El Programa El racismo al revés






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Hispanoamérica
A pesar de ello, existen actualmente quienes se oponen al uso de “América Latina” para nominar a todo el continente americano, a partir del sur del Río Bravo, incluyendo México, América Central, el Caribe y Sudamérica. Y lo hacen desde muy distintos ángulos. En primer lugar, cabe mencionar a aquellos que reivindican la antigua nominación de “Hispanoamérica”. La cual ha sido siempre defendida por intelectuales españoles, como José Ortega y Gasset, y Ramón Basterra que en Virulo, mediodía” de 1927, describe la comunión de los pueblos hispánicos, a la que, recuperando el remoto origen romano, denomina la "Sobrespaña" o “Espérica”. A ellos se unirán también numerosos americanos, cuando, tras la derrota de España en la guerra inter-imperialista con Estados Unidos en 1898, en las que perdió Cuba, Filipinas y Guam, resurge el llamado “panhispanismo”, que pretendió identificar en un mismo antinorteamericanismo a sus antiguas colonias con su propio y fracasadamente resurgido liderazgo. En las celebraciones del cuarto centenario del “descubrimiento de América”, los europeos habían conseguido que muchos países latinoamericanos declararan festivo al 12 de octubre como "día de la raza". Ocho años más tarde, en 1900, se realizó un Congreso Hispano-Americano, no oficial, para hacer paralelo al II Congreso panamericano que se realizaría al año siguiente en México promovido por Estados Unidos. Allí se gestó la “Unión Iberoamericana”.

A partir de las revoluciones Rusa y Mexicana a inicios del siglo XX, y con el simultáneo ascenso del régimen fascista de Francisco Franco en España, el contenido antinorteamericano de la denominación fue trasvasijado a uno de “anticomunismo”. Se convirtió en bandera conservadora y tradicional en manos de todas las oligarquías y sectores de derecha en España y la región americana. Sobre este nuevo contenido se creó en 1940 el “Consejo de la Hispanidad” en Madrid. Uno de los máximos exponentes de este hispanismo americano fue el historiador chileno Jaime Eyzaguirre, quien escribió: “Cuando el indio americano, rescatado de la oscuridad de sus ídolos, conoció al Dios del amor y se dirigió a Él con las voces tiernas y confiadas del Padre Nuestro, no lo hizo en francés ni en italiano, sino en la viril lengua de Castilla. A España no se le puede disputar el derecho de unir su nombre al de una tierra a las que abrió las puertas del cielo, infundiendo en el alma triste de sus moradores la virtud para ellos desconocida de la esperanza” (Hispanoamérica del dolor. 1968). Reflejando con claridad la visión “idílica” que, haciendo abstracción de los seculares crímenes del imperio español y de la virulenta guerra de independencia, sólo ve en los extendidos vínculos dejados por tres siglos de coloniaje, grandes aportes culturales, entre ellos el idioma y la religión, los cuales considera fundamentos de cualquier unidad cultural regional.

Lógicamente, dada la abrumadora cantidad de hechos en contrario, esta visión es rechazada por amplios sectores intelectuales y sociales, que no comparten esa mirada de “legado fundamental” atribuida al etnocidio y saqueo español de tres siglos. El amauta cubano, Fernando Ortiz, criticó tempranamente como “racistas y falsas” las nociones “hispanoamericanas”, proponiendo como más adecuada la de “culturas”, para abordar la abigarrada diversidad interna, tanto europea como americana: “Porque no existe una raza en España, que es abigarrada de naciones, lenguajes y amestizamientos múltiples: ni tampoco en América Latina, que es formada de muy diversos idiomas, culturas y cruzamientos, indígenas y alienígenas, en paso lento de comunión" (El panhispanismo. 1910) Desde la muerte del dictador Franco y hasta la actualidad la idea hispanoamericana ha sido retomada, con connotaciones más amplias “europeas”, dada la unidad política de ese continente, y con visos de una relación más “horizontal” con la región que la sostenida por Estados Unidos. Pero, a pesar de ello, la nominación de “Hispanoamérica” no ha encontrado una extendida aceptación ni en los círculos intelectuales ni entre las mayorías de la región.
Sudamérica
Desde otro lado, tal denominación, es negada a su vez por quienes argumentan que excluye a Brasil, un país que no es de habla hispana, sino portuguesa, pero cuya importancia para cualquier proyecto de unidad regional es tan evidente, que ha llevado a una nueva denominación que lo incluye, la de “Iberoamérica”. Tomando como matriz de identidad colonial, no solo a España, sino también a Portugal, considerando toda la península Ibérica que ocupan ambos países en el oeste europeo. Esto, a pesar de que, como los más eruditos y rigurosos gustan de recordar, la palabra romana Hispania (“tierra de liebres”), designaba ya antiguamente a toda la península, por lo cual lo “ibérico” sería sólo un pleonasmo. Independiente de ello, sin embargo, la idea de “Iberoamérica”, ha seguido similar derrotero que el de “Hispanoamérica”, retomada con un contenido “europeo” más amplio y también más “horizontal” hacia la región, pero no ha encontrado tampoco esa denominación una extendida aceptación y uso.

Esta particular diferenciación y separación entre Brasil y el resto de Sudamérica, ha sido un tema recurrente en los debates sobre la unidad e identidad del continente. Las iniciales bulas papales excluían por completo a Portugal de los nuevos territorios anexados por Colón. Sin embargo, las realidades impusieron a España una negociación directa en el “Tratado de Tordesillas” que, en 1494, entregó una enorme porción de territorios del noreste atlántico de Sudamérica a Portugal, conocidos hoy como el actual “Brasil”. Desde entonces las disputas fronterizas fueron usuales, generando, entre otras, el conflicto de las “siete reducciones”, en que, desde 1754 hasta 1756, indígenas guaraníes y sacerdotes jesuitas resistieron armadamente su “traspaso” administrativo de la jurisdicción española, que prohibía la esclavitud indígena a la portuguesa, que la permitía.

El único período de 60 años de unificación político administrativa de toda Sudamérica, incluyendo a Brasil, fue entre los años 1580 y 1640, bajo el reinado de una misma monarquía europea: Los Habsburgo, cuando Felipe II de España fue simultáneamente Felipe I de Portugal. Le siguieron tres Felipes más, sucesores con las dos coronas, de Portugal y de Castilla, sobre los territorios de Brasil y la demás Sudamérica en su conjunto. Y es justamente en el año de inicio de la unificación, 1580, que se fundó Buenos Aires, la primera y casi única puerta al mar atlántico de España, y fue fundada con gran población de portugueses, siendo en muchos sentidos casi una ciudad portuguesa. Dada la necesidad de esta monarquía unificada de defender la cuenca del Amazonas, apetecida por ingleses, franceses y holandeses, se privilegió la temprana expansión de Brasil, mejor ubicado para ello. Una expresión constante de esa política fueron las excursiones de “bandeirantes” (esclavistas lusobrasileños) y sus “malucos” (tropas indígenas o afro descendientes) en las regiones fronterizas, ante la pasividad obligada de las autoridades españolas. Y constituían, por lo general, el preámbulo de la anexión final de los territorios. Más tarde se rompe esta monarquía unificada para no recuperarse más. Finalmente, en los vaivenes de la política europea, España y Portugal decayeron y fueron superadas por nuevos y más pujantes imperios.

Llegada la independencia, desde el precursor Francisco Miranda existe la inclusión de Brasil en el proyecto de lucha: “Valientes ciudadanos de Brasil -¡Levantaos! Escuchad la voz de la libertad…levantémonos todos a una y unámonos como hermanos… uníos de manos y de corazones en la gloriosa causa…” (Proclama de Coro. 1806). Sin embargo, el derrotero brasileño a la independencia, será único y diferente, separándolo una vez más del resto de las repúblicas. Transitará dinásticamente de ser parte del reino de Portugal a ser un imperio monárquico propio, con Pedro I. Asimismo, sus constantes disputas fronterizas con los demás países orientales atlánticos, Argentina, Uruguay y Paraguay, así como sus “conexiones” con las monarquías y poderes europeos, generaron varias disputas y conflictos durante las primeras décadas el siglo XIX, entre ellos, la guerra que liquidó el proyecto de José Artigas, en el actual Uruguay y otras en las que estuvo involucrado el propio Simón Bolívar. Al Congreso de Unidad Continental programado por el Libertador, fueron invitados delegados brasileños por el presidente colombiano Francisco Santander, contra los deseos de Bolívar, que apuntaba a conseguir un núcleo menor, pero real, de repúblicas confederadas, pero no asistieron. El gran amauta argentino Bautista Alberdi, que en 1843 publicó en Chile su obra Sobre la conveniencia y objetos de un Congreso General Americano”, será uno de los permanentes propagadores de la idea Sudamericana, que se opuso a la “guerra de la triple alianza” de 1865, en que Brasil, Argentina y Uruguay, digitados por Inglaterra, arrasaron, matando a dos tercios de la población, el Paraguay del mariscal Francisco Solano, único que mantenía un proyecto de desarrollo nacional independiente y pujante, de orientación popular.

Brasil pasará de Estado monárquico constitucional y esclavista a República a finales del siglo XIX y será una república absolutamente oligárquica hasta mediados del siglo XX. Ocasión en que, mediante las crisis de entre guerras mundiales y el surgimiento de los nacionalismos, la separación con el resto de Sudamérica, mantenida prácticamente desde el quiebre del breve periodo colonial de monarquía unificada, empieza a cerrarse. El “proteccionismo” y el “desarrollo hacia adentro” con “sustitución de importaciones” son una necesidad impuesta por las circunstancias en toda la región. En Argentina, surge el plan económico financiero presentado por el ministro de Hacienda Federico Pinedo a finales de 1940, en respuesta a la crisis de la Segunda Guerra Mundial. En él se incluye una “unión aduanera” con los demás países de América Latina, la vieja idea de Bolívar pero incluyendo ahora a Brasil. En 1935, el militar brasileño Mario Travassos escribió un libro fundante, Proyección Continental de Brasil”. En él define a Sudamérica como el área de prioridad viable e imprescindible para articular el sueño de Bolívar: “nos importa sólo América del Sur, más arriba es área norteamericana, no nos metamos. Meter el hocico allí es quedar electrocutado”. Su propuesta esencial es la necesidad de priorizar un espacio bien definido que sirva de eje viable, de núcleo básico necesario, a la unidad del subcontinente, la alianza argentino – brasileña.

En ese contexto, nace en Argentina el gobierno del militar nacionalista y popular Juan Perón y su vigoroso movimiento político de mayorías, el Peronismo. Paralelamente, en Brasil, el de Getulio Vargas, de signo similar, y que ya antes había implementado en su país un nacional populismo industrializador. La estrecha afinidad de ambos culminará en la propuesta de Perón de la alianza estratégica argentino brasilera, pues el modelo de sustitución de importaciones necesitaba una ampliación gigantesca del mercado interno, relativamente amparada por una nueva unión aduanera para lograr economías de escalas. Una vez más, la carencia de una masa crítica ideológica e intelectual, fue la falla fundamental del proceso. La falta de conciencia de lo vital de esta estratégica política, aún en las propias fuerzas peronistas y varguistas, expresada en la reproducción de la vieja rivalidad portuguesa hispana, permitió el sabotaje del poder fáctico de los Estados Unidos, que terminó derrocando ambos proyectos nacionalistas.

Aún así, lograron ser instaladas las ideas de “Sudamérica”, “Conferencia Sudamericana”, “Alianza Sudamericana”, “Mercado Común del Sur” y otras similares. En 1985, fueron retomadas, cuando los presidentes de Argentina y Brasil suscriben la “Declaración de Foz de Iguazú,” piedra basal del “Mercado Común del Sur (MERCOSUR)”, originado en las negociaciones del “Tratado de Asunción” de 1991, entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Más centrado inicialmente en las cuestiones comerciales y aduaneras, ha incorporado componentes de Derechos Humanos, sociolaborales y migratorios, a partir del “Protocolo de Ouro Preto”, Brasil, de 1994. En 2006, se integró como Estado miembro la República Bolivariana de Venezuela. Además, tiene como “Estados asociados” a Bolivia (1996), Perú (2003), Colombia (2004) y Ecuador (2004). Los cuales forman, a su vez, la “Comunidad Andina de Naciones (CAN)”, el otro bloque subregional, originado primero como “Pacto Andino” en la firma del “Acuerdo de Cartagena” de 1969, del cual formaron parte y se retiraron Venezuela y Chile. Este último es Estado asociado en ambos bloques.

Por medio de la “Declaración del Cuzco”, emitida por la Tercera Cumbre Presidencial Sudamericana, el 8 de diciembre de 2.004, se ha declarado la voluntad política de los países sudamericanos de avanzar a una superior integración regional, a través de una progresiva convergencia de la CAN y el MERCOSUR. Ello ha sido reafirmado por los jefes de Estado en el año 2006, a través de la “Segunda Cumbre de la Comunidad Sudamericana de Naciones”, donde firmaron la “Declaración de Cochabamba”, ratificando su compromiso para continuar en la lucha por un nuevo modelo de integración para el siglo XXI, “sustentado en los principios de solidaridad, cooperación, soberanía, respeto, integridad territorial y autodeterminación de los pueblos; paz, democracia y pluralismo, derechos humanos y armonía con la naturaleza”. Es un paso que aún tiene que superar los escollos presentados por las múltiples intervenciones saboteadoras del poder fáctico norteamericano y las divisiones que agita. Tanto de hostilidades fronterizas históricas entre muchos países, como de discrepancias entre seguir el modelo “neoliberal” que dicta, a través de sus Tratados de Libre Comercio (TLC) o seguir un camino propio basado en los principios de la “Declaración de Cochabamba”.

La integración del MERCOSUR, con un Producto Bruto Interno de 1.000 billones de dólares y la CAN, más Chile, haría de la “Comunidad Sudamericana de Naciones” una potencia mundial. Entregando la base material que hace viable la soberanía de sus pueblos para construir su propio destino, con justicia e inclusión. Doce países con 370 millones de habitantes, cerca del 67% de toda la América latina y el equivalente al 6% de la población mundial, mayor que la de Estados Unidos, con alrededor de 300 millones. Su territorio, cerca de 17 millones de kilómetros cuadrados, es casi el doble del territorio estadounidense, con un poco más de 9 millones seiscientos mil. Posee integración cultural básica común: historia, lenguajes, religión, intereses. Y una de las mayores reservas de agua dulce y biodiversidad del mundo. Inmensas riquezas energéticas, petróleo, gas, minerales, pesca y agricultura. Con una más que suficiente masa crítica de intelectualidad, profesionales, técnicos y mano de obra creativa.
Otros nombres
Sin embargo, existen también sectores a los que les resultan inaceptables, tanto “Hispanoamérica”, como “Iberoamérica” y “América Latina” por el puro hecho de su origen foráneo y su inicial intención hegemonista. Ya sea europeo español, ibérico o norteamericano, en el caso de “Hispano”, “Ibérico” y “América”; o ya sea francés, en el caso de “Latina”. Seguidamente, y haciendo abstracción del carácter dinámico y evolutivo de los nombres, los reducen a su riguroso significado étnico. Por lo cual muchos de los pueblos y culturas incluidos en los territorios que se denominan bajo su nominación, simplemente no corresponden a esa categoría étnica, no son o hispánicos, o ibéricos, o latinos. Es el caso de la fuerte presencia inglesa de Belice en Centroamérica. La holandesa de Surinam y la hindú de Guyana en Sudamérica. Entre decenas de islas de similar diversidad. Por esta razón algunos sectores de estas naciones reclaman su propia identidad cultural y geo-política, y exigen que la región se denomine “América Meridional y el Caribe” o que, en cualquier caso, se use siempre el agregado:
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