La reconstrucción económica y política






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La primera etapa del proceso se desarrolló en Asia; luego surgieron las nuevas naciones del mundo árabe en Oriente Medio y el norte de África y, por último, las del África subsahariana, que se formaron en rápida sucesión desde fines de la década de 1950.
a) Dos modelos: para analizar el proceso de descolonización es útil contraponer el modelo de las potencias coloniales más importantes del siglo XIX, Gran Bretaña y Francia. Cuando Gran Bretaña fue consciente de su declinación, inició un largo proceso de negociación con sus colonias, en el marco del cual, algunas de ellas accedieron al estatuto de “dominios” y adquirieron una semiautonomía. Cuando llegó la hora de la descolonización, Gran Bretaña no se opuso a un curso de los acontecimientos que consideraba irreversible y buscó, en muchos casos con éxito, limitarse a mantener los vínculos económicos y cierta comunidad política con las colonias que accedían a soberanía.

El modelo francés se opuso al británico, particularmente, en el caso de las colonias del sudeste asiático y de Argelia. Francia resistió los procesos de independencia y buscó integrar sus colonias con la metrópoli, otorgando, por ejemplo, la ciudadanía francesa a los nativos dominados. Al desconocer la profundidad, la amplitud y el carácter del nacionalismo rebelde, facilitó el desarrollo de cruentas y prolongadas guerras de liberación.

Entre 1954 y 1961, las tropas francesas enfrentaron la acción del frente de Liberación Nacional Argelino, que propició la rebelión contra la administración colonial. Después de un violento conflicto, Francia se vio obligada a conceder la independencia. En Indochina, durante la Segunda guerra Mundial, los japoneses habían controlado el territorio con el consentimiento del régimen colaborador de Vichy, lo que provocó la expansión del movimiento de liberación de orientación comunista. A la derrota japonesa en la contienda le siguió la inmediata declaración de la Independencia, que fue rechazada por los franceses. Derrotada militarmente en la famosa batalla de Dien Bien Phu, Francia fue obligada a aceptar el curso de los acontecimientos y, en 1954, liberó el territorio.

La situación de Indochina no se resolvió, sin embargo, en ese momento. Durante los años de la Guerra Fría, la retirada francesa dio lugar a la conformación de cuatro Estados diferentes: en 1953, y de una forma relativamente calma, se formaron Laos y Camboya.
b) Descolonización sin modelo: la descolonización en oriente medio no siguió ninguno de los dos patrones anteriores. Palestina, por ejemplo, no era una colonia, sino una administración de Gran Bretaña por “mandato” de la Sociedad de las Naciones, desde el fin de la Primera Guerra Mundial. En su territorio, se desarrollaba el proyecto sionista para la creación del Estado de Israel, lo que produjo una expansión importante de la comunidad judía. El también pujante nacionalismo árabe, que ya había logrado la independencia de varios Estados en torno de las fronteras palestinas, se oponía a este objetivo, en el que se veía un cercenamiento de su propio territorio. Cuando terminó la Segunda guerra mundial, los británicos transfirieron la responsabilidad del problema a las Naciones Unidas, donde se resolvió la creación de dos nuevos estados en Palestina: uno judío y otro árabe.
El conflicto árabe-israelí
Desde principios de siglo XX se había extendido entre la comunidad judía la idea de crear un estado propio. Entre las décadas de 1920 y 1930, el antisemitismo había provocado una migración masiva de judíos a Palestina. Un a vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, en medio de la conmoción causada por el genocidio que había padecido este pueblo a manos de los nazis, muchos de los judíos sobrevivientes al holocausto acudieron a Palestina como un lugar de refugio, reclamando que se hiciera efectiva la promesa de reivindicación territorial hecha por los británicos durante la primera guerra mundial (Declaración de Balfour, 1917) No obstante los árabes se negaron a hacer concesiones territoriales, por lo que Inglaterra, que mantenía su mandato sobre Palestina. Por ello en 1945 se creó la Liga Árabe, movimiento internacional de su nacionalismo y en 1964 nació la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), bajo el liderazgo de Yasser Arafat, cuyo objetivo era la creación de un Estado Nacional Palestino intento aplacar a los árabes limitando la inmigración judía.

Sin resultado alguno, en 1947 la Organización de las Naciones Unidas elaboró un plan que pretendía solucionar el problema sin olvidar las reclamaciones territoriales de los árabes. El proyecto incluía el fin del mandato británico, la división de palestina en dos Estados independientes –uno Judío y otro árabe, la libertad de comunicación y de paso por ambos territorios, y por el último el establecimiento de un gobierno internacional de Jerusalén. Así el 14 de mayo de 1948, el consejo nacional Judío proclamó la independencia del Estado de Israel en la zona asignada por las Naciones Unidas. La disconformidad de los palestinos, originada de la repartición territorial, dio inicio al conflicto árabe-israelí que perdura hasta la actualidad.

Se han sucedido, desde la formación del Estado de Israel, varias guerras árabes – judías:

    1. Consolidación del Estado Judío que anexa nuevos territorios y ocupación de los territorios palestinos restantes, por Egipto y Jordania.

    2. La Guerra del Canal de Suez: Conocida como la guerra de Suez, se inició por las acciones emprendidas por el presidente egipcio Nasser quien nacionalizó en canal de Suez y prohibió a Israel el paso, Inglaterra y Francia invadieron a Egipto, aunque finalmente por la mediación de la ONU se retiraron en diciembre de ese mismo año y la zona del canal quedo bajo vigilancia de esta organización. Israel se replegó a la posición que mantenía antes del conflicto.

Tras esta guerra se incrementa el éxodo de la población palestina hacia los países árabes vecinos y se crean organizaciones de lucha, consolidándose la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), liderada por Yasser Arafat

    1. La Guerra de los Seis Días (1967): Se desarrolló entre el 5 y el 10 de junio de 1967. Consistió en una batalla relámpago que se inició por la ocupación por parte de las tropas egipcias y culmino con una contundente victoria israelí que al termino de esta guerra había conquistado toda Cisjordania, la zona árabe de Jerusalén, Gaza, la península de Sinaí y los Altos del Golán en Siria. Pese a las demandas de la ONU, Israel retuvo estos territorios. Los judíos se afirman en los territorios ocupados y los enfrentamientos se circundan a acciones de los palestinos contra Israel desde los países vecinos.

    2. La Guerra del Yom Kippur (1973) y los acuerdos de Camp David: La negativa constante de Israel por cumplir las resoluciones de la ONU con respecto a la liberación de los territorios ocupados, fue un factor que gatillo la cuarta guerra árabe-israelí o la guerra del Yom kippur en la que Siria y Egipto atacaron sorpresivamente a Israel . Israel contraatacó los Altos del golán y, con el apoyo de los Estados Unidos, obtuvo una nueva victoria.

Como resultado, los Estados árabes embargaron el petróleo a todos los países que habían a Israel, generando una crisis económica mundial.

En 1979, con la medición de la ONU, se firmaron los acuerdos de Camp David, con los cuales Egipto recuperó Sinaí en 1982 a cambio de reconocer a Israel. Los palestinos, sin embargo, quedaron fuera del acuerdo y Siria se negó a reconocer a reconocer a Israel, por lo que los Altos del Golán continúan bajo ocupación israelí
OTRAS FORMAS DE DIVISIÓN.
La división del mundo en dos bloques de poder antagónicos y su enfrentamiento en la Guerra Fría, no se expresó solamente en la lucha por sus zonas de influencia territorial. Con mucha frecuencia, el conflicto alcanzó gran relevancia en el plano de las ideas, en un debate en que ambas potencias atacaban a su rival destacando las bondades del sistema que ellos defendían y el lado oscuro del propiciado por su enemigo.

La “demonización” del adversario fue utilizada a menudo por los aparatos de propaganda de ambos bandos, dando lugar a toda una producción cultural muy propia de estos años, que se expresó en la literatura, el cine y la gráfica, en ocasiones de manera irónica y, en otras, con mucha seriedad. Así daban cuenta del ambiente que caracterizó el período y de la visión que cada bando tenía de si mismo y de su enemigo.

  • El miedo a la guerra nuclear: con el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki el mundo entró en una nueva época, la era atómica.

En 1945, sólo Estados Unidos poseía la bomba atómica. Con la Guerra Fría, la URSS se lanzó a su fabricación, enseguida Gran Bretaña, más tarde Francia, China, Israel, India y África del sur. El arsenal atómico amenazó la sobrevivencia del planeta, el apocalipsis dejaba de ser un tema bíblico para convertirse en el horizonte de varias generaciones. Con el arma atómica, la “paz nuclear” reposaría en el equilibrio del terror.

A su vez, el hombre adquirió la capacidad real de autodestrucción de la especie, mediante la Destrucción Mutua Asegurada -MAD-, estrategia militar alimentada por las dos grandes superpotencias durante la guerra fría, clave de bóveda sobre la que descanso la disuasión nuclear, mediante una desbocada carrera de armamentos que garantizara en caso de confrontación nuclear la destrucción absoluta del adversario.

Los arsenales nucleares almacenados durante la guerra fría alcanzaron la capacidad de destruir varias veces la vida del planeta, al menos en sus formas actuales conocidas, con la consecuente desaparición de la especie humana, a través de los efectos inducidos por el invierno nuclear.

  • La competencia tecnológica: en el contexto de la guerra fría, los Estados Unidos y la Unión Soviética vivían enfrentados en una competencia permanente por el prestigio y el poder, y uno de los terrenos donde se manifestaba esa competencia era el orden de los avances científicos y tecnológicos. En 1957, los soviéticos aventajaron a los norteamericanos al convertirse en los primeros en enviar al espacio un satélite artificial (el Sputnik) y ese mismo año, pusieron en órbita al primer ser vivo, la perra Laika. En 1961, el soviético Yuri Gagarin fue la primera persona en comandar un vuelo espacial. Los norteamericanos respondieron con la creación de la Agencia espacial y Aeronáutica (NASA), en 1958, y con el inicio de una agresiva política espacial que tuvo un gran hito en 1969 con la llegada a la luna de los astronautas de la nave Apolo XI. En 1968, más del 80% de los fondos destinados a la investigación y el desarrollo en los Estados Unidos, y más del 60% en Gran Bretaña y en Francia, se concentraban en las áreas de defensa, investigaciones atómicas y espaciales.


EL TERCER MUNDO
Nuevas independencias, nuevas naciones; El fin de los imperios coloniales
La segunda mitad del siglo XX también trajo consigo el derrumbe del orden imperial que las principales potencias de Europa habían sostenido trabajosamente desde la centuria presente. Si bien los primeros síntomas de crisis de este modelo comenzaron a manifestarse en las décadas que siguieron el Tratado de Versalles, todo vino a dinamizarse tras 1945, cuando se inició el ocaso definitivo de una realidad que no parecía encajar en las nuevas coordenadas de la política mundial.

África y Asia, sin duda los continentes más afectados en los tiempos del reparto territorial, irrumpieron así en la escena global con demandas autonomistas paradójicamente sustentadas en las mismas ideas que los países occidentales validaban a propósito de sus conflictos internos: nacionalismo, soberanía, igualdad racial, independencia y libertad.

Este proceso, conocido como descolonización, se desarrolló de manera rápida y fulminante. De hecho, no pasaron más de treinta años entre el primer quiebre en el extenso dominio británico (1947) y la desaparición de las colonias portuguesas en África (1975). Y así como existieron notorias diferencias en las estructuras de dominación que cada potencia había impuesto en sus territorios, también fueron disímiles los caminos que cada colonia siguió en su lucha por la independencia. Existieron casos en que el derrumbe del sistema se resolvió pacíficamente, como en las independencias de India y Paquistán, donde la debilidad del Imperio Británico debió transformarse en resignación ante la incontenible vitalidad del movimiento descolonizador. Pero también hubo situaciones en que la autonomía tuvo un alto precio y solo se logró tras violentas guerras que dejaron en mal pie a las antiguas colonias, como en Argelia o Mozambique.

Sin desconocer las particularidades regionales, no cabe duda de que los movimientos independentistas asiático y africano formaron parte de un proceso en la historia contemporánea. Si se quisiera calibrar su impacto, solo bastaría mencionar que la descolonización significo la transformación completa del mapa político mundial, ahora reordenado para reconocer geográficamente a los nacientes Estados.
El proceso de descolonización
Una revisión de las diversas causas que explican la oleada independentista en África y Asia revela en qué medida este complejo proceso estuvo ligado a las alternativas del devenir político del sigo XX. Las transformaciones a escala global que la primera parte del siglo trajo consigo –dos grandes guerras y una profunda crisis económica- sin duda alteraron los equilibrios y fundamentos que habían sostenido el sistema imperial desde sus inicios. En este sentido, la descolonización no puede entenderse únicamente como un fenómeno acotado o restringido a los espacios de lucha por la autonomía. Es también acotado o restringido a los espacios de lucha por la autonomía. Es también reflejo de los acelerados cambios que el mundo presenció desde 1914.

Las consecuencias sociales y materiales de ambas guerras significaron un fuerte desgaste para las naciones colonizadoras europeas, principalmente Inglaterra. Francia y Alemania. Sobre todo después de la Segunda Guerra, Europa perdió la hegemonía que había ejercido durante siglos, lo que minó claramente su prestigio frente al mundo y modificó la imagen que de ella tenían las colonias. De hecho, vulnerabilidad había quedado al descubierto en los momentos en que el triunfo de las potencias del Eje parecía inminente y se confirmó durante el desarrollo del conflicto: las guerrillas de resistencia que muchas colonias libraron a favor de sus metrópolis – especialmente en Asia- desnudaron la fragilidad del dominio europeo. No fue extraño que en estas mismas zonas se articulan posteriormente los movimientos autonomistas más vigorosos, fraguados en la experiencia acumulada durante las luchas armadas. Similar consecuencia tuvo el enrolamiento de población africana en los ejércitos ingleses.

Finalizada la guerra, las debilitadas potencias manifestaron el deseo de introducir una serie de reformas con el fin de modificar el estatus de sus colonias y hacer menos gravosa la dominación.

Los tiempos habían cambiado y ello hacía necesario ajustar algunas prácticas. De cierta forma, la adopción de estas medidas constituyó un reconocimiento velado del desgaste interno referido anteriormente. Pero también era consecuencia de las exigencias impuestas por los nuevos referentes políticos y ciertos organismos internacionales, comprometidos -al menos en el discurso- con el fin del colonialismo.

El agotamiento de las otrora potencias dominantes y las nuevas coordenadas de la política internacional fueron factores claves en el inicio del proceso de descolonización. Sin embargo, la causa más gravitante tuvo que ver con las consecuencias directas del dominio imperial. La explotación sistemática de los recursos naturales y la subyugación de sus habitantes sumió a estos territorios en niveles de miseria cuya gravedad sólo se hizo patente tras la desarticulación colonial. Las presiones ejercidas por los intereses capitalistas justificaron la imposición de un sistema de trabajo y tributos que afectaba directamente a la población nativa. Los castigos corporales y la muerte eran frecuentes en el marco de este usufructo laboral, que también supuso -especialmente en el caso africano- el quiebre de vínculos tribales y de parentesco debido a traslados masivos de trabajadores de un punto a otro.

Por lo mismo, el contraste entre las condiciones de vida de los "súbditos" y los privilegios y comodidades que disfrutaban los agentes de colonización enorme. Todo esto alimentaba un resentimiento profundo y compartido en la población local, que se tradujo en diversos mecanismos de resistencia: pereza, desobediencia cívica o revueltas armadas. Similares consecuencias tuvo el proyecto de occidentalización que las potencias europeas montaron tras sistemas educacionales orientados a la formación de los nuevos modelos administrativos. Al imponer la asimilación de nuevos patrones, el proyecto atentaba directamente contra las tradiciones culturales autóctonas. En este caso, sin embargo, el método término volviéndose contra el propio agente. Precisamente al alero este tipo de educación se formaron los principales intelectuales y líderes de los movimientos independentistas, los mismos que encabezaron la resistencia al imperialismo ofreciendo un sustento ideológico que conciliaba las demandas y la cultura de los pueblos dominados con el nacionalismo y otras fuentes del discurso político occidental. Asimismo, importantes representantes de estas tendencias separatistas habían seguido estudios de derecho, antropología o filosofía en la más prestigiosas universidades europeas. Mahatma Gandhi e India, Kwame Nkrumah en Ghana, Leopold Sedar Senghor en Senegal y Ahmed Ségou Touré en Guinea, son ejemplos claros de esta doble tendencia.
La pesada carga colonial
Lejos de inaugurar una época de esplendor o certidumbre, la descolonización significó un desafío de proporciones para los distintos países que iniciaban su vida autónoma. Durante muchos años, la instauración de regímenes representativos o el respeto la libertad fueron anhelos más que realidades. A los costos humanos y materiales derivados de las luchas de independencia se sumaba la falta de experiencia política, la desconfianza frente a los modelos institucionales establecidos y los agudos conflictos internos que emergieron tras la independencia. Y es que la desarticulación de los imperios no sólo dejó al descubierto el estado de postración y miseria en el que sobrevivían los habitantes de las antiguas colonias, con altas tasas de analfabetismo y lejos de los mínimos estándares sanitarios. También dejó la puerta abierta para la explosión de las complejas tensiones y rivalidades -religiosas, étnicas, culturales e históricas- que cruzaban a cada pueblo y habían permanecido medianamente contenidas tras la fachada del dominio extranjero o que habían sido creadas precisamente por ese orden. Todas esas diferencias cobrarían singular importancia tras la independencia y generalmente dieron origen a guerras civiles o enfrentamientos regionales -instigados ocasionalmente por ex metrópolis que mantenían intereses económicos o desean seguir usufructuando de los recursos locales- le vinieron a fracturar más todavía a las nuevas naciones.

No fue extraño que estas rivalidades se resolvieran mediante la instalación de violentas dictaduras, encabezadas usualmente por líderes militares que se mostraban renuentes a perder el protagonismo alcanzado durante las luchas de independencia. Tristemente célebre fue la dictadura del General Idi Amin Dadá en Uganda (1971-1979), sostenida por un duro aparato represivo que le significó el rechazo mundial. Sobre todo en territorio africano, las continuas revoluciones internas y la seguidilla de golpes de estado marcaron durante varias décadas el ritmo de la política interna. Además, estas convulsiones eran también incitadas por los intereses de las superpotencias y otros países internacionalmente influyentes. Así como se preocuparon de condicionar los modelos políticos y económicos que se imponían en los nuevos estados -capitalistas, por un lado, socialistas, por otro- también promovieron la perpetuación de aquellos conflictos que servían de estímulo al rentable mercado armamentista de el que participaban.

En otros casos, la obtención de la independencia estuvo lejos de significar un adelanto las condiciones de vida o en el respeto a los derechos fundamentales de la población local. Sudáfrica es un claro ejemplo de ello. Luego de la concesión de independencia a India y Paquistán en 1947, la población blanca surafricana, minoritaria en el panorama racial del país, se alarmó no sólo por las consecuencias que dicho episodio podía tener en el funcionamiento de la British Commonwealth, sino también en la mantención de su supremacía interna. A contrapelo de la tendencia General, están minoría decidido defenderse de la "amenaza negra" radicalizando su discurso e insistiendo en la superioridad del hombre blanco. Ante la inminencia de las elecciones de 1948, el partido nacional presentó un programa de fuerte contenido racial lo llevo al gobierno.
El Apartheid y el subdesarrollo
El Apartheid (separación, en lengua Afrikáans), pretendía la preservación de la pureza racial del hombre blanco y el fortalecimiento de su supremacía. Si bien la segregación racial tenía una larga historia en la región, el Apartheid la llevo a niveles inimaginables. En primer lugar, sancionó la separación espacial entre blancos y negros creando zonas exclusivas para ambos grupos, tanto en el mundo rural como en el urbano. Las zonas residenciales blancas estaban a conveniente distancia de las del resto de la población y la población negra fue "reagrupada" a la fuerza en lugares que imposibilitaban su contacto con la minoría blanca. Ligado a lo anterior, el desplazamiento de los no blancos estaba estrictamente controlado: sólo podían movilizarse en dirección a sus trabajos y presentando una especie de salvoconducto (passes). Sin esta identificación no podían abandonar sus reservas o municipios. La segregación se extendió también al uso de autobuses, ferrocarriles, bancas públicas, instalaciones sanitarias, hospitales y establecimientos educacionales. De hecho, los niños negros asistían a escuelas especiales donde recibía una educación inferior a la blanca. El matrimonio y las relaciones sexuales interraciales estaban prohibidas. Cualquier oposición o protesta contra el Apartheid era generalmente castigada conforme a la ley de supresión del comunismo, pues todo opositor al sistema era considerado afín a dicha orden, no importando si se trataba de un blanco.






El objetivo del apartheid era separar las razas en el terreno jurídico (Blancos, Asiáticos, Mestizos o Coloured, Bantúes o Negros), estableciendo una jerarquía en la que la raza blanca dominaba al resto (Population Registration Act) y en el plano geográfico mediante la creación forzada de territorios reservados: los Bantustanes (Group Areas Act).


Estas medidas fueron constantemente criticadas por los miembros en la Commonwealth. Como Sudáfrica se había declarado república independiente en 1960, solicitó su reincorporación a la comunidad atendiendo a su nuevo estatus, pero muchos representantes abogaron o rechazarla. Frente a este escenario y ante la firme decisión de no modificar su política, Sudáfrica resolvió retirar su solicitud. También recibió críticas formales de la organización de las Naciones Unidas, pero no atendió a ninguna de ellas. A pesar de las condenas públicas y las declaraciones de boicot, ninguna nación adoptó sanciones efectivas contra el Apartheid. Habría que esperar hasta la última década del siglo XX para que este régimen de segregación terminara. En efecto, entre 1990 y 1991 el sistema legal sobre cuál se basaba el Apartheid fue desmontado, iniciándose, a partir de 1992, las negociaciones para una nueva constitución en Sudáfrica.

La pobreza fue otra de las herencias que el pasado colonial lego a las jóvenes naciones. Y precisamente desde esta constatación fueron instalando nuevas coordenadas para la comprensión de las desigualdades existentes en el concierto internacional. La expresión " países subdesarrollados" se convirtió en una fórmula eficaz para referirse aquellas naciones agobiadas por la fragilidad de sus economías, el retraso tecnológico y productivo, la carencia de servicios mínimos para satisfacer las internas. Dicha categoría fue definida a partir del agudo contraste con las condiciones de los " países subdesarrollados", naciones altamente industrializadas, con altos niveles de vida y capaces de intervenir en la marcha de la economía mundial.

Lejos de servir únicamente como instrumento descriptivo, esta clasificación se convirtió en sustento de nuevas jerarquías y nuevas prácticas de dominación de reprodujeron las relaciones asimétricas del pasado. La necesidad de inyectar fuertes sumas de dinero para activar sus economías y elevar las condiciones de vida de la población, expuso a las naciones asiáticas y africanas a un renovado tipo de dependencia. Los países del mundo desarrollado comprendieron rápidamente que el control financiero -mediante préstamos por inversiones- podía retribuir importantes beneficios sin tener que reproducir los métodos de ocupación territorial aplicados según el antiguo sistema. La promesa de la descolonización parecía entonces burlada por el neocolonialismo.
Encarar el subdesarrollo.
El cambio de colonias a estados independientes trajo a los nuevos países el desafió de transformar sus economía, crear una institucionalidad y superar los enormes problemas sociales no solucionados y muchas veces provocados por el dominio colonial. El subdesarrollo era el panorama común y muchos de los nuevos países quedaron anclados en un estado precario.

Los nacientes Estados tuvieron que reorganizar sus economías coloniales, abasteciéndolas de los productos manufacturados a los que se habían hecho dependientes, readecuando la infraestructura productiva orientada a la extracción de materias primas y contando con personal calificado para organizar este proceso. En la mayoría de los países de África y de Asia, se mantuvo la estructura económica colonial y las elites locales que tomaron el poder, cedieron el control de la explotación de las materias primas a consorcios internacionales.

Por otra parte, para desarrollar otras áreas económicas, las ex-colonias requerían del apoyo financiero que ofrecían las superpotencias. Para obtenerlo, se hacía necesario definir una posición en la Guerra Fría. La Unión Soviética y Estados Unidos se opusieron en su momento a la mantención de los imperios coloniales, pero no dejaron de proyectar su influencia a través del condicionamiento de su ayuda financiera a la ubicación geoestratégica y a la actitud más o menos favorable del país que la solicitaba. Una vez que se recuperó la economía europea, los países de la región también otorgaron créditos, imponiendo una gran cantidad de condiciones a los solicitantes, las que aumentaban la distancia con las empobrecidas economías de los nuevos países.

Este panorama que afectó y aún afecta a la mayoría de los países africanos, asiáticos y latinoamericanos fortaleció la toma de conciencia de identidad del Tercer Mundo y se tradujo en la búsqueda de una posición común para abordar los dilemas que planteaba la vida económica independiente. Desde la década de los “60”, comenzó a debatirse la necesidad de un nuevo orden económico internacional que evitara el aumento de la brecha entre los países pobres y los países ricos, y a generar agrupaciones de países y conferencias internacionales en torno al tema.
La ideología de los excluidos
Mientras el proceso de descolonización seguía su marcha, los países que ya habían alcanzado su independencia comenzaron a dar señales de que no estaban dispuestos a involucrarse ni a formar parte del orden bipolar sancionado por la Guerra Fría. Un orden en el que, decían, no había espacio para sus demandantes y necesidades. En primer lugar y reafirmando su condición de naciones independientes, reivindicaron el derecho a participar en la política internacional con total autonomía y según sus propios términos. Con ese fin crearon instancias de carácter multinacional encargadas de representar exclusivamente sus intereses en el concierto mundial, tomando así distancia de quienes buscaban asimilar a las jóvenes naciones en coordenadas que sólo reproducirían la antigua dependencia. De este modo, definieron una agenda común, orientada a promover la estrecha cooperación entre sus miembros para hacer frente a los desafíos internos -que todos compartían- y también para resistir a las presiones que las antiguas metrópolis ejercían sobre sus incipientes proyectos de organización. De paso, se comprometieron de manera firme con el proceso de descolonización asistiendo a aquellas regiones que todavía alcanzaban sus respectivas independencias. Hacia esa misma época -inicios de la década de 1950- comenzó a circular en el discurso internacional un nuevo concepto que parecía concordar con las pretensiones de los nuevos estados: el concepto de tercer mundo. Esbozada por el demógrafo francés Alfred Sauvy, esta noción fue asimilada rápidamente en el mundo poscolonial por distintas razones. En primer lugar, ponían en entredicho la imagen de un escenario estrictamente bipolar, donde sólo parecían relevantes las tensiones derivadas del enfrentamiento entre los dos grandes modelos ideológicos (el capitalista y el socialista, identificados como los primeros mundos). Al reconocer la existencia de un tercer grupo de países, con una identidad distinta y con intereses no necesariamente inscritos en dicha lógica, el concepto se ofrecía como un referente que reafirmaba la autonomía y traducía los deseos de estas repúblicas de no alinearse o formar parte de aquel conflicto. Asimismo, la idea del tercer mundo era un oportuno sustituto a la definición de "países subdesarrollados" que las naciones industrializadas habían instalado en su momento. Con esto no sólo rechazaban la carga simbólica que tal definición comportaba, sino también las prácticas que con ella se justificaban, por lo general, orientadas a generar nuevos modos de dependencia y a replicar las relaciones asimétricas el pasado.

Los organismos creados en el tercer mundo no respondieron a un patrón común, pues cada uno se definió a partir de las características de sus miembros, de los elementos que los vinculaban y, por supuesto, de la evolución histórica de cada región.

En el caso del mundo árabe, por ejemplo, los esfuerzos de integración datan desde las primeras décadas del siglo XX, cuando resurge el nacionalismo árabe tras la desintegración del imperio otomano durante la primera guerra mundial. La tendencia cobró fuerza en 1945 al constituirse en la Liga Árabe, asociación que agrupaba a las naciones del medio oriente y algunos países del norte de África que habían alcanzado su independencia con la descolonización. Hermanadas por la lengua y el "panarabismo" -corriente que afirmaba la existencia de lazos culturales entre los pueblos árabes-, estas naciones promovieron la cooperación mutua fundamentalmente en materia política y económica. No obstante, el "panarabismo" fue posteriormente reemplazado en importancia por otro movimiento que, sin desconocer la afinidad cultural dentro del mundo árabe, relevará a la religión como principal elemento vinculante: el "panislamismo". De dicha corriente surgió en 1971 la que participaron inicialmente 51 estados. Aun cuando estas organizaciones se involucraron en los debates internacionales intentando tomar distancia de la guerra fría, su principal foco de lucha fueron las problemáticas relaciones con el mundo occidental, dando cuenta de un conflicto con raíces más profundas y que se remontan a la época de las cruzadas, cuando el occidente cristiano medieval invadió reiteradamente sus territorios.

Algo distinta fue la dinámica de integración en el mundo afroasiático, bastante más diverso en términos lingüísticos y culturales. En este escenario, los principales puntos de coincidencia nacían de un pasado común -el colonial- y de la necesidad de fijar una postura conjunta frente a la guerra fría. La conferencia de Bandung, celebrada en 1955 en Indonesia, fue la primera manifestación de este esfuerzo de unión. Junto con discutir sobre los problemas que cada país enfrentaba internamente, la conferencia sirvió también para definir la visión de la política internacional de las repúblicas asistentes: igualdad de todas las razas y de todas las naciones, fuesen estas grandes o pequeñas, respecto a la soberanía e integridad territorial de cada una de ellas; rechazo a toda presión que alguna potencia intentase ejercer, entre otras medidas. De hecho, en Bandung se fijaron las bases de lo que posteriormente sería la organización de países no alineados (1961), movimiento articulado tras la idea de neutralidad activa, o no-alineación, y de resistencia a la división del mundo en dos bloques.

También emergieron organismos multicontinentales que representaban los intereses del tercer mundo en el ámbito económico. La importancia lograda por el petróleo como fuente energética llevó a los países que contaban con este recurso a unirse para contrarrestar la flagrante intervención que las compañías distribuidoras internacionales ejercían mediante el control de precios. Así nació la organización de países exportadores de petróleo (OPEP), en 1960, congregando a miembros de diversos continentes.

Como vemos, el proceso de descolonización constituyó un hito clave para el fortalecimiento del tercer mundo como un actor relevante en materia internacional. El abierto rechazo la política de bloques y la tenaz defensa de los intereses de los países más pobres fueron sin duda los mercados más importantes de este movimiento, que si bien sufrió fracturas y con el tiempo fue perdiendo su protagonismo inicial, al menos logró romper con la hegemonía cultural que las grandes potencias pretendían proyectar al resto del mundo.

La voz del Tercer Mundo.
La descolonización y la creación de organizaciones internacionales después de la Segunda Guerra significo que cientos de pueblos pudieran expresarse en el concierto mundial, en foros y reuniones internacionales. El intercambio de opiniones y experiencias entre los representantes de los Estados contribuyó a la unificación de criterios y posiciones de los países del Tercer Mundo respecto de los problemas que los aquejaban y frente a las potencias industrializadas. Dos aspectos fueron centrales en este proceso: la posición frente a la Guerra Fría y el problema del subdesarrollo.

Un primer paso para aunar criterios entre los nuevos Estados descolonizados se dio por iniciativa de cinco jefes de gobierno asiáticos -los de Birmania, Ceilán, India, Indonesia y Pakistán-, quienes en 1955 convocaron a otros 25 países de Asia y África a una conferencia que se celebró en la antigua capital de Indonesia, Bandung (conferencia de Bandung). Los gobiernos afroasiáticos reunidos, que incluyeron también a Japón y China, hablaron por más de mil millones de seres humanos, que constituían más de la mitad de la población mundial.

Uno de los propósitos de esta reunión era también la definición de una postura en relación a la Guerra Fría. Por ello, se citó solo a países que no estaban aliados de uno u otro bloque. La conferencia de Bandung sirvió para demostrar que un nuevo actor había irrumpido en el escenario mundial, como también confirmar la voluntad del tercer mundo de no inmiscuirse en las contiendas entre los dos bloques y avanzaron en la formulación de los principios de no alineamiento y coexistencia pacífica.
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