Apenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill






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títuloApenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill
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CAPITULO XLI

Las últimas veinticuatro horas han sido testigos de una orgía de brutalidad. Desde la cabina al castillo de proa ha estallado como una epidemia. Apenas sé por dónde empezar. En realidad, la causa de todo ello fue Wolf Larsen. Las relaciones entre los hombres, que esta­ban ya muy tirantes, llegaron, debido a las continuas disputas, riñas y odios, a una condición de equilibrio inestable y las malas pasiones se inflamaron como una pradera de heno en la cual hubiese prendido una chispa.

Thomas Mugridge es una serpiente, un espía, un de­lator. Ha intentado captarse la benevolencia y reinte­grarse al favor del capitán llevándole soplos de los hombres de proa. No me cabe duda de que fue él quien contó a Wolf Larsen algunas de las frases violentas de Johnson. Al parecer, Johnson compró un equipo de im­permeables en el bazar del barco y advirtió que era de ínfima calidad, y, ni corto ni perezoso, lo manifestó así. Este bazar en miniatura lo llevan todos los barcos caza­dores y contiene los artículos peculiares a las necesida­des de los marineros. Lo que éstos compran se les des­cuenta de las ganancias subsiguientes del conjunto de la expedición, porque -y esto sucede igualmente con los cazadores- los remeros y los timoneles, en lugar de salario, reciben una cantidad correspondiente a un tanto por cada pieza cobrada en su bote particular.

Pero yo no sabía nada de las reclamaciones de Johnson en el bazar, y por tanto lo que presencié me produjo mayor sorpresa aún. Acababa de barrer la cabina, y Wolf Larsen se había engatusado en una discusión so­bre Hamlet, su carácter shakesperiano favorito, cuando Johansen bajó la escalera seguido de Johnson. El últi­mo se quitó la gorra, según la costumbre de los marine­ros, y permaneció respetuosamente de pie en el centro de la cabina, siguiendo triste y disgustado los balan­ceos de la goleta y mirando de frente al capitán.

-Cierra la puerta y corre el cerrojo -me dijo Wolf Larsen.

Mientras obedecía percibí un brillo inquieto en los ojos de Johnson, pero ni soñaba siquiera cuál pudiera ser su causa. No imaginé lo que iba a suceder hasta que ocurrió; pero él sabía desde el principio lo que sucede­ría y lo esperaba valientemente. En su acción hallé la refutación completa de todo el materialismo de Wolf Larsen. Al marinero Johnson le sostenían sus ideas, sus principios, la verdad y la sinceridad. Tenía razón, sabía que la tenía, y nada le atemorizaba. De ser preciso, hu­biese dado su vida por la razón, hubiese sido fiel a sí mismo, sincero con su alma, y esto representaba la vic­toria del espíritu sobre la carne, la indomable grandeza moral del alma, que no conoce restricciones y se eleva por encima del tiempo, del espacio y de la materia, con seguridad invencible, hija de la eternidad y de la in­mortalidad.

Pero volvamos al asunto. Percibí en los ojos de John­son un brillo inquieto, y lo interpreté, equivocadamen­te, como timidez y embarazo naturales en él. El segun­do, Johansen, estaba a su lado a distancia de varios pies, y frente a él, a tres yardas se hallaba Wolf Larsen sentado en una de las sillas giratorias de la cabina. Cuando estuvo cerrada la puerta y corrido el cerrojo hubo un silencio significativo que debió durar más de un minuto. Wolf Larsen lo rompió.

-Yonson -empezó.

-Mi nombre es Johnson, señor -corrigió el marine­ro audazmente.

-Bueno, pues, Johnson, maldito seas! ¿Adivinas por qué te he mandado llamar?

-Sí y no, señor -respondió lentamente-. Yo cum­plo con mi obligación. El segundo lo sabe y usted también, señor. Así, que no puede haber ninguna queja.

-¿Y es eso todo? -preguntó Wolf Larsen con voz suave y lenta como un runruneo.

-Yo sé que usted me tiene ojeriza -continuó John­son, con su pesada e inalterable lentitud-. Usted no me quiere, usted..., usted...

-Sigue -le incitó Wolf Larsen-. No tengas miedo de mis sentimientos.

-No tengo miedo -replicó el marinero, y la cólera asomó ligeramente a sus mejillas atezadas-. Si no hablo de prisa es porque hace poco tiempo que he salido de mi patria. Usted no me quiere porque soy demasiado hombre, ese es el motivo, señor.

-Eres demasiado hombre para la disciplina del barco si es eso lo que quieres dar a entender y comprendes lo que yo quiero decir -repuso Wolf Larsen.

-Conozco el inglés y sé lo que quiere usted decir, señor -respondió Johnson, y su rubor se hizo más pronunciado al mencionar su conocimiento del inglés.

-Johnson -dijo Wolf Larsen, como queriendo des­cargar el asunto principal de lo que acababa de decir a guisa de introducción-, según tengo entendido, no estás satisfecho con esos impermeables.

-No, señor. No son buenos, señor.

-Y tú debiste no hablar acerca de ello.

-Yo digo lo que pienso, señor -contestó el marinero atrevidamente, y al propio tiempo sin abandonar la cortesía del barco, que exigía a cada frase la coletilla "señor".

En este momento dirigí por casualidad mi vista hacia Johansen. Cerraba y abría sus enormes puños, y su ros­tro era verdaderamente diabólico, con tal fuerza se mostraba la malignidad con que miraba a Johnson. Aun­que apenas era perceptible, distinguí una sombra en la mejilla de Johansen, como señal del vapuleo que unas noches antes le había dado el marinero. Entonces em­pecé a vislumbrar que se iba a decretar algo terrible, pero sin poder imaginar qué seria.

-¿Sabes qué les espera a los hombres que dicen de mi bazar y de mí lo que tú has hecho? -preguntó Wolf Larsen.

-Lo sé, señor -respondió.

-¿Qué? -volvió a preguntar Wolf Larsen, incisivo y dominador.

-Lo que usted y el segundo quieren hacer conmigo, señor.

-Mírale, Hump -díjose Wolf Larsen-, mira este montón de barro animado, esta porción de materia que se mueve, y respira, y me desafía y cree firmemente que está compuesto de algo bueno, que está penetrado de ciertas ficciones humanas, tales como justicia y hon­radez, y que quiere mantenerse en ellas a despecho de todas las amenazas y molestias personales. ¿Qué pien­sas de él, Hump, qué piensas de él?

-Pienso que es mejor que usted -respondí, impul­sado, sin saber cómo, por un deseo de atraer sobre mí parte de la cólera que estaba a punto de estallar sobre su cabeza-. Las ficciones humanas, como pretende usted llamarles, constituyen su nobleza y su fuerza. Usted no tiene ficciones, ni sueños, ni ideales; usted es un pobre.

Movió la cabeza con un placer salvaje.

-Completamente cierto, Hump, completamente cierto.. Yo no tengo ficciones para parecer noble y fuerte. "Mejor es perro vivo que león muerto", digo yo con el Predicador. Mi única doctrina es la doctrina de la con­veniencia, que es la que hace sobrevivir. Esta porción de fermento que llamamos Johnson, cuando no sea fermento y solamente polvo y ceniza, no tendrá más no­bleza que el polvo y la ceniza, mientras que yo seguiré viviendo y tronando. -¿Tú sabes lo que voy a hacer? -preguntó.

Yo negué con la cabeza.

-Pues voy a ejercer la prerrogativa de tronar y de­mostrarte cómo le va a la nobleza. Fíjate.

Estaba a tres yardas de distancia de Johnson y sen­tado (¡nueve pies!), y no obstante se levantó de la silla de un salto a fondo sin antes ponerse de pie. Dejó la silla exactamente en la misma posición en que estaba, saltando desde el asiento como una fiera, como un tigre, y como un tigre cubrió el espacio que les separaba. Johnson trató en vano de esquivar aquella avalancha de furor. Bajó un brazo para proteger el estómago y levantó el otro defendiendo la cabeza; pero el puño de Wolf Larsen se dirigió al pecho, pasando entre ambos en un choque violento y ruidoso. El aliento de Johnson, expelido de pronto, salió en seco de su boca, con la es­piración forzada de un hombre al manejar el hacha. Casi cayó de espaldas, y se balanceó de un lado a otro en sus esfuerzos por recobrar el equilibrio.

Me es imposible dar detalles de la escena que siguió. Era demasiado repugnante. Aún ahora, el recordarla, me produce náuseas. Johnson peleó denodadamente, pero no era un contrincante para Wolf Larsen, y mucho menos para Wolf Larsen y el segundo. Aquello fue ho­rrible. Yo no había imaginado nunca que un ser hu­mano pudiese aguantar tanto, y más aún vivir y resistir, porque Johnson resistió; por supuesto que no había la más ligera esperanza para él, y lo sabía tan bien como yo, pero como era un hombre, no cesaría de luchar por su virilidad.

Aquello era demasiado para que yo lo presenciara. Sentía que iba a perder la razón, y corrí hacia la esca­lera para abrir las puertas y huir a la cubierta Mas Wolf Larsen, dejando a su victima por un momento y con uno de sus saltos formidables, me alcanzó y me tiró al rincón más lejano de la cabina.

-El fenómeno de la vida, Hump -dijo acorralán­dome-. No te muevas y observa. Podrás recoger datos sobre la inmortalidad del alma. Además, tú sabes que no podemos perjudicar el alma de Johnson. Sólo des­truiremos la forma perecedera.

Es posible que la paliza no durara más de diez mi­nutos, pero a mí me parecieron centurias. Wolf Larsen y Johansen arremetieron contra el pobre muchacho, le golpeaban con los puños, le pateaban con los zapatos, le derribaron y volvieron a levantarle para derribarle nuevo. Tenía los ojos velados, de manera que no podía ver; la sangre que manaba de sus orejas, nariz y boca convirtieron la cabina en un matadero, y cuando ya no pudo levantarse continuaron pegándole y pateándole en el sitio en que cayera.

-Basta, Johansen, basta ya -dijo Wolf Larsen al fin. El bestia del piloto, estaba tan desenfrenado que Wolf Larsen se vio obligado a darle un empujón con el brazo, al parecer ligero, pero que le tumbó de espaldas como un corcho, haciendo chocar su cabeza ruidosamente contra la pared. Cayó de momento al suelo medio atur­dido, respirando con dificultad y parpadeando de una manera estúpida.

-Anda, abre la puerta, Hump -me ordenó.

Obedecí, y los brutos levantaron el cuerpo inanimado como si hubiese sido un saco de escombros, lo lanzaron por la escalera, a través de la puerta poco elevada, so­bre la cubierta. De la nariz le salía a borbotones la san­gre, formando un río escarlata a los pies del timonel, que precisamente era Louis, su compañero de bote. Pero Louis movió el volante y fijó imperturbable la mirada en la bitácora.

La actitud de George Leach, el antiguo grumete, fue muy otra. En todo el barco no hubiera podido ocurrir nada que nos sorprendiera tanto como lo hizo su conducta. El fue quien subió a popa sin que nadie se lo mandara y arrastró a Johnson a proa, donde procedió a curarle las heridas lo mejor que pudo y a aliviarle. A Johnson no había manera de reconocerle, y no sola­mente esto, sino que sus facciones estaban tan desfigu­radas que habían perdido su aspecto humano, tanto es lo que se habían amoratado e hinchado durante los pocos minutos transcurridos entre el comienzo de la paliza y el momento de ser arrastrado su cuerpo a proa.

Yo había subido a cubierta a respirar un poco de aire fresco y tratar de calmar mis nervios sobreexcita dos. Wolf Larsen estaba fumando un cigarro y exami­nando la corredera que el Ghost arrastraba usualmen­te a popa, y que ahora se había halado con algún pro­pósito. De pronto llegó a mis oídos la voz de Leach. Era ronca y dura por la cólera que le dominaba. Volvíme, y le vi justamente de pie bajo la toldilla, junto a la puerta de babor de la cocina. Estaba pálido y convulso, echaba chispas por los ojos y tendía hacia arriba los crispados puños.

-¡Que Dios maldiga tu alma y la envíe al infierno, Wolf Larsen! ¡Aun el infierno es demasiado bueno para ti, cobarde, asesino, cerdo! -fue el principio de la sa­lutación.

Yo me quedé como herido por el rayo, esperando su inmediato aniquilamiento. Pero no fue éste el deseo de Wolf Larsen, porque se dirigió lentamente a la entrada de la toldilla, y con el codo apoyado en el ángulo de la cabina, miró pensativo y curioso al excitado muchacho.

Y el muchacho acusó a Wolf Larsen como nadie le había acusado hasta entonces.

Los marineros, que formaban un grupo atemorizado junto al castillo de proa, observaban y escuchaban. Los cazadores salieron en tropel de la bodega, pero cuando Leach prosiguió sus invectivas, desapareció la alegría de sus semblantes. Sin embargo, estaban asustados, no por las terribles palabras del muchacho, sino por su terri­ble audacia. Parecía imposible que ningún ser pudiese provocar de aquel modo a Wolf Larsen en sus propias narices. De mí sé decir que estaba lleno de admiración por el muchacho y que en él veía cómo la espléndida inmortalidad inviolable se hacía superior a la carne y a los temores de la carne y cómo con cuánta razón los profetas de la antigüedad condenaban la injusticia.

¡Y qué manera de condenar! Expuso al desprecio de los hombres el alma de Wolf Larsen. Llamó sobro ella las maldiciones de Dios y del cielo y la fustigó con tan atroces invectivas que recordaban las excomunio­nes de la Iglesia católica en la Edad Media. Recorrió toda la gama de los insultos, elevándose a unas alturas de ira sublime y casi divina y descendiendo desde el puro agotamiento al ultraje más vil e indecente.

Su furor era casi locura. Tenía los labios cubiertos de espuma y a veces se ahogaba y hablaba a borboto­nes, acabando por no poder ni articular. Y a todo esto, Wolf Larsen, impasible y tranquilo, apoyado en el codo y mirando hacia abajo, parecía invadido por una grave curiosidad. Esta feroz agitación del fermento vivo, esta terrible rebelión y desafío a la materia que se mueve, le interesaban y le dejaban perplejo.

A cada momento, y conmigo todos los demás, creía verle saltar sobre el muchacho y destrozarle, pero no estaba de talante para ello. Se le terminó el cigarro y continuó mirándole en silencio y con curiosidad.

Leach había llegado al paroxismo de su rabia impo­tente.

-¡Cerdo, cerdo, cerdo! -iba repitiendo con toda a fuerza de sus pulmones-. ¿Por qué no bajas y me ma­tas, asesino? Puedes hacerlo. Yo no tengo miedo. No hay nadie para impedirlo. ¡Prefiero mil veces morir y per­derte de vista, que seguir viviendo entre tus garras! ¡Ven, cobarde, mátame, mátame!

Al llegar a este punto, el alma errante de Thomas Mugridge le volvió a la realidad. Había estado escuchando a la puerta de la cocina pero ahora salió osten­siblemente para echar por la borda algunos residuos, aunque bien claro se veía que era para presenciar la muerte que estaba seguro había de tener lugar. Dirigió una sonrisa rastrera al rostro de Wolf Larsen, quien pareció no fijarse en él. Pero el cocinero era descocado, aunque mejor podría llamársele insensato, verdadera­mente insensato.

-¡Qué debilidad! ¡Parece mentira!

El furor de Leach dejó de ser impotente. Al menos ahora había algo a mano, y por segunda vez, después de la puñalada, aparecía el cocinero sin el cuchillo so­bre cubierta. Apenas había concluido de pronunciar las palabras, cuando fue derribado por Leach. Tres veces trató de levantarse, esforzándose por llegar a la cocina, y otras tantas volvió a ser derribado.

-¡Oh, señor! -gritaba-. ¡Socorro, socorro! ¡Apárta­lo, ¿quieres? Apártalo.

Los cazadores rieron, sintiendo un gran alivio. La tragedia se había disipado y comenzaba la farsa. Ahora los marineros se arremolinaron a popa, con todo des­caro, haciendo muecas para ver zurrar al odiado coci­nero, y hasta yo experimenté un gran placer en mi inte­rior. Confieso que gocé mucho con la paliza que Leach estaba propinando a Thomas Mugridge, a pesar de ser casi tan terrible como la que Johnson había recibido por su culpa. La expresión del rostro de Wolf Larsen no se alteró para nada, ni siquiera cambió de postura, pero continuó mirando hacia abajo con gran curiosidad. No obstante su impertinente seguridad, parecía como si ob­servara el fuego y el movimiento de la vida con la espe­ranza de descubrir algo más acerca de ella, de hallar en sus desesperadas contorsiones algo que hasta entonces se le hubiese escapado, de encontrar la clave del mis­terio que pudiera aclararlo todo.

¡Pero qué paliza! Era casi igual a la que había pre­senciado yo en la cabina. El cocinero trataba en vano de protegerse contra la furia del muchacho y con igua­les resultados intentaba ganar el refugio de la cabina. Cuando caía derribado, rodaba y se arrastraba en aque­lla dirección, pero los golpes seguían a los golpes con rapidez aterradora. El muchacho le arreaba como si fuera un rehilete, hasta que al fin, al igual que Johnson, recibió tantos golpes y patadas que quedó medio muerto sobre la cubierta. No intervino nadie absolutamente; Leach pudo haberle muerto; pero habiendo llegado, al parecer, la medida de su venganza, se alejó del enemigo, que estaba llorando y gimoteando como un cachorrillo, y se dirigió a proa.

Pero estos dos asuntos no fueron sino los aconteci­mientos iniciales del programa del día. Por la tarde, Smoke y Henderson dieron en cruzarse de palabras, y de la bodega llegó una descarga seguida de una carrera precipitada de los otros cuatro cazadores. Una columna de humo espeso y acre, el que produce siempre la pólvo­ra negra, subía de la escalera, y por ella bajó de un salto Wolf. Larsen. Hasta nuestros oídos llegó el ruido de los golpes y de la pelea. Los dos hombres estaban heridos y ambos eran golpeados por el capitán por haber desobedecido sus órdenes y haberse inutilizado antes de la estación de la caza. En efecto, estaban mal­heridos, y después de haberles golpeado, se dispuso a operarles por un procedimiento quirúrgico brutal y a vendarles las heridas. Yo hacía de practicante, mien­tras él sondaba y lavaba los agujeros producidos por las balas, y vi a los dos hombres soportar esta cirugía cruenta sin anestésicos de ninguna clase y sin otra cosa para reanimarles que un gran vaso de whisky.

Luego, durante la primera guardia, los disturbios llegaron a lo más álgido en el castillo de proa. Sirvie­ron de pretexto los chismes y soplos que habían sido la causa de la paliza de Johnson, y por el ruido que oímos y por los hombres contusos que vimos al día siguiente, era evidente que la mitad de los del castillo de proa habían zurrado a la otra mitad. La segun­da guardia y el resto del día se vieron señalados por un combate entre Johansen y Latimer, el escuálido ca­zador de tipo yanqui. Tuvo su origen en las observa­ciones de Latimer acerca de los ruidos que hacía el segundo mientras dormía, y con todo, y haber sido apaleado, Johansen mantuvo despiertos a todos en la bodega durante el resto de la noche, en tanto él dormía como un bienaventurado y revivía una y otra vez la lucha.

En cuanto a mí, toda la noche me vi atormentado por pesadillas. El día había sido como un sueño terri­ble; las brutalidades se habían sucedido sin cesar y las pasiones ardientes y la fría crueldad habían impulsado a los hombres a buscarse mutuamente las vidas y a tra­tar de herir, dañar y destruir. Yo tenía los nervios excitados lo mismo que mi mente. Toda mi vida había transcurrido en una ignorancia relativa de la animalidad del hombre. En realidad, sólo había conocido la vida por su fase intelectual. También había experimentado la brutalidad, pero era la brutalidad del intelecto, el sar­casmo incisivo de Charley Faruseth, los epigramas crue­les y las rudas agudezas de los socios del Bibelot y las observaciones ingratas de los profesores durante mí época de estudiante.

Y eso había sido todo; pero que los hombres hubiesen de descargar su cólera magullándose la carne mutua­mente y derramando sangre, era algo extraño y terri­blemente nuevo para mí. Por eso me habían llamado el alfeñique de Van Weyden, pensaba yo, y me agita­ba inquieto en mi cama atormentado por fuertes pe­sadillas; me parecía que mi ignorancia de las realidades había sido bien completa; me reía amargamente de mí mismo y creí hallar en la repugnante filosofía de Wolf Larsen una explicación más adecuada de la vida.

Al darme cuenta de la dirección que tomaban mis pensamientos, me asusté. La continua brutalidad que me rodeaba era de efectos perniciosos. Prometía destruir en mí lo mejor y más luminoso de mi vida. Mi razón me sugería que la paliza de Thomas Mugridge era una cosa mala, y sin embargo, por lo que se refería a mi vida, no podía evitar que mi alma se alegrara de ello. Y aun estando bajo la influencia de la enormidad de mi pecado, porque era un pecado, me reí con un placer insano. Ya no era Humphrey van Weyden. Era Hump, el grumete de la goleta Ghost. Wolf Larsen era mi capitán. Thomas Mugridge y los demás eran mis compañeros, y yo estaba recibiendo repetidas impresio­nes del sello que había marcado a todos ellos.
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