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Discipulado celestial

El testimonio de la plenitud de Cristo

que habita en cada creyente

C. MICHAEL WELLS

almi logo interior libro

Abiding Life Press

PO Box 620998

Littleton, CO 80162

EE.UU. de Norteamérica


Library of Congress Cataloging-in-Publication Data

Wells, Michael, 1952-

Heavenly Discipleship/Michael Wells

p.cm.

ISBN 978-0-9819546-0-8

1. Christian Life—1960—2. Presence of God. 1. Title.

BV4501.2.W41818 1993 93-31241

BV4501.2.W4182 1991 90-49987 CIP

248.4—dc20

Publicado por Abiding Life Press

una división de Abiding Life Ministries International

P.O. Box 620998, Littleton, CO 80162

Estados Unidos de Norteamérica

© 2009 por Michael Wells

Todos los derechos reservados

Originalmente publicado en inglés con el título:

Heavenly Discipleship por Abiding Life Press

Littleton, Colorado

Traductores: Ariel E. Ericson y Raimundo J. Ericson

Editor de la versión en español: Raimundo J. Ericson

Las citas bíblicas, salvo cuando se indica otra fuente, están tomadas de la Versión

Reina-Valera, revisión de 1960, © Sociedades Bíblicas en América Latina.
Abreviaturas de otras versiones utilizadas:

BA, Biblia de las Américas

DHH, Dios Habla Hoy

NVI, Nueva Versión Internacional

TLA, Texto en Lenguaje Actual

ISBN 978-0-9819546-0-8




Al Dios que trabaja incansablemente en nosotros
con un programa divino.

CONTENIDO
PRÓLOGO 6


Capítulo 1

DISCIPULADO CELESTIAL 8

Terrenal en oposición a celestial
Capítulo 2


EL DISCÍPULO Y EL YO 11

La vida, ¿carece de sentido?

¡Obtenga una vida!

¡Cristo es su vida!

¡Jesús es el camino!

La falta de gozo en la vida
Capítulo 3

¿QUÉ ES LO APROPIADO PARA

EL DISCÍPULO CELESTIAL? 29

La indiferencia

El temor

La procrastinación

La amargura

El pesimismo

La insuficiencia

Una única meta

El sexo

El juzgar a los demás

La humildad

Las adicciones

La ansiedad

La justificación
Capítulo 4

EL DISCÍPULO Y DIOS 48

Dios tiene en cuenta nuestros deseos

¿Se ha excedido usted al presionar a Dios?

¡Un pasado borrado!

El discípulo y el fracaso

El discípulo y la ley de la libertad

Recuerde: Se trata de una relación

La escalera mecánica divina

El fruto que es el resultado de condiciones rigurosas

La manera de encontrar a Dios no es aferrarse al pasado

La oración y la clave para pedir

El padre sufriente

Dios es amor

La perfecta voluntad de Dios

Lo que no es la voluntad de Dios

El proceso de aprender la obediencia

Cómo oír a Dios

La soberbia, el orgullo

Dios hace hermoso nuestro mundo
Capítulo 5

EL DISCÍPULO Y LA FE 73

Introducción a la fe

El discípulo necesita fe

¿Por qué no cree usted?

Jesús es fe

El ejercicio de la fe

Traer fe a la mesa

La fe y el arrepentimiento

La fe es encontrar

La fe es ser honesto con Dios

La fe y los demás

La fe y la espera

La fe y la gloria de Dios

La fe causa malestar

El robo de la fe

La fe confía a Dios el cuidado de la familia

La fe permite a Dios llevar las cargas

La fe no es “resultados inmediatos”

La fe y los problemas

La fe y la simplicidad

El ciclo de la fe

La fe cuenta

Satanás
Capítulo 6

ASPECTOS BÁSICOS DEL DISCIPULADO 97

El discipulado en la periferia

¡Comenzar por el final!

El discípulo y el pecado

La necesidad de evitar la justicia propia y la injusticia

El discípulo y la inteligencia

El puente dinamitado

La ley

El discípulo y la individualidad

El discípulo y los milagros

El discípulo y la conversión “normal”

El discípulo y la vocación

La mala suerte

La distinción entre el alma y el espíritu

Cansados de la permanente presión para “hacer”

¡Apartarse! / ¡Brindarse a todos!

El odio hacia uno mismo

Las obsesiones

Él está en todas partes

Con Él o en Él

La independencia

Cómodos con la honestidad

Creyentes satisfechos

Consagración total

Los intimidadores espirituales

La importancia de recordar las cosas fundamentales

Avanzar
Capítulo 7

EL DISCÍPULO Y EL SUFRIMIENTO 129

Capítulo 8

EL DISCÍPULO Y LA PALABRA 133

Cuando la Biblia no ofrece respuestas específicas

La imprenta

El Verbo hecho carne

La vida da testimonio de Jesús
Capítulo 9

EL DISCÍPULO Y LOS DEMÁS 137

El testimonio de la verdad absoluta

Bendiga a quienes lo maldigan

Cuerdas invisibles

¿Ministrar “con” o ministrar “a”?

Fieles son las heridas del amigo

Cuando el discípulo es el enemigo

Cuando uno está solo

Vivir sin conciencia

Los ataques verbales

Bájese del trono

¿Los demás necesitan cambiar?
Capítulo 10

EL DISCÍPULO Y EL BUEN FINAL 149
PASAJES BÍBLICOS CITADOS

Antiguo testamento 152

Nuevo testamento 153 - 155

PRÓLOGO
Al asomarme a la ventana esta mañana, muy profundo en el interior de las montañas Rocosas, veo pruebas de la existencia de Dios en todas partes. Un arroyo torrentoso y ciervos que pasean me recuerdan que lo que Dios crea, Él mantiene. Apenas puedo contener mi entusiasmo por plasmar en papel la manera en que el Señor mantiene al discípulo que creó. Hoy, con el resto de la creación, estoy preparado para recibir, porque la clave es recibir. Esta conciencia conmueve mi espíritu, porque ¿hay alguien que sea demasiado débil para recibir? La debilidad es la mayor ventaja del discípulo.

El discipulado se aprende en dos escuelas: la terrenal y la celestial. El discipulado terrenal destaca lo que el discípulo debe hacer, generar y alcanzar. Su origen se remonta al árbol del conocimiento del bien y del mal; su propósito es alentar a la carne del hombre a poner su esperanza en el esfuerzo y los logros personales. ¡Ese no es el Camino! Deja exhausto al discípulo al exigirle siempre más; pero al mismo tiempo lo deja impotente ante la tentación, temeroso de Dios y esclavizado por el espíritu del legalismo, el cual proclama a voz en cuello: “¡Desempeño equivale a aceptación!” ¡Es una vida absolutamente desdichada!

En Australia se cuenta la historia de una niña que paseaba despreocupadamente, caminando y brincando en una hermosa tarde de domingo. Lo primero que observó fue la actividad de las abejas y comentó: “¡Abejitas malas, malas! ¡El abuelo no estaría de acuerdo con que trabajaran en un día domingo!” Luego se encontró con un pequeño grupo de pájaros que gorjeaban ruidosamente y señaló: “¡Pajarillos malos, malos! ¡El abuelo no aprobaría el verlos cantando el domingo!” Por último, pasó junto a un asno viejo y taciturno atado a un poste, quien no hacía ruido ni trabajaba. Al verlo comentó: “¡Pobre, pobre asno; siento tanta pena por ti! ¡Has adoptado la religión del abuelo!” Allí donde se promueven las cargas del discipulado terrenal no hay una canción despreocupada, sino las rigurosas e ingratas sentencias de los policías espirituales que advierten: “No manejes, ni gustes, ni aun toques” (Colosenses 2.21).

El discipulado celestial culmina donde comienza. “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias” (Colosenses 2.6-7). Por lo general, los cristianos pueden señalar rápidamente cinco cosas que necesitan hacer para Dios. Sin embargo, son pocos los que pueden señalar cinco cosas que Dios está haciendo por ellos. El discipulado celestial hace hincapié en la obra de Él a favor de los creyentes. Debido a que fue creado, el hombre es un ser inferior que necesita al mayor; la insatisfacción es el resultado de entregarse a algo inferior, ya sea una causa, un método o aun a uno mismo. Para encontrar satisfacción, el hombre debe darse a lo mayor, al Creador. El discipulado no debe comenzar con Él y acabar en una obra inferior; el final debe ser como el comienzo. Así como Dios –no el esfuerzo propio– protegerá al discípulo del infierno en el futuro, Él –no el esfuerzo propio– protegerá al discípulo del infierno diario aquí en la tierra. El discipulado celestial y genuino debe revelar que la salvación y la victoria son dones dados por el Señor. Entonces, el final será como el comienzo y habrá regocijo y gratitud desbordantes.


A menudo desearía poder estudiar un tema y luego escribir acerca de él; pero me ha resultado dolorosamente obvio que el método de Dios para mí es la investigación de campo, la experiencia práctica. Cuando en una oportunidad dije a mi esposa que quería escribir un libro sobre el matrimonio, ella se quedó en silencio, sabiendo lo que eso podría significar; lo que Dios podría considerar apropiado que experimentásemos a fin de analizar adecuadamente los problemas y las luchas que enfrentan los matrimonios, y consustanciarnos con ellos.

Este libro es el resultado de mis propias frustraciones al ser discipulado, y de miles de horas dedicadas a discipular en forma personal a los desalentados. He intentado incluir temas que fueran de máximo interés en relación con el proceso del discipulado, pero no considero que lo aquí escrito sea la última palabra sobre el tema. El tiempo, el espacio y el límite impuesto por mis propias experiencias hacen de este un libro incompleto; por lo tanto, no se sorprenda al descubrir que algún aspecto importante del discipulado ha sido pasado por alto. La omisión no implica falta de importancia.

También, me he tomado la libertad de incurrir en cierta medida de repetición, esperando que esto no resulte molesto para el lector cuidadoso. En concordancia con mi opinión en cuanto a que las cosas equivocadas se enseñan con tanta frecuencia que lo correcto parece extraño, entiendo que la reiteración cumple el propósito de hacer más familiares las verdades expuestas aquí. Si esto resulta un motivo de distracción para alguien, ofrezco desde ya mis sinceras disculpas.

Un anciano habitante de las islas Fiji estaba procurando ilustrar a sus estudiantes los peligros del alcohol; ante la mirada atenta de sus discípulos tomó una lombriz y la dejó caer dentro de una botella de alcohol, donde esta se retorció brevemente y murió. El anciano preguntó entonces: “¿Qué les enseña esto?” Un jovencito levantó inmediatamente su mano para ofrecer su respuesta: “¡Si tiene lombrices, beba alcohol!” Una buena conclusión, sin duda, pero una inferencia equivocada; había pasado por alto la importancia que esta demostración tenía para su propia vida. Ore conmigo para que aquellas cosas que son importantes –la gloria de Jesús y el amor de Dios– no queden perdidas en la tinta, las ideas o los prejuicios personales, porque estas dos verdades son suficientes para que cualquier discípulo comience y termine bien.


Capítulo 1

DISCIPULADO CELESTIAL

Terrenal en oposición a celestial
Hay dos formas de discipulado que se practican en la iglesia hoy día. El método predominante hace hincapié en lo que es posible poseer como resultado de un gran esfuerzo personal. A su vez, manipula a la persona por medio de la culpa, haciendo una constante comparación con otros cristianos exitosos que, según se dice, “han llegado”. El criterio utilizado con menos frecuencia enseña lo que un creyente ya posee, y destaca las experiencias preparadas por Dios para cada día, a la vez que moviliza a la acción por medio de la comprensión del amor y la compasión de Dios. Es lamentable que el primer criterio prevalezca en el ámbito cristiano en todo el mundo.

Las diferencias entre ambos conceptos de discipulado son dignas de señalar. En el primero, el éxito está determinado por los grandes logros. En el plano colectivo, se toman como elementos de juicio resultados tales como altos números de conversiones, edificios deslumbrantes, ofrendas voluminosas, diversidad de programas y una asistencia multitudinaria. En el plano individual, por su parte, se destacan los resultados del empeño humano reflejados en el número de pasajes bíblicos memorizados, las reglas cumplidas, el grado de obediencia desarrollado y la formación alcanzada. Las palabras que más se pronuncian son de exaltación, superioridad y autoridad, en lugar de igualdad. El discipulado toma la forma de un molde que puede convertir en loros a quienes se creen superiores en disciplina, sin tener en cuenta la mano amorosa de Dios sobre la vida de los débiles, los desalentados y los fracasados. No se promueven como deseables ciertas cualidades como, por ejemplo, el deseo de confiar en Dios y esperar en Él aun sin recibir nada, el responder con una palabra amable al ser difamado o malinterpretado, ni la capacidad para amar a los que no resultan fáciles de amar.

A un cuaderno de anotaciones lleno y una cabeza atiborrada de conocimiento se les asigna más valor que a un corazón rebosante; el conocimiento de la Biblia es más importante que la familiaridad con su Autor. La ley de la tierra y para la tierra es más valiosa que la gracia que se origina en el cielo. Los discípulos son capacitados únicamente para conocer los pasos necesarios para asegurarse la cercanía de Dios, pero permanecen ignorantes de la obra de Dios para asegurarse la cercanía de ellos. Se les enseña continuamente cómo cambiar, pero desconocen el secreto de expandir la vida de Cristo que ya poseen. Estos discípulos son esclavos de la comparación y nunca disfrutan su juventud en Cristo. No se hace distinción entre el alma y el espíritu, lo cual los lleva a creer que un gran talento, intelecto y capacidad equivalen al poder espiritual que los hace agradables para Dios. El crecimiento natural lento y constante se desecha ante cualquier posibilidad de una solución instantánea, de una vez y para siempre. Los discipuladores determinan las pautas del éxito de las personas en su caminar con Dios poniendo como ejemplos sus propias experiencias y logros. Muchas son las víctimas del discipulado terrenal legalista.

El discipulado terrenal, definido brevemente, es el procedimiento destinado a persuadir a un hijo de Dios para que emplee fórmulas terrenales para llegar a ser espiritual. Pablo dijo que esto era depender de la ley y no trató el tema con liviandad. “¡Gálatas torpes! ¿Quién los ha hechizado a ustedes, ante quienes Jesucristo crucificado ha sido presentado tan claramente? Solo quiero que me respondan a esto: ¿Recibieron el Espíritu por las obras que demanda la ley, o por la fe con que aceptaron el mensaje? ¿Tan torpes son? Después de haber comenzado con el Espíritu, ¿pretenden ahora perfeccionarse con esfuerzos humanos? (Gálatas 3.1-3, NVI)

Andar en la carne es andar con el espíritu, el alma (mente, voluntad y emociones) o el cuerpo bajo la influencia controladora de algo que no es Cristo. Esta es la condición del orgullo. Es precisamente en este aspecto que cayeron Adán y Eva. El orgullo desprecia la dependencia; quiere respuestas sin una relación y busca la independencia y la seguridad por medio del razonamiento. El árbol del conocimiento del bien y del mal parecía dar respuesta al sueño del orgullo. La identidad, pensaron nuestros ancestros, ya no dependería de Aquel que deseaba caminar con ellos rodeándolos con su amor, sino de las propias capacidades de ellos; según imaginaban, serían iguales a Dios. Sus acciones introdujeron el infierno sobre la tierra. El hombre se convirtió en nada después de perder la gloria de no tener nada más que a Dios. La historia es la recopilación de relatos de los intentos del ser humano por llenar ese vacío con el orgullo y con todo tipo de exhibiciones de la carne. Por medio del conocimiento, del poder y de sus talentos, intentó elevarse hasta el trono de Dios y por sobre sus congéneres. Caminó por la vida echando mano de todo lo que encontrara a su paso a fin de llenar su saco vacío, suponiendo que una vez que estuviese lleno habría alcanzado la meta. Hizo públicos sus logros y destacó su diferencia respecto de los débiles y los ignorantes. Utilizó gran inteligencia, riquezas y poder en un intento por forzar una inmerecida adoración por parte de los demás.

El discipulado terrenal halaga y reafirma los deseos antes mencionados, la carne. Por lo general, hoy día, el discipulado es asombrosamente similar al esquema de la pirámide de marketing en el mundo empresarial, incluidos todos los símbolos del profesionalismo. Los que tienen un saco lleno están posicionados en la cúspide de la pirámide, promoviendo sus mercancías y proclamando sus secretos para el éxito (memorización de la Biblia, testimonio, evangelismo, manejo del griego, osadía, conocimiento, visiones, sanidades, viajes, prisiones, discipulado, autoridad, liberación y aconsejamiento, entre otros). Todo esto está acompañado por una simulada humildad reflejada en frases como: “Dios me buscó. Yo no perseguía el éxito; Él tuvo que obligarme a hacerlo. El Señor me dijo que lo hiciera; Él me lo reveló en una manera extraordinaria”. Al principio, la gloria parece estar dirigida a Dios, pero rápidamente realiza un giro y regresa, asentándose sobre la persona en la forma de orgullo; y es lo que podríamos denominar “humildad bumerán”. Afirmaciones como estas están calculadas para evitar cualquier pregunta que pudiera pretender comprobar la validez del contenido del saco. Al creyente más débil, que se encuentra en la base de la pirámide, se le hace dolorosamente obvio que la inferioridad, la lucha y el fracaso tienen su explicación en el hecho de no tener un saco lleno. Los profesionales han señalado de manera muy clara que el “cristianismo” funciona para ellos porque tienen algo que los demás no poseen. El orgullo y la carne facilitan enormemente el reclutamiento para los programas de discipulado terrenal. El potencial discípulo oye la propuesta y se enciende en él una luz de esperanza alimentada por el deseo de parecer superior. Razona de la siguiente manera: “Tengo a Cristo, pero en comparación con otros estoy incompleto”. Con ese reconocimiento, el discípulo comienza el largo y árido ascenso, abriéndose camino como pueda, con la esperanza de llegar la cima y emular el supuesto éxito de otros. Todos los que participan en esta penosa excursión descubren, al llegar a la meta propuesta, que ningún refrigerio les espera allí, ¡de la misma manera que en la cúspide de las grandes pirámides de Egipto uno no encuentra sino viento! Sequía, aire caliente y ni pensar en una gota de agua. Qué decepción; cuánta desilusión.

El discipulado fundamentado en métodos y sistemas trae a la memoria el caso de los profetas de Baal en 1 Reyes 18.26-29, cuando con sus danzas ceremoniales y sus gritos, y sajándose, intentaban invocar fuego del cielo que cayera sobre el altar y la ofrenda. Pero oh sorpresa, no hubo ni una chispa. Los esfuerzos de estos profetas comprobaron que solo poseían una fórmula, no al Dios vivo. Elías es el gran contraste, porque oró para que fuego consumiera el altar después de haberlo convertido en una pila incombustible como resultado del agua derramada sobre los elementos. Elías había puesto a su Dios por sobre el método; y la Biblia revela los resultados: “Entonces cayó fuego de Jehová, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y aun lamió el agua que estaba en la zanja. Viéndolo todo el pueblo, se postraron y dijeron: ¡Jehová es el Dios, Jehová es el Dios!” (1 Reyes 18.38-39). El discipulado celestial hace hincapié en la obra de Dios, no en las obras del hombre. La humildad es un reconocimiento de lo que nosotros no tenemos y de lo que únicamente Dios posee. El orgullo es confiar en lo que nos parece que tenemos.

En cierta oportunidad, una pareja vino a mi oficina en busca de discipulado con respecto a su matrimonio. Antes de que pudiésemos comenzar, me preguntaron acerca de la cantidad de pasajes bíblicos que yo había memorizado. Su interrogatorio estuvo seguido por una sinopsis de los pasajes que ellos habían memorizado. Una vez cumplidas estas formalidades, les pregunté cuál era el problema que observaban. “¡Explotamos, nos agredimos físicamente y nos gritamos el uno al otro!” “¡Espero que mientras se golpean mutuamente se acuerden de citar todos esos pasajes bíblicos!” les dije. Los métodos se convierten demasiado fácilmente en leyes, y aquellos que viven según la ley siempre se colocan a sí mismos por sobre la ley. Sin embargo, la ley carece de poder, en tanto que la vida es poder. Este matrimonio comprobó que cuando se confía en un método, este recibe más importancia que Dios y se convierte en una ley que produce orgullo, aunque es impotente para ayudar. Las técnicas nunca producen la chispa necesaria.

Al despedir en el aeropuerto a un amado hermano de la India Oriental, sus palabras de despedida para mí fueron: “Michael, hay más que la cáscara”. Y habiendo dicho eso, se marchó. Me reía interiormente mientras conducía de regreso a casa, pensando: ¿Acaso no era una reflexión que podía esperar de él? No fue sino hasta nueve meses más tarde, cuando estaba debatiendo un concepto teológico, que sus palabras me volvieron con un significado perfectamente claro. La cáscara es hermosa pero no se compara con el fruto, que tiene vida y da vida; tiene la chispa. El discipulado terrenal centra su atención únicamente en la cáscara, cuando en realidad el énfasis apropiado no debe estar puesto en la paz de Dios sino en oír al Dios de paz. No en expresar la palabra de Dios, sino en irradiar al Dios de la palabra. No en alcanzar la santidad de Dios, sino en abrazar al Dios de la santidad. No en predicar a Dios a la gente, ¡sino en predicar a Dios delante de la gente! El discipulado celestial es el fruto, no la cáscara.

Los cristianos profesionales disfrutan de jugar al ajedrez espiritual unos con otros, realizando encuentros en lugar de disfrutar de la comunión. Moviendo sus piezas de conocimiento, logros y títulos, compiten por conquistar una posición, y finalmente van por la aniquilación del otro declarando el jaque mate. ¡Confieso haberlo hecho yo también! La fe cristiana avanzada es tan sencilla que a los fuertes e inteligentes puede pasarles desapercibida. La necesidad hoy día es de discípulos que hayan sido formados en los caminos del reino y no del mundo. Los énfasis terrenales se han infiltrado de manera muy sutil en prácticamente cada aspecto del discipulado; por lo tanto, analizaremos muchas de las enseñanzas fundamentales. Aunque cada tema se considera básico, debemos recordar siempre que un discípulo pierde vida cuando se suelta de su firme apego a las cosas básicas, esas verdades fundacionales con las cuales comenzó.





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