Apenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill






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títuloApenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill
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CAPITULO II

Creí estar balanceándome en un ritmo poderoso por la inmensidad de la órbita. Estallaban chispas de luz que pasaban raudas por mi lado. Comprendí que eran estrellas y cometas resplandecientes que acompañaban mi fuga por entre los soles. Cuando alcancé el límite de mi vuelo y me disponía a volverme, atronó los es­pacios el golpe de un gran gongo. Durante un período de tiempo inconmensurable, gocé y saboreé mi formida­ble vuelo envuelto en las ondulaciones de plácidas cen­turias.

Después el sueño cambió de aspecto; yo me decía que no podía ser sino un sueño. El ritmo se fue acor­tando. Me sentía lanzado de un lado a otro con irri­tante rapidez. Apenas podía cobrar aliento, tal era la fuerza con que me veía impelido a través del espacio. El gongo sonaba con más frecuencia y más furia. Em­pecé a oírlo con un terror indecible. Después me pare­ció que me arrastraban por una arena áspera, blanca y caldeada por el sol. Esto dio lugar a una sensación de angustia infinita. Mi piel se chamuscaba en el tor­mento del fuego. El gongo retumbaba. Las chispas lu­minosas pasaban junto a mí en una corriente inter­minable, como si todo el sistema se precipitara en el vacío. Abrí la boca, respiré dolorosamente y abrí los ojos. A mi lado, y manipulándome, había dos hombres arrodillados. Aquel ritmo poderoso era el vaivén de una embarcación en el mar. El terrible gongo era una sartén colgada en la pared que resonaba a cada movimien­to del barco. La arena áspera y ardiente, las manos de un hombre que me frotaba el pecho desnudo. Me enco­gí de dolor y levanté a medias la cabeza. Tenía el pecho rojo y desollado y vi asomar unas gotitas de sangre por la piel inflamada y lacerada.

-Ya habrá bastante, Yonson -dijo uno de los hom­bres-. ¿No ves que has frotado hasta hacer salir san­gre de esta piel tan delicada?

El hombre a quien se había llamado Yonson, un tipo gigantesco de escandinavo, cesó de manipularme y se puso de pie pesadamente. El otro que había ha­blado no podía ocultar que era londinense, tenía los rasgos puros y de una belleza enfermiza, casi afemi­nada, del hombre que con la leche de su madre ha ab­sorbido el sonido de las campanas de la iglesia de Bow. Una gorra sucia de muselina en la cabeza y un de­lantal de dudosa limpieza alrededor de sus angostas caderas proclamaban su condición de cocinero de la no menos sucia cocina del barco en que me hallaba.

-¿Cómo se encuentra usted ahora, señor? -pregun­tó con una sonrisa servil, consecuencia de varias ge­neraciones de antepasados acostumbrados a esperar la propina.

Para responder, traté de sentarme, a pesar de mi gran debilidad, y Yonson me ayudó a ponerme de pie. Los golpes de la sartén me atacaban los nervios ho­rriblemente. No podía reunir mis ideas. Apoyándome en las maderas de la cocina y debo confesar que la grasa de que estaban impregnadas me hizo rechinar los dientes-, alcancé el escandaloso utensilio por en­cima de los hornillos calientes, lo descolgué y lo dejé sobre la caja del carbón.

El cocinero hizo una mueca ante mis manifestacio­nes de nerviosidad y me puso en la mano un vasito hu­meante, diciendo: `Esto le hará a usted bien". Era un brebaje nauseabundo -café de barco-, pero el calor me reanimó. Mientras tragaba aquella infusión dirigí una mirada a mi pecho desollado y sanguinolento, y me volví hacia el escandinavo.

-Gracias, míster Yonson -dije-; pero, ¿no cree usted que sus remedios son algo heroicos?

Más que el reproche de mis palabras, comprendió el de mi gesto, pues levantó la palma de la mano para examinarla. Era extraordinariamente callosa. Pasé la mía por las duras desigualdades y una vez más me re­chinaron los dientes al contacto de tan horribles as­pereza.

-Mi nombre es Johnson, no Yonson -dijo en muy buen inglés, aunque un poco lento, con un acento ex­tranjero apenas perceptible.

En sus ojos de azul pálido asomó una dulce pro­testa, acompañada de franqueza tímida y de una dig­nidad que me ganaron por completo.

-Gracias, mister Johnson -corregí, y le tendí la mano.

Titubeó, un poco avergonzado, se apoyó en una pier­na, luego en la otra, y después sonrojándose, cogió mi mano con vigoroso apretón.

-¿Tiene ropa seca que pueda ponerme? pregunté al cocinero.

-Sí, señor -contestó alegremente-. Bajaré corrien­do y veré en mi equipaje, si usted, señor, no tiene inconveniente en usar mis cosas.

Salió por la puerta de la cocina, o más bien, se es­currió, con un paso tan rápido y suave que me llamó la atención por ser al mismo tiempo felino y untuoso. Esta untuosidad, como pude comprobar más adelante, era el rasgo más saliente de su personalidad.

-¿Y dónde estoy? -interrogué a Johnson, a quien tomé, acertadamente, por uno de los marineros-. ¿Qué clase de barco es éste y adónde se dirige?

-A la altura de las Farallones, con la proa al Sud­oeste -respondió lentamente y con método, como tanteando el inglés y observando estrictamente el orden de mis preguntas-. La goleta Ghost, que se dirige al Japón a pescar focas.

-¿Y quién es el capitán? Necesito hablarle tan pron­to como esté vestido.

Johnson pareció aturullarse. Se quedó titubeando mientras medía sus palabras y componía una respues­ta completa.

-El capitán es Wolf1 Larsen, o al menos así le llaman los hombres. Yo nunca le oí otro nombre. Será bueno que le hable usted dulcemente. Esta mañana está loco. El segundo...

Pero no concluyó. Acababa de entrar el cocinero.

-Podrías salir de aquí, Yonson -dijo-. El viejo te necesitará en la cubierta, y no conviene que le exaspe­res.

Johnson, obedeciendo, se volvió hacia la puerta, y al mismo tiempo, por encima del hombro del cocine­ro me hizo un ademán de una solemnidad aterradora, como para dar más energía a su interrumpida adver­tencia para hacerme comprender la necesidad de hablar dulcemente al capitán.

Del brazo del cocinero pendían unas cuantas pren­das de vestir revueltas, arrugadas, malolientas y de aspecto repugnante.

-Están húmedas, señor -dijo a guisa de explica­ción-. Pero tendrá que remediarse con ellas mientras seco las suyas al fuego.

Cogido e. las maderas, dando traspiés con el vaivén del barco y ayudado por el cocinero, conseguí meter­me en una burda camiseta de lana. En el mismo ins­tante me raspó la carne el desagradable contacto. Dán­dose cuenta de mis muecas y movimientos involunta­rios, sonrió con afectación:

-Supongo que no habrá usado en su vida nada se­mejante, porque tiene una piel tan fina, que más pare­ce de mujer. En cuanto le vi, adiviné que era usted un caballero.

Al principio me había inspirado repugnancia, pero cuando me ayudó a vestir, esta repugnancia fue en au­mento. Había algo repulsivo en su contacto. Me apar­té de sus manos, puesta toda mi carne en rebelión. Y entre esto y los olores que subían de los varios puche­ros que hervían en la cocina, me hacían desear el mo­mento de salir al aire fresco. Además, había necesidad de ver al capitán para ponernos de acuerdo sobre la manera de desembarcarme.

Una camisa de algodón, barata, con el cuello roza­do y la pechera descolorida por algo que juzgué anti­guas manchas de sangre, me fue puesta, entre un tro­pel de comentarios y excusas vehementes. Encerraban mis pies unas botas de cuero sin curtir, como las que usan los obreros, y hacían las veces de pantalones unos calzones azules, deslavazados, de los cuales una pier­na era diez pulgadas más corta que la otra. Esta últi­ma hacía pensar en un diablo que al querer apoderar­se del alma del londinense se hubiese agarrado allí, quedándose con la materia en vez del espíritu.

-¿A quién debo agradecer tanta amabilidad? -pre­gunté cuando ya estuve completamente equipado, con una gorrita de niño en la cabeza, y llevando en lugar de americana una chaqueta de algodón que me llegaba a la cintura y cuyas mangas apenas me cubrían los codos.

El cocinero se apartó con un gesto de fingida hu­mildad y una sonrisa implorante y servil. Si no me engañaba la experiencia adquirida con los mayordomos de los trasatlánticos al fin del viaje, hubiese jurado que esperaba una propina. Ahora que ya he tenido oca­sión de conocer más a fondo aquel ser, comprendo que el gesto fue inconsciente, debido, sin duda, a un servi­lismo hereditario.

-Mugridge, señor -dijo con tono adulador, mien­tras sus facciones afeminadas se dilataban en una son­risa untuosa-. Thomas Mugridge, señor, servidor de usted.

-Muy bien, Thomas -repuse yo-. Me acordaré de usted cuando esté seca mi ropa.

Por su semblante se difundió una luz suave y brilla­ron sus ojos como si allá en las profundidades de su ser sus antepasados se hubiesen animado y removido con el recuerdo de las propinas recibidas en vidas anteriores.

-Gracias, señor -dijo muy agradecido y muy hu­milde, en verdad.

Se hizo a un lado al abrirme la puerta y salí a cu­bierta. A causa de mi prolongada inmersión, me sentía aún débil. Me sorprendió una ventada, y dando traspiés por la movediza cubierta, me dirigí hacia un ángulo de la cabina, en busca de apoyo. La goleta, con una in­clinación muy alejada de la perpendicular, se balancea­ba movida por el profundo vaivén del Pacifico. Si en realidad llevaba la dirección Sudoeste, como había dicho Johnson, el viento, entonces, según mis cálculos, debía soplar aproximadamente del Sur. La niebla había des­aparecido y el sol llenaba de chispas e irisaciones la superficie del agua. Me volví cara al Este donde sabía que debía hallarse California, pero no pude ver sino unas masas de niebla a poca altura, indudablemente la misma que había ocasionado el desastre del Martí­nez y me había traído al presente estado. Por el Nor­te, y no muy lejos, surgía del agua un grupo de rocas desnudas, y sobre una de ellas se distinguía un faro. Hacia el Sudoeste y casi en nuestra ruta, vi el bastidor piramidal de unas velas.

Después de haber reconocido el horizonte, volví me hacia lo que me rodeaba más inmediatamente. Mi pri­mer pensamiento fue que un hombre llegado de ma­nera tan inesperada, luego de codearse con la muerte, merecía más atención de la que yo recibía. Aparte del marinero que iba en el timón y que me observaba cu­riosamente por encima de la cabina, no atraje ya más miradas.

Todos parecían interesados en lo que en el centro del barco ocurría. Allí, echado sobre las tablas, había un hombre gordo. Estaba completamente vestido, pero llevaba rasgada la camisa por la pechera. Sin embargo, no se veía nada de su pecho, pues lo cubría una masa de pelo negro semejante a una piel de perro. La cara y el cuello se ocultaban bajo una barba negra salpica­da de gris, que de no haber estado chorreando y lacia por efecto del agua, debió ser tiesa y tupida. Tenía los ojos cerrados y parecía desvanecido, pero mostraba la boca muy abierta y el pecho anhelante, esforzándose ruidosamente por respirar. De vez en cuando, metódi­camente, ya como una rutina, un marinero hundía en el mar un cubo de lona atado al extremo de una cuer­da, lo subía braza a braza y vertía su contenido so­bre el hombre postrado.

Paseando de arriba abajo a lo largo de la cubierta y mascando furioso el extremo de un cigarro, estaba el hombre cuya mirada casual me había rescatado del mar. Tendría una altura quizás de cinco pies, diez pul­gadas o diez y media, pero lo primero que me impre­sionó en él no fue eso, sino su vigor. A pesar de su constitución sólida y de sus hombros anchos y pecho elevado, no era la solidez de su cuerpo lo que caracte­rizaba su fuerza. Antes bien, consistía en lo que po­dríamos llamar nervio, la dureza que atribuimos a los hombres flacos y enjutos, pero que en él, a causa de su corpulencia, recordaba al gorila. No es que su ex­terior tuviese nada de gorila; lo que yo pretendo des­cribir es su fuerza misma como algo aparte de su aspecto físico. Era esa fuerza que solemos asociar a las cosas primitivas, a las fieras y a los seres que imaginamos son el prototipo de los habitantes de nues­tros árboles; esa fuerza salvaje, feroz, que este en sí misma, la esencia de la vida en lo que tiene de po­tencia del movimiento, la propia materia elemental, de la cual han tomado forma otros muchos aspectos de la vida; en una palabra, lo que hace retorcer el cuerpo de una serpiente después de haberle sido cortada la cabeza y cuando la serpiente, como a tal, puede con­siderarse ya muerta, o lo que persiste en el montón de la carne de la tortuga que rebota y tiembla al to­carla con el dedo.

Esa fue la impresión de fuerza que me produjo el hombre que caminaba de un lado a otro. Se apoyaba sólidamente sobre las piernas; sus pies golpeaban la cubierta con precisión y seguridad; cada movimiento de sus músculos, desde la manera de levantar los hom­bros hasta la forma de apretar el cigarro con los la­bios, era decisivo y parecía ser el producto de una fuer­za excesiva y abrumadora. Sin embargo, aunque la fuerza dirigía todas sus acciones, no parecía sino el anuncio de otra fuerza mayor que acechaba desde den­tro, como si estuviera dormida y sólo se agitara de vez en cuando, pero que podría despertar de un momen­to a otro, terrible y violenta, cual la cólera de un león o el furor de una tormenta.

El cocinero asomó la cabeza por la puerta de la Bo­cina, haciéndome muecas alentadoras y señalando al propio tiempo con el pulgar al hombre que paseaba por la cubierta. Así me daba a entender que aquél era el capitán, el alejo, según había dicho él, el individuo con quien debía entrevistarme, y al que ocasionaría la ex­torsión de tener que desembarcarme.

Ya me disponía a afrontar los cinco minutos tem­pestuosos que, sin duda, me esperaban, cuando el desdi­chado que estaba en el suelo sufrió otro ataque más vio­lento aún. Se retorcía convulsivamente. La barba negra y húmeda se tendió hacia arriba, al envararse los músculos de la espalda e hincharse el pecho en un es­fuerzo inconsciente e instintivo para obtener más aire. Aunque no lo veía, adivinaba que bajo las patillas la piel se había puesto colorada.

El capitán, o Wolf Larsen, como le llamaban los hombres, cesó de pasear y clavó la mirada en el mo­ribundo. Tan cruel fue esta última lucha, que el mari­nero se detuvo en su ocupación de rociarle con agua, y con el cubo de lona a medias levantado y derraman­do su contenido por la cubierta, se le quedó mirando con curiosidad. El moribundo tocó un redoble con los tacones sobre el entarimado, estiró las piernas y con un gran esfuerzo se puso rígido y rodó la cabeza de un lado a otro. Después se relajaron los músculos, la cabeza dejó de rodar y de sus labios salió un suspiro como de profundo alivio; bajó la quijada, subió el labio superior, y aparecieron dos hileras de dientes oscu­recidos por el tabaco. Parecía como si sus facciones se hubiesen helado en una mueca diabólica al mundo que había abandonado y burlado.

Entonces sucedió una cosa sorprendente. El capitán se desató como una tormenta contra el muerto. De su boca salía un manantial inagotable de juramentos. Y no eran juramentos sin sentido o meras expresiones indecentes. Cada palabra (y dijo muchas) era una blas­femia. Crujían y restallaban como chispas eléctricas. En toda mi vida había oído yo nada semejante, ni lo hubiera creído posible. Por mi afición a la literatura, a las figuras y palabras enérgicas, me atrevo a decir que yo apreciaba mejor que ningún otro la vivacidad peculiar, la fuerza y la absoluta blasfemia de sus me­táforas. Según pude entender, la causa de todo ello era que el hombre, que era el segundo de a bordo, había corrido una juerga antes de salir de San Francisco y después había tenido el mal gusto de morir al principio del viaje, dejando a Wolf Larsen con la tripula­ción incompleta.

No necesitaría asegurar, al menos a mis amigos, cuán escandalizado estaba. Los juramentos y el lengua­je soez me han repugnado siempre. Experimenté una sensación de abatimiento, de desmayo y casi puedo de­cir de vértigo. Para mí, la muerte había estado siem­pre investida de solemnidad y respeto. Se había pre­sentado rodeada de paz y había sido sagrado todo su ceremonial. Pero la muerte en sus aspectos sórdidos y terribles había sido algo desconocido para mí hasta entonces. Como digo, al par que apreciaba la fuerza de la espantosa declaración que salía de la boca da Wolf Larsen, estaba enormemente escandalizado. Aquel torrente arrollador era suficiente para secar el rostro del cadáver. No me hubiese sorprendido ver encrespar­se, retorcerse y andar entre humo y llamas la barba negra. Pero el muerto no se dio por aludido. Continuaba desafiándole con su risa sardónica y burlándose con cinismo. Era el dueño de la situación.
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