Gustavo Adolfo Bécquer






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títuloGustavo Adolfo Bécquer
fecha de publicación23.06.2016
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Gustavo Adolfo Bécquer

[1836 - 1871]

Bécquer nació en Sevilla. Sus verdaderos apellidos eran los de Domínguez Bastida, pero él gustaba de firmar con el nombre familiar de sus antepasados, los Bécquer, familia flamenca que se estableció en Sevilla en el Siglo XVII. Si vida fue un constante fracaso respecto de los aspectos materiales. Huérfano de padre y madre, fue muy joven a Madrid en busca de gloria; anduvo rodando por redacciones y oficinas como periodista y funcionario, ganando para vivir modestamente, cuando no quedaba cesante. Viajó por España con su hermano, el pintor Valeriano Bécquer. Enfermo de tuberculosis, llevando una vida llena de privaciones, Gustavo Adolfo muere en Madrid a los treinta y cinco años.

Obras: en prosa: Leyendas (1860-64); Cartas literarias a una mujer (1860-61); Desde mi celda (1864); Memoria de un pavo (cuento, 1865); y otras páginas de menor importancia. Su producción poética se agrupa bajo el título de Rimas (1859-70).

Aunque las enciclopedias lo sitúan como romántico, Bécquer es posterior al Romanticismo, cronológica y estéticamente. En la década de 1850, cuando Bécquer comienza a escribir, ya el Romanticismo había desaparecido; es, más bien, un poeta de transición: si lo contextualizáramos en Europa, Bécquer abre caminos que después (pero no en España) se plasmarán en el Simbolismo. Sin embargo, su visión platónica, idealista, es típicamente romántica: tiene una concepción de verdaderas esencias que se realizan imperfectamente en el mundo sensible. Así, por ejemplo, la poesía es para él una esencia: existiría aunque no existiesen poetas. Esta visión se corresponde, naturalmente, con su visión esencializada de la mujer y del amor; tales concepciones tienen un abismo de decepción y de desengaño cuando se concretan.

Estas tres esencias (poesía, mujer y amor) son perfectamente condensadas en la Rima XXI (“poesía eres tú”), y en las Cartas literarias a una mujer. En este último texto, Bécquer sostiene que el amor se da con más fuerza en la mujer, pues es más importante en su vida que en la del hombre; si la poesía es sentimiento, y la mujer es la encarnación de ese sentimiento, entonces la poesía es igual a la mujer.

Por otra parte, hay en Bécquer una tendencia romántica hacia lo ideal, hacia la aspiración irrealizable: el mundo ideal se presenta en las sensaciones, y está regido por el amor, que es la inmutable ley del universo que abarca todo lo humano y refleja lo divino. Esta ley se presenta por medio de la sensorialidad:

“Tú habías adelantado un poco la cabeza para escuchar mejor mis palabras; los negros rizos de tus cabellos, esos cabellos que tan bien sabes dejar a su antojo, sombrear tu frente con un abandono tan artístico, pendían de tu sien y bajaban rozando tu mejilla hasta descansar en tu seno; en tus pupilas, húmedas y azules como el cielo de la noche, brillaba un punto de luz, y tus labios se entreabrían ligeramente al impulso de una respiración perfumada y suave.” (Cartas literarias, I)

El ideal -en este caso el amor- se deja captar solamente a través de lo perceptivo. Pero también se deja captar a través de lo onírico. De hecho, en el Romanticismo hay un constante énfasis en lo onírico como método de elevación hacia el mundo ideal, como forma de acceder a lo irracional. En este sentido, pone nuevamente en circulación la idea de poeta-vate, que logra un contacto místico con la divinidad; el poeta romántico penetra en los misterios, pero se le hace difícil difundirlos, por la insuficiencia del lenguaje.

Pero hay un detalle en que Bécquer se distancia tanto de los románticos anteriores como de los simbolistas posteriores a él: a diferencia de Byron y de Baudelaire, Bécquer no considera al poeta como un ser más sensible que los otros; la diferencia con los otros hombres está solamente en la capacidad de recordar los sentimientos, y en la necesidad de expresión: Todo el mundo siente. Sólo a algunos seres les es dado el guardar, como un tesoro, la memoria viva de lo que han sentido. Yo creo que éstos son los poetas. Es más, creo que únicamente por esto lo son. (Cartas literarias, II).

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