Biblioteca teosófica de las maravillas






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OBRAS COMPLETAS DE MARIO ROSO DE LUNA

VOLUMEN XX

BIBLIOTECA TEOSÓFICA DE LAS MARAVILLAS

SERIE B.–TOMO X

EL VELO DE ISIS

LAS MIL y UnA NOCHES OCULTISTAS

Madrid

Editorial Pueyo

Calle del Arenal, 6


A mi nobilísimo amigo Don Luis Brunet, testimonio fraternal de la consideración y afecto en que le tiene

MARIO ROSO DE LUNA.
Carácter histórico al par que fabuloso de Las Mil y Una Noches.

“La tradición no ha desfigurado los hechos hasta el punto de no ser ellos recognoscibles. Entre las leyendas de Egipto y Grecia, de una parte, y de la Persia, por otra, hay demasiada semejanza de figuras y de números para que pueda achacarse a simple casualidad, como ha sido archiprobado por el astrónomo y orientalista Bailly. Estas leyendas han pasado a ser ahora cuentos populares persas, que ya han encontrado su sitio en la Historia Universal. También las hazañas del Rey Arthús y de sus Caballeros de la Tabla Redonda son cuentos de hadas, a juzgar por las apariencias, y, sin embargo, encierran hechos muy reales de la historia de Inglaterra. ¿Por qué, pues, la tradición popular del Irán no ha de ser, a su vez, parte integrante de los sucesos prehistóricos de la perdida Atlántida…? Antes de la aparición de Adán (el hombre de la quinta Raza), nos hablan dichas tradiciones de los Devs o Devas, fuertes y perversos gigantes que reinaron siete mil años, y los Peris o Izeds, más pequeños, pero mejores y más inteligentes, que sólo reinaron dos mil años. Aquellos fueron los atlantes, los râkshasas del “Ramayana”, estos últimos, los arios o moradores del Bharata-varsha, es decir, de la Gran India… Lo desfigurado de repetidas leyendas no nos impide el poderlas identificar con las caldeas, egipcias, griegas y aun hebreas, como asimismo con las profundas enseñanzas contenidas en libros tales como el “Critias” o el “Timeo”, de Platón… Nosotros, en nuestra Doctrina Secreta, presentamos en compendio lo que está esparcido por cientos de volúmenes en lenguas asiáticas y europeas, tales como la Collection of Persian Legends, en ruso, georgiano, armenio y persa; las Leyendes Persanes de la Bibliothèque Orientale, de Herbelot, etc., etc.”

(H. P. Blavatsky, Las más antiguas tradiciones persas. Estancia XII, tomo II de su obra inmortal).
Las Mil y Una Noches, el Panchatantra y el Quijote.
Hay otro libro oriental que corre parejas con Las Mil y Una Noches, de las que viene a constituir casi el reverso, y es el Panchatantra o Cinco Series de cuentos, en los que los personajes no son ya hombres, hadas y genios, como en aquélla, sino animales que razonan … como los conspicuos hombres de nuestra época, orientados siempre hacia la utilidad, lo contante y sonante, LO posITiVo. Diríase también que entrambos libros están compendiados en uno por el genio inmortal de Cervantes. Las Mil y Una Noches, en efecto, con su idealismo sublime –salvando los pasajes intercalados por el semitismo árabe, su transmisor– son el prototipo del sublime Caballero de la Mancha, mientras que el Panchatantra es al modo del groserote Sancho Panza, del que hasta tiene una especie de resonancia fonética, y así como toda la literatura caballeresca deriva de aquéllas, toda nuestra mal llamada literatura didáctica, sobre todo la de las fábulas petites phrases, pensamientos, etc., deriva del segundo, por lo que Phedro, Esopo, Lafontaine, Samaniego y demás fabulistas, no son sino pálidos reflejos del moralismo de este último libro: libro admirable para comerciantes, parias y sudras orientales u occidentales; pero detestable y falso para sacerdotes y guerreros, pues, dígase lo que se quiera, la ley de castas existe y existirá siempre, aunque no físicamente o en sociedad, sino en la infinita gamma o escala de las almas.

Don José Alemany y Bolufer nos ha dado una traducción castellana del Panchatantra sánscrito, que también se puede llamar Hitopadesa o Instrucción provechosa, en cuyo prólogo diserta acerca del Libro de Califa y Dymna, que en el siglo VI fué traducido al pehlevi y de allí al persa y al árabe en el VIII y IX o sea en la época de mayor esplendor de los califatos de Damasco y Córdoba, por lo cual este libro y el de Las Mil y Una Noches, que ahora se traducen con interés por los pueblos de Europa, han sido conocidos desde la Edad Media en España, constituyendo esa copiosa literatura necia en unas ocasiones, sapientísima en otras, de los llamados pliegos de cordel, la más genuina fuente de inspiración del Príncipe de los Ingenios, de Calderón y, en general, de todos los escritores clásicos y del siglo de oro.
PRÓLOGO
H. P. B.1, nuestra Maestra en Ocultismo teórico –vulgo Teosofía–, después de constituir la Sociedad Teosófica y de escribir su admirable libro Isis sin Velo, clave de los Misterios antiguos y modernos, se dedicó, hacia el fin de sus días, a levantar ese ciclópeo monumento de nuestra época que lleva por título La Doctrina Secreta, síntesis de la Ciencia, Religión y Sabiduría, a base de extensos comentarios a un antiquísimo libro iniciático tibetano conocido por el nombre de Las Estancias de Dzyan, poema primitivo en el que se compendian las más puras enseñanzas arias sobre Cosmología y Antropología.

Emulando noblemente nosotros tamaña gallardía, aunque sin soñar siquiera en igualarla, hace tiempo que venimos pensando en realizar, hasta donde nuestras débiles fuerzas lo permitan, una labor análoga con el también libro iniciático parsi o ario que lleva por título Las mil y una noches, o bien Las mil noches y una noche, según el poco aceptable pleonasmo con el que nos le ha dado traducido al francés más recientemente el médico sirio doctor J. C. Mardrús.

¿Libro iniciático llamáis –nos dirá sorprendido el culto lector– a una abigarrada colección de viejos cuentos de niños, célebres no más que por lo absurdo de sus relatos maravillosos, donde campea sin freno alguno la exuberante fantasía oriental? ¿Libro iniciático a unos relatos que, en su traducción literal de Payne y de Burton, como en la de Mardrús reproducida en castellano por Blasco Ibáñez, son capaces de sonrojar al hombre más mundano por sus crudezas y libertades de lenguaje en lo que al sexo y al no sexo se refiere…?

Y, sin embargo, pese a todo esto, que es cierto, Las mil y una noches encierran una profunda revelación ocultista que no se debe desdeñar, y que seguramente no habrán de desdeñar los imparciales así que se internen en las páginas que subsiguen.

Desde luego las frases del prefacio de los editores de la referida versión española indican acertadamente que “la moral de los árabes –nuestros actuales transmisores del gran libro– es distinta de la nuestra; sus costumbres son otras y su carácter primitivo les hace ver como cosas naturales lo que para otros pueblos es motivo de escándalo. Al amor lo cubren de pocos velos y su vida social está basada en la poligamia. Además, este libro es un libro antiguo, y los escrúpulos morales cambian con los siglos. Sirva de ejemplo nuestra propia literatura, en la que los más grandes autores del Siglo de Oro aparecen usando con naturalidad palabras que hoy se consideran inmorales y nadie se atreve a repetir.”

“Los pueblos primitivos –dice el Sabio– llaman las cosas por su nombre y no encuentran nunca condenable lo que es natural, ni a la expresión sencilla de lo natural la llaman licenciosa –añade, a su vez, Mardrús al darnos la versión francesa–. La literatura árabe ignora totalmente ese producto odioso de la vejez espiritual que se llama intención pornográfica, ella ríe de todo corazón allí donde un puritano gemiría de escándalo… El árabe, ante una melodía de cañas y flautas, ante un lamento de kanun, un canto de mezzin o de almea, un cuento de subido color, un poema de aliteraciones en cascadas, un perfume de azahar o de jazmín, una danza de flor movida por la brisa, un vuelo de pájaro o la desnudez de una cortesana…, responde no con ese gesto bárbaro e inarmónico, vestigio indiscutible de las razas ancestrales antropófagas que danzaban en torno del poste de colores de la víctima, y del cual ha hecho Europa un signo de alegría burguesa…, sino con un ¡ah…! largo, sabiamente modulado y estático, porque el árabe es un instintivo exquisito que…, parco en palabras, sólo sabe soñar…”

Por fortuna, como nuestro intento en este estudio es muy otro que el de los citados traductores, y aun que el del texto árabe vertido, no necesitamos, en efecto, decir tanto. Podríamos, sí, de pasada, recordar las crudezas análogas y aun peores de la Biblia, libro sagrado de hebreos, cristianos y árabes en pasajes como los de El cantar de los cantares, Lot, Thamar, Ruth, judit, etc.; podríamos insistir en que la inmoralidad no está tanto en las cosas llamadas inmorales, como en los pecadores ojos de los que con reprensible delectación las miran. Hizo, pues, muy bien Mardrús en ser traduttore y no tradittore con su versión literal –literal hasta en el pleonástico título–, que es garantía de verdad, “cautivando en su desnudez de estatua con el aroma primitivo que así cristaliza”. Hizo aún mejor el viejo Galland del siglo XVIII en darnos el texto expurgado de tales cosas, si es que el original de donde tradujo, más puro en sí, quizá, que esotro texto árabe, las contenía; pero a nosotros, en nuestro más alto propósito comentador, nada de ello nos afecta, pues que desde luego no tratamos sino de meditar y hacer meditar en las purísimas doctrinas arias veladas más o menos, no tanto bajo el primitivo texto, que se dice perdido, cuanto bajo esotro “velo cruel de la carne corruptible”, que nos impide ver, según la universal leyenda, las excelsas realidades suprasensibles que están por encima del sexo mismo y que, como tales, no son reveladas sino con la iniciación ocultista durante esta vida, o con la muerte cuando con la carne desaparece el sexo y sus torturas –esas torturas que nos parecen aquí abajo delicias–, gracias precisamente a ese Velo del Sexo que asegura aquí abajo la continuidad de la especie; pero que no debe ni puede continuar allí donde la reproducción animal del hombre ya no continúa.

Porque en punto a “revelaciones”, como en todo, el buen ocultista debe atenerse estrictamente a la etimología, y si “velare” es echar un velo ocultador, “revelare”, “volver a velar”, es echar un segundo velo más tupido que el anterior, con lo cual, a vuelta de unas cuantas “revelaciones”, la verdad queda, al fin, enmascarada, personificada (del persona, personae, que significa en latín máscara o caricatura), es decir, sepultada, caricaturizada, vuelta al revés, cuando no absolutamente perdida e invisible, cual el tesoro que ha sido sepultado en las entrañas de la tierra o cual el rutilante sol de los cielos cuando se ve encapotado por negrísima nube tempestuosa, y al par eclipsado, allá arriba mismo, por la súbita interposición de la opaca luna… La tarea del ocultista, pues, al pretender alzar una punta del simbólico Velo de Isis, es decir, al buscar la Verdad sin Velos de Mentira, tiene que ir franca y derechamente contra todas las dichas Revelaciones”, y, considerándolas, como son, efectivas fábulas, o sean “verdades con ropaje de mentiras”, ir despojándolas, con paciente labor, de los múltiples velos con los que la encubren.

Siguiendo dicha ley, vemos, en efecto, que la traducción literal de Mardrús en el siglo XIX2, echa un velo reciente a la anterior de Galland en el siglo XVIII, y aquél ve en “el viejo libro” “una novela humana exuberante de pasión y con el lenguaje franco, juvenil y sonoro de esas muchachas sanas y morenas nacidas en las tiendas del Desierto que ya no existen; el sentido erótico, que sólo conduce a la alegría, sentido bien conocido de cuantos han vagabundeado por Oriente y cultivado amorosamente los adorables cafetines árabes donde se fuma el haschich, último regalo de Alah a los hombres”, mientras que la pureza de Galland, según el propio prologuista de Mardrús-Blasco Ibáñez, el genial y equivocado Gómez Carrillo, “le llevó a darnos dorados cuentos de niños”, que no son, como habremos de demostrar con nuestros comentarios, sino enseñanzas sublimes, por encima de las religiones vulgares y de la infatuada ciencia contemporánea. Si, pues, un solo siglo ha bastado para hacer más tupido el velo caído sobre aquel gran libro primitivo, ¿cuántos no serán los que desde los buenos tiempos de los parís y los devas parsis, de los que data, habrán caído también sobre el prodigioso libro?

Una exégesis detenida de los orígenes de Las mil y una noches, en lo que alcanzar pueda nuestra falta casi absoluta de datos históricos, se hace, pues, indispensable desde el comienzo mismo de la tarea que nos hemos impuesto como ocultistas, es decir, como desveladores de lo que yace archivelado, oculto y como perdido.

Empecemos por lo que nos enseñan los editores de la obra de Mardrús, siguiendo, no el orden histórico, sino el inverso del que va levantando los antedichos velos de los siglos.

“El doctor J. C. Mardrús –nos dicen– acometió hace algunos años la empresa de dar a conocer al público europeo la magna obra con toda su frescura original. Mardrús era árabe de nacimiento y francés de nacionalidad. Nació en Siria, hijo de una noble familia de musulmanes del Cáucaso que, por haberse opuesto a la dominación rusa, tuvieron que trasladarse a Egipto. Muchos de los cuentos que años después habría de fijar para siempre con su pluma de traductor artista los escuchó de niño en el regazo de las domésticas mahometanas o en las calles estrechas y sombreadas del Cairo. Después de haber estudiado la Medicina y viajado mucho por los mares Pérsico e Índico como médico de navío, sintió el propósito de condensar para siempre la grande obra literaria de su raza, conocida sólo en fragmentos y con irritantes amputaciones. A esta empresa enorme ha dedicado gran parte de su vida, escribiendo los relatos oídos en las plazas del Cairo, los cafés de Damasco y de Bagdad o los aduares del Yemen, joyas literarias mantenidas únicamente por la tradición oral y que podían perderse. Como los poemas de los rapsodas que después figuraron bajo el nombre de Homero; como el Romancero del Cid y como todas las epopeyas populares, el gran poema árabe es de diversos autores, según ya hemos dicho, y distintos pueblos han colaborado en él a través de los siglos. Los cuentos sobrevivían sueltos, guardados por la memoria de los cuentistas populares y la pluma de los escribas públicos. El doctor Mardrús tuvo que peregrinar por todo el Oriente (Egipto, Asia Menor, Persia, Indostán), anotando viejos relatos y adquiriendo manuscritos, hasta completar en sus menores detalles la célebre obra. La frescura original, la ingenuidad de los primeros autores, han sido respetadas por Mardrús, pero realzándolas y adornándolas con su maestría de artista moderno. El doctor Mardrús es un notable escritor, y la celebridad literaria le acompaña doblemente en su hogar, pues está casado con la exquisita novelista francesa Lucía Delarne-Mardrús. Para su trabajo le han servido de base las ediciones egipcias más ricas en expresiones de árabe popular, pero las ha enriquecido considerablemente con nuevos cuentos y escenas, sacados de la tradición oral y de los valiosos manuscritos adquiridos en sus viajes.”

Por confesión propia sabemos, pues: a) Que Mardrús, si bien por su abolengo era montañés parsi (hoy diríamos armenio, no persa), por su nacimiento, educación y tendencias era egipcio y sirio, cosa muy importante para nuestra creencia de que Las mil y una noches son arias o parsis en su origen, habiéndolas envilecido luego los semitas con su sexualismo a través de muchos siglos. b) Que fué médico, con la natural propensión ideológica, pues, hacía el positivismo científico y el sensualismo poético también de que toda su labor aparece tocada. c) Que viajó por los mares y tierras del Océano Índico, poniéndose en contacto así con todas las leyendas populares de aquellos pueblos sensualistas, tan diferentes de la pureza prístina que tremola en todos los grandes libros religiosos del pasado –como lo fueron Las mil y una noches en su origen– sin excluir ni aun la moderna de Jesús, que en los Evangelios resplandece, y que era aria también, o sea por encima del sexo. d) Que domésticas, cafés-fumaderos, plazas y caravaneros rudísimos le suministraron tradiciones orales derivadas del perdido libro y adornadas, como es natural, con los sensuales fantaseos y gráfica fraseología propia de tales lugares y gentes. e) Que aun a los viejos manuscritos que recabó aquí y allá ha realzado su fresca ingenuidad, adornándolas con su maestría de artista moderno, es decir glosándolas al uso sexual de tanta lamentable literatura francesa que parece sólo hecha por el sexo y para el sexo. f) Que ha consultado las ediciones egipcias más ricas en expresiones de árabe popular, cuando las ediciones egipcias, en punto al problema del sexo, son las más semitas y las menos arias, e influenciadas además por los rigores excitantes del clima del trópico. g) Que la protagonista Schahrazada es muy otra en esta versión que en la de Galland, como veremos a su tiempo. h) Que todo ello hacen buena, contra el prologuista español, la opinión de los entusiastas de la tradición clásica de este último, quienes, según Gómez Carrillo, oponen que “en la versión nueva de Mardrús hay más detalles, más literatura, más pecado y más lujo, pero no más poesía ni más prodigio. Por cantar más, los árboles no cantan mejor, y por hablar con superior elocuencia, el agua no habla con mayor gracia. Todo lo estupendo que aquí vemos: las pedrerías animadas, las rocas que oyen, las odres llenas de ladrones, los muros que se abren, los pájaros que dan consejos, las princesas que se transforman, los leones domésticos, los ídolos que se hacen invisibles, todo lo feétique, en fin, estaba ya en el viejo e ingenuo libro. Lo único que el doctor Mardrús ha aumentado es la parte humana –es decir, la pasión, los refinamientos y el dolor–. La nueva Schahrazada es más artista. También es más psicóloga. Con detalles infinitos, explica las sensaciones de los mercaderes sanguinarios durante las noches de rapto, y las locuras de los sultanes en los días de orgía. Pero no agrega un solo metro al salto del caballo de bronce, ni hace mayores las alas del águila Roc, ni da mejores talismanes a los príncipes amorosos, ni pone más pingues riquezas en las cavernas de la montaña, en fin… De lo que es la palpitación formidable de la vida, Galland hizo unes cuantos apólogos morales.”

Convenimos con Mardrús en que sólo existe un método honrado y lógico de traducción: “la traducción literal” –y en tal sentido nos libraremos muy bien de censurarle–; pero los partidarios de su traducción literal no pueden ver ya en la clásica obra sino una obra más de literatura al uso, siquiera sea la primera en mérito y en tiempo, donde aparece el Oriente “con sus fantasías exuberantes, con sus orgías sanguinarias, con sus pompas inverosímiles, en las que se respira el perfume de los jazmines de Persia y de las rosas de Babilonia, mezclado con el aroma de los besos morenos, como un sueño de opio”… Todo menos el dulce y santo apólogo que nos aportó Galland, y tras el cual, como tras el ropaje embustero de toda fábula, hay que buscar una Verdad perdida. Pasar, pues, de la nueva versión de Mardrús a la anterior de Galland, por muy incompleta que ésta parezca comparada con aquélla, es ya quitarla un velo, el velo de la última degradación sexual-oriental semítica y de la última degeneración europea, tenida, ¡oh dolor, y oh envilecimiento de gustos!, por la suprema palabra de la literatura sin belleza y sin humanos objetivos: ¡una degeneración, en fin, en la que el polo negativo del sexo se ha subido a la cabeza y a nublado al polo positivo de la mente en daño mismo del sexo y de la especie!

El pensamiento no tiene sexo; el alma humana, tampoco, y aun el verdadero amor que lleva a la unión santa del hombre y la mujer para constituir esa mónada social que se llama la familia, no es genuinamente sexual en su principio, sino que es algo más puro, pues que empieza por la simpatía y la fantasía a alturas verdaderamente excelsas que, si bien acaban en lógica unión física, es por mera y natural caída de la rueda del progreso en sus ciclos, como de la nieve pura cuando pasa a agua, el agua pura cuando pasa a cieno y el fecundo cieno, en fin, del que las rosas brotan en el curso, ascendente ya de nuevo, de todo ciclo… ¿Acaso cuando el astro rutilante se eleva en los cielos del lago no es cuando parece sepultarse más y más en las ondas del lago mismo?

Pero Mardrús se equivoca y con él cuantos le siguen. Las mil y una noches, en efecto, no son, como él dice, “la gran obra imaginativa de los cuentistas semitas”, sino un destrozado resto de la obra iniciática de los arios de Bactriana o de Armenia, mejor o peor reflejado ya en el Hazar Afsanah persa, que se cree perdido, como éste lo fué a su vez en el Muraf Al Dahab Va Djanhar, del siglo IX, atribuido al historiador del Califato Abul Hanan Ali Al Marudi, y en el Kitab Al Fihrist de Mohamed ben Ishak Al Nadim, del siglo X, a base de cuyas obras han formado los semitas posteriores el libro que conocemos tan plagado de sensualismo coránico y bíblico y tan alejado, por consiguiente, ya de la pureza prístina de los jainos, parsis, hindúes, buddhistas, esenios y demás instituciones iniciáticas que ya le conocían más que en su letra en su espíritu. Sólo, sí, tienen razón aquellos en que tal y conforme hoy se nos da, no es una obra consciente, reflexiva y de uno o varios autores sucesivos, sino que es un libro como de aluvión, en cuya formación –o desintegración lenta, más bien– abarca en sí, pese a su origen persa, toda la demopedia o folk-lore islamita, “copiada y recopiada mil veces por escritos dispuestos a hacer intervenir su dialecto natal en el dialecto de los manuscritos que les servían de originales, acabando por ser así un receptáculo confuso de todas las formas del árabe, desde las más antiguas hasta las más recientes”3.

Los autores nos llevan, como vemos, hasta el siglo X o el IX en su excursión retrospectiva para encontrar en dicha época los orígenes del gran libro. Pero esta época que con más o menos se corresponde la de los esplendores del califato árabe de Damasco, Bagdad y Córdoba, no es la que viera nacer a dicha obra iniciativa, y la razón es bien sencilla: sus protagonistas no son árabes, sino persas, hindúes y tártaros; no aparecen huríes coránicas, sino paris y devas persas; no se usan nombres árabes genuinos, sino nombres más o menos sánscritos arabizados y en los que el del Sol, la Luna, los jinas, los devas, los afrites juegan el principal papel, como iremos notando oportunamente.

Además, el repetido libro es pariente muy próximo de otras dos obras maestras o sánscritas de los arios: el Hítopadesa o “Instrucción provechosa”, y el libro de Califa y Dymna, que hacia el siglo VI fueron traducidos al pelhevi y de allí al persa y al árabe en los siglos VIII y IX, o sea en la época en que la cultura mahometana llegó a su máximo esplendor. Nuestro filósofo don José Alemany y Bolufer, al damos la versión castellana del Panchatantra sánscrito o “Libro de las cinco series de cuentos”, hace de los dos nombres de Kalila y Dymna meros antecesores de los de Schahrazada y Dinarzada, protagonistas de las mil y una noches, por cuanto los nombres sánscritos Karata-ka y Damana-ka (o Karata y Damana, sin el subfijo ka diminutivo) equivalen, el uno al de “domadora o triunfadora” (bien adecuado, pues que dominó con su inteligencia de iniciada, al lúbrico y sanguinario Shah-kariar, “el sacrificador”) y el otro al de “corneja o astuta” (la célebre corneja o abubilla confidente tan célebre en muchos suras del Corán), con todo lo cual, la filiación aria del consabido libro queda ya establecida, sin que tengamos necesidad de internamos en difíciles etimologías. No estará demás, sin embargo, que, para ulteriores investigaciones de los doctos, apuntemos que el título persa con el que empezamos a conocer Las mil y una noches es el de Hazar-Afsanah (¿azahar, perfume de los Asanidas, esenios o “curadores”?) y en los otros títulos, árabes ya, de Al-Dahab-ua-djanbar y de Al-Kitab-al-Fihrist, aparece el inevitable nombre de los djanhaur, djainos, djins, janos o jinas, como en el de Alf-lailah–ua–lailah, aparece a su vez el típico nombre de Ka-lailah o Kalila de aquel otro libro ario más primitivo.

Porque hay qúe decirlo sin ambages, aunque nuestros doctos actuales de la gran novela humana, exuberante de pasión y de “sangre”, se escandalicen. El velo de la obra empieza en su título mismo, compuesto de un jeroglífico, el de “mil y una” y de un nombre simbólico de “noche”, equivalente al de “ocultación o velo”, y dicho jeroglífico, en sí, es una clave más antigua y más preciosa que cualquier otra. “Mil y una”, en simbología numérica, se escribe, en efecto, así: , y deshaciendo el jeroglífico se pasa a este otro que, soldado luego en uno, nos lleva al signo lingual védico , última e incomprendida letra de las cuarenta y nueve del alfabeto sánscrito de los arios, del que se pasa con entera facilidad (Bibl. de las Marav., t. II, pág. 293) al caduceo de Mercurio a la “serpiente buena y mala”, o Agatho-daimon y Kaco-daimon de la célebre Tau de Moisés y de los sacerdotes de faraón (Génesis, Éxodo, cap. VII) y, en fin, con una nueva descomposición por notaricón, al conocido jeroglífico o Isis. “Mil y una noches” fonéticamente equivale, pues, a VELO DE ISIS, o sea a “Libro en que ciertas verdades iniciáticas yacen ocultas”.

Concordando con estos asertos, nos dice por eso la Maestra H. P. B. que “en medio de los fantásticos desatinos de Las mil y una noches, mucho podría encontrarse digno de atención si lo relacionásemos con el desenvolvimiento de alguna verdad histórica. La Odisea de Homero, por ejemplo, sobrepuja en aparente falta de sentido común a todos los dichos cuentos juntos, y, a pesar de ello, está probado que algunos de sus mitos son mucho más que la creación imaginativa del viejo bardo, porque, como dijo Platón, los mitos son vestiduras poéticas envolventes de grandes verdades bien dignas de ser meditadas”.

Digamos, ante todo, que los precedentes del admirable libro están muy obscuros, por ser ellos verdaderas “agadas” tradicionales de una edad más feliz en que los jinas, dioses o ángeles, convivían con los hombres. La crítica histórica, para hallar las verdaderas fuentes de él, tendría, pues, que remontarse a los más antiguos tiempos pelasgos o arios de Persia, buceando entre la inextricable selva de sus narraciones algo de lo que constituyese la raigambre popular y bárdica de la que siglos más tarde hiciesen los primeros poetas épico-eruditos sus admiradas producciones. En efecto, aunque los positivistas escépticos que van quedando, rezagados ya del creciente renacimiento espiritualista de la post-guerra, nos digan autoritariamente que ello no prueba sino que son “ensueños de la imaginación, tan felizmente combinados, que gozan del envidiable privilegio de sugestionar por igual con su belleza a los grandes como a los chicos”. Para el crítico serio, sin embargo, semejantes repeticiones de hechos extraños, inexplicables, producidas en puntos inmensamente alejados unos de otros en tiempo y en espacio, toman todos los caracteres que asigna la lógica a la tradición o constante testimonio de los siglos. Muchos menos testimonios contestes de hechos han bastado, en efecto, para tener por indudables no pocas de nuestras cosas deputadas como científicas.

Además, ello nos llevaría a tropezar de manos a boca con un descubrimiento pasmoso: el de que la activa o creadora imaginación del hombre, que aquellos ciegos confunden intencionadamente con la pasiva y alocada fantasía, corre siempre por los mismos cauces desde que el mundo es mundo, como respondiendo, por tanto, a leyes inmutables que no son sino las entrevistas leyes del mundo de los jinas. Para que el lector pueda apreciar, pues, en todo cuanto valen semejantes concomitancias, no estará de más, como hemos dicho en otro libro, el que haga con nosotros una excursión ligera por el campo de aquellos preciosos “cuentos de niños”, que no son sino “altísimas verdades de viejos” en su incomprendido simbolismo de fábulas efectivas. Está tan maleada, por desgracia, nuestra presente Humanidad y la Historia tan llena de errores (no digamos patrañas, porque al tenor de la etimología, “patrañas” es “cosa de los padres” o santa tradición), que siempre nos sería licito, por vía de asepsia moral, el buscar la Verdad en esas poderosas fuentes de Belleza pristina que se llaman “las fábulas” y “los niños”.

“¿Quien, por ejemplo, como hemos dicho en otro lugar, no recuerda la leyenda de Aladín, o Alah-djin, el jina bueno, “el jina de Alah”? Ella sola bastaría para probar el intento de este capítulo. En efecto, un sér puro, un niño (que niños se llaman en el lenguaje iniciático a todos los que empiezan a recorrer el Sendero), hijo de un “sastre”, quiere decir de un santo hombre conocedor de los “shastras” o versículos sagrados védicos, conoce a un hechicero, quien trata utilizarle en el proyecto de robar cierta lámpara maravillosa (la del Conocimiento iniciático) escondida allá en las grutas de lejanísimas montañas. Llegados al sitio, tras el más penoso viaje, el niño, por la virtud del anillo del mago levanta una gran losa blanca y penetra animoso en el subterráneo, donde, a vuelta de mil prodigios, como los que el coronel Olcott nos narra en otro lugar de esta Biblioteca (t. II, cap. I) y referentes a otro niño de Bombay que también logra bajar de igual modo al mundo de los jinas, se ve rodeado de un verdadero paraíso al modo de los que anteriormente van descriptos. Allí ve “al pájaro que habla” (como le viese y oyese el Sigfredo de Wagner bajo el tilo), “a la fuente que mana oro” y al “árbol que canta”. Por fin roba la lámpara maravillosa y por ella conoce las perversas intenciones del hechicero a quien, astuto, logra dejar encerrado en el subterráneo, mientras que él, gracias a la lámpara y al anillo, logra mágicamente cuantas riquezas pueden apetecerse en este mundo y los tremebundos poderes de la Magia Negra?

¿Quién no recuerda asimismo las aventuras de Simbad el Marino? El Ave-roc que le lleva raudo por la región de los aires hasta hacerle conquistar un verdadero Vellocino de oro, no es sino la famosa Ave-Fénix de los griegos; el Pájaro Garuna de los parsis; el Ave-Li del gran poema chino del Li-sao (t. IV, pág. 210) y en la que el poeta pre-cristiano visita las recónditas soledades iniciáticas del Tíbet, tornando luego a este bajo mundo de los hombres tan rico de bienes como de espíritu, porque es sabido que la miseria física de éstos no es sino el karma, reflejo o consecuencia de su miseria moral, y por eso, como dice el Evangelio, “debemos tan sólo buscar el Reino de Dios y su Justicia (mundo jina, del Ideal), que lo demás nos será dado por añadidura”. Si las riquezas físicas viniesen, en efecto, siempre a la par que las morales, y no después (ora en este mundo, ora en el de los jinas), seríamos virtuosos… por egoísmo, es decir, careceríamos de toda virtud efectiva y basada en la renunciación del sacrificio. Y cuento tras cuento del gran libro, en todos ellos aparecen los nombres jinas, sus jardines encantados, sus tesoros inauditos y su perfecta liberación ene-dimensional de esta nuestra triste cárcel de materia física, impenetrable para nosotros como tal, pero perfectamente penetrable para ellos, como seres hiperfísicos, y desde la que pueden establecer sus espirituales protecciones sobre los justos, de quienes es tal mundo.”

Por eso la influencia científica y literaria de Las mil y una noches, en esta nuestra época de egoísmos groseros, ha trascendido en toda su integridad hasta el teatro mismo.

Véase si no lo que acerca de la resonante adaptación a la escena, hecha por Maurice Verne, dice en una de sus Crónicas de El Liberal el genial Gómez Carrillo:

“Hasta hoy, casi todos se habían contentado, cuando de adaptar las Mil noches tratábase, de estilizar teatralmente una historia determinada. Habíamos visto, en los bailes rusos, en las pantomimas alemanas, en las comedias francesas y en las operetas inglesas, las aventuras del rey Schariar y de su hermano Schazaman, las del visir Nureddin y de su hermano Chamsedin, las del Príncipe Diamante, las de la Dulce Amiga y hasta las de Fairuz y su esposa. ¡Son tan ricos los afrites que de cualquiera de sus boscajes o de sus cavernas pueden sacar, en un segundo, el oro, el ámbar y la púrpura que para embellecer una velada necesitan los mortales! Mas al mismo tiempo que ricos, son recelosos. Y si al que les pide ensueños, por el amor de Alá, con suave humildad, le dan sin contar, al que pretende despojarlos de sus tesoros filosóficos, con orgullo de conquistadores, lo castigan convirtiendo su oro en oropel y sus pedrerías en pedruscos obscuros. Maurice Verne, seguro de su gran talento, se propuso no sólo encerrar en unas cuantas escenas simbólicas todo el espíritu de las Mil noches y una noche, sino también sacar de ese conjunto instintivo, sensual y alegre una especie de austera lección filosófica. Para él Scherazada es algo así como un ser superhembra, que tiene la misión de salvar de la muerte a todas sus hermanas amenazadas por la sanguinaria desconfianza del rey Schariar y también de convertir a su tirano en un monarca suave, piadoso, algo débil, algo tembloroso, muy humano y muy poco oriental. ¿Es, acaso, que en el original no existe nada de esto? Sí; sí existe. La verdadera contadora de cuentos es la más sutil, la más bella, la más fuerte, la más sabia entre las doncellas de Sassan, en las islas de la India y de la China. Cuando su padre, el visir, la dice que el rey, después de haber sido engañado por sus favoritas, se propone no tener sino esposas de una noche, para hacerlas degollar, una por una, al día siguiente, lejos de esconderse cual las demás vírgenes del lugar, exclama: “¡Por Alá!, padre, cásame con el rey, pues si no me mata, seré yo la causa del rescate de las hijas de los muslemines y podré salvarlas de entre las manos del verdugo.” Y al oír las naturales protestas del visir, agrega: “Es imprescindible que lo hagas.” Así, nada más exacto que la misión voluntaria y providencial de la heroína. Sólo que Maurice Verne no se contenta con presentarla fuerte, sutil y apostólica. Quiere, asimismo, conservarla pura e inmaculada durante las mil noches, y hacerla tan seductora, que a sus plantas el monarca olvida sus deberes, hasta el punto de que sus súbditos llegan a creer que ha muerto. Esto es tan falso, que basta para quitar al poema su sabor y su significación secretas… Maurice Verne nos ha dicho que su intención no es vaga, sino precisa. “Adaptar un solo cuento –escribe– es tal vez ofrecer algunas bellas imágenes. No veo que sea necesario. Los cuentos existen y se hallan al alcance de la mano de todos los que poseen el libro. Lo preciso era representar la intensidad espiritual del conjunto, hacer la síntesis y destinar la savia pura de las deliciosas ficciones.” Es, pues, una obra escrupulosa y leal, una obra de sabiduría exacta, una obra casi científica, la que el dramaturgo parisiense nos promete en esas líneas.”

Ahora bien; lo que Maurice Verne se propuso hacer en el teatro, y mucho más si ello nos fuera dable, es lo que ahora nos proponemos nosotros con el presente libro: Representar, sacar a la luz del día la teosófica intensidad espiritual de conjunto que a raudales brota del clásico libro cuando, con las claves de nuestra alta doctrina, empezamos a leerle entre líneas, despojándole de los velos con que la fábula secular los ha revestido, y con el piadosísimo fin redentor que entrañan estas frases del texto:

“Para que las leyendas de los antiguos sirvan de lección a los modernos y aprenda en ellas el hombre sucesos y enseñanzas de otros que no son él. Comparando así las palabras de los pueblos pasados y sus prósperos o adversos sucesos, según se hayan conducido en la vida, escarmentarán, en cabeza ajena, de estos últimos, y se reprimirán … ¡Gloria, pues, a quien guarda los relatos de los primeros como lección dedicada a los segundos!.

Esta es la Historia derivando de la Novela y de la fábula para bien del mundo, en vez de la fábula hecha Historia para desgracia de la Humanidad y que llevamos padeciendo desde Herodoto y Eusebio de Césares hasta nuestros días. Esta es la más pura, la más arcaica de las enseñanzas y cuyo origen está en la misma Religión-Sabiduría de los primeros lemures y atlantes, o Teosofía de las Edades. Este es, en fin, el tronco místico-religioso de todas las Escrituras Sagradas, fábulas prodigiosas en sus ficciones y parábolas, ciencia, y, más que ciencia, en su “moraleja” o enseñanza interior esotérica que primero ha sido velada en los nombres de los personajes Elohim, Jehovah, Adán, Noé, Abraham, Sahara, etc., en los que sus letras respectivas no son sino valores geométricos de relaciones secretas entre las letras y los números, y luego hase vuelto a velar, o sea a “re-velar”, haciendo de estos nombres personajes de una admirable y sabrosa fábula, ni más ni menos que aun en nuestros días hizo con su Ponos la luminosa inteligencia de nuestro Melitón Martín, o como se ve en el alto teatro de Wagner con Parsifal “el puro”, “el parsi”; con Sigmundo, “boca de paz”; Fridmundo, “el amigo de todos”; Welso, “el lobo”; Urwala, Walkyria, Norna, etc., medio el más hermoso, si no el único, de escribir entre líneas, y que reaparece periódicamente en las épocas de persecución del pensamiento humano en esos “lenguajes convenidos” del espionaje moderno, o de la jerga misteriosa de masones, rosacruces y alquimistas…

¿Lo dudáis, lectores? Pues adentraos por las páginas de este libro y en él veréis, desde la Introducción misma, aparecer la trama de una interesantísima fábula o novela; tras ella unos nombres, simbólicos siempre, y tras los nombres unos valores fonéticos, numéricos, geométricos, emblemáticos o históricos, según los casos, los mismos siempre en todos los libros religiosos dentro del respectivo lenguaje en el que están escritos, fábulas y nombres que no son sino los hilos del clásico VELO DE ISIS.
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