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José Luis Rosasco
Francisca yo te amo


Primera edición: diciembre, 1988 Segunda edición: mayo, 1989 Tercera edición: septiembre, 1990 Cuarta edición: julio, 1991 Quinta edición: mayo, 1992 Sexta edición: diciembre, 1992 Séptima edición: agosto, 1993 Octava edición: octubre, 1993 Novena edición: septiembre, 1995 Décima edición: mayo, 1996

® JOSÉ LUIS ROSASCO Derechos exclusivos

® EDITORIAL ANDRÉS BELLO

Av. Ricardo Lyon 946, Santiago de Chile

Registro de Propiedad Intelectual Inscripción N° 94.146, año 1995 Santiago - Chile

Se terminó de imprimir esta décima edición

de 12.000 ejemplares en el mes de mayo de 1996

IMPRESORES: Salesianos S.A.

IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE ISBN: 956-13-1333-2
EDITORIAL ANDRÉS BELLO

Barcelona • Buenos Aires • México D.F. • Santiago de Chile

ÍNDICE
José Luis Rosasco
1 El umbral

II La primera visión: en la lancha

III La segunda visión: en el casino

IV La tercera visión y el conocimiento: en la caleta.

V En la casa de Francisca

VI El amor de Francisca

VII En la fogata

VIII La noche veneciana

IX La gran velada, los juegos

X La decisión y la amenaza

XI Hacia Francisca en el circo

XII En el circo

XIII Cae el telón
Epílogo

1
JOSÉ LUIS ROSASCO

José Luis Rosasco nació en Santiago de Chile en 1935. Estudió en el Saint George's College, en el Liceo Miguel Luis Amunátegui, Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y en el Management Institute de la Universidad de Nueva York, NYU. Paralelamente a su trabajo creativo se desempeña como columnista, comentarista y crítico literario en diversos medios de prensa y televisión. Ha publicado los libros de cuentos: Mirar también a los ojos (1972, Premio Municipal de Santiago), Ese verano y otros ayeres (1974), Hoy día es mañana (1980, Premio Municipal de Santiago), la narración El intercesor (1976), las novelas: Dónde estás, Constanza... (1980, Premio Andrés Bello y Municipal de Santiago), Tiempo para crecer (1982), El Metrogoldin (1984), Francisca, yo te amo (1988), Historias de amor y adolescencia (1990), Sandra y la que vino del mar (1993) y las crónicas: Travesuras antifeministas y otras pilatunadas (1983), Chile, en palabras e imágenes (1987), La vuelta al mundo (1987) y Pascua, la isla más isla del mundo (1988).

Obras de Rosasco figuran en diversas antologías nacionales y extranjeras y han sido traducidas al inglés.

A través de algunos de los comentarios sobre las novelas y cuentos que ha publicado, podemos conocer algo más las obras de José Luis Rosasco. Así, cuando en 1972 publicó un volumen de cuentos titulado Mirar también a los ojos, Virginia Vidal se refirió a este conjunto de relatos destacando las "inagotables reservas de ternura y humor" que poseía el autor "para crear sus cuentos". Y continuaba: "Un lenguaje fluido, el dominio de la técnica del cuento, la nítida creación de determinados tipos convierten a este joven escritor en un nuevo valor de nuestras letras".

Años más tarde, el escritor Carlos Ruiz Tagle comentó otro de los libros de cuentos de Rosasco, Hoy día es mañana, deteniéndose especialmente en uno de ellos, La fotógrafa, y en su protagonista, un "adolescente sensible que ha inventado Rosasco, y que perdurará en el tiempo como sólo lo consiguen los personajes de los cuentos escritos hoy día, para mañana y para siempre".

En 1980 José Luis Rosasco obtuvo el Premio de Novela Andrés Bello con su obra Donde estás, Constanza..., con innumerables ediciones. Refiriéndose a esta novela, Guillérmo Blanco escribió: "De principio a fin, un toque de misterio rodea a Constanza. Se la descubre como desde lejos en sus primeras apariciones. Después se la oye hablar, se la mira actuar, pero algo queda en la penumbra. Para Alex y para el lector. Y ese algo, que pica la curiosidad, confiere al libro un aire que bordea sutilmente lo mágico".

Por su parte, Jaime Quezada opinaba, también respecto a dicha obra: "La novela de Rosasco reconstituye una época: muchachos que admiran a una Ingrid Bergman, a una Jane Russell, a una Maureen O'Hara. Muchachos que fuman los desagradables cigarrillos jockey Club en las horas de las clases de gimnasia. Muchachos que se peinan con gomina Vanka para lucir mejor en sus fiestas de fin de semana. Pero no sólo estos elementos exteriores importan en esta breve obra. También, y de manera principal, las situaciones de relaciones familiares y de cómo el amor hace crecer interiormente a los adolescentes personajes".

También el crítico Ignacio Valente comentó esta novela:

"Alex -escribe- se ve arrastrado por el torbellino casi mitológico de Constanza, en una aventura tan libresca como verosímil, y adolescente hasta un grado arquetípico. La trama es llevada con hábil conducción hasta el desenlace que combina, con una mezcla de buena ley, lo trágico y lo cómico, lo tierno y lo humorístico, lo patético y lo trivial".

Y en 1982, Floridor Pérez escribía sobre una nueva novela de José Luis Rosasco: "Tiempo para crecer –decía constituye una culminación previsible en la evolución de este autor. La novela de la vida estudiantil, donde sueños, conflictos, amores, proyectos individuales se funden en las aulas de un colegio tradicional santiaguino, conformando una visión generacional del "advenimiento del despertar" en personajes llenos de vitalidad, de verdad humana". Y el comentarista finalizaba su análisis resumiendo: "Novela del humor y la ternura, de la amistad y el riesgo, del sueño y la pesadilla. Tiempo para crecer extiende certificado de madurez a uno de nuestros más interesantes narradores actuales".

El Metrogoldin, aparecida en 1984, fue destacada por Manuel Peña como una obra que "cumple con los requisitos que debe tener una buena novela para jóvenes: entretener a la juventud y también a los adultos. Y esto ocurre -continuaba Peña- porque Rosasco sabe entregar, a través de unas páginas amenísimas, mucha diversión, un optimismo a toda prueba, una corriente sentimental, un humor cómplice y, sobre todo, algo muy necesario en esta época: mucha ternura".

Durante algunos años, José Luis Rosasco se dedicó a las crónicas hasta que en 1988 publicó una nueva novela: Francisca, yo te amo. Y el crítico Luis Vargas Saavedra celebró este regreso: Rosasco, dice, "ha vuelto a escribir una historia de amor. Parece ser su mejor veta, el eje de su fuerza (...). Narra adecuándose a la edad y a la madurez del muchacho, que se nos confiesa en primera persona. Nada de recurrir al fetichismo de los símbolos como garantía de excelencia. Muy concreto lo suyo: Quintero, con todos sus recovecos, sugeridos más que agotados en descripciones que fastidiarían como una crueldad del detalle (...). Dos jóvenes amigos buscan amigas. Lo portentoso es que Rosasco no haya caído en la distorsión del amor, animalizado o, peor que eso, satanizado en mero sexo, en sólo sexo. Es decir, sus personajes no han perdido la atmósfera transparente del amor como entrega de un ser a otro".

Sandra y la que vino del mar, publicada a fines de 1993, es su obra más reciente, "una novela de gran fantasía, de pura fantasía", escribe Hugo Montes, y destaca su buen estilo, para concluir que con este libro "José Luis Rosasco se ha empinado sobre sí mismo (...). Reaparece el autor de Dónde estás, Constanza..., sólo que más maduro, más severo, no menos entretenido. Y con la hondura exigible a cualquier escritor de verdad".

"Una novela breve -señala Eduardo Guerrero-, sin mayores complejidades narrativas, llena de recuerdos y evocaciones, con un sutil juego entre lo real y lo fantástico, en lo cual Rosasco utiliza un sencillo pero a la vez lírico lenguaje."

Más allá de los temas que aborda José Luis Rosasco, todas sus narraciones tienen un carácter nostálgico, evocador y poético; son cuentos para jóvenes y también para adultos; son relatos alegres y melancólicos. En sus obras utiliza -como dice Manuel Peña- "sus preferidos motivos recurrentes: la nostalgia de una época juvenil desaparecida, la obsesión por recuperar ese tiempo perdido..."

I
EL UMBRAL
No podía haberme imaginado jamás que ese verano iba a ser distinto. Tan distinto.

La casa estaría allí mirando, hacia abajo, la Playa de las Conchitas y, al frente, la quieta bahía azul. Era hermosa nuestra casa, entre eucaliptos y sicomoros, con su primer piso de piedra canteada, la aparente fragilidad de los altos de tablas de pino y su techumbre de tejuelas de alerce oscuras y levantiscas. Pintadas de blanco las maderas tingladas y las franjas de cemento que unían las piedras con un brochazo errático, y de azul las ventanas y los postigos. Era muy fría, sobre todo cuando la neblina desmadejaba sobre Quintero un manto denso y abrazador, y por cierto durante las noches. La sala de estar y el comedor conformaban un solo gran ámbito presidido por una chimenea que iba de muro a muro. Sin embargo, de ese fogón no podía esperarse una temperatura satisfactoria; el tiraje era excesivo, se llevaba consigo buena parte de la calidez y, además, no siempre era posible estirar el presupuesto para disponer generosamente de leña. Teníamos que cuidarla, hacerla durar. La tía Olga, menos friolenta que mi madre, se encargaba de racionar los troncos y enviamos a la cama si después de comida nos hacíamos los demorosos frente a la chimenea. "Si quieren calentarse, a acostarse", nos decía. Claro está que no era lo mismo ponerse a conversar arriba, tapados y a oscuras, que hacerlo ante las llamas que bailaban en sus juegos de luz y movimiento, donde de vez en cuando hasta podíamos tomarnos el corcho de alguna botella de pisco reservada a mi padre.

Ese año llegamos a la estación de Quintero al atardecer. Como siempre, hicimos trasbordo en el ramal de San Pedro, después de tres horas de viaje desde Santiago. Ahí estaban a la espera la pequeña y negra locomotora a carbón y sus dos o tres carros azules, antiquísimos, desvencijados, venidos algún día directamente de la belle époque a traquetear aquí, en la costa de finis terrae, con sus coloridas ventanucas de vitreaux, sus farolitos acampanados y el cielo de semibóveda ribeteado de una reiterada flor de lis.

El trasbordo era cosa harto turbulenta. Los pasajeros que iban a Quintero excedían sobradamente la capacidad del par de carros, y éstos eran abordados por un gentío que luchaba frenético por conseguir un asiento. Llevábamos varias maletas y, llenos a reventar, aquellos sacos de lona que durante la víspera habíamos ayudado a coser con esas agujas largas y gruesas, las ojo de buey. Con mi amigo Jaime Pino usaríamos ahora esos bultos como corazas y armas abrecamino.

Al rato, íbamos ya por la trocha angosta hacia Quintero, y en la fugitiva delantera se nos aparecía, en los recodos, la locomotora: briosa, su penacho negro dibujando volutas en el aire, oscuras estelas en el viento.

-Cierren las ventanas, niños, nos estamos llenando de hollín -es mi madre quien habla mientras se cubre la cabeza con un pañuelo.

De pronto el tren disminuye la velocidad hasta detenerse. La vía férrea presenta tramos cubiertos de arena; las dunas posan sobre los rieles el ribete de su falda y es necesario remover el obstáculo a fuerza de lentas paladas. El cansancio nos invade.

Jaime dormita y yo recuerdo a Marion Cordingley. La veré otra vez este año, quizá mañana mismo, y entonces sí acaso me atreveré. Si no me encuentro con ella en la Playa del Papagayo, de seguro estará en la tarde en la terraza del Hotel Yachting, para el bailoteo. También podría ir hasta su casa, pero ya conversé sobre esto con Jaime y su consejo me pareció, como de costumbre, muy sabio:

-No conviene demostrar demasiado interés, hombre, las mujeres se empachan si uno se pone hostigoso.

Claro que si me ando con mucho tiento, como el verano pasado, me puedo ir otra vez en banda. ¡Bien lucido estaría! Tengo, pues, que aprovechar el mes de enero, porque en la primera semana de febrero nos vamos con mi amigo al campo de sus padres en el Norte Chico, a Monte Patria. Ahí la cosa es distinta, no hay mucho ganado femenino en los alrededores, sólo algunas poquitas champions de los fundos cercanos, las que siempre están colocadas cuando llegamos. No hay dónde elegir a gusto, salvo que se pegue uno el viaje hasta Tongoy, pero ése es otro cuento.

-¡Niño, estás durmiendo despierto! Empieza a bajar algunos bultos, que vamos llegando.

Es la voz de mi tía Olga que nos empuja. El carro es invadido por esa inquietud alerta que precede a las llegadas. El tren avanza en línea recta, cada vez más lento, atravesando el sector de las primeras urbanizaciones. A pesar de que el crepúsculo está encima, se distinguen varios bañistas rezagados regresando a las casas o residenciales. Se los divisa embozados en sus toallas, traspasados de frío. Corre un viento que levanta polvaredas del camino y mece los árboles, agitándoles las copas con enviones vigorosos. Es la ventolera quinterana que, según una arraigada convicción muy contradicha por la realidad, sólo dura tres días. Ojalá hayamos llegado en su última jornada y no en la primera. La locomotora entra bufando al tramo que antecede a la estación. Por la derecha las luces de la calle del comercio empiezan a encenderse; también las bujías multicolores de los juegos irradian su luminosidad. Los primeros apostadores de lotería se arriman al mesón y en el tiro al blanco ya son requeridos los rifles a plumilla, indudablemente chuecones de caño; un niño tira las argollas, una tras otra, sin embocar ni una en el gollete. Desde los parlantes, la voz de Danny Kaye: C'est si bon...

La máquina libera su final estertor.

El trayecto hasta nuestra casa es largo y, aunque asciende progresivamente, no deja de ser muy cansador después de más de cinco horas en tren. Una vez que el mozo de equipaje descarga de su carro la totalidad de los bultos y maletas, mi madre saca el llaverón. Porfía un tanto con la cerradura. La puerta se abre. Un postigo, que con la ayuda del viento se la ha ganado a su picaporte, se bate arriba, azotándose intermitentemente. Una humedad añeja y helada nos recibe en el interior, los muros de piedra parecen rezumarla.

-Ya, niños: lo primero, hacer sus camas. Nosotras les preparamos un caldo y una sartén de huevos revueltos; será todo por hoy y dense con una piedra en el pecho, que por mí me iría de sopetón a las sábanas.

Así nos dice la tía mientras se afana abriendo los sacos de lona, de los que va extrayendo la ropa de cama con mucho cuidado, porque al centro, muellemente protegidos, vienen los frascos de mermeladas de mora y damasco.

-Anda, sube, Alex, cierra ese postigo, antes de que nos eche la casa abajo -me indica mi madre, entrando en la cocina con un par de paquetes.

Alguien golpea la puerta; es el cuidador que vive en un sitio a la media cuadra y se encarga de vigilar fuera de temporada las casas de las manzanas circundantes.

-¿Cómo lo ha tratado el año, don Pedro? ¿Alguna novedad?

-Todo tranquilo, señora.

-Oye -me dice Jaime-, podríamos darnos una vueltecita.

-¡Están locos! ¡Habráse visto, con todo el verano por delante! -alega mi madre.

Una hora más tarde al silencio de la casa sólo lo interrumpen el viento en los follajes y el rumor del mar y sus rompientes en la Playa de las Conchitas, aunque esos murmullos y esas olas son, a su modo, parte del mismo silencio.

Mi amigo Jaime, el muy perla, que quería darse una vueltecita, se duerme de un zuácate tan pronto apoya la cabeza en su almohada. No alcanzamos a hacer planes para mañana. Sé que a él le gusta su poco la hermana de Marion; ojalá sea más que un poco y funcione por ahí la cosa: la unión hace la fuerza. Claro que él tiene su polola firme en Santiago, pero ojos que no ven, corazón que no siente. Enseguida, y hasta quedarme dormido, me puse a pensar en Marion, en sus ojos de avellana, su pelo cobrizo, su figura tan llenita y sus pecas. Sí, hay que ver cómo está punteada de pecas la Marion. Recuerdo que por el escote se le ven avanzar hacia abajo. ¿Será posible que esté entera jaspeadita? Bueno, este verano será para nosotros dos.
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Primera edición: diciembre, 1988 Segunda edición: mayo, 1989 Tercera edición: septiembre, 1990 Cuarta edición: julio, 1991 Quinta edición: mayo, 1992 Sexta iconLa quinta edición se celebrará el próximo 11 de septiembre, de 21 a 7 horas

Primera edición: diciembre, 1988 Segunda edición: mayo, 1989 Tercera edición: septiembre, 1990 Cuarta edición: julio, 1991 Quinta edición: mayo, 1992 Sexta iconEdición Especial, 6 de Mayo del 2011, ro n° 143

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