Jesus, rey de misericordia, explica la ley y los profetas






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JESUS, REY DE MISERICORDIA, EXPLICA LA LEY Y LOS PROFETAS.

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Dictados tomados de la Obra Monumental de Jesús NS,

El Dios-Hombre”,

dada al mundo por medio de la mística más grande de todos los tiempos,

Italia de 1943-65.

Por medio de visiones similares a las dadas al profeta Daniel, San Juan y otros, según se le iban presentando María Valtorta fue poniendo por escrito exactamente lo que veía. La descripción de los detalles del escenario que ella anota de su gusto por la poesía y amor a la Naturaleza, dicen de ese toque personal que Dios nunca anula en los suyos, porque eso que a cada uno le ha dado es parte de Sí Mismo. Aquí se excluye esos detalles del lugar para dar prioridad a las palabras de Jesús, nuestro único Maestro. 25 de febrero de 1945)

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La segunda resurrección para el Juicio Final.

Apoc.20:11-15 ‘Vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él. Ante su presencia desaparecieron completamente la tierra y el cielo, y no se los volvió a ver por ninguna parte. Y vi los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono; y fueron abiertos los libros, y también otro libro, que es el Libro de la Vida. Los muertos fueron juzgados de acuerdo con sus obras, descritas en aquellos libros.



Foto tomada en EE.UU.

El mar entregó sus muertos, y el reino de la muerte entregó los muertos que había en él; y todos fueron juzgados, cada uno conforme a lo que había hecho. Después el reino de la muerte fue arrojado al lago de fuego. Este lago de fuego es la muerte segunda. Y allí fueron arrojados los que no tenían su nombre escrito en el Libro de la Vida’.

Mal.3:16 ‘Entonces los que temen al Señor hablaron entre sí, y el Señor escuchó y respondió, y fue escrito ante Él un memorial de los que temen al Señor y honran su Nombre: “Serán para Mí especial tesoro, dice el Señor de los Ejércitos, el día en que Yo actúe, los perdonaré como un hombre que perdona a su hijo que le sirve. Entonces os volveréis y veréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve’.

Dn.12:3 “Y aquellos que enseñen la Verdad brillarán como el radiante espacio, y aquellos que justifiquen a la multitud, como las estrellas del tiempo y para toda la eternidad”.

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Jesús explica la Ley del Sinaí perfeccionada por Él, en el Amor.

Una Condena.

Jesús Dice: “Yo no soy un dios de carne o un dios de barro, que no está siempre presente o que no tiene ojos para ver. Yo Soy el Uno que Está en todas partes, y desde al alto lugar de Mi trono Yo analizo y tomo cuenta del obrar de vosotros, gente. Yo Soy el Uno que ha hablado para daros la norma por la que debéis conduciros. Lo que Yo he dicho, Yo he dicho, y esto no cambia a través de los milenios. Yo Soy el Dios Eterno, el Uno y Único Dios. Yo Soy el Señor vuestro Dios, de quien no existe otra copia. Yo Soy único en Mi Santísima Trinidad.”

Ante la persecución de los fariseos, Lázaro pone a disposición de Jesús un lugar de descanso en una de sus propiedades, llamada “Aguas Claras”. Agua de Vida de Jesús, la Palabra de Dios, en adelanto a lo que Él dice en Apocalipsis 22:17

“El Espíritu y la Esposa dicen “¡Ven!”, Y el que tiene sed, venga. Y el que quiera, tome gratuitamente del Agua de la Vida. ¡Amén! ¡Ven Señor Jesús!

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“Paz a vosotros que buscáis la Palabra” comienza diciendo Jesús. Se dirige al fondo del portal, teniendo a sus espaldas la pared de la casa. Es el tibio atardecer de un día de noviembre en que Jesús habla a unas veinte personas sentadas por tierra o apoyadas a las columnas.

“El hombre cae en un error en considerar lo que la vida y lo que es la muerte, y en emplear estos dos términos. Llama “vida” al tiempo en que después de haber nacido, empieza a alimentarse, a respirar, a moverse, pensar, obrar; y llama “muerte” al momento en que deja de respirar, de comer, de moverse, de pensar y de obrar, y se convierte en un frío e insensible despojo, pronto para volver a entrar en el seno, que es el sepulcro. Pero no es así. Quiero hacer que entendáis lo que es la “vida” y señalaros las obras aptas para ella.

Vida no es existencia. Existencia no es vida. Existe también vida en la parra que se enrolla en esta columna. Pero no tiene la vida de que estoy hablando. Existe también aquella oveja que bala amarrada a aquel árbol de allá. Pero no tiene vida de que estoy hablando. La vida a la que me refiero no empieza con la existencia y no se acaba cuando la carne tiene su fin. La vida de la que hablo no tiene principio en el seno materno. Empieza, cuando creada nace un alma del Pensamiento de Dios para habitar en una carne y tiene fin cuando el pecado la mata.

El hombre primeramente no es más que una semilla que crece, semilla de carne, no de grano o hueso como la del trigo o la de ese árbol. Primero no es más que un animal que se forma, un embrión de animal no diverso del que ahora hincha el seno de aquella oveja. Pero desde el momento en que esta concepción se infunde, esta parte incorpórea que es la de mayor importancia ya que lo sublima, existiendo entonces no sólo el embrión animal como corazón que palpita, sino que “vive” según el Pensamiento creador y se hace hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, se hace hijo de Dios, ciudadano futuro del Cielo. Pero esto acontece si la vida dura. El hombre puede existir teniendo imagen del hombre pero ya no es más hombre. Es un sepulcro en que se pudre la vida.

Por esto digo: “La vida no comienza con la existencia y no se acaba cuando la carne tiene fin”. La vida empieza antes del nacimiento. La vida, pues, no tiene fin porque el alma no muere, esto es, no se convierte en nada. Muere a su destino, que es celestial, pero sobrevive a su castigo. A este destino bienaventurado muere, cuando muere a la Gracia. Esta vida, atacada de la gangrena que es la muerte de su destino, dura por los siglos para la condenación y en el tormento. Esta vida, si se conserva como tal, llega a la perfección del vivir, haciéndose eterna, perfecta, bienaventurada como su Creador.

¿Tenemos obligaciones para con la vida?... Sí. Es un don de Dios. Cualquier don de Dios debe ser usado y conservado con cuidado, porque es una cosa santa, como es quien lo creó. ¿Destruiríais el don de un rey? ¡No! Pasa a los herederos, y de estos a los siguientes como gloria de la familia. Y si es así ¿Por qué destruir el don de Dios? ¿Cómo se le usa y cómo se conserva este don divino? ¿De qué modo tener viva la flor paradisíaca del alma, para guardarla para el Cielo? ¿Cómo alcanzar el “vivir” sobre la existencia y más allá?

Israel tiene leyes claras para este fin y no tiene más que observarlas. Israel tiene profetas y justos que dan ejemplo y enseñan a practicar las leyes. Israel tiene también sus santos. No puede, no debe por lo tanto equivocarse. Veo pulular manchas en los corazones y espíritus muertos en todas partes. Por lo que digo: Haced penitencia; abrid vuestro corazón a la Palabra; poned en práctica la Ley inmutable; infundid nuevamente sangre en la vida que en vosotros languidece; si ya la habéis matado, venid a la Vida verdadera: a Dios. Llorad por vuestras culpas. Gritad: ¡Misericordia!... pero levantaos. No seáis muertos vivos para que no seáis mañana de los eternos condenados. No os hablaré de otra cosa, más que de la manera de obtener y conservar la vida. Otro os dijo: “Haced penitencia. Limpiaos del fuego impuro de la lujuria, del fango de las culpas”. Yo os digo: Pobres amigos, estudiemos juntos la Ley. Volvamos a oír en ella la voz paternal del Dios verdadero y luego juntos oremos al Eterno con estas palabras: “Que Tu misericordia, Señor, descienda sobre nuestros corazones”.

Ahora es el plomizo invierno, pero dentro de poco vendrá la primavera. Un espíritu muerto es más triste que un bosque congelado y sin nada, pero si penetran en vosotros la humildad, la voluntad, la paciencia y la fe, la vida tornará en vosotros como bosque primaveral, y floreceréis para Dios, produciendo para mañana, para el mañana de los siglos y de los siglos, un perenne fruto de la vida verdadera.

¡Venid a la vida! Dejad de existir solamente y empezad a “vivir”. Entonces la muerte no será “fin” sino principio, el principio de un día sin crepúsculo, de una alegría sin cansancio ni medida. La muerte será el triunfo de lo que vivió antes de la carne, y el triunfo de la carne, la cual será llamada a la resurrección eterna, para participar juntamente de esta vida que prometo, en el nombre del Dios verdadero a todos los que hayan querido la “vida” para su alma, aplastando los sentidos y las pasiones para gozar de la libertad de los hijos de Dios.

Idos. Cada día a esta hora os hablaré de la verdad eterna. El señor sea con vosotros”

86. Jesús en “Aguas Claras”:

Yo soy el Señor Dios tuyo1

(27 de febrero de 1945)

Jesús Dice, “Está escrito en el Libros que el Señor se manifestó en el Sinaí con su terrible poder para decir con él: “Yo Soy Dios. Esta es mi voluntad. Y estos son los rayos que tengo preparados para los que fueren rebeldes al querer de Dios”. Y antes de hablar, ordenó que ninguno del pueblo subiera a contemplarle a El “que Es”, y que también los sacerdotes se purificasen antes de llegar al límite de Dios, para no ser heridos. La razón de esto es porque era tiempo de justicia y de prueba. Los Cielos estaban cerrados como con un peñasco sobre el misterio del Cielo y sobre la ira de Dios, y sólo las espadas de la justicia flechaban el cielo sobre los hijos culpables. Pero ahora ya no. Ahora el Justo ha venido a cumplir toda justicia y ha venido el tiempo en que sin fulgores y sin límites, la Palabra divina habla al hombre para darle Gracia y Vida.

La primera palabra del Padre y Señor es esta: “Yo Soy el Señor Dios Tuyo”. No hay un solo instante del día en que no se oiga esta palabra y no la escriba la voz y el de Dedo de Dios. ¿Dónde?... Por todas partes… Todo lo está continuamente diciendo. Desde la hierba a la estrella, desde el agua al fuego, desde la lana a la comida, desde la luz a las tinieblas, desde la salud a la enfermedad, desde la riqueza a la pobreza. Todo dice: “Yo Soy el Señor. Por Mí tienes esto. ¡Un pensamiento mío te lo da y otro te lo quita, no hay fuerza de ejércitos, ni defensa alguna que te puedas preservar de mi voluntad!”. Se oye gritar en la voz del viento, cantar en el parlotear del agua, perfumar en la fragancia de la flor, se clava en los lomos de las montañas y susurra, charla, llama, grita en las conciencias: “Yo Soy el Señor Dios Tuyo”.

No lo olvidéis jamás. No cerréis los ojos, ni cubráis vuestras orejas; no estranguléis la conciencia para no oír esta palabra. El Dedo del fuego de Dios la escribe ya en la pared del banquete, ya sobre las olas del tempestuoso mar; bien en el labio sonriente del niño, bien en la palidez del anciano que muere, ahora en la rosa fragante, ahora en el fétido sepulcro. Llega siempre el momento que en medio de la ebriedad del vino y del placer, entre el ajetreo de los negocios, en el reposo de la noche, en un paseo solitario, se levanta es voz y dice: “Yo Soy el Señor Dios Tuyo”, y no esta carne que ávido besas, y no esta comida que obeso engulles, y no ese oro que avaro acumulas, y no ese lecho en el que eres un ocioso; y no sirve el silencio, no estar solos, o durmiendo, para hacerla callar.

“Yo Soy el Señor Dios Tuyo”, el compañero que no te abandona, el Huésped que no puedes arrojar. ¿Eres bueno? He aquí que el huésped y compañero es el Amigo bueno. ¿Eres perverso y culpable? He aquí que el huésped y compañero es el Rey airado y no da paz. Y no deja, no deja, no deja… Sólo los condenados puedes estar separados de Dios. Pero la separación es el tormento insaciable y eterno. “Yo Soy el Señor Dios Tuyo” y añade: “que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud”. ¡Oh! Ahora se cumple exactamente. ¿De qué Egipto te saca a la tierra prometida, que no es este lugar, sino el Cielo! Es el Reino eterno del Señor en donde no habrá hambre ni sed, ni frío ni muerte, sino todo destilará alegría y felicidad, y todos los espíritus estarán llenos de paz y gozo.

Os saca ahora de la verdadera esclavitud. He aquí al Libertador. Yo Soy. Vengo a despedazar vuestras cadenas. Cualquier dominador humano puede gustar la muerte, y con su muerte verse libres los pueblos de la esclavitud. Pero Satanás no muere. Es eterno. Y él es el dominador que os ha puesto grillos para arrastraros a donde él quiere. El pecado está en vosotros y es la cadena con que os tiene Satanás. Yo vengo a despedazar esa cadena. En nombre del Padre, vengo y por deseo mío. Esta es la razón por la que se cumple la no entendida promesa: “Te saqué de Egipto y de la esclavitud.”

Ahora esto se está cumpliendo espiritualmente. El Señor Dios vuestro os saca de la tierra del ídolo que sedujo a los primeros padres, os arrebata de la esclavitud de la culpa, os reviste con la Gracia, os admite a su Reino. En verdad os digo que quienes vinieren a mí podrán oír al Altísimo decir en su corazón con dulzura de voz paternal: “Yo Soy el Señor Dios tuyo, quien te trae libre y feliz a Mí”.

“Venid. Volved al Señor el corazón y la cara, la plegaria y la voluntad. Ha llegado la hora de la Gracia”.

Ya terminó Jesús. Pasa bendiciendo y acariciando a un anciano y a una niña morena que es toda una sonrisa.

Un hombre le sale al paso, y le dice:

“Cúrame, Maestro” ¡Sufro tanto!! Dice un enfermo de gangrena.

“Primero el alma, primero el alma. Haz penitencia…”

“Dame el bautismo como Juan. No puedo ir a él, estoy enfermo.”

“Ven.” Jesús baja al río que está más allá de dos grandes campos y del bosque que lo esconde. Se quita las sandalias y también el hombre que se ha arrastrado con sus muletas. Bajan al río y Jesús, haciendo copa con sus dos manos juntas, echa el agua sobre la cabeza del hombre que está metido hasta las rodillas.

“¡Quítate las vendas!”, ordena Jesús mientras torna a subir por el sendero.

El hombre obedece. La pierna está curada. La multitud da un grito de estupor.

“¡También yo!”

“¡También yo!”

“¡Yo también quiero el bautismo de Ti!”, gritan muchos.

Jesús que está ya a medio camino, se vuelve: “Mañana. Idos y sed buenos. La paz sea con vosotros.”

Luego, Jesús se reúne con sus discípulos, y les dice:

“Así es. Si debiese hacer todo. Yo, no podría. Vosotros bautizaréis. Primero uno por turno, después seréis dos, tres, muchos. Yo predicaré y curaré a los enfermos y culpables.”

“¿Nosotros a bautizar? ¡Oh! ¡Yo no soy digno! ¡Quítame esa misión Señor! ¡Tengo necesidad de ser bautizado!” Pedro se ha arrodillado y suplica.

Jesús se inclina y le dice: “Tú vas a ser el primero en bautizar. Desde mañana.”

“¡No, Señor! ¿Cómo voy a hacerlo si estoy más negro que una chimenea…”

Jesús sonríe de la sinceridad humilde del apóstol arrodillado junto a sus rodillas, sobre las que tiene puestas sus gruesas manos de pescador. Lo besa en la frente, en el borde de los cabellos grisáceos y despeinados que se arremolinan.

“Mira, te bautizo con un beso. ¿Estás contento?”

“¡Cometería al punto otro pecado para tener otro!”

“Eso no. No hay que burlarse de Dios abusando de sus dones.”
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