Platón (427-348 a. C.) es el primer filósofo del que nos han llegado casi la totalidad de sus obras. Es uno de los pilares de toda la filosofía occidental






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LA FILOSOFÍA DE PLATÓN


  1. INTRODUCCIÓN.


Platón (427-348 a. C.) es el primer filósofo del que nos han llegado casi la totalidad de sus obras. Es uno de los pilares de toda la filosofía occidental (junto con su discípulo Aristóteles, que sería el otro) y uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos. Vivió para la filosofía y la enseñanza (fundó la Academia, importante escuela filosófica, que le sobrevivió varios siglos), pero sin abandonar en lo fundamental su vocación política y literaria. Intentó tres veces, sin éxito, llevar a la práctica su concepción de una polis o ciudad-estado perfecta, gobernada por uno o varios filósofos verdaderos y criticó la democracia y las estructuras políticas de su tiempo1.
Platón, en su filosofía plantea diversos dualismos: el primero, ontológico, al distinguir entre dos mundos, el sensible y el inteligible o ideal (sólo este sería el verdadero, el auténticamente real); el segundo epistemológico o referido al conocimiento, pues sólo la inteligencia -y en ningún caso los sentidos- alcanza verdadero conocimiento de lo real; finalmente, se da también un dualismo antropológico, pues el ser humano está constituido de alma y cuerpo, pero sólo el alma es lo que de verdad somos2. Su principal discípulo, Aristóteles, criticará este dualismo filosófico y propondrá, como veremos, otra concepción de las cosas.

Finalmente, decir que Platón estuvo influido por Sócrates (su maestro), Parménides y los Pitagóricos. Estas son las fuentes principales de su filosofía3.


  1. LA ANTROPOLOGÍA PLATÓNICA: EL TEMA DEL ALMA.


Platón, influido por el orfismo de los Pitagóricos, pensaba que sólo el alma constituye nuestra verdadera identidad, nuestro ser verdadero, mientras que el cuerpo sería un obstáculo, un impedimento, una cárcel en suma para el alma (soma sema, el cuerpo es un sepulcro, decían los órficos) que tiene que intentar separarse del cuerpo y purificarse para volver a la vida feliz de la que disfrutara antes de su caída y unión con la materia. En efecto, el alma sería de origen divino y habría vivido en un mundo superior, conociendo la verdad, antes de precipitarse a este mundo inferior por una caída fruto del deseo y de las pasiones desenfrenadas.

El alma es, pues, inmortal y ha preexistido a su unión con el cuerpo. Esta unión es algo accidental y transitorio, por lo que el alma sobrevivirá tras la muerte, si bien puede sufrir nuevas transmigraciones o nuevas uniones con otros cuerpos. Todo depende de la vida que se haya vivido. Así se comprende que Platón diga que “el verdadero filósofo se prepara para morir”.

Para concluir este apartado mencionaremos algo importante para la ética y la política de Platón: la teoría de las tres almas, o mejor, de las tres “partes” (el alma es inmaterial y simple, no tiene partes) o facultades del alma: racional, impulsiva y pasional.

El alma o la facultad racional (tò logisticón) es la superior, la más valiosa y la única propiamente inmortal. Se trata de la inteligencia, de la capacidad de percibir la luz de la verdad y elevarse al conocimiento de las realidades superiores. Se suele situar en la cabeza y se corresponde con la virtud de la prudencia o sabiduría. Es propia de los filósofos o personas en las que predomina esta facultad.

El alma o la capacidad impulsiva (tò zimoeidés) designa la facultad del ímpetu, del coraje, el valor y la audacia, pero también de la cólera, la ira y la ambición. Podemos relacionarla con la fuerza de la voluntad y con la voluntad de mandar sobre otros y dominarlos. Situada en el pecho, es propia de los guerreros y su virtud correspondiente es la fortaleza o el valor de enfrentarse a peligros o dificultades en pos de un bien más alto o cuando así lo requiere la virtud.

El alma o la facultad pasional (tò epizymeticón) sería la inferior, la que tiene que ver con la búsqueda del placer y el rechazo instintivo al dolor. En ella predomina el deseo de los bienes materiales y de todo tipo de placeres, impidiendo la búsqueda de la verdad y la virtud. Situada en el vientre, Platón la hace corresponder con la gente corriente (artesanos y comerciantes en su ciudad ideal) y sencilla, para quienes la virtud más necesaria sería la templanza: el dominio de las pasiones y el sometimiento de lo inferior a lo superior.


  1. LA TEORÍA DE LAS IDEAS: LA CONCEPCIÓN PLATÓNICA DE LO REAL4.



Contenido.- 1. Introducción: el dualismo platónico referido al ser. 2. Qué son las Ideas y qué clases de Ideas hay. 3º El problema de la “separación” de las Formas o Ideas. 4º Relación de las Ideas entre sí y con las cosas de este mundo. 5º La doctrina de las Ideas en los principales Diálogos platónicos. La “Idea” del Bien. 6º Conclusión y breve referencia a la doctrina no escrita de Platón respecto a los principios metafísicos de lo real.
3. 1. Introducción.
Vamos a intentar esbozar aquí un resumen claro y lo más sencillo posible de los aspectos fundamentales de la teoría platónica del ser, de la realidad.

A propósito de las Ideas, como diremos, Platón no escribió todo lo que pensaba en sus obras o Diálogos. De todos modos, esta teoría constituye como el centro y eje que estructura y vertebra todo el pensamiento platónico.

Aparece claramente aquí el dualismo tan característico de Platón al distinguir nítidamente dos ámbitos o niveles de realidad bien distintos: a) por una parte lo auténticamente real, en griego “to ontos on” (el mundo inteligible o mundo de las Ideas) y b) el ámbito de lo semirreal o semiirreal (el mundo sensible, el mundo de nuestra experiencia, el mundo de los seres materiales). El primer mundo, el verdadero, es inmaterial, eterno, inmutable y no sometido al tiempo ni al espacio (características, por tanto de las Ideas mismas). El segundo, el mundo aparente o “manifestado”, es material, cambiante, imperfecto y limitado5.
3. 2. Qué son y de qué tipo.
En primer lugar, hay que decir que la palabra “Idea” (eidos, idea, en griego) en Platón no significa lo mismo que para nosotros (“contenido o representación mental”, “concepto”). Las Ideas son las causas ejemplares, modelos o arquetipos eternos, de las cosas de este mundo. Son esencias universales que constituyen el verdadero ser de las cosas. Cada Idea es una pero, al mismo tiempo, es de naturaleza universal (engloba a muchos individuos; puede manifestarse de una infinidad de maneras distintas y semejantes a la vez). Por ejemplo, las distintas manifestaciones de la Belleza, las diferentes cosas bellas, son, como decimos, diferentes, pero todas son bellas, tienen en común su belleza: su distinta participación en la Belleza única. Platón llega también a identificar las Ideas con los números. Sin duda por influencia pitagórica, las Ideas son la armonía y el orden que delimita y configura desde dentro a la materia (siendo ésta caótica, desordenada e ininteligible)6.

En su diálogo el Parménides, Platón duda acerca que si hay o no Ideas de los seres vivos o los elementos naturales. Niega que haya Ideas de cosas feas o insignificantes y afirma una vez más la existencia de Ideas tales como la Belleza, la Virtud (y las virtudes: fortaleza, justicia, etc.), la Verdad, así como las Ideas de Lo Uno y los Muchos (lo múltiple), lo Mismo y lo Diferente, la igualdad, el movimiento y el reposo...
3. 3. La separación de las Formas o Ideas.
Platón, desde luego, separa las Ideas de las cosas de este mundo nuestro. Hay como un abismo innegable entre el mundo de las Ideas y el mundo físico. Y este es un problema grave de la teoría cuando ésta pretende explicar la relación y dependencia del mundo inferior con respecto al superior.

Aristóteles criticó a su maestro Platón, entre otras razones, por duplicar innecesariamente el mundo y por hacer a las Ideas trascendentes respecto de las cosas sensibles, separadas radicalmente de ellas. Si las Ideas son la sustancia o el verdadero ser de las cosas, argumenta Aristóteles, ¿cómo van a estar separadas de ellas?

Las Ideas son trascendentes en el sentido de que no cambian ni perecen, a diferencia de los seres compuestos de materia. Pero esta separación (que implica un ámbito o dimensión distinto de realidad) no significa que las Ideas tengan que estar en ningún sitio concreto: La expresión “mundo de las Ideas” no alude necesariamente a ningún lugar concreto, pues lo inmaterial no ocupa lugar en el espacio.
3. 4. Relación de las Ideas con las cosas y entre sí mismas.
Las cosas de este mundo participan de las Ideas o imitan a las Ideas. Las cosas de este mundo nuestro, material y sensible, reciben su realidad y su naturaleza o esencia (su ser lo que son) como algo dado por las Ideas. Esto está claro en Platón y es muy importante. La clave para entender, gobernar y sanar o elevar este mundo está en el otro (en el superior y perfecto). Al mundo superior tiene que elevarse el verdadero filósofo si quiere alcanzar el conocimiento de la verdad y vivir una vida buena y feliz. Pero Platón no explica cómo es esta participación. No queda claro cómo son, de qué manera son las Ideas causas ejemplares (que no productoras) de las cosas, si no es recurriendo al mito (como se hace en el diálogo “Timeo”).

Ahora bien, entre sí mismas las Ideas constituyen una unidad, una comunidad o familia, un todo bien organizado y estructurado (como se explica en el diálogo el “Sofista”). Unas Ideas participan de otras más amplias o generales. Hay una jerarquía entre las Ideas, como hay una jerarquía de grados en la realidad toda7. La Idea más universal es la Idea de “ser”. Y las más perfectas: “verdad”, “armonía” y “belleza”. Las tres que reflejan lo que es el Bien8, que es la fuente y causa primera de todas las Ideas.
3. 5. La teoría en los Diálogos. La “Idea” del Bien.
Aunque todo Platón no esté probablemente en sus Diálogos, éstos son la base para referirnos a la doctrina de las Ideas, bien entendido que en ningún lugar presenta Platón la teoría completa o desarrollada de manera sistemática. Los diálogos que más apuntan a esto último son el Parménides (donde Platón parece revisar su teoría y ser consciente de las dificultades de la misma, especialmente en relación a la participación e imitación de las Ideas por las cosas materiales y múltiples. Sin embargo, la teoría no es rechazada sino reafirmada y se insiste en que las Ideas no son equiparables a las cosas concretas y materiales9 que conocemos) y el Sofista (donde se presenta el mundo inteligible o mundo de las Ideas como una comunidad, como un todo bien estructurado). Además, es importante decir (entre otras cosas para matizar o discutir la crítica que hará Nietzsche a Platón y al platonismo) que en este diálogo del Sofista se afirma con claridad que la vida, el alma, el conocimiento y el movimiento o la actividad no están ausentes del mundo inteligible; esto es, están, de algún modo en las Ideas. Estas no son algo frío, fantasmal o inerte en su identidad o inalterabilidad.

En el Fedón aparece claramente lo que son las Ideas y Platón se basa en ellas para intentar argumentar a favor de la inmortalidad del alma. En el Banquete, a propósito de la doctrina platónica del amor, destaca la Idea de Belleza, que parece la superior (y en tal sentido se la podría equiparar con el Bien del que se habla sobre todo en la República) y se aplica a las Ideas las características del Ser del filósofo presocrático Parménides. En el Fedro hay una alusión que permitiría interpretar, como siglos después harían los neoplatónicos, a las Ideas como pensamientos de Dios o esencias presentes en la Inteligencia divina. En el Timeo, en suma, aparecen las Ideas como causas ejemplares y modélicas que sirven al Demiurgo (un dios o Arquitecto supremo del mundo) para dar forma a la materia y así constituir nuestro universo como algo bello y armónico.

La teoría de las Ideas se confirma en la República donde además se habla del Bien como del principio supremo, fuente y causa de las Ideas, así como causa de la verdad y del conocimiento. Ahora bien, se dice allí expresamente “que el Bien no es esencia” (esto es, no es Forma o Idea) sino que la excede y supera con mucho. El Bien vendría a estar por encima del ser y del mundo inteligible, siendo identificado con el Absoluto o la pura Divinidad10, sólo en parte cognoscible por nosotros.
3. 6. A modo de conclusión.
Para concluir podemos apuntar, aunque con ciertas precauciones pues es un tema aún de debate entre los especialistas, que Platón no expuso por escrito en sus Diálogos lo más importante de su teoría sobre los Principios del mundo inteligible. Si nos atenemos a los testimonios de algunas de sus propias Cartas (e incluso Diálogos) y de muchos autores antiguos (la llamada tradición indirecta, empezando por el mismo Aristóteles) que hablan de la “enseñanza no escrita” podemos pensar que Platón no creyó conveniente escribir demasiado sobre realidades tan metafísicas, esto es, tan alejadas de nuestra experiencia habitual, y difíciles (pues requerirían una larga preparación). En concreto no escribió sobre su teoría de los Principios (el Uno y la Díada indeterminada), o Protología. Esta era sumamente breve y era mejor exponerla directamente a las personas preparadas para entenderla. Las referencias a esa protología, abundantes en los diálogos según los intérpretes de las llamadas escuelas de Tubinga y de Milán, indicarían que Platón creía que la escritura servía para recordar algo a los que ya conocen (por haberlo oído antes)11.
Por otra parte, esto que acabamos de decir es coherente con el pensamiento de Platón en relación al diálogo vivo y directo –la palabra hablada y compartida- y a la fijación de los pensamientos y doctrinas por medio de la escritura. La palabra hablada prima sobre la escrita; la tradición oral sobre la fijada en libros o manuscritos. Es más flexible y más interior, más cercana a la sabiduría. El mito de Thamus y Thot, en el diálogo Fedro, pensamos que lo ilustra de modo conciso y magistral.


  1. DUALIDAD DE MUNDOS EN PLATÓN12.


El mito de la caverna, que sintetiza la filosofía platónica, refleja claramente la dualidad de mundos (el dualismo ontológico): hay un mundo sensible y un mundo inteligible, representados en el mito por el interior de la cueva y el exterior de la misma.

En efecto, la vida en el interior de la gruta quiere simbolizar nuestra vida en este mundo, mientras que la salida al exterior significa la elevación del alma al mundo de la verdad y las Ideas. Platón mismo interpreta así su relato y apreciamos en ello una herencia clara del orfismo de los pitagóricos. Pero conviene matizar un poco más esto.

La vida en la caverna es una vida de ignorancia (oscuridad), limitación y ataduras (sometimiento a las pasiones). La ascensión y salida al mundo exterior, luminoso e inmensamente más grande, quiere significar la liberación del alma respecto de las pasiones inferiores así como el progreso en el conocimiento y el descubrimiento gradual de la verdad (luz): figuras geométricas, proporciones, números, Ideas, Idea del Bien.

Esta dualidad es característica de Platón y tiene su reflejo, en el ser humano, con la dualidad cuerpo-alma. El cuerpo es perecedero, el alma inmortal. Además, los dos mundos (y esto también es herencia de Parménides) son inseparables del dualismo referido al conocimiento: de un lado los sentidos (que sólo captan apariencias) y de otro la inteligencia (que conocen la verdadera realidad).

Sencillo es ahora contraponer ambos mundos:

El mundo sensible es material, limitado, imperfecto, impermanente. Está sometido al espacio y al tiempo. Por ser cambiante no puede ser objeto de ciencia. Platón dice de él que es semi-real o semi-irreal.

El mundo inteligible, en cambio, es inmaterial, esencial, eterno, inmutable. Es el ámbito de lo universal (las Ideas eternas), de lo idéntico. El lugar de los dioses y del alma. Como no cambia, es objeto de ciencia. Constituye el ser verdadero, lo “auténticamente real”13.

Este dualismo es clara expresión del orfismo de Platón. El cuerpo es una cárcel o un sepulcro para el alma (soma, sema) del mismo modo que este mundo material (mundo inferior e imperfecto, asociado al Hades –el reino de las sombras- por el propio Platón, cuando recuerda el pasaje de Homero14) en el que el alma ha caído puede ser un impedimento para la elevación y liberación del alma, si se toma por la verdadera y única realidad.

El dualismo platónico, recogido por la teología cristiana, sería criticado y mitigado por su discípulo Aristóteles. Pero será Nietzsche, en el siglo XIX, el gran crítico y enemigo del platonismo. Platón se distancia de los presocráticos, que tendían al monismo (todos los seres son, en el fondo, lo mismo) con una filosofía que considera dos principios últimos de lo real: el Uno o el Bien (principio de orden, unidad, bondad, armonía y belleza) y la Díada o dualidad indeterminada (principio de división, multiplicidad, desorden y materialidad). Si Dios, para Platón, no es causa de todas las cosas sino sólo de las buenas, hay que buscar una causa o principio del mal; ésta tendrá que ver con la materia, con lo indefinido, con la falta de unidad.

Una apreciación final se impone de todos modos: Pese a la clara separación de mundos o ámbitos de realidad, no olvidemos que este mundo físico participa del superior. Tiene su belleza y es expresión del orden divino, pues fue hecho por el Demiurgo a imitación de las Ideas. Además, éstas no están separadas física o localmente de las cosas de nuestro mundo, pues son inmateriales y no ocupan lugar en el espacio.


  1. LA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO.


Para Platón, al igual que para los Presocráticos, sólo la razón y el intelecto son capaces de conocer la verdadera realidad de las cosas, realidad que está más allá de lo aparente y de lo que se nos muestra (lo fenoménico) a los sentidos. Estos sólo nos muestran lo cambiante y efímero, lo particular y concreto, los hechos de nuestra experiencia, pero no pueden mostrarnos la esencia o la naturaleza verdadera de las cosas, que no puede cambiar.

Podemos conocer la verdad. Pero el conocimiento verdadero tiene que tener las siguientes características: a) debe ser infalible; b) debe tener por objeto lo real, lo que verdaderamente es; y c) ha de versar sobre lo universal y permanente15. Esto es, sólo es verdad lo necesario (lo que no puede ser de otra manera, lo que no puede cambiar) y lo universal (esto es, lo que es verdad para todos, lo que no es relativo ni depende de lo que unos y otros piensen o dejen de pensar). Como veremos luego, el verdadero conocimiento consiste en captar la verdadera realidad o esencia de las cosas: las Ideas o Arquetipos eternos.

Platón, en un célebre pasaje de su obra La República (libro VI), nos habla de una correspondencia entre los grados del ser, de la realidad, y los grados o niveles del conocimiento, distinguiendo la ciencia de la mera opinión, y el ser verdadero (que es inmaterial) del ser aparente o sensible (material). Tenemos así cuatro grados:

DE CONOCIMIENTO: DE REALIDAD:

Intuición intelectual (Noesis) Ideas (Arjai, en griego)

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