Apenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill






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títuloApenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill
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CAPITULO III

Wolf Larsen dejó de jurar tan súbitamente como ha­bía comenzado. Volvió a encender el cigarro y miró a su alrededor. Sus ojos se fijaron por casualidad en el cocinero.

-¿Qué pasa? -dijo con una amabilidad acerada y fría.

-Sí, señor -contestó presuroso el cocinero, tratan­do de calmarle y disculparse servilmente.

-¿No te parece que ya has estirado bastante el cue­llo? Es malsano, ¿sabes? El segundo ha muerto, y no permito perderte a ti también. Tienes que cuidar mu­cho de tu salud, ¿entiendes?

La última palabra contrastaba notablemente con el tono de las frases anteriores y hería como un latigazo. El cocinero quedó anonadado.

-Sí, señor -respondió humildemente, al mismo tiem­po que desaparecía en la cocina la cabeza delin­cuente.

Ante esta ligera repulsa, que sólo se había dirigido al cocinero, el resto de la tripulación quedó indiferente y se ocupó en distintas tareas. Sin embargo, unos cuantos hombres que haraganeaban aparte entre la es­cotilla y la cocina y que no tenían aspecto de mari­neros, continuaron hablando en voz baja entre ellos. Más tarde supe que eran los cazadores, los que mata­ban a las focas, y que formaban una casta superior a la de los vulgares marineros.

-¡Johansen! -llamó Wolf Larsen. Un marinero avanzó, obediente-. Toma la aguja y el rempujo y cose a este desdichado. En el cajón de las velas encon­trarás lona vieja. Aprovéchala.

-¿Qué le pondré en los pies, señor? -preguntó el hombre después del acostumbrado, "¡Ay, ay, señor!".

-Ya veremos -contestó Wolf Larsen, y elevó la voz para llamar al cocinero.

Thomas Mugridge salió de la cocina como un mu­ñeco de resorte.

-Baja y llena un saco de carbón... ¿Hay alguno de vosotros que tenga alguna Biblia o un libro de oracio­nes? -volvió a preguntar el capitán, dirigiéndose esta vez a los cazadores que haraganeaban por los alrede­dores de la escalera.

Movieron la cabeza, y uno de ellos hizo alguna ob­servación jocosa que no pude oír, pero que promovió una carcajada general.

Wolf Larsen repitió la pregunta a los marineros. Las Biblias y los libros de oraciones parecían objetos raros; pero uno de los hombres se ofreció voluntaria­mente a proseguir la investigación entre los que esta­ban de guardia abajo, volviendo un minuto después con el informe de que no había ninguna.

El capitán encogió los hombros.

-Pues lo tiraremos sin discurso, a no ser que nues­tros réprobos de aspecto clerical sepan de memoria el servicio de difuntos.

En esto había dado una vuelta en redondo y estaba cerca de mí.

-Tú eres predicador, ¿verdad? -me preguntó.

Los cazadores, que eran seis, se volvieron como un solo hombre y me miraron. Yo comprendía dolorosa­mente mi semejanza con un espantajo. Al verme, pro­rrumpieron en una carcajada, que la presencia del muer­to, tendido ante nosotros y con los dientes apretados, no fue bastante a moderar; una carcajada tan áspera, tan dura y tan franca como el mismo mar, una carca­jada nacida de los sentimientos groseros y las sensibi­lidades embotadas de unas naturalezas que no cono­cían ni la nobleza ni la educación.

Wolf Larsen no se rió, pero en sus ojos grises brilló una ligera chispa de alegría; y en aquel momento en que avancé hasta llegar junto a él, recibí la impre­sión del hombre en sí, del hombre que nada tenía de común con su cuerpo, ni con el torrente de blasfemias que le había oído vomitar. El rostro de facciones gran­des y líneas pronunciadas y correctas, si bien propor­cionado, a primera vista parecía macizo; pero después sucedía lo mismo que con el cuerpo, desaparecía esta impresión y nacía el convencimiento de una tremenda y excesiva fuerza mental o espiritual oculta que dor­mía en las profundidades de su ser. La mandíbula, la barba, la frente hermosa, despejada y abultada encima de los ojos, aunque fuertes en si mismos, extraordina­riamente fuertes, parecían revelar un inmenso vigor espiritual escondido y fuera del alcance de la vista. No había manera de sondar un espíritu semejante, ni de medirlo o determinarlo con límites y medidas, ni de clasificarlo exactamente en un estante con otros simi­lares.

Los ojos -y yo estaba destinado a conocerlos bien­ eran hermosos, grandes y rasgados como los de los verdaderos artistas, protegidos por espesas pestañas y con unas cejas negras tupidas y arqueadas. Las pupi­las eran de ese gris desconcertante que nunca es dos veces igual, que recorre muchos matices y colores como la seda herida por el sol, que es gris oscuro y brillante, gris verdoso, y a veces parece azul claro como las aguas marinas. Eran ojos que ocultaban el alma de mil ma­neras, y que algunas veces, en muy raras ocasiones, se abrían y le permitían salir, como si fuera a lanzarse desnuda por el mundo en busca de alguna aventura maravillosa; ojos que podían cobijar toda la melancolía desesperada de un cielo plomizo; que podían pro­ducir chispas de fuego como el choque de las espadas: que sabían volverse fríos como un paisaje ártico y de nuevo dulcificarse y encenderse con reflejos amorosos, intensos y masculinos; atrayentes e irascibles, que fas­cinan y dominan a las mujeres hasta que se rinden con una sensación de placer, de alivio y de sacrificio.

Pero volviendo a lo primero, le dije que, desgraciada­mente, para el servicio de difuntos yo no era predi­cador, y entonces me preguntó rudamente:

-¿De qué vives, pues?

Confieso que nunca se me había dirigido tal pre­gunta ni la había pensado jamás. Quedé del todo cor­tado, y al recobrar la serenidad, tartamudeé:

-Yo..., yo soy... un caballero.

Su labio se torció con un breve gesto de desdén.

-He trabajado, trabajo -exclamé impetuosamente, como si él hubiese sido mí juez y necesitara justifi­carme, dándome cuenta al mismo tiempo de mi noto­ria estupidez al hablar de aquel asunto.

-¿Para ganarte la vida?

Había algo en él algo tan imperioso y dominador, que me sentía completamente fuera de mí y azorado, hubiese dicho Furuseth, como un niño ante un maestro de escuela inflexible.

-¿Quién te mantiene? -fue la siguiente pregunta.

-Poseo una fortuna -contesté resueltamente, y en el mismo instante me hubiese mordido la lengua-. Per­done usted, pero esto no tiene ninguna relación con lo que tenemos que tratar.

El hizo caso omiso de mi protesta.

-¿Quién la ganó, eh...? Ya me lo figuro: tu padre. Te sostienes sobre las piernas de un muerto. Nunca has usado las tuyas. No podrías andar solo un día en­tero, ni buscar el alimento de tu estómago para tres comidas. Enséñame la mano.

Su formidable fuerza oculta debió removerse en aquel mismo punto, o debí descuidarme un momento, pues antes de que me apercibiese había avanzado dos pasos, cogido mi mano derecha con la suya, y la le­vantaba para examinarla. Traté de retirarla, pero sus dedos se cerraron sin esfuerzo aparente alrededor de los míos, hasta el extremo que creí me la machacaba. Bajo tales circunstancias era difícil conservar la dig­nidad. Yo no podía huir o luchar como un chiquillo, ni mucho menos podía atacar a aquel hombre, que me hubiese retorcido el brazo hasta rompérmelo. No me quedaba más remedio que estarme quieto y aguantar aquella vejación. Tuve tiempo de ver cómo vaciaban sobre cubierta los bolsillos del muerto y cómo su cuer­po y su mueca quedaban envueltos en una lona, cuyos pliegues cosía con burdo hilo blanco el marinero Johan­sen, dejando ver la aguja, que apoyaba ingeniosamente en un trozo de cuero ajustado a la palma de la mano.

Wolf Larsen dejó caer la mía con un gesto desde­ñoso.

-Las manos de los muertos te las han conservado finas. Buenas únicamente para fregar platos y hacer trabajos de marmitón.

-Deseo que se me desembarque -dije firmemente, porque sabía que observaban-. Pagaré cuanto juzgue usted que vale su molestia.

Me miró con curiosidad y a sus ojos asomó la burla.

-Voy a proponerte otra cosa, para bien de tu alma. Mi segundo ha muerto, y van a ascender todos. Un ma­rinero subirá a popa para ocupar el lugar del segundo, el grumete pasará a ser marinero y tú serás grumete. Firmas el contrato para la expedición, veinte dólares mensuales, y ya está. ¿Qué dices a esto? Y piensa que es para bien de tu alma. Es precisamente lo que tú necesitas; así aprenderás a sostenerte sobre tus pro­pias piernas y tal vez a hacer pinitos.

Pero yo no me di por aludido. Las velas del barco que había visto a Sudoeste se habían hecho más gran­des y más visibles. Eran de una goleta igual que el Ghost, aunque de casco más pequeño. Constituía un lindo espectáculo verla saltar y volar hacia nosotros, y seguramente iba a pasar muy cerca. El viento había arreciado de pronto y el sol había desaparecido, enoja­do tras sus vanos esfuerzos por seguir luciendo. El mar empezaba a agitarse, volviéndose de un color plomizo, desagradable, y comenzaba a lanzar a lo alto montañas de espuma. Habíamos aumentado la velocidad y el barco corría mucho más inclinado. Un golpe de viento hundió la borda, y el agua, por un momento, barrió la cubierta de aquel lado, haciendo levantar rápidamente los pies a dos marineros.

-Aquel barco pasará pronto por aquí -dije después de un instante de silencio-. Como lleva dirección con­traria, es probable que vaya a San Francisco.

-Muy probable -respondió Wolf Larsen, volvién­dose en parte y gritando: "¡Cocinero, cocinero!".

El cocinero salió.

-¿Dónde está aquel muchacho? Dile que le necesito.

-Sí, señor.

Thomas Mugridge corrió a popa y desapareció por otra escalera próxima al timón. Un momento después surgís un sujeto de dieciocho o diecinueve años, cor­pulento, de aspecto vil y enfurruñado, andando sobre los talones.

-Ahí viene, señor -dijo el cocinero.

Pero Wolf Larsen, sin fijarse en este héroe, se vol­vió hacia el grumete

-¿Cómo te llamas, muchacho?

-George Leach, señor -respondió de mal humor, y el continente del muchacho mostraba bien a las claras que adivinaba la razón por que había sido llamado.

-No es un nombre irlandés -repuso el capitán con perversa intención-. O'Toole o McCarthy sentarían algo mejor a tu aspecto. A no ser que haya algún irlandés entre las relaciones de tu madre.

Vi crisparse los puños del muchacho ante el insulto y la sangre le enrojeció la nuca.

-Pero dejemos eso -continuó Wolf Larsen-. Debes tener excelentes razones para olvidar tu nombre, y me gustaría que no te ocasionara ningún perjuicio mien­tras permanecieras a bordo. Por supuesto, tú te ins­cribiste en el puerto de Telegraph Hill; pero como suelen hacerlo allí o más sucio todavía. Ya conozco la especie. Bueno, puedes decidir si quieres que lo su­primamos aquí. ¿Comprendes? A ver, ¿quién te em­barcó?

-McCready & Swanson.

-¡Señor! -vociferó Wolf Larsen.

-McCready & Swanson, señor -corrigió el mucha­cho, a cuyos ojos asomó la llama del odio.

-¿Quién tiene el dinero que te adelanté?

-Ellos, señor.

-Me lo figuraba. Pudiste dejárselo bien contento. Todo era poco a cambio de desaparecer en seguida. Ya habrás oído decir que te están buscando varios caba­lleros.

Instantáneamente el muchacho se trocó en una fiera. Encogió el cuerpo como si se dispusiera a saltar, y su semblante se metamorfoseó en el de un animal enfure­cido cuando gritó:

-Esto es una...

-¿Una qué? -preguntó Wolf Larsen con una dul­zura singular en la voz, como si sintiera una curiosi­dad invencible por conocer la palabra no pronunciada.

El muchacho titubeó, después hizo un esfuerzo por dominarse.

-Nada, señor, lo retiro.

-Pues me demuestras que yo tenía razón -dijo, con una sonrisa satisfecha-. ¿Cuántos años tienes?

-Acabo de de cumplir dieciséis, señor.

-Mentira. Tú ya no cumplirás dieciocho. Con todo, estás desarrollado y tienes una musculatura de ca­ballo. Coge el fardo y pasa al castillo de proa. Ahora eres remero; has ascendido, ¿ves?

Sin esperar a que el muchacho aceptara, el capitán se volvió hacia el marinero que acababa la fúnebre tarea de coser el envoltorio del cadáver.

-Johansen, ¿conoces algo de navegación?

-No, señor.

-Bueno, no importa; lo mismo puedes ser segundo. Lleva tus cosas a popa al sitio del segundo.

-¡Ay, ay, señor! -respondió Johansen alegremente, dirigiéndose a proa.

Mientras tanto, el grumete continuaba sin moverse.

-¿Qué esperas? -preguntó Wolf Larsen.

-Yo no me ajusté como remero, señor -repuso-. Entré de grumete y no quiero ser remero.

-Anda y haz lo que te he dicho.

Esta vez la orden de Wolf Larsen era extraordina­riamente imperiosa. El muchacho le clavó la vista con obstinación y se negó a marcharse.

Entonces hubo otro despertar de la formidable fuer­za de Wolf Larsen. Fue algo completamente inesperado lo que sucedió en el intervalo de los segundos. Dio un salto a fondo, de seis pies, y metió el puño en el estó­mago de Leach. En el mismo instante, como si me hubiesen herido a mí, sentí un choque tremendo en la misma parte del cuerpo. Lo hago constar para demos­trar cuán sensible era mi sistema nervioso y lo poco acostumbrado que estaba yo a espectáculos brutales. El grumete, que pesaría cuando menos ciento sesenta y cinco libras, se plegó alrededor del puño con la mis­ma flexibilidad que un trapo mojado alrededor de un palo. Se levantó en el aire, describió una breve cur­va y cayó junto al cadáver, golpeando la cubierta con la cabeza y los hombros, y allí permaneció retorciéndo­se de dolor.

-¿Qué hay? -me preguntó Larsen-. ¿Estás deci­dido?

Yo había mirado casualmente hacia la goleta que se aproximaba, y ahora se hallaba a nuestra vista a una distancia no mayor de doscientas yardas. Era una em­barcación pequeña, muy elegante y bien conservada. Sobre una de sus velas pude leer un gran número ne­gro, y me pareció, recordando los dibujos que había visto, un barco-piloto.

-¿Qué es este barco? -pregunté.

-El barco-piloto Lady Mine -contestó Wolf Lar­sen de mala manera.-. Ha dejado a los pilotos y corre hacia San Francisco. Con este viento llegará en cinco o seis horas.

-Entonces, ¿tiene usted la bondad de hacerles una seña, a fin de que pueda desembarcar?

-Lo siento, porque he perdido el libro de señales -advirtió, y los cazadores celebraron la gracia con muecas.

Reflexioné, mirándole directamente a los ojos. Ha­bía visto el terrible tratamiento de que había sido objeto el grumete, y sabía que probablemente me pa­saría lo mismo, si no peor. Como digo, reflexioné, y entonces realicé el acto más valeroso de mi vida. Corrí hasta la borda agitando los brazos y gritando:

-¡Lady Mine! ¡Desembárquenme! ¡Mil dólares si me desembarcan!

Esperé, observando a dos hombres que estaban jun­to al timón, uno de ellos gobernando, el otro se llevaba ­un megáfono a los labios. Yo no volvía la cabeza, pero a cada momento esperaba un golpe mortal del bruto humano que había detrás de mí. Al fin, después de unos instantes, que me parecieron siglos, no pudiendo re­sistir aquella tentación, miré en derredor. No se ha­bía movido. Se hallaba en la misma posición, balan­ceándose blandamente con el vaivén del barco y encen­diendo otro cigarro.

-¿Qué pasa? ¿Alguna avería?

Este grito procedía del Lady Mine.

-¡Sí! -exclamé con toda la fuerza de mis pulmo­nes-. ¡Vida o muerte! ¡Mil dólares si me desembar­can!

-Demasiada confusión en San Francisco para la salud de mi tripulación -gritó Wolf Larsen después-. ¡Este -y me indicó a mí con el pulgar- cree ver ahora serpientes de mar y monos!

El hombre del Lady Mine respondió con una car­cajada a través del megáfono, y el barco-piloto pasó de largo.

-¡Mándalo al infierno! -gritó finalmente, y los dos hombres agitaron los brazos en señal de despedida. Me apoyé desesperado sobre la barandilla, mirando cómo la elegante goleta hacía crecer la extensión de­sierta del océano que nos separaba y pensando que probablemente estaría en San Francisco dentro de cin­co o seis horas. Parecía que la cabeza iba a estallarme; tenía un dolor en la garganta como si mi corazón hu­biese subido hasta allí. Una ola rizada rompió en el costado y me salpicó los labios. El viento soplaba con fuerza y el Ghost corría mucho más, hundiendo la barandilla de sotavento. Oía cómo el agua se preci­pitaba sobre la cubierta.

Cuando me volví un momento después, vi al gru­mete levantarse dando traspiés. Estaba mortalmente pálido y se encogía queriendo reprimir el dolor. Pare­cía enfermo.

-Qué, ¿te vas a proa? -preguntó Wolf Larsen.

-Sí, señor -respondió acobardado.

-¿Y tú? -me interrogó a mí.

-Le daré a usted mil... -empecé, pero fui interrum­pido.

-¡Guarda eso! ¿Estás dispuesto a cumplir tus de­beres de grumete, o habré de enseñarte por mi mano? ¿Qué iba a hacer? Ser brutalmente apaleado, muerto quizás, de nada serviría en mi caso. Miré con fijeza en aquellos ojos grises, crueles. Toda la luz y el calor del alma humana que contenían debían estar petrificados. En los ojos de algunos hombres se ve la agitación de su alma; pero los suyos eran fríos y grises como el mismo mar.

-¿Qué hay?

-Sí -dije.

-Di: sí, señor.

-Sí, señor -enmendé.

-¿Cómo te llamas?

-Van Weyden, señor.

-¿El primer nombre?

-Humphrey, señor. Humphrey van Weyden.

-¿Edad?

-Treinta y cinco años, señor.

-Bien va. Vete al cocinero y aprende tus obliga­ciones.

Y así fue cómo pasé a un estado de servidumbre in­voluntaria con Wolf Larsen. El era más fuerte que yo, y esto era todo. Pero entonces me parecía muy irreal; y ahora, cuando miro hacia atrás, no me parece más real que entonces. Para mí será siempre una cosa mons­truosa, inconcebible, una horrible pesadilla.

-Alto, no te vayas ahora.

Me detuve obedientemente en mi camino hacia la cocina.

-Johansen, llama a los hombres ahora que lo he­mos resuelto todo; celebraremos el entierro y librare­mos la cubierta de trastos inútiles.

Mientras Johansen bajaba a avisar a los del cuarto, dos marineros, bajo la dirección del capitán, colocaban el cadáver envuelto en lona sobre una tapa de esco­tilla.

A cada lado de la cubierta, contra la barranquilla y con las quillas hacia arriba, había atados un buen nú­mero de pequeños botes. Varios hombres levantaron la tapa de escotilla con su fúnebre carga, la transpor­taron a sotavento y la colocaron encima de los botes con los pies afuera. Atado a los mismos iba el saco de carbón que el cocinero había llenado.

Yo había imaginado siempre que un sepelio en el mar era una ceremonia muy solemne que inspiraba res­peto, pero en éste, al menos, me llevé una gran desilu­sión. Uno de los cazadores, pequeño y de ojos negros, a quien sus compañeros llamaban Smoke contaba his­torias abundantemente salpicadas de juramentos y obs­cenidades, y a cada minuto, poco más o menos, el grupo de cazadores soltaba la carcajada, que me parecía un coro de lobos o de espíritus infernales. Los marine­ros se reunieron a popa ruidosamente, y algunos que subían del cuarto se frotaban los ojos cargados de sue­ño y hablaban entre ellos en voz baja. En sus sem­blantes había una expresión siniestra de enojo. Era evidente que no les gustaba la perspectiva de un via­je bajo las órdenes de tal capitán y comenzando bajo tan malos auspicios. De vez en cuando dirigían a Wolf Larsen miradas furtivas y pude comprender que rece­laban de aquel hombre.

Este avanzó hacia la tapa de la escotilla, y todas las cabezas se descubrieron. Los observé con la mirada: veinte hombres entre todos; veintidós, incluyendo al hombre del timón y a mí. Mi inspección curiosa po­día perdonárseme, pues parecía ser mi destino convi­vir con ellos en aquella miniatura de mundo flotante, Dios sabría cuántas semanas o meses. Los marineros, en su mayoría, eran ingleses o escandinavos, y sus caras eran las de unos hombres torpes y estólidos. En cam­bio, los rostros de los cazadores, de líneas duras y con las huellas de todas las pasiones, revelaban más ener­gía y variedad. Aunque parezca extraño, noté en seguida que las facciones de Wolf Larsen no representaban tan­ta perversidad. No descubría nada maligno en ellas. Es verdad que había líneas, pero sólo indicaban deci­sión y firmeza; antes bien, era un semblante franco y abierto, cualidades que acentuaba el hecho de estar completamente rasurado. Apenas podía creer, hasta que ocurrió el incidente referido, que aquel rostro fuese el de un hombre que pudiera comportarse como lo había hecho con el grumete.

En aquel momento, cuando abrió la boca para ha­blar, las ráfagas de viento empezaron a golpear la go­leta e hiciéronla hundir de costado. El viento entona­ba un canto feroz a través de los aparejos; algunos ca­zadores miraron a lo alto con inquietud; la borda de sotavento, donde yacía el cadáver, estaba bajo el agua, y cuando la goleta se enderezó, las olas barrieron la cu­bierta, mojándonos más arriba de nuestros zapatos. Nos cayó encima un aguacero y las gotas nos herían como si fueran granizo. Cuando pasó, Wolf Larsen em­pezó a hablar, y los hombres, con la cabeza desnuda, se balanceaban al unísono con el vaivén del barco.

-No recuerdo sino una parte del servicio -dijo-, que es: "Y el cuerpo se arrojará al mar". Así, pues, ya podéis arrojarlo.

Cesó de hablar; los hombres que sostenían la tapa de la escotilla parecían perplejos, extraviados, sin duda, de la brevedad de la ceremonia. Se lanzó sobre ellos furioso.

-¡Levantad este extremo, malditos! ¿Qué demonios os pasa?

Levantaron la tapa de la escotilla con una precipita­ción sensible, y como un perro lanzado por la borda, se hundió el muerto en el mar empezando por los pies.

El saco de carbón le arrastró hacia el fondo y desa­pareció.

-Johansen -dijo Wolf Larsen brevemente al otro segundo-, que permanezcan todos sobre cubierta ahora que han subido; recoged las gavias y los foques y ase­guradlos bien. Se nos viene encima un Sudeste; también convendrá que se rice el foque y la vela mayor mientras permanecéis por aquí.

Un instante después había gran agitación en la cu­bierta. Johansen rugiendo órdenes y los hombres apre­tando, arriando cuerdas de diversas clases, siendo todo aquello confusión para un hombre de tierra como yo. Pero lo que me sorprendió particularmente fue la falta de sentimientos. El muerto era un episodio que ya ha­bía pasado, un incidente que se había hundido envuel­to en una lona y con un saco de carbón, mientras el barco seguía su rumbo y continuaba su trabajo. Nadie estaba afectado. Los cazadores volvían a reír con una historia nueva de Smoke; los hombres tiraban y hala­ban, y dos de ellos trepaban a lo alto; Wolf Larsen observaba el cielo nuboso a barlovento, y el hombre muerto, sepultado con sordidez, hundiéndose, hundién­dose...

Entonces fue cuando la crueldad del mar, su Inflexi­bilidad y su respeto se apoderaron de mí. La vida había perdido el valor y la seriedad y se había convertido en una cosa bestial y sin nombre; era el barco sin alma puesto en movimiento. Permanecí en la barandilla de sotavento, junto a los obenques, y mirando por enci­ma de las tristes olas cubiertas de espuma los bancos de niebla poco elevados que impedían ver San Fran­cisco y la costa de California. Caían algunos chapa­rrones que casi me ocultaban la niebla, y esta extraña embarcación, con sus hombres terribles, impelida por el viento y el mar y saltando acompasadamente, se dirigía hacia el Sudoeste, internándose en la gran ex­tensión desierta del Pacífico.
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