«Sono un uomo solo, un solo inferno.» Salvatore quasimodo la biblioteca infierno canto Primero






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CARLO FRABETTI



EL LIBRO INFIERNO

A la memoria de mi abuelo materno, Andrea Varini, que me ayudó a ver la diferencia ontológica entre Dante y el ratón Mickey.

«Sono un uomo solo, un solo inferno.»


SALVATORE QUASIMODO

LA BIBLIOTECA INFIERNO

Canto Primero




En medio del camino de la vida,

me encontré en una oscura biblioteca,

un abismo con forma de guarida.

«El pecado es la pena del que peca»,

dijo el bibliotecario, un saturnino

diablo de lengua negra y voz reseca.

«En estos libros duerme tu destino

desde la eternidad, y una eviterna

búsqueda en adelante es el camino

que habrás de deshacer hacia la interna

meta u origen. Fueron tu pecado

los libros: sean tu noche y tu linterna.»

Igual que este terceto encadenado

me vi, pues, al lenguaje y su impostura,

en su inmenso palacio confinado...


LA BIBLIOTECA INFIERNO

El Catálogo Imposible



No me sorprendió que el infierno fue­ra una biblioteca. Tener acceso a las palabras y no a lo que designan es la más refinada ver­sión del suplicio de Tántalo.

—Puedes pedirme cualquier libro —me dijo el bibliotecario, un demonio plo­mizo de ojos melancólicos.

—¿Y si no lo tienes?

—Los tengo todos —replicó con or­gullo (satánico, naturalmente).

—¿Tienes, por ejemplo, El paraíso perdido en dialecto boloñés? ¿Y el catálogo de todos los libros en los que aparece la pa­labra «clepsidra»?

—Los libros que no tengo en acto, los tengo en potencia. Puedo traducir a Milton al boloñés y confeccionar ese catálogo en cuestión de segundos.

—¿Y si te pido un libro que no tienes ni eres capaz de hacer? -—insistí.

—Eso es imposible.

—Supongamos que sucede. —En ese caso, quedarías libre —dijo el demonio con una mueca parecida a una sonrisa—. Pero si estás pensando en un li­bro infinito, no te lo aconsejo: aunque soy muy rápido, tardaría una eternidad en con­feccionarlo, y mientras no podrías pedirme ningún otro.

—Estaba pensando en un catálogo... Como sabes, hay libros autor re fe rentes, es decir, que se mencionan a sí mismos. Por ejemplo, en el Quijote se habla del Quijote, y en la Divina Comedia Dante alude a la ges­tación de su poema. Por no hablar de los nu­merosos libros que llevan un prólogo alusivo a su propio contenido...

—¿Quieres el catálogo de todos los li­bros autorreferentes? Eso está hecho.

—Al contrario: quiero el catálogo de todos los libros no autorreferentes.

—Bueno, será bastante más exten­so, pero no tardaré mucho —aseguró el bi­bliotecario, y desapareció con un sordo chas­quido.

Al poco rato volvió con un enorme volumen, del tamaño de un armario, en cuya portada ponía en grandes letras góticas: «Ca­tálogo de los Libros No Autorreferentes».

—Aquí lo tienes. ¿Quieres compro­bar si están todos? —preguntó el demonio con una sonrisa burlona.

—¿Está el catálogo? —pregunté a mi vez.

—¿Qué quieres decir?

—Si el propio Catálogo de los Libros No Autorreferentes (CLNA: la sal de esta in­sulsa condena) figura en esas páginas.

—No —-respondió el bibliotecario con expresión sorprendida.

—En tal caso, tu catálogo es un libro no autorreferente, puesto que no alude a sí mismo.

—Así es —admitió el demonio.

—Pero puesto que es un libro no autorreferente, debería estar incluido en el CLNA. Tu catálogo es incompleto.

—Es cierto. Pero no cantes victoria: no tengo por qué acertar a la primera —di­jo el bibliotecario pasando las páginas del enorme libro a una velocidad vertiginosa y haciendo una fulminante corrección con una pluma de colibrí que se sacó de la amplia bo­camanga y mojó en su propia saliva—. Voilà: ahora el catálogo está completo.

—¿Debo entender que has añadido a la lista el propio CLNA?

—Así es. Puedes comprobarlo si quie­res.

—No es necesario, te creo... Pero, en tal caso, en el catálogo figura ahora una alu­sión a sí mismo, y, por tanto, es autorreferente, luego no debería estar en el CLNA. Tu catálogo es erróneo.

—Tienes razón, ahora mismo borro la... —empezó a decir el demonio, pero su frase se interrumpió para convertirse en un gemido de frustración, mientras el catálogo imposible se esfumaba dejando en su lugar un rectángulo de sombra, el hueco de una puerta.
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