El Programa El racismo al revés






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“y el Caribe”.

A la inversa, hay territorios en Norteamérica, como el actual Canadá, que sí fueron colonias de naciones latinas como Francia y la misma España, pero que, paradojalmente, no se consideran latinoamericanas; lo que haría aún más equívoco ese término. Para hacer todavía más complejo el debate, en las últimas décadas, producto de las masivas migraciones y fenómenos de trasnacionalización de las culturas, se plantea también la cuestión de las “comunidades latinas” en los Estados Unidos, “enclaves” o “guetos”, según sea la visión del caso, hispanos en el interior de territorios norteamericanos. Por ejemplo, Los Ángeles, Miami o San Diego. Donde ha surgido el concepto de “latinoamericanización” de Estados Unidos, para designar el fenómeno del aumento significativo de millones de latinoamericanos residentes, así como la fuerte presencia e influencia de su propia cultura, idioma y costumbres. Se discute si estas comunidades, “los chicanos”, por ejemplo, constituyen o no parte de un pueblo latinoamericano. Aunque, de hecho, muchos de ellos siguen siendo ciudadanos, votan y son elegidos en sus territorios de origen, además de influir con sus aportes en dinero, entre muchos otros vínculos trasnacionales.

En continuidad con estos razonamientos, para los pueblos originarios indígenas, tanto andinos, como amazónicos, especialmente en países de fuerte presencia de ellos, como México, Guatemala, Ecuador, Bolivia y Perú, esas denominaciones les resultan ajenas, negadoras y excluyentes de su propia identidad, aún de sus propios lenguajes, ni hispánicos, ni ibéricos, ni latinos. Por ello, sectores importantes de movimientos indigenistas y antirracistas, atribuyen a aquellos términos la representación únicamente de la población de “raza blanca” en la región. Y lo mismo ocurre con los numerosos afrodescendientes, traídos desde muy antiguo como mano de obra esclava y de importante presencia étnica en varias zonas del continente. En su caso, se acuñó el término “Afroamérica”, más o menos en las primeras décadas del siglo XX, pero su uso no ha logrado trascender los límites del campo académico cultural, salvo en los Estados Unidos. Algo similar plantean sectores chino descendientes, también traídos como mano de obra esclava, y de importante presencia en algunas zonas.

Un ejemplo de estos cuestionamientos es el del amauta peruano Luis Sánchez, quien publicó en 1945 un libro con el sugerente título de “¿Existe América Latina?”. En él concluía que, de hecho, no existe, precisamente, porque las culturas de la región son indias, ibéricas y afro descendientes. Sólo trece años después, el amauta mexicano Edmundo O’Gorman, entendiendo más profundamente las complejas dinámicas étnicas y culturales involucradas en los nombres de la región, dirá que ésta ha sido “inventada” por quienes la nombran (La invención de América”. 1958). A partir de allí, han sido numerosos los intentos de re nombrar más incluyentemente esta región, cuya diversidad interna se muestra, sin embargo, esquiva con todos ellos.

Algunos de los más importantes empiezan con José Martí, héroe y pensador fundacional de la independencia cubana. Quien en 1886 escribe su libro “Nuestra América”. Retoma así, ahora con centralidad programática, esa expresión usada ya por los patriotas de la independencia, desde Francisco Miranda en 1783: “La América es nuestra, porque nuestros padres la ganaron si para ello hubo un derecho; porque era de nuestras madres y porque hemos nacido en ella. Este es el derecho natural de los pueblos en sus respectivas regiones”. De esa manera, Martí antepone al concepto ya instalado, generalizado, de “América”, el de “Nuestra”. Con ello, hace conciente el ejercicio de “comunidad imaginada” presente en todo proyecto de nación o entidad supranacional. El recorte de la comunidad es explícitamente un acto auto afirmativo como sujeto histórico. En su caso, frente a los poderes imperiales negadores de ese derecho protagónico. Martí hablará también de “Nuestra América Mestiza” y “América Nueva”. Sin embargo, aunque muchos autores han recogido esta denominación de pueblos “nuestro americanos” para incluir la diversidad interna del continente, ella no ha alcanzado un grado de generalidad entre los intelectuales y menos aún entre las mayorías.

Desde un punto de vista político, a partir de debates que se gestan en las luchas de independencia y se actualizan en el debate de Martí con las concepciones europeístas de “Patria”, se acunó el término de “Patria Grande”, referido a todo el pueblo continente al sur del río Bravo, para oponerlo al de “patrias chicas” y chauvinismos pequeños o pro expansionistas, de origen europeo. El místico y literato argentino Ricardo Rojas, que escribió innumerables rescates ancestrales y universales de la región, como “Ollantay” (1939), sobre el drama épico de los quechuas originarios peruanos, y “El santo de la espada” (1933), dedicado al prócer independentista José de San Martín, acuñó en 1924 un nuevo nombre para la región: “Eurindia”, nacido de la mezcla de Europa e India (América). Buscando expresar su síntesis moderna y atávica, sagrada y mística, astrológica y contemporánea, científica y profética. El peruano Raúl Haya de la Torre, habla, desde inicios de la década de 1920, de “Indoamerica” para oponerla al “panamericanismo” hegemónico estadounidense y también a la naciente y dogmática influencia soviética. En 1927, funda la revista que lleva ese nombre, el cual será parte del lenguaje “oficial” de la “Alianza Popular Revolucionaria Americana – APRA”, su mítico, y más tarde desvirtuado, partido. Carlos Mariátegui, peruano, compañero y más tarde antagonista de Haya de la Torre, fundador del “primer marxismo auténticamente latinoamericano”, habla de “América indoibera” y escribe en 1925: “Nada resulta más inútil, por tanto, que entretenerse en platónicas confrontaciones entre el ideal iberoamericano y el ideal panamericano... Mientras el iberoamericanismo se apoya en los sentimientos y las tradiciones, el panamericanismo se apoya en los intereses y los negocios”. Hablará también de “Indoamerica” y “América indoespañola”.

Augusto Sandino, en medio de la feroz resistencia a la invasión militar norteamericana de Nicaragua, enmontañado en las Segovias, se da tiempo para proponer su “Plan de realización del supremo sueño de Bolívar”. Y en él nombra a la región como “América Indolatina”, de la cual cada uno de los países eran “fracciones de la Nacionalidad Latinoamericana” (20 de marzo. 1929). El amauta mexicano Gonzalo Aguirre, cuyos estudios étnicos de indígenas y afro descendientes son fundantes para la región, acuñó, en su obra de 1967, un nuevo término, con la clara intención de dar cuenta de las complejidades y diversificaciones internas del continente: “Mestizoamérica”. También ha sido propuesta la denominación “América de los Pueblos”, en alusión a la pluralidad y autonomía de las diferentes comunidades internas de la región. Sólo “pueblos indígenas” han sido reconocidos “oficialmente” por los Estados más de 500 hasta la actualidad, y en países como Chile se lucha por este reconocimiento semántico, simbólico y político.

Todas estas denominaciones, sin embargo, encuentran también opositores, por diversas razones. El hispanista chileno Eyzaguirre, por ejemplo, desde una clara matriz hegemónica civilizatoria europea, calificó así el énfasis indigenista: “…el término Indoamérica sustituye el factor común cristiano y occidental de nuestra cultura por una edificación racista que se repliega ciegamente en bajos estratos de la biología para rechazar todo contacto con el espíritu universal” (1968). Desde la trinchera opuesta, líderes y organizaciones indígenas, así como sectores de intelectuales afines, descartan aquellos nombres, a pesar de su intencionalidad en reconocer el carácter indígena, por el mero hecho de hacerlo con palabras de un lenguaje no indígena, ajeno y en última instancia impuesto. Ante lo cual han planteado el uso de nominaciones ancestrales, únicas que consideran auténticamente “propias”, tales como “Tahuantinsuyo”, “Pachamama”, y “Abya Yala”, para nominar la región. Sin lograr, por cierto, un consenso significativo todavía, y menos aún un uso generalizado por las mayorías. En esa línea el gran amauta mexicano Leopoldo Zea, en el quinto centenario de la llegada de Colón a la región, sentenció que el “descubrimiento” fue, en realidad, un “encubrimiento” europeizante, negador, de lo propio, la mezcla, original, irrepetible. Para cuyo redescubrimiento desarrolló la tarea de “búsqueda antológica” de América, a través de la cultura y la geohistoria.

Han seguido surgiendo nuevas propuestas para superar las discrepancias. Tales como la de “Andia”, propuesta en Internet, el año 2006, por Mauricio Fontana, estudiante de la Universidad Nacional de Colombia (UNC), basada en la omnipresente y común presencia de la cadena montañosa de “los Andes” que va de norte a sur, de mar a mar, conectando de una u otra forma todos los actuales países. Y la de “Pachamerica”, que une la voz ancestral quechua aymara a la nominación más generalizada del continente americano, del cientista social chileno Luis Cáceres, quien la define como: “concepto… para definir la tierra y todo el espacio cósmico en que vivimos… lo que somos: una realidad mestiza e intercultural” (Trabajo social e identidad. Editorial Ayun. 2006).

El continente ha sido también, a lo largo de la historia, “incluido” o “clasificado” dentro de otras nominaciones, más amplias y generales, de orden planetario y de acuerdo a características comunes con otras regiones. Se trata de otras nominaciones, supra culturales, creadas para dar cuenta de las realidades extremadamente diferentes entre conjuntos de países. Muchos de ellos son conceptos que, a partir y con el pasar del siglo XX, sobre todo con los procesos de descolonización posteriores a la segunda guerra mundial, vinieron a remplazar en el uso a los antiguos de “civilización” y “barbarie”, devenidos en impresentablemente ofensivos. Algunos de ellos han sido usados como bandera “reivindicativa” de una identidad propia y opuesta a los del imperialismo y el colonialismo. Sin embargo, aunque atenuada o eufemísticamente, conservan también, de hecho, algo de las connotaciones culturales discriminatorias, lo cual lleva a muchos el evitar ser incluidos o nominados con ellos.

La más genérica de ellas, es la de “Hemisferio Occidental”. La palabra hemisferio significa literalmente semiesfera o media esfera y la expresión se utiliza en geografía para nombrar dos mitades del planeta. En este caso, la mitad que se encuentra al oeste del meridiano de Greenwich, en Inglaterra. O a la principal masa terrestre que ésta contiene, el gran continente americano, del polo norte al polo sur, las tres Americas y el Caribe, nombrados sólo como “América” por influencia estadounidense. Es usada comúnmente, sin rigurosidad, para separar a Arabia, Asia, África, China y Rusia del resto del mundo “occidental”. Se trata así de una arbitraria y eurocéntrica clasificación, más geopolítica que estrictamente geográfica. Lo que ha llevado a contraponerle la división, también hemisférica, entre Norte y Sur, a partir, esta vez, de la línea o paralelo del Ecuador, que separa imaginariamente al planeta en dos mitades con cada uno de los polos como referencia central. Y que homogeneiza mejor, según los grados de desarrollo capitalista y el lugar en la geopolítica mundial a los dos grupos de países formados. Por un lado, el “Hemisferio Norte”, agrupando a los países desarrollados y dominantes, y, por otro, el “Hemisferio Sur”, a los no desarrollados y subalternos, incluyendo a América Latina. El precursor y popularizador de esta categorización en el continente, fue el amauta uruguayo Joaquín Torres. Pintor e intelectual universal, quien dibujó el mapa invertido de Sudamérica para graficar el “cambio de rumbo”, mental, cultural, del pueblo continente. “He dicho Escuela del Sur; porque en realidad, nuestro norte es el Sur. No debe haber norte, para nosotros, sino por oposición a nuestro Sur. Por eso ahora ponemos el mapa al revés, y entonces ya tenemos justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del mundo. La punta de América, desde ahora, prologándose, señala insistentemente el Sur, nuestro norte” (1941). En 2005, inició sus trasmisiones la primera cadena televisiva latinoamericana, “Telesur”, rompiendo el monopolio norteamericano, como un proyecto del gobierno venezolano con apoyo de los de Argentina, Cuba y Uruguay. Su lema es aquel planteado por el gran amauta uruguayo: “Nuestro norte es el Sur”.

La más universal de todas las categorías generales, usadas para la región, ha sido el “Internacionalismo proletario”, que consistía en agrupar en un solo conjunto universal a todos los pueblos y sectores que, por encima de cualquier nación, deberían adherir a la lucha socialista, en razón de su posición o interés de “clase”. Es decir, según su ubicación y estatus en el aparato productivo, o más específicamente en la obra de Marx, en torno a la propiedad o no de los medios de producción. En la práctica, sin embargo, ha evolucionado en su uso a un concepto de adscripción y actividad revolucionarias, de discurso y contenido de clase y antimperialista, por parte de sectores que, en su mayoría, no necesariamente son “obreros” o “proletarios”. Sobre todo en los países más pobres y retrasados técnicamente, donde la “clase obrera” o “proletaria” ha sido en magnitud y actividad poco significativa, más aún frente a otros sectores más numerosos y activos, como el campesinado y los pueblos indígenas en América Latina. Y donde además las tareas y objetivos revolucionarios son de una característica distinta, mucho más ligadas a cuestiones nacionales antimperialistas, que las planteadas a los sectores revolucionarios de Europa o Estados Unidos.

Enfatiza este uso, más subjetivo que objetivo, flexible que riguroso, del concepto internacionalista proletario, la tendencia decreciente de trabajo productivo y empleo estable en el mundo, producto del cruce entre avances tecnológicos y políticas neoliberales. Aunque la economía y la producción de bienes en el mundo continúan creciendo constantemente, cada año disminuye la cantidad de trabajo que se requiere para ello en aproximadamente un 2%. La década de 1970 es en la que el mundo alcanzó la mayor cantidad de trabajadores productivos asalariados, cerca de 110 millones de obreros industriales, sólo en los países desarrollados. A partir de allí, su magnitud decrece clara e ininterrumpidamente hasta la actualidad. Se estima que la disminución de este trabajo requerido ha sido de alrededor de un 33% desde la década de 1980 a la actualidad (Mattini, L. La crisis de la cultura del trabajo. CILAS. Chile. 2.000). Esto genera una masa creciente de trabajadores semiempleados, desempleados o marginados, en algunos países europeos, más del 50% de la población entre 18 y 24 años. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) constató en el año 2.003, que se había alcanzado el “récord” histórico con el mayor número de desempleados: 186 millones. De cada 100 nuevos puestos de trabajo que se crean hoy en el mundo, 82 pertenecen al sector informal, no productivo.

En América Latina, la CEPAL reconoce un fenómeno de creciente “desalarización” y “terciarización” de los empleos e ingresos, para todos los trabajadores, incluyendo a los profesionales y técnicos. Peor aún, los aumentos en el “empleo” se dan en el sector informal y el deterioro golpea más fuerte a las mujeres. Se estima que entre 1990 y 2003, de cada 10 nuevas personas ocupadas, 6 trabajan en el sector informal. Hoy 1 de cada 2 mujeres ocupadas trabaja en el sector informal. En el año 2.004, la región tenía una tasa de desempleo urbana oficial de más del 10%, equivalente alrededor de 20 millones de trabajadores; y es más alto entre mujeres y jóvenes (OIT. Panorama Laboral 2004). Es decir, en resumen, que cada vez se puede producir y se produce más, pero con menos trabajo y que los trabajadores son cada vez menos imprescindibles en términos absolutos, por lo que los trabajos tienden a ser “precarios”, esto es, sin salarios ni seguridades fijas o garantizadas y crecientemente en el área no productiva (fabril, industrial), sino en los servicios (desde empleadas domesticas hasta lustrabotas, vendedores de todo tipo, etc.). El actual aumento exponencial de la actividad informal e ilegal en América Latina, principalmente del narcotráfico, el tráfico de personas, el comercio sexual y el comercio ambulante, son una incontestable evidencia de este proceso.

El antecedente más temprano del “internacionalismo proletario” se encuentra en la hija de dos mundos, americano y europeo, Flora Tristán, precursora feminista y obrerista quien acuñó en 1842 la consigna de “Unión universal de obreros y obreras”. Más tarde será retomado y popularizado en el todo el mundo por Carlos Marx y Federico Engels en su “Manifiesto Comunista” de 1948, como: “Proletarios del mundo, uníos”. Retomado éste por muchos en el mundo y América Latina, alcanzará su síntesis perfecta con la acepción más “tercer mundista” del término en la “Tricontinental”, organización revolucionaria internacional de los países no desarrollados, y con el “latinoamericanismo” bolivariano en el pensamiento del Che Guevara: “América constituye un conjunto más o menos homogéneo y en la casi totalidad de su territorio los capitales monopolistas norteamericanos mantienen una primacía absoluta… casi todos los países de este continente están maduros para una lucha de tipo tal, que para resultar triunfante, no puede conformarse con menos que la instauración de un gobierno de corte socialista… En este continente se habla prácticamente una lengua, salvo el caso excepcional del Brasil, con cuyo pueblo los de habla hispana pueden entenderse, dada la similitud de ambos idiomas. Hay una identidad tan grande entre las clases de estos países que logran una identificación de tipo ‘internacional americano’, mucho más completa que en otros continentes. Lengua, costumbres, religión, amo común, los unen. El grado y las formas de explotación son similares en sus efectos para explotadores y explotados de una buena parte de los países de nuestra América. Y la rebelión está madurando aceleradamente en ella… dadas sus características similares, la lucha en América adquirirá, en su momento, dimensiones continentales…. Y que se desarrolle un verdadero internacionalismo proletario; con ejércitos proletarios internacionales, donde la bandera bajo la que se luche sea la causa sagrada de la redención de la humanidad, de tal modo que morir bajo las enseñas de Vietnam, de Venezuela, de Guatemala, de Laos, de Guinea, de Colombia, de Bolivia, de Brasil, para citar sólo los escenarios actuales de la lucha armada sea igualmente glorioso y apetecible para un americano, un asiático, un africano y, aun, un europeo… En definitiva, hay que tener en cuenta que el imperialismo es un sistema mundial, última etapa del capitalismo, y que hay que batirlo en una gran confrontación mundial” (Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental. Abril de 1967).

A partir del término de la segunda guerra mundial, se produjo la clara división del mundo en dos bloques políticos y económicos. El capitalista occidental liderado por Estados Unidos, llamado “Primer mundo”. Y el soviético oriental, liderado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), llamado “Segundo mundo”. Ambos enfrentados en la llamada “Guerra fría”. Sin embargo, era claro que existían un conjunto de países cuyos grados de desarrollo, problemas e intereses no estaban ni en uno ni otro bloque. Para designar a este conjunto, el economista francés Alfred Sauvy en 1952, haciendo un paralelismo con el término francés “tercer estado” -que en época de la Revolución francesa designaba a quienes no estaban ni en la nobleza, ni en el clero- acuñó el término “Tercer Mundo”. Una vez disuelto el “segundo mundo”, con la desaparición de la propia URSS y otros Estados del bloque, el término aún se usa, identificándolo simplemente con los países “atrasados”, “pobres”, o “subdesarrollados”. Asociados simbólicamente a un conjunto de características, tales como: base económica agraria, exportadores de materias primas, no industrializados, e inestables políticamente.

En el ámbito institucional “oficial”, la consideración de situaciones y objetivos económico políticos propios de estos países dieron origen a propuestas políticas alternativas a aquellas de los dos grandes bloques, llamadas comúnmente de “tercera vía”. En el seno del sistema internacional de Naciones Unidas, se generaron entidades como los “Países No Alineados”. Nacidos en Indonesia en 1955 con 29 países, con la finalidad de impulsar políticas propias, diferentes a las de los dos bloques de la “Guerra fría”. Terminada ésta con la desaparición de la URSS, continua, sin embargo, vigente en la actualidad, con más de 120 países miembros, de Asia, África, América y algunos europeos menos desarrollados, además de algunos movimientos anticoloniales. También es similar el “G- 77”, Grupo de 77 países en desarrollo, formado en 1964 y vigente hoy con 132 países miembros. Y otros agrupamientos similares. Todos ellos, de escasa efectividad en promover sus objetivos de un orden internacional justo y equitativo.

En el ámbito económico, se habló de “Países subdesarrollados o en vías de desarrollo”. Por oposición, a los países “Desarrollados”. Entendido el “Subdesarrollo” como “atraso” (así lo define el diccionario) de un país, zona o región, incluso de cualquiera de sus expresiones, como las de “mentalidad subdesarrollada”, respecto del modelo “desarrollado” encarnado en los países capitalistas ricos. Ha sido en la práctica difícil de definir rigurosa y consensuadamente. Para la mayoría sigue siendo sinónimo de niveles o estándares económicos (propios del “desarrollo”) aún no alcanzados. Aunque las discrepancias empiezan al tratar de consensuar con exactitud qué niveles son esos. Una acepción más determinista del mismo, lo entiende como una “etapa” o “fase” en el camino al desarrollo. Pero se ha mostrado argumentadamente que el subdesarrollo puede llegar a ser una condición estructural, permanente, por múltiples factores. Para las mayorías en lo cotidiano, es simplemente sinónimo de pobreza, y así muchas veces se clasifica en esta categoría a los países con determinados porcentajes de pobreza. Lo cual abre otros debates sobre cómo exactamente definir la pobreza y calcularla. Es el caso de la definición estándar de “pobreza” del sistema internacional oficial, a partir de Naciones Unidas, que considera pobres sólo a aquellos que viven con dos dólares diarios o menos. Es decir, que quienes viven con 100 dólares mensuales y hasta 65 dólares mensuales ya “no son pobres”. Por último, ha sido cuestionada la idea misma de que exista “un” desarrollo. La grave, casi terminal, crisis ambiental, y la revalorización de las civilizaciones indígenas originarias, han llevado a cuestionar el modelo occidental capitalista tenido por única vía unidireccional al desarrollo hasta décadas recientes. Incluso, la grave crisis del empleo, la desigualdad y la cohesión social, ha llevado a organismos como Naciones Unidas a “complementar” aquella visión puramente (macro) económica de desarrollo, midiendo el “Desarrollo Humano” (PNUD, desde finales de los 1990).

Justamente de la reflexión de los problemas del desarrollo, desde la específica posición de América Latina, nace el concepto de “Países Periféricos”. Acuñado en la década de 1940 por el argentino Raúl Prebisch, junto al brasileño Celso Furtado y otros, en el seno de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe – CEPAL, dependiente de las Naciones Unidas. Instalando el debate en la intelectualidad de la región sobre el “carácter estructural e interconectado” de los países desarrollados y subdesarrollados, a los cuales, precisamente para enfatizar esa relación estructural, llamó “centros” y “periferias”. Recogiendo las tesis de “intervención reguladora del Estado en la economía”, nacidas a partir de los trabajos del economista británico Juan Keynes, para responder a las recurrentes y graves crisis del libre mercado (depresiones, recesiones, etc.), generando empleo y planes o políticas de desarrollo; y en el contexto de la ruptura de la economía agroexportadora e importadora de bienes industriales, provocada por la segunda guerra mundial y el cierre de los mercados de los países desarrollados; los “cepalinos” esencialmente plantearon el “desarrollo hacia adentro”, con sustitución de importaciones, planificado y orientado por los Estados, para lograr industrializar, urbanizar y, en última instancia desarrollar las economías de la región. Ello incluía políticas “proteccionistas” para la producción nacional, con impuestos a la venida de afuera. Políticas de redistribución social (también llamadas “Estado de Bienestar”) para “modernizar” a la población y crear un mercado interno a la industrialización, al tiempo que se creaba una burocracia estatal, clase media o dirigente, que lideraba a la “conservadora” oligarquía de herencia y mentalidad hacendada rentista. Y esa fue más o menos la estrategia estatal de los países más industrializados como Argentina, México, Brasil y Chile, a lo largo de las décadas de 1950 a 1970.

Tomando esos ejes teóricos básicos, pero criticando aspectos del “desarrollismo” cepalino, surgió la “Teoría de la Dependencia”. Elaborada entre los años 1950 y 1970, a partir de los trabajos fundantes del economista de izquierda alemán, estrechamente ligado a América Latina, André Gunter, y numerosos intelectuales de la región, especialmente argentinos, brasileños y chilenos, como Fernando Henrique Cardoso, Theotonio Dos Santos, Ruy Mauro Marini y Enzo Faletto, entre otros. En ella los países de la región formaban parte de los llamados “Países Dependientes”. Es decir, aquellos cuyo “desarrollo” era estructuralmente negado por sus relaciones de subordinación a los países desarrollados. Donde la situación no era de estar “en vías de desarrollo”, sino de “permanente estancamiento”, causado por el dominio político y el saqueo económico de los países desarrollados a los que estaban ligados estructuralmente. Ello era posible porque las elites oligárquicas locales eran pieza de transmisión de ese dominio. Por tanto, en sus versiones más radicales, se proponía la ruptura con ese dominio, la asunción por parte del Estado de las claves fundamentales del sistema político y económico, regulando fuertemente todos sus ámbitos para planificar el desarrollo. Para ello, era necesario que el Estado estuviera en manos de las fuerzas políticas que representaban, no los intereses de las elites subordinadas locales, sino de las clases trabajadoras, únicas capaces de romper con el dominio y dependencia exterior. En ese marco, surgieron los intentos de creación de entidades subregionales propias y ajenas al “panamericanismo” hegemonizado por estados Unidos, como el “Pacto Andino” de 1969, más tarde “Comunidad Andina de Naciones (CAN)”.

Sin embargo, golpes de Estado y brutales dictaduras militares, especialmente en Chile, a partir de 1973, país donde funcionaba la CEPAL, interrumpieron abruptamente la hegemonía de estas tesis desarrollistas o de la dependencia. Cambios profundos de más largo plazo, en las condiciones socioeconómicas e ideológicas del mundo terminaron por desplazarlas completamente para fines del siglo XX. Entre otros, la inusitada migración masiva del sur al norte, que ha sido planteada, recuperando su lenguaje, como inserción del subdesarrollo en el desarrollo, del tercer mundo en el primero, o la “periferización del centro”. Desde entonces han transcurrido más o menos tres décadas de políticas contrarias, llamadas “neoliberales”. La de 1980 caracterizada por un aumento asfixiante de la deuda externa y generalizada violación masiva de Derechos Humanos. La de 1990, por una recuperación formal de la democracia, pero con emergencia explosiva de desempleo, desigualdad y exclusión, inestabilidad política, crisis medioambiental, y cohesión social. Lo cual ha llevado al profundo cuestionamiento de tales políticas y puesto a la región en la virtual división de sus electorados, entre persistir en la desacreditada fórmula neoliberal, o construir, bajo nuevas características, un Estado “afirmativo”, redistributivo de la riqueza y el crecimiento, así como regulador y planificador del desarrollo inclusivo. En esta última corriente se actualiza, de hecho, mediante nuevas formas, mucho del legado esencial de los amautas latinoamericanos de la primera CEPAL y la teoría de la dependencia.

  En definitiva, el debate y reflexión sobre un nombre para la región, como parte de una identidad, de una comunidad imaginada, ha sido sustancial al largo parto de pensamiento propio. En él se revela la región y su conjunto cultural como una totalidad geográfica y geopolítica, pero multiétnica, con diversas y complejas rupturas y continuidades internas. Y, aunque ello ha llevado a plantear que simplemente no deberían usarse ningún tipo de nominación plural o general para la región, y cada territorio y cultura designarse con los suyos propios, también es en si mismo un recorte que la constituye, aunque problemáticamente, como una totalidad distinguible.

Desde que Tomás Moro ubicara su isla socialista “Utopía” en el continente americano (1516), y numerosos amautas la consideraran cuna ancestral y heredera espiritual de la mítica isla “Atlántida” descrita por Platón (360 A.C.), hasta que Francisco Miranda usara tempranamente el plural: “Nuestras Americas” y “Las Americas” (2 de agosto, y 15 de marzo. 1810), la convivencia, intersección y mezcla, con su flujo de oposiciones y síntesis, aparece como vital e irrepetible componente de su originalidad. Tejido siempre inacabado de la “Wifala” andino amazónica, y ahora también urbana, donde caben todos los colores en armonía. Sobre la cual se ha desenvuelto un extendido proceso de nombramiento. Un nombre que crece simultáneamente con el objeto que nombra. Que se llena de otros nombres. Un flujo más que un objeto. Tal vez la manifestación problemática y difícil del “Amaru”, la serpiente infinita andina. Que en vez de querer “fijar”, matando sin saberlo su originalidad y riqueza, se debe comprender y aceptar como tal.  
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