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Kasey Michaels



romney marsh, 5

Amor en la batalla

ÍNDICE


Prólogo Error: Reference source not found

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Dos Error: Reference source not found

Tres Error: Reference source not found

Cuatro Error: Reference source not found

Cinco Error: Reference source not found

Seis Error: Reference source not found

Siete Error: Reference source not found

Ocho Error: Reference source not found

Nueve Error: Reference source not found

Diez Error: Reference source not found

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Prólogo


Marzo de 1815

Suelo francés una vez más, después de haberle sido negado durante tanto tiempo. ¡París espera!

Napoleón Bonaparte, Emperador de Francia, Rey de Italia, etcétera, etcétera, por la gracia de Dios, se detiene a la cabeza de un ejército de menos de mil hombres. Son militares de la vieja guardia que eligieron exiliarse con él en la isla de Elba durante más de un año.

El momento está a punto de llegar. Napoleón llega dispuesto a enfrentarse a un ejército que tiene la orden de acabar con él y con su «banda de forajidos».

Desmonta y avanza diez pasos sobre el polvo del camino. Su figura es la de un hombre pequeño y desarmado entre dos ejércitos; la figura de un hombre vulnerable.

—Soldados del quinto cuerpo del ejército —grita al final a las tropas leales al Rey—. ¿No me conocéis? Si alguno de entre vosotros quiere matar a su Emperador, que dé un paso al frente y lo haga. ¡Lo estoy esperando!

Y con un movimiento tan desafiante que arranca exclamaciones en ambos ejércitos, abre de par en par la casaca gris que cubre su pecho.

Después de un tenso silencio, comienzan a oírse vítores a ambos lados de Napoleón.

—¡Viva el Emperador! ¡Viva el Emperador!

Los mil hombres de sus tropas son ahora dos mil. Bonaparte monta de nuevo su caballo y pasa revista a su ejército. Se alza sobre los estribos y señala en silencio en dirección a París.

Y tiembla el mundo.


Uno


Becket Hall, Romney Marsh

Una vez terminada la cena, Ainsley Becket descansaba en su sillón favorito y observaba a sus hijos mientras éstos hablaban sobre las aventuras emprendidas por Bonaparte desde que había conseguido fugarse de Elba dos semanas atrás.

Desayunos, almuerzos, cenas…, la conversación siempre era la misma. «¿Qué intenciones tendrá Bonaparte? ¿Cuál será su primer golpe? ¿Cederán los aliados, a las órdenes del Duque de Hierro? ¿Será Wellington capaz de vencer a un hombre al que nunca se ha enfrentado en el campo de batalla?»

Ainsley dejó que las voces se diluyeran mientras se concentraba únicamente en sus hijos.

Qué grupo tan diverso, pensaba, el de sus ocho hijos, todos ellos adultos, y algunos ya llevando las riendas de su propia vida.

Morgan, convertida en esposa y madre, vivía con su marido, Ethan Tanner en el este de Londres. Este último, conde de Aylesford, dedicaba muchas horas al día a trabajar en el Ministerio de la Guerra.

Chance, lo sabía por la carta que había recibido de su hijo mayor una semana atrás, también había vuelto a trabajar en el Ministerio de la Guerra, mientras toda Inglaterra se preparaba para la inevitable confrontación con un hombre al que creían vencido.

Ainsley dio un sorbo a su copa de brandy, satisfecho, aunque por ello pudiera parecer egoísta, de que aquellos dos hombres hubieran encontrado la manera de servir a la Corona sin exponerse a la batalla. Miró después de reojo a su hijo Spencer, que sostenía al pequeño William sobre las rodillas bajo la sonriente mirada de Mariah.

¿Dejaría de nuevo Spencer a su familia para sumarse al combate? Ainsley quería tener una conversación profunda con su hijo, que ya se había sacrificado suficientemente en América; quería que pensara en su esposa, en su hijo y en el bebé que Mariah llevaba en el vientre.

Eleanor y su marido, Jack, estaban sentados cerca de la chimenea; Eleanor con una pila de periódicos en el regazo, periódicos que Ainsley había conseguido con su habitual secretismo. Eleanor todavía no tenía ningún hijo que sostener en sus brazos, lo que para ella era un motivo permanente de tristeza.

Callie, la menor de sus hijas y la única nacida de su matrimonio con Isabella, ya fallecida, continuaba discutiendo con Courtland; pretendía convencer a su hermano de que, estando la mayor parte de las tropas de Marshal combatiendo en América, debería comprar una comisión en el ejército que Wellington estaba formando para luchar contra el emperador francés. Con la seguridad de sus diecisiete años, estaba convencida de que Courtland debía hacer lo que ella le dijera.

—Jack y tú ya tenéis suficiente trabajo —dijo Ainsley con voz queda, sin hablar abiertamente del papel que los dos hombres jugaban en la ayuda a los contrabandistas de la zona.

Courtland asintió con reluctancia.

—Lo sé, pero estoy convencido de que Jacko y tú todavía sois capaces de dirigir Becket Hall en nuestra ausencia. Además, estoy seguro de que Napoleón terminará encerrado en una jaula en cuestión de meses, si no de semanas.

Callie, siempre alerta, alzó inmediatamente la cabeza.

—¿Has dicho encerrado, Court? Pues yo creo, y corrígeme si me equivoco, papá, que fue Marshal Ney el que, cuando derrocaron al rey Luis, le prometió que le entregaría a Bonaparte metido en una jaula de hierro —le sonrió a Court—. ¿Crees que estaba hablando de la misma jaula, Courtland? Sobre todo ahora, que Ney ha vuelto a postrarse a los pies de Napoleón y hasta está dispuesto a lamerle las botas para conseguir que le perdone.

Mariah Becket se echó a reír mientras tomaba a su hijo de los brazos de su marido para sentarlo en su regazo.

—En eso tiene razón, Court. Hombres, siempre haciendo promesas y fanfarroneando. ¿Spencer? Nos vemos en el piso de arriba, y prepárate para que te lance, como poco, un libro a la cabeza si te atreves a insinuar siquiera que vas a dejarte arrastrar otra vez por el sonido de los tambores.

Todo el mundo esperó a que Mariah saliera del salón para reírse a costa de Spencer.

—Te tiene bien atado, ¿eh, amigo? —dijo Jack Eastwood, lo que le valió una elocuente mirada del amor de su vida.

A Morgan y a Mariah a lo mejor les hacía falta afilar la lengua para poner firmes a sus maridos, pero a la pequeña lady Eleanor le bastó con una mirada de sus chispeantes ojos para que Jack musitara:

—Lo siento, Spencer.

—Tranquilo, no pasa nada —contestó el aludido mientras se acercaba al mueble de las bebidas para servirse una copa de vino—. Sé que no puedo ir. Y tampoco vosotros dos, ahora que el Fantasma Negro tiene que salir con regularidad. Además, todavía no sabemos cuándo ni dónde puede volver a aparecer Edmund Beales. Cabe la posibilidad de que esté actuando como Talleyrand y ahora mismo se haya sumado a las tropas de la Alianza, tras haber abandonado a Bonaparte después de su fracasado intento de liberarlo. Quizá Bonaparte no tenga muy buena opinión sobre él, ¿sabes?

Bastó la mención de Edmund Beales para que se hiciera el silencio en el salón. Ainsley, como le ocurría cada vez que oía aquel nombre, se sintió retroceder en el tiempo y volvió a los días en los que consideraba a aquel hombre como su mejor amigo y compañero. A los días previos a la traición, anteriores a la muerte de Isabella a manos de Beales y los suyos; anteriores a la masacre que, diecisiete años atrás, los había obligado a abandonar las islas y emigrar Inglaterra, buscando la protección que el aislamiento de Romney Marsh les proporcionaba. A los días en los que todavía no sabía que Edmund no sólo continuaba vivo, sino que la lectura de Maquiavelo le había llevado a convencerse de que estaba destinado a controlar el destino de medio mundo. A los días…

—Es verdad —dijo Callie, rompiendo el silencio al ver las sombras que oscurecían la mirada de su padre—. Beales no os ha visto a ninguno de vosotros, así que relájate, papá, nadie va a ir a la guerra. Excepto Rian, por su puesto —añadió.

Frunció el ceño, ensombreciendo así su bonito rostro, al pensar en el día que Rian se había despedido de ellos para unirse, con un entusiasmo que no era capaz de disimular, al ejército.

—Nuestro hermano tenía demasiadas ganas de jugar al héroe —comentó Spencer, sacudiendo la cabeza—. Ahora sólo nos cabe esperar que sea capaz de quedarse en Bélgica y no se le ocurra poner el pie en suelo francés.

—Desde luego, Spencer. Todavía me cuesta creer la rapidez con la que los franceses han vuelto a abrazar la causa de Bonaparte después de haberlo derrocado justo hace un año —dijo Eleanor, hojeando los periódicos que tenía en el regazo—. Mira éste, por el amor de Dios. Dejadme leer los titulares escritos durante las semanas anteriores por el Moniteur, que en otro tiempo fue tan leal al emperador. Toma, cariño, ayúdame. No quiero que se me caigan todos los periódicos al suelo.

Le tendió algunos ejemplares a Jack y le pidió que leyera los titulares del periódico más antiguo.

—Será un placer. Allá voy: «El lobo corsario ha aterrizado en Cannes».

—Sí, «el lobo» —repitió Eleanor—. Ahora mirad éste, que es sólo de unos días después: «El tigre ha vuelto aparecer. El aventurero termina su carrera en las montañas». Pero si llegaron a decir que había muerto, por el amor de Dios.

Jack alargó la mano hacia otro periódico.

—Y se han visto obligados a comerse sus propias palabras. «El desalmado ha conseguido llegar, gracias a la traición, hasta Grenoble».

Eleanor continuó con el titular del último artículo.

—«El tirano ha llegado a Lyon, donde el terror ha paralizado cualquier intento de resistencia». Pero papá, ¿tus agentes en Francia no te han dicho que Napoleón ha sido recibido con vítores?

Ainsley asintió.

—Eleanor, ¿de verdad esperas que un periódico dirigido por el estado diga la verdad? Yo pensaba que te había enseñado a tener más criterio. Sigue leyendo, por favor. Es muy divertido.

Jack levantó otro periódico, lo leyó y sonrió con pesar.

—Sí, ahora ya han dejado de llamarle lobo, tigre o tirano. En los últimos ejemplares se refieren a él por su propio nombre: «Bonaparte avanza a toda velocidad, pero jamás alcanzará París».

—Y estos últimos —añadió Eleanor, sacudiendo la cabeza—: «Mañana Napoleón llegará a nuestras puertas». Y mira éste: «Su Majestad en Fointanebleau». «Su Majestad», es increíble. ¡Son unos hipócritas! ¿Pero cómo es posible que los franceses sean tan chaqueteros?

Ainsley apuró el brandy y se levantó, dispuesto a regresar a su estudio y a los mapas que había estado estudiando meticulosamente desde que se había enterado de la fuga de Bonaparte y que había ido completando con la información que, gracias a su dinero, había conseguido comprar. Desde el principio había adivinado que Bonaparte elegiría Cannes como primer destino, pero creía que comenzaría a desviarse hacia el norte. Al fin y al cabo, aquél era el terreno más lógico para un enfrentamiento entre el Emperador y Wellington. Inmediatamente pensó en Chance y en Ethan, con pocas esperanzas de poder hacerles llegar alguna advertencia a través de sus superiores. Pero le habría encantado poder advertirles que hicieran todo lo posible por conservar su anonimato.

Y Rian, que el cielo los ayudara, estaba ya en Bélgica.

—Remy —dijo, refiriéndose al informante que tenía en París— me ha escrito que el día de su llegada, Bonaparte se detuvo en los escalones del palacio y dijo algo así como que «me han permitido llegar hasta aquí, de la misma forma que han permitido que los otros se fueran». Así que, por si eso contesta a tu pregunta Eleanor, yo diría que sabe que está en una situación delicada. Y ése es el motivo por el que creo que no tardará en abandonar París para enfrentarse a los aliados, en vez de esperar a que vayan a buscarlo. Tiene que demostrar que continúa siendo el hombre más fuerte de Europa.

Courtland, que había pasado horas estudiando los mismos mapas y comunicados que Ainsley, no estaba de acuerdo.

—Hasta finales de julio, los rusos y los austríacos no podrán unirse a nuestras tropas y ni nosotros los ingleses ni los prusianos seremos tan estúpidos como para enfrentarnos a Napoleón antes de que hayamos sumado todas las fuerzas aliadas.

Ainsley sonrió con indulgencia.

—Yo no creo en esos escenarios de color de rosa, en los que el mundo parece plegarse a tus esperanzas, Court. Es preferible intentar pensar como lo haría el enemigo. ¿No crees que Bonaparte no puede tener un motivo mejor para hacer ahora algún movimiento? Su gente quiere verlo triunfar, quiere volver a ver al viejo soldado en el campo de batalla, aunque tenga que salir con un ejército mucho más pequeño del que le gustaría. Y no creo que quiera que la primera batalla sea una acción defensiva, ni que tenga lugar en suelo francés. No, Bonaparte es, ante todo, un soldado. Es posible que haya sido la Alianza la que le ha declarado la guerra, pero él tomará la iniciativa a la hora de atacar. Y ojalá lo comprendan los responsables del Ministerio de la Guerra.

—Reza a Dios para que lo hagan, papá. Pero entonces, es posible que Rian esté más cerca de su primera batalla de lo que pensamos, ¿no? —preguntó Eleanor, buscando la mano de Jack.

—¡Esa maldita chica!

Todos se volvieron entonces hacia Mariah, que estaba en el marco de la puerta, con las mejillas rojas de indignación y alzando en el aire una coleta rubia que sacudió furiosa.

Ainsley miró aquella cabellera y sintió que un frío helado lo atravesaba.

—¿Te refieres a Fanny?

Mariah asintió, incapaz de decir nada. Fanny Becket se había retirado de la mesa la noche anterior, quejándose de dolor de cabeza, y había subido a su habitación.

—He llamado a su puerta varias veces a lo largo del día, pero no me ha abierto. Ya sabes que, desde que Rian se ha ido, está casi siempre de mal humor, así que Eleanor y yo hemos decidido dejarla allí hasta que el hambre la obligara a salir. Pero esta noche, bueno, he pensado que ya estaba bien, así que he ido a buscar una llave y… y resulta que no está.

Callie se volvió hacia ella en la silla.

—¿Se ha escapado? ¿Pero ha dejado una nota?

—No hace falta que deje ninguna nota —contestó Ainsley, sintiendo de pronto el peso de todos y cada uno de sus años—. Todos sabemos adonde ha ido tu hermana.


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