La reconstrucción económica y política






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LOS MOVIMIENTOS SOCIALES DE LOS SESENTAS Y LA REBELDIA JUVENIL
Nuevos actores para la época
Cuando toda la atención estaba centrada en las grandes disputas ideológicas y los cambios geopolíticos derivados de la descolonización, el mundo fue sorprendido por una ola de nuevos movimientos sociales. El tenor de las demandas y del tipo de actores involucrados en el proceso no calzaban con el perfil que hasta la fecha tenía las movilizaciones de esta índole, generalmente encabezadas por obreros o campesinos que -tras un discurso de clase- exigían reformas circunscritas únicamente al orden político tradicional o a las bases del sistema económico.

Basto poco tiempo para advertir que este nuevo movimiento tenía signos radicalmente distintos. La primera especificidad radicada en su particular composición social: jóvenes, mujeres y representantes de la población negra, actores por lo general marginados de los estrechos canales de participación o cuyo protagonismo había sido casi nulo -o relativamente menor- en los movimientos sociales de viejo cuño.

Asimismo, se caracterizaban por la defensa de nuevos valores. Sin abandonar del todo la denuncia de las inequidades instaladas por un sistema económico que consideraban y gusto y opresivo, ampliarán el horizonte de dos demandas rebelándose contra todas aquellas estructuras e instituciones que reproducían algún tipo de dominación o desigualdad: el sistema educacional, el orden patriarcal, o los controles sobre la vida sexual de los individuos. Partiendo de hechos puntuales y desde una visión donde lo político se proyectaba al casi todas las dimensiones de la existencia, terminaban criticando las bases completa del orden establecido, dando vida a revuelta generacional contra una cultura que no estaban dispuestos a recibir como herencia.

Sus propias formas de organización y protesta traficaban la voluntad de crear un nuevo orden, de espaldas a la los principios de autoridad y jerarquía. Agrupados en movimientos estudiantiles, pacifistas, feministas o sexuales, se organizaron de manera descentralizada y generaron instancias de decisión conjunta que cautelaban los anhelos de identidad y autonomía. Aún algunos momentos respondieron con violencia a los intentos de represión por parte de las autoridades, se mostraron proclives a legitimar días de protesta pacífica y de profunda tradición ciudadana, convocando a multitudinarias marchas, protestas y meeting mediante los cuales hacían sentir su descontento. Por lo anterior, tomaron notoria distancia de los organismos tradicionales de participación política -los partidos- e hicieron explícita su desconfianza frente a la institucionalidad gobernante. Tampoco respondía a las divisiones de clase habían caracterizado a los movimientos sociales precedentes.

Estas corrientes anti-sistema, que prácticamente terminaran apropiándose de la década de los años 1960 y las siguientes, dieron vida a una verdadera "revolución cultural". Celosos defensores de la libertad, promovieron una reforma completa de los estilos de vida y de las coordenadas en las que hasta ese momento se desarrollaba la existencia de los individuos, poniendo en tela de juicio el sentido del trabajo, la familia y validando el derecho a buscar nuevas experiencias. Sin duda, las figuras más comprometidas con este nuevo modelo fueron los jóvenes, quienes reivindicaron una identidad propia en oposición a las pautas culturales transmitidas por sus Padres.

La configuración de esta "cultura juvenil" trajo consigo la consolidación de nuevos referentes individuales que encarnaron el signo de esos tiempos. Gran parte de esas figuras provendrían del mundo del espectáculo, especialmente de la música y cine. Sus vidas extremas de irreverentes los convirtieron en ídolos a escala mundial, pues mediante sus conductas validaban aquellos valores que definían la identidad del nuevo segmento. Con el tiempo, sin embargo, la tendencia se fue desdibujando en manos de la industria, que se apropió estos símbolos para convertirlos en objeto de consumo masivo.

A pesar de coincidir en las bases de su crítica social, las variadas expresiones de este movimiento no pueden ser reducidas a una caracterización homogénea. Esa verdadera "contracultura" nacida en los años 60 adoptó distintos rostros y se organizó en función de los diversos escenarios que pretendía formar.
Entre la revolución de las flores y el pacifismo militante
Los hippies fueron uno de los actores más representativos de esta contracultura. Nacido a mediados de los años 60 en California, Estados Unidos, el movimiento atrajo a los jóvenes de todo el mundo y se convirtió rápidamente en símbolo de inconformismo generacional. Renunciando a los condicionamientos de las estructuras sociales dominantes, postulaban un estilo de vida alternativo, lejos de la autoridad y bajo los ideales del amor libre, la experimentación sexual y el consumo de drogas, entendidas como pasadizo para acceder a estados superiores de conciencia. Fue común que los hippies abandonaran a sus familias y sus escasas posesiones para vivir en comunidades establecidas fuera de la ciudad, en contacto directo con la naturaleza. En el marco de estas asociaciones, organizaron sus propias cooperativa de producción y consumo, de la propiedad privada no tenía validez todo tipo de trabajo se realizaba para beneficio del conjunto.

Externamente cultivaron una estética colorida y despreocupada. Su estilo, que simbolizaba el rechazo a la sociedad industrial y represiva de la que escapaban, comenzó ser imitado por otros jóvenes para convertirse en una tendencia que terminaría consumida en los circuitos de comercialización oficiales. Algunos se aproximaron a tradiciones religiosas orientales en busca de nuevos sentidos, mientras otros reafirmaron su identidad recurriendo a nuevos lenguajes, ritos y costumbres alimenticias.

Principales protagonistas de la “revolución de las flores”, los hippies también estuvieron vinculados a los movimientos pacifistas y antimilitarista que comenzaron a reorganizarse hacia esta década. El lema “haz el amor y no la guerra”, traspaso prontamente las fronteras de la corriente para instalarse entre quienes rechazaban la violencia como mecanismo de resolución de conflictos.

Las primeras expresiones del pacifismo datan de fines del siglo XIX, cobrando cierta notoriedad con vocación de las grandes guerras de la primera mitad del XX. Pero fue recién en la década 1960 cuando el movimiento adquirió un perfil masivo y se proyecto a nivel internacional. Sostenida principalmente por jóvenes, esta corriente crítico con fuerza la lógica belicista propia de la Guerra Fría, la experimentación con armamento nuclear y todo tipo de defensa violenta de los intereses nacional uno de sus logros más notables fue la intensa campaña de protesta y movilizaciones en contra guerra de Vietnam y llevaron a cabo entre 1966 y 1967, causa con la que simpatizaron millones de personas y que reforzó el prestigio mundial del movimiento. Dos años después, cuando el gobierno anunció el fin de la presencia militar en la zona, sus lideres encabezaron una de las manifestaciones más numerosas en la historia de Estados Unidos, congregando a casi medio millón de personas a Washington, sin contar a quienes se reunieron simultáneamente en otras ciudades. Muy cercano al mismo se artículo un movimiento antimilitarista promovido por los objetores de conciencia que se resistían al reclutamiento obligatorio.

La igualdad sexual y la igualdad racial
Esta época fue también el escenario para la emergencia de dos movimientos que lucharon por la democratización real de las sociedades mediante el fin de las históricas desigualdades definidas desde el género o la raza. Las mujeres y la población negra irrumpieron así en escena exigiendo la anulación de todas las barreras políticas e ideológicas que obstaculizaban el reconocimiento pleno de sus derechos, barreras en las que había reposado por siglos el orden masculino y blanco.

El movimiento feminista, activo desde fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, habían logrado no sin contratiempos, el reconocimiento de sus derechos políticos con la obtención del sufragio en distintos momentos de la primera mitad del siglo XX. Pero este triunfo en ningún caso había significado el fin de la hegemonía masculina, pues pervivían otras formas de discriminación que acentuaban la desigualdad. Se hizo entonces necesario enfrentar aquellas estructuras que seguían reproduciendo la subordinación femenina tanto en el ámbito público como en el político. La década de 1960 fue el momento de esa lucha.

La paulatina de la incorporación de la mujer al mercado del trabajo y el creciente acceso a la educación superior dotarían al movimiento de una vitalidad sorprendente. Con mayor autonomía y mejor preparadas que antaño, sus demandas comenzaron a resonar con fuerza en esta época de cambios. Su nuevo protagonismo se vio reforzado gracias a un adelanto al que contribuyo enormemente el desarrollo de la ciencia: la píldora anticonceptiva. Este invento -símbolo de la "revolución sexual"- les permitió tomar en sus manos el control de la natalidad evitando los embarazos, no así los riesgos que implica la libertad sexual, como las enfermedades venéreas (ETS). Articulando redes a nivel mundial, el movimiento feminista comenzó a dotarse de instituciones que representaban sus intereses. Así nació la Organización Nacional de Mujeres de Estados Unidos, bajo la dirección de Betty Friedman, en 1969. Las agrupaciones se replicaron en todo el mundo y gran parte de estas fuerzas confluyeron en 1971 en Londres, donde se celebró una gran manifestación feminista. Fue precisamente en ese lugar en el que actualizaron su compromiso con las reivindicaciones que la unían: igualdad de salarios por una misma tarea, igualdad en el acceso al trabajo y la educación, libre utilización de anticonceptivos y derecho al aborto.

Fue precisamente en Estados Unidos donde cobró fuerza la otra gran corriente comprometida con la lucha por la igualdad: el movimiento negro. A pesar de las leyes locales, la segregación racial seguía siendo un hecho cotidiano en varios estados del país. Las restricciones de ingreso a centros educativos, al transporte público e incluso a lugares de consumo graficaban la pervivencia del racismo en una nación que se ufanaba de sus logros materiales y su alto grado de civilización a mediados del siglo XX.

Tomando conciencia de su poder y de la urgencia de poner fin a la sistemática violación de sus derechos, la minoritaria población negra comenzó a movilizarse tras algunos líderes dispuestos a desafiar al sistema. El movimiento utilizó distintas vías para hacer sentir sus demandas. Existieron grupos vinculados a una tradición más radical que incluso recurrieron a la violencia como mecanismo de protesta. Musulmanes negros dirigidos por Malcom X y Panteras Negras, fundado por Huey Newton y Bobby Seale, fueron algunos de ellos. Otros recurrieron a métodos pacíficos, como el Movimiento Negro por los Derechos Civiles, que encabezara el pastor baptista Martin Luther King, quien comenzó a ser conocido luego de convocar a la población negra a no utilizar los medios de transporte públicos en señal de protesta por la discriminación que sufriera una joven modista al sentarse en una de las butacas reservadas para la población blanca.









Las imágenes muestran personajes que participaron en los movimientos por la lucha por los movimientos por los derechos civiles en los Estados Unidos. En la primera imagen se encuentra Rosa Parks quien gracias a ella se permitió desarrollar el movimiento por los derecho civiles, debido a que ella se negó a cederle su asiento a un blanco, lo cual permitió iniciar un boict al transporte público por parte de los afroamericanos.

El otro personaje clave es el Metodista Martin Luther King , quien siguiendo el mensaje de no violencia de mahatma gandhi organizo el movimiento por las demandas de los derechos civiles.

Otro personaje clave fue Malcolm X, un orador, ministro y activista de los derechos humanos. Fue un valiente defensor de los derechos de los afroamericanos, un hombre que acusó a la América blanca en las más duras condiciones de sus crímenes contra los estadounidenses negros.

Las reivindicaciones de la población negra por alcanzar un estatus igual al de la blanca fueron constantes, en especial en Estados Unidos. Figuras como Martín Luther King o Malcolm X, desde posiciones distintas y con mecanismos diferentes, enarbolaron la bandera en contra de la discriminación racial, espoleada por las estadísticas que denunciaban que porcentualmente en Vietnam morían más soldados negros que blancos. Uno de los momentos culminantes de esta reivindicación y de mayor impacto mediático se produjo durante las Olimpiadas de 1968, cuando varios atletas afro-americanos subieron al podio levantando un puño enguantado, símbolo de la lucha racial. La transmisión por televisión del acto y su difusión en la prensa de los días siguientes dio al movimiento por la defensa de los derechos de los negros una publicidad y fuerza excepcional. []


El éxito de la medida granjeo su fama y desde ese momento se convirtió en icono de la lucha inspirada en la desobediencia civil y la no violencia promovida por el líder indio Mahatma Gandhi. Uno de los mayores triunfos del movimiento fue la obtención del pleno derecho a voto para la población negra, medida aprobada por el presidente Lyndon B.johnson en 1955.

La lucha contra la discriminación racial también se libro en otros territorios, como en Sudáfrica, donde la implantación de esta época fue Albert Luthuli, quien sin temor a la represión y desafiando abiertamente a la autoridad inicio desde 1952 una serie de movilizaciones de carácter pacifico para clímax en 1960, cuando una manifestación en la localidad de Shaperville contra los passes terminó con mas de 60 muertos tras una violenta represión. Luthuli y sus seguidores fueron apresados y todos los partidos políticos negros proscritos. Aun cuando la resistencia fue continuada por otros lideres, como Nelson Mándela, recién en 1991 el parlamento sudafricano derogó la legislación segregacionista.
Los medios de comunicación.
La sociedad en que se desarrollaron estos nuevos movimientos presentaba diferencias significativas con la que vio nacer y desarrollarse a los primeros movimientos de la sociedad industrial. Al establecimiento de gobiernos democráticos, con un sistema pluralista de partidos políticos que mostraban mayor flexibilidad para acoger algunas de las reivindicaciones de estos nuevos grupos de presión, se sumaba el del auge económico, que posibilitaba el surgimiento de nuevas demandas. Pero uno de los cambios más significativos tuvo que ver con el avance de los medios de comunicación de masas, específicamente con la masificación de la televisión. Los cambios impulsados por esa generación joven y rebelde, se difundieron con gran rapidez gracias a este medio y, si bien ocupó un lugar primordial, no desplazó del todo a la radio, principal medio de difusión del rock, signo indiscutible de la nueva cultura juvenil.

En un principio, los jóvenes de los “60” comenzaron a expresar un malestar difuso, que no lograba identificar con claridad los motivos del descontento, pero que se expresaba en la fascinación que sentían por los nuevos ritmos musicales del pop y el rock and roll. La radio era el medio que difundía estos nuevos ritmos, cuyo desenfreno e irreverencia ya significaba un quiebre con la generación anterior. Más tarde, fueron las letras que pasaron del malestar difuso a la protesta explícita y luego las imágenes con todo el dramatismo de la guerra.
De la sociedad de bienestar a la sociedad de consumo.
El largo ciclo alcista registrado por la economía internacional tras la Segunda Guerra Mundial, que permitió la rápida reconstrucción de las economías y sociedades europeo-occidentales, generó un contexto económico favorable para el rápido desarrollo de las sociedades de bienestar.

Entre 1944 y 1952, las medidas económicas adoptadas por los gobiernos de Gran Bretaña, Francia e Italia, sentaron las bases de lo que posteriormente serían los Estados de bienestar en Europa occidental, mediante la combinación de amplias políticas nacionalizadoras, particularmente de los servicios básicos; la extensión de las prestaciones sociales hasta su universalización, especialmente en los ámbitos de la sanidad, la enseñanza y las pensiones, haciendo surgir un potente sector público. Por otra parte, la creciente tensión entre los dos bloques de la Guerra Fría que estalló explícitamente con la crisis de Berlín (1948), llevó a los grupos sociales y los partidos políticos a unirse en un gran consenso político y social, en función de la unidad del bloque occidental, aceptando sin reservas el marco institucional democrático.

Diversos aspectos del modelo como el crecimiento económico, los sistemas democráticos y la paz social terminaron por cristalizar un amplísimo consenso social en torno a los Estados de bienestar, que permitieron la extensión y consolidación de la sociedad de consumo que había iniciado su despegue en los Estados Unidos en el período de entreguerras.

En las sociedades industrialmente avanzadas, el pleno empleo y la elevación de los niveles materiales de vida transformaron radicalmente los modos de vivir y las costumbres, debido al surgimiento y consolidación de las clases medias. Además de la profunda transformación social y cultural que significó la sociedad de consumo, esta tuvo un doble efecto político: por un lado, significó una distensión en el tradicional conflicto por las reivindicaciones económicas entre trabajadores y capitalistas, característico de las etapas anteriores del desarrollo industrial, y, por otro, creó las condiciones para que surgieran nuevas demandas relativas a la participación e igualdad de derechos.
Los emblemas de la rebeldía juvenil.
El progreso económico, el consenso social y la estabilidad política hacían suponer que lo único que podía esperarse era un constante e ilimitado progreso. Sin embargo, la sociedad de los “60” poseía una serie de contradicciones, propias del desigual avance entre el progreso material y el desarrollo cultural, entre la difusión de la educación en las generaciones jóvenes y el conservadurismo y el atraso de las generaciones precedentes, entre el discurso público oficial y las prácticas cotidianas.

Con la agudización de las contradicciones comenzaron a surgir los signos que actuarían como catalizadores del malestar juvenil y que canalizarían su rebeldía. En lo privado, la proclamación de la libertad sexual en contraposición a la rígida moral que negaba la sexualidad o la restringía a la vida matrimonial; en lo público, la paz en contra de una sociedad permanentemente amenazada por la guerra nuclear y cuyas confrontaciones indirectas libradas en los alejados países del Tercer Mundo demandaban la recluta permanente de jóvenes, que no querían ni entendían su participación en ella; en la vida social, la igualdad de derechos frente a una sociedad que constantemente discriminaba a la gente de color, a las mujeres y a los jóvenes.
La autonomía juvenil y la libertad sexual.
Al iniciarse la década de 1960, antes que la rebeldía juvenil se volcara a las calles enarbolando las banderas del pacifismo, el ecologismo o el hippismo, en los campos universitarios de Francia y Estados Unidos, la libertad sexual fue una de las expresiones más claras en las movilizaciones contra la segregación de sexos. En efecto, la lucha por la libertad sexual fue uno de los elementos que surgió con mayor fuerza y con mayor capacidad movilizadora entre una serie de reivindicaciones relativas a la autonomía personal y de la universidad respecto del orden impuesto por las autoridades administrativas superiores.

Estas movilizaciones expresaban más que nada un cambio de los valores tradicionales de una sociedad patriarcal y de la liberalización de las convenciones, asociado al nuevo papel que las mujeres reivindicaban en la sociedad, al calor de su incorporación masiva al mundo del trabajo y poniendo en cuestión los tradicionales roles asignados a la mujer como esposa y madre de familia. Autonomía e independencia de la mujer y, por tanto, reivindicación de su propio cuerpo y de su sexualidad.
El Mayo francés y la Primavera de Praga


  • El Mayo del 68: Arde París.

En mayo de 1968, en París, se inició una cadena de acontecimientos que transformó una de las habituales movilizaciones estudiantiles de la época, en una movilización social generalizada. Se involucraron las organizaciones sindicales y lograron poner en jaque al gobierno del general De Gaulle. Los acontecimientos se desataron el l3 de mayo cuando los estudiantes se concentraron en el patio de La Sorbonne para protestar contra el cierre de la universidad de Nanterre, ocurrida dos días antes a causa de las movilizaciones, y por la comparecencia de ocho estudiantes ante el consejo de disciplina. El rector llamó a la policía y el edificio fue desalojado. Los estudiantes invadieron el Barrio Latino y en la noche del 3 al 4 de mayo las calles se llenaron de barricadas y enfrentamientos con la policía. Entre el 3 y el 11 de mayo la revuelta se extendió a lo largo y ancho de las calles del Barrio Latino. La movilización continuó en los días siguientes, cuando se sumaron los estudiantes secundarios. A partir del 13 de mayo, y ante la continuidad del movimiento, se sumaron las organizaciones sindicales que llamaron a la huelga general, logrando la paralización del país. Pronto las centrales sindicales integraron sus demandas y asumieron el control de las negociaciones con el gobierno que se veía sobrepasado por una situación que no comprendía. Las negociaciones entre el gobierno y los trabajadores culminaron en un acuerdo que recogía las reivindicaciones por mejoras salariales, la aprobación de un salario mínimo garantizado y el reconocimiento de ciertos derechos sindicales, pero que no logró desactivar el movimiento.

El estallido del “68” no consiguió grandes transformaciones, pero tuvo un efecto de demostración respecto de las dimensiones que podía alcanzar el movimiento juvenil, con su singularidad y la novedad de sus demandas; En este sentido, fue una síntesis de los movimientos que se gestaron en Francia y en el resto de las sociedades industrializadas desde mediados de la década de los “50” y el comienzo de una nueva fase, en la que los objetivos e intereses de los movimientos sociales se perfilarían con mayor nitidez. Cuestiones tales como el reconocimiento de los derechos de la mujer, la liberalización de las costumbres y las convenciones sociales, cambio de los valores tradicionales, la democratización de las relaciones sociales y generacionales, la destrucción del autoritarismo en la enseñanza cristalizaron en las calles de París la búsqueda de un cambio de cultura.
Los graffitis de protesta del mayo francés manifiestan ante todo que fueron un movimiento reivindicativo de carácter cultural más que político.

  1. Basta de tomar el ascensor, toma el poder. (Paris)

  2. Exagerar: esa es el arma, (Facultad de letras, Paris)

  3. El alcohol mata. Tomen LSD. (NANTERRE)

  4. Desabotónese el cerebro tantas veces como la bragueta (Teatro Odeon, Paris.)

  5. La imaginación toma el poder (Facultad de ciencias políticas, Paris.)







Tanto con la gráfica como con el graffiti, el movimiento del mayo francés recurrió a nuevos lenguajes para expresar su sensación de descontento y protesta de la sociedad en la que vivían.


  • Florece Praga.

Los movimientos democratizadores no fueron un fenómeno exclusivo del bloque occidental. En los países de Europa del Este se inició un proceso similar después de la muerte de Stalin en 1953, el que se expresó en la lucha por una mayor autonomía o la independencia absoluta de la tutela ejercida por la Unión Soviética y en el intento de llevar a cabo algunas reformas destinadas al reconocimiento de los derechos individuales y al respeto por las libertades públicas. Las tímidas expresiones de la segunda mitad de la década del “50” llevadas a cabo por Hungría y Polonia, fueron violentamente reprimidas por la URSS. Sin embargo, durante la década del “60”, tras el reconocimiento del gobierno soviético de los crímenes cometidos por el gobierno de Stalin y la controversia iniciada con el gobierno chino, que se convirtió en una confrontación ideológica, se fortalecieron las tendencias autonomistas y reformistas en algunos países del Este, como Albania, Rumania y Polonia, alcanzando en este último su mayor expresión. El proceso se inició en 1963 con algunas reformas llevadas a cabo por el gobierno de Antonin Novotny, las que se intensificarían después del triunfo de los sectores reformistas que lograron la elección de Alexander Dubček en enero de 1968. El nuevo gobierno inició un proceso de democratización conocido como la Primavera de Praga, que se caracterizó por la eliminación de la censura de prensa y radio, el reconocimiento del derecho a huelga, de libertad de movimiento y la aceptación del pluralismo político. La profundidad de las reformas despertó los temores de los gobiernos de Alemania Democrática y Polonia, en ese entonces regidos por gobiernos conservadores, lo que motivó la intervención militar de la URSS en agosto de ese año que puso fin al movimiento reformista.
El aporte histórico del movimiento estudiantil
Uno de los rasgos más sorprendentes que presentan las rebeliones juveniles de finales de la década de los sesentas es el universalismo. El movimiento del “68” se identifica con los acontecimientos que tuvieron lugar en Paris. No cabe, sin embargo, duda alguna que si bien el mayo parisino simboliza la rebelión estudiantil, ésta de ninguna manera se deja reducir a lo que allí ocurrió. La tragedia de la plaza de Tlatelolco y la Primavera de Praga son acontecimientos que en absoluto obedecen al patrón parisino y que no por eso tiene menor importancia. Y es precisamente lo sorprendente en la universalidad de las rebeliones juveniles es que ella no puede ser explicada a partir de un principio único común a todas. Sólo el sujeto de la rebelión -los estudiantes- permanece, mientras sus motivos varían enormemente. Si tuviésemos que identificar algo común a todas ellas nos inclinaríamos a destacar su carácter antiautoritario. Pero incluso así habría que resaltar las diferencias: En Praga el anti autoritarismo tiene un sello nacionalista; en Paris un tinte anarquista; en Latinoamérica en general una aspiración democratizante; en Estados Unidos un sabor anticivilizatorio marcado por los escritos de Marcuse contra la unidimensionalidad a la que la sociedad capitalista avanzada somete al hombre.

La aparición de los jóvenes universitarios como protagonista de la transformación era algo que no estaba en ningún libro. De hecho, lo que estos movimientos sucintan ante todo es el desconcierto generalizado. Ante la arremetida juvenil no hay líneas prefijadas de acción. Tanto las autoridades públicas como los partidos revolucionarios contemplan atónitos el desarrollo de los acontecimientos. A veces el desconcierto conduce a la tragedia. En Ciudad de México las tropas apostadas en torno a la plaza de Tlatelolco, donde se lleva a cabo una protesta estudiantil, reciben la orden de abrir fuego, lo que cuesta la vida de alrededor de trescientos de jóvenes. La conducta de los partidos Comunistas no es menos errática. En el caso checoslovaco opta por una feroz represión. En Europa occidental se retuerce entre el apoyo y la condena, entre la movilización y la abstención.

En el año 1968 la izquierda celebraba el 150º aniversario del nacimiento de Marx. Entre los hechos que opacaban la celebración se encontró el notorio traspié corrido por algunas de las más conocidas de las predicciones marxistas acerca del destino de las sociedades capitalistas. No sólo las tesis de una creciente polarización de las clases sociales y de una acelerada pauperización del proletariado se habían demostrado equivocadas. Tampoco la revolución había tenido lugar donde Marx lo había previsto: ni Rusia, ni China, ni Cuba constituían ejemplos de sociedades altamente industrializadas. Pero, lo que era peor, el sujeto histórico (el proletariado) sobre el que Marx había hecho descansar la transición al socialismo se negaba asumir su responsabilidad. El proletariado de las sociedades capitalistas avanzadas no sólo no presentaban un espíritu revolucionario, sino que más bien mostraba una actitud acomodada, por no decir burguesa y conservadora frente a los niveles de bienestar alcanzado por las sociedades capitalistas hasta ese momento. La aparición de los jóvenes como protagonistas de la transformación social despertaba por ello enormes aprensiones. Aceptar que los universitarios fueran el sujeto de la revolución significaba renunciar al núcleo de la interpretación marxista de la historia: a la teoría de las clases sociales.

Hay un factor poco entendido del movimiento estudiantil: es él quien pone en jaque al marxismo sin darse mucha cuenta de ello. El intento de alguno de sus líderes por dar cuenta del movimiento en términos marxistas no hace sino poner en evidencia la falta de autocomprensión que tuvieron los estudiantes. El lenguaje marxista difícilmente podía servir para expresar una crítica cultural que irremediablemente comprometía al mismo marxismo. La radicalidad de la crítica estudiantil y la no disponibilidad de un marco teórico que la pudiese canalizar adecuadamente dieron lugar, por una parte, a una serie de sincretismos teóricos: por otra -y esto es quizás lo más relevante-, llevó a que el lenguaje en que se expresó la rebelión juvenil fuese estrictamente no teórico: fue el lenguaje imaginativo del graffiti, con expresiones comunes escritas en las calles de Paris, como sean realistas, pidan lo imposible.

Pero aún más importante que eso fue el lenguaje del cuerpo. El 68 va por ello acompañado de una revalorización del erotismo y de una revolución sexual, que es hoy día quizás el rasgo más perdurable. Hay en ello algo de sorprendente: los estudiantes, el grupo más culto de la sociedad, recurrió al lenguaje de los iletrados.

La crisis en torno al sujeto de la revolución que se vive en los círculos de la izquierda europea contrasta con el optimismo revolucionario que se vive en el “tercer mundo”. El curso de la historia parecía demostrar que la esperada revolución se desplegaría contrariamente a lo pronosticado, desde el campo a la ciudad y desde la periferia hacia las metrópolis industrializadas. El ambiente parecía propicio para los pueblos maginados. En América Latina, La Habana se constituye como la capital del programa oficial revolucionaria. Extraoficialmente la exportación del modelo cubano es asumida por el “Che” Guevara en su intento por hacer de los andes su Sierra Maestra continental.

Hay en el optimismo revolucionario de la izquierda latinoamericana de la época un importante factor que conduce a su alienación: su incapacidad de reflexionar críticamente sobre el marxismo. El asumir una lectura marxista de la sociedad latinoamericana y de su historia lleva a ocultar precisamente lo que se quiere comprender. El intento de construir un nuevo sujeto revolucionario que sustituyese al pasivo proletariado de las opulentas sociedades capitalistas estuvo por ello fatalmente destinado a construirlo sin subjetividad.
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