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Biografía

Ann Hood nació en West Warwick, Rhode Island (Estados Unidos). Creció con las historias de los viajes de su padre por todo el mundo durante sus veinte años de ofi cial en la Armada. Tras licenciarse en la Universidad de Rhode Island, Ann trabajó casi diez años como azafata de vuelo en la compañía aérea TWA. Mientras tanto, cursó un posgrado en Literatura Americana en la Universidad de Nueva York y escribió su primera novela, Somewhere Off the Coast of Maine (1987). Desde entonces se dedica en exclusiva a la literatura. Ha escrito ensayos y relatos para The Washington Post, The New York Times y otras publicaciones y es autora de más de diez obras, entre las que destacan las novelas El Círculo del Punto, Waiting to Vanish, Something Blue y The Red Thread y los libros de memorias Comfort y Do Not Go Gentle: My Search for Miracles in a Cynical Time. Ha recibido el galardón Best American Spiritual Writing Award, dos premios Pushcart Prizes y el Paul Bowles Prize. Actualmente vive en Providence, Rhode Island, con su marido y sus hijos.

Más información en: www.annhood.us

Para las tejedoras

Para las amigas



Esta novela es muy especial para mí. Hace unos cuantos años tuve miedo de no ser capaz de volver a escribir nunca. Durante toda mi vida, la lectura y la escritura fueron formas de entender lo que sentía, lo que me preocupaba, lo que temía, lo que esperaba. Entonces, el 18 de abril de 2002, mi hija de cinco años, Grace, murió a causa de un tipo de estreptococo virulento. Por si fuera poco, cuando perdí a Grace perdí también la capacidad para utilizar las palabras. No podía leer ni escribir. Las letras no se unían para formar palabras, las frases no tenían sentido. No podía concentrarme. No podía centrar la atención.

Casi dos años después, la publicación literaria Tin House mandó una petición a los escritores para que presentaran trabajos para su número temático sobre la mentira. Aquella noche (no podía dormir bien y con frecuencia estaba levantada recorriendo la casa a todas horas) se me ocurrió un ensayo totalmente desarrollado que versaba acerca de las mentiras sobre el dolor. Me senté a escribirlo y Tin House lo publicó.

Dicho ensayo volvió a abrirme la puerta a la escritura. En aquella época, cuando no estaba leyendo o escribiendo, aprendía a tejer. Creo que tricotar me salvó la vida. Pero también me introdujo en un mundo nuevo de hilos, colores, texturas y personas. Sentada en varios círculos del punto, poco a poco me fui enterando de que tejer también había rescatado a más mujeres. Malos matrimonios, enfermedades, adicción... hacer punto proporcionaba consuelo e incluso esperanza más allá de las tribulaciones de la vida.

En cuanto retomé la escritura, empezó a tomar forma una novela sobre las mujeres de un Círculo del Punto. El viejo dicho «Escribe de lo que conoces» es cierto, pero a mí todavía me gusta más la versión de la escritora Grace Paley: «Escribe sobre lo que no sabes de lo que conoces.» Con esto en mente, empecé a leer libros sobre la historia del punto, la poesía del punto... ¡de todo sobre el punto! Di a mi protagonista, Mary, la pérdida de su única hija y a continuación la rodeé de mujeres que, mientras le enseñaban a tejer, también le contaban sus propias historias de amor, pérdida y restablecimiento.

Las mujeres de este Círculo del Punto ficticio se volvieron tan reales para mí como las desconocidas con las que me sentaba a tejer tras la pérdida de Grace. Cada una de sus historias está contada con su propia voz, y cada una de ellas hace avanzar a Mary en su proceso de duelo.

Esta novela es importante para mí como escritora, como mujer, como madre y como tejedora. Espero que leyendo El Círculo del Punto encontréis consuelo, esperanza... ¡y hasta algún consejo práctico para tejer!

ANN HOOD

Hija mía, tengo una historia que contarte. Hace ya mucho que quería haberlo hecho. Pero, a diferencia de Babar, Eloise o cualquier otra de las historias que te encanta oír, ésta no es divertida. Ésta no es ingeniosa. Sencillamente, es cierta. Es mi historia y, sin embargo, no tengo palabras para relatarla. En cambio, cojo las agujas y hago calceta. Cada punto es una letra. Una pasada dice «Te quiero». Tejo «Te quiero» en todo lo que hago. Es como una oración, o como un deseo que te mando con la esperanza de que puedas oírme. Con la esperanza, hija, de que la historia que estoy tejiendo te llegue de algún modo. Con la esperanza de que mi amor te alcance de alguna manera.


PRIMERA PARTE




NANCY J. THOMAS E ILANA RABINOWITZ
A Passion for Knitting


Mary se presentó con las manos vacías.

—No he traído nada —dijo, y separó los brazos para mostrarlo.

A la mujer que tenía delante la llamaban Big Alice aunque de grande no tenía nada. Medía poco más de metro y medio, tenía una cintura diminuta, el cabello corto y cano y unos ojos grises, del color del cielo justo antes de una tormenta. Big Alice tenía su cuerpo menudo encajado entre la gastada puerta de madera de la tienda y la propia Mary.

—La verdad es que esto no es lo mío —añadió Mary a modo de disculpa.

La mujer asintió.

—Ya lo sé —respondió, al tiempo que retrocedía para que la puerta se abriera del todo—. Ni te imaginas cuántas personas han estado justo ahí donde tú estás, y han dicho exactamente lo mismo. —Tenía una voz suave, británica.

—Bien —dijo Mary, porque no se le ocurrió otra cosa que decir.

Últimamente nunca sabía qué decir, ni qué hacer. Era septiembre, habían pasado cinco meses desde la muerte de su hija Stella. La atónita incredulidad había decaído ligeramente, pero los horribles ruidos en su cabeza habían aumentado. Eran ruidos de hospital, voces de médicos y la voz de la propia Stella, de cinco años, diciendo «mamá». Algunas veces Mary imaginaba que oía de verdad a su hija llamándola y se le encogía el corazón.

—Pasa —le dijo Big Alice.

Mary la siguió al interior de la tienda. Alice vestía una falda de tweed de color gris, una blusa Oxford blanca, una chaqueta de punto dorada y perlas. Aunque de cintura para arriba parecía una institutriz, en los pies llevaba unos calcetines a rayas multicolores y unas pantuflas de felpilla con cerezas de estrás rojo en la parte superior.

—Tengo gota —explicó Big Alice, y levantó un pie calzado con una de aquellas zapatillas. Entonces añadió—: Supongo que sabes que soy Alice.

—Sí —contestó Mary.

Podría haber olvidado el nombre de la mujer fácilmente, igual que olvidaba todo lo demás. Mary lo había escrito en uno de los cientos de post-its esparcidos por toda la casa, como confeti después de una fiesta. Pero lo mismo que todos los números de teléfono, citas e indicaciones, el papel en el que ponía «Alice» había desaparecido. No obstante, fuera de la tienda había un letrero de madera en el que se leía BIG ALICE’S SIT AND KNIT1 y, al verlo, se había acordado: Alice.

Mary se detuvo para orientarse. Últimamente tenía que hacerlo siempre, incluso en lugares que ya conocía. Hasta en su propia cocina tenía que dejar lo que estuviera haciendo y mirar en derredor, estudiar la situación. «¡Oh!», se decía, al fijarse en que el televisor estaba apagado en lugar de sintonizado en el canal de «Sagwa, la gatita siamesa»; en que el cuenco que Stella había hecho en clase de cerámica, con sus lunares cuidadosamente colocados y pintados, estaba vacío de las rodajas de pepino o los montones de arándanos que antes solía contener; en los corazones recortados con los «Te quiero» reseguidos con lápices de colores y en la cometa de cartulina con la cola rosada colgando. «¡Oh!», decía Mary cuando, una vez más, tomaba conciencia de que ése era el aspecto que ahora tenía su cocina... y su vida. Vacía y triste.

La tienda era pequeña, con un suelo de tablas de madera que chirriaba y cestos y estantes repletos de madejas. Olía a jerséis, a cedro y a la fragancia cítrica de Alice. Había tres habitaciones: aquella pequeña, la de al lado, donde estaba la caja registradora y un sofá muy gastado con una funda estampada de flores de color rosa y rojo, y otra habitación más amplia con más lana y unas cuantas sillas.

La lana era preciosa. Mary se percató de inmediato y, mientras seguía a Alice a la otra habitación, tocó algunas madejas, dejando que las yemas de sus dedos se entretuvieran un poco en ellas.

—Así pues —decía Alice—, vamos a iniciarte con una bufanda. —Sostuvo una ya terminada. Azul cobalto con borlas azul pálido—. ¿Te gusta ésta?

—Supongo que sí —contestó Mary.

—¿No te gusta? Frunces el cejo.

—Sí, sí. Está bien. Lo que pasa es que no puedo hacerla. No soy buena con las manos. Suspendí la asignatura de economía doméstica. La suspendí, de verdad.

Alice se volvió hacia la pared y sacó unas agujas de hacer punto de madera.

—Un crío de diez años puede hacer una bufanda —replicó con cierta impaciencia. Le entregó las agujas a Mary.

Eran grandes y suaves al tacto, las notaba incómodas entre las manos. Mary se quedó mirando a Alice mientras ésta se acercaba a un estante y cogía varios ovillos de lana. El mismo azul cobalto de la bufanda, aguamarina y malva.

—¿Qué color te gusta? —le preguntó. Se los tendió como si fueran una ofrenda.

—El azul, supongo —respondió Mary, y en su mente se le representó el particular tono azul de los ojos de Stella. Cuando parpadeó para intentar contener las lágrimas, notó que se deslizaban por sus mejillas. Volvió la cabeza y se enjugó los ojos.

—Azul pues —dijo Alice en tono más suave. Señaló una silla metida en un rincón, bajo unos ovillos de lana gruesa—. Siéntate y te enseñaré a hacer punto.

Mary se rió.

—¡Qué optimismo! —comentó.

—Hace dos semanas, entró una mujer —explicó Alice al tiempo que se dejaba caer en una silla con demasiado relleno y apoyaba los pies en un taburete pequeño con una funda de encaje—. Nunca había tejido nada y ya ha hecho tres bufandas de éstas. Así de fácil es.

Mary había conducido casi sesenta y cinco kilómetros hasta aquel establecimiento pese a que había una tienda de lanas a menos de kilómetro y medio de su casa. Mientras recorría las carreteras secundarias con las que no estaba familiarizada, le había parecido una estupidez ir tan lejos nada menos que para tejer. Pero Mary sabía que, por alguna razón, lo correcto era estar allí sentada con aquella desconocida que no sabía nada de ella ni sobre lo ocurrido y con aquellas agujas nuevas en sus manos sudorosas.

—No hay más que hacer una serie de nudos corredizos —explicó Alice. Sujetó un largo cabo de la madeja y se lo demostró.

—Me expulsaron de las chicas exploradoras —dijo Mary—. Los nudos corredizos son un misterio para mí.

—Primero la economía doméstica. Luego las chicas exploradoras —comentó Alice, que chasqueó la lengua en señal de desaprobación. Pero había un brillo pícaro en sus ojos grises.

—En realidad, primero fue lo de las chicas exploradoras y luego la economía doméstica —aclaró Mary.

Alice se rió.

—Si te sirve de consuelo, te diré que yo detestaba hacer punto. No quería aprender. Y ahora aquí estoy. Tengo una tienda de lanas. Enseño a la gente a tejer.

Mary sonrió educadamente. Le interesaba muy poco la vida de otras personas. Antes le gustaba escuchar historias de corazones rotos, de triunfos y de los extraños e inesperados giros de los acontecimientos. Pero su propia historia había ocupado esa parte de sí misma que antes estaba abierta a cosas semejantes. Y si escuchaba por educación o necesidad, como en aquel momento, la situación le suplicaba que hablara, que compartiera. Y ella no quería. En ocasiones se preguntaba si alguna vez le contaría su historia a alguien.

—Así que nudos corredizos —dijo.

—Puesto que suspendiste tanto en las chicas exploradoras como en economía doméstica —respondió Alice— los montaré yo por ti. Además, si me quedo aquí enseñándotelo, estaríamos perdiendo el tiempo las dos, porque te vas a olvidar.

Mary no se molestó en preguntar qué significaba «montar». Como si fuera un mago haciendo juegos de manos, Alice realizó una serie de lazadas y vueltas con la lana y a continuación le tendió una aguja en la que el hilo azul se enroscaba de manera inquietante.

—Te he montado veintidós puntos y ahora ya puedes empezar.

—Ajá —dijo Mary.

Alice le hizo señas para que se sentara a su lado.

—La metes por aquí —explicó, mientras se lo mostraba—. Después envuelves la lana de esta forma y pasas la aguja a través, así.

Mary sonrió al ver que en la aguja vacía iba apareciendo un punto tras otro.

—Muy bien. Adelante —le indicó Alice.

—¿Yo? —preguntó Mary.

—Yo ya sé cómo se hace, ¿no?

Mary tomó aire y empezó.


He aquí lo que a Mary seguía resultándole extraordinario: el día antes de que Stella muriera no ocurrió nada fuera de lo normal. No hubo ninguna señal ni premonición, nada aparte de la simple rutina diaria de la vida en común de Dylan, Stella y ella. Cuando Mary vivía en San Francisco, en una colina elevada de North Beach, tenía como vecina a una anciana italiana que se llamaba Angelina. Ésta siempre llevaba un vestido negro, zapatos negros de suela gruesa y la cabeza cubierta por un pañuelo negro. «La gente tiene que saber que estás de duelo —le decía a Mary—. Si vistes de negro, lo comprenden.»

Ella no le dijo que hoy en día todo el mundo viste de negro. No puso los ojos en blanco ni sonrió con suficiencia cuando Angelina le contó que tres días antes de que muriera su esposo (primero se persignó y luego se escupió en la palma de la mano), un perro había aullado enfrente de su apartamento. «Supe que la muerte se acercaba», dijo. También habían muerto otros dos hombres del vecindario en los últimos meses. «La muerte viene de tres en tres», le explicó. Angelina poseía toda una letanía de señales, sueños de agua clara, de dientes que se le caían de la boca; un pájaro muerto en el umbral; carne de gallina en una atmósfera cálida y sin viento.

Pero Mary no tuvo nada de todo esto. No tuvo sueños, ni pájaros muertos o perros que aullaran. Lo que tuvo fue un día como otro cualquiera. Un buen día. Aunque tenía cinco años ya, Stella seguía tomándose un biberón de leche por la mañana y otro antes de irse a la cama, un secreto que no contaban a sus amigos del jardín de infancia. Dylan llevaba a la niña, que chupaba el biberón contenta y soñolienta, a la cama con ellos y se acurrucaban todos juntos, Mary y Dylan leyendo el periódico y Stella mirando «Barrio Sésamo».

Sabían que era hora de levantarse cuando Stella volvía a la vida. Cuando ya no tenía sueño, empezaba a hacerle cosquillas a Dylan. Mary lamentaba no acordarse de lo que habían desayunado aquella última mañana, de qué habían hablado mientras se comían los gofres Eggo o las tostadas con canela. Sin embargo, la mañana fue tan corriente que no podía recordar ese tipo de detalles.

Sabe que Stella llevaba unos leotardos a rayas, unos zuecos de lunares y un pichi que le iba demasiado largo, también rayado. Pero lo sabe porque tras su muerte, cuando volvieron a casa del hospital, la ropa todavía estaba arrugada en un montón, donde Stella la había dejado cuando se preparó para meterse en la cama. Lo sabe porque no soltó esa ropa durante días y se llevaba las prendas a la nariz para captar los últimos indicios del olor de la pequeña.

Aquella mañana, Dylan se había marchado mientras ellas todavía se estaban preparando para ir a la escuela. Él siempre se iba temprano, después de darles un beso en la cabeza a ambas. Stella gritaba «¡No te vayas, papá!», hacía pucheros y Mary tenía un poco de celos. Pensaba que era cierto que el progenitor que procuraba más cuidados, el que llevaba a su hijo en coche, le cocinaba y lo bañaba no recibía adoración.

Por supuesto, ahora se sentía culpable porque sin duda aquella mañana había perdido la paciencia con Stella por entretenerse. Stella era lenta, se distraía fácilmente sólo con ver sus botas de agua olvidadas o los colores de un dibujo que había hecho y colgado en el frigorífico. Aunque Mary la apremiaba, Stella tarareaba y seguía alegremente con su parsimonia, sonriéndole a su madre cuando la metía deprisa en el coche. Es probable que aquella mañana Mary mascullara: «Vamos a llegar tarde», porque normalmente así era. Y es probable que Stella respondiera: «Ajá», y continuara tarareando.

Aquella mañana, Mary se detuvo a tomar café, charló con otras madres en la cafetería y compartieron anécdotas divertidas sobre sus increíbles hijos; se fue a trabajar y malgastó sus últimas y valiosas horas como madre con reseñas, investigaciones y otras tareas sin sentido. Dylan la llamó (siempre lo hacía) para decirle a qué hora llegaría a casa aquella tarde y preguntar si tenía algo especial que contarle sobre Stella; después fue corriendo a recoger a su hija a la escuela, aguardó sentada en el coche y la vio salir, cansada y distraída, arrastrando la mochila por el suelo. Mary se animó mientras la miraba; siempre le ocurría lo mismo cuando volvía a ver a Stella, su hija.

A diferencia del resto del día, la claridad de aquella última tarde que pasaron juntas era tan intensa que el recuerdo hacía que Mary se doblara de dolor. Lo recordaba todo. El sol del atardecer en la cocina, Stella haciendo sus tareas encima de la
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