La reconstrucción económica y política






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Factores internos que obstaculizaron el éxito del modelo ISI

  • El esfuerzo modernizador virtualmente no alcanzó al agro, donde se mantenía la concentración de la tierra en pocas manos y no se invirtió lo suficiente en tecnología para mejorar los rendimientos de la agricultura.

  • La demanda interna por los productos manufacturados permaneció limitada, pues el poder adquisitivo de los sectores populares no les permitía comprar productos nacionales que, por lo general, resultaban más caros que los importados, por ejemplo, los automóviles.

  • Durante todo el período, las monedas latinoamericanas fueron devaluándose, generando altas tasas inflacionarias mientras los sueldos permanecían estancados. Esto llevó a estallidos sociales y provocó inestabilidad política que impidió seguir aplicando coherentemente el modelo ISI.

  • América Latina no fue capaz de desarrollar su propia tecnología ni de crear un número suficiente de puestos de trabajo en la industria.

  • Faltó avanzar hacia la creación de un mercado común latinoamericano, lo que podría haber ayudado a resolver varios de los problemas anteriores; sin embargo, las industrias de los países más grandes de la región tendieron a ser más competitivas entre sí que complementarias.

  • Los factores externos que atentaron contra la ISI.

  • Un número de influyentes estudiosos culpó a la dependencia externa del fracaso del modelo ISI. La denominada Teoría de la Dependencia, sostuvo, con razón, que durante todo este periodo se siguió dependiendo de las exportaciones para poder financiar el nuevo modelo. Además, se planteó que, a pesar de la sustitución de algunas importaciones, el proceso de industrialización requirió de maquinarias que no se producían en América Latina. Por lo tanto, las máquinas y las últimas tecnologías debían ser adquiridas de Europa o Estados Unidos, de manera que nuestro continente siguió dependiendo de los países más desarrollados y de sus productos más elaborados. Más aún, para poder pagarlos hubo que volver a impulsar el sector exportador y recurrir a préstamos, especialmente de EE.UU.


En definitiva, la combinación de los elementos internos y externos es la que motivó que, desde la década en 1960, en diversos países se comenzara a poner en duda la conveniencia del modelo ISI. No es de extrañar, entonces, que muchas de las empresas nacionales –privadas y estatales- fueran pasando a manos extranjeras. A modo de ejemplo, entre 1963 y 1968, cincuenta importantes empresas argentinas fueron desnacionalizadas, 29 de las cuales cayeron en poder de capitales estadounidenses. En México, en 1962, de las cien empresas más importantes del país, 56 estaban total o parcialmente controladas por el capital extranjero, 24 pertenecían al Estado y 20 al capital privado.

Se iniciaba así la llamada de transnacionalización de las economías latinoamericanas. Las actividades productivas de nuestro continente fueron quedando subordinadas paulatinamente a los intereses de inversionistas en su mayoría extranjeros.
LA CEPAL Y LA TEORÍA DE LA DEPENDENCIA
A principios de los años “50”, la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) creada por las Naciones Unidas y bajo la dirección del economista argentino Raúl Prebisch, desarrolló un pensamiento original que seria la base de lo que después se denominará teoría de la dependencia.

La CEPAL quería promover la modernización e industrialización de América Latina, pero veía un obstáculo insuperable en el comercio internacional: mientras los exportadores de materias primas vendían sus productos a precios internacionales declinantes, los países industriales vendían sus productos a precios crecientes. Existía, por lo tanto, un intercambio desigual entre centro y periferia, que solo podría ser superado si los países latinoamericanos disminuían su dependencia de la demanda externa de sus materias primas y la sustitución por demanda interna de bienes industriales producidos por sus propias economías. Para lograr este último objetivo, la CEPAL proponía la integración regional, como una meta de largo plazo que permitiría una expansión de los mercados nacionales e incrementaría las oportunidades para una industrialización sustitutiva de importaciones. El modelo funcionaria mejor si los mercados eran más grandes y los países latinoamericanos se especializaban en ciertas áreas, expandiendo así el comercio regional y evitando tener que sustituir todas las importaciones separadamente. Así se esperaba mejorar la situación socioeconómica regional y devolverle su estabilidad, al impulsarla hacia el desarrollo.

El pensamiento de la CEPAL aceptaba el capitalismo como una vía de desarrollo, pero su visión acerca de la división del mundo entre centro y periferia coincidía con algunos de los presupuestos de la teoría marxista del imperialismo, cuestión que le valió la sospecha de varios sectores políticos y de círculos académicos occidentales, en pleno auge de la Guerra Fría.

El impacto del pensamiento e la CEPAL en América Latina resultó más radical de lo que la teoría misma permitía anticipar. De dicho organismo salieron los profesionales que a fines de la década de 1960 formularon las teorías de la dependencia, que planteaban que el capitalismo no funcionaba de la misma manera en todas las áreas del mundo, y que existían mecanismos comerciales por medio de los cuales los países periféricos eran explotados por los países centrales. Esta situación constituía una desventaja estructural para que la sociedad latinoamericana lograra el desarrollo. Latinoamérica era subdesarrollada porque era dependiente dentro del sistema capitalista mundial, por lo tanto el desarrollo solo podía tener lugar cuando un país rompía con el sistema por medio de una revolución socialista.

El surgimiento de las teorías de la dependencia coincidió con el resurgimiento del marxismo y de las esperanzas socialistas en los años “60” y “70”. La influencia de la Revolución Cubana de 1959 fue ciertamente instrumental en la promoción de estas ideas, del mismo modo que los proyectos socialistas se relacionaron más directamente con la necesidad de luchar contra la dependencia y de lograr un desarrollo nacional, que ser un medio de emancipación de la clase obrera.
LAS REVOLUCIONES SOCIALES DEL CONTINENTE
La vía de la revolución
La vía electoral o el populismo no fueron los únicos caminos seguidos por los países latinoamericanos en su transito desde los regímenes oligárquicos. Para América Latina existió una tercera vía, representado por los procesos revolucionarios de México y Cuba. Ambos son ejemplos de países que han logrado no sólo cambios profundos en todas las estructuras, sino también consolidar la revolución como gobierno estable a través del tiempo.

No obstante, las revoluciones de México y Cuba presentan significativas diferencias, tanto en la forma de llevar adelante el proceso, como en el tipo de Estado que nace después de su triunfo.
La Revolución Cubana
Cuba, la última colonia en emanciparse de la dominación colonial española, ofrece un caso excepcional, porque el quiebre del orden oligárquico tuvo una expresión única en el continente y el nuevo ordenamiento repercutió fuertemente en el resto de América Latina.

La independencia de Cuba se logró recién en 1898, en un proceso en el que colaboró decisivamente Estados Unidos, cuya intervención se concretó con la ocupación militar de la isla hasta 1902. Desde entonces, la presencia de EE.UU. marcó el desenvolvimiento económico y político cubano: consiguieron el arriendo por 99 años de la base naval de Guantánamo, sus empresarios hicieron fuertes inversiones en la pujante industria azucarera y en varias ocasiones tropas estadounidenses desembarcaron en Cuba para asegurar la mantención de un estado de cosas conveniente a sus intereses.

Pero el descontento popular ante esta situación no tardó en expresarse, agravado aún más por los frecuentes casos de fraude y corrupción que se producían entre los políticos cubanos. En vez de la independencia y democracia que el pueblo aspiraba con la independencia, solo desfilaban gobiernos banales y autoritarios, en tanto que se profundizaba la desnacionalización del azúcar, su principal producto de exportación. En el umbral de la gran crisis de 1929, la propiedad estadounidense de las centrales azucareras cubanas bordeaba el 15% y para 1950, todavía era de un 47%. Hacia fines de la década de 1950, la economía de la isla se encontraba casi por completo en manos del capital estadounidense, quien controlaba, además de la industria azucarera, el 90% de las minas y de las haciendas, el 80% de los servicios públicos y el 50% de los ferrocarriles y de la industria petrolera.

En ese contexto, y tal como sucedió en el resto de América Latina, el nacionalismo comenzó a polarizar a la opinión pública en la década de 1930. Para evitar brotes de insurgencia –como de hecho surgieron-, EE.UU. contó desde 1934 con un leal colaborador: el militar Fulgencio Batista. Ya sea al frente del gobierno o en la sombra, Batista dominó la política cubana durante los 25 años siguientes, transformando a Cuba en un dócil socio de los Estados Unidos y en el paraíso de sus inversionistas. A partir de 1952 ejerció el poder en forma dictatorial, generando una oposición cada vez mayor debido a sus métodos represivos y a la excesiva complacencia con los representantes de Estados Unidos.
La hora de la revolución
La democracia y una real independencia nacional eran las banderas de lucha de amplios sectores sociales cubanos, particularmente de las capas medias del proletariado que se desempeñaba en la industria azucarera. Como el gobierno de Batista no respondía a esas demandas se empezó a levantar un fuerte movimiento de oposición liderado por un joven abogado de condición social acomodada: Fidel Castro, quien desde 1953, llevó a cabo maniobras para derrocar a Batista, como el fallido ataque al cuartel militar de Moncada, el 26 de julio de ese año. Encarcelado y luego amnistiado, Castro se exilió en México donde organizó el Movimiento 26 de julio, que pretendía liberar a su país mediante la lucha guerrillera. Se sumaron a este grupo otros exiliados cubanos y políticos revolucionarios latinoamericanos, como el médico argentino Ernesto Che Guevara.

En Cuba, la burguesía azucarera también se fue distanciando de Batista, por su política de defensa de los intereses estadounidenses que impedían elevar la producción de azúcar o comercializarla con los países del bloque socialista. Se produjo entonces un acercamiento entre los guerrilleros de Castro y la burguesía, que culminó en la conformación de un Frente Cívico Revolucionario Democrático que adoptó la estrategia de la lucha armada, con el objetivo de poner fin a la dictadura de Batista e implantar un régimen constitucional y democrático. El partido Comunista cubano –uno de los más poderosos en el continente- también se sumó al Frente, aunque no colaboró en los preparativos militares.




Ilustración de dos de las principales figuras de la Revolución cubana: Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara.


En noviembre de 1956 se daba el paso siguiente con el desembarco de los guerrilleros del Movimiento 26 de julio en la isla. Castro y sus hombres se internaron en la Sierra Maestra, desde donde se enfrentaron a las fuerzas de Batista. Paralelamente se produjeron huelgas en las centrales azucareras y muchos campesinos se fueron adhiriendo a las filas revolucionarias. Durante 1958 la lucha se intensificó, mientras aumentaba la impopularidad de Batista por sus medidas represivas. Los propios estadounidenses le restaron su colaboración, temiendo que los estallidos sociales afectaran sus intereses económicos. Así las cosas, a fines del año Batista abandonó el poder y huyó del país. El 1 de enero de 1959, Fidel Castro entró triunfalmente en La Habana, con el respaldo mayoritario de sus compatriotas.
Un estado socialista a 145 kilómetros de los Estados Unidos.
Las fuerzas sociales que participaron en la Revolución Cubana eran muy heterogéneas. Al momento del triunfo, había distintos proyectos de país que diferían en cuestiones esenciales: el sector más liberal y burgués abogaba por una reforma del Estado sin salirse del modelo capitalista, en tanto que los guerrilleros se inclinaban por un régimen que permitiera avanzar hacia mayores niveles de igualdad y justicia social. Como Fidel Castro era el líder indiscutido del proceso y estaba acompañado de otras figuras emblemáticas, como Guevara y su propio hermano Raúl, no tuvo inconvenientes para imponer sus directrices.

Los problemas comenzaron en mayo de 1959, cuando se puso en práctica una Reforma Agraria que permitía expropiar las posesiones con más de 400 hectáreas cultivables y se nombró a un comunista para dirigir el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA). Estas medidas preocuparon a los sectores que habían apoyado el derrocamiento de Batista solo para instaurar un régimen capitalista democrático y que veían ahora el establecimiento de un régimen pro-comunista. Se inició entonces el éxodo de parte de esos sectores de la población hacia los Estados Unidos, desde donde desplegaron una activa propaganda anticastrista.

El giro de la revolución hacia la izquierda con la consiguiente expropiación de compañías petroleras, eléctricas, telefónicas y las minas de níquel que hasta la fecha estaban en manos estadounidenses, alarmaron al vecino del norte. Muy pronto, EE.UU. fue tomando medidas para obstaculizar el desarrollo económico de la isla: no adquirió azúcar, amenazó con suspender los créditos a aquellos países que cooperaran con Cuba y emprendió acciones encubiertas a través de la CIA, como el sabotaje o la colaboración militar con sectores anticastristas. El rompimiento definitivo de las relaciones entre Cuba y EE.UU. se produjo en 1961, tras el fracaso del movimiento contrarrevolucionario que pretendía desembarcar unos 1300 exiliados armados e invadir la isla, con apoyo logístico de la CIA.

La actitud de Estados Unidos radicalizó aún más el proceso revolucionario. En adelante, Cuba buscó el acercamiento a la Unión Soviética y pasó a convertirse en una república socialista. La guerra Fría se traslado a las propias inmediaciones de EE.UU. y tuvo un episodio especialmente complicado en 1962, cuando los soviéticos empezaron a instalar bases de misiles de alcance medio en Cuba. El presidente de EE.UU. John F. Kennedy, anunció el bloqueo naval de la isla para presionar a su rival, mientras el mundo entero se estremecía ante la inminencia de una guerra nuclear. Finalmente, se impuso la cordura y los soviéticos desmantelaron los misiles a cambio del compromiso estadounidense de permitir que continuara el experimento socialista de Cuba.

Los cubanos sacaron sus propias conclusiones de lo acontecido durante los primero años de la revolución: había que exportar el modelo revolucionario, para poder liberar a los pueblos del Tercer Mundo del imperialismo norteamericano y de la explotación de que eran víctimas por parte de las élites dominantes.
La vía chilena al socialismo: una experiencia trunca.
Tras una reñida elección a tres bandas en 1970, Salvador Allende (Socialista), obtuvo la primera mayoría relativa de un 36,3%, siendo electo por el Congreso Nacional como Presidente de la República de Chile. De ese modo, se convirtió en el primer presidente -que adscribía al marxismo como ideología- en acceder democráticamente al poder en el mundo.

El gobierno de Allende, apoyado por la Unidad Popular (un conglomerado de partidos políticos de izquierda), destacó tanto por el intento de establecer un camino alternativo hacia una sociedad socialista –proceso conocido como la “vía chilena al socialismo”– esta postulaba la posibilidad que un país capitalista subdesarrollado efectuara un tránsito no violento al socialismo, o sea por vías electorales. Dicho paso facilitaría y crearía las condiciones durante el proceso político para transitar al socialismo. Todo lo anterior se desarrollaría por la vía democrática y por medio del uso de la legalidad del Estado. Sin la necesidad de contar con un partido único que lo efectuara, solo la coalición de todas las fuerzas democráticas que estuvieran a favor de los cambios sociales y democráticos, idea que influyó posteriormente en el eurocomunismo. La vía chilena al socialismo, iba en sentido contrario de la vía armada que se propugna en Latinoamérica en la década de 1960 y 1970.

Partiendo de una crítica de la gestión del gobierno del democratacristiano Eduardo Frei Montalva, el proyecto de gobierno de la UP se plasmó en el Programa básico de la Unidad Popular y Las 40 primeras medidas del Gobierno Popular. Dentro de los distintos puntos que componían su programa, desarrolló la nacionalización del cobre, la Reforma Agraria, la creación del área de propiedad social y la redistribución del ingreso, todos estos cambios apuntaban a transformar radicalmente la estructura de propiedad del país, favorecer a las clases más postergadas y el fortalecimiento del estado como agente económico.

Sin embargo la naturaleza radical del programa de Allende despertó una frontal oposición tanto en el interior del país como a nivel internacional.

En el plano interno, todas estas medidas revolucionarias tuvieron un fuerte impacto sobre los intereses de los grupos tradicionalmente dominantes, tanto la pequeña burguesía chilena como la clase latifundista, lo cual redundó en una férrea oposición al proyecto de la Unidad Popular. Esta oposición de los grupos tradicionales fue apoyada y financiada por los organismos de inteligencia de los EE.UU.

En el contexto internacional de la Guerra Fría, el gobierno norteamericano decidió utilizar todos los medios necesarios con la finalidad de derrocar al gobierno de Salvador Allende. Quien bajo la presidencia de Richard Nixon no deseaba que se desarrollara otra Cuba en el continente Latinoamericano, por ello se inició un proceso de intervención para desestabilizar el gobierno de la Unidad Popular asfixiando a la economía chilena, que en conjunto con las clases que detentaban el poder económico iniciará una desestabilización de la económica que repercutirá en el desabastecimiento de productos básicos, reflejándose en la escases de estos en el mercado y como subproducto el acaparamiento.

Todo esto, unido a un ambiente de constantes movilizaciones sociales callejeras, una alta polarización de la sociedad reflejada en opositores y los partidarios del gobierno, lo cual allanó el terreno para las conspiraciones, atentados terroristas ultraderechistas, grupos paramilitares de Izquierda y las huelgas, alimentaron un ambiente de crisis y desgobierno cada vez más evidente.

En Octubre de 1972 se produjo un paro de los dueños de camiones, cuya función era clave para el transporte de productos a lo largo del país. A él se unieron los colegios profesionales (médicos, ingenieros y abogados) y buena parte del comercio, que sumió a Chile y al gobierno en una profunda crisis de funcionamiento. Allende logró terminar el conflicto llamando a integrar como parte del gobierno a comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas.

Sin embargo la polarización política en medio de la Guerra Fría, una grave crisis económica y financiera y los persistentes rumores y acciones para un golpe militar, contribuyeron a crear en la población una sensación colectiva de desgobierno. El gobierno de Allende, que alcanzaría a durar mil días, terminó abruptamente mediante un Golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973. En él participaron las tres ramas de las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros. Siendo el Palacio de la Moneda bombardeado por aviones de la Fuerza Aérea de Chile. Ante este acontecimiento Salvador Allende prefirió terminar con su vida en el palacio de gobierno antes que entregar su cargo. De esta forma se pone fin al experimento chileno e instalándose en el poder una junta militar encabezada por el Comandante en Jefe del Ejército chileno Augusto Pinochet Ugarte, iniciándose de este modo una dictadura militar que duraría 17 años.
¿Revolución o reforma?
Las décadas del “60” y del “70” fueron muy tormentosas en América Latina, a causa de los efectos de la Revolución Cubana y la cada vez mayor intervención de Estados Unidos, preocupado de reforzar su hegemonía en la región en el marco de la Guerra Fría. Ambos fenómenos colocaron a los países de nuestro continente y a sus pueblos entre dos alternativas: la revolución socialista o la reforma en el marco del sistema capitalista.
Estados Unidos y América Latina
La marcada influencia de Estados Unidos en América Latina constituye un hecho indesmentible. A la luz de lo ocurrido en Cuba, la Casa Blanca puso prioridad a su política exterior respecto a América Latina. Ya en la primera parte del siglo XX, el ejército estadounidense había intervenido en Cuba, Panamá, Nicaragua, Haití y República Dominicana, sin contar la guerra con México del siglo XIX. Centroamérica y el Caribe eran regiones estratégicas para la seguridad y la economía de EE.UU., por lo que procuró mantener regímenes favorables a sus intereses. Es lo que ocurrió en un primer momento con Batista en Cuba, con Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana o con los Somoza en Nicaragua. En América del Sur, en cambio, la presencia estadounidense no era tan determinante porque se cultivaban relaciones bastantes fluidas con otras potencias, como Inglaterra, Francia y Alemania. Sin embargo, cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, la situación cambió con Europa debilitada y la Guerra Fría en plena génesis. A la ya significativa penetración económica, EE.UU. desarrolló una abierta intervención en los asuntos internos de los países sudamericanos, con el objetivo de contrarrestar la posible influencia de los soviéticos.

Desde el mismo fin de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos montó un sistema de seguridad hemisférico basado en una compleja red de pactos multilaterales y bilaterales. El Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca (TIAR), firmado en Río de Janeiro en 1947, sentó los principios de solidaridad colectiva frente a una eventual agresión extracontinental. Todos los Estados americanos excepto Canadá, Ecuador y Nicaragua, firmaron el acuerdo, con lo que EE.UU .se aseguró la lealtad de sus vecinos en caso de alguna amenaza proveniente del mundo socialista.

Por otra parte, los norteamericanos promovieron la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA), como alianza regional que reuniera a todas las naciones del continente americano. La OEA fue fundada por 21 países el 30 de abril de 1948 y, a pesar de promover objetivos como la erradicación de la extrema pobreza, la cooperación económica y la paz, fue utilizada por los Estados Unidos para atraer a los demás países hacia sus posiciones. Más aún, como la sede de la OEA se encuentra en Washington, se vio favorecida la supervisión de este organismo por parte de EE.UU.

El avance de la izquierda en América Latina, especialmente después de la Revolución Cubana, constituyó un reto especial para la política exterior estadounidense, pues se ponía en duda el sistema económico liberal y se cuestionaba la democracia como forma de gobierno. Bajo la presidencia de John F. Kennedy (1961-1963), Estados Unidos redefinió las directrices de su política hacia América Latina abocándose a dos aspectos centrales: la ayuda económica y la lucha antisubversiva.

Así, en el marco de la Guerra Fría, América Latina pasó a jugar un papel clave por su proximidad geográfica con el poderoso vecino del norte. La política estadounidense buscaba evitar la propagación de las ideas socialistas en los países latinoamericanos, ideas que amenazaban sus propios intereses económicos en la región. En consecuencia, las cuatro décadas finales del siglo XX en América Latina estuvieron decisivamente afectadas por sus relaciones con los Estados Unidos. Es cosa de ver las influencias de orden cultural, político y económico que percibimos hasta el día de hoy.
El avance de la izquierda latinoamericana
La desmedrada situación económica y social de amplios sectores de la población latinoamericana es una de las principales causas que explican el fortalecimiento de las organizaciones de izquierda desde la década de 1930. Por lo tanto, el mejoramiento de la situación de los más pobres en la URSS y los primeros éxitos conseguidos por los cubanos (por ejemplo, la alfabetización de la población y la reforma agraria), constituyeron una señal de que la solución socialista era viable, más todavía al comprobarse que los gobiernos populistas no eran capaces de cumplir con gran parte de sus promesas.

La Revolución Cubana tuvo una enorme repercusión entre los partidos y movimientos de izquierda de América Latina. Hasta esas fechas, habían sido los partidos obreros, principalmente el comunista, los que habían abrazado la causa del socialismo, saliéndose de la movilización de sus bases proletarias (como los sindicatos) y participando del sistema electoral. El caso cubano presentó una serie de enseñanzas: por un lado, quedó demostrado que era posible llegar al poder a través de la lucha armada, apoyándose en sectores rurales, y por otro, se rompió la pretensión del Partido Comunista de ser la única organización capaz de encabezar un proceso de tal envergadura, ya que la revolución se había llevado a cabo sin que su concurso fuera decisivo.

A lo largo de la década de 1960, en varios países surgieron organizaciones que se propusieron imitar el modelo cubano. La denominada táctica del foco guerrillero sería adoptada en Colombia, donde se conformaron diferentes grupos armados que actúan hasta el día de hoy, como el Ejercito de Liberación Nacional (ELN), el Ejército Popular de Liberación (EPL) y el M-19, además de las Fuerzas Armada de la Revolución Colombiana (FARC), surgidas al alero del partido Comunista de ese país. También hubo guerrillas, o intentonas de guerrillas, en México, Guatemala, Venezuela, Perú y Bolivia, esta última patrocinada por el propio Ernesto Che Guevara a fines de los años “60”. Sin embargo, en ninguno de los países mencionados lograron las guerrillas concitar un respaldo importante de los campesinos, y menos, irradiar su influencia a las capas medias o a los trabajadores urbanos por entonces más propensos a seguir a líderes populistas o reformistas.

En Centroamérica la historia fue algo distinta, pues en Nicaragua la guerrilla logró avances significativos en los años “70”. Desde 1962 el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) -una amplia coalición integrada por elementos marxistas, católicos y nacionalistas- desplegó exitosamente la táctica guerrillera y consiguió el derrocamiento del dictador Anastasio Somoza en 1979, a pesar de los esfuerzos estadounidenses para evitar que hubiera una nueva Cuba. También en El Salvador actuó una guerrilla, el Frente de Liberación Nacional Farabundo Martí, que en los años “80” jugó un papel decisivo en la transición política de un régimen autoritario a otro democrático.

En el Cono Sur, la influencia cubana se percibió en la radicalización de la izquierda no comunista que optó por una estrategia de guerrilla urbana en vista del alto porcentaje de la población que vivía en las ciudades y los escasos resultados de la guerrilla rural en otras partes.

En Argentina actuaron desde fines de los años “60” los Montoneros, que trabajaron dentro del Partido Peronista, con el objeto de conseguir el retorno del caudillo al poder. El otro caso importante fue el de los Tupamaros de Uruguay, que emprendieron numerosas operaciones urbanas en contra de un régimen tildado de haberse vendido al imperialismo estadounidense. La cruenta represión que afectó a sus militantes, acabó por convencer a los Tupamaros de participar en un gran movimiento de izquierda –el Frente Amplio- que buscaba alcanzar el poder por vía electoral, en vez de perseverar en la vía armada.

En suma, la Revolución Cubana ejerció un poderoso influjo entre los partidos y organizaciones de izquierda de América Latina, los que, sobre todo en los años “60”, se empeñaron en la lucha por una sociedad más justa y con mayores oportunidades para todos, con la importante colaboración de la URSS. El ejemplo cubano reveló que el camino electoral no era el único para hacerse con el poder, pero al mismo tiempo provocó un endurecimiento de los sectores que no estaban dispuestos a perder sus privilegios. De ese modo, las sociedades latinoamericanas se polarizaron entre quienes deseaban avanzar hacia la revolución socialista y quienes seguían apostando por el modelo capitalista patrocinado por los Estados Unidos.
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