Fue un proceso imparable. Como el tango, el futbol crecio desde los suburbios Lindo viaje habia hecho el futbol: habia sido organizado en los colegios y






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fecha de publicación10.03.2016
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El Fútbol Criollo
 
Fue un proceso imparable. Como el tango, el futbol crecio desde los suburbios... Lindo viaje habia hecho el futbol: habia sido organizado en los colegios y universidades inglesas, y en America del Sur alegraba la vida de gente que nunca habia pisado una escuela.
En las canchas de Buenos Aires y de Montevideo, nacía un estilo. Una manera propia de jugar al futbol iba abriéndose paso, mientras una manera propia de bailar se afirmaba en los patios milongueros. Los bailarines dibujaban filigranas, floreándose en una sola baldosa, y los futbolistas inventaban su lenguaje en el minúsculo espacio donde la pelota no era pateada sino retenida y poseída, como si los pies fueran manos trenzando el cuero. Y en los pies de los primeros virtuosos criollos, nació el toque: la pelota tocada como si fuera guitarra, fuente de música.
Simultáneamente, el futbol se tropical izaba en Rio de Janeiro y San Pablo. Eran los pobres quienes lo enriquecían, mientras lo expropiaban. Este deporte extranjero se hacía brasileño a medida que dejaba de ser el privilegio de unos pocos jóvenes acomodados, que lo jugaban copiando, y era fecundado por la energía creadora del pueblo que lo descubría. Y así nacía el futbol más hermoso del mundo, hecho de quiebres de cintura, ondulaciones de cuerpo y vuelos de piernas que venían de la capeara, danza guerrera de los esclavos negros, y de los bailongos alegres de los arrabales de las grandes ciudades.

El Mundial del 30

Un terremoto sacudía el sur de Italia enterrando a mil quinientos napolitanos, Marlene Dimétrico interpretaba El ángel azul, Stalin culminaba su usurpación de la revolución en rusa, se suicidaba el poeta Vladimir Maiakovski.
Los ingleses arrojaban a la cárcel a Mahatma Gandhi, que exigía la independencia y queriendo patria había paralizado a la India, mientras bajo las mismas banderas AUGUSTO CESAR SANDINO alzaba a los campesinos de Nicaragua en las otras Indias, las nuestras, y los marines norteamericanos intentaban vencerlo por hambre incendiando las siembras.
En los Estados Unidos había quien bailaba el reciente boogie-woogie, pero la euforia de los locos años 20 había sido noqueada por los feroces golpes de la crisis del 29.
La bolsa de Nueva York había caído a pique y en derrumbe había volteado los precios internacionales y estaba arrastrando al abismo a varios gobiernos latinoamericanos.
En el despeñadero de la crisis mundial, la ruina del precio del estaño tumbaba al presidente Hernando Siles, en Bolivia, y colocaba en su lugar a un general, mientras el desplome de los precios de la carne y el trigo derribaban al presidente Hipólito Yrigoyen, en la Argentina, y en su lugar instalaba a otro general. En la República Dominicana, la caída del precio de la azúcar habría el largo ciclo de la dictadura del también general Rafael Leónidas Trujillo, que inauguraba su poder bautizando con su nombre a la capital y al puerto.
En el Uruguay, el Golpe de Estado iba a estallar tres años después. En 1930, el país sólo tenía ojos y oídos para el primer Campeonato Mundial de Fútbol. Las victorias uruguayas en las dos últimas olimpíadas, disputadas en Europa, habían convertido al Uruguay en el inevitable anfitrión del primer torneo.
Doce naciones llegaron al puerto de Montevideo. Toda Europa estaba invitada, pero sólo cuatro seleccionados europeos atravesaron el océano hacia estas playas del sur: "Eso está muy lejos de todo", decían en Europa y el pasaje sale caro.
Un barco trajo desde Francia el trofeo Jules Rimet, acompañado por el propio don Jules, presidente de la FIFA, y por la selección francesa de fútbol, que vino a regañadientes Uruguay estrenó con bombos y platillos un monumental escenario construido en ocho meses. El estadio se llamó Centenario, para celebrar el cumpleaños de la Constitución que un siglo antes había negado los derechos civiles a las mujeres, a los analfabetos y a los pobres.
En las tribunas no cabía un alfiler cuando Uruguay y Argentina disputaron la final del campeonato. El estadio era un mar de sombreros de paja. También los fotógrafos usaban sombreros, y cámaras con trípode. Los arqueros llevaban gorras y el juez lucía un bombachudo negro que le cubría las rodillas.
La final del Mundial del 30 no mereció más que una columna de veinte líneas en el diario italiano La Gazzetta dello Sport. Al fin y al cabo, se estaba repitiendo la historia de las Olimpíadas de Amsterdam, en 1928; los dos países del río de la Plata ofendían a Europa mostrando dónde estaba el mejor fútbol del mundo.
Como en el 28, Argentina quedó en segundo lugar.
Uruguay, que iba perdiendo 2 a 1 en el primer tiempo, acabó ganando 4 a 2 y se consagró campeón. Para arbitrar la final, el belga John Langenus había exigido un seguro de vida, pero no ocurrió nada más grave que algunas trifulcas en las gradas. Después, un gentío apedreó el consulado uruguayo en Buenos Aires.
El tercer lugar del campeonato correspondió a los Estados unidos, que contaban en sus filas con unos cuantos jugadores escoceses recién nacionalizados, y el cuarto puesto fue para Yugoslavia.
Ni un solo partido terminó empatado. El argentino Stábile encabezó la lista de goleadores, con ocho tantos, seguido por el uruguayo Cea, con cinco. El francés Louis Laurent hizo el primer gol de las historia de los mundiales, jugando contra México.


OTROS ESCRITOS

El Mundial del '90 Se venden piernas. Hasta el Papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes. Por un mes, mientras dure el Mundial de Italia, estaré yo también cerrado por fútbol, al igual que muchos otros millones de simples mortales.
Nada tiene de raro. Como todos los uruguayos, de niño quise ser jugador de fútbol. Por mi absoluta falta de talento, no tuve más remedio que hacerme escritor. Y ojal á pudiera yo, en algún imposible día de gloria, escribir con el coraje de Obdulio, la gracia de Garrincha, la belleza de Pelé y la penetración de Maradona.
En mi país, el fútbol es la única religión sin ateos; y me consta que también la profesan, en secreto, a escondidas, cuando nadie los ve, los raros uruguayos que públicamente desprecian al fútbol o lo acusan de todo.
La furia de los fiscales enmascara un amor inconfesable.
El fútbol tiene la culpa, toda la culpa, y si el fútbol no existiera, seguramente los pobres harían la revolución social y todos los analfabetos serían doctores; pero en el fondo de su alma, todo uruguayo que se respete termina sucumbiendo, tarde o temprano, a la irresistible tentación del opio de los pueblos.
Y la verdad sea dicha este hermoso espectáculo, esta fiesta de los ojos, es también un cochino negocio. No hay droga que mueva fortunas tan inmensas en los cuatro puntos cardinales del mundo. Un buen jugador es una muy valiosa mercancía, que se cotiza y se compra y se vende y se presta, según la ley del mercado y la voluntad de los mercaderes.
Ley del mercado, ley del éxito. Hay cada vez menos espacio para la improvisación y la espontaneidad creadora.
Importa el resultado, cada vez más, y cada vez menos el arte, y el resultado es enemigo del riesgo y la aventura. Se juega para ganar, o para no perder, y no para gozar la alegría de dar alegría. Año tras año, el fútbol se va enfriando; y el agua en las venas garantiza la eficacia. La pasión de jugar por jugar, la libertad de divertirse y divertir, la diablura inútil y genial, se van convirtiendo en temas de evocación nostalgiosa.
El fútbol sudamericano, el que más comete todavía estos pecados de esa eficiencia, parece condenado por las reglas universales del cálculo económico. Ley del mercado, ley del más fuerte. En la organización desigual del mundo, el fútbol sudamericano es una industria de exportación que produce para otros. Nuestra región cumple funciones de sirvienta del mercado internacional. En el fútbol, como en todo lo demás, nuestros paises han perdido el derecho de desarrollarse hacia adentro. No hay más que ver los seleccionados de Argentina, Brasil y Uruguay en este mundial del 90. Los jugadores se conocen en el avión. Solamente un tercio juega en el propio país; los dos tercios restantes han emigrado y pertenecen, casi todos, a los equipos europeos. El Sur no sólo vende brazos, sino también piernas, piernas de oro, a los grandes centros extranjeros de la sociedad de consumo; y al fin y al cabo, los buenos jugadores son los únicos inmigrantes que Europa acoge sin tormentos burocráticos ni fobias racistas.
Parece que muy pronto cambiará la reglamentación internacional. Los clubes europeos podrían, de aquí a poco, contratar a cuatro, o quizá cinco, jugadores extranjeros.
En ese caso, me pregunto qué será del fútbol sudamericano. No nos van a quedar ni los masajistas.
En estos tiempos de tanta duda, uno sigue creyendo que la tierra es redonda por lo mucho que se parece al balón que gira, mágicamente, sobre el césped de los estadios.
Pero también el fútbol demuestra que esta tierra no es muy redonda, que digamos. (1990)

El mundial del '98

Enseñanzas del Mundial Gracias a la reciente Copa del Mundo, hemos podido aprender, o confirmar -Que las tarjetas MasterCard tonifican los músculos, y que la Coca-Cola y las hamburguesas McDonald´s no pueden faltar en el menú de un buen atleta -Que en la final, Francia apabulló a Brasil, y que eso también significa; Adidas se impuso sobre Nike. El amor de Nike por el fútbol brasileño hizo que la empresa pagara cuatrocientos millones de dólares a su selección, y otra millonada a su estrella, Ronaldo. Denuncias bien fundadas revelan que Nike impuso la presencia de Ronaldo en el partido último; son numerosos los indicios de que así Ronaldo fue arrancado del hospital. Gravemente afectado por una convulsión, jugó pero no jugó.
-Que la selección triunfante fue un equipo de inmigrantes. Según las encuestas, la mitad de los franceses cree que hay que echar a los inmigrantes, pero todos los franceses celebraron el triunfo como si los negros y los árabes fueran hijos de Juana de Arco.
-Que el fútbol sigue teniendo, milagrosamente, capacidad de sorpresa. Por Croacia nadie daba dos vintenes, y a punta de coraje conquistó el tercer lugar.
-Que el fútbol sigue teniendo, milagrosamente, capacidad de belleza. Ví todos los partidos, y no me arrepiento.
El fútbol de fin de siglo, calculador, defensivo, es amarrete en hermosura; pero que lo hubo, lo hubo.


Estrellas: Los jugadores de fútbol más famosos son productos que venden productos. En tiempos de Pelé, el jugador jugaba, y eso era todo, o casi todo. En tiempos de Maradona, ya en pleno auge de la televisión y de la publicidad masiva, las cosas habían cambiado. Maradona cobró mucho, y mucho pagó cobró con las piernas, pagó con el alma. Cuando ya llevaba algunos años en las canchas, la crisis lo rompió, y enfermó gravemente por sobredosis de éxito.

Sudamericanos

De los equipos sudamericanos, el que más me gustó fue Holanda.
La selección naranja ofreció un fútbol vistoso, de buen toque y pases cortos, gozador de la pelota. Este estilo sudamericano se debió, en gran medida, al aporte de sus jugadores venidos de América del Sur descendientes de esclavos, nacidos en Surinam. No había negros entre los diez mil hinchas que viajaron a Francia desde Holanda, pero en la cancha sí que los había. Fue una fiesta verlos Seedorf, Reiziger, Winter, Bogarde, Kluivert, Davids. Kluivert es sutil como Francescoli, y cabecea como él. Davids, motor del equipo, juega y crea juego mete pierna y mete líos, porque no acepta que los negros cobren menos que los blancos en los clubes de Holanda.
Africanos Njanka, jugador de Camerún, arrancó de atrás, dejó por el camino a toda la población de Austria y clavó el golazo más lindo del Mundial. Pero Camerún no llegó lejos.
Cuando Nigeria derrotó, con su fútbol divertido, a la selección española, y Paraguay empató, el presidente Aznar comentó que «hasta un nigeriano o un paraguayo pueden ponerte en tu lugar». Después, cuando Nigeria se fue de Francia, un comentarista argentino sentenció «Son todos albañiles, ninguno usa la cabeza para pensar». La Fifa, que otorga los premios fair play, no jugó limpio con Nigeria le impidió ser cabeza de serie, aunque el fútbol nigeriano venía de conquistar el trofeo olímpico.
Las selecciones del Africa negra se fueron temprano del campeonato mundial, pero algunos jugadores africanos o nietos de africanos deslumbraron en Holanda, Francia, Brasil y otros equipos. Hubo locutores y comentaristas que los llamaban «negritos», aunque nunca llamaron «blanquitos» a los demás.


Mundial del 98, las pantallas de la televisión brindaron espacio a la emoción colectiva, la más colectiva de las emociones, y también fueron vidrieras de exhibición mercantil Franceses El padre de Zidane fue uno de los albañiles que levantaron el estadio donde su hijo se consagró como el mejor de todos. Zidane es de familia argelina. Thuram, elevado a la categoría de héroe nacional por dos golazos, nació en el Caribe, en la isla Guadalupe, y de allí llegaron a Francia los padres de Henry. Desailly vino de Ghana, Viera de Senegal, Karembeu de Nueva Caledonia.
Djorkaeff es de origen ruso y armenio. Trezeguet se crió en Argentina.
Eran inmigrantes casi todos los jugadores que vestían la camiseta azul y cantaban La Marsellesa antes de cada partido. Una encuesta, publicada en esos días por Le Figaro Magazine, reveló que la mitad de los franceses quería la expulsión de los inmigrantes, pero el doble discurso racista permite ovacionar a los héroes y maldecir a los demás. El trofeo mundial fue celebrado por una multitud sólo comparable a la que desbordó las calles, hace más de medio siglo, cuando llegó a su fin la ocupación alemana.
Hubo alzas y caídas en la bolsa de piernas.

Obediencia, velocidad, fuerza, y nada de firuletes éste es el molde que la globalización impone.
Se fabrica en serie un fútbol más frío que una heladera.
Y más implacable que una máquina trituradora.
Según los datos publicados hace un par de años por France Football, el tiempo de vida útil de los jugadores profesionales ha bajado a la mitad en los últimos veinte años. El promedio, que era de doce años, se ha reducido a seis. Los obreros del fútbol rinden cada vez más y duran cada vez menos. Para responder a las exigencias del ritmo de trabajo, muchos no tienen más remedio que recurrir a la ayuda química, inyecciones y pastillas que les aceleran el desgaste, las drogas tienen mil nombres, pero todas nacen de la obligación de ganar y merecen llamarse exitoína.

Las comunidades indígenas disputan en Brasil su propio campeonato de fútbol. En la Copa del año 2000, el equipo de los indios makuxis llegó a la final después de jugar tres partidos seguidos a lo largo de ocho horas.
La proeza se explica por los prodigiosos poderes de otra droga, que el fútbol profesional no puede pagar. Esa pócima mágica, que no tiene precio, se llama entusiasmo.
La palabra no viene de la lengua de los makuxis sino del idioma de la Grecia antigua y significa "tener a los dioses adentro".

Dos mil quinientos años antes de Blatter, los atletas competían desnudos y sin ningún tatuaje publicitario en el cuerpo. Los griegos, fragmentados en muchas ciudades, cada cual con sus propias leyes y sus propios ejércitos, se juntaban en los Juegos Olímpicos. Haciendo deporte, aquellos pueblos dispersos decían «Nosotros somos griegos», como si recitaran con sus cuerpos los versos de La Ilíada que habían fundado su conciencia de nación.
Mucho después, durante buena parte del siglo XX, el fútbol fue el deporte que mejor expresó y afirmó la identidad nacional. Las diversas maneras de jugar han revelado, y celebrado, las diversas maneras de ser. Pero la diversidad del mundo está sucumbiendo a la uniformización obligatoria. El fútbol industrial, que la televisión ha convertido en el más lucrativo espectáculo de masas, impone un modelo único, que borra los perfiles propios, como ocurre con esas caras que se vuelven máscaras, todas iguales, al cabo de continuas operaciones de cirugía plástica.
Se supone que este aburrimiento es el progreso, pero el historiador Arnold Toynbee había pasado por muchos pasados cuando comprobó «La más consistente característica de las civilizaciones en decadencia es la tendencia a la estandarización y la uniformidad».

Desde hace ya un buen tiempo, la selección brasileña parece dedicada a dejar de ser brasileña. «Aquel fútbol de gambetas espectaculares ha pasado a la historia», sentencia el director técnico de la selección, Luiz Felipe Scolari. Mientras emite su certificado de defunción al fútbol más hermoso del mundo, este fervoroso de la mediocridad practica la disciplina militar. Scolari admira al general Pinochet, adora el orden y desconfía del talento. Condena al exilio a los desobedientes Romario y Djalminha, como en otros tiempos hubiera fusilado a aquel ingobernable rey del circo llamado Garrincha.

El fútbol profesional practica la dictadura. Los jugadores no pueden decir ni pío en el despótico señorío de los dueños de la pelota, que desde su castillo de la FIFA reinan y roban. El poder absoluto se justifica por la costumbre así es porque así debe ser, y así debe ser porque así es.
Pero, ¿ha sido siempre así? Vale la pena recordar, ahora, una experiencia que ocurrió en el país de Scolari, hace no más que veinte años, todavía en tiempos de la dictadura militar. Los jugadores conquistaron la dirección del club Corinthians, uno de los clubes más poderosos del Brasil, y ejercieron el poder durante 1982 y 1983. Insólito, jamás visto los jugadores decidían todo entre todos, por mayoría. Democráticamente discutían y votaban el método de trabajo, el sistema de juego, la distribución del dinero y todo lo demás. En sus camisetas, se leía Democracia Corinthiana. Al cabo de dos años, los dirigentes desplazados recuperaron la manija y mandaron a parar. Pero mientras duró la democracia, el Corinthians, gobernado por sus jugadores, ofreció el fútbol más audaz y vistoso de todo el país, atrajo las mayores multitudes a los estadios y ganó dos veces seguidas el campeonato local.

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