La reconstrucción económica y política






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EL POPULISMO: APROXIMACIONES TEÓRICAS
A menudo el populismo se ha entendido como un calificativo político que se expresa más que nada como un insulto o estigma, indicado por prejuicios negativos, en general, visto como un camino intermedio entre la demagogia y la intolerancia.

Lo que más llama la atención del populismo es la dificultad para clasificarlo dentro del tradicional eje bipolar derecha-izquierda, es más existen populismos que parecen “de derecha”, “de centro” y otros “de izquierda”, debido a que por lo general en los regímenes populistas existen matices que los caracterizan que hace generalmente imposible categorizarlos dentro de estos conceptos.

Por lo general se aplica más a un estilo que a un contenido, pudiéndose hablar entonces de nacional-populismo, populismo de izquierda, populismo neoliberal, populismo obrero, populismo étnico y populismo mediático. Sin embargo este concepto es uno de los más imprecisos del vocabulario de las Ciencias Políticas.

Empero, el populismo latinoamericano puede describirse más que una ideología o un régimen de gobierno, como un movimiento político con fuerte apoyo popular, pero que no busca formular transformaciones profundas al orden político existente.

Este movimiento expresa una convergencia inestable entre intereses de sectores y elementos subordinados de las clases dominantes y grupos sociales emergentes conocidas como clases populares. Este movimiento se enmarca también dentro del proceso de incorporación de las clases populares a la vida política, esta inserción es producto del resultado de un intenso y masivo proceso de movilización social como subproducto de una acelerada urbanización de las sociedades latinoamericanas.
Las características del populismo:
El pueblo
El grado y la medida en que un fenómeno político cabe en la definición depende de la posesión clara e incuestionable de un número limitado de elementos que conforman lo que podríamos llamar el “núcleo denso” del populismo. Éste esta compuesto principalmente por la apelación al pueblo por parte de un “líder carismático”, por medio de un discurso y una movilización política directa y anti política que apunta a la regeneración de una comunidad popular idealizada.

Todos lo populismos apelan directamente al “pueblo” fuera y por encina de cualquier representación institucionalizada. El pueblo en el discurso populista es una abstracción, una idealización, que pretende referirse a la totalidad de la población, o aquella parte de la población que posee las características más nobles, auténticas y puras. El pueblo, en efecto, contiene una carga semántica ambigua y polivalente. En algunos casos el pueblo es identificado con las clases populares contrapuestas a las oligarquías dominantes. Otras ocasiones es el “pueblo” auténticamente nacional, contra los extranjeros o extranjerizantes.

El populismo asume el pueblo como un mito, proclama su inocencia eterna y suprema, en definitiva se le observa al pueblo como una comunidad orgánica cohesiva, superior a los individuos, que descansa sobre elementos tradicionales que componen la cultura local, como de la etnia, la religión, la nación o la familia.

Este ideal comunitaria es visto como un elemento central de lo que podríamos definir como la “ideología populista” ya que busca cortar la distancia entre los de “arriba” y los de “abajo”.

La unión del pueblo es prioritaria e incuestionable. No es admisible ningún fraccionamiento interno bajo el pretexto de las diferencias regionales, étnicas o de clase, es ante todo transclasista, es decir, niega la relevancia o la legitimidad de las fracturas provocadas en el pueblo por las diferencias socioeconómicas. La fractura es reposicionada hacia afuera, entre el pueblo y el “no pueblo”.

El pueblo homogéneo y orgánicamente unido retiene supuestamente el derecho de la soberanía política. Aquí se encuentra una de las paradojas del populismo, su relación ambigua con la democracia. El populismo reivindica la “verdadera democracia”, el poder político del pueblo. Sin mediaciones, sin delegados, y sin trampas de la representación. En definitiva la democracia populista es hostil a la democracia representativa y busca retener la mayor cantidad de poder posible en las manos del pueblo. El populismo tiene una concepción de la democracia alternativa a la liberal, una democracia imaginada como expresión directa de la voluntad de la comunidad del pueblo, por medio de los líderes que surgen directamente de ella. El organicismo democrático del populismo se presenta como una radical alternativa a la idea liberal de que la sociedad esta compuesta por individuos anónimos que delegan sus intereses a representantes electos mediante el voto.

Este modo de concebir la democracia recuerda no dolo y no tanto a los populismos latinoamericanos “clásicos” de Perón, Vargas, Cárdenas e Ibáñez del Campo, sino también del fascismo de Mussolini y al nacionalsocialismo de Hitler. A primera vista, éstas pueden parecer experiencias absolutamente distintas por su radicalidad totalitaria, aspectos políticos y, sobretodo, ideológicos.

Sin embargo, es necesario diferenciar al populismo del fascismo por la ausencia de ideología del primero. Al fascismo también se le ha atribuido la falta de una verdadera ideología y, con respecto al populismo, no podemos afirmar, a secas, que no tiene elementos ideológicos, aún si ellos aparecen formulados de una manera vaga e informal. Por otro lado se ha señalado reiteradamente una afinidad entre el régimen fascista italiano y los gobiernos populistas de Vargas en Brasil y de Perón en Argentina.

La relación de parentesco entre las dos familias de estos fenómenos políticos es estrecha. Todo fascismo siempre es populista o contiene fuertes elementos populistas, pero existen muchas formas y manifestaciones populistas que no son fascistas. La combinación con otras especies ideológicas es más problemática, aunque existen formas bien reconocibles de populismo dentro de algunas experiencias socialistas como el estalinismo y el castrismo.

El populismo, en suma, es compatible con formulas de derecha y de izquierda, con el tradicionalismo y con la vanguardia revolucionaria, con el fascismo y con el estalinismo.

El líder carismático
Todo líder del populismo asciende directamente del pueblo para expresar en forma directa e inmediata, sus reclamos, aspiraciones e ideales. Este tipo de liderazgo permite una identificación clara y unívoca con el pueblo, mediante las características peculiares del líder. Este es el hombre surgido del pueblo, que expresa casi un estereotipo de sus vicios y virtudes en su estilo “descamisado” de vestir, termino acuñado en argentina para hacer referencia a las clases populares y obreras. En su forma franca y o vulgar de expresarse, en sus contactos directos con los humildes en las calles, en las arengas conmovedoras y casi familiares de las muchedumbres que se reúnen para escucharlo y vitorearlo. Esta identificación visual y biográfica entre líder y pueblo es tan necesaria, que un multimillonario italiano como Silvio Berlusconi puede cultivar una imagen de “líder obrero” subrayando sus orígenes humildes.

El liderazgo carismático es la expresión más consecuente de la idea de comunidad orgánica en tanto el pueblo necesita proyectarse en una sola persona y hablar por medio de ella con una sola voz. El líder no “representa”, expresa directamente la voluntad popular.
El discurso populista
Al ser una encarnación del pueblo, el líder debe hablar con un lenguaje accesible, directo, tajante, franco y cautivante. El discurso populista no admite complejidades, barroquismos y los hermetismos del lenguaje político tradicional. Va directo al grano, sin rodeos, sin eufemismos, sin sutilezas. No reconoce los tonos grises, solo el blanco y el negro. En este discurso sólo hay pueblo y no pueblo, amigos y enemigos. Los enemigos no compiten, conspiran. La idea del complot se traduce en un lenguaje accesible al imaginario popular, los peligros reales o supuestos que amenazan al líder y al movimiento.

Pero ante todo el discurso populista se presenta como un discurso moral, buscando definir y dividir los “buenos” de los “malos”. Aquí se encuentra uno de los motivos que llevan a cierta desconfianza hacia el populismo, su tendencia hacia la guerra moral, a la satanización de los adversarios con vista a la reconstitución de una comunidad popular totalizadora, donde no tiene cabida el pluralismo.
Algunas consideraciones
En realidad el populismo, lejos de representar un estado morboso, es perfectamente compatible con la democracia, no existiría sin los principios de soberanía, legitimidad y participación popular, que son las bases del sistema político democrático. De acuerdo a estos principios el populismo expresa un reclamo popular auténtico de renovación política, donde se percibe un anquilosamiento de los sistemas representativos, una deriva oligárquica de la clase política y un déficit democrático de las instituciones y de los centros de decisión. Aunque existe siempre el riesgo de una deriva demagógica y autoritaria.

El populismo irrumpe en escena cuando fallan las instituciones representativas de la democracia liberal. En cierto sentido, su aparición muestra claramente los límites del modelo liberal, su tendencia hacia el anquilosamiento institucional y el elitismo oligárquico. Además, el populismo parece adaptarse mejor a los cambios introducidos por la tecnología de las comunicaciones de masas, en tonto el mensaje visual directo, emocional, proyectado por líderes populares carismáticos, es más eficaz que el viejo discurso técnico, utilitarista y racional de los políticos liberales.
Experiencias populistas en Latinoamérica
Los ejemplos más conocidos de populismo en América Latina fueron los regímenes instaurados por Getulio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina. En estos, como en la mayoría de los países de nuestro continente, donde hubo gobiernos que podrían ser tildados de populistas, se emprendieron reformas importantes de marcado carácter nacionalista.


  • El caso brasileño

En Brasil, Getulio Vargas ejerció la presidencia de la República a partir de 1930, tras llegar al poder mediante un golpe de Estado. En 1934 fue electo presidente constitucional y llevó a cabo profundas transformaciones que tenían por objetivo convertir a Brasil en un país industrializado y disminuir la dependencia económica de las exportaciones de café fuertemente golpeadas por la crisis de 1929. En 1937, Vargas fundó el denominado Estado Novo (Estado Nuevo), que poseía muchas semejanzas con los totalitarismos europeos. Ante supuestas amenazas al orden, tanto desde la izquierda como desde la derecha, proclamó el Estado de excepción: prohibió todas las organizaciones políticas, disolvió el Congreso invocó los principios de unidad y defensa nacionales. A pesar de contar con el apoyo de los sindicatos, capas medias y la burguesía industrial, el autoritarismo de Vargas fue generando demasiados anticuerpos y, después de quince años en el poder, fue derrocado por los militares en 1945.


  • El caso argentino

Entre 1943 y 1955, Argentina estuvo dominada por la figura de Juan Domingo Perón, un coronel que había participado de un golpe militar de inspiración fascista en 1943 y que ante el desprestigio de la política en su país, resultó electo presidente en 1946. Su triunfo fue posible con los votos de los pequeños y medianos propietarios, de los trabajadores y de una emergente burguesía industrial. Así, el régimen de Perón estuvo apoyado institucionalmente en el Ejército y en los sindicatos agrupados en la poderosa Confederación General del Trabajo (CGT)

El populismo peronista persiguió la creación de un capitalismo nacional independiente de los intereses extranjeros. En función de aquello impulsó la industrialización del país, nacionalizó algunas riquezas básicas (petróleo, minas, gas natural, carbón) y emprendió la construcción de gran cantidad de obras públicas. El incondicional apoyo popular a Perón fue retribuido en la labor social, donde destacó el protagonismo de su segunda esposa Eva Duarte (1919-1925), llamada cariñosamente por todos los argentinos Evita. “Perón cumple, Evita dignifica”, rezaba de hecho el principal eslogan peronista, aludiendo a las medidas tomadas para mejorar las condiciones de vida del pueblo. No obstante, igual que en Brasil, un golpe militar terminó con el régimen peronista ante nuevas crisis económicas y la política represiva adoptada contra los disidentes.





Ilustración de Perón junto a su esposa Eva Duarte de Perón en una manifestación pública donde apela directamente a las masas.



Junto a los regímenes populistas que gobernaron esta época en América Latina, coexistieron otras formas de gobierno, como las administraciones del Frente popular en Chile entre 1938 y 1952 (sustentadas originalmente en una alianza entre partidos de clase media y proletarios), los gobiernos militares de signo conservador que se instauraron en casi toda Centroamérica, la ejemplar democracia que se estableció en Costa Rica , que incluso llevó a la disolución de las Fuerzas Armadas en 1948, y la situación de colonia en que aún estaba la mayoría de las islas del Caribe, las cuales empezarán procesos de emancipación en la década del’60.
CARACTERISTICAS DE LOS MODELOS Y EL PENSAMIENTO ECONÓMICO LATINOAMERICANO
Auge y caída de un nuevo modelo económico
El desmoronamiento de las economías latinoamericanas en la década del “30”, implico también la toma de conciencia, por parte de las elites, acerca de su vulnerabilidad y significó el puntapié inicial para buscar la forma de reducir la dependencia externa.

La gran panacea fue el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), que se basaba en la diversificación de las actividades económicas a través del desarrollo de la industria, tal como lo había demostrado la experiencia de los países mas avanzados del mundo. Por una parte, la idea era fabricar en cada país de América Latina la mayor cantidad de bienes posibles, para no tener que importarlos desde Europa o Estados Unidos; por otra, se consideró indispensable contar con una gama más amplia de productos exportables, los que debían ser elaborados por empresas nacionales.
El estado empresario
El modelo ISI se aplicó en América Latina desde los años “30” hasta fines de los “60”, aunque ya desde comienzos del siglo XX algunos países, como Argentina, Brasil o México, habían iniciado un lento proceso de industrialización. La gran diferencia en este periodo estuvo en el papel que desempeño el Estado en la promoción activa del nuevo modelo.

Tanto los Estados populistas como los otros regímenes –por ejemplo el Frente Popular en Chile-, comenzaron a involucrarse vigorosamente en la planificación y la gestión económica. En función de aquellos, se tomaron medidas como la elevación de los impuestos a las mercaderías importadas, para estimular la producción interna de bienes; se buscó aumentar los ingresos de la población, para que tuviera un mayor poder adquisitivo, y se establecieron empresas estatales y mixtas que producían para el mercado interno de cada país. Asimismo, los Estados procedieron a la creación de bancos que pudieran auxiliar con créditos a los empresarios nacionales y fundaron nuevos ministerios que se encargarían de supervisar y dirigir el desarrollo industrial.

Por otro lado, el Estado también abocó a robustecer el sector público, mediante el establecimiento de grandes empresas que los capitales privados no estaban en condiciones de financiar, ya fuese por el monto de dinero que era necesario invertir o por el riesgo que implicaba su participación. La industria siderúrgica surgió, principalmente durante el decenio de los “40”, y posteriormente lo hicieron otras, abriendo nuevos campos a la producción industrial latinoamericana y a la creación de otras empresas públicas, las que se vieron favorecidas con el aporte de recursos externos que se logró movilizar por la vía estatal.

Surgieron además muchas empresas estatales, que debían procurar el aprovisionamiento de los diversos organismos del sector público, como por ejemplo, la confección de muebles para las oficinas fiscales, fábricas de vestuario para las fuerzas armadas, talleres de mecánicos o maestranzas de ferrocarriles. Se sumó a esto la nacionalización de riquezas básicas y la construcción de infraestructura: carreteras, centrales hidroeléctricas servicios sanitarios, etc.

En todo este esfuerzo fue decisiva la influencia de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), fundada en 1948 a instancias de las Naciones Unidas. La CEPAL, con sede en Santiago de Chile, se conformó como un organismo asesor de los gobiernos latinoamericanos en su impulso por lograr la tan anhelada industrialización y superar el subdesarrollo económico. Sus orientaciones en torno a cómo encarar este proceso fueron muy divulgadas en la década del “50” y tienen el merito de haber sistematizado el pensamiento económico latinoamericano sobre temas clave, como las relaciones con los países más ricos, la importancia del Estado en la economía o la justicia social. El conjunto de estas ideas también ha recibido el nombre de desarrollismo.
La crisis del modelo ISI
Las expectativas que se habían forjado para salir del subdesarrollo no pudieron ser satisfechas, a pesar de las nuevas políticas económicas. Aunque el modelo ISI significó un gran avance para las economías de América Latina, no sirvió para resolver muchos de los desajustes estructurales que presentaba nuestro continente. Las ilusiones de hombres como el argentino Raúl Prebisch, uno de los ideólogos detrás de la CEPAL, quién predicó que “cuanto más se desarrollen estas industrias y cuanto mas alta sea la proporción de esas materias nacionales, tanto menos vulnerables seremos a las influencias exteriores”, definitivamente no se hicieron realidad. ¿Qué ocurrió?

Una conjunción de factores internos y externos conspiró en contra del éxito del proyecto industrializador.

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