El Programa El racismo al revés






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América Latina
Para responder a esa dificultad de un “nombre colectivo” que distinga estos pueblos al sur de los Estados Unidos, para diferenciarlos, precisamente, del hegemónico norte, se gestó una denominación que, aunque viniendo también de afuera, como todas las anteriores, sí tuvo éxito allí donde el intento nominativo continental de “Colombia” -por parte de Samper, Arosemena, de Hostos, y otros- había fracasado. Era la de “América Latina”. El motivo de su creación sería, eso sí, el mismo, hasta cierto punto, del de aquellos patriotas continentales: romper la relación de dominación de los Estados Unidos con estos pueblos, expresada en la identificación de todos ellos con su propio y hegemónico nombre: “Americanos”. Sólo que el que nombraría sería, esta vez, Francia. Y sólo que lo haría buscando establecer su propio dominio.

Francia era una potencia europea en expansión, tal como Estados Unidos, pero mucho más antigua, por lo que, en la matriz cultural profunda hegemónica en la época, se consideraba a si misma con más méritos para cumplir la “tarea civilizatoria” en las nuevas repúblicas sudamericanas y para usufructuar de los beneficios comerciales de ello. Después de todo, de hecho, fue gracias al agresivo empuje del imperio francés de Napoleón Bonaparte que se desataron los hechos que llevarían rápidamente a la independencia de las colonias de la metrópoli española. Habían pasado varias décadas de eso. España ya estaba fuera del juego hegemónico y ahora era Estados Unidos quien disputaba ese rol. Las elites francesas veían en ello una disputa de carácter racial, entre ellos, los “latinos”, contra los “anglos”.

Ya a lo largo de los siglos XVII y XVIII, Francia se había enfrentado, en el norte de América, en interminables y complejas guerras “indias” con el imperio británico, finalmente vencedor. Más aún, entre 1838 y 1839, había enfrentado la famosa “guerra de los pasteles” con el propio México, iniciada para exigir reparaciones a los supuestos abusos sufridos por franceses en ese país, entre ellos, un comerciante de pasteles; de ahí su nombre. Tras un bloqueo naval de varios meses y algunas batallas de poca importancia, una vez más, los “anglos” británicos intervinieron con una forzada mediación para el acuerdo entre las partes. Y ahora sus “descendientes”, los norteamericanos, mostraban expresas intenciones de dominar toda la región. La guerra estadounidense contra México, finalizada en 1848, con la anexión por parte de los Estados Unidos de más de 2 millones de kilómetros cuadrados, la mitad del territorio mexicano, mostró a las claras esa naciente relación de dominación y hegemonía hacia los nuevos países del sur. Y Francia reaccionó.

El propio Napoleón III, al entregar instrucciones al jefe militar de sus tropas invasoras en México, escribió: “En el estado verdadero del mundo, la prosperidad de América no es asunto indiferente para Europa, porque del Nuevo Mundo vienen las materias primas que abastecen nuestras fábricas y que alimentan nuestro comercio... Si México mantiene su integridad territorial y si se establece un gobierno estable con la asistencia de Francia... habremos establecido nuestra poderosa influencia en el centro de América, y esta influencia nos ayudara para crear inmensos mercados para nuestro comercio y para procurarnos materias primas esenciales para nuestra industria”. Para dar legitimidad cultural a esta política expansionista, Francia debió crear, al igual que españoles y estadounidenses antes, un discurso ideológico. Se trataría de un discurso de carácter racial, cuyo eje sería una nueva forma de nombrar a la región, destinada a generalizarse con el tiempo y ser usada con un sentido que irá mucho más allá de la intencionalidad de sus creadores originales: el “panlatinismo”.

“Latino” es un adjetivo derivado de la palabra “Latín”, nombre del idioma que hablaban los antiguos romanos. Las zonas de Europa que recibieron más larga influencia del imperio romano y que hoy hablan lenguas derivadas del idioma de la antigua Roma, llamadas “Romances”, han sido nominados como “países latinos”. Fundamentalmente, Francia, Portugal, España e Italia. De esa raíz histórica y étnica, y en la búsqueda de un enfoque ideológico que disputara la hegemonía estadounidense en la región, por parte de los franceses, se construirá, a lo largo de décadas, el concepto de “América latina”. Una vez más, el precursor naturalista más famoso de la región, Alejandro Humboldt sentaría aquí el más temprano precedente: "Hoy, la parte continental del Nuevo Mundo se encuentra como repartida entre tres pueblos de origen europeo: uno, y el más poderoso, es de raza germánica, los otros dos pertenecen por su lengua, su literatura y sus costumbres, a la Europa latina" (Viaje a las regiones equinocciales. 1825).

El gestor y principal promotor, sin embargo, será un economista político francés, involucrado directamente en la política comercial expansionista de su gobierno: Michel Chevalier. Éste había viajado por Estados Unidos, México y Cuba entre 1834 y 1836, y resumió sus experiencias en el libro “Cartas sobre América del norte”, publicado en 1836, y que fue pronto una especie de “best seller” en toda Europa. Conciente de las enormes oportunidades comerciales del escenario expansionista en la región, en 1844 publicitó el proyecto de construir un canal interoceánico, francés, en Panamá. El cual más tarde Francia efectivamente comenzaría, pero que sería terminado y apropiado por los estadounidenses a principios del siglo XX. Para 1855, Chevalier, había evolucionado estas consideraciones en un sistema ideológico étnico bien definido, el cual, simultáneamente, ofrecía un programa político y uno geoestratégico, expansionistas, al Estado francés: el “Panlatinismo”. La idea de “unidad” de todas las naciones latinas del mundo bajo el liderazgo de Francia. El cual resultaba “natural” dado que la hegemonía civilizatoria mundial radicaba en Europa.

Chevalier establecía tres grupos raciales europeos: 1) Los germánicos o anglosajones del norte de Europa, liderados por Inglaterra. 2) Las naciones latinas del sur de Europa, lideradas por Francia. 3) Los pueblos eslavos de la Europa oriental, liderados por Rusia. El resto del planeta, sólo podía estar bajo la hegemonía de uno de estos “líderes”, y convenía que lo fuera “de acuerdo”, precisamente, a su origen racial. Según Chevalier, el “Nuevo Mundo”, o sea la región, no debía estar bajo la hegemonía de los Estados Unidos, pues éste formaba parte del grupo de países anglosajones y protestantes, mientras que las naciones del sur eran hispánicas, es decir, latinas y católicas. En la “Revista de Dos Mundos”, donde escribe varios artículos, sentencia: “Existe en la civilización occidental o cristiana una rama bien distinta que se define por la denominación de razas latinas. Estas tienen su asiento en Francia, Italia, en la península español-portuguesa y en los centros que estas naciones tienen sus vástagos… Sin menospreciar a nadie, se puede decir que Francia, es desde hace largo tiempo, el alma de este grupo… Francia no forma solamente la suma del grupo latino sino que es también su protectora desde Luis XIV” (15 de abril. 1855). Era Francia, “líder de lo latino”, la llamada a realizar la tarea “civilizatoria”, vía dominación política y saqueo económico, de las naciones “latinas” del nuevo mundo, empezando por México.

Pronto, estas ideas se popularizaron en Francia. La “Revista de las Razas Latinas”, publicada en la capital, París, entre 1857 y 1861, contaba entre sus columnistas al sacerdote francés Emmanuel Domenech, que había recorrido el “Nuevo mundo” y publicado su libro “Diario de un misionero en Texas y México. 1846 – 1852”. Y, más tarde, llegaría a ser secretario de prensa del emperador francés de México, Maximiliano. Éste mezclaba los fanatismos panlatinista y religioso en una visión profética: “Cuando el águila rusa vuele sobre el Bósforo y el águila americana vuele sobre la ciudad de México, sólo quedarán dos grandes poderes en el mundo: Rusia y los Estados Unidos". La iglesia católica coincidía en esa visión de oposición al norte protestante, cuya influencia era indeseada en la región que España le había dejado como herencia religiosa. La nueva denominación de “América Latina”, fue tempranamente aceptada y bendecida por el Vaticano, que en 1862 transformó el nombre administrativo del “Colegio Americano del Sur” por el de “Instituto Eclesiástico de la América Latina”. Agregase a ello, el hecho de que Francia le había restituido al Vaticano sus territorios en Roma, perdidos durante una revuelta republicana en 1848.

En ese proceso, cristaliza el término “América Latina”. Y los dos primeros registros escritos que se tienen de su uso datan de 1856, y ambos son justamente de “americanos”. El chileno Francisco Bilbao y el colombiano José Torres. Sin embargo, como la matriz cultural profunda hacía imposible otorgar paternidad creativa universal a unos “indianos” no europeos, más aún tratándose de un concepto europeo como el de “latinidad”, la creación del término le fue atribuida a un francés, correctamente miembro de la nación líder del panlatinismo: L.M. Tisserand, quien lo usa públicamente en un articulo de 1861. A partir de allí su uso, para referirse conjuntamente a México, Centroamérica y Sudamérica, será extendido y común en Francia. Ese mismo año, la parisina “Revista de dos mundos”, publica artículos haciendo notar las posibilidades que México encierra para la hegemonía comercial francesa, describe al expansionismo norteamericano como la principal amenaza y agita expresamente una expedición militar invasora al país que le ponga remedio, en cooperación con Inglaterra y España: “Derribar el sistema que ha fracasado completamente en garantizar a este bello país los elementos mas indispensables del orden social y de la prosperidad de los estados” (1 de abril. 1862). Para justificarla, resucita los viejos argumentos de la “guerra de los pasteles”: “La serie de agravios y de violencias que las autoridades mexicanas han permitido en contra de los ciudadanos franceses, españoles o ingleses, así como hacia la persona del jefe de la delegación francesa…" (Ibíd.). Era la palabra propicia en el contexto favorable. Mientras Estados Unidos era desgarrado hace un año por la guerra civil, entre los esclavistas algodoneros del sur y los industriales capitalistas del norte, Francia era de nuevo un serio aspirante a imperio. Reinaba un nuevo emperador, Napoleón III y en base a la expansión económica del país, se había permitido intervenciones imperiales, tales como las del canal de Suez en Egipto y la de Indochina, actual Viet Nam. Ahora, era el turno de México, para frenar de una vez la expansión hegemónica norteamericana.

Desgarrado por interminables pugnas políticas internas, el Estado mexicano simplemente resultó incapaz de cumplir las onerosas deudas que mantenía con España, Inglaterra y Francia. Tras confusas maniobras y tratativas, una expedición militar conjunta de las tres potencias arribó a México. Finalmente, España e Inglaterra se retiraron, pero Francia decidió invadir el país y, tras un “plebiscito” realizado bajo ocupación, declarar triunfadora la opción de un gobierno monárquico francés en México. Sobre esa endeble base “legal” se instaló a un príncipe austro húngaro como emperador del país, Maximiliano I. Desde 1862 a 1867, el presidente mexicano, Benito Juárez, condujo un gobierno paralelo e itinerante y una creciente guerra de guerrillas contra los invasores franceses que llegaron a contar con 50.000 tropas de ocupación. Cambios políticos en Europa hicieron que Napoleón III terminara abandonando a su suerte a Maximiliano, al tiempo que el término de la guerra civil en los Estados Unidos permitía a éstos ofrecer importante ayuda a Juárez. Todo lo cual llevó al triunfo de la resistencia patriótica y el fusilamiento de Maximiliano “Primero”, que sería también el “último”.

A partir de allí, el contenido “panlatino”, de hegemonía francesa, del concepto “América latina” sería muy rápidamente olvidado. El término seguiría una doble trayectoria. Por un lado, sería “oficializado”, paradojalmente, por los propios norteamericanos, contra cuya hegemonía había sido inicialmente creado, instalándose como el nombre oficial de la región hispano portuguesa, como parte de la institucionalidad “panamericana”, dirigida por los Estados Unidos. Por otro, serían los intelectuales bolivarianos, desde Francisco Bilbao y José Torres, hasta Fidel Castro, Che Guevara y Hugo Chávez, quienes le darían, con mucho éxito, un nuevo contenido de radical independencia y antimperialismo. Mientras unos buscaban enfatizar las supuestas conexiones “geográficas, culturales y de interés comercial y político” entre el norte y el sur; los otros, enfatizaban la diferencia y aún oposición de identidad y de destino.

Olvidado por los cambios de la realidad el inicial contenido de oposición al “anglosajonismo” norteamericano, el término “Latino América” fue tempranamente usado, a partir de finales del siglo XIX, por los Estados Unidos, como medio simbólico de contrarrestar el de “Hispanoamérica”, que favorecía los porfiados intereses españoles de recuperar hegemonía en la región. Ya a inicios del siglo XX, el presidente estadounidense Woodrow Wilson lo utiliza por primera vez oficialmente. Justamente, para terminar haciendo firmar a todos los gobiernos del sur, salvo México, una “declaración de guerra” a favor de Estados Unidos y contra sus enemigos en la Primera guerra Mundial. Convertía así a “América Latina” en una “sección” integrante del andamiaje institucional común “Panamericano”. Trabajaba de ese modo la diferencia realmente existente, pero de manera que no obstaculizara su hegemonía, cuya mayor expresión fue la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948. Ese mismo año, se crea también la “Comisión Económica para América Latina (CEPAL)” de las Naciones Unidas, organismo de estudios regional en el ámbito del desarrollo económico, el primero internacional en ser nombrado oficialmente con la denominación de “América Latina”. Al cual le siguieron muchos otros, como la ALALC (Asociación Latinoamericana para el Libre Comercio), y la ALADI (Asociación Latinoamericana de integración, y el SELA (Sistema económico Latinoamericano). Muy pronto, surgieron numerosos institutos y entidades universitarias en los Estados Unidos y en la misma región con el nombre genérico de “Estudios Latinoamericanos”. Y ello se extendió a todas las ciencias sociales y las corrientes culturales y artísticas. De modo que la “oficialización” vino a ser paralela y, más tarde, gradualmente, vino a identificarse, con un nuevo contenido de reafirmación propia, incluso a veces en oposición al dominio estadounidense.

Paralelamente, aunque es cierto que la denominación de “América Latina” se gesta en el contexto del discurso de hegemonía expansionista francés de mediados del siglo XIX, en oposición al “panamericanismo” con el que los Estados Unidos legitimaban su propia hegemonía, también lo es el hecho de que desde el inicio mismo de su uso, su contenido fue disputado por los bolivarianistas latinoamericanos. Así ocurre desde las mismas dos primeras referencias escritas que se tienen del término, registradas casi al mismo tiempo, y ambas en Europa. El chileno Francisco Bilbao, en una conferencia dictada, precisamente, en París, Francia, el 24 de julio de 1856, lo usa para referirse a todos los territorios y pueblos al sur de la frontera estadounidense. Y así lo usará profusamente durante toda su activa carrera política y propagandística, que incluye su proyecto de “Iniciativa de la América. Idea de un Congreso Federal de las Repúblicas” de 1856. Dos meses después, el 26 de septiembre del mismo año, en Venecia, el intelectual y diplomático colombiano, José Torres, residente en Francia desde 1851, amigo de Chevalier, pero, como Bilbao, bolivariano antimperialista, termina de escribir su poema “Las dos Americas”: El gigante del Norte, como enanas / Miraba las Repúblicas del Sud / Mas tarde, de sus fuerzas abusando, / Contra un amigo pueblo a guerra llama; / Su suelo invade, ejércitos derrama / Por sus campos y bella capital. / La tierra mexicana estaba entonces / En contrarias facciones dividida… / En vano fue que sus mejores hijos / Valientes se lanzaran al combate… / El yankee odiando la española raza, / Altivo trata al pueblo sojuzgado, / Y del campo, encontrándose adueñado, / Se adjudica riquísima porción... / A su ancho pabellón estrellas faltan, / Requiere su comercio otras regiones; / Mas flotan en el Sur libres pendones / –¡Que caigan! dice la potente Unión. / La América central es invadida, / El Istmo sin cesar amenazado, / Y Walker, el pirata, es apoyado / Por la del Norte, ¡pérfida nación!... / El seno de la América valiente / Desgarran ya sus nuevos opresores… / La raza de la América latina, / Al frente tiene la sajona raza, / Enemiga mortal que ya amenaza / Su libertad destruir y su pendón”.

Ciertamente, ambos, Bilbao y Torres usan el término, al igual que los franceses, para separar a la región del dominio estadounidense. Pero, aunque son admiradores del progresismo liberal francés, en ellos “América Latina” tiene un uso y sentido expresamente “bolivariano”, de autonomía respecto de cualquier otro poder extranjero, incluido el de Francia. Al punto que, seis años más tarde de su conferencia en París, al invadir Francia a México, Bilbao afirmará públicamente la necesidad de apoyar la resistencia antimperialista mexicana contra los franceses, y rechazará todo despotismo y expansionismo, tanto europeo como norteamericano (La América en peligro. 1862). Lo mismo ocurre con José Torres, quien, no sólo mantiene sus postulados latinoamericanistas y bolivarianos en su consecuente labor diplomática, sino que además desarrolla infatigable activismo latinoamericanista. Como Bilbao, propone también un proyecto de confederación bolivariana, sus Bases para la formación de una Liga Latinoamericana”, publicadas en 1861. Cuatro años después, en 1865, publica su libro “Unión Latino-Americana”. Y en 1879, funda en Francia la “Sociedad de la Unión Latinoamericana”, donde militan gigantes bolivarianos como el ex presidente dominicano Gregorio Luperón y el patriota puertorriqueño Ramón Betances. En todo su ideario, la independencia radical de América Latina es expresamente enfrentada tanto al poder norteamericano como al europeo. Es su propia unidad y lucha la consigna, no ningún supuesto “liderazgo racial”. Y así lo señalaba ya, explícitamente, en su temprano y emblemático poema de 1856: “La Europa no se duerme, sino asecha / La ocasión de extender su despotismo: / ¡La libre Unión preparará el abismo / En que se hunda al fin la libertad!... / El mundo yace entre tinieblas hondas: / En Europa domina el despotismo, / De América en el Norte, el egoísmo, / Sed de oro e hipócrita piedad…/ ¡América del Sur! ¡ALIANZA, ALIANZA / En medio de la paz como en la guerra; / Así será de promisión tu tierra: La ALIANZA formará tu porvenir!... / El pueblo que pretende encadenarnos, / Nos encuentre cerrados en batalla, / Descargándole pólvora y metralla, / ¡Al claro son de bélico clarín!”.

En 1900, ya superado y olvidado el proyecto “panlatinista” francés, el amauta uruguayo José Rodó, escribe su famoso ensayo “Ariel”. En el retoma la concepción latinoamericanista, esta vez con un contenido de espiritualidad, diferente y superior al utilitarismo materialista que caracteriza a los Estados Unidos: “Cualquier mediano observador de sus costumbres políticas os hablará de cómo la obsesión del interés utilitario tiende progresivamente a enervar y empequeñecer en los corazones el sentimiento del derecho. El valor cívico, la virtud vieja de los Hamilton, es una hoja de acero que se oxida, cada día más, olvidada, entre las telarañas de las tradiciones. La venalidad, que empieza desde el voto público, se propaga a todos los resortes institucionales”. A partir de allí, el uso del término para distinguir a todos los territorios y pueblos al sur del Río Bravo, se ha generalizado avasalladoramente. En la actualidad, es de uso común entre las más amplias mayorías de sus ciudadanos y en el mundo, significando una clara y diferente unidad regional al sur de los Estados Unidos. Y en muchos casos, en oposición de interés y de destino a su actual relación de dominación. Innumerables pensadores y políticos antimperialistas la han usado para reafirmar ese destino común. Entre ellos, la casi totalidad de los movimientos guerrilleros y organizaciones político militares, y destacados pensadores y políticos marxistas, como Carlos Mariátegui, Fidel Castro, Che Guevara, Salvador Allende y Hugo Chávez.

El continente está “unido por… el dolor que da el Norte", dijo la poetiza chilena Gabriela Mistral en 1922. Mostrando con acierto y belleza que, de hecho, la “América Latina” no es sólo una unidad cultural, aunque rica y diversa internamente, sino también, y sobre todo, una categoría geopolítica. Un conjunto territorial, cuyas poblaciones han compartido una misma trayectoria de subordinación a centros hegemónicos externos, que le han impuesto una misma y común estructura social y económica, que la tiene convertida hoy en la región de mayor desigualdad en el mundo, entre una minoría de ricos e inmensas mayorías de pobres, precarios y vulnerables. Es esa realidad y percepción estructural e histórica común la que permite la agrupación en un mismo conjunto de las diversas realidades internas, la que genera respuestas similares y en grandes aspectos comunes, e impone un destino que, para ser feliz, necesariamente ha de ser unido.
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