El Programa El racismo al revés






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IV.- TUPAC AMARU

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Ocho años antes de la toma de la Bastilla en Francia, José Gabriel Condorcanqui Noguera, Tupac Amaru II, un descendiente directo de la nobleza Inca, rico y culto propietario de cocales, chacras, vetas de minas y una fortuna en mulas de arreo, dedicado al comercio regional, encabezó la más grande rebelión anticolonial en Sudamérica, que llegó a abarcar, a lo largo de dos años, cinco de los actuales países, y que tuvo repercusiones en lugares tan distantes como Panamá y México. Así lo testimonia su bando de proclamación, que comenzaba: Don José I, por la gracia de Dios, Inca, Rey del Perú, Santafé, Quito, Chile, Buenos Aires y continente, de los mares del sur, Duque de la Superlativa, señor de los Césares y Amazonas, con dominio en el gran Paitití, comisionado y distribuidor de la piedad divina, por el erario sin par… Por cuanto es acordado en mi Consejo por junta prolija por repetidas ocasiones, ya secreta, ya pública, que los Reyes de Castilla me han tenido usurpada la corona y dominio de mis gentes, cerca de tres siglos…” (Bando de Proclamación. 1781). Testimoniando simultáneamente su larga lucha intelectual, administrativa y política por ser reconocido legítimo descendiente directo de los reyes Incas. “Thupa Amaru Inga”, firmaba sus cartas. Había reasumido también el título de “Marqués de Oropesa” que una ancestra suya, casada con español, ex gobernador de Chile, había adquirido del Rey en España. En esa lucha, se incluyó la redacción, por él mismo, en 1776, del libro “Genealogía de Tupac Amaru”, muestra de alta retórica y conocimientos jurídicos e históricos, que utilizó como prueba legal en sus reclamaciones de los respectivos fueros a la administración española, en contra de una familia rival, los Betancur, que pretendía la misma ascendencia.

En ese trabajo, se emparentaba por línea materna, a través de cinco generaciones, con el Rey Manco Inca, hermano y rival de Atahualpa que resistió en guerra, por décadas, a los españoles, hasta ser asesinado por éstos. Quien fue sucedido por sus dos hijos mayores, los cuales se allanaron a servir a los españoles. Pero muertos ambos sucesivamente de “extraña y repentina enfermedad”, asumió el reinado el tercero y menor de los hermanos, Diego Felipe Tupac Amaru (I), quien retomó la lucha anti española de su padre, hasta ser derrotado y decapitado en la plaza del Cusco, como el último rey inca. En ese mismo momento, surgió en la Plaza la indoblegable fe indígena en que la cabeza se juntaría otra vez al cuerpo y éste volvería para conducir la lucha. El Condorcanqui, cuya abuela era hija de aquel último inca, malogrado líder de la resistencia, asumió su nombre, Tupac Amaru (II), y fue para su pueblo la cabeza y el cuerpo reunidos, vueltos para capitanear la lucha libertaria.

Aunque la aristocracia virreinal lo llamaba con desprecio “el inca arriero”, es el primer intelectual indígena, no sólo porque sabe leer y escribir en quechua y español, sino porque mira y reflexiona el mundo indígena, por primera vez, con visión universal pero desde sí mismo, desde su propio lugar en ese mundo y para la realización de un destino propio y diferente. Había llegado al punto de la subversión violenta tras largos años de gestiones reivindicativas inútiles, ante las autoridades coloniales. Incluso, unos años antes de la insurrección, su pariente directo, Blas Tupac Amaru viajó a Madrid, España para presentar las quejas y propuestas en la Corte. Contaba con la ayuda de Ventura Santalices, ex gobernador de Potosí en 1751, y llamado por Carlos III a ser parte del Consejo de Indias, el organismo más importante para la administración de las colonias en América. Ambos gestionaron incansablemente para terminar con los abusos y empujar las reformas, ganándose el odio de los propietarios mineros, encomenderos agrícolas, corregidores, y todos los sectores usufructuarios de la explotación indígena. Y ambos murieron súbitamente y de modo sospechoso, se cree que envenenados. El propio Condorcanqui estuvo a punto de viajar también a la misma España a exponer sus denuncias contra las arbitrariedades despóticas de los “corregidores” españoles, pero fue convencido de la inutilidad y peligrosidad de ello.

Dos eran los mecanismos arquetípicos de los abusos. Los “repartos”, ventas forzadas y abusivas de toda clase de mercancías, por parte de los corregidores a las comunidades indígenas. “nos botan alfileres, agujas de Cambray, polvos azules, barajas, anteojos, estampitas y otras ridiculeces como éstas. A los que somos algo acomodados nos botan terciopelos, medias de seda, encajes, hebillas, ruan y cambrayes, como si nosotros los indios usáramos de estas modas españolas, y en unos precios exorbitantes, que cuando llevamos a vender no volvemos a recoger ni la veinte parte de lo que hemos de pagar...". Así los describe, Tupac Amaru, en su “Memorial”, presentado a las autoridades españolas en 1777. Y, las más odiadas de todas, las “mitas”, cuotas de trabajo forzado de los indígenas en las minas de plata de Potosí, que equivalían a una virtual condena a muerte.…más de doscientas jornadas de ida y otras tantas de vuelta… Entonces morían los indios y desertaban pero los pueblos eran numerosos y se hacia menos sensible; hoy, en la extrema decadencia en que se hallan, llega a ser imposible el cumplimiento de la mita porque no hay indios que las sirvan y deben volver los mismos que ya la hicieron..." (Ibíd.).

En su afán de terminar con estas injusticias, proponía como parte de su reforma, la eliminación de los odiados “corregidores”, las autoridades coloniales españolas en las regiones, epítomes e instrumentos de todos los abusos. “El faraón que nos persigue, maltrata y hostiliza no es uno solo, sino muchos, tan inicuos y de corazones tan depravados como son todos los corregidores, sus tenientes, cobradores y demás corchetes, hombres diabólicos y perversos, enemigos de Dios y del hombre e idólatras del oro y la plata…” (Ibíd.). Con ello, la administración quedaría plenamente entregada a los curacas, autoridades ancestrales indígenas. Complementariamente, proponía crear una audiencia en el Cusco, para terminar con la lejanía de la administración central en Lima; lo que al mismo tiempo, facilitaba los abusos, al estar distante la autoridad fiscalizadora, y obligaba a los indígenas a largos viajes hasta la capital virreinal, con grandes, y a veces simplemente imposibles, gastos. Con ello, anticipaba, creadoramente, las estrategias de autonomías locales y descentralización del Estado.

Cuatro años más tarde, estas mismas situaciones serán justificaciones explícitas de su insurgencia. “…pensionándome los vasallos con insoportables gabelas, tributos piezas, lanzas, aduanas, alcábalas, estancos, catastros, diezmos, quintos, virreyes, audiencias, corregidores, y demás ministros todo iguales en la tiranía… sin temor de Dios, estropeando como a bestias a los naturales del reino; quitando la vida a todos los que no supieron robar, todo digno del más severo reparo”. (Bando de Proclamación. 1781).
La tormenta perfecta
Combinando su ascendiente de “curaca” de tres pueblos, Pampamarca, Tungasuca y Surinama, con sus fueros de noble inca, a los que el sistema colonial español reconocía con privilegios económicos y políticos, a fin de que sostuvieran la dominación, el Condorcanqui desarrolló, aprovechando su labor comercial en toda la región continental, una trama de articulaciones conspirativas, tanto con los diversos líderes indígenas de otras zonas como con sectores eclesiásticos y criollos descontentos. Recogiendo así, como base de su magnífico levantamiento, la acumulación y articulación de innumerables resistencias a lo largo de todo el período colonial, y en todo el continente, por parte de indígenas, esclavos, campesinos, frailes e intelectuales criollos. Al menos, más de 500 rebeliones diversas de las que se tiene registro, contra el dominio español en toda América, el portugués en Brasil, el francés en Haití, el inglés y holandés en las Antillas. En el propio Perú, a la resistencia de sus ancestros Manco Inca y Tupac Amaru I, habían sucedido innumerables levantamientos. Tales como el de los “taquionqueros”, resistencia de carácter místico mesiánica andina, en 1630. Y la de Juan Santos Atahualpa, inca, como Tupac Amaru, y como él, autobautizado con el nombre de un gran antecesor: Atahualpa, padre del primer Tupac Amaru. Juan Santos será el más exitoso, aunque el menos conocido de todos ellos. Educado y viajado por Europa y África, alzado en rebelión anti española en 1742, con el apoyo de indígenas de la sierra y la selva. Levantó, de hecho, su propia Comuna en la selva central, sin poder nunca ser derrotado, perdiéndose simplemente sus registros en las nieblas de la historia, la leyenda y las profecías.

En esa tradición, Condorcanqui Tupac Amaru, contará con su esposa, Micaela Bastidas. Su hermano Juan Bautista. Su sobrino Andrés. Su primo hermano Diego Cristóbal. Pedro Vilcapaza, quien fue ejecutado en Azangaro, su tierra, gritando “¡Azangarinos, aprended a luchar y morir como yo!”. El cacique Torres. El zambo Andrés Castelo. El criollo Felipe Bermúdez, muerto en combate. El místico curandero Pedro Challco. El “tuerto” Pedro Obaya, “que tenía el desplante de tratar de ‘tú’ a todas las altas autoridades españolas”. Ramón Ponce, Pedro Vargas, Nicolás Sanca e Ignacio Ingaricona que sitiaron Puno, y fueron más tarde, coroneles de Diego Cristóbal. Entre muchos otros, que serán parte de su estado mayor en Perú, epicentro de la tormenta justiciera, y delegados suyos en otras zonas.

En el Alto Perú, actual Bolivia, Tomás Katari, lidera un levantamiento. Julián Apaza, aymara como él, cambia su apellido al de Katari para seguir sus pasos, y su nombre al de Tupac, en homenaje al líder quechua peruano Tupac Amaru, al que reconoce como Rey. Nace así como Tupac Katari, el aymara que, a diferencia de Tupac amaru, no poseía ningún linaje de nobleza, pero fue nombrado virrrey y capitán en el Alto Perú del movimiento. Naciendo también la alianza quechua aymara, el núcleo estratégico de la confederación pluriétnica de la insurrección. No menos de cincuenta mil combatientes, una centena de batallas, en 1.500 kilómetros, a lo largo de dos años. Quechuas, Aymaras, Tobas, Chancas, Matacos, Mocovíes, Pampas, Chiriguanos, mestizos, negros, mulatos, criollos, y, según algunas fuentes, hasta algunos europeos. La tormenta perfecta tupacamarista.

En el estado mayor de Julián Tupac Katari, que llega a sitiar la ciudad de La Paz por 6 meses, están también su hermano Dámaso. Su lugarteniente Andrés Huera. Diego Quispe, llamado ‘el Mayor’ por sus montoneras que los seguían fielmente. Las “mama t’allas” Bartolina Cisa, su esposa y “virreina”. Gregoria Apaza, su hermana. Y Tomasa Titu Condemayta. Derrotados, al igual que Tupac Amaru por una mezcla de errores, azares y traición, tendrán similar tormento final. “Volveré y seré millones”, profetizó Tupac Katari a su verdugos. En la actual Argentina, se combatió en Jujuy, bajo el mando rebelde del mestizo José Quiroga, el indígena Antonio Umacata, el criollo Gregorio Juárez. También en Salta, y en Rioja. Hasta la misma Córdoba y Buenos Aires llegó a los indígenas “el mal ejemplo de sus semejantes de la infame voz: ya tenemos Rey-Inca” (Fray Pedro de Parras. Informe al Virrey Vértiz. 1781). Incluso a las mismas milicias realistas criollas: “La capital de Buenos Aires y sus costas de norte a sur… no tiene otro recurso para su defensa que este cuerpo de milicias disgustadas y vacilante su obediencia por imitar a las gentes del Perú” (Virrey Juan de Vértiz. Carta al Ministro de Indias. 1781).

El criollo Miguel Tovar y Ugarte, en el actual Ecuador, es sorprendido conspirando, a través del envío de cartas en las suelas de los zapatos a Tupac Amaru, y condenado a prisión donde murió. En la actual Colombia, dirigen la guerra de los comuneros de Nueva Granada los mestizos José Antonio Galán, quien, siguiendo el ejemplo de Tupac Amaru, proclamó la libertad de los esclavos en las minas de Malpaso, Tolima. Manuela Beltrán, quien ante la muchedumbre en Villa del Socorro, cuna de la insurrección, rompió el edicto español que imponía el impuesto, causa del levantamiento. Y los caciques Ambrosio Pisco y Zape Zipa, quienes proclaman a Tupac Amaru “Inca de América”. En los llanos de Casanare, actual Venezuela, se levanta en armas el criollo Javier de Mendoza, declarado “capitán general de los llanos” al mando de 3.000 indígenas, a quienes hace jurar a Tupac Amaru como “rey de América”. Lo secundan los también criollos, hermanos Eugenio y Gregorio Bohórquez. Antes de ser derrotada, la rebelión llega hasta LaguniIlas, donde los alzados tomaron el pueblo dando gritos de “¡Viva el Rey del Cuzco!” y Mérida, ocupada bajo el mando de los criollos Vicente de Aguilar y Juan García. En las capitales coloniales de todo el continente aparecieron pasquines (panfletos y afiches) y manifestaciones callejeras apoyando la revolución tupacamarista. En la puerta de la Audiencia de Charcas, en la actual Bolivia, en marzo de 1781, uno de ellos decía: “El general inca viva / jurémosle ya por rey, / porque es muy justo y de ley / que lo que es suyo reciba. / Todo indiano se aperciba / a defender su derecho / porque Carlos con despecho / los aniquila y despluma / y viene a ser todo, en suma, / robo al revés y al derecho”.

En Italia, el jesuita y precursor peruano de la revolución independentista, Juan Pablo Viscardo y Guzmán, expulsado junto a su orden por las autoridades españolas en 1767, enterado del levantamiento de Tupac Amaru, realiza gestiones infructuosas ante el cónsul inglés para conseguir del gobierno británico ayuda a los rebeldes. En su famosa “Carta a los americanos españoles”, terminada en 1791, en relación con la situación del indio, escribió: "Por honor a la humanidad y de nuestra Nación, más vale pasar en silencio los horrores y las violencias del otro comercio exclusivo (conocido en el Perú con el nombre de repartimientos) que se abrogan los corregidores y Alcaldes Mayores para desolación y ruina particular de los desgraciados indios y mestizos". Francisco Miranda, futuro precursor de la definitiva lucha de independencia anticolonial, reconoce, en carta de 1792, que el levantamiento tupacamarista, siendo él oficial del ejército español en Europa, fue antecedente preliminar de su propia concepción revolucionaria.
Quipac haychacta hayllini

(Toca el caracol su canto regocijado de guerra)
Al telúrico bramido del llamado de los “pututus”, trompetas de caracolas marinas, y “dando ordenes en dos lenguas”, el Inca desató la tormenta de fuego sobre los Andes, un 4 de noviembre de 1780. Según algunos autores, lo hace apurado en cierta medida por el descubrimiento de una conspiración criolla, dirigida por Farfán de los Godos en el Cusco, que alertaría a los españoles variando desfavorablemente las condiciones del teatro de operaciones principal en Perú. En el pueblo de Tungasuca, sierra peruana, capturó al odiado corregidor Antonio de Arriaga, cuyos excesivos abusos lo habían llevado recientemente a ser excomulgado por el obispo de la zona. Y pasó luego a ejecutarlo en la horca. “Su mala conducta hizo de su ruina una tarea meritoria”. Dirá el Condorcanqui.

Tomó los “obrajes”, especie de primeras fábricas, de Pomacanchi y Quiquijana, liberando a indígenas y afro descendientes virtualmente esclavizados en ellos para la fabricación de telas y artesanías. Y los convirtió en “ayllus”, comunidades andinas, a cargo de su hermano menor Juan Bautista. Obtuvo una notable victoria militar en la batalla de Sangarara. Luego marchó en campaña en dirección al sur, a Tungasuca, en Acomayo, en un hecho comentado por muchos como un error decisivo, al no tomar inmediatamente el Cusco, como lo reclamaba urgentemente, en numerosas comunicaciones, Micaela Bastidas. Volvió más tarde a sitiar esta ciudad, pero ya había sido reforzada por los españoles, con indígenas leales a España dirigidos por el curaca “Mateo Pumacahua”. Quien seguirá realista hasta cambiar de bando y comandar una insurrección independentista en 1814, derrotada la cual será ejecutado. Y hubo de levantar el sitio, precisamente, por no decidirse, en su rol de “Tayta protector de todos los indios”, a luchar y masacrar a aquellas tropas indígenas. Indecisión que también fue criticada por Micaela Bastidas.

Replegado, debió librar batalla en Tinta contra fuerzas muy superiores, reforzadas con contingentes enviados desde Lima, y fue derrotado. En base a la traición de uno de sus coroneles fue capturado. Los sobrevivientes de las últimas batallas del río Vilcanota se reagrupan y deciden sacrificados y urgentes contraataques para rescatar al Inca de las manos de sus enemigos, nombrando en el intertanto como inca subrogante a su primo hermano, Diego Cristóbal Túpac Amaru. En Condorcuyo, donde se libra sangrienta batalla los días 13 y 14 de mayo de 1781, el mariscal de las tropas coloniales José Del Valle relata: “Mandaba el campo rebelde el indio Vilcapaza y su lugarteniente era el tal Tito Atauchi conocido como ‘terciopelo’… diciendo que preferían morir antes que ser indultados, y que marcharían al Qosqo a liberar a su Inka… con sus odiosas banderas, y el estruendo de conchas llamadas putu-tos y una gritería infame en la que se injuriaba al Rey”. El indomable Vilcapaza, superado en número de 6 a 1 y casi sin armas de fuego, es derrotado en esa oportunidad. Las batallas de Langui y Layo son cruentas y desesperadas también, pero los realistas, más numerosos y ya fuertes políticamente en la región, logran frustrar los esfuerzos de rescate. “Nuestras tropas acreditaron el mayor tesón, y los enemigos hicieron acciones de mayor valor, porque hubo indio que atravesado con una lanza, se la sacó del pecho y siguió con ella a su contrario, 5 ó 6 pasos hasta que cayó muerto; y otro a quien un fogonazo sacó el ojo, que siguió con tanto empeño al fusilero que lo había herido, que si otro soldado no lo remataba, hubiera dado fin a la vida de su primer victimario” (Ibíd.).

Junto a toda su familia, el Condorcanqui es conducido al Cusco, enjuiciado y masacrado junto a ella en terribles tormentos. Sorprendido escribiendo cartas con su propia sangre para intentar hacer llegar instrucciones político militares a los remanentes de sus fuerzas, el inca se mantuvo firme y digno en medio de las torturas e interrogatorios. “Aquí no hay más culpables que tú y yo, tú por oprimir a mi pueblo, yo por tratar de libertarlo”, respondió al jefe de las fuerzas españolas. Posteriormente, los continuadores del levantamiento en diferentes zonas serían también derrotados. Entre ellos, los muy temidos “batallones de mujeres” que, según los partes de guerra españoles, eran “más feroces que los hombres”. Micaela Bastidas, Bartolina Sisa, Tomaza Titu Condemayta, Úrsula Pereda, Cecilia Escalera Tupac Amaru, Gregoria Apaza, Marcela Castro, Margarita Condori, Manuela Tito Condori, Antonia Castro. Y centenares de mujeres más, brillantes mandos, combatientes y mártires de la epopeya.

Muchos de los combatientes, en resistencia desesperada, prefirieron arrojarse a los abismos, como en la epopeya del Cerro Puquinacancarí, librada el 19 de mayo de 1781, y comentada así en los partes de guerra del Mariscal José del Valle: “Al pasar por el cerro de Puquinacancarí, que es muy alto y todo peñas, sito en medio de una pampa en el que vimos algunas Indios que por su corto número se despreciaron; pero al pasar la columna de Cotabambas que venía a la retaguardia, avisó de que le habían apedreado desde él, por lo que su Comandante pidió permiso de atacarlos, lo que se ejecutó con un pequeño destacamento y sin embargo de no llegar a 100 los enemigos hicieron una obstinada y bárbara defensa; se destinaron ochenta fusileros para que castigasen este atrevimiento, a la verdad no esperado, a la vista de todo el ejército y mandando suspender la marcha retrocedió el mismo General con el regimiento de Caballería del Cuzco para rodear el monte por su falda a impedir escapase ninguno de aquellos atrevidos sediciosos… Pero ellos lejos de intimidarse con la inmediación de las tropas que se dirigían al ataque, se mantuvieron obstinados, sin pensar más que en morir o defender el puesto que ocupaban, con la mayor intrepidez y osadía, favorecidos por unas piedras muy altas que los ponían a cubierto, sin hacer caso de las ofertas del perdón que les hacía un oficial de las tropas de Cotabambas, a quien con furor respondían que antes querían morir que ser indultados… y viéndose ya sin recurso, algunos se despeñaron voluntariamente, y entre los otros una mujer con un niño a las espaldas. Los pocos que se cogieron vivos se ajusticiaron; una mujer prisionera se tendió voluntariamente sobre un cadáver y viendo que tardaban en matarla, levantó la cabeza y dijo por qué no la mataban…”. Meses más tarde, Diego Cristóbal, el inca continuador de la lucha, acepta una falsa amnistía, siendo también cruelmente ejecutado. Después de la derrota, la bárbara tortura y masacre, la represión bestial y el etnocidio.
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