Discurso de ingreso como Académica Numeraria de la Real Academia de Bellas artes de San Carlos de Valencia pronunciado en sesión pública celebrada el 16 de






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La Vida y la Palabra
Aurora Valero Cuenca

Discurso de ingreso como Académica Numeraria de la Real Academia de Bellas artes de San Carlos de Valencia pronunciado en sesión pública celebrada el 16 de noviembre de 2010
Exmo. Sr. Presidente. Ilmo. Sr. Secretario General Autonómico de la Generalitat Valenciana, Ilustrísimos señoras y señores Académicos, Representantes de Instituciones, señoras y señores, amigas y amigos:
Es un gran honor para mí haber sido nombrada Académica Numeraria de la Sección de Pintura, Dibujo y Grabado de esta Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. Y también lo es ocupar la vacante que dejó en su día D. Salvador Soria Zapater, Académico de Número desde 1988 y Académico de Honor desde 2008 hasta su fallecimiento. Por ambas cosas doy las gracias.
Salvador Soria fue una gran persona, un excelente amigo, y un admirable artista, cuya trascendencia nacional e internacional, de todos conocida, le ha situado en un lugar privilegiado del mundo de las Bellas Artes. Su extenso curriculum en el que figuran exposiciones en Chicago, Londres y París, su participación en Bienales como las de Tokio, Venecia o Montevideo y sus exposiciones individuales como las dos que hizo en el IVAM de Valencia, los premios recibidos y los abundantes escritos sobre su obra realizados por los más prestigiosos críticos, demuestran su importante trayectoria.
Me parece justo que este discurso se lo dedique a él en primer lugar y también a todos los que me han ayudado a desarrollar mi experiencia humana y artística. Soy afortunada porque no han sido pocos. Asimismo quiero mencionar a mi antepasado Cristóbal Valero Cadroy, miembro fundador de esta Real Academia de San Carlos y primer director de la Sección de Pintura allá por 1.768. Y por supuesto también se lo dedico a Vds cuya presencia revela su interés y su estima por mí.
A continuación paso a exponer el tema de esta disertación en la que hablaré del arte del pasado y del arte del presente desde mis dos experiencias profesionales: la pictórica y la docente.
De mi experiencia como pintora ya hablé cuando fui nombrada Académica correspondiente hace ahora seis años. De mis treinta y siete años de actividad docente en la Escuela Universitaria de Córdoba y en las universidades de Barcelona y de Valencia, quiero destacar un propósito y una metodología, para mí, esenciales, que consisten, en primer lugar, en fundamentar las experiencias plásticas del discente a partir del conocimiento del arte del pasado, y, en segundo lugar, en posponer la interpretación de las creaciones artísticas actuales para cuando ya exista una preparación sensible y comprensiva del hecho histórico. Hay quien opina, por el contrario, que la enseñanza del arte debe comenzar desde el momento actual relegando la experiencia pretérita y su contexto plástico. Desde mi punto de vista, de esta manera, la educación puede quedar reducida a una actividad que excluya fundamentos educativos referidos a la transmisión del saber y el acceso a la cultura.
Así pues, en esta disertación ejemplificaré, de alguna forma, mis aseveraciones. En la primera parte los protagonistas serán Miguel Ángel y su obra El Juicio Final pintada en la Capilla Sixtina, y en la segunda parte haré una aproximación a nuestra situación contemporánea y a sus características, para, finalmente, destacar principios y relaciones que puedan existir en ambos casos.
Elegir a Miguel Ángel como representante de otro momento histórico ha sido ineludible. Su figura, como referente, nos remite a algunos aspectos de la posmodernidad que señalan coincidencias significativas entre nuestro complejo momento vital y el suyo. Además, personalmente, si tuviera que señalar un maestro en mi vida, ese sería él, por mi afinidad con su obra.
PRIMERA PARTE
LA VIDA Y LA PALABRA
Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”

Arquímedes
Morir sin dejar rastro es lo normal. Pasan unas generaciones y el olvido, como polvo, se posa borrando cualquier huella. Sólo el artista se perpetúa en su obra hasta el punto de que ella es su testigo cuando él también desaparece. Por eso impresiona mirar hacia atrás y encontrar las señales de otros seres que, obstinadamente, y de la misma manera que nosotros, quisieron dejar constancia de sí mismos en sus creaciones artísticas. Pero, ¿por qué este empeño? ¿por qué esta tenacidad, que a veces es exigencia y a veces obsesión?... Posiblemente porque el Arte es un trazo que vamos dejando intencionadamente dentro del laberinto en el que nos internamos después de haber adquirido conciencia; un trazo que es el testimonio de nuestra aventura humana con el que hemos pretendido exorcizar la muerte y perpetuar la memoria.
Desde hoy y hasta donde se pierde el rastro de los tiempos, sentimos la presencia de las obras humanas que nos parecen afirmaciones completas en sí mismas. No obstante, el destino, y su aliado, el tiempo, sólo han conservado parte de estas obras y algunos nombres que permiten seguir el hilo de Ariadna hasta nosotros. Pero aún así, resulta emocionante y alentador, porque nos damos cuenta de que a pesar de las dificultades y de las contradicciones, siempre hemos creído en la existencia de una evolución que nos ha empujado a una progresión ininterrumpida cuyo presente debería situarnos en el punto más elevado del conocimiento.
Pero las cosas no son tan lineales, al menos en lo tocante al arte. Porque también podríamos pensar que en esa evolución, la calidad artística, consecuentemente, tendría que haber ido subiendo de nivel desde su nacimiento, lo cual no es cierto ya que después de tantos milenios de cultura, podemos descubrir la belleza de pinturas prehistóricas como las de Lascaux o Altamira y aprender de ellas que sus coordenadas vitales y sus creaciones plásticas están a la par con nuestras producciones actuales. Por tanto, la calidad pictórica apenas ha sufrido cambios cualitativos en su accidentado devenir, mientras que lo que se ha desarrollado considerablemente son los medios tecnológicos actuales y los conceptos teóricos que acompañan a las obras de arte. Ellos nos han situado en el punto donde nos encontramos.
Empezamos pues con Miguel Ángel que además de un portentoso escultor es un gran arquitecto, un extraordinario pintor e incluso un delicado poeta. Este hombre, de apariencia física pequeña y enfermiza que construyó obras gigantescas, repletas de armonía y de belleza trágica, donde palpita su corazón atormentado, es quien inicia la rotura con la historia anterior puesto que su apasionamiento se interpone como una cuña clavada en profundidad entre dos tiempos. Es también como una línea divisoria que separa incuestionablemente un antes y un después al abrir la puerta a otras realidades. Podemos afirmar, en fin, que él es el precursor indiscutible de la modernidad porque, desde su soledad, fue como un desgarrón, como una fractura ocasional y determinante en su momento.
Pintar el Juicio Final en solitario es una hazaña de titanes. Miguel Ángel tenía 62 años cuando en 1537 comenzó la empresa que terminó cinco años después. La superficie pintada raya en la desmesura: es decir 167,14 m2. Desmesura aumentada por más de 300 figuras entre cabezas, cuerpos parcialmente ocultos y personajes completos, escorzados y en posiciones inverosímiles pugnando por no quedar separados del conjunto. La técnica de pintar al fresco experimentada por él en la Sixtina 22 años antes, ahora se enriquece con el empleo del lapislázuli que proporciona una hermosa coloración azul.
La idea de ocupar todo el muro se llevó a cabo bajo el Papa Pablo III, quien pretendía que el tema se inspirara en los textos del Apocalipsis. Sin embargo Miguel Ángel no siguió al pié de la letra el texto bíblico. Sólo descubrimos algunas semejanzas con palabras entresacadas de aquí y de allá. Pero es evidente que aquéllas que hacen referencia a la esencia de Dios están presentes: Yo soy el Alfa y la Omega dice el Señor Dios. Aquél que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso– y más adelante continua con las palabras del evangelista- Miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas”… Estos detalles bastan al artista para construir el argumento de la composición. Pero en conjunto, Miguel Ángel evita representar la carga de simbolismo críptico que contiene el texto, porque para él todo es concreto y determinante.
Cuando se descubre en 1.506 el grupo escultórico helenístico del Laoconte, sabe que aún es posible un nuevo acercamiento a los fundamentos de la Antigüedad. Y aquí empiezan su principal dualidad y sus contradicciones. Porque su espíritu impregnado de neoplatonismo, también se ha sentido impresionado por la violencia profética de Savonarola al que oye admirado y, aunque no lo confiese, siente una gran atracción por las espeluznantes imágenes que hace desfilar entre sus oyentes este fraile más apocalíptico que el propio Apocalipsis. Savonarola es para Miguel Ángel la imagen de un cortocircuito. No obstante es Dante Alighieri y su Divina Comedia quien más influye en el tema del Juicio Final.
Miguel Ángel imagina y construye, distribuye y agrupa cada pormenor y en esta planificación en la que nada queda sujeto al azar coincide con los principios del arte conceptual, pero éste construye obras muy limitadas en comparación con la que nos ocupa. Es natural porque, hoy, como decía Rilke “no se trata de pensar en victorias sino que basta con sobrevivir, aunque se haga, en ocasiones, con arrogancia y con un tanto de presunción. Nada más lejos del espíritu del siglo XVI y del propio Miguel Ángel en el que la idea, la realización y la finalidad van parejas y están en función de ser un testimonio del ser humano en su destino único y en su función eterna.
La vida no resulta fácil a los fuertes y, además, es dura para aquéllos que la viven conscientemente. Miguel Ángel no tiene y no ha querido tener nada excepto a sí mismo. Ésa es su fuerza y su potencia. Ahí está la clave para descubrir su pasión por la vida y por lo ilimitado. Algunos prefieren los límites, pero él siempre los desborda y es de destacar esta dicotomía entre su espíritu escultórico -todo forma y volumen, separación de cuerpos y rotundidad, cuya frontera empieza y acaba en el contorno-, y este fresco donde el fondo señala el infinito. De esta manera se crea una ambigüedad porque su pintura que es tectónica, crece, precisamente, en este espacio, sin principio ni fin, con lo que introduce unas coordenadas no exploradas antes. Y aún existen otras innovaciones significativas como su amor por lo genérico, por el cuerpo humano desnudo indiferenciado, más próximo a un estudio de anatomía, y a un alarde de posiciones obligadas y de escorzos que a puntualizaciones más proclives a lo particular y a lo accidental, lo cual impondría una caracterización personificada a sus figuras. ¿Lo hizo por una exagerada adoración al cuerpo humano? ¿O porque no quería descender de la altura emocional donde encontraba la génesis esencial del Hacedor? Lo cierto es que esa ausencia de particularismo acentúa más, si cabe, su atemporalidad.
Enfrentados a este inmenso fresco, la vista se desplaza entre remolinos y bloques de figuras amontonadas que acaban flotando en el vacío. Sin embargo hay un punto central en la parte superior cuya pregnancia atrae la mirada hacia ese lugar donde se ubica la figura de Cristo inscrita en una pequeña mandorla espacial. En ese punto, se encuentra la clave del suceso. Miguel Ángel comenzó a pintar desde la parte superior donde dos bloques de figuras convergentes, portan los instrumentos de la pasión de Cristo. A la izquierda del Juez y de su Madre, se encuentran las mujeres Justas o Elegidas, a su derecha los hombres también Justos o Elegidos. En la parte inferior izquierda se distingue la Resurrección de las Buenas Almas, las cuales ascienden escapando de los demonios que quieren retenerlas. En el centro, siete ángeles arracimados, tocan las trompetas que anuncian el Juicio. Y finalmente, en la parte inferior derecha aparece el infierno, fuego encendido y azufre entre oscuras cuevas, donde Caronte se lleva las almas de los condenados. Aglomeraciones y vacíos trascienden una realidad acorde con formas legendarias y míticas que excluyen lo escenográfico.
Todo está articulado en esta historia de la misma manera que los conceptos plásticos tales como, la dinámica de la composición, la actuación de las fuerzas que la definen, su distribución estructural y diversos elementos que están desde el principio en la mente del creador; la intensa energía, la potencia desbordada y la tensión contenida: La vida construida con el color, la línea y la forma, con volúmenes, espacios y masas; la vida, turbulenta, poderosa y trágica.
En todo ello destaca su fascinación por la belleza del cuerpo humano, más como utopía que como realidad. Porque este cuerpo, este ser humano ya no es heliocéntrico ni la medida de todas las cosas sino que aquí se transforma en una pasión heterogénea que le convertirá en un ser atormentado por su destino. Esta es su obsesión: el cuerpo en movimiento.
Ni siquiera le atraen los efectos lumínicos que, más tarde, aprovechará el Barroco como recurso para inventar contrastes y crear ambientes de misterio. Así que elimina la luz que potencia y enfoca las partes más significativas y, en cambio, la reparte uniformemente por toda la superficie. La luz se utiliza como el claroscuro que acentúa el volumen de los cuerpos y el dibujo: ese prodigio lineal que define su obra y la hace única.
En cuanto al significado, -esa parte tan importante en las creaciones actuales-, la tragedia se antepone al estado de gracia de los justos que esperan su juicio sin esperanza. Incluso los santos Pedro y Pablo, están atemorizados en este caos, en esta catástrofe cósmica en la que parece que todos son culpables. Es como si no existiera el perdón ni el estado de gracia. Es como si la conciencia universal involucrara a todos en un acto donde, angustiados, descubrieran que no ha existido ni existirá la perfección.
En el aturdimiento, en el caos que se origina entre los acusados todos esperan expectantes ver dirimido su destino y se sitúan, unos junto a otros, amontonados, buscando la protección masiva y una posición privilegiada evitando la soledad. En esta visión que causa más espanto y sorpresa que optimismo, están todos atónitos y desorientados puesto que sus proyectos vitales están en cuestión. Aquí y ahora se va a exponer su pasado, su presente y futuro, y todo lo que constituye la identidad del sujeto consigo mismo y que sólo la muerte corta de raíz al dejar el proyecto de vida sin continuidad.
Muchas veces, en la vida diaria, el individuo suple, con la imaginación, sus carencias autobiográficas que podrían justificarle. Pero ella no será tenida en cuenta en el juicio, al menos en el que nos pinta Miguel Ángel donde no se exponen fantasías, donde no se inventan situaciones particulares ni visiones excelsas de lo que va a ocurrir en breve. Él se limita a manifestar el horror y la expectación de ésta humanidad compleja, en la que la individualidad desaparece puesto que los cuerpos aún no han sido llamados por sus nombres. Y lo hace de manera despiadada.
Sólo podemos identificar a algunos personajes. El resto, esa masa compacta y pavorosa está en su mayor parte desnuda, desprovista de envolturas convencionales que podrían caracterizarla. La situación apasionada, se acentúa en la mirada alucinada de los encausados. Pero aquí y ahora todos son anónimos, sin entelequias y sin circunstancias.
Nos encontramos, y esto es esencial, ante la primera expresión de la angustia existencial que deja al ser humano sólo, ausente y desprotegido, frente al desgarro y la furia de quienes esperan lo imposible: la misericordia. Porque no vemos en este momento crucial ni el temido infierno ni el ansiado paraíso y el purgatorio también desaparece puesto que todas las opciones de redimir la culpa se han extinguido ya. Se siente el momento suspendido y tenso, esperando que la mano abierta de Cristo determine con un golpe furibundo el resultado que se va a producir en un instante.
Atrás queda, sin remedio, lo que se ha vivido, la contingencia feliz o desgraciada que ahora encaja, alborotada en cada semejante. Y tampoco hay espacio para las preguntas; es demasiado tarde.
Romain Roland dice que el momento elegido es siniestro, que asusta, y que la primera cosa que nos golpea en este fresco colosal es el orden, la razón y la voluntad imperiosa. Añadimos que en verdad hay una pasión desenfrenada por el orden y una secreta propensión al caos cuyo exceso puede confundirnos.
¿Ambigüedad en el contenido? No la hay. ¿Vulnerabilidad como significado? Total, todo es frágil, débil e inseguro entre tanta fuerza. ¿Muerte? Si, la muerte se anuncia como protagonista, porque ¿quién podrá salir justificado?. ¿Fragmentación? Ninguna, todo es compacto y tenso. ¿Contradicciones? Muchas… Y en conjunto, desencanto ante una realidad cuya destrucción es inminente. Porque la transfiguración aún no ha llegado para los elegidos.
Miguel Ángel vive en una encrucijada porque él es un hombre de fe que cree en Cristo pero no comparte el comportamiento de sus representantes corruptos. Para conseguir una coherencia interior sólo puede intensificar la adquisición del conocimiento y seguir sus propias experiencias. Sabe que sin ellas todo es apariencia y con ellas, un conflicto neurótico que nunca encuentra una solución definitiva. Y ahí es donde, sin duda, se diferencia de sus contemporáneos. Por ello entre la tesis protestante de la predestinación y la católica de la responsabilidad, él se siente obligado a tener que dar cuenta de sus actos, lo cual le intimida y espanta. ¿Se identificó Miguel Ángel con esta muchedumbre, con este aterrador momento? Creemos que sí, porque notamos cómo se fusionó con la temática, cómo la siente, cómo la vive y también, cómo la sufre: intensamente.
Esta pintura es, pues, el espejo de su vida y de sus creencias; de sus sentimientos divididos entre su amor a la Antigüedad y la osadía de su espíritu librepensador; de su conflicto interno entre su amor espiritual hacia lo divino y su amor físico y humano; de su respeto por el cristianismo y su furor ante su decadencia; del misticismo de los últimos años y la realidad carnal de sus creaciones… Fuera de su momento histórico Miguel Ángel es una intersección de contradicciones que nos intimida con este amenazante discurso.
Nos queda, su escultura, su arquitectura, su pintura, su poesía y un gran legado epistolar. Sin embargo nunca escribió sobre sus experiencias plásticas ni las sistematizó como hicieron Alberti o Leonardo. Ese trabajo lo dejó a los teóricos del arte que comenzaban a interpretar las obras de los artistas, a hacer juicios de valor sobre ellas y a escribir sus biografías.


SEGUNDA PARTE
Algunas personas construyen laberintos, otras se pierden en ellos

Földenny.

Han pasado más de cuatro siglos entre ese ayer y este hoy. Y, en ellos, han ocurrido algunos acontecimientos relevantes como la creación en el siglo XVIII de las Academias que institucionalizaron la teoría del arte, sistematizaron conceptos y establecieron las bases de la Estética, disciplina que añadió una nueva visión a las Bellas Artes. En este punto se formularon principios estables que garantizaran la consolidación de la armonía dando otra vuelta de tuerca a los cánones clásicos.
Su herencia estable se perdió en la segunda mitad del siglo XX al diversificarse su antigua coherencia en conceptos y sugerencias que aunque salieron de un tronco común, ahora constituyen una suerte de ramaje impenetrable. No ha habido alternativa y hemos llegado al momento actual desbordados por la inestabilidad.
La revolución que se produjo en el pasado siglo es radical porque, por primera vez en la historia, el mundo mental de las ideas transforma el panorama artístico; se prioriza lo experimental, se deja sin límites el contenido plástico y se subraya cómo se puede destruir la imagen, cómo fustigarla, censurarla, o tomarla como base de divertimentos y, al hacerlo, cómo se rompe definitivamente con cualquier forma de tradición aportando soluciones que se despeguen de ella. En consecuencia, de esta manera, acaban superponiéndose las ideas a la realidad; sobre todo las ideas abstractas, teóricas y especulativas. Es lógico que, para darles cuerpo, también aparezcan otras formas de expresión distintas, por ello se incorporan a los proyectos conceptuales, la descontextualización de las imágenes, el aumento de sistemas de reproducción, otras formas de valoración y de mercado, la publicidad -incluidos los mass media-, la intertextualidad y las modernas tecnologías que crean un vocabulario diferente.
Junto a éstas y otras innovaciones crece la cantidad de teóricos del arte –llamados también curadores de la obra artística- que se han incorporado a los procesos de creación en una carrera alucinante por determinar la última novedad, la última especulación que va a predominar en un futuro inmediato. Y esto es importante porque el objetivo consiste en ser original e innovador a toda costa. Por tanto se establece una colaboración activa entre el artista plástico y la figura del crítico o teórico del arte que acabarán fusionados en empresas comunes, sobre todo en los grandes eventos internacionales. Además otra función que asume esta nueva figura consiste en describir las propiedades y los contenidos de las obras y en actuar como su intermediario con el espectador, adquiriendo un protagonismo esencial en la comunicación que se produce.
En esta coyuntura se crea otro vocabulario básico para definir la nueva situación. Los antiguos términos plásticos que se empleaban para explicar las formas artísticas han quedado obsoletos: composición, estructura, armonía, valores cromáticos tonales, claroscuro… y ahora se sustituyen, por una nueva filosofía en la que contenidos poéticos o literarios aluden a formas indefinidas: nihilismo, fragmentación, ambigüedad, utopía, paradoja, vulnerabilidad, muerte, híbrido, simbiosis, cortocircuito, transgénero, ubicuidad, contradicción, debilidad, jerarquización, desencanto, transfiguración, destrucción, ensimismamiento… Es evidente que la dependencia de este mundo ecléctico, indeterminado y equívoco hace difícil la construcción de realidades plásticas por lo que se origina un distanciamiento entre la calidad de la reflexión teórica y sus propuestas -que son extraordinarias- y los resultados plásticos que se derivan de ellas.
Por todo ello, hoy, es incuestionable la necesidad de que la teoría nos introduzca en el significado de obras actuales puesto que muy pocos se atreven a contemplar, a descifrar y a comprender las creaciones contemporáneas sin seguir una guía; esas escasas o dilatadas líneas en las que uno encuentra el planteamiento y el desenlace del contenido de las obras en cuestión. Y sin embargo, en contrapartida, adentrarnos en este vasto territorio inquieta, sobre todo porque, como hemos visto, la terminología que se emplea es imprecisa y compleja.
Vamos perfilando, pues, nuestro momento actual al que hemos llegado desde el otro extremo del puente sobre el que Miguel Ángel inició el primer paso.
Y ahora debemos preguntarnos ¿Tiene algo que ver todo esto con su Juicio Final? En mi opinión, mucho. Porque, entre otras cosas, en esta innovadora avalancha teórica, reflexionar sobre el arte del pasado es una forma de descubrir cómo podemos encarar, ahora, el problema de nuestra propia identidad desde la Historia. Precisamente cuando el presente nos acosa con sus propuestas y sus soluciones instantáneas y novedosas y cuando más o menos conscientemente se fomenta la ruptura con otros periodos históricos mediante la omisión o el olvido, -olvido que, como dice Emilio Lledó “es una forma esencial de muerte”, la voz del pasado debería ser escuchada como objeto de reflexión.
No se trata de proponer, como una salida airosa, la inspiración en formas de revival, cosa que se ha hecho ya y se sigue haciendo con dignidad, con imaginación, recreando y traduciendo a nuestra coyuntura ideas que siempre serán eternamente jóvenes. Más bien se trata de valorar el tiempo que se tomó el pasado para sedimentar sus reflexiones. Y eso es algo que necesitamos ahora; más tiempo y más silencio interior.
En el Juicio Final de Miguel Ángel hay un tiempo y un presente, únicos, que son testimonio del equilibrio entre lo que está ocurriendo y lo que está por venir. En ese lugar y en la mano de Cristo se concentra, con toda su pujanza, el punto culminante de la emoción, el momento en que la explosión se va a producir de inmediato, aunque aún podría detenerse. Esa es la tensión que aguanta Miguel Ángel y que le hace distinto de sus contemporáneos e incluso de cualquier expresionista actual, quienes hacen estallar el impacto del trueno en el momento en que éste se produce. Miguel Ángel conserva y prolonga ese momento tenso hasta fijarlo en una angustiosa incertidumbre. Ello provoca una resistencia en el espectador que no quisiera seguir hacia delante ni que este momento crucial se dilatara, puesto que su intensidad le deja exhausto.
Para nosotros, en cambio, la tensión más que un elemento plástico, es la razón de nuestro existir y la nube que planea sobre vivencias y realizaciones inestables. Es una tensión gratuita que, sin emoción, busca su justificación en un caos cuyos referentes se modifican constantemente.

Vemos pues, cómo algunos elementos persisten pero cambian de ubicación. Porque de la misma manera que la obra de Miguel Ángel se expande desde un centro complejo, nosotros nos desplegamos en multitud de puntos que forman una realidad desintegrada, y, en este nuevo emplazamiento, él brilla como una constelación, mientras que nosotros nos movemos en la nebulosa de una vía Láctea.
Él y nosotros, todos, pertenecemos a un universo humano. La diferencia fundamental consiste en que desde el origen de la concepción plástica, Miguel Ángel se identificó con lo que estaba haciendo. Ya hemos señalado cómo vive su vida y su circunstancia; intensamente y con un gran sentido de la responsabilidad. Nosotros, en cambio no disponemos de cuestiones sólidas a las que agarrarnos o en las que creer. Y aunque las tuviéramos, serían tantas y tan dispares que nuestra obra siempre acusaría esa falta de concentración o de filiación que las hiciera estables por un tiempo más o menos definido. En esta situación es fácil dejarnos atrapar por lo circunstancial y por la investigación de lo instantáneo y de lo efímero.
Bauman señala que en cualquier campo de la vida, en el pasado, se creó una ética que lo abarcaba todo y lo rechazaba también todo por igual. Es decir, que aunque hubiera disensiones, los límites que enmarcan los aspectos naturales y filosóficos de la vida estaban bastante definidos. No se puede generalizar, ya lo sabemos, pero en sus propias palabras leemos: en la actualidad “la vida moderna no se apega a uno u otro sistema de la lógica. La contradicción refleja fielmente el choque genuino entre tendencias igualmente poderosas en la sociedad moderna: una sociedad “moderna” que intenta constantemente, aunque en vano, “abarcar lo inabarcable”, sustituir la diversidad por la uniformidad y la ambivalencia por un orden coherente y transparente, y que al intentar hacerlo genera sin cesar un número mayor de divisiones, diversidad y ambivalencia que aquél del que ha logrado deshacerse”.
Así es nuestro presente, la sociedad en que vivimos, nuestra forma de entender la vida y de construir el arte; una aglomeración que prescinde de lo que otrora fue esencial. Para nosotros el instante es lo que importa, sin trascendencia y sin equilibrio, ese tiempo que se desborda entre la producción de eventos que se suceden a ritmos vertiginosos y que desaparecen apenas explorados. Por fortuna nos queda la reproducción fotográfica y el registro informático almacenados, aunque de esta manera la memoria tiene que recurrir a sucedáneos donde el momento existencial que es vida y muerte, se enmascara.

La oferta pluricultural que nos absorbe y en la que cabe todo, reitera en su espíritu formas subsidiarias de un Manierismo destrozado. Hay excepciones, ¡qué duda cabe! pero, en conjunto, la simple experimentación teórica de efectos devastadores y fraccionados en mil y una contingencia, nos hacen dudar, en muchos casos, de la lógica de nuestras especulaciones. Nuestro tiempo es caótico. Pero también lo fue el que vivió Miguel Ángel. ¿Acaso su circunstancia no fue especialmente violenta, dramática y ferozmente competitiva?. Lo que ocurre es que, en medio de todo, él no rompe la unidad que preside su obra y lo que pulveriza no es más que el caos que se filtra en sus realizaciones. Él hizo del arte una experiencia en la que involucró todo su ser mientras que nosotros somos como investigadores que realizamos experimentos en los que actuamos desde fuera, como espectadores.

Esto no elimina algunas importantes convergencias con Miguel Ángel como, por ejemplo, la insatisfacción y la angustia que nos afecta, la vitalidad que desplegamos, el ingenio y la fantasía desbordada, la originalidad y la creación de procesos ineludibles que, aunque quisiéramos no podemos sustraer al destino. Y el talento de muchos.
Como estamos viendo hemos caminado muchas leguas desde aquel portentoso Juicio Final pero es bastante probable que, en algunos aspectos, estemos paradójicamente repitiendo posiciones anteriores pero desvinculadas de una significación constructiva.
¿Exageramos? Tal vez. Siempre salta a la vista en primer término aquello que es más ruidoso. Por eso vamos a proponer dos ejemplos. Uno se refiere a la obra de Walter de Maria que se expuso en la 6a Documenta de Kassel cuya forma se reduce a un simple agujero vertical de un kilómetro, dirigido a las profundidades de la tierra. Los problemas de realización que acarreó son considerables ya que se tuvieron que emplear máquinas de prospección petrolífera que costaron a la empresa privada 300.000 $. El contenido, remite a una aguja de acupuntura clavada sobre la tierra-cuerpo. En éste y en otros casos semejantes se persigue la innovación a cualquier precio y nos asalta la duda de que lo que se quiere significar tenga alguna relación con el mundo plástico.
Otro ejemplo, mucho más ambicioso en cuanto al resultado visual, nos remite a otra obra también descomunal que nos sugiere otras expectativas de actuación y de percepción. Nos referimos a Miquel Barceló y al techo de la Sala de la ONU en el Palacio de las Naciones de Ginebra el cual representa una cueva barrida por las olas y miles de afiladas estalactitas que penden sobre el espectador sumergiéndole en un ambiente mágico.
Para terminar, donde podríamos ubicar a Miguel Ángel como un posmoderno, no es sólo en sus gigantescas obras sino en el concepto que al sobrepasar el idealismo y la armonía los reemplazó por algo que comenzó a romperse, a resquebrajarse, engullido por su fuerza sobrehumana en contraste con su escepticismo, con su desencanto y sus contradicciones; con el desgarro que deja entrever, sin manifestarlo abiertamente una especulación filosófica realmente humana realizada a escala de gigante.
Nosotros que conocemos nuestro mundo y nuestra coyuntura porque vivimos sus coordenadas ¿podemos imaginar otra forma de expresión artística actual? Y de ser así ¿cómo se podrá evolucionar desde algo que está tan institucionalizado? En el transcurso histórico, desde los tiempos más remotos, los únicos que se saltaron todas las barreras con la más absoluta libertad fueron los Impresionistas y ello les hizo inadaptados y bohemios. No obstante su escapada duró poco puesto que la crítica, el mercado y la publicidad, al aceptarles, les aniquilaron. De cualquier manera ¿Habría alguien hoy, dispuesto, a tener una firme convicción y a defenderla?
No estamos en condiciones de realizar idealizaciones nostálgicas del pasado ni de enfatizar grandilocuencias catastróficas. Pero me pregunto con palabras de Magris:“¿Cómo podríamos señalar valores indemostrables pero irrenunciables del sentido de la vida?”.
Emilio Lledó nos dice que la experiencia que surge del contacto de los sentidos con el mundo, y el empleo de la memoria, nos acercan a la realidad. En este caso no alude a una memoria que sea solamente la facultad de almacenar información sino que, por el contrario, su esencia, debe constituir, crear y estructurar la sustancia de la historia y, por supuesto, la historia personal de cada autor.
Con estas palabras justifico mi discurso, convencida de que al comenzar a educar desde lo actual, se rompe el equilibrio que enlaza el pasado y el presente y, el hacerlo, nos impide establecer conexiones, siempre enriquecedoras, que nos ayudan a comprender e interpretar mejor lo que hacemos y lo que vivimos. ¿Por qué renunciar a esta experiencia que excluye del proceso educativo el acceso al saber y la cultura?.
Tal vez necesitemos reconciliarnos con nosotros mismos, con la historia y con la naturaleza.
Tal vez haya una salida si logramos nombrar las cosas por su nombre….En cualquier caso, el milagro del mundo no reside en todo lo que ha desaparecido, sino en lo que todavía puede encontrar aquel que busca.
Muchas gracias por su atención. Gracias.

21-agosto-2010

Citas:

-Emilio Lledó El surco del tiempo.Meditaciones sobre el mito platónico de la escritura y la memoria.

Editorial Crítica/Filosofia

Barcelona, 1992
-Claudio Magris.Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad.

Editorial Anagrama. Colección argumentos.

Barcelona, 2001
-Zygmunt Bauman Etica posmoderna

Siglo XXI España, México y Argentina

Septiembre de 2009
-Cees Notteboom. El enigma de la luz: un viaje en el arte.

Editorial Siruela S.A.2007





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