Apenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill






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títuloApenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de ve­rano en Mill
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CAPITULO XX

El resto del día transcurrió sin más contratiempos. Después de habernos mojado sin compasión, el tempo­ral empezó a perder fuerza. El maquinista y los tres fogoneros, tras una discusión acalorada con Wolf Lar­sen, fueron equipados en el bazar, se les asignaron si­tios como a los cazadores en los diversos botes y en las guardias del barco y pasaron al castillo de proa. Pro- testaron, pero sin levantar mucho la voz. Estaban ame­drentados con lo que ya habían visto del carácter de Wolf Larsen, y las narraciones dolorosas que no tar­daron en oír en el castillo de proa les quitaron los últimos deseos de rebelión.

Miss Brewster (el maquinista nos había dicho su nombre) seguía durmiendo. A la hora de cenar supliqué a los cazadores que no gritaran y así no la molestarían, y hasta el día siguiente por la mañana no hizo su pri­mera aparición- Mi intención había sido servirle las comidas aparte, pero Wolf Larsen se opuso a ello. ¿Quién era esta mujer, para que la mesa y la sociedad de la cabina no fuesen dignos de ella? Fue lo que me preguntó.

Su presencia en la mesa tenía en sí algo de diverti­do. Los cazadores estaban silenciosos como ostras. Jock Horner y Smoke eran los únicos que no se sentían inti­midados, mirándola a hurtadillas de vez en cuando y hasta tomando parte en la conversación. Los otros cua­tro convergían los ojos en el plato y masticaban firmemente, moviendo las orejas al mismo tiempo que las mandíbulas, como hacen muchos animales.

Al principio, Wolf Larsen hablaba poco, no haciendo más que contestar cuando se le dirigía la palabra-- No es que estuviese cohibido, muy lejos de ello, sino que esta mujer era un tipo nuevo para él, de raza distinta a to­das las que había conocido hasta entonces, y sentía cu­riosidad. La estudiaba y sus ojos se apartaban raras veces de su cara, a no ser para seguir los movimientos de las manos y los hombros. Yo también la estudiaba, y a pesar de ser quien mantenía la conversación, re­conozco que me mostré un poco reservado, que no fui bastante dueño de mí. El poseía el equilibrio perfecto, la suprema confianza en sí mismo que nada podía ha­cer vacilar, y tan poco le intimidaba una mujer, como un temporal o un combate.

-¿Cuándo llegaremos a Yokohama? -preguntó ella, volviéndose y mirándole directamente a los ojos.

Allí estaba la pregunta sin rodeos. Las mandíbulas dejaron de trabajar, las orejas de moverse, y aunque los ojos no se levantaron de los platos, todos esperaban la respuesta con ansiedad.

-Dentro de cuatro meses, tal vez tres, si la tempora­da concluye pronto -dijo Wolf Larsen.

Ella tomó aliento y tartamudeó

-Yo creí... tenía entendido que Yokohama distaba sólo un día de barco. Usted. -se detuvo y dirigió una mirada en derredor de la mesa, al círculo de rostros an­tipáticos que contemplaban los platos con dura insis­tencia-. Esto no es justo -concluyó.

-Esta es una cuestión que tendrá usted que resol. ver con míster Van Weyden -repuso él señalándome, con un guiño malicioso. Míster Van Weyden es lo que podríamos llamar una autoridad en estas cosas de jus­ticia. Yo, como no soy más que un marinero, vería la situación desde un punto de vista algo diferente. Es po­sible que para usted sea una desgracia tener que per­manecer con nosotros; pero para nosotros es indudable. mente una suerte.

La observó sonriente, y ella bajó los ojos ante su mirada, pero volvió a levantarlos para clavarlos en los míos, retadora. Leí en ellos la pregunta: «¿Qué, es jus­to?». Pero yo había decidido representar un papel com­pletamente neutral y no contesté.

-¿A usted qué le parece? -preguntó.

-Que es una lástima, especialmente si tiene alguna invitación para estos meses próximos. Pero, puesto que dice que se dirigía al Japón por motivos de salud, puedo asegurarle que lo mismo mejorará a bordo del Ghost que en cualquier otra parte.

Vi en sus ojos un relámpago de indignación, y esta vez fui yo quien humillé los míos y sentí enrojecerse mi rostro bajo su mirada-- Esto era una cobardía, pero, ¿qué otra cosa podía hacer?

-Míster Van Weyden habla con la voz de la autori­dad -dijo Wolf Larsen riendo.

Yo asentí con la cabeza, y ella, habiéndose recobra­do, se quedó a la expectativa.

-No es que todavía sea una gran cosa -prosiguió Wolf Larsen-, pero se ha perfeccionado maravillosa­mente. Debía usted haberle visto cuando llegó a bordo. Con dificultad podría imaginarse un ejemplar humano más endeble e insignificante. ¿No es eso, Kerfoot?

Kerfoot, al serle dirigida la palabra tan directamente, se sobresaltó y dejó caer el cuchillo al suelo, pero hizo lo posible por gruñir una afirmación.

-Se ha desenvuelto mondando patatas y lavando pla­tos. ¿Eh, Kerfoot?

De nuevo gruñó este héroe.

-Y ahora, mírele usted. Claro que en realidad no se le puede llamar musculoso, pero tiene músculos, lo cual es más de lo que tenía cuando llegó a bordo. Además, tiene piernas para sostenerse. Al verle, no lo hubiera

usted creído pero al principio le era imposible sostenerse solo.

Los cazadores se mofaban; pero ella me miró con tal simpatía en los ojos, que hizo más que compensarme de las torpezas de Wolf Larsen. Hacía tanto tiempo que no conocía la simpatía, que me estremecí, y desde aquel momento me convertí gustosamente en su esclavo-- Pero yo estaba enojado con Wolf Larsen. Recusaba mi virilidad con sus infamias, recusaba mis verdaderas piernas, que él pretendía haberme procurado.

-Yo puedo haber aprendido a sostenerme sobre mis piernas -repliqué-, pero todavía sé patear a otros con ellas.

Me miró con insolencia.

-Pues entonces tu educación sólo está a medio com­pletar -dijo secamente, y se volvió hacia ella-. En el Ghost somos muy hospitalarios. Míster Van Weyden lo ha descubierto- Hacemos lo posible para que nuestros huéspedes se encuentren como en su casa, ¿verdad, mis­ter Van Weyden?

-Hasta con lo de mondar patatas y fregar platos -respondí, sin mencionar los apretones de pescuezo por puro compañerismo.

-Le suplico que no forme un concepto equivocado de nosotros por míster Van Weyden -interrumpió con fingida inquietud. Podrá observar, miss Brewster, que lleva un puñal en el cinto, una cosa poco común entre oficiales de marina. Míster Van Weyden, aunque realmente digno de toda estima, es a veces, ¿cómo lo diré? es pendenciero, siendo preciso tomar medirlas enérgicas. En sus momentos de calma, es com­pletamente razonable, y puesto que ahora está en uno de estos momentos, no negará que ayer, sin ir más lejos, me amenazó con matarme.

Yo estaba casi sofocado y mis ojos ardían segura­mente. Fijó aún más la atención en mí--

-Mírele ahora: apenas puede dominarse delante de

usted. No está acostumbrado a la presencia de señoras. Tendré que armarme antes de atreverme a subir a cu­bierta con él.

Movió la cabeza tristemente, murmurando: "¡Malo, malo!", y los cazadores rieron a carcajadas.

Las voces ásperas de aquellos hombres rugiendo en el reducido espacio producían un efecto salvaje. Todo el conjunto tenía este carácter, y por primera vez al contemplar a aquella extraña mujer y darme cuenta de lo desplazada que resultaba allí, advertí lo mucho que participaba yo de aquel ambiente. Conocía a aquellos hombres y sus procesos mentales, yo mismo era uno de ellos, viviendo la vida de los cazadores de focas, ali­mentándome como ellos y no pensando sino en cosas pertenecientes a la caza de aquellos animales. A mí ya no me extrañaba aquello: las ropas toscas, los rostros groseros, las risas salvajes, el movimiento de las pare­des de la cabina y el balanceo de las lámparas.

Mientras untaba con manteca un pedazo de pan, mis ojos se detuvieron casualmente en mi mano. Tenía los nudillos desollados e inflamados, los dedos hinchados y las uñas bordeadas de negro. Sentí sobre el cuello el mullido de la barba, sabía que la manga de mi ameri­cana estaba rota, que faltaba un botón en el cuello de la camisa azul que llevaba. El puñal mencionado por Wolf Larsen descansaba en la cadera dentro de su vaina. Era muy natural que yo estuviese allí, ahora más que nunca. que lo veía todo a través de los ojos de aquella mujer Y sabía cuán extraño era para ella lo que allí ocurría.

Pero ella adivinó la burla en las palabras de Wolf Larsen y volvió a favorecerme con una mirada de sim­patía. En sus ojos había además un poco de turbación. Al ser aquello una burla, hacía su situación más emba­razosa aún.

-Tal vez pudiera llevarme algún barco que pase por aquí -sugirió.

-Por aquí no pasan barcos, como no sean los que van a la caza de focas -respondió Wolf Larsen.

-No tengo ropa ni nada -objetó-. Usted apenas se da cuenta, señor, de que no soy un hombre o que no estoy acostumbrada a la vida errante y despreocupada que usted y sus hombres parecen llevar.

-Cuanto más pronto se acostumbre, mejor -dijo él-. Espero que no será para usted una desgracia de­masiado horrible hacerse un par de vestidos.

Ella torció el gesto, como dando a entender su igno­rancia en el arte de la costura. Yo veía claramente que estaba atemorizada y turbada y que trataba valerosa­mente de ocultarlo.

-Supongo que estará usted, como míster Van Wey­den, acostumbrada a que todo se lo den hecho. Bueno; pues me parece que el hacerse usted misma algunas cosas no le dislocará los huesos. En fin: ¿con qué se gana usted la vida?

Miróle ella, sin poder ocultar su extrañeza.

-No pretendo ofenderla, créame. La gente come; ne­cesita, por consiguiente, procurarse los alimentos. Estos hombres cazan focas, para vivir; por la misma razón mando yo la goleta, y míster Van Weyden, en la actua­lidad, al menos, gana su comida ayudándome. Usted, pues, ¿qué hace?

Ella encogió los hombros.

-¿Se mantiene usted misma o la mantiene alguien?

-Me parece que alguien me ha mantenido durante la mayor parte de mi vida -dijo riendo y esforzándose valientemente por penetrar el alcance de la broma aun­que yo pude ver cómo aparecía y aumentaba en sus ojos una expresión de terror mientras observaba a Wolf Larsen.

-Supongo que alguien más le hará a usted la cama­ -Yo "he hecho" camas -replicó.

-¿Muy a menudo?

Movió la cabeza con fingida tristeza.

-¿Sabe lo que hacen los Estados con los hombres pobres que, como usted, no trabajan para vivir?

-Soy muy ignorante -arguyó ella-. ¿Qué hacen con los pobres como yo?

-Los llevan a la cárcel. El crimen de no ganarse la vida se llama vagancia en este caso. Si yo fuese míster Van Weyden, que machaca eternamente sobre cuestio­nes de justicia e injusticia, preguntaría con qué derecho vive usted cuando no hace nada para merecerlo.

-Pero como usted no es míster Van Weyden, no tengo por qué contestarle, ¿verdad?

Clavó sus ojos aterrorizados, y la elocuencia de los mismos me llegó al corazón. Tuve que intervenir en la conversación y llevarla por otros derroteros.

-¿Ha ganado usted nunca un dólar con su propio trabajo? -preguntó él, seguro de la respuesta, con una nota de triunfo en la voz.

-Si, señor -contestó ella lentamente, y yo me hu­biese reído muy a gusto al ver el abatimiento que refle­jaba la cara de Wolf Larsen-. Recuerdo que mi padre, una vez, cuando era pequeña, me dio un dólar por haber permanecido quieta durante cinco minutos.

El sonrió con indulgencia.

-Pero de esto hace mucho tiempo -continuó-, y usted no se atreverá a exigir de una niña de nueve años que se gane la vida... En la actualidad, sin embargo -añadió después de otra pausa-, gano aproximada­mente mil ochocientos dólares al año.

Como heridos por un resorte, todos los ojos abando­naron los platos y se posaron en ella. Una mujer que ganaba mil ochocientos dólares al año valía la pena mirarla. Wolf Larsen no ocultaba su admiración.

-¿Salario o trabajo libre? preguntó.

-Trabajo libre -respondió ella prontamente.

-Mil ochocientos dólares... -calculó él-. Esto hace

ciento cincuenta dólares mensuales. Bueno, miss Brewster, en el Ghost no hay mezquindades. Durante el tiem­po que esté con nosotros tendrá usted sueldo.

Ella no se dio por enterada. Estaba aún poco acos­tumbrada a los caprichos de aquel hombre, para acep­tarlos con ecuanimidad.

-Se me olvidó preguntar -prosiguió suavemente ­la naturaleza de su trabajo. ¿Qué productos elabora usted? ¿Qué herramientas y materiales necesita?

-Papel y tinta -dijo ella riendo-. ¡Ah, y una máquina de escribir!

-Usted es Maud Brewster -dije yo lentamente y con seguridad, casi como si estuviera culpándola de un crimen.

Levantó sus ojos hacia los míos, llena de curiosidad.

-¿Cómo lo sabe usted?

-¿No es cierto? -pregunté.

Confirmó su identidad con un movimiento de cabeza. Ahora le tocó a Wolf Larsen quedarse perplejo. Aquel nombre y el encanto que emanaba del mismo nada sig­nificaban para él. Yo estaba orgulloso de que para mí tuvieren significación, y por primera vez, durante un rato enojoso, tuve la sensación convincente de mi su­perioridad.

-Recuerdo haber escrito la crítica de un pequeño volumen... -había comenzado a decir, cuando ella me interrumpió.

-¡Usted! -exclamó-. Usted es...

Tenia en mí sus ojos dilatados por el asombro.

A mi vez, le aseguré de mi identidad.

-Humphrey van Weyden -concluyó; después aña­dió con un suspiro de alivio, sin darse cuenta de que al hacerlo había dirigido una mirada a Wolf Larsen-: ¡Cuánto me alegro! Me acuerdo de la critica -se apre­suró a continuar-, aquella crítica excesivamente li­sonjera.

-En modo alguno -repliqué, animoso-. Además, la crítica de mi hermano está de acuerdo con la mía.

¿No ha incluido Lang su Beso tolerado entre los cuatro mejores sonetos escritos por mujeres en lengua inglesa?

-Es usted muy amable.

-Una vez estuve a punto de conocerla en Filadelfia. Daba usted una conferencia sobre Browning, me pa­rece. Pero mi tren llegó con cuatro horas de retraso.

Y desde aquel momento nos olvidamos del sitio don­de nos hallábamos, dejando a Wolf Larsen abando­nado y silencioso entre el diluvio de nuestra charla. Los cazadores se levantaron de la mesa y subieron a cubier­ta y nosotros seguimos hablando. Sólo Wolf Larsen con­tinuaba allí. De pronto advertí su presencia; le vi incli­nado hacia atrás y escuchando con curiosidad nuestra extraña conversación sobre un mundo que no conocía.

Me detuvo en medio de una frase. El presente, con todos sus peligros e inquietudes, se abatió sobre mí con violencia asombrosa. Del mismo modo hirió a miss Brewster, y cuando miró a Wolf Larsen asomó a sus ojos un terror vago e indescriptible.

Entonces él se puso de pie y rió groseramente con una risa metálica.

-¡Oh, no se preocupen de mi! -dijo haciendo con la mano un ademán humilde-. Sigan, sigan, se lo ruego. Pero las puertas de la charla se habían cerrado, y nosotros nos pusimos también de pie y reímos fuerte­mente.

CAPÍTULO XXI

El mal humor de Wolf Larsen por haber prescindido de él en la conversación con Maud Brewster había de exteriorizarse de alguna manera, y la víctima fue Tho­mas Mugridge, que ni había modificado sus costumbres ni se había mudado la camisa, aunque él lo afirmase. El pingajo desmentía la afirmación, y la acumulación de grasa sobre la cocina económica y en los pucheros y sartenes tampoco atestiguaban una limpieza general.

-Estás avisado, cocinero -le dijo Wolf Larsen-, y ahora vas a tomar la medicina.

El rostro de Mudridge palideció bajo la costra de su­ciedad, y cuando Wolf Larsen pidió una cuerda y llamó a un par de hombres, el desdichado cocinero huyó des­alentado de la cocina y se esquivó por la cubierta, per­seguido por la tripulación gesticulante. Pocas cosas hu­bieran podido ser más del agrado de estos hombres que darle una zambullida, pues siempre mandaba al casti­llo de proa unos ranchos y guisotes de la peor especie. Las circunstancias favorecían la empresa. El Ghost se deslizaba por el agua a una velocidad no mayor de tres millas por ahora, y el mar estaba en absoluta calma; pero Mugridge era poco aficionado a hacer inmersiones y es posible que ya hubiese visto antes remolcar a otros hombres. Además, el agua estaba horriblemente fría, y la complexión del cocinero no era nada robusta.

Como de costumbre, las guardias que estaban abajo y los cazadores salieron ante la promesa de una diver­sión. El agua parecía inspirar a Mugridge un miedo ra­bioso, e hizo alarde de una agilidad y rapidez de que no le hubiéramos creído capaz. Al verse acorralado en el ángulo recto que formaba la toldilla y la cocina, saltó como un gato sobre el techo de la cabina y corrió a popa. Pero habiéndose anticipado sus perseguidores, retrocedió, cruzando la cabina, pasó por encima de la cocina y alcanzó la cubierta por la escotilla de la bode­ga. Se lanzó directamente a proa, seguido de cerca por el remero Harrison, que le ganaba terreno por momen­tos. Mugridge, sin embargo, saltando de pronto, cogió la cuerda del botalón del foque en menos tiempo del que se emplea para decirlo y sosteniéndose sólo con los brazos y doblando el cuerpo por la cintura, dejó caer ambos pies a la vez. Harrison, que llegaba en pos de él, recibió las coces en pleno estómago y gimiendo invo­luntariamente se encogió y cayó de espaldas sobre la cubierta.

Los cazadores saludaron la hazaña con aplausos y risas atronadoras, en tanto Mugridge, eludiendo la mi­tad de sus perseguidores, que se hallaban junto al palo de trinquete, corrió a popa y cruzó entre los restantes como un jugador en el campo de foot-ball. Dirigióse a popa en línea recta y de allí a la toldilla hasta el extre­mo mismo del barco. Tan grande era su velocidad, que al doblar el ángulo de la cabina resbaló y cayó, chocan­do su cuerpo violentamente con las piernas de Nilson, que estaba gobernando. Los dos hombres rodaron jun­tos, pero únicamente se levantó el cocinero. Por un ca­pricho de la suerte, el frágil cuerpecillo quebró las piernas del hombre robusto como si hubieran sido tubos de pipa.

Parsons cogió el timón, y la persecución continuó. Daban vueltas y más vueltas por la cubierta, Mugridge muerto de miedo, los marineros azuzándose y vocean­do, y los cazadores excitándoles con rugidos y carca­jadas. Mugridge cayó junto a la escotilla de proa debajo

de tres hombres; pero emergió del montón como una anguila, y saltó al aparejo mayor con la boca llena de sangre y la camisa, motivo de aquel escándalo, hecha jirones. Subió rápidamente, pasó por la cruz y llegó a lo alto del mástil.

Media docena de marineros se esparcieron por la ar­boladura tras él y se enracimaron, mientras dos de ellos, Oofty-Oofty y Black, que era el timonel de Latimer, continuaron trepando por los delgados estays de acero y elevando sus cuerpos con sólo el esfuerzo de los brazos.

Era una empresa peligrosa, pues a una altura de más de cien pies, y sujetándose únicamente con las manos, no estaban en las mejores condiciones para protegerse de los pies de Mugridge. Este seguía coceando feroz­mente, hasta que el kanaka, suspendido con una mano sola, cogió con la otra el pie del cocinero. Black hizo lo mismo con el otro. Luego le arrancaron de allí y los tres bregaron y se escurrieron hasta caer en brazos de sus compañeros, que se hallaban en la cruz.

El combate aéreo había terminado, y Thomas Mu­gridge, con la boca llena de espuma sanguinolenta y lamentándose en su jerigonza, fue bajado a cubierta; Walf Larsen ató una bolina a un trozo de cuerda y se lo pasó por debajo de los brazos. Después le llevaron a popa y le tiraron al agua. Soltaron cuarenta... cincuen­ta... hasta sesenta pies de cuerda; finalmente, Wolf Lar­sen gritó

-¡Amarrar!

Oofty-Oofty dio una vuelta al poste con la cuerda, que se tendió y el Ghost, al adelantar, de una sacudida hizo salir al cocinero a la superficie.

Era un espectáculo que inspiraba compasión, pues aunque no podía ahogarse y tenía siete vidas por aña­didura, sufría todas las angustias del que se ahoga 3 medias. El Ghost marchaba muy despacio, y cuando su popa se levantaba sobre una ola y avanzaba, subía al

pobre diablo a la superficie y le dejaba respirar un mo­mento; pero después volvía a bajar la popa, y mientras la proa trepaba perezosamente sobre la ola siguiente, la cuerda se aflojaba y él se hundía.

Yo me había olvidado por completo de la existencia de Maud Brewster, y la recordé con sobresalto cuando oí sus leves pasos a mi lado. Era la primera vez que subía a cubierta desde su llegada a bordo y su aparición fue saludada con un silencio de muerte.

-¿Cuál es la causa de todo este júbilo? -inquirió.

-Pregúnteselo al capitán Larsen contesté grave y fríamente, pero en mi interior hervía la sangre el pen­sar que aquella mujer iba a ser testigo de tamaña bru­talidad.

Maud, siguiendo mi consejo, se volvía ya para po­nerlo en práctica, cuando sus ojos tropezaron con Oofty­ Oofty, que se encontraba justamente delante de ella, sosteniendo la cuerda con la gracia y viveza naturales en él.

-¿Está usted pescando? -le preguntó.

El no respondió. Sus ojos, intensamente fijos en el mar, fulguraron de pronto.

-¡Tiburón a la vista, señor! -exclamó.

-¡Izar! ¡Aprisa! ¡Aquí todos! -gritó Wolf Larsen, y saltó el primero a coger la cuerda.

Mugridge había oído la voz de alerta del kanaka y chillaba como un loco. Vi una aleta que cortaba el agua y corría hacia él con más rapidez de la que era arras­trado e bordo. Nadie podía augurar si el tiburón alcanzaría al cocinero antes que nosotros le izáramos; pero en todo caso, era cuestión de momentos. Cuando Mugrid­ge se hallaba precisamente debajo de la popa, ésta des­cendió después de pasar sobre una ola, lo cual dio ventaja al tiburón. La aleta desapareció, el vientre mostró su blancura en un salto rápido hacia arriba. Casi tan rápido como el tiburón fue Wolf Larsen, que empleó toda su fuerza en un tirón formidable. El cuerpo del cocinero salió del agua, y otro tanto hizo en parte el del carnívoro. El hombre alzó las piernas y la fiera pareció que no hacía sino tocar un pie y volver a sumergirse ruidosamente. Pero en el momento del contacto, Thomas Mugridge dio un alarido. Después saltó la barandilla fácilmente, como un pez recién cogido en el anzuelo, haciendo resonar la cubierta al caer so­bre las manos y revolcándose.

De la pierna derecha brotaba un torrente de sangre; le faltaba el pie, amputado en redondo por el tobillo- Instantáneamente miré a Maud Brewster, estaba pálida y con los ojos dilatados por el horror, miraba, no a Thomas Mugridge, sino a Wolf Larsen, y él lo notó por­que dijo con una de sus breves carcajadas:

-Bromas de hombres, miss Brewster. Concedo que son un poco crueles para usted, pero con todo, no de­jan de ser bromas de hombres. El tiburón no había entrado en el cálculo. Eso...

Pero en este instante, Mugridge, que había levanta­do la cabeza y comprobado la extensión de su pérdida, se debatió sobre la cubierta y hundió los dientes en la pierna de Wolf Larsen. Este se inclinó tranquilamente hacia el cocinero y con el pulgar y un dedo le apretó detrás de las quijadas y debajo de las orejas. Las quija­das se abrieron por fuerza, y la pierna de Wolf Larsen quedó libre.

-Como iba diciendo -prosiguió, como si nada extra­ordinario hubiese sucedido-, el tiburón no había en­trado en nuestros cálculos. Fue... ejem..., ¿llamémoslo la Providencia?

Ella no dio muestras de haberle oído; sin embargo, cuando se volvió para alejarse, había en sus ojos una expresión de indecible repugnancia. Pero no hizo sino volverse, pues vaciló a los primeros pasos y me tendió la mano débilmente. La cogí e tiempo para evitar que cayera, y la ayudé a sentarse en la cabina, donde creí que se desmayaba pero se dominó.

-¿Quiere usted darse una vuelta por aquí, míster Van Weyden? -dijo Wolf Larsen, llamándome.

Yo dudaba, pero miss Brewster movió los labios, y aunque no articularon ninguna palabra, con los ojos me mandó tan claramente como si hubiese hablado que fuera a asistir a aquel desdichado.

-Por favor -consiguió murmurar, y no tuve más re­medio que obedecerla.

Por entonces había desarrollado yo tal habilidad en la cirugía, que Wolf Larsen, después de hacerme al­gunas advertencias, me dejó solo en mi tarea con dos marineros para que me ayudaran. El, por su parte, se encargó de vengarse del tiburón. Cebó un enorme anzue­lo de torniquete con un trozo de tocino salado y lo lan­zó al agua, y cuando concluía yo de taponar las venas y arterias seccionadas, los marineros subían cantando al monstruo culpable. Yo no lo vi, pero mis ayudantes, uno primero y después el otro, me abandonaron du­rante unos momentos para correr al centro del barco a ver qué ocurría. El tiburón, que medía dieciséis pies, fue izado contra el aparejo mayor. Tenia las quijadas distendidas por medio de garfios hasta su límite máxi­mo, y se le encajó una fuerte estaca aguzada por los ex­tremos, de tal forma que cuando se le quitaron los gar­fios quedaran las quijadas clavadas en ella. Una vez efectuado esto, se cortó el anzuelo. El tiburón volvió a hundirse en el mar, impotente a pesar de toda su fuerza` Y condenado a perecer de hambre, una muerte lenta, que, más que él, merecía el hombre que inventó el castigo.
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