Delirios que me trajo el viento






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fecha de publicación28.06.2015
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Alejandra ReyDelirios que me trajo el viento

Quizás con un beso calmemos la furia de puertas afuera... ¿dale? ¿Si? ¿Me das un beso?, uno de esos gigantes gigantes, uno dulce, sincero... ¿si? ¿si? ¿si? No seas malo, vení, abrazame y besame, hagamos el amor. No he conocido nada más parecido al paraíso de esa imagen nuestra, ojos a ojos, fundiéndonos la piel. Mirate las manos ¿ves entre tus dedos los míos entrelazados? Mirá que la gente no tiene la culpa y hay chicos caminando bajo el viento. De arrebatos pienso que si vos y yo estamos juntos convertimos esa ira en una brisa que les ayude a creer. Dale, ¿aceptas? Sueño que juntos podríamos contra el mundo, que tus manos y las mías cambiarían el rumbo de la historia. ¿Dale que escribimos un cuento de volver las cosas realidad? No nos vamos a rendir justo ahora, ¿qué queda para ellos si fuera así? Asomá la nariz a la calle. No vamos a confundirnos con los que no creen, ¡no!, si vos y yo nos encontramos a pesar de las distracciones que nos puso la rutina en el camino. Salgamos a despertar gente por el mundo. ¡¿Te imaginás qué feliz?! Ayudame, ¿querés?, que la tarea no es cosa sencilla. Nos tomamos la mano y salimos a andar, vayamos a despabilar dormidos. Si hasta tenemos la misma arma para esta lucha entre las manos. Tengamos un mundo donde todo se puede y salgamos a la calle, bien temprano a intentar contagiar a los demás. Provoquemos envidia en lo que no se atreven a quererse, miremos a la cara a los que nos quisieron convencer que el amor va de desmemoria, de aburrimiento, de melancolía, de culpa, de dolor, de egoísmo, de cosas sin sabor ni sentido repetidas, y gritemos que no les creemos nada. No dejemos que las circunstancias nos apaguen, nos hagan naufragar. No digamos palabras como desaparecer o abandonar, o desconfiar o temer.... que no tengan lugar entre nosotros. Si tus labios en mi voz y tus palabras en mi boca saben que la vida es otra cosa, distinta a las anclas que nos cortaron el vuelo, enemiga de asumirse muerto y rendido tan temprano, lejana a esto de sobrevivir. Dale, que las espaldas juntas saben que soportan otro peso, que el mundo afuera es violento, mortal, que los días están sedientos de vivir diferente, que los ojos extrañan esa humedad, que esto no es casual, y alrededor está plagado de señales, que lo nuestro no es a destiempo, si no hay otra hora para vivir que la de esta vida. Dale, ¿aceptás? Agarrame la mano, no te sueltes ahora. Yo estoy para evitar el golpe si la historia te sacude tan fuerte que intenta hacerte caer. Como el juego de la confianza, ¿lo conocés? Dale, apurate, que la nostalgia está un tanto debilitada luego del embate que tantos le han metido. Dale que casi la convencemos de que no es tan poderosa como se creyó siempre. Dale que le encontramos el talón de Aquiles a lo que hace tiempo asumimos como única realidad. Dale que quizás hasta encontremos la manera de resignificarlo todo. Dale que tu sonrisa sabe de lo contagiosa de la mía. ¿Venís? Te espero, pero apurate... que el enemigo está engordado con tantos años de soledad.

No-amarte

Te conté que ayer, de regreso a casa, venía pensando en algo para escribirte, y que con las horas esa idea se me había perdido en algún sitio. Bueno; el sueño me la ha traído de vuelta, no tan bonita como sucede con la espontaneidad, pero ya.

Pensaba en vos, apresurando los pasos para contagiar al reloj y hacerlo dar la hora de la cita de una buena vez. Y entre pensarte te repetía entre mis brazos, y era tan inmenso el recuerdo que hasta creí que podía abrazarte, fuese donde fuese que en ese instante te encontrases. Podía, cerrando los ojos, sentirte el perfume, y respirarlo tan hondo que me impregnaba hasta la última exhalación. Y por debajo de los párpados, tus ojitos tiernos que no dejaban de mirarme, aunque sus pupilas estuviesen reflejando cualquier otro lugar fuera de mí.

El camino me declaraba completamente culpable de amarte. El pulso temblaba al ritmo de esa convicción; porque amar quizás nos haya sido un tanto ingrato hasta hoy. Los dedos se me escondían, argumentando que la presura, que el frío; pero era más bien esa sensación parecida al miedo que a veces la eternidad nos da. Y la razón, los atisbos de lo que debiese ser la prudente cordura, de índice extendido directo al apuro desmedido, a la locura, al delirio y a su inconveniente desesperación. Claro, todos los pronósticos del mundo se enemistan con la idea de tremenda declaración; y los días se nos llenan de plazos maduros; de listas de gustos, formas y colores; de vueltas de reloj, de consejos que amedrentan; de tragos amargos, resabio de las malas experiencias. ¡Y yo que gritaba entre susurros que me había enamorado de vos!

¿Sabés que creo? Que el tiempo que la gente se toma para declararse rendido es el mismo que insume en moldear el envase más “oportuno”, para demarcar, circunscribir, delimitar, ajustar, delinear, ceñir, eso que de golpe lo ha tumbado. Que los días, las citas consecutivas, la “construcción” responde nada más que al temor. Temor a perder lo que no es de uno, lo que no nos puede, por definición, pertenecer. Y de ahí en más, todo se trata de mantenerle las alas prolijamente recortadas.

Tal vez el error haya sido haberlo nombrado tantas veces en vano; haberlo mal-contaminado entre tanta gente, queriéndose apoderar de esa otra tanta gente. Quizás sería más aconsejable no nombrarlo, dejar que las cosas sucedan en silencio, porque es muy fácil caer en esa errada definición, tan frecuente. Pero es tan bello leer o escuchar lo que el otro siente…

El amor es otra cosa. Es esto que te sucede sin que nada puedas hacer en contra de ello. Son estas ganas de robarte más no sea una sonrisa. Esta sensación anti-egoísta que lleva consigo la felicidad en efecto dominó. Es que unos besos contagien a otros labios de un sabor que llevarán consigo por más otras bocas con que el destino los encuentre. Es esta virtud de contener el mismísimo universo en una sola palabra, y hacer que el vértigo del mundo quede anclado a la inmensidad de un segundo, aunque este jamás se repita.

Nada debería hacernos sentir más libres que amar. Pero en este mundo se han propuesto encerrarlo. Si así fuese, si ellos fueran los que tienen razón, si amar se tratara de ir en dirección opuesta al vuelo, pues entonces quisiera no-amarte.

Quisiera que te aferrases a mi mano y me ayudases a enseñarle al mundo una nueva definición.

Te vas

Te vas y yo quedo pensando en que lo más bello de verte partir es la ilusión de que regreses... aunque eso nunca sucediese.

Me acuerdo aquella invitación, a la que nunca respondiste, de dejarnos llevar por la ficción. Cuando me mirás a los ojos en noches como anoche, siento que a la pausa le quedaría bien decir que te amo, que respondas que vos también; aunque quererse sea algo que en otros momentos del día tengamos prohibido.

Porque si quisiera perderme en una historia de amor, sin lugar a dudas sería en una como esta, que me salvaguarde de intoxicarme de cordura.

Juego a que esa ternura que nos abraza de golpe, nos eleva quizás más allá del amor, a un lugar donde ni él mismo tenga sitio; a que tiene la fuerza para salvarnos de la soledad, de la tristeza de esos putos días.

Creo un lugar distinto, un paréntesis en el mundo, un espacio común, donde no necesitemos armadura, donde dejamos caer las defensas y nos entregamos, seguros, a salvo, fundidos en el abrazo, tomados de la mano para no caer.

Te vas, y también es bello pensar a todos los sitios que andaré con vos, a todos los que te llevaré conmigo.

Horas insanas

Hoy es once de mayo. La casa está vacía de gentes pero llena de silencios. Igual que hace un año. Como si las cosas se repitiesen una y otra vez, la computadora recorre la misma lista de temas que, casualmente, son los únicos que he podido rescatar del formateo del disco. Afuera el clima tan inclemente como acostumbra a esta altura del año; digamos que eso no es casual. El teléfono idénticamente desesperado a mayo del año anterior. Y él en silencio.

No es fácil transitar la soledad, y mucho menos sus primeros pasos. Hay cosas absurdas, como el sonido de la hornalla que calefacciona la casa (el año pasado también estaba averiado el calefactor) que se convierte en algo así como el sonido del mismísimo infierno. Pensar que en horas de compañía esa misma melodía tentaba a descansar; y hoy no me da tregua.

Estiro una sábana sobre el sillón pues ya no tiene mucho sentido ocupar la cama; además es peligroso su desabrigo. Me recuesto y enciendo un cigarrillo. El humo entre la oscuridad danza, de aquí para allá, hasta formar la figura exacta de su recuerdo. Tiemblo porque conozco el resultado de ese ritual, y sólo pensarme otra vez haciéndole el amor a los restos de su perfume me llena de miedo. Apago el cigarrillo intentando apresurar la llegada del sueño, doy la vuelta, me tapo. Pero no hay caso, la almohada ya ha hecho carne de su aroma. Definitivamente alguien está allí, detrás de la historia, esperando el momento justo para dar el zarpazo, pues Filio ha alterado el orden de la lista de reproducción y hasta parece haberse tragado alguna estrofa con tal de repetirme eso de que la mañana se puede recortar para enviarla donde él despierta. Suspiro; ni siquiera sé dónde está ese sitio.

Cierro los ojos y lo veo, parado sobre el escenario. No sólo canta, es algo más. Sus dedos recorren las cuerdas de la guitarra con la misma ciencia que han trazado este trayecto imborrable sobre mi piel. Quién pudiera devolverle a sus caricias tan entonadas melodías, quién pudiera ser canción.

El silencio corta el poco oxígeno sano que me rodea y repito su nombre, una, dos, tres veces. Lo nombro una y otra vez, rogando que llegue. Y es allí, en ese preciso instante en que la ficción acude a mi rescate y me salva del naufragio.

Sonrío mientras lleno sus espacios vacíos con excusas absurdas, con intenciones irreales, con palabras no dichas. Recorro cada mensaje, de los pocos que me escribe, varias veces y así parecen ser más. Entonces recuerdo la última vez que lo vi y dibujo conexiones que me alcancen para lograr la paz necesaria aunque no esté.

Hoy es once de mayo, hace un año nacía esta historia y hoy, a las doce exactas, me buscaba entre la gente de la sala para dedicarme esa canción que tanto me gustaría merecer. No ha podido venir conmigo, no ha contestado nada de lo que le he dicho, pero sé que entre la gente esos ojos me buscaron hasta encontrarme, y esa sonrisa de manantial, al cruzarse conmigo, era toda para mi.

Hace unos días estuvo acá, acostado entre mis besos. Inspiro profundo y voy hasta la pequeña caja que está junto a la puerta, donde guardo los tesoros. Revuelvo entre atados de cigarrillos vacíos, gruyas de papel de beldent, la letra de mi canción, horas de infinita espera, hasta que encuentro su pañuelo. Lo abrazo fuertemente contra mi pecho y es como si esa tela cobrara de pronto la dimensión de su cuerpo. Lo huelo, lo saboreo, lo acaricio, y decido llevarlo a la cama conmigo.

Lo desnudo, siempre a media luz, y recorro cada uno de sus centímetros con los ojos cerrados, pues en estos meses me lo he aprendido de memoria. Repentinamente las paredes de la habitación parecen murmurar multitudes, el mundo se llena de gentes, pero nunca lo pierdo entre el tumulto. Y si me alejo unos pasos soy testigo de esa magia de encontrarnos siempre, como si el cosmos todo se configurase para juntarnos. Sonrío y me acerco a él nuevamente, confesándole lo mucho que me vale verlo sonreír ante la evidencia y corro a sus brazos rendida ante la certeza de saberlo un arrebato a la sensatez en mi vida. El rapto de locura nos envuelve, nos mece entre sus brazos, nos convida a olvidarnos de todo ese murmullo, y deja sobre el aire sólo el sonido conjunto de nuestra respiración. Los besos se hacen dulces, nos embriagan el paladar. Me atrevo a dibujarle un gesto en el rostro que me hable de amor. Allí encuentro en su tibieza el calor necesario para derretir los miedos a no volver a tenerlo. Sueño despierta, vivo en el sueño, me baño del olor de su cuello. Ahora la realidad y la ficción no se reconocen límites, se funden, se atrapan, se confunden, acaban por asemejarse, identificarse, imitarse y volverse tan una como la otra en el acorde que, de fondo, acusa la canción. Ese es el momento exacto para lograr dormir el delirio, al menos hasta la mañana siguiente. Otra vez sola, siempre es mejor el sillón.

Instrucciones para perderse

Lo que más cuesta, en esto de perderse, es el primer paso. Y es que uno se pone a pensar si, después de darlo, sabrá dónde ha dejado el otro pie para poder seguir, cosa no menos importante si se emprende la tarea con real convicción.

Es así que, querido lector, si lo que usted quiere es extraviarse, la clave del éxito, han concluído los teóricos, es avanzar de a saltos. Deberá usted pararse, tobillo contra tobillo, inspirar profundo para obtener un buen envión, y saltar. Si bien es cierto que los catedráticos, en su mayoría, aconsejan mantener los párpados apretados para no marearse, dudar, arrepentirse o tambalear, permítaseme la irreverencia de expresar mi desacuerdo en este punto; pues nada más bello que mirar cara a cara el vértigo y atestiguar la humedad regada en lágrimas sobre las mejillas.

Sépase que, en el viaje que se está emprendiendo hacia este sitio sin coordenadas, está permitido llevar cualquier tipo de equipaje. Abra las maletas y ponga allí cuanta cosa le venga en ganas. No se vea acongojado si considera que, por ejemplo, la suma de sus temores habrá de ser detectada por los sensores de sobrecarga; una vez que inicie la travesía comprenderá que todo eso está de sobra y será usted mismo el que abra la ventanilla y lo tire por la borda.

Si está parado sobre la duda, imaginando cómo será ese destino, intrigado; es mi deber hacerle saber que está contraindicado andar asomándose a la ruta a paso pausado y con precaución. Aunque le cueste creerlo y esto le suene a locura, recuerde aquello que le dije al principio sobre el primer paso y el segundo pie, no vaya a ser cosa que por precavido se quede usted varado y no pueda ni llegar ni volver (sobran, en referencia a este apartado, testimonios que narran este tipo de desgracias; puede usted conseguirlo sobre todo en formato de bolero, lamento o canción).

Tenga en cuenta, también, que ante tamaña decisión jamás recibirá una palabra de aliento; por el contrario, sus allegados insistirán en la tarea de desalentarlo y hasta le contarán terribles historias de lo que sucede en ese “más allá”. Y está claro que así sea, al cabo ninguno de ellos ha tenido el coraje suficiente para saltar. Tampoco les crea a esos que se hacen llamar arrepentidos; esos han errado en el cálculo, habrán llegado a un lugar parecido; acá estamos hablando de extraviarse en serio, y una vez que uno se pierde es imposible regresar.

Habrá concluído, a esta altura, que esto no puede haber sido escrito sino antes de saltar, pues si yo ya estuviese extraviada al momento de sentarme frente al papel, el texto también estaría perdido. Sabrá, entonces, que todo lo que escribo está basado en un simple y llano reflejo de fe. Y he pensado bastante que, si está usted en sus cabales, quizás necesite una garantía de que esto no es tan sólo un delirio. Es por eso que cuando se enfrente a esta pequeña instrucción yo ya lo habré hecho, segura de que me propio salto le dará la confianza, habré saltado.

Recuerde inspirar profundo, abrir bien los ojos, juntar lo más que pueda los pies y dejarse caer. Yo estaré esperándolo.

Hace cuatro horas

Hace días que resisto a la tentación; debo admitir que no es fácil. Llevo horas esquivando el papel, lo miro de reojo; te juro que llama, me grita desde el blanco, se ofrece virgen y dispuesto a toda esta sensación. Y yo ciego mis ojos, miro para otro lado; y cuando no puedo más dibujo alguna palabra ajena, le regalo alguna oración que no haya escrito yo.

Durante días resistí inmersa en la lectura, pero las letras son tan estrategas que te encuentro hasta donde no estás; y cada frase de otro autor tiene un dejo tuyo. Y acá estoy, rendida, asumiendo la derrota, entregada a la tarea de escribir sobre vos.

No es que no quiera, en realidad esa es la parte más difícil; es que tengo miedo, tengo miedo de que suceda lo mismo una y otra vez.

Pero el oficio reclama, exige, y hasta quizás condena; heme aquí fundida entre los trazos dibujándote. Suspiro y suplico que hoy sea diferente, que el texto no te atrape, que no te lleve, o que al menos te sepa compartir.

De fondo una canción que no escucho, es que tu nombre tiene ese poder. De pronto el mundo se reduce a tu abrazo, y el tiempo, dentro de ellos, deja de existir. No hay lugar más seguro que tu beso, me digo aliviada y me atrevo a seguir.

Las letras se vuelven garabatos si intento definirte; se abrazan en esa misma melodía con que tus dedos acarician mi sed. Cierro los ojos y recuerdo cada recoveco de tu geografía; sonrío porque sé que he descubierto ya, los sitios donde esconderme.

Y te recorro, y en cada centímetro descubro una palabra nueva; una palabra nueva y al instante la magia que promete mantenerla intacta durante todo el recorrido, y que redobla la apuesta, cuando de a ratos se atreve, y la impregna de nuevos sentidos.

Hay momentos en los que le gritaría al mundo aquello del bendito azar de reencontrarte, como vos; pero la ansiedad nos ha hecho gritar en falso tantas veces... Entonces escondo la nariz entre las sábanas y decido guardarte en silencio; pero desborda, inevitablemente desborda. Es que la inmensidad no cabe en ningún envase, trasciende, aunque me guarde el secreto para mantenerlo a salvo, trasciende. Me delata la sonrisa, me delata la canción.

Mirá todo este desorden, mirá todas estas letras mezcladas que, aunque aparentan estar ordenadas, no dicen nada. Mirá cómo se me derrumba el mundo, cómo se tambalean hasta las metáforas, cómo se declaran pequeñas, finitas y se quedan calladas. Mirá cómo no me alcanzan las teorías, cómo te me has vuelto inevitable, cómo ni el miedo, ni las dudas, ni los consejos, ni las heridas, ni la sal, ni nada. Mirá cómo no paro de repetir tu nombre, de imaginarme el camino, cómo asumo sentirme a gusto hasta con sus días repetidos. Mirá cómo creo y me animo. Mirá cómo me atrevo y desafío todo mal augurio, y me le río en la cara a la mismísima mala suerte, al papel y su maldición; mirá cómo te escribo.

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