Apenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill






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títuloApenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill
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CAPITULO VI

A la mañana siguiente el temporal había amainado por completo y el Ghost se balanceaba alegremente en un mar ensalmado, sin un soplo de viento. De vez en cuando se notaba, sin embargo, alguna brisa ligera y Wolf Larsen paseaba constantemente por la toldilla, es­cudriñando el mar por la parte del Nordeste, de cuya dirección debía soplar el gran contraalisio.

Los hombres estaban todos sobre cubierta, ocupados en preparar los botes para la época de caza. Había a bordo siete botes, el pequeño del capitán y los seis que habían de utilizar los cazadores. La tripulación de cada bote la componían tres hombres: un cazador, un remero y un timonel. A bordo de la goleta, estos remeros y timoneles era como los tripulantes. Los cazadores se suponía también que formaban parte de las guardias y estaban siempre a las órdenes de Wolf Larsen.

Todo esto y más había aprendido yo. El Ghost era la goleta más veloz de las flotas de San Francisco y Vic­toria. En realidad, había sido antes un yate particular, siendo por lo mismo construida con vistas a la veloci­dad. Aunque no entendía nada de estas cosas, sus líneas y su aspecto lo demostraban claramente. Johnson me hablaba de ella en una breve conversación que sostuvi­mos durante la segunda guardia de la mañana. Habla­ba con un entusiasmo y un amor por una buena em­barcación semejantes a los que sienten algunos hom­bres por los caballos. Estaba muy disgustado con la guardia y he creído comprender que Wolf Larsen tiene una reputación muy mala entre los capitanes de los bar­cos de caza. Fue la atracción del Ghost la que indujo R Johnson a engancharse para el viaje, pero, al parecer, empezaba a arrepentirse.

Según me dijo, el Ghost es una goleta de ochenta toneladas, de un modelo excelente. Este pequeño mun­do flotante que contiene veintidós hombres es un mundo muy pequeño, una mancha, un átomo, y yo me admiro de que los hombres se atrevan a cruzar el mar en barco tan pequeño y tan frágil.

Wolf Larsen tiene fama también de ser muy aban­donado en el cuidado del velamen. Sorprendí por ca­sualidad a Henderson y a otro de los cazadores, Stan­dish, un californiano, hablando de esto. Dos años antes durante un temporal en el mar de Bering desarboló al Ghost, después de lo cual se le pusieron los mástiles que ahora lleva, que de todos modos son más fuertes y resistentes.

Todos los hombres de a bordo, excepción hecha de Johansen, que está engreído con su ascenso, parecen buscar una excusa para justificar el haberse embarcado en el Ghost. La mitad de los hombres de proa son ma­rinos de alta mar y su excusa es que no sabían nada acerca del barco ni de su capitán. Otros dicen que los cazadores, aunque tiradores excelentes, son tan cono­cidos por su tendencia a disputar y cometer canalla­das, que no pudieron contratarse en ninguna goleta decente.

He hecho amistad con otro tripulante, llamado Louis. Es irlandés, de Nueva Escocia, rotundo, de rostro jovial muy sociable y aficionado a hablar mientras encuentra quien le escuche. Por la tarde, cuando el cocinero estaba durmiendo abajo y mondaba yo patatas, Louis penetró en la cocina para "pegar la hebra". Explica que se halle a bordo, porque al tiempo de contratarse estaba ebrio. Hace ya doce años que caza focas cada temporada y es considerado como uno de los mejores timoneles de am­bas flotas.

-Esta es la peor goleta que pudiste haber elegido, a no estar entonces borracho como yo -dijo siniestra­mente-. La caza de focas es el paraíso de los cazado­res en otros barcos. Ya ha habido un muerto, pero fíja­te bien en lo que digo: antes que termine el viaje habrá más. Este Wolf Larsen es un verdadero demonio, y el Ghost será un infierno, como lo ha sido siempre desde que cayó en sus manos. ¿Lo sabré yo? Hace dos años, en Hakodate, tuvo una riña con cuatro de sus hombres y los mató. Me hallaba yo en el Emma, a trescientas yardas de distancia. Y en el mismo año mató a otro hombre. Sí, señor, sí, le mató. Le aplastó la cabeza como si hubiese sido una cáscara de huevo. El gober­nador de la isla de Kura y el jefe de policía, caballeros japoneses, vinieron invitados a bordo del Ghost, acom­pañados de sus esposas, unas mujercitas pequeñas y lindas como las que pintan en los abanicos. Cuando re­gresaban a tierra, Wolf Larsen, simulando un acciden­te dejó a los enamorados esposos en sus sampans. Y una semana después desembarcó a las pobres mujeres en el otro lado de la isla, con la perspectiva de una caminata a través de las montañas, calzadas con las frágiles sandalias de paja que no resistirían más de una milla. ¿Lo sabré yo? Este Wolf Larsen estaba hecho una bestia, la bestia monstruosa mencionada en el Apoca­lipsis, y de él no puede salir nada bueno. Pero como si no hubiera dicho nada, ¿eh? No he dicho una sola palabra; si se te soltara la lengua, este sería el último viaje del pobre Louis... ¡Wolf Larsen! -gruñó un mo­mento después-. Escucha lo que voy a decirte. Un lobo... eso es, un lobo. No es que tenga el corazón ne­gro como algunos hombres, no, carece de corazón ab­solutamente. Un lobo, eso es, un lobo exactamente. ¿No te admira lo bien que le va este nombre?

-Pero ¿cómo, conociéndole, encuentra hombres para navegar?

-¿Y cómo es que se encuentran hombres para todo en la tierra y en el mar? -replicó Louis-. ¿Cómo ha­bía de hallarme yo a bordo, de no haber estado borra­cho como un cerdo al estampar mi nombre? Los hay que no pueden navegar en mejor compañía, como los cazadores, y hay otros que nada saben, como estos po­bres diablos de proa. Pero ya se enterarán, ya se ente­rarán, y maldecirán el día en que nacieron. Acuérdate de que no he dicho nada, ¿eh? Ni una palabra... Estos cazadores son unos malvados -continuó diciendo, por­que padecía una abundancia oratoria-; pero espera que empiecen a mover escándalos. El les parará los pies, él será quien haga sentir el temor de Dios a estos co­razones tan corrompidos. Fíjate en Horner, el cazador que va conmigo, Jock Horner, tan silencioso, con un hablar tan dulce como el de una doncella, pues el año pasado mató al timonel de su pote. Declararon el he­cho como un accidente lamentable; pero yo encontré al remero en Yokohema y me lo contó todo. Y ahí está Smoke, ese diablejo moreno, a quien los rusos tu­vieron tres años en las minas de sal de Siberia por ca­zar furtivamente en Copper Island, lugar acotado. Le encadenaron de pies y manos con su compañero, tuvo con éste una reyerta y lo mató, arrojando sus restos al fondo de la mina, hoy un brazo, mañana una pierna, al día siguiente la cabeza, hasta acabar con él.

-¡Pero eso no es posible! -exclamé horrorizado.

-Posible, ¿qué? -replicó rápido como una cente­lla-. ¡Yo no he dicho nada, yo soy mudo, por vida de tu madre! ¡Jamás he abierto la boca si no es para decir cosas buenas de éstos y del otro, cuya alma maldiga Dios y se pudra en el purgatorio diez mil años, para hundirse luego en lo más profundo de los infiernos!

Johnson, el hombre que me frotó hasta arrancarme la piel el primer día que llegué a bordo, parecía el menos equívoco de todos los hombres del barco. En reali­dad, no había nada equívoco en él; impresionaba por su rectitud y energía, que a su vez se veían moderadas por una modestia fácil de confundir con la timidez. Sin embargo, no era tímido; antes bien, parecía tener el va­lor de sus convicciones, la certeza de su virilidad. Esto fue lo que le hizo protestar de que le llamaran Yonson cuando nos conocimos. Y sobre esta circunstancia y su personalidad emitió Louis juicios y profecías.

-Es un buen muchacho ese cabeza cuadrada de John­son que tenemos a proa -dijo-. Es mi remero, el me­jor marinero del barco. Tan cierto como la chispa vuela hacia arriba, que llegará a tener disgustos con Wolf Larsen. Eso lo sé yo; lo veo fermentar y crecer como una tormenta en el cielo. Le he hablado como a un her­mano, pero no hace caso de avisos ni advertencias. Re­funfuña cuando las cosas no le parecen bien, y no faltará algún soplón que vaya a contárselo a Wolf Larsen. Ese lobo es fuerte, y como los lobos odia la fuerza, y eso es lo que descubrirá en Johnson que no quiere someterse, ¡Oh, lo veo venir! Y Dios sabe dónde en­contraré otro remero. ¿Sabes qué dice cuando el lobo le llama Yonson? "Pues mí nombre es Johnson, señor", y después lo deletrea letra por letra. ¡Habrías de haber visto la cara del lobo! Yo creí que le dejaba en el sitio. No lo hizo, pero no te quepa duda que acabará mal; le romperá el corazón a ese cabeza cuadrada, o sé yo muy poco de los hombres de mar.

El cocinero había acabado por ponerse insoportable. Me veía obligado a llamarle "señor" cada vez que le di­rigía la palabra. Una de las razones para ello es que Wolf Larsen parecía distinguirle. Es un hecho sin pre­cedentes que un capitán intime con el cocinero; pero así lo hacía Wolf Larsen. Dos o tres veces había intro­ducido la cabeza en la cocina y le había embromado bondadosamente, y aquella tarde charló con él en la toldilla más de quince minutos- Cuando terminaron, Mugridge volvió a la cocina dando muestras de una alegría pegajosa, y al emprender de nuevo el trabajo tarareaba canciones con un falsete tan discordante, que era un tormento para los nervios.

-Yo siempre estoy en buenas relaciones con los ofi­ciales -observó en tono confidencial-. Sé cómo hacer­me indispensable. El último capitán que tuve me hacía bajar siempre a la cabina para charlar un rato y beber una copa como buenos amigos. "Mugridge -me decía-, Mugridge, has torcido tu vocación." "¿Cómo es eso?", decía yo. "Tú debiste haber nacido caballero, y así no hubieras tenido que trabajar para vivir." ¡Así Dios me castigue, Hump, si no decía eso y no me hacía entrar en su propia cabina, cómoda y agradable, a fumar sus cigarros y beber su ron!

Estas confidencias me volvían loco. Jamás voz al­guna me había parecido tan odiosa. Su tono untuoso e insinuante, su sonrisa pegajosa y su monstruosa vanidad me atacaban los nervios, hasta tal extremo, que a veces me ponía a temblar. Era positivamente la persona más repugnante y asquerosa con que he tropezado en mi vida. Sus guisos eran de una suciedad indescriptible; y cuando preparaba la comida, me veía obligado a esco­ger mi parte con gran circunspección, eligiendo del me­nos sucio de sus guisotes.

Mis manos, que no estaban acostumbradas al trabajo me fastidiaban mucho. Se me pusieron morenas y des­coloridas, y la piel estaba tan saturada de mugre, que ni con un estropajo se hubiese podido quitar. Después se me formaban ampollas, sucediéndose en dolorosa e interminable procesión, y me produje una enorme que­madura en el antebrazo al perder el equilibrio en un movimiento del barco y caerme encima de la cocina económica. Por otra parte, la rodilla no mejoraba ni disminuía la hinchazón y la rótula continuaba de canto. Lo que yo necesitaba, si es que había de curarme, era reposo y no andar cojeando de la mañana a la noche sin parar.

¡Reposo! Hasta entonces no había conocido el signi­ficado de esta palabra. Toda mi vida había estado repo­sando sin enterarme. Y ahora el poder sentarme media hora y no hacer nada, ni siquiera pensar, me hubiera parecido la cosa más deleitable del mundo. En cambio esto era para mí una revelación. En lo sucesivo podría apreciar la vida de la gente que trabaja. Yo no imagi­naba que el trabajo fuese una cosa tan horrible. Desde las cinco y media de la mañana hasta las diez de la noche soy el esclavo de todo el mundo, sin tener un mo­mento para mí, excepto los que puedo escamotear cerca del final de la segunda guardia de la mañana. Si me de­tengo un instante a contemplar el mar que centellea bajo el sol, a mirar a un marinero trepar hasta la vela de cangreja o subir por el bauprés, tengo la seguridad de oír la voz odiosa que dice: "Eh, Hump, no te entre­tengas, que te estoy viendo".

Hay señales de agitación en la bodega y se murmura que Smoke y Henderson han reñido. Este último, un su­jeto calmoso y difícil de excitar, parece el mejor de los cazadores, pero al fin habrán logrado hacerle perder la calma, porque Smoke llevaba un ojo contuso y amo­ratado, y cuando entró en la cabina para cenar tenía un aspecto particularmente sospechoso.

Antes de cenar precisamente, sucedió algo cruel que confirma la dureza e insensibilidad de estos hombres, Entre los tripulantes hay un novato, llamado Harrison, muchacho campesino, torpe, dominado, creo yo por el espíritu de aventuras y que hace su primer viaje. Con el airecillo la goleta había virado mucho de borda, y cuando esto ocurre, se pasan las velas de un lado a otro y se manda a un hombre a lo alto para volver la gavia de sobremesana. Al parecer, una vez estuvo Harri­son arriba, la vela se atascó a la garrucha por la que co­rre al extremo del botalón. Había dos maneras de librarla, según entendí yo; la primera arriando el trin­quete, lo cual era relativamente fácil y nada peligroso y la otra trepando por las drizas del penol hasta la punta del botalón, acción ésta sumamente arriesgada.

Johansen dijo a Harrison que subiera por las drizas. El muchacho se veía claramente que tenía miedo, y te­nía motivos sobrados, pues había de trepar por aque­llas cuerdas delgadas y movedizas a una altura de ochenta pies. De haber soplado un viento constante, hubiese sido menos difícil; pero el Ghost se balanceaba con las velas lacias en un mar tranquilo y a cada vaivén la lona aleteaba y las drizas se aflojaban y tendían. Hu­bieran lanzado a un hombre con la misma facilidad que un latigazo sacude a una mosca.

Harrison oyó la orden y comprendió lo que de él se exigía, pero vaciló. Probablemente era la primera vez en su vida que subía allá arriba. Johansen, que copiaba las maneras imperativas de Wolf Larsen, se destapó con una rociada de insultos y juramentos.

-Basta ya, Johansen -dijo Wolf Larsen bruscamen­te-. Te participo que el único que jura aquí en el barco soy yo; si necesito ayuda ya te avisaré.

-Sí, señor -reconoció el segundo humildemente.

Entretanto, Harrison había empezado a subir por las drizas. Yo le observaba desde la puerta de la cocina y le vi temblar de pies a cabeza como si tuviese calen­tura. Procedía muy lentamente y con precaución, avan­zando por pulgadas. Trepaba por los bordes de la vela y como una araña gigantesca se recortaba en el azul pálido del cielo.

Era una ascensión penosa porque el trinquete estaba muy alto, pero las drizas, pasando por varias garruchas del botalón y el mástil, le proporcionaban apoyos, aun­que distantes, para pies y manos. La dificultad estribaba en que el viento no era lo bastante fuerte ni constante Para mantener hinchada la vela. Cuando Harrison es­tuvo a medio camino, el Ghost se inclinó a barlovento y después se hundió de nuevo en la depresión que que­dó entre dos olas. El muchacho se detuvo, sosteniéndose con todas sus fuerzas. Desde ochenta pies más abajo distinguía yo la tensión angustiosa de sus músculos al aferrarse dominado por el instinto de conservación. Todo sucedió rápidamente, la vela se vació, el garfio cayó en el centro del barco, y se aflojaron las drizas, que vi ceder bajo el peso del cuerpo de Harrison. El garfio corrió entonces hacia un lado con repentina ce­leridad, la vela mayor retumbó como un cañonazo y las tres hileras de rizos restallaron en la lona lo mismo que una descarga de fusilería. Harrison se soltó, pre­cipitándose por el aire vertiginosamente; de pronto se detuvo en su caída al tenderse las drizas con un golpe de viento. Aflojó la presión de sus manos, la una se des­prendió de su asidero, la otra resistió durante un mo­mento con desesperación y siguió el mismo camino. El cuerpo se lanzó en el vacío, pero él trató de salvarse con ayuda de las piernas, quedando suspendido con la cabeza hacia abajo. Un esfuerzo rápido llevó sus manos a las drizas; pero aún tardó mucho en recobrar la po­sición anterior y permaneció colgado como un objeto insignificante.

-Apostaría cualquier cosa a que no tiene gana de cenar -oí decir a Wolf Larsen, cuya voz llegó hasta mí por detrás de la cocina-. Apártate, tú, Johansen. ¡Cui­dado! ¡Ahí va!

Verdad es que Harrison parecía muy enfermo, como si estuviese mareado, y durante un buen rato quedó suspendido, sin intentar moverse. Johansen, sin embar­go, continuaba increpándole violentamente e instándole a que completara su tarea.

-Esto es una vergüenza -dijo Johnson en correcto inglés, pronunciado con dolorosa lentitud. Se hallaba junto al aparejo mayor y no lejos de mí. El mucha­cho tiene buena voluntad. Si sale de ésta, aprenderá pronto. Pero esto es... -se detuvo un momento, porque la palabra "crimen" era el final de su juicio.

-¡Chist! ¡Cállate! -le dijo Louis por lo bajo-. ¡Por el amor de tu madre, no hables!

Pero Johnson continuó mirando y gruñendo.

-Mira -dijo el cazador Standish a Wolf Larsen-, es mi remero y no quiero perderle.

-Está bien, Standish -replicó-. Es tu remero cuan­do está en el bote; pero a bordo es mi marinero, y haré con él lo que me dé la gana.

-Pero esto no es razón... -comenzó Standish, ya con violencia.

-Basta ya y será mejor -le aconsejó Wolf Larsen-. Ya te he dicho lo que hay, y valdrá más que lo dejes estar. El hombre es mío, y puedo hacer con él una sopa y comérmelo si tal es mi deseo.

A los ojos del cazador asomó una chispa de cólera, pero se volvió y entró en la escalera de la bodega y desde allí continuó mirando hacia arriba. Ahora se ha­llaban todos sobre cubierta y con los ojos en alto, donde una vida humana luchaba a brazo partido con la muer­te. Era horrible la dureza de estos hombres, a quienes una organización industrial daba autoridad sobre las vidas de otros semejantes. Yo, que siempre había vivido alejado del torbellino del mundo, no había sospechado nunca que este trabajo se efectuara en esta forma. La vida me había parecido siempre una cosa sagrada; pero aquí no tenía ningún valor, era una cifra en la aritmé­tica del comercio. Debo decir, no obstante, que los ma­rineros estaban emocionados, ahí está el caso de John­son; pero los patronos (los cazadores y el capitán) se mostraban insensibles e indiferentes. Aun la protesta de Standish nacía del deseo de no querer perder a su re­mero. Si hubiese tenido a mano otro, él, lo mismo que los demás, se hubiese divertido con aquello.

Harrison, a pesar de los insultos y ultrajes que le dirigía Johansen, tardó más de diez minutos en volver en si. Un poco después llegó al extremo del botalón, y allí, a horcajadas sobre la verga, pudo continuar su trabajo con más suerte. Una vez desenredada la vela, quedó libre para volverse y descender lentamente a lo largo de las drizas del mástil. Su posición actual era harto insegura, pero estaba tan enervado, que le re­pugnaba abandonarla por la otra menos segura sobre las drizas.

Contempló el camino aéreo que debía atravesar y después bajó los ojos hasta la cubierta; los tenía dilata­dos y fijos y temblaba violentamente. Yo no había visto nunca el espanto reflejarse con tal fuerza en un rostro humano. De un momento a otro estaba expuesto a caer­se del botalón y en vano le gritaba Johansen que ba­jara. Estaba paralizado por el miedo. Wolf Larsen em­pezó a pasear hablando con Smoke y no volvió a parar mientes en él, aunque una vez gritó el hombre que es­taba en el timón

-¡Que pierdes el rumbo, amigo! ¡Ten cuidado, si no quieres que te pase algo!

-¡Ay, señor! -respondió el timonel, haciendo bajar un par de rayos el volante.

Se había apartado de la ruta a fin de que el viente­cillo hinchase el trinquete y lo mantuviese en tensión, tratando de ayudar así al infortunado Harrison, aun a riesgo de incurrir en el enojo de Wolf Larsen.

Pasaba el tiempo, y aquella tirantez de nervios era horrible para mí. En cambio, Thomas Mugridge lo con­sideraba un caso de risa y asomaba continuamente la cabeza por la puerta de la cocina para hacer observacio­nes jocosas. ¡Cómo le odiaba yo! Y durante aquel rato espantoso mi odio fue creciendo, creciendo hasta alcan­zar proporciones gigantescas. Por primera vez en mi vida experimenté el deseo de matar; "lo vi todo rojo", como dicen algunos de nuestros escritores pintorescos. En general, la vida debe ser una cosa sagrada, pero en el caso particular de Thomas Mugridge se convertía en algo verdaderamente profano. Me asusté al darme cuenta de que "veía rojo", y por mi mente cruzó una idea: ¿acabaría yo también por contagiarme de la bru­talidad de aquel ambiente? ¿Yo, que aun en los más graves delitos había negado la justicia de la pena capital?

Transcurrió más de media hora, y entonces vi a Johnson y a Louis que sostenían una especie de alter­cado. Finalmente, Johnson se desasió del brazo del otro, que trataba de retenerle, y corrió a proa. Atravesó la cubierta saltó al aparejo delantero y comenzó a subir, pero la mirada rápida de Wolf Larsen le sorprendió:

-Eh, tú, ¿a qué subes? -le gritó.

Johnson se detuvo, miró de frente al capitán y con­testó lentamente:

-Voy a bajar a ese muchacho.

-¡Lo que has de hacer es bajar de ese aparejo, y aprisa! ¿Oyes? ¡Abajo!

Johnson dudó, pero los largos años de obediencia a los patronos de los barcos vencieron al fin. Descendió a cubierta y continuó hacia la proa.

A las cinco y media bajé a la cabina para poner la mesa, sin saber a punto cierto lo que hacía, porque mis ojos y mi cerebro estaban ocupados con la visión de aquel hombre, pálido y tembloroso como un espectro, montado cómicamente sobre el azotado botalón. A las seis, cuando serví la cena, pasé por la cubierta para ir a la cocina a buscar la comida, y vi a Harrison en la misma postura. En la mesa, la conversación giraba so­bre cosas muy distintas; nadie parecía interesarse por aquella vida tontamente comprometida. Algo más tarde hice un viaje extraordinario a la cocina, y tuve la satis­facción de ver a Harrison bambolearse débilmente des­de el aparejo a la escotilla del castillo de proa. Al fin, reuniendo todo su valor, había logrado descender.

Antes de terminar este incidente, debo anotar un fragmento de la conversación que sostuve con Wolf Larsen en la cabina mientras lavaba los platos.

-Parecías disgustado esta tarde, ¿qué te pasa? -me dijo.

Yo adiviné que él ya sabía qué era lo que me había puesto casi tan enfermo como al mismo Harrison y que trataba de sonsacarme, y contesté:

-Era a causa del tratamiento brutal de que ha sido objeto aquel muchacho.

Soltó una breve carcajada.

Algo parecido al mareo, me parece. Hay quien tiene propensión a ello.

-No es eso -objeté.

-Es así precisamente -prosiguió-. La tierra está tan llena de brutalidad como el mar de movimiento, y unos hombres enferman en aquélla y otros en éste. He ahí la única razón.

-Pero usted que juega con la vida humana, ¿no le da absolutamente ningún valor?

-¿Valor? ¿Qué valor? -me miró, y aunque su mira­da era fija y tranquila, me pareció ver en sus ojos una sonrisa cínica-. ¿Qué clase de valor? ¿Cómo lo mides? ¿Quién se lo da?

-Yo -le respondí.

-Entonces, ¿qué valor tiene para ti? Quiero decir la vida de otro hombre. Di, ¿qué valor tiene?

¿El valor de la vida? ¿Cómo podría yo darle un valor tangible? Yo, que siempre me he expresado con bas­tante facilidad, carecía de medios de expresión con Wolf Larsen. Después he comprobado que una parte de este fenómeno era debido a la personalidad de aquel hom­bre, pero que la mayor de ello se debía a nuestros pun­tos de vista totalmente distintos. Al contrario de otros materialistas con quienes había tropezado y con los cuales tenía alguna comunidad de principios, con él no tenía nada de común. Tal vez fuese también la simpli­cidad fundamental de su mente lo que me desconcer­taba. Se dirigía con tal rectitud a la base del asunto, despojaba siempre la cuestión de todos los detalles su­perfluos y con tal decisión, que yo creía estar luchando en un mar sin fondo. ¿El valor de la vida? ¿Cómo con­testar a una pregunta tan inesperada? Para mí era tan evidente que la vida tenía valor intrínseco, que jamás lo había puesto en duda; así que cuando recusó al axio­ma, me quedé sin saber qué contestar.

-Ayer hablamos de esto -dijo-. Yo sostenía que la vida era un fermento algo espumoso que devoraba vida para poder vivir, en fin, que la vida era meramente el egoísmo afortunado. De las cosas sujetas a ofertas y de­manda, la vida es la más barata del mundo. Hay una cantidad limitada de agua, de tierra, de aire, pero la vida que está pidiendo nacer es ilimitada. La vida es de una prodigalidad infinita. Pújate en el pez y en los mi­llones de huevos que produce. Sin ir tan lejos, fíjate en ti, en mí. Nosotros llevamos el germen de millones de vidas. Si pudiésemos hallar tiempo y oportunidad para utilizar todas las partículas de vida futura que hay en nosotros, podríamos convertirnos en padres de naciones y poblar continentes. ¿La vida? ¡Bah! No tiene valor alguno; entre las cosas baratas, es la más barata. Se ofrece por todas partes. La Naturaleza la vierte con mano pródiga. En el lugar de una vida siembra mil, la vida devora a la vida, prevaleciendo la más fuerte y la más egoísta.

-Usted ha leído a Darwin -dijo-, pero le ha leído sin comprenderle si deduce que la lucha por la existen­cia sanciona la loca destrucción de la vida.

Se encogió de hombros.

-Tú únicamente relacionas esto con la vida humana, porque en cuanto a los animales, a las aves y a los pe­ces, destruyes tantos como cualquier otro hombre; pero la vida humana no es en modo alguno diferente, aun­que tú lo sientes así y creas que razonas sus causas. ¿Por qué habría de ser yo parco con esta vida que es barata y no tiene ningún valor? Hay más marineros que barcos para ellos en el mar, más obreros que fábricas y máquinas para emplearlos- Bueno; tú que vives en tie­rra, sabes que relegáis a la gente pobre a los barrios in­fectos, que dejáis que el hambre y la peste se ceben en ellos, y que, a pesar de esto, siempre queda gente pobre que desea un mendrugo de pan y un pedazo de carne (que es vida destruida), y de los que no sabéis qué hacer-

Se dirigió hacia la escalera, pero volvió la cabeza para decir la última palabra:

-¿No sabes que el valor que tiene la vida es el que la misma vida se atribuye? Y se valúa con exceso, ya que por necesidad se la previene en favor de ella mis­ma. Fíjate en el hombre que tenia yo allá arriba. Se sostenía como si hubiese sido un objeto precioso, un tesoro de más valor que diamantes y rubíes- ¿Por ti? No ¿Por mí? De ninguna manera- ¿Por él? Sí- Pero yo no acepto su apreciación. Se encarece a sí mismo de un modo lamentable- Hay vida en abundancia que no pide sino nacer. Si llega a caerse y a verter los sesos como la miel de un panal, para el mundo no hubiese sido ninguna pérdida; él no vale nada para el mundo La oferta es excesiva- Únicamente tiene valor para sí mismo, y para probar cuán ficticio es aún este valor después de muerto no se da cuenta de que se ha perdido- El solamente se estimaba en más que los dia­mantes y los rubíes, pero desaparecen los diamantes y rubíes arrastrados por un cubo de agua de mar y ni siquiera sabe que han desaparecido- Por tanto, no pierde nada, si con la pérdida de sí mismo pierde el conocimiento de la pérdida- ¿Lo ves? Y ahora, ¿qué tienes que decir a esto?

-Que, cuando menos, es usted consecuente -fue todo lo que pude decir, y continué lavando los platos.

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