El Programa El racismo al revés






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El carácter complejo de los nombres
Por otro lado, en estas consideraciones preliminares a la cuestión del nombre de la región, resulta necesario recordar que la realidad es siempre multidimensional, compleja y en permanente cambio. Que las intenciones iniciales de quienes diseñaron o pretendieron controlar un fenómeno cultural, rara vez dejan de ser “contaminadas”, evolucionadas, o aún negadas, por los continuadores y quienes interactúan con el fenómeno a lo largo del tiempo, a través de contextos diferentes. Los planes y definiciones de los eruditos culturales e ideólogos, al contrario de lo que a veces se cree, casi siempre terminan vencidos, o al menos “contaminados”, modificados, por la tarea cotidiana, silenciosa, anónima de millones de seres humanos que usan, crean y recrean constantemente la cultura. Los pueblos ejercen de ese modo, naturalmente, inconcientemente, si se quiere, su más profundo derecho y ejercicio democrático como parte de una comunidad.

Así ocurre, por ejemplo, con el lenguaje, sus usos y definiciones. Ciertamente, existen innumerables eruditos y defensores “puristas” del idioma, que con una visión leguleya y controladora, intentan mantener inmodificables sus planes, reglas y definiciones formales, establecidas. Y en muchos casos y al menos por un tiempo lo logran. Pero es un hecho también que las mayorías de hablantes, de usuarios anónimos y cotidianos del idioma, siempre terminan modificando dichas normas, al grado de incorporar, en un proceso gradual de hegemonía en el uso, los nuevos cambios a los mismos “Diccionarios” formales, donde están fijados esos planes, reglas y definiciones. Y lo mismo ocurre con los conceptos y las definiciones identitarias, colectivas, culturales y políticas. Ellas se mueven en una tensión, entre las intencionalidades ideológicas de los poderes políticos y culturales, por un lado, y las apropiaciones contextuales de las mayorías, por otro. Las que, en el caso de la región, han sido y son complejas y diversas, tanto externa como internamente. Y todo ello debe ser tomado en cuenta a la hora de un balance de sentido de los nombres que se le han dado y que se ha dado el pueblo continente.

De hecho, en el caso de la región, sus nombres han obedecido a esta complejidad, han surgido de la trama de intereses, contextos, apropiaciones y evoluciones de múltiples actores, a lo largo del tiempo. Y, si bien tienen un origen rastreable, reconstruible, también han sufrido en la mayoría de los casos, trasvasijes de contenido, cambios en su uso e intencionalidad. Muchos de estos nombres han sido paralelos en el tiempo, y usados como parte de las disputas de hegemonía cultural y política, por unos y otros actores. En otros casos, han convivido y se han complementado en una articulación o constelación que se usa instrumentalmente según la utilidad en cada contexto. En casi todos ha habitado, en diversas formas evolutivas, la paradoja de las ambiciones o resabios coloniales, las intencionalidades de manipulación ideológica, con las aspiraciones libertarias y comunitarias de los pueblos. La disputa por “el nombre” de la región, ha sido también, de hecho, por el “contenido” de cada uno de esos nombres.
Al principio
Ni siquiera antes de la llegada de los españoles, los demás europeos, los africanos y sus descendientes, y todas sus mezclas biológicas y culturales, el continente tuvo una sola denominación consensuada. Prácticamente todo pueblo indígena tuvo su manera de llamar a la tierra y el mundo que habitaba. El “Mapu”, precisamente “Tierra”, de los mapuche del actual Chile. El “De Tekoha”, de los guaraníes, que significa "el lugar donde realizamos nuestro modo de ser". El “Cem Anahuac” de la lengua nahuatl de los aztecas, que significa “Tierra rodeada por las grandes aguas”. El “Ne tunan talteche”, “tierra madre” entre los indígenas del actual El Salvador. El “Agbaye”, “el mundo entero”, traído por los yorubas africanos. E innumerables más.

Los más comprensivos o trascendentes son el “Tahuantinsuyo” del runasimi, idioma incaico, que significa “Las cuatro partes del mundo”. El “Runa Pacha”, “Allpa Mama” o “Pachamama”, del quechua, que significa “Madre Tierra Sagrada” o “Planeta”. En Aymara, la misma palabra, “Pachamama” (venida del koya: donde significa “tiempo”), significa “Espacio tiempo” y por derivación, también “Madre Tierra Sagrada”. Y el “Abya Yala”, que significa “Tierra en plena madurez” y era usado por los indígenas Kunas del Golfo de Darien en el actual Panamá para referirse a toda la América Latina.

En esa situación, llegaron los invasores europeos. Para quienes la región sería “descubierta”; y de quienes surgiría el proceso moderno de nominación de ella, a los vaivenes simbólicos y geoestratégicos de sus ambiciones, planes y pugnas. Ello llevó al amauta mexicano Edmundo O’Gorman a señalar que el continente no había sido descubierto por los europeos, sino “inventado” (La invención de América. 1958). Los primeros llegarían comandados por el “Almirante” Cristóbal Colón. Un marino, cartógrafo autodidacta y aventurero comercial de quien se ha consensuado que nació en Génova, Italia, pero cuya ascendencia se debate entre catalán, francés, castellano, griego, y otras de Europa.

En la época, los europeos llamaban simplemente “Indias” a todos los territorios que estaban hacia el oriente, es decir, las actuales Asia e India. Donde existía una enorme riqueza comercial (especias, textiles, etc.) ambicionada por los comerciantes y gobiernos europeos, pero de difícil acceso desde mediados del siglo XV, debido a la conquista por parte de los Turcos musulmanes de los territorios donde se encontraban los principales puertos y rutas de acceso a ese comercio en la actual Turquía. En ese contexto, los reyes de Castilla y Aragón, que acababan de expulsar, después de siglos, a los árabes musulmanes de la España continental, firmaron, tras arduas gestiones de Colón, las “Capitulaciones de Santa Fe” con las que podría emprender un ansiado viaje de exploración. En las “capitulaciones”, a cambio de sujetar toda tierra que conquistará a la autoridad de los reyes de Castilla y Aragón, se le otorgaba dinero para una expedición naval (aportado por el secretario del Rey, Luis de Santángel, un judío converso y con “estatuto de pureza de sangre”, que lo protegía del Santo Oficio), el título de “virrey” sobre las mismas, y el 10% de la riquezas que pudiera traer de vuelta a España.

Él estaba convencido de que el mundo era redondo y no plano, como creían la mayoría de sus contemporáneos, recién salidos de la llamada “edad media” donde el oscurantismo religioso había hecho desconocer que cinco siglos antes los vikingos habían llegado desde el norte de Europa a la actual Norteamérica. Y que los chinos, poco antes, entre 1423 y 1428, habían recorrido y cartografiado con gran precisión el globo terráqueo completo, con una colosal flota marítima que llegó a América y dejó incluso colonias allí. Nuevas evidencias históricas, como cartas personales, han llevado a muchos investigadores a convencerse de que Colón y demás navegantes involucrados en los primeros viajes europeos a estos territorios, constituían una elite muy reducida que conocía bien estos antecedentes chinos y los aprovechó en su beneficio, sin reconocerlo públicamente. Sea como fuere, Colon, pensaba, o sabía, que, navegando hacia el otro extremo, hacia el oeste, daría la vuelta en redondo y llegaría por “detrás” a aquellas ricas “Indias”.
Las Indias
En 1492, Colón llegó a una de las islas del actual Caribe y, luego de explorar y saquear la zona, regresó a España convencido de haber alcanzado, como se proponía, las “Indias”. Y ese fue el primer nombre “oficial” que los conquistadores dieron a las nuevas tierras “descubiertas” para Europa. De este nombre primigenio puesto por los europeos, resultado de un error cartográfico y simbólico, deriva el nombre de “indios” para los habitantes originarios de la región, de los cuales Colón se preocupó de llevar a España algunos “ejemplares”. La denominación de “indio” será, al mismo tiempo, una categoría simbólica social profundamente racista, subordinadora y excluyente, y un estatus legal y social de “casta”, en lo más bajo de la jerarquía de la sociedad colonial española. Esa denominación se mantuvo inalterable y exclusiva para ellos, hasta el proceso de independencia anticolonial, donde convivirá con la de “americanos” en la que, a veces, se les incluía, por parte de los líderes revolucionarios patriotas, con la finalidad de sumarlos al propio bando, separándolos del de los realistas españoles. Por ejemplo, en las cartas de Francisco de Miranda sobre la insurrección tupacamarista de 1781.

La denominación de “indios”, con su misma carga racista discriminadora, se mantendrá en las repúblicas independientes y oligárquicas, a lo largo de los siglos XIX y XX. Sólo el uso reivindicativo de Bolívar será la excepción en el primero. Y recién en el segundo, será usada a veces con un nuevo contenido reivindicativo e identitario progresista. Por ejemplo, en las reflexiones del boliviano Franz Tamayo y el peruano Carlos Mariátegui. A partir de las últimas décadas del siglo, se dará paso a la convivencia con nuevas denominaciones que pretenden superar aquella carga racista y excluyente, como las de “indígenas”, que proviene del latín y significa "originario del país de que se trata, autóctono, nativo", “pueblos originarios” y, en el caso particular de la región, “amerindios”. Todavía hoy, esa acepción de la palabra “indio”, como el poblador originario de la América y sus descendientes, se encuentra en el diccionario español. Y lo mismo ocurre con el equivalente “indian” en el del idioma Inglés.

Aunque a mediados de 1500 ya existía el nombre de “América” con cierta popularidad en Europa, conviviendo en el uso con el de “Indias”, este último siguió prevaleciendo. El hecho es que España, por razones de hegemonía, y la mayoría de los europeos, por razones simbólico culturales, asociadas a la matriz racista de su atribuida tarea civilizatoria, continuaron llamando “Indias” a estos territorios, con el sólo agregado de Indias “Occidentales” para distinguirlos de los de la verdadera “India” oriental, y salvar el error inicial. Así lo muestran, entre otros, la creación del “Consejo Supremo de Indias” por el Rey español Carlos V, que administró con ese nombre los nuevos territorios hasta 1821. También la creación, más de un siglo después de la publicación del nombre “América”, en 1621, de la "Compañía Holandesa de las Indias Occidentales". Y es que para los europeos, las “Indias” eran, más que una categoría geográfica, una simbólica, sociológica. “Indias” era lo distante, lo desconocido y, sobre todo, lo salvaje, lo incivilizado, o, precisamente, lo “por civilizar”. De ahí la categoría de “indio” como “bárbaro” “incivilizado”. Y de ahí que era natural que, al ver similar escenario de “salvajismo” en ambos costados de su centro civilizado europeo, los agruparan también en una sola y la misma categoría, distinguiéndolos sólo por su ubicación al oriente u occidente de si mismos.

Pero, aunque estaban unidos por una matriz cultural común, la competencia mercantil, y su máxima expresión, las disputas por la hegemonía geoestratégica, enfrentaban a los poderes europeos. Y los nuevos territorios invadidos estuvieron en el centro de las disputas. El propio viaje de Colón se realiza en ese contexto y motivaciones. Y, si bien le entregó la mayor parte de la autoridad de los territorios recién invadidos a España, ello no fue sin arduas pugnas y grandes excepciones. Mediación papal y tratativas directas de por medio, el entonces pujante imperio portugués, no sólo consiguió la prerrogativa legal del monopolio de navegación y saqueo del África hasta la India, sino también, un buen trozo de los nuevos territorios invadidos en el actual Brasil. En el norte, ignorada la bula papal y el tratado hispano portugués, los emergentes poderes inglés y francés establecieron absoluto dominio, en los actuales Estados Unidos y Canadá, respectivamente. En el Caribe, al centro de los nuevos territorios invadidos, fue donde el poder español, resultó más impotente para contener a los emergentes poderes europeos. Allí, en sus innumerables archipiélagos, a la fragmentación geográfica insular se agregó la del dominio político sobre sus emporios comerciales y portales a las rutas de navegación, entre españoles, portugueses, ingleses, franceses y holandeses. Actualmente, cuando ha sido completamente abandonada la inicial denominación de “Indias Occidentales” en la casi totalidad de la región, sólo en aquellas zonas caribeñas, donde primero llegó Colón, y se habla inglés, se continúa usando “Indias occidentales” (West Indies) para diferenciarlas del resto del Caribe.
América
Dos años después del primer viaje de Colón, otro marino italiano, Américo Vespucio, viajó, bajo bandera española, a estas “Indias”, llegando hasta al actual Brasil. En un segundo viaje, esta vez bajo bandera de Portugal, realizado entre 1501 y 1502, llegó hasta el actual Chile en el sur, convenciéndose de que no se trataba de las “Indias” sino de unas tierras completamente nuevas. Y así lo manifestó en Carta a Lorenzo de Médicis, primo del famoso “Lorenzo el magnífico”. En ella, Vespucio afirmaba que la región era "la cuarta parte del mundo… aquellos nuevos países… los cuales Nuevo Mundo nos es lícito llamar, porque en tiempo de nuestros mayores de ninguno de aquellos se tuvo conocimiento, y para todos aquellos que lo oyeran será novísima cosa…Yo he descubierto el continente habitado por más multitud de pueblos y animales que nuestra Europa, Asia o la misma África". Fue publicada en París el mismo 1502 con el nombre de “Nuevo Mundo” (“Mundos Novas”). Y este sería también uno de los nombres dados a la región, durante por lo menos hasta el siglo XIX, por referencia de contraste al “Viejo mundo” europeo. En su “Carta a los españoles americanos”, de 1792, documento precursor de la independencia, el patriota peruano Juan Viscardo, la usa: “El Nuevo Mundo es nuestra patria, y su historia es nuestra, y en ella es que debemos examinar su situación presente”.

El monje y cosmógrafo alemán Martín Waldseemüller publicó, para una abadía francesa en 1507, el libro “Introducción a la cosmografía”, el cual, además, de incluir la carta de Vespucio, anexaba un nuevo mapa mundial del ya consagrado “globo” terráqueo, que incluía por primera vez formalmente el nombre de “América” para la región, explicándolo así: "otra cuarta parte ha sido descubierta por Americo Vesputio… no veo razón para que no la llamemos América, como la tierra de Americus, por Américo, su inventor". Muy pronto se hicieron varias ediciones en la recientemente inventada imprenta y llegaron a circular miles de ejemplares de este libro.

Ciertamente, muchos de estos datos, aunque generalmente consensuados, son discutidos. Y existen otras versiones, mitad leyenda, mitad hipótesis históricas. Tales como la de que el nombre “América” se origina en verdad de un comerciante, Richard Amerike, que habría financiado el viaje de Juan Caboto a Terranova en 1497. O de una región llamada “Amerrique”, en la actual Nicaragua, cuyas enormes cantidades de oro, habrían sido descubiertas y saqueadas tanto por Colón como por Vespucio; más aún, que este último habría cambiado su nombre a “Américo” en honor a dicha zona.

Seis años más tarde, para 1513, el mismo Waldseemüller, en co-autoría con Matías Ringmann, publica una adaptación del “Atlas de Ptolomeo”. En él, abandona el nombre de “América” que el mismo había propuesto y, hasta cierto punto, popularizado en Europa, y llama a la región simplemente como “Tierra desconocida” (Terra incógnita). Probablemente, debido a reclamos recibidos por el erróneo papel como descubridor y nominador de la región, atribuido a Vespucio en perjuicio de Colón, el cual había muerto olvidado en 1506. Ese será el caso, entre otros, de Bartolomé de las Casas, sacerdote español defensor de los indígenas en América, quien, en su “Historia de las indias”, escrita alrededor de 1553 y publicada tras su muerte, acusa de engaño a Vespucio y reivindica, sin éxito, el nombre de “Columba” para el continente. Sin embargo, el nombre “América” haría todavía un largo camino para llegar a imponerse y generalizar su uso, sobre todo a partir de la revolución de independencia de las colonias inglesas en el norte de los nuevos territorios invadidos, iniciada en 1773 y terminada una década más tarde.
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