La reconstrucción económica y política






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GEOGRAFÍA DE AMÉRICA LATINA


  1. América.


Situación y forma.
Segundo continente en tamaño, luego de Asia, su superficie total alcanza a los 42 millones de Km/2. Su longitud. El cual puede desglosarse en las siguientes unidades geográficas:


  1. Norteamérica, con 22.935.000 Km/2, comprende a Canadá, Estados Unidos y el territorio mexicano ubicado al norte del istmo de Tehuantepec.




  1. Centroamérica, con 1.338.000 Km/2, se extiende desde el istmo de Tehuantepec hasta el valle del río Atrato, ubicado en territorio colombiano.

  2. Sudamérica, con 17.764.000 Km/2, se inicia en el río Atrato y se extiende hasta el Cabo de Hornos.




  1. México, América Central y el Caribe


Aspectos de su relieve.
Desde el punto de vista del relieve y su estructura se distinguen 3 zonas:


  1. México: Que pertenece ala América del Norte en gran parte de su territorio, desde el límite septentrional hasta el istmo de Tehuantepec.

Geológicamente esta parte de México está unida a los EE.UU. lo que se manifiesta nítidamente en el norte donde las dos cierras –Sierra Madre Occidental y Sierra Madre Oriental- encierran una gran meseta central, continuando las estructuras del relieve del Oeste de los EE.UU.


  1. América Central: Presenta una morfología montañosa en donde tienen gran importancia los movimientos tectónicos y la actividad volcánica.

Este sector norte se extiende desde el istmo de Tehuantepec hasta la depresión de los lagos Nicaragüenses y se caracteriza por la amplitud de las regiones montañosas en el centro oeste y de las llanuras selváticas de la vertiente Atlántica.


  1. Caribe: Conformado por las islas de las Antillas, se considera una prolongación del relieve continental. Destacan las Antillas Mayores, las cuales se generan producto del levantamiento de grandes bloques. Dentro de las Antillas mayores, destacan: Haití, Santo Domingo, Jamaica, Cuba y Puerto Rico. En el caso de las Antillas menores, estas son producto de los afloramientos de una línea de volcanes, y las continentales, producto del levantamiento de antiguos depósitos de coral. Entre las Antillas menores destacan: Aruba, Barbados, Bahamas, Guadalupe, Martinica, Trinidad y Tobago, entre otras.


Clima y vegetación
América Central y el Caribe se localizan dentro de las latitudes tropicales y ecuatoriales y cuentan con la presencia de dos factores climáticos permanentes como son: las aguas cálidas del Caribe (Corrientes del golfo) y la presencia de los vientos Alisios.

Con la excepción de México septentrional que es árido y seco, con menos de 500 mm. De precipitaciones y vegetación de matorrales espinosos y plantas xerófitas; en el Centro y Sur precipita más de 600 mm. Las temperaturas son altas y parejas a lo largo del año con medias superiores a los 20 º C.

En la vertiente Atlántica existe un clima de selva ecuatorial con lluvias todo el año producto de la presencia de la corriente cálida del Golfo y los vientos Alisios. En la vertiente del Pacífico se presenta un clima tropical con una estación seca, característica del clima de sabana.

En algunas zonas la altura hace variar las temperaturas encontrando tres tipos de paisajes: las Tierras cálidas (hasta los 1000 m.); las Tierras templadas (hasta los 2000 m.) y las Tierras frías (sobre los 2000 m.)


  1. América del Sur


Aspectos del Relieve
Sudamérica es la parte más extensa de América Latina y la Cordillera de los Andes determina el conjunto de su relieve sudamericano. De este relieve pueden distinguirse seis grandes unidades naturales:


  1. La Cordillera de los Andes: Cordillera reciente de fines de la era secundaria y comienzos del terciario originada por procesos de plegamientos y tectonismo. Maciza, alta, la primera del mundo en longitud, aproximadamente 9.000 Kms., con ancho medio de 250 KMS., con máximos cercanos a los 1.000 Kms. en la región de los altiplanos.

Los Andes dominan el paisaje de todo el sector occidental, acumulan las nieves, contienen gran cantidad y variedad de recursos mineros; distribuyen las aguas del subcontinente, originan por su altura climas azonales, además de servir de biombo climático. A lo largo de su extensión es posible distinguir distintos sectores, entre ellos encontramos:


  • Los Andes Septentrionales (Venezuela y Colombia) “Andes Húmedos”

  • Los Andes Ecuatoriales (Ecuador)–Sierra, Volcán Chimborazo (6.080 m.)

  • Los Andes Centrales (Andes del Perú, Bolivia y el Norte de Chile) – Altiplano.

  • Los Andes Meridionales (Andes chileno-argentino) – Monte Aconcagua.

  • Los Andes patagónicos (extremo sur del continente) – erosión glacial.


Algunos geógrafos sostienen que la cordillera se prolonga en forma de arco submarino, reapareciendo en la Antártida donde se denomina Antartandes o Andes de la Antártica.


  1. Las Mesetas o escudos de Guayana y Brasil: Las mesetas de Guayana y Brasil son mucho más antiguas que los Andes. Forman escudos Inmóviles y están compuestas esencialmente de rocas muy antiguas (pre-cámbricas). Las alturas máximas no llegan a los 3.000 m. (Pico Bandeiras con 2.890 m; Roraima con 2.810 m.)




  1. El altiplano andino: Es una franja de territorio de unos 200 kms. De ancho y una latitud media de 3.000 a 4.000 m. Asentada entre dos brazos de la Cordillera de los Andes, ocupa todo el occidente boliviano y la zona del sureste del Perú. Aislada por elevados macizos, se presenta como una inmensa cuenca cerrada, extremadamente horizontal, en la que destacando extensos lagos; el Titicaca, compartido con el Perú en la zona norte, y el Poopó en la parte central del altiplano boliviano.




  1. La pampa; Se ubica en el centro de Argentina, entre el Chaco al norte y la Patagonia al sur. Es una gran planicie que asciende con suavidad desde las orillas del Atlántico y del río Paraná hacia los Andes. Los ríos que la atraviesan son de escasa longitud y forman quebradas profundas.




  1. La Patagonia; Abarca la zona sur de Argentina y Chile, aproximadamente desde los 39º de latitud Sur, correspondiente al río Colorado en el lado occidental, hasta la Tierra del Fuego. Es una meseta antigua que desciende en forma escalonada desde los Andes al Atlántico. Cruzan esta zona un gran número de ríos, asentados en causes de origen glacial, y de lagos. Entre los ríos destacan, el Colorado, el Negro y el Chubut, y entre los lagos: Nahuelhuapi, Carrera y O´Higgins.




  1. Las Cuencas Fluviales de la vertiente Atlántica; En América del Sur existen tres grandes hoyas hidrográficas que han formado enormes llanuras aluviales con importantes recursos, lo que ha permitido su incorporación a la vida económica Latinoamericana.




    • El sistema del Orinoco: Abarca una superficie de 662.000 Km/2 (parte de Venezuela y la región oriental de Colombia). Su extensión es de 2.140 Km., es un río típico de llanura, de mínima pendiente y en su curso inferior es navegable.

    • El sistema del Amazonas: Es el más extenso del mundo por su volumen y longitud. Tiene su origen en las nacientes del Ucayali-Apurimac y hasta su desembocadura en el Atlántico supera los 6.300 Kms. Su cuenca supera los 6.000.000 Kms/2, y ocupa territorio brasileño, peruano, colombiano, ecuatoriano, venezolano y boliviano. Es propiamente un río de llanura y tiene un mínimo de declive a lo largo de su curso.

    • El sistema del Río de La Plata: Constituido por tres grandes arterias fluviales: El río Paraguay, el Paraná y el Uruguay. Este gigantesco abanico fluvial se junta para formar el río de la Plata, que es en realidad un estuario que cubre una superficie de 35.000 Km/2 y mide unos 299 Km. de ancho en su desembocadura entre Cabo Santa María (Uruguay) y Cabo San Antonio (Argentina)


Climas y Vegetación
El desarrollo en latitud de Sudamérica, la ubicación de los relieves con respecto a los vientos y la influencia de las corrientes marinas en los distintos sectores del subcontinente son los factores que condicionan los climas de Sudamérica. Es por ello que podemos ubicar los siguientes tipos de climas.


  1. Selva Ecuatorial: Permanentemente húmedo y cálido. Temperatura superior a los 25 º C., oscilación térmica insignificante y precipitaciones repartidas a lo largo de todo el año (Manaos 1775 m.m., Iquitos 2.618 m.m.). La vegetación es exuberante, con arbustos y árboles de hasta 20 mts. de altura. Este tipo de clima se concentra en la cuenca del río Amazonas.




  1. Tropical con estación Seca o Sabana: Temperaturas altas sobre los 20 º C. como promedio, con gran cantidad de precipitaciones, pero con una estación seca bien definida. Precipita en el verano, además es la época de la crecida de los ríos. Vegetación de sabanas herbáceas altas, gramíneas, bosques galerías. Se encuentra en los llanos del Orinoco, en el gran Chaco y en la meseta brasileña.




  1. Áridos y semiáridos: Se caracterizan por las escasas precipitaciones y grandes oscilaciones térmicas. Destacan un sector correspondiente al litoral del Caribe colombo-venezolano, el litoral chileno-peruano y la Patagonia (estepa fría semiárida)




  1. Clima Templado Cálido Mediterráneo: Este tipo de clima se localiza en la vertiente occidental del continente desde la cuenca del río Aconcagua (V región) hasta Traiguén (IX región). Las precipitaciones se concentran en invierno y aumentan con la latitud. La temperatura promedio es baja, de 11 a 13 grados y la humedad permite a los bosques avanzar sobre las cubiertas herbáceas.




  1. Clima Marítimo lluvioso: Se extiende desde Chiloé hasta la Península de Taitao, las temperaturas media anual bordean los 10 º C; y la pluviosidad puede llegar hasta unos 4.000 m.m.; esta asociada con el bosque austral.




  1. Clima Templado Subtropical de Vertiente Oriental: Localizado en el sur del Brasil, en Uruguay y la Pampa argentina. Las condiciones de humedad fluctúan entre los 600 y los 1.000 m.m. anuales, ellas son favorables para el desarrollo de diferentes tipos de cultivos. Por su gran extensión se observan ciertas diferencias pluviométricas entre el sector oriental y el occidental que es más árido.


HISTORIA DEL SIGLO XX LATINOAMERICANO
La crisis del orden oligárquico liberal

Tras el proceso de independencia, los países americanos se dieron la tarea de construir su ordenamiento político, para ello utilizaron todos los elementos que tenían a mano: teoría filosóficas y científicas, el modelo de otros estados y las instituciones. Pese a las diferencias de los procesos independentistas, el orden social predominante en América Latina hasta las primeras décadas del siglo XX es el oligárquico. Por oligarquía se entiende tradicionalmente como el gobierno de unos pocos, pero cuando se habla de un régimen oligárquico, se alude a un orden social y político en que pocas personas, familias o grupos, detentan el poder y los beneficios sociales y económicos que éste trae consigo, excluyendo abiertamente al resto de la sociedad.

En los regímenes oligárquicos, el poder político pasa a concentrarse en las manos de las elites nacionales, conformando gobiernos fuertes y excluyentes o, en algunos casos, dictaduras, que no siempre están en las manos de la elite, pero que responden a sus intereses.

Las oligarquías locales resultaron enormemente beneficiadas del modelo económico imperante en la época, basado en la exportación de recursos y la importación de bienes. Dueñas de las grandes propiedades agrícolas (Latifundio) o ganaderas (Estancias), sus intereses se vinculaban estrechamente con los de los comerciantes extranjeros –sobre todo ingleses-, quienes se encargaban del transporte y la comercialización de los productos latinoamericanos en ultramar. Ambos grupos, las elites de América Latina y los capitalistas ingleses, se complementaban por lo que no se registraron mayores roces entre ellos.

América Latina fue tierra de una prosperidad sin precedentes en su historia, entre 1880 y 1914 aproximadamente. En países como Argentina, Uruguay, México, el sureste de Brasil, Cuba, Chile y Colombia se experimentó un crecimiento económico excepcional, sustentando en la exportación de materias primas y alimentos hacia diversos mercados, principalmente europeos.

La elite Latinoamericana estaba cada vez más europeizada y admiraba el refinamiento francés, el espíritu emprendedor y la tecnología de los ingleses y estadounidenses. Con sus ojos puestos fuera de sus fronteras, no solo ignoraba la realidad cotidiana del resto de la población latinoamericana, sino que además culpaba a indígenas y mestizos del atraso de América Latina.

Las teorías filosóficas de moda, como el positivismo y el evolucionismo, constantemente vinculaban el desarrollo de los pueblos con las características raciales de la población. Estas ideas terminan por constituirse en verdaderos legitimadores del orden político, económico y social existente, especialmente en países con gran presencia de población indígena como México y Perú.

Para influyentes pensadores latinoamericanos, el problema del continente es su constitución racial. Asocian a indígenas y mestizos con la pereza, la falta de espíritu emprendedor y la incapacidad sicológica de modernizarse, por lo que están condenados a la pobreza y el atraso. Dadas estas características morales, los positivistas plantean la incompetencia de indígenas y mestizos para participar de la toma de decisiones políticas, con lo que legitima la exclusión de la mayoría de la población.

El ideal del positivismo es el orden y progreso y este ideal debe alcanzarse a cualquier precio. La legitimación de regímenes excluyentes o de hombres fuertes encuentra su correlato en materia económica: los postulados del liberalismo económico estimulan la conexión de Latinoamérica a la economía externa, acrecentando el poder de las elites nacionales y de los capitalistas extranjeros. América Latina consolida así el modelo exportador de materias primas e importador de bienes manufacturados, vigente hasta la gran depresión económica de 1929.

Este modelo económico rinde sus frutos, directamente conectados con los ciclos de prosperidad del mercado exportador. La bonanza económica se refleja en la construcción de obras que facilitan el transporte de bienes y personas, así como el asentamiento de la autoridad central, cuyo ejemplo más emblemático esta dado por los ferrocarriles.

Al mismo tiempo, los ciclos de expansión económica repercuten directamente en una serie de transformaciones sociales, que alteran la fisonomía de los países latinoamericanos. Por una parte se produce una alteración, en la composición del alto sector social: junto a los terratenientes tradicionales, conviven con banqueros, comerciantes, dueños de minas y diversos personajes que han hecho su fortuna al amparo de las florecientes explotaciones comerciales demandadas por el mercado internacional. Esta burguesía, en muchos casos extranjera, entabla relaciones con la elite tradicional y se incorpora, en distintos grados, a la oligarquía política local.

La hegemonía oligárquica descansaba también en el dominio cultural, a través de un limitado acceso a la educación, y la restringida movilidad social que impedía que otros sectores pudieran competir por el poder. El latifundio constituía la principal unidad productiva desde la cual la elite hacia sentir su poderío económico, socio-político y cultural a los demás grupos sociales. Este orden de cosas se vio mortalmente amenazado durante el período comprendido entre 1914 y 1930.
Los cambios en la situación internacional
La dominación oligárquica descansaba en el funcionamiento del modelo primario-exportador, que hacia depender la economía de la demanda externa de las mercancías que América Latina podía ofrecer. Argentina y Uruguay eran importantes proveedores de productos agrícolas y ganaderos (carne, lana y trigo); Chile se había especializado en la extracción de cobre y en la venta de salitre proveniente del desierto de Atacama; Colombia y Brasil habían crecido gracias a la producción de café, México exportaba el henequén (fibra vegetal utilizada para hacer cuerdas), azúcar, zinc y petróleo; Perú hacia lo propio con el azúcar y la plata; Bolivia con el estaño, Cuba con el azúcar y el tabaco y Centroamérica vivía de la venta de café y plátanos.





Las oligarquías latinoamericanas mantuvieron durante mucho tiempo el poder político, económico y cultural del sistema social, hasta que se fue desintegrando poco a poco y otros actores fueron ingresando.


El talón de Aquiles de este modelo era la dependencia excesiva de la capacidad compradora de los socios comerciales europeos y de los estadounidenses, desde las primeras décadas del siglo XX. En algunos países, como Argentina, México, Brasil y Chile, se había invertido en industrias que producían bienes básicos de consumo, pero las economías latinoamericanas se encontraban, en general, completamente subordinadas a los vaivenes que se producían en otros lugares del mundo. Las ganancias que por décadas se obtuvieron gracias a una balanza comercial favorable, no fueron aprovechadas para diversificar la producción porque las oligarquías tendieron a conformarse con el crecimiento fácil que brindaban las exportaciones. Cada vez que se registraban crisis económicas internacionales, bajaban los precios de las materias primas. Por lo tanto, las crisis afectaban con especial virulencia a nuestro continente, pues no había a quien venderle la producción, escaseando el dinero para pagar las importancias y los sueldos de la gente.

Las dos guerras mundiales y la gran crisis de 1929 revelaron en toda su magnitud de la dependencia de las economías latinoamericanas, muchas de las cuales, como la chilena, se derrumbaron estrepitosamente a raíz de esas coyunturas. Las inversiones extranjeras, se redujeron, se cerraron las puertas para obtener préstamos y el comercio exterior disminuyó notoriamente. Asimismo, hubo masivas movilizaciones por parte de los sectores que debían cargar sobre sus hombros los efectos de la crisis, lo cual puso en riesgo la estabilidad política. Tal desastre económico y social alertó, incluso a sus más fervientes defensores, sobre el riesgo que implicaba la mantención del modelo primario-exportador.

Por otra parte, desde los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, se había intensificado otro fenómeno que afectó las rentas de las oligarquías.

Antes de 1914, la influencia inglesa en América Latina era incontrarrestable, pero paulatinamente fueron haciéndose fuertes los capitales estadounidenses. A diferencia de los ingleses, la penetración de los Estados Unidos se fue haciendo a costa de las clases dominantes latinoamericanas, porque sus inversiones se concentraron en el sector productivo, donde hasta entonces predominaba la propiedad de las oligarquías. Numerosos yacimientos mineros, extensas tierras o el petróleo fueron pasando a manos norteamericanas, afectando los intereses. Además, importantes riquezas se desnacionalizaron, en tanto que el comercio con el vecino del norte también se incrementó. De un 10% de las exportaciones que iban a EE UU antes de la Primera Guerra Mundial, se pasó a un 38% en 1929.

La situación mundial después de 1929 y la Segunda Guerra Mundial más tarde exacerbaron estas tendencias. Las potencias europeas se volcaron hacia dentro para poder superar la crisis, de la manera que quedó despejado el camino a los capitales estadounidenses, que ya no encontraron obstáculos para su penetración en América Latina.
La irrupción de nuevos actores.
A la nueva situación económica latinoamericana, que ponía en jaque el poderío y control que por décadas había ejercido la oligarquía, se sumó un fuerte remezón interno, materializado en la toma de conciencia del rol social y del derecho a participación que tenían los otros sectores sociales, hasta entonces ignorados por las oligarquías. En este nuevo contexto, los grupos emergentes ya no estaban dispuestos a permanecer al margen del gobierno de sus países.

Las capas medias
Hasta finales del siglo XIX, las oligarquías latinoamericanas gobernaron sus países, prácticamente sin contrapeso. Pero a medida que iba creciendo el aparato del Estado, se incrementaron los ministerios y los servicios públicos se robusteció el ejército, haciéndose necesario desempeñarse en las nuevas tareas. En este contexto, se fueron haciendo cada vez más numerosas algunas concesiones dentro de la burocracia estatal, aunque no lograron constituirse aún en actores capaces de amenazar el poderío de la oligarquía.

Ya en las primeras décadas del siglo XX, las capas medias experimentaron un crecimiento notorio. Adquirieron su propia fisonomía en las ciudades, aunque eran inexistentes en las zonas rurales y muy escasas en las pequeñas ciudades de provincia. Si bien se habían organizado en algunos partidos políticos –el primero genuinamente de la clase media fue la Unión Cívica Radical, fundada en Argentina en 1891-, estos, en su mayoría, no desarrollaron un programa de transformaciones socioeconómicas que gozara del apoyo de otros grupos, por lo que no lograron representar a los sectores que aún estaban poco cohesionados socialmente. Solo como resultado de la crisis de 1929 y el consiguiente deterioro de la oligarquía, las capas medias emergieron como un actor central en la política latinoamericana y tomaron conciencia de sí en cuanto a una clase social con intereses propios.

Las experiencias más sobresalientes del protagonismo alcanzado por las capas medias antes de la crisis de 1929 se vivieron en Uruguay y Argentina. En el primero de estos casos, fue un político entroncado con la oligarquía uruguaya quien encabezó la modernización de su país apelando a las capas medias y a los trabajos. El periodista José Batlle y Ordóñez (1856-1929) del partido Colorado, fue electo presidente de la República en dos ocasiones (en los períodos de 1903-1907 y 1911-1915) y dominó la política uruguaya hasta su muerte. Su programa básico llevaba el lema de “Libertad electoral y elecciones honestas” e inauguró una larga tradición democrática en su país, que recibió el calificativo de la “Suiza de América del Sur”. Entre sus mayores realizaciones se cuentan el establecimiento de la jornada laboral de ocho horas, la primera ley de divorcio de Latinoamérica, en la que se salvaguardaban especialmente los derechos de la mujer, y la creación de importantes empresas públicas.

Argentina constituyó el otro ejemplo paradigmático de ascenso de las capas medias. Aquí por primera vez un partido representativo de estos sectores – la Unión Cívica Radical (UCR)- tuvo acceso al poder con Hipólito Yrigoyen, en 1916.

La UCR gobernó hasta 1930, pero nunca logró desplazar verdaderamente a la vieja oligarquía. Sus logros incluyen una legislación social, reformas en el sistema universitario y el crecimiento del sector público, aunque estos no fueron tan duraderos como en Uruguay. Sin embargo, quedó demostrado que era posible la ampliación de la participación ciudadana para avanzar hacia cambios desde una perspectiva más democrática. Un golpe militar de orientación derechista puso fin a esta primera experiencia mesocrática en Argentina.

La hegemonía política social de la oligarquía fue amenazada también en México, donde los sectores medios participaron activamente del proceso revolucionario iniciado en 1910; en Chile, con el gobierno de Arturo Alessandri desde 1920 y los movimientos de oficiales jóvenes; y en Perú, con la gran popularidad que adquirió la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), fundada en 1924. Sin embargo, solo después de la crisis de los años’30, las capas medias surgieron con un proyecto propio en la mayor parte de los países de América Latina. No obstante, para que esos proyectos pudieran imponerse con éxito fue necesario buscar alianzas con otro factor fundamental: los partidos de la clase obrera.
El proletariado
Los estratos populares registraron también un crecimiento significativo a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. La expansión de las ciudades y la paulatina formación de mercados internos llevó a la aparición de un sector obrero urbano, proceso que se acentuó con las migraciones desde el campo hacia la ciudad y con la inmigración europea que aportó con las ideas anarquistas y socialistas.

Las organizaciones de los obreros en los centros mineros, por su parte, presionaron a los poderes públicos mediante frecuentes y masivas huelgas. A pesar de conseguir las primeras reglamentaciones laborales sobre jornada, seguridad e higiene en el trabajo, su reciente formación como clase no estuvo libre de obstáculos. Quizás el principal fue su aislamiento y dispersión física, por la distancia que separaba a las regiones mineras del proletariado urbano. Además, en el campo, el control social de la mano de obra que ejercían los grandes propietarios se mantuvo e incluso abarcó a las propiedades y aldeas cercanas. En esos años, la condición de servidumbre y la pobreza del campesinado no sufrió modificaciones sustantivas. Los potenciales focos de conflicto residían en la población rural no integrada al latifundio, cuya existencia se caracterizó por la marginalidad y el vagabundeo en busca de algún empleo estacional.

Con el tiempo, en las nacientes industrias y en las zonas mineras se fue perfilando un proletariado cada vez más organizado y consciente de sus derechos. A partir de los años “20”, proliferaron los sindicatos que se nutrían del discurso socialista – muy prestigiado por el impacto de la Revolución Rusa-, y que era divulgado por ideólogos como el chileno Luis Emilio Recabarren o el peruano José Carlos Mariátegui. El marxismo le imprimió coherencia al accionar de los trabajadores y permitió darle sentido a sus luchas cotidianas por la jornada de ocho horas, el derecho de organización sindical y de huelga y la limitación de la explotación de mujeres y niños. En el umbral de la gran crisis de los años “30”, el movimiento obrero se encontraba bastante articulado en la mayoría de los países latinoamericanos, especialmente en Perú, Bolivia y Chile. La creciente importancia de los partidos políticos que representaban a estos sectores, como el partido Comunista, permitió trasladar sus reivindicaciones desde el ámbito netamente laboral al político y generar así un vasto movimiento que presionó aún más a la alicaída oligarquía.
La experiencia del populismo
La crisis de los años “30” y el agotamiento de la hegemonía oligárquica provocaron grandes convulsiones en América Latina. Las cosas ya no volverían a ser como antes. La pérdida de mercados fundamentales en Europa –acentuada aún más con la Segunda Guerra Mundial- y la incapacidad de los gobiernos para hacer frente a las presiones que provenían de los sectores medios y obreros sumieron a nuestro continente en una ola de golpes de Estado y cambios de gobierno. En los años inmediatamente posteriores a la crisis económica, los militares habían tomado el poder en Argentina, Brasil, Chile, Perú, Guatemala, El Salvador, Honduras y Cuba. De esa forma, se fue allanando el terreno para un nuevo tipo de régimen que se nutrió de la conflictiva situación social.
Crecimiento urbano y social
Uno de los rasgos más característicos de Latinoamérica después de la Segunda Guerra Mundial fue el explosivo aumento de su población. Los 159 millones de habitantes que había en 1950, llegaban a los 209 millones diez años más tarde y a 275 millones en 1970. El crecimiento se debió principalmente a la caída de la mortalidad y al incremento de los nacimientos. El resultado de este proceso fue la presencia de un gran contingente de población joven (hasta 19 años) que difícilmente podía proveerse un sustento. Muchos de estos jóvenes migraron desde las áreas rurales hacia las ciudades en busca de empleo, debido a que el sector agrario había sido el más afectado por las crisis económicas.

A partir de los años “50”, la población urbana comenzó a predominar en los países económicamente más importantes de América Latina. El problema fue que las ciudades no estaban preparadas para recibir a tanta gente. La cesantía se transformo en un problema sin solución y masas de personas subempleadas vivían en la miseria, sin tener siquiera un techo donde poder cobijarse.

Desde México hasta Chile, la estructura social se fue polarizando y el abismo entre los más ricos y los pobres se hizo más y más profundo. Tomando como base el ingreso per cápita de América Latina, algunos estudiosos han establecido que alrededor de un 60% de la población percibía ingresos que se situaba por debajo del promedio nacional.
Rasgos del populismo
Los partidos de clase media y proletaria lograron captar solo parcialmente la adhesión de los sectores marginados y subempleados, porque estaban disputando el poder a la oligarquía reclutando a sus militantes en los lugares de trabajo, a través de la formación de sindicatos. Como la gran masa de pobres no tenía trabajos estables, se hizo muy difícil lograr su apoyo para un programa de cambios liderado por los partidos tradicionales. Una nueva modalidad de participación y movilización en demanda de mejores condiciones de vida comenzó entonces a imponerse en nuestro continente: el populismo.

Las décadas de 1930 a 1960 fueron dominadas por un tipo de liderazgo que se planteó originalmente en contra de la oligarquía y de los políticos en general. Se trató de un fenómeno que hay que comprender en el marco de la complicada situación socio-económica de las mayorías latinoamericanas, que guardaba ciertas similitudes con lo ocurrido en Europa durante el periodo de entreguerras, cuando se hizo fuerte el fascismo.
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