizando SERMONES ES­COGIDOS del pastor Vila, pues el contenido de los presentes es abundante y en algunos casos bastante original. Por ejem­plo, en la parte que podríamos llamar «La Navidad vista des­de arriba», del sermón «Pobre siendo rico»; la actitud de Pa­blo ante la vida y la muerte en «La victoria del cristiano», o las inferencias que se desprenden sin excesiva imaginación de la narración bíblica atentamente considerada, en mensajes como «Aspiraciones cumplidas», «El camino de la fe», «Las siete miradas de Jesús», «Euticho», «Rosita de Jerusalén», y «Espejo de espejos».

En aquellos sermones en que el autor roza con temas de diversa concepción entre predicadores de tendencia moder­nista o fundamentalista; presenta su punto de vista, de interpretación literal de la Biblia, con interesantes sugerencias en su apoyo: como las referentes al Edén en el sermón «Felicidad en el matrimonio» o la de una posible superior ra­dioactividad bajo divino impulso durante las épocas creativas, en el sermón de vacaciones «El reposo de los santos».

Para mayor facilidad de los predicadores esta colección aparece dividida por asuntos, igual que en SERMONES ESCOGIDOS, pero el presente volumen los contiene para oca­siones especiales que no aparecen en aquél, como bodas, cul­tos fúnebres, retiros, vacaciones, etc.
Cómo usar con eficacia un libro de sermones:

Nuestra más encarecida recomendación a los usuarios de estos sermones es que no se limiten a leerlos. Predicar no es proceder a la lectura de un artículo literario, sino poner en contacto el corazón y el alma del que habla con el corazón de los que escuchan. Para predicar bien el sermón de otro predicador es necesario haberlo puesto primero en el propio corazón. El mejor método es leer el sermón varias veces buscando y releyendo cada vez en la Biblia las citas que en el mismo se dan. Leerlo con suma atención, hasta que resulten claros en la propia mente todos sus argumentos, ex­hortaciones y ejemplos, de modo que sea fácil manejarlos y pasar de uno a otro variando las palabras, o sea explicar lo mismo con palabras propias, sin perder el hilo de la exposición.

Nos permitimos aconsejar a los predicadores que van a usar alguno de estos sermones, poner un pequeño número tras de aquellas frases que despierten en ellos alguna nueva idea para aclarar o enfatizar la del autor. Luego, en papel apar­te, escribir el mismo número y redactar a continuación aquellos pensamientos propios originados por la lectura del sermón. Los que disponen de mucho tiempo harían bien en copiar el texto entero, añadiéndole aquellos párrafos en los lugares respectivos. De este modo les sería más fácil ver si las ideas propias corresponden bien con el mensaje; si son una ayuda aclaratoria, o rompen el hilo del discurso; y ten­drían menos dificultad, al llegar a tales aportaciones perso­nales cuando dieran el sermón desde el pulpito.

Procuren, empero, que estas nuevas frases no sean una mera repetición de lo que ya dice el texto impreso, sino una verdadera aclaración o ampliación, bien relacionada con el mensaje original. Y, sobre todo, que no sean tan largas que rompan el hilo del argumento hasta el punto que les sea luego difícil volver a encontrarlo.

Por otra parte, procuren leer los párrafos del sermón original con tal entonación y tal énfasis, que el público no se dé cuenta de que están leyendo. Para ello es necesario haber leído el texto un número de veces proporcional, en relación inversa, a la facilidad que tengan para la lectura. A los predicadores que tienen buena memoria y poca facilidad para leer, les recomendamos no llevar el libro al pulpito, sino solamente algunas notas con los puntos principales en letra bien grande y clara. En cambio, los que tienen gran facilidad en la lectura, pueden dar el mensaje de un modo más bre­ve, completo y correcto, llevando el libro al pulpito para leerlo con el énfasis y el tono propio de la predicación.

Unos y otros, y sobre todo estos últimos, deben dar lugar, empero, a ideas y hasta anécdotas improvisadas, que la exposición del mensaje les sugiera en el mismo pulpito. Aun aquellos que hayan tenido tiempo para escribir pensamien­tos propios puedan sentir la necesidad de añadir alguna frase que no llevan escrita. Tengan en cuenta que han subido al pulpito a explicar un mensaje de la Palabra de Dios, no a leer un texto literario, y a poner en el corazón de otros lo que ha hecho bien a su propio corazón.
No existe el predicador absolutamente original:

No tengan reparo alguno, los hermanos predicadores, ante la eventualidad de que alguien entre sus oyentes (desgracia­damente no muchos dada la poca afición que existe en estos tiempos por la lectura) descubra el origen de su mensaje por hallarse en posesión de un ejemplar de PULPITO CRISTIA­NO. Recuerden que no hay ningún predicador ni escritor que pueda vanagloriarse de ser enteramente original. El autor de este libro nunca se ha avergonzado de declarar, a veces desde el mismo pulpito, las fuentes de su predicación, citando los nombres de Spurgeon, Adolfo Monod, Godet, Vinet, Meyer, Campbell Morgan, Henry Matthews, etc., del mis­mo modo que estos autores eran, sin duda, deudores a otros de una buena parte de sus más excelentes ideas.

Si el predicador ha predicado de veras, y no meramente leído monótonamente desde el pulpito cualquiera de estos mensajes, el oyente a quien haya hecho bien antes su lectura apreciará y agradecerá, si es un cristiano fervoroso, que el predicador lo haya puesto al alcance de otros asisten­tes que lo desconocían; y el mismo se sentirá edificado de nuevo por la comunicación espiritual del orador. ¿Por ventura no venimos oyendo las mismas cosas, las mismas ideas y hasta las mismas frases en los cultos, desde que nos conver­timos? Sin embargo, nos edifican de nuevo, mediante la co­munión espiritual con nuestros hermanos, cada vez que acu­dimos a la casa del Señor.

En muchas ocasiones el propio autor ha tomado consigo un ejemplar de SERMONES ESCOGIDOS que desde hace 23 años se está vendiendo en España, y ha ido a predicar uno de sus temas en algún pulpito, añadiendo, empero, aportacio­nes improvisadas, incluso nuevas anécdotas, y poniendo tal énfasis en su elocución, que algunos oyentes que habían ya leído el mismo sermón, han venido a decirle que les pareció un nuevo discurso, y el bien espiritual que les había hecho escucharlo de sus propios labios.
Para solitarios y enfermos:

Pulpito cristiano es, no sólo un buen auxiliar para predi­cadores, sino un predicador real y efectivo para creyentes aislados y enfermos que necesitan como nadie alimento espi­ritual. Afortunadamente existe hoy día para los tales la predi­cación por la radio. Pero su carácter general, necesariamen­te adecuado a muy diferentes clases de público de la calle, y la brevedad impuesta por las emisoras, no permite que sean verdaderos sermones, exponiendo de un modo completo y ex­tenso, la consideración de un tema o pasaje bíblico. En cam­bio, la lectura atenta, en la presencia del Señor, de uno de estos sermones, acompañada de oración y de algún cántico, cuando es posible, puede significar un banquete espiritual pa­ra cualquier enfermo o creyente solitario imposibilitado de asistir a cultos públicos.

El obsequio a los tales de un ejemplar de este libro o bien de MEDITACIONES DIARIAS, EL ÁNGEL DE LA BONDAD, CERCA DE DIOS u otros volúmenes devocionales, puede ser­les un regalo más útil y más apreciado que cualquier otro objeto material. Es cierto que los mejores libros, incluyendo el presente, no pueden sustituir, de un modo completo, la ben­dición del contacto espiritual con otros hermanos que provee el culto público; pero sí, buena enseñanza e inspiración. Con la ventaja de poder elegir el propio receptor, el tema y la hora del espiritual festín.
Futuros proyectos:

La presente colección bajo el título de PULPITO CRIS­TIANO, se publica en dos volúmenes, conteniendo treinta ser­mones cada uno; pero no significa la supresión de la colec­ción anterior, de cincuenta mensajes más resumidos, ya que, suponemos que muchos predicadores, sobre todo los noveles, querrán estar en posesión de aquélla también. El autor tiene ya seleccionados, pero no redactados en toda su amplitud, una buena cantidad de bosquejos de su extenso archivo, de unos 3.000, que ha venido juntando des­de el año 1917. Esperamos, pues, la publicación de otras co­lecciones en años sucesivos, si Dios tiene a bien prolongar su vida y sus fuerzas físicas e intelectuales como hasta el presente.
***
SERMÓN I

LA GRAN NOTICIA

(Lucas 2:10-11)
El hombre ha sido siempre un ser ávido de noticias. «Oír y decir una cosa nueva» (Hechos 17:21) era ya ocupación preferida de los atenienses en tiempos de San Pablo. Se da como principal razón de este hecho el que el hombre es un ser por naturaleza curioso y, por lo general, insatisfecho; siempre espera algo nuevo que venga a favorecerle o a me­jorar su condición, aunque muchas veces ocurre lo contrario.

Hay nuevas buenas y malas, esperadas e inesperadas, y algunas, con ser muy esperadas, su negada sorprende a quien más las anhela. Tal fue el caso del aviso que dio la joven Rodé a los discípulos que estaban orando en favor de San Pedro, y del mismo carácter fue la que los ángeles dieron a los pastores en Belén. Aunque indudablemente la esperaban, si eran judíos piadosos (véase Lucas 2:25 y 38), les sorprendió de tal manera que no podían creer lo que veían. ¡Tan grande era la noticia!

Notemos siete motivos de grandeza en esta gran noticia:
1. Es grande por la forma como fue proclamada

Las grandes noticias suelen ser anunciadas de un modo adecuado a su importancia. Por radio, prensa, carteles, et­cétera. Pero la noticia más trascendental para la raza humana hubiera quedado ignorada de no haberse abierto los cielos para proclamarla a los pastores de Belén. Si la tierra no hacía caso del magno suceso en los cielos tenía muchísima importancia. El Verbo de Dios vistiendo carne humana, hecho seme­jante a los hombres, era una maravilla del amor divino. Razón tenía San Pedro para declarar que los propósitos de Dios para con los creyentes causan la admiración de los mismos ángeles (1.a Pedro 1:12). Únicamente los que se hallan al otro lado de lo tangible y transitorio pueden apreciar las cosas en su verdadero valor, porque lo ven todo a la luz de la eterni­dad. ¿Apreciamos nosotros lo que aprecian los ángeles?
2. Por su carácter personal

La mayor parte de las noticias en que nos interesamos no nos afectan absolutamente y las olvidamos casi tan pronto como vemos satisfecha nuestra curiosidad. Pero ésta tiene un carácter personal, lo mismo para los pastores que la oyeron por primera vez como para cualquier otro que pueda oírla a través de los siglos: «Os ha nacido.» De cualquier otra per­sona se diría simplemente: «Ha nacido.» La razón es que na­die ha nacido en favor de otros como Cristo nació. ¿Puedes decir que Cristo nació para ti? ¡Qué feliz el alma que al re­cordar en esta Navidad el glorioso natalicio pueda decir: En Belén de Judea me nació hace veinte siglos un Salvador! (Véase anécdota El don de la Navidad.)
3. Por ser el cumplimiento de una gran promesa

A ella se refiere la frase «en la ciudad de David». Dios nunca olvida lo que promete. Había prometido un Rey a Is­rael del linaje de David (Isaías 11:1 quien tenía que ser al propio tiempo Redentor (comp. Isaías 52:13 con el contexto que sigue cap. 53). ¡Y cuan admirablemente se cumplió en la venida, vida y muerte de Jesús! El cumplimiento de las palabras de Dios en el pasado y en el presente con respecto al pueblo elegido, Israel, es una garantía de que cumplirá todo lo que nos ha prometido en Jesucristo. La actual trage­dia de los judíos (Zacarías 13:8, 9, y Lucas 21:24) es un gran motivo de confianza para el pueblo cristiano. (Véase anécdota Una tajante demostración.)
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