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Con una formación por completo insuficiente, rehén de fuerzas políticas que no controlaba y rodeada de una camarilla reaccionaria y clerical, Isabel II fue una soberana incapaz de responder a los retos de su tiempo, aunque no la única responsable de los fracasos de su reinado, asegura
Isabel Burdiel

Isabel II, representada vistiendo el hábito

En su libro Memoria del mal, Tentación del bien, Tzvetan Todorov ha escrito que si la Historia complica el conocimiento del pasado, la conmemoración la simplifica, porque su objetivo es procurar ídolos para venerar o enemigos para aborrecer. Su acción es, por lo tanto, inevitablemente sacralizante.

Poco hay que celebrar en la figura de Isabel II. Sus características personales, y su educación fueron las menos adecuadas para facilitar el tránsito de una monarquía absoluta a otra constitucional.

Su ignorancia, no sólo política, era supina. Su carácter era extremado y superficial, oscilando entre la euforia, la apatía y la arrogancia. Siempre entendió su función real como una prolongación de sus filias y fobias personales. Su actuación fue un cúmulo de errores y fracasos, que afectaron decisivamente al prestigio de la monarquía y al funcionamiento del sistema liberal español del segundo tercio del siglo XIX. No hay dudas sobre eso.

Sin embargo, demonizar a Isabel II es otra forma de sacralizarla. Al hacerlo, se corre el riesgo de interpretar los fracasos de su reinado como una mera prolongación de su voluntad, ocultando las perversiones de una cultura política sin la cual esa voluntad habría encontrado muchos más obstáculos de los que encontró para formarse y actuar como lo hizo.
Un heredero, aunque hembra”

Isabel II nació el 10 de octubre de 1830, en una España profundamente dividida entre los partidarios de continuar, o incluso aumentar, el absolutismo monárquico de su padre, Fernando VII, y los defensores de una reforma o de una ruptura significativa con el régimen absoluto.

“Un heredero, aunque hembra”, escribe Carlos Cambronero que fue el comentario unánime al conocerse que, por fin, Fernando VII había tenido descendencia directa. Menos de tres años después murió su padre e Isabel II accedió al trono.

Desde el primer momento, el hecho de que la heredera del último rey absoluto fuese una mujer tuvo efectos históricos políticos y decisivos. El más espectacular (pero no el único) fue la guerra civil carlista, legitimada, precisamente, por el hecho de que Isabel II, en tanto que mujer, debía ceder sus derechos de sucesión a su tío, el infante don Carlos, en tanto que hombre.

Mientras la reina era una niña y gobernaba el país su madre, María Cristina de Borbón, la revolución liberal acabó con el absolutismo monárquico e implantó una monarquía constitucional. El momento más radical de la revolución se produjo en 1840, una vez victoriosos los liberales en la guerra civil contra los carlistas. Ante el temor a una involución política, dirigida por la reina gobernadora, un amplio movimiento popular obligó a María Cristina a exilarse y entregó la regencia al general Baldomero Espartero.

Durante tres años, los progresistas intentaron –con poco éxito– educar políticamente a la reina Isabel II y a su hermana, la infanta Luisa Fernanda. Mientras tanto, su madre y el partido moderado conspiraban desde París para acabar con la regencia de Espartero, al tiempo que interferían constantemente en la educación constitucional que quisieron darle los progresistas a la reina. En 1843, la pérdida de popularidad del nuevo regente y los esfuerzos conjuntos de los moderados y de un sector de los progresistas, descontentos con la gestión del general, acabaron con la regencia de Espartero y propiciaron el adelanto de la mayoría de edad de la reina a la imprudente edad de trece años.

Desde muy pronto, los moderados se hicieron cargo de la situación, lo cual tuvo un fuerte impacto en la forma en que había de reinar Isabel II. La figura del monarca diseñada por ellos no tenía en absoluto nada que ver con el monarca relojero del gran teórico de la monarquía constitucional, Benjamin Constant. No era de ninguna forma aquel rey que tan sólo interviene cuando alguno de los mecanismos del sistema deja de actuar de forma automática, o espontánea. De hecho, tanto en la teoría como en la práctica, el liberalismo moderado consideraba al monarca como un actor político de primer orden, activo hasta el extremo.

Nunca fue pensado en términos apartidistas. De hecho, para los conservadores de aquella época, la monarquía era un mero instrumento de su política, concebida, de forma precisa y sistemática, como freno a la mayor implantación social del liberalismo progresista y radical.

Ya lo dijo José Donoso Cortés en una carta privada a Fernando Muñoz, el marido morganático de María Cristina de Borbón, la todopoderosa madre de

Isabel II: “Los progresistas no necesitan al Monarca para ser fuertes porque se apoyan en las turbas (...) Los moderados no necesitan de las turbas para ser fuertes porque se apoyan en el Trono: pero, dónde estará su fuerza si no se apoyan n el trono ni en las turbas? Usted irá que es triste soltar la presa...”.

Para gentes como Donoso, Isabel II era concebida como una presa y así la trataron desde los inicios de su reinado.

Otra cosa es que la propia fragmentación del moderantismo convirtiese a esa presa en crisol de sus diferencias internas, en el objeto de poder que todos pugnaban por conseguir en una lucha perversa y cainita que determinó, mucho más que la voluntad autónoma de la reina, las perversiones constitucionales de su reinado. Atribuirle a ella toda la iniciativa, es otorgarle un poder excesivo en la dirección de los asuntos públicos.

Los inicios de su reinado, la auténtica escuela de política para Isabel II, son reveladores en este sentido. En 1843, nada más llegar al trono, la acusación al ministro progresista Salustiano de Olózaga de haber forzado físicamente a la reina para que le firmase un decreto de disolución de las Cortes, fue una intriga urdida por los moderados, en la que tuvo un papel fundamental Donoso Cortés, entonces secretario personal de Isabel II.
El “incidente Olózaga”

Para ser bien entendido, el “incidente Olózaga”, no puede reducirse a la doblez y parcialidad de una reina apenas adolescente. Su importancia para el futuro del reinado y de la imagen de Isabel II se comprende mejor si se analiza en el contexto general de la lucha de los moderados por hacerse con la hegemonía política tras la revolución liberal utilizando para ello, sin piedad, a la reina y a la monarquía. La forma concreta en que se fabricó aquella mentira, que a punto estuvo de costarle a Olózaga la vida, no la sabremos nunca con absoluta certeza. Lo que sí sabemos es que, ante todo el país, y ante toda Europa, aquella intriga fue posible por la representación y escenificación pública del monarca como un ser radical y naturalmente impotente, depositario de un poder secuestrable. En ese mismo momento, Isabel II fue creada efectiva y simbólicamente como tal poder secuestrable.

Una imagen que arraigaría profundamente en la cultura política de los inicios del reinado isabelino. A partir de entonces, la esperanza de que la monarquía se situase por encima de los partidos fue tocada de muerte de la forma más pública y escandalosa.

Pública y escandalosa fue también la forma en que se trató la decisión de Isabel II de entregar el poder, cuatro años más tarde, a los “puritanos” de J. F. Pacheco, así como sus contactos con los progresistas en vistas a la formación de un nuevo gobierno. El grueso del liberalismo moderado se lanzó sobre la reina.

En esta ocasión, aireando de forma pública las desavenencias del reciente matrimonio real y la existencia de un amante, el general Francisco Serrano, que supuestamente dictaría su conducta. Fueron esos moderados los empeñados en convertir un asunto privado, que bien hubiese podido ser mantenido como tal, en un asunto público. Amenazándola con declararla incapaz, lograron doblegar su voluntad y, al mismo tiempo, convirtieron para siempre los vicios privados de Isabel II en una fuente constante de chantaje político. Tuvo que ser un liberal de origen progresista, Práxedes Mateo Sagasta, quien treinta años más tarde –cuando la reina estaba ya exilada en París– le devolviese una serie de documentos comprometedores sobre su vida privada, que los sucesivos Gobiernos moderados habían atesorado en las dependencias del Ministerio del Interior.
El marido y los amantes

Con ello aparece otra cuestión, esta vez de orden privado, que conviene no simplificar para evitar una sacralización negativa de Isabel II, que mimetiza aquella que tan conveniente le resultó al liberalismo conservador para desviar la atención respecto a sus propios errores.

Sobre la vida privada de Isabel II, sobre sus amantes, corrieron en su momento, y después, ríos de tinta. ¿Por qué?

La vida privada de los monarcas no ha estado nunca exenta de incidentes similares. ¿Por qué en el caso de Isabel II esa vida privada se ha convertido en la narrativa que devora su imagen pública hasta la actualidad? Porque era una mujer y de ella se esperaba una conducta privada, en materia de costumbres, que tenía muy poco que ver con la que se esperaba de un monarca masculino.

Casada a los dieciséis años con su primo Francisco de Asís, a quien aborrecía, Isabel II tuvo en ese marido a su más ferviente enemigo, el espía de todos sus actos, el deslegitimador de sus derechos al trono. Carlista convencido, conspiró toda su vida contra su mujer y apadrinó todos los intentos de involución política que se gestaron durante su reinado.

En esas condiciones, aquella pareja, de la cual se dudaba que pudiera tener descendencia, tuvo nueve hijos. Cinco de ellos llegaron a la edad adulta, entre ellos el futuro Alfonso XII, nacido en 1857. Escribiendo en los meses de aquel embarazo, un diplomático francés informaba a su ministerio: “No vacilo en colocar en la primera fila de los que quieren derribar a la Reina al rey Francisco de Asís, su marido. El resentimiento por las injurias cuyo precio ha aceptado y la falta de valor para vengarse predominan en este príncipe (...).

Quiere destruir lo que es, en la quimérica esperanza de que obtendrá de los príncipes carlistas restaurados una regencia de hecho, y de nombre, y la aplastante humillación de su mujer. El nuevo embarazo de la Reina viene a reanimar, si esto es posible, los instintos vengativos del rey: tras escenas deplorables, con la amenaza de las más escandalosas revelaciones, ya ha obtenido de su mujer una especie de abdicación moral y después marcha resueltamente a su objeto, dirigido por algunos miembros del clero, adherentes fanáticos y reconocidos del partido carlista”.

Atribuirle en exclusiva el daño que sufrió la imagen de la monarquía en su reinado es sustituir una simplificación conmemorativa por otra. Quienes menos interés tenían en que se abriese la caja de Pandora de Isabel II serían aquellos liberales moderados que la fabricaron personal y políticamente para luego cargar sobre ella, convenientemente, todas las culpas de los fracasos de su reinado.

La primera vez que lo hicieron fue en 1854, cuando un sector del moderantismo, aliado con los progresistas y el liberalismo más radical, protagonizó una nueva revolución que trataba de poner punto final a la corrupción. Tras dos años de pugna entre las familias liberales, los moderados volvieron a hacerse cargo de la situación. Brevemente, porque en el centro del espectro político surgió un nuevo partido, la Unión Liberal, que consiguió la confianza de la Corona y gobernó, apoyándose en ella, durante los años en que ésta logró el mayor esplendor y el más alto grado de popularidad.

Sin embargo, las luchas entre los propios unionistas, y entre éstos y el resto de los liberales, llevaron de nuevo a la monarquía a implicarse en el juego político en un sentido que poco tenía ver con el liberalismo.

Rodeada de una camarilla políticamente muy reaccionaria, con un fuerte tinte clerical, Isabel II vivió crecientemente al margen de los cambios políticos y sociales que se operaban en el país. Alejada su madre de la Corte, desde 1854, la influencia predominante en su orientación política pasó a ser su marido y un sector tan reaccionario del moderantismo que rozaba las posiciones absolutistas.

Instigada por esos sectores, la reina acabó entregándoles el poder, desoyendo los consejos que podrían haberla orientado en una dirección más liberal y acorde con su tiempo.
Inquieta, distraída y cansada

Desde mediados de la década de los sesenta, Isabel II acabó siendo concebida como el gran “obstáculo tradicional” para la modernización política del país. Finalmente, en 1868, una revolución autodenominada “Gloriosa” la obligó a abandonar España desde la playa de Vizcaya en la que estaba tomando los baños que, a juicio de sus médicos, podían paliar la enfermedad de la piel que padecía desde su niñez. Tenía treinta y ocho años y Benito Pérez Galdós la definía así: “Las formas abultadas, algo fofas, iban embotando su esbeltez y agarbanzando su realeza. Parecía distraída, inquieta, y sus ojos, de un azul húmedo y claro, sus párpados, ligeramente enrojecidos, más expresaban el cansancio que el contento de la vida. Eran los ojos del absoluto desengaño, los ojos de un alma que ha venido a parar en el conocimiento enciclopédico de cuantos estímulos están vedados a la inocencia”.

Desde su exilio en París, la reina Isabel abdicó finalmente en su hijo Alfonso, del cual los conservadores esperaban que pudiese restaurar a la dinastía Borbón en el trono. Mientras tanto, la reina, intentó revertir una vida personal infelicísima separándose formalmente de su marido, Francisco de Asís.

Cuando se produjo la restauración borbónica, en 1874, el artífice de la misma, Cánovas del Castillo, empleó toda su autoridad para evitar que volviese de su exilio. Su irregular vida privada y su nefasto legado político la habían convertido en un personaje que convenía mantener lo más alejado posible de la nueva forma de hacer política, que se quería crear en torno a Alfonso XII.

Pasó el resto de su vida en París, en un viejo palacio de la Avenida Klèber. Poco antes de morir, en abril de 1904, buscando exculparse ante la Historia, le dijo a Galdós: “Ha faltado tiempo, ha faltado espacio (...). El querer lo tiene una en el corazón; pero el poder ¿dónde está? (...). El no poder, ¿ha consistido en mí o en los demás?”. Ésa es, exactamente, la pregunta central de toda conmemoración de la vida y el reinado de Isabel II que intente superar su sacralización o su demonización. Que intente encontrar en ella algo más, como decía Todorov, que un ídolo para venerar o un enemigo para aborrecer.
Sor Patrocinio

H. 1809-Guadalajara, 1891

En 1835 fue juzgada por fingir que le habían salido las llagas que representaban la pasión de Cristo y fue desterrada a Talavera, pero a su regreso a Madrid logró entrar en el círculo de la reina y ganarse su aprecio, así como el de su esposo, lo que la permitió tener gran influencia sobre los asuntos de Gobierno.

Aunque Narváez la obligó a marchar al destierro, el recibimiento que le hizo el Papa en Roma aumentó su prestigio. Tras el destierro de Isabel II, abandonó España y vivió como seglar en Francia. Regresó durante el reinado de Alfonso XII y vivió sus últimos años en un convento.
Antonio María Claret

Sallent, 1807-Fontfroide (Francia), 1870

Confesor de la reina a partir de 1857, había fundado diversas instituciones para el apostolado, como la congregación de misioneros hijos del Corazón Inmaculado de María. Influyó en la vida de Palacio. Por decisión de Isabel II fue nombrado administrador de El Escorial, de cuya restauración se encargó.

En 1865 desaprobó que Isabel II reconociera al reino de Italia y dejó la Corte, pero regresó al poco tiempo. En 1868, acompañó a la reina al destierro, donde murió. Fue beatificado por el papa Pío XI, en 1934, y canonizado por Pío XII, en 1950.
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