El erotismo en las leyendas publicadas en las revistas literarias de mediados del siglo XIX






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fecha de publicación25.09.2015
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El erotismo en las leyendas publicadas en las revistas literarias de mediados del siglo XIX

El periodismo es, indudablemente, la gran creación romántica. Le­yendas, cuentos fantásticos y populares, biografías noveladas, corpora poéticos de muy diverso contenido y temática, entre otras modalidades literarias, aparecen publicados en las páginas de las principales revistas literarias del segundo tercio del siglo XIX. El aluvión de colaboracio­nes y la proliferación de publicaciones periódicas son el mejor testimo­nio de una variada y rica muestra de creatividad literaria en la que no podía faltar la sutil nota erótica.

El escrutinio realizado en torno a las principales revistas que inserta­ron en sus páginas leyendas evidencia una rica variedad temática. De todo este rico mosaico se puede señalar que sólo aquellas leyendas cuya temática y ambientación nos remiten a la cultura oriental o a las relacio­nes amorosas entre las civilizaciones cristiana y musulmana, proporcio­nan al lector situaciones amorosas exacerbadas y descripciones ambien­tales que incitan al amor sensual. El resto de las leyendas que no aborda dicho motivo prescinde de esta modalidad amatoria, ciñéndose más a rasgos de carácter fantástico o histórico-caballeresco. El número de leyendas insertas en la prensa es copiosísimo, circunstancia que si bien es enriquecedora actúa como un obstáculo a la hora de buscar la refe­rencia erótica. Por ejemplo, el Semanario Pintoresco Español1 publica numerosas leyendas desde el inicio mismo de su andadura y la relación de las mismas es numerosísima, pues la nómina de escritores habla por sí sola. Sirva de botón de muestra las leyendas debidas a José María Andueza -Laura-, Juan de Ariza -El asalto del diablo-, Manuel de la Corte y Ruano -Don Alonso Coronel o la venganza del cielo. Siglo XV y La piedra del Cid Campeador-, Manuel Fernández y González -El esquivar la ocasión es prevenir el peligro-, José Heriberto García de Quevedo -La caverna del diablo. Leyenda fantástica-, Carlos García Doncel -El reloj de las monjas de San Plácido-, Ventura García Esco­bar -El último Beniomeya.

Leyenda morisca-, Rafael García Santisteban -La cruz de piedra-, José de Grijalva -Jaime Ruiz de Arellano-, José María de Heredia -La hermana Beatriz-, Santiago Iglesias -El amor de la castellana-, Miguel López Martínez -El alcalde del castillo de Cabe­zón-, Nicolás Magán -Laras y Castros-, Luis Miguel Roca -Ofelia. Leyenda del siglo VI-, José Joaquín de Mora -La bordadora de Grana­da-, Francisco Navarro Villoslada -La muerte de César Borja-, Francis­co Orellana -La flor de Reseda- Miguel Agustín Príncipe -La casa de Pero Hernández-, Juan de la Rada Delgado -El anillo de la Virgen-, Manuel María Rodríguez Valdés -El castillo de Magacela-, Gabino Tejado -La cabellera de la Reina-, Telesforo de Trueba y Cossío -Jus­ticia de Dios-, Felipe Velázquez -El rey y el arzobispo-, etc. Relación que se podría completar con cuentos que recrean la Edad Media o con biografías noveladas ambientadas en dicha época, al igual que sucede con otras publicaciones consultadas, como El Artista2, El Museo de las Familias3, El Reflejo4 o El Museo Universa5, entre otras. Es evidente que no todas las publicaciones periódicas pertenecientes al segundo tercio del siglo XIX incluyen en sus páginas dicha modalidad literaria, de ahí que en muchas ocasiones la búsqueda de leyendas con trasfon-do erótico ha sido infructuosa.

El primer ejemplo de leyenda con toques eróticos que aparece en el Semanario Pintoresco Español es La peña de los enamorados6 debida al Marqués de Molins -don Mariano Roca de Togores-. La leyenda, fe­chada en el año 1836, evoca un episodio de ilustre tradición en la lite­ratura española, tal como lo corroboran específicas obras -La toma de Antequera1 - o creaciones literarias y obras de idéntico contenido y tí­tulos, como los debidos a Lorenzo Valla8, Juan Vilches9, Trinidad Rojas10, Ildefonso Ruiz Tapiador11 y Francisco Valverde12, entre otros. La pasión amorosa entre un cristiano y una mora, las rivalidades entre dos culturas y religiones o la contraposición de dos conceptos de vida antagónicos posibilitan un final trágico -muerte de los amantes- que se adecua perfectamente al amor pasión vinculado a la muerte. En la le­yenda del marqués de Molins se produce esta relación amorosa apasio­nada enmarcada en un ambiente sensual. Tanto en La peña de los ena­morados como en las leyendas ambientadas en un parecido escenario y época se advierte uno de los rasgos fundamentales del erotismo: su se­creto. Se trata

de comunicar lo máximo silenciando también lo máximo posible, de no transgredir el umbral de lo indecible, pero permi­tiendo ver algo sin llegar a ver en realidad prácticamente nada13. De igual forma tanto en la leyenda presente como en otras seleccionadas suele buscarse el erotismo fuera de la realidad presente, coetánea al autor, pues prefiere adentrarse en el mundo medieval o en países exó­ticos para dar rienda suelta a su imaginación. La atracción por el tema morisco es evidente y no sólo se percibe con nitidez en las novelas ro­mánticas o dramas históricos pertenecientes al romanticismo, sino tam­bién en poesías o poemas narrativos debidos a los grandes maestros de la literatura. En todo este conjunto de autores asoma lo más granado de nuestro pasado literario, desde Martínez de la Rosa hasta el duque de Rivas o Espronceda. Recordemos, por ejemplo, el poema El Pelayo de Espronceda en el que se percibe con nitidez la sensualidad ardiente y pasional al hablar del placer en la Descripción del serrallo: "Lánguida acaso mora peregrina; En blanco lecho de Damasco y flores, allí volup­tuosa se reclina [...] Desnudo el pecho y la gallarda espalda, la leve tela al movimiento vuela. Y sus formas bellísimas revela"14. Texto publica­do en El Artista y al que acompaña una litografía mucho más púdica debida a Elena Freillet. En la leyenda de Roca de Togores se encarta también un grabado, firmado por C. Marquerie, en el que la mora Zulema aparece recostada entre almohadones y suntuosas telas. Su mirada y su vestimenta dejan ver la sutil nota erótica. Desde un primer momento el diálogo entre Zulema y su fiel criada Zoraida nos traslada a una atmósfera sensual en el que la voz es como "una brisa del mar que abrasa a la enamorada". Todo es voluptuoso, desde la ambientación de la morada hasta los gestos de la mora. La casa de Aben-Addalla, padre de Zulema, es una suntuosa alquería pródiga en festines y zambras, "mansión del lujo y de los placeres en donde no se da tregua al regocijo ni aun durante las breves horas de la noche"15. Recinto que se adecua en su descripción a la sensualidad de sus moradores, pues sus

capiteles y bases de bronce cincelado representaban mil peregrinos jue­gos de voluptuosas uris, alrededor y en medio de los arcos, sendas vidrie­ras de colores dejaban entrar la luz del sol modificada por mil iris o des­cubrían su horizonte de dilatados jardines; en torno se extendían almo­hadones de terciopelo verde con franjas de oro, intermediados por floreros de porcelana y por perfumadores de plata. Un tapiz de brocado cu­bría el pavimento, y en el centro un baño de alabastro recibía los caños de agua olorosa que le tributaban dos ánades de oro.16

Cromatismo, voluptuosidad y sensualismo coronados por dos ánades que simbolizan la armonía sexual entre los cónyuges. Fragmento enca­bezado por el lema morir gozando y que preludia el trágico final de los amantes.

En La torre de Ben-Abil, relato escrito por un tal C. B., surge de nue­vo la rivalidad entre árabes y cristianos. En esta ocasión las notas eró­ticas surgen a través de la perspectiva del joven guerrero Aben-Gazan que impresionado por la belleza de Inés, noble cristiana, irrumpe con violencia apasionada en el bando cristiano y la rapta tras demostrar su valor y arrojo. El contraste entre ambas civilizaciones es evidente, pues frente a la austeridad y severidad de la cristiana emerge la oriental, más sensual y plagada de placeres. Las reflexiones de Aben-Gazan son har­to elocuentes, pues hastiado del placer que le brinda su propia cultu­ra busca el auténtico amor simbolizado en la cristiana: "Desierto está mi castillo, los placeres del harem han saciado mis sentidos y fastidia­do mi corazón, mi alma necesita ya las dulzuras de un amor que nues­tras voluptuosas odaliscas no pueden dar ni comprender jamás"17. La torre de Ben-Abil es una bella historia de amor entre un sarraceno y una cristiana que termina trágicamente. La relación amorosa y la pasión de los protagonistas están descritas de forma sutil y delicada. La entrega amorosa se evidencia desde un primer momento, pera nada obsceno se dice de esta relación. La experiencia sexual fisiológica la puede supo­ner el lector, pese a que no existe nada obsceno ni escandaloso. La máxima del erotismo se ha cumplido: no traspasar el umbral de lo in­decible, pero dejando entrever algo, sin llegar a ver en realidad absolu­tamente nada. El Semanario Pintoresco Español no es pródigo en situa­ciones eróticas, pues son muy pocas las leyendas que incluyen ambientaciones o situaciones amorosas como las anteriormente citadas. Sólo con pie forzado podríamos incluir alguna referencia más al erotis­mo que, sin embargo, nada nuevo aportaría a lo ya referido, como las tituladas El amor. Novela árabe18, y El remedio del amor19.


El arquetipo de belleza oriental femenina adornada con ligeros toques eróticos predomina en la casi totalidad de las leyendas consulta­das. Las descripciones referidas al hombre son, prácticamente, inexistentes, pues solo en contadísimas ocasiones aparecen en las leyen­das o relatos históricos ambientados en la Edad Media, como en el caso de la narración de L. G. Brabo, Abdhul-Adhel o El Abantés. Cuento del siglo XV, publicada en El Artista20. En dicha relación se cumplen a la perfección los rasgos más característicos del romanticismo, desde el fatal destino de los protagonistas, hasta suplantaciones de personalidad y revelación de secretos ocultos. Abduhul-Adhel, el joven protagonis­ta, emerge desde las primeras líneas como paradigma de la belleza masculina árabe:

Recostado en el tronco de una vieja palmera y rebozado en la listada y ca­racterística manta que distingue a los de su clase, solo descubre por arriba la blanca tela que le rodea la frente, y los hermosos ojos que tan celebrado le hacen entre los suyos. Vense por debajo sus denudas piernas perfecta­mente formadas, ostentando la vigorosa contextura de los nervios y mús­culos que la componen.21

Doña Inés, la cristiana enamorada del árabe, se estremece ante los en­cantos de Abdhul, se sonroja y siente una honda pasión por su amado.

En esta galería de leyendas no faltan aquellas escritas con las grafías propias del castellano medieval y que recogen ligeros toques eróticos, como la titulada Historia de la muy noble é sublimada señora Leonor Garavito que por sus altos fechos é virtudes ganó nombradla é grandes mercedes hubo, de José Bermúdez de Castro. Erotismo que correspon­de sustancialmente a las descripciones del cuerpo de la mujer más que en situaciones cuya finalidad es la insinuación y plasmación de una relación amorosa. Descripciones que nunca alcanzan las tonalidades de orgía o bacanal como en el cuento fantástico Yago Yash:

[...] se presenta dormida en los banquetes, rodeada de jóvenes hermosos, de risas y palabras de amor; y mientras su sombra recorre por los place­res, siente en su corazón latir cada uno de los acentos del que la seduce, y le parece recoger en sus entreabiertos labios rojos el beso de un hom­bre que se le representa como en ángel de amor.22


Uno de los textos que mejor define la sensualidad de la mujer árabe se encuentra en El Museo de las Familias. Es una historia ambientada en el año 1149 que tiene como telón de fondo la España musulmana y la conquista de Mallorca por los catalanes. J. Ferrandis, autor de esta relación histórica, establece un modelo o arquetipo de mujer árabe voluptuosa y nacida para el placer de los sentidos:

La hermosa Zalima, reclinada sobre un almohadón blanco como su cu­tis, buscaba todas las posiciones que la voluptuosidad del Oriente ha transmitido de generación en generación, con el amoroso anhelo propio de las musulmanas, cuya vida es la cadena de la sensualidad. Ellas son las odaliscas, instrumentos del placer, de misión puramente mundana, cuyas ideas y creencias solo se cifran en la sobre-excitación de los sentidos [...] no pretende otra dominación que la del deleite y se degrada hasta conver­tirse en un ser accidental, porque para ella no hay paraíso, según Mahoma.23

La visión que el escritor tiene de la ambientación del mundo árabe en las leyendas no difiere en mucho de las impresiones superficiales y tó­picas de los viajeros de la época. Ambientación oriental que incita los sentidos y favorece la relación amorosa. En el año 1843, sección Estu­dios de Viajes, un redactor anónimo se refiere en su artículo Costumbres de los turcos de esta guisa:

Multitud de patios rodeados de galerías y adornados de fuentes, vastísimas salas cubiertas de soberbios tapices de Persia, techos artesona-dos de maderas preciosas, adornados de arabescos de oro y azul y pintu­ras de flores, una sala de baños en medio de la cual brota un surtidor de agua que cae con dulce murmullo en recipientes de mármol [...] balcones adornados con macetas de flores y sobre los cuales trepan los jazmines y las madreselvas, vastos jardines adornados de alegres kioscos y bosquecillos donde las lilas, el laurel, las rosas y los naranjos mezclan su follaje, y donde el viento juguetea en una atmósfera de perfumes.24


Las descripciones ambientales propicias para la relación amorosa desde una perspectiva erótica abundan en El Museo de las Familias. A diferencia de otras revistas que no incluyen relatos o situaciones de esta índole, la presente publicación es pródiga en tales descripciones desde el inicio mismo de su andadura. Así, en el año 1843, fecha de inicio de la publicación, incluye varios estudios sobre la cultura árabe y leyendas cuyo contenido se basa en el conflicto de fronteras entre cristianos y musulmanes, como la titulada La conquista de Córdoba25. Salas perfu­madas de esencias orientales, techumbres esmaltadas de vivos colores, paredes guarnecidas con tapicerías de caprichosos motivos, alfombras y cojines recamados, entre otros muchos objetos decorativos, configu­ran el marco en el que una joven mora de bellas formas auxilia a un joven y noble caballero cristiano malherido que solicita su ayuda. Fren­te a esta modalidad ambiental emerge la castellana, austera en sus for­mas y carente de la ornamentación y lujo de la oriental. En La prisión de Boaddil, figura un grabado, firmado por un tal Gómez, en el que aparecen Boaddil y Moraima, esta última semidesnuda de cintura ha­cia arriba, con un amplio escote que deja entrever sus senos. El entor­no no puede ser más paradisíaco. Todo perfectamente adecuado al motivo amoroso26.

El vaciado realizado en torno a El Museo de las Familias proporcio­na numerosos ejemplos relativos al amor y al erotismo, especialmente en las leyendas ambientadas en el bando musulmán, como, por ejem­plo, La conquista de Sevilla, Ponce de León, La cueva del lagarto, El milagro de los Moncadas, Mangora, o Rodrigo Narváez y su cautivo, entre otras muchas. En todas ellas, la mujer es hermosa, voluptuosa, dulce, seductora, apasionada, sensual, ardiente, vehemente. Su entrega al amado es total, incluido el repudio a su religión si se trata de un cris­tiano quien la ha enamorado. Frente a ella el amor casto, silencioso e inexpresivo de las cristianas. La pasión sin freno corresponderá siem­pre a la mujer musulmana como en la leyenda debida a José Quevedo La peña de los enamorados, más caudalosa en descripciones eróticas que la debida a Roca de Togores. J. Quevedo incluye múltiples descripcio­nes de la mujer con un alto contenido erótico. Mujeres que aparecen semidesnudas e incitadoras a la pasión amorosa, cuya voluptuosidad es destacada casi de continuo27.


Las revistas y periódicos del segundo tercio del siglo XIX no siempre incluyen en sus páginas modalidades literarias como las aquí estudiadas, pues se inclinan más por otros contenidos y géneros en donde la presencia del erotismo no tiene cabida, pues tienden más al amor cas­to y sublime o prescinden de la relación amorosa. El amor sensual y la pasión amorosa encuentran su perfecto acomodo en las páginas de las revistas literarias, aunque no siempre con la misma prodigalidad desea­da, de ahí que su presencia no sea profusa pero no por ello inexistente.

Enrique Rubio Cremades Universidad de Alicante


1 Semanario Pintoresco Español, 1836-1857. Semanal. Empezó a editarse el 3 de abril de 1836, en la imprenta de T. Jordán y cesó el 20 de diciembre de 1857. La suscripción anual costaba treinta y seis reales, y el total de la publi­cación ochocientos ochenta reales.

Cfr. José Simón Díaz, Semanario Pintoresco Español, [Colección Índices de Publicaciones Periódicas], Madrid, Instituto "Nicolás Antonio" del CSIC, 1946 y Enrique Rubio Cremades, Periodismo y Literatura: Ramón de Mesonero Romanos y el "Semanario Pintoresco Español", Alicante, Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2000.

2 El Artista, Madrid, Imprenta de J. Sancha, 1835-1836. Tres tomos con láminas; el primero contiene 312 pp.; el segundo, 310 pp. y el tercero, 160 pp. Forman un total de dos colecciones. El número completo costaba diez reales. Empezó a publicarse el 5 de enero de 1835 y cesó en marzo de 1836. Semanal. Periódico dirigido por Eugenio de Ochoa y Federico Madrazo. Cfr. José Simón Díaz, El Artista (Madrid, 1835-1836), [Colección Índices de Publicacio­nes Periódicas], Madrid, Instituto "Nicolás Antonio" del CSIC, 1947 y El Artista (Madrid, 1835-1836), Ángel González García y Francisco Calvo Serraller (eds.), Madrid, Turner, 1981, 3 vols. [Edición facsímil].

3 El Museo de las Familias. Lecturas agradables e instructivas, Madrid, Esta­blecimiento Tipográfico de Francisco de Paula y Mellado, 1843-1871. Perió­dico mensual. Director y editor, don Francisco de Paula y Mellado. Lecturas para todos. Colección de ciencia, literatura, historia, biografías, viajes... Direc­tor posterior D. José Muñoz Maldonado, conde de Fabraquer. El periódico se fundó el 25 de enero de 1843 y cesó el 1 de marzo de 1868. Reapareció el 1 de abril de 1870, publicándose hasta diciembre del mismo año

4 El Reflejo. Publicación literaria y pintoresca, Madrid, Imprenta de El Refle­jo, con grabados y láminas sueltas. Puede considerarse una continuación de la revista La Mariposa, publicada en Madrid, Imprenta de don Francisco de Paula y Mellado, 1839-1849. Se subtitulaba Periódico literario y de modas. Repartía entre sus suscriptores un figurín y, en ocasiones, un patrón. Dirigida por Gregorio Romero Larrañaga. El Reflejo nació el 5 de enero de 1843 y murió el 6 de julio del mismo año. Su director fue Francisco Sales Mayo. A diferencia de las anteriores publicaciones periódicas citadas no hemos encontrado referencias eróticas en los textos, aunque sí se publican leyendas históricas, como la titula­da La corona del Dante y del Petrarca, n° 4, pp.27-28; n° 5, pp.35-36. Leyenda inspirada en la coronación de T. Tasso. Francisco Sales Mayo [Aristipo] publica varias leyendas bíblicas como la titulada Esther, personaje bíblico protagonista del libro de su mismo nombre en el Antiguo Testamento.


5 El Museo Universal. Periódico de ciencias, literatura, artes, industria y cono­cimientos útiles. Madrid, Imprenta de Gaspar y Roig, 1857-1869. Empezó apublicarse el 15 de enero de 1857 y salía cada quince días. A partir del 1 de enero de 1860 se convirtió en semanario. Cesó el 28 de diciembre de 1869, sien­do reemplazado por La Ilustración Española y Americana. Su director fue don José Gaspar y Maristany. El Museo Universal se asemeja al Semanario Pintoresco Español tanto en el contenido como en los grabados, aunque son muchos más logrados. Publicó, al igual que su modelo, muchísimas leyendas, como las debi­das a Nemesio Fernández Cuesta -La leyenda del judio errante-, Fernando Fulgosio -El prado y La corredoira-, Adolfo Miralles de Imperial -Amor de hijo y Flores y abrojos-, Cecilio Navarro -Episodio de la guerra de África. Thacla y Rusia en Polonia-, Manuel Osorio y Bernard -Turigi-, Salvador Pérez Montoto -Álbum poético. Le galib Ile Allah. ¡Solo Dios es vencedor!. Leyenda histórica-, César Rivera -La joven ambiciosa-, Antonio de San Martín -La peña de los cuer­vos- y José J. Soler -Los cabellos de Luisa-. De todo este corpus, las referencias al mundo oriental se pueden encontrar, especialmente, en las tituladas Episodio de la guerra de África. Thacla y Le galib Ile Allah.

6 Semanario Pintoresco Español, 1836, Primera Serie, tomo I, pp.194-195.

7 Vid. La toma de Antequera. Textos de Ben-al-Jatib, Fernán Pérez de Guzmán, Fernando del Pulgar, Alvar García de Santa María y Ghillebert de Lannoy. Prólogo y versión moderna de Francisco López Estrada, Antequera, Sevilla, Taller Tipográfico de F. Vera, 1964 [Publicaciones de la "Biblioteca Antequerana" de la Caja de Ahorros y Préstamos de Antequera, IV].

8 Lorenzo Valla, La Conquista de Antequera, con la leyenda de la Peña de los enamorados. Traducción por José del Toro. Prólogo y notas de Francisco López Estrada, Antequera [Sevilla, G.E.H.A.], 1957. En la edición de Basilea, 1543 de la Obras de Lorenzo Valla, vemos además de interés para dicho tema los estudios Ad Alphonsum regem epístola apologetica y De libero arbitrio ad Garsan episcopum illerdensem.

9 La silva de ]uan Vilches sobre la Peña de los enamorados de Antequera, Sevilla, 1564. Edición facsimilar de Ángel Caffarena Such, Málaga, El Guadalhorce, 1961 [Ediciones facsimilares de libros raros y curiosos].

10 Trinidad Rojas, La peña de los enamorados. Leyendas... del siglo XVI, Granada, Imprenta de don Francisco Ventura y Sabatel, 1862.

11 Ildefonso Ruiz Tapiador, La peña de los enamorados. Drama histórico, Toledo, Imprenta de Cea, 1844.

12 Francisco Valverde Perales, La peña de los enamorados. Poema, Toledo, Imprenta y Librería de la viuda e hijos de J. Peláez Comercio, 1888.

13 Cfr. Begoña Torres González, "Amor y Muerte en el Romanticismo. Fondos del Museo Romántico", en Amor y Muerte en el Romanticismo, Ma­drid, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte-CAM, 2002, pp.13-77.

14 El Artista, 1835,I, p. 183.

15 Semanario Pintoresco Español, 1836, Primera Serie, Tomo I, p.194.

16 Ibíd., p.194. Todo este fragmento y su continuación están plagados de referencias al deleite, al gozo, al disfrute del amor. Sensaciones que se entrecruzan con el dolor ante el temor de un desenlace trágico. Roca de Togores armoniza el dolor con la sensualidad y el erotismo, pues la apasionada mora auna estas dos sensaciones: "Todo era placer alrededor de la bella vir­gen, todo luto y desconsuelo en lo íntimo de su corazón. Como si no estuvie­ra aquel aposento examinado con una sola mirada, Zulema recorre con las suyas las paredes de aquel pabellón, se revuelve con violencia, su tocado se descompone, el cabello flota en torno al ímpetu de su movimiento, y luego desesperada y exánime cae sobre uno de aquellos cojines [...]" (Ibíd.., p.194).

17 Semanario Pintoresco Español, 1840, Segunda Serie, Tomo II, p.122.

18 Semanario Pintoresco Español, 1842, Segunda Serie, Tomo IV, pp.207-208,212-215,220-221.

19 Semanario Pintoresco Español, 1841, Segunda Serie, Tomo III, pp.13-15, 29-30.

20 El Artista, 1835, Tomo I, pp.161-166. 21 Ibíd..,p.l62. 22 Ibíd.,Tomo III,p.30.

23 El Museo de las Familias, 1850, Tomo VIII, p.124. 24Ibíd.., 1843,Tomo I, p.94.

25 Ibíd., 1843, Tomo I, pp.54-58.

26 El inicio de la historia del rey Boabdil se enmarca en esta ambientación ya señalada: "En una de aquellas magníficas y voluptuosas salas de la Alambra de Granada, donde se ostentan con profusión los ricos esmaltes de oro y azul sobre techumbres de cedro y paredes de mármoles y azulejos, se hallaba el rey Boabdil acompañado de Morayra, su esposa o su esclava favorita. Sentado el monarca sobre blandos cojines de terciopelo, acariciaba blandamente la destrenzada cabellera, aún húmeda del baño, de su joven esposa, mientras que ésta sentada en la alfombra que cubría el blanco mármol del pavimento y medio reclinada en los almohadones que sostenían al monarca, le miraba con ojos apasionados", Ibíd., 1844, tomo II, p.209.

27 Sirva como botón de muestra el siguiente texto: "Estaba Ardana recos­tada en un magnífico almohadón, vestida de una sencilla y finísima tela blan­ca, que dejaba percibir sus lindas formas, y por debajo del turbante, cuyo velo estaba echado a la espalda, salían abundantes trenzas de sus negros cabellos que se repartían en ondas alrededor de su torneado cuello y de su elevado pecho [...]", Ibíd., 1850, Tomo VIII, p.33.




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