El Programa El racismo al revés






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Lo nuevo
Pero la vida es movimiento y las cosas raramente permanecen como se las pretende fijar. En el crisol de la mezcla biológica y cultural, esta superposición de la matriz europea, en contra y sin, la que le preexistía en América, gradualmente, a lo largo de tres siglos, incorporó también un proceso simultáneo de múltiple sincretismo de ambas y con la de los afro descendientes traídos como esclavos, hasta formar una nueva, distinguible, e internamente diversa. Perfectamente encarnada en Micaela Bastidas, la esposa de Tupac Amaru II, “Coya” (señora importante, con autoridad) y “Ñusta” (princesa). Descrita por las fuentes como “elegantemente vestida con ropas españolas e indias”, y “mujer notable por su hermosura”. Llamada la “zamba” por sus enemigos, en razón de su ascendencia mestiza mulata. Afro descendiente y española, por parte de su padre mulato, Manuel Bastidas. Indígena andina, por su madre, Josefa Puyacahua.

Pero la mezcla era de suyo diferenciada y contradictoria internamente. Siguiendo la experiencia de siglos de los reinos españoles en su lucha contra la ocupación musulmana, que generó una lógica y unas categorías raciales, se estructuró en América un rígido y complejo entramado institucional colonial que sustentaba su segmentación. Se cruzaban y agregaban, a veces hasta la identificación, el color de piel y el estrato socioeconómico, en “castas” que definían las prerrogativas legales y simbólicas de cada cual en la sociedad. En la cúspide, los “blancos puros”. Peninsulares españoles privilegiados con los más altos cargos y prerrogativas. Más abajo, los blancos criollos, hijos de españoles nacidos en América, que eran “blancos indianos”, sin derecho a la nacionalidad española plena, ni a los altos cargos del gobierno colonial, la iglesia y el ejército. Algunos, los más ricos, con títulos nobiliarios heredados o comprados. Otros, de estratos medios, con cargos más o menos altos en la iglesia, el ejército, la administración, el comercio o las profesiones. Por debajo de ellos, los “pardos”. Amalgama de indígenas, afro descendientes, esclavos o “libertos” (vueltos libres por pago que ellos mismos ahorraban de mil maneras y pacientemente, o por el deseo de sus amos), y todas sus mezclas: mestizos, mulatos, zambos, etc. Llamados simplemente en la época “el común”. Todos además de diferenciado estatus interno, según una serie de jerarquías legales, étnicas, económicas y simbólicas, que ponían a su vez a unos debajo de otros. Nada menos que 35 categorías o jerarquías legales de “castas”. Un andamiaje laberíntico en que se ubicaba cada uno de los habitantes de América al estallar la revolución anticolonial. Andamiaje cuya explosiva destrucción podría resumir todas las razones y el programa completo de la revolución.

Los padres de Francisco Miranda, por ejemplo, eran emigrados de las islas Canarias a Venezuela, por lo que, a pesar de ser “blancos”, eran “blancos de orilla” y estaban por debajo de los “blancos puros” de la península española, y aún de los “mantuanos” ricos criollos. El rey español Carlos III intentando reanimar el alicaído imperio, en las últimas décadas del siglo XVIII, implementa las reformas modernizadoras borbónicas, que en las colonias americanas están destinadas a hacer más sustentable su control, y más eficiente su explotación económica, vía reformas administrativas, tributarias y militares. Ellas incluyen, a la usanza de los “certificados de limpieza de sangre”, otrora exigidos en España a moros y judíos, la creación de las “Gracias del sacar", “certificados legales genealógicos” otorgados por pago de arancel a la Corona. Una especie de “certificados de blancura de la piel”, que permitía a los pardos, que por una u otra razón se habían enriquecido, conseguir un cargo público, la entrada en el ejército, la compra de caballos, caminar por las veredas, etc., según fuera el caso y el monto del pago. En ellos se sentenciaba: “Téngase por blanco a…”.

Pero, ¿cómo haría esta nueva configuración humana para alcanzar su identidad y reconocimiento; para pensarse desde su propio lugar en el mundo, habiendo llegado tarde, después y subordinada, a un proceso que la cultura hegemónica europea había cerrado hace siglos? ¿Cómo, siendo tan diferenciada internamente? Primero, como choque. En las innumerables figuras mártires de las resistencias, nacidas con la misma llegada de Colón, en el primer combate de los indígenas tahínos en la actual República Dominicana el 11 de enero de 1493. Y que incluyen, en una cadena permanente, interminable, al cacique Guaicaipuro en Venezuela. Tupac Amaru I, en Perú. El Toqui (jefe militar de los mapuche) Lautaro en Chile. Y los cimarrones (esclavos fugados) como Domingo Bioho en el Caribe; Guacamaya, Andresote y José Leonardo Chirinos en Venezuela; o el “Zumbi” (guerrero) “Dos palmares”, llamado el “Espartaco negro” del Brasil, y su “quilombo” Palmarés, verdadera comuna independiente, indomable durante 65 años, donde se refugió la libertad, el amor y la capoeira. 

Después, como búsqueda, y aún desgarramiento. En las trágicas figuras peruanas del Inca Garcilazo, hijo “no legítimo” de español e inca, rechazado en la reivindicación de su españolidad paterna y vuelto finalmente a su lado materno incaico, para ser uno de los gestores originarios de la literatura propiamente peruana. Y de José María Arguedas, arqueólogo literario del alma profunda, cuyo desgarro de identidad cultural, que era el del Perú en el siglo XX y había hecho el suyo propio, entre otras razones, lo llevarán al suicidio. Finalmente, como encuentro creativo. Síntesis de regeneración y gestación. Lo mejor de ambos mundos fundidos en una utopía propia y urgente. Así brota, violenta y rebelde, en “la guerra de las siete reducciones” del Matto Grosso amazónico, donde, durante dos años, desde 1754 a 1756, los indígenas guaraníes y frailes jesuitas españoles resistieron con las armas en la mano, hasta el sacrificio final, la entrega por parte de España a los esclavistas de indios portugueses, de los territorios de sus “reducciones”, verdaderas comunas humanistas. Desde el principio, sería un parto difícil y a contramano. “Por la libertad… no veré florecer a mis hijos”. Dirá Micaela Bastidas, antes de morir a golpes de puños y patadas, porque el garrote no terminaba de asfixiar su fino cuello de princesa incaica.

Al estallar la definitiva lucha de independencia, la América española contaba con alrededor de 20 millones de habitantes. Distinguidos por castas, 4 millones eran blancos, cerca del 80% de ellos criollos. 5 mestizos y mulatos. 8.5 indios. Y 2.5 negros, afro descendientes. En cada virreinato, había cuatro en los actuales Perú, Argentina, Colombia y México, la distribución de estas castas variaba, predominando localmente unas u otras. Desde el principio, Tupac Amaru programó expresamente la unidad de todas ellas para la lucha independentista, con la sola exclusión del enemigo fundamental: el colonizador español. Aunque el eje director eran los indígenas y castas “pardas”, hasta entonces oprimidas y despreciadas, su programa era la unidad amplia de todos, incluyendo a los “blancos” criollos, e incluso, según algunas fuentes, con la participación de algunos “asesores” europeos. Así lo muestran, no sólo los combatientes “blancos”, criollos en sus filas, como Felipe Bermúdez, muerto en batalla al pie de un cañón, sino sus propias cartas durante la insurrección donde explícitamente llama “hermanos” a los criollos y les manifiesta su inclusión en el programa de la misma.

Los primeros conspiradores insurrectos patriotas en la actual Venezuela, idearon una bandera de cuatro colores: blanca, azul, amarilla y encarnada, porque “los cuatro colores son los patriotas, que son los: blancos, pardos, indios y negros” (En: Alfonso Rumazo. 1955). Bolívar, forzado por el carácter de guerra “civil”, entre castas, que inicialmente muestra la guerra en Venezuela y que favorecía a los españoles, habrá de recurrir a su incomprendido Decreto de “Guerra a muerte” para separar en “americanos” y “españoles” a los bandos en guerra. Acto extremo para la generación de una “conciencia” americana”. Y que habrá de llevarlo más tarde a su política de igualdad, destinada a dar sustento a la independencia y unidad del continente, incluyendo a los excluidos y despreciados, indígenas y demás castas “pardas”. Política radical para la época y adversada fieramente por los sectores sociales de los que él mismo provenía.

José Vasconcelos, el colosal amauta mexicano, que criticó tempranamente el “panamericanismo monroísta”, oponiéndole el “bolivarianismo”, vio en la “fusión de razas” el cumplimiento de una misión universal para América Latina. En su obra “La raza cósmica”, argumenta el destino continental de una síntesis racial definitiva, para el término de toda dominación y el logro de la felicidad y la belleza: “Tenemos entonces las cuatro etapas y los cuatro troncos: el negro, el indio, el mongol y el blanco. Este último, después de organizarse en Europa se ha convertido en invasor del mundo y se ha creído llamado a predominar lo mismo que se creyeron las razas anteriores, cada una en la época de su poderío. Es claro que el predominio del blanco será también temporal, pero su misión es diferente de la de sus predecesores; su misión es servir de puente. El blanco ha puesto al mundo en situación de que todos los tipos y todas las culturas puedan fundirse. La civilización conquistada por los blancos, organizada por nuestra época, ha puesto las bases materiales y morales para la unión de todos los hombres en una quinta raza universal, fruto de las anteriores y superación de todo pasado… En el suelo de América hallará término la dispersión, allí se concebirá la unidad por el triunfo del amor fecundo, y la superación de todas las estirpes… Y se engendrará de tal suerte el tipo de síntesis que ha de juntar los tesoros de la historia para dar expresión al anhelo total del mundo" (1925).

III.- UN NOMBRE LLENO DE OTROS NOMBRES

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En esa gestación multiforme, desigual y diversa; en ese choque y mezcla de etnias y matrices culturales; en esa trama de ambiciones, proyectos imperiales y hegemonías, en que quedó inserta la región, se gestó, no sólo el largo, y siempre en flujo, recorrido identitario del pueblo continente, sino también su correlato en el lenguaje. La denominación misma, el cómo se nombra y el cómo lo llaman. Larga construcción de un nombre y de varios. Siempre en cuestión o disputa. A veces, “torre de babel” de diversas trincheras académicas e intencionalidades políticas. Un nombre lleno de otros.

Partiendo del ya consensuado concepto de que una “Nación” es una “comunidad imaginada” que, en el mismo acto, se hace realidad concreta, el debate acerca de la nominación del continente ha estado en el centro de la altamente compleja “cuestión nacional”. Inseparable a los intentos unitarios y los procesos fragmentadores en la región, siempre articulados con diversos y cruzados intereses y procesos internacionales. Ciertamente, el debate no es menor. Pues el acto de nombrar las cosas –de nombrarlas de modo que sea usado el nombre por los otros- es un ejercicio de poder. Simultáneamente, lo es también de construcción simbólica y teórica, fundacional. Por lo que ha sido, de hecho, parte integral del largo parto de un pensamiento propio.

Por ello, la actividad de develar las implicancias ideológicas y geoestratégicas de los nombres del continente, y de proponer ejercicios de poder y simbólicos propios, a través de la búsqueda creativa de nuevos nombres, es necesaria y útil. Pero exagerarla puede conducir a esfuerzos inútiles, o distractivos, vinculados más bien a formas de expresión de complejos sicosociales o intelectuales. Tales como el reduccionismo a la pura sospecha ideológica de realidades culturales siempre más complejas. La erudición histórica academicista, de laboratorio, ajena a las mayorías y sus dinámicas culturales y, por tanto, políticamente impotente. Alimentando la fragmentación regional, el debate irresoluble sobre hegemonías étnicas, el extravío en un laberinto irreconciliable de identidades incapaces de alcanzar la comunidad. Peor aún, la construcción de identidades reactivas, basadas en nuevos “racismos al revés”, que, pretendiéndose opuestos a la dominación, comparten su misma matriz cultural profunda de negación y exclusión del otro diferente.
La tensión entre Igualdad y Diferencia
“…la más misteriosa de las doctrinas, quien la conoce es sabio, y su obra tendrá que consumarse… Ciencia de lo diferente y conocimiento de la unidad divina”

Bhagavad Gita

Resulta útil entonces reflexionar sobre algunas condicionantes históricas de este debate sobre el nombre del continente región. Ello instala, en primer lugar, en el centro de una tensión que recurrentemente aparece en las discusiones y los intentos de nominación y unificación. La tensión entre “Igualdad” y “Diferencia”. Esto es, entre lo que configura a la región como una sola comunidad, y lo que la diferencia internamente como comunidades distinguibles. Problemática que tiene hondas raíces históricas en la matriz cultural hegemónica. Procesos que marcaron la ideología democrática europea, instalaron la idea, absoluta, sin matices, casi incontestable, de que la igualdad era sinónimo de justicia y progreso, y que, al contrario, la diferencia es, de suyo, signo de privilegio o abuso injusto, divisiones y atraso. Primero, por la lucha de las primeras ciudades surgidas en los márgenes de la feudalidad europea y que debieron negociar y muchas veces defender militarmente su autonomía frente a los poderes feudales. Más tarde, las más prolongadas luchas de numerosas naciones, como Italia y Alemania para alcanzar su existencia como Estados Nación. Allí, cualquier diferencia interna equivalía simplemente a “estar afuera” de la comunidad y ser, de hecho, una amenaza debilitadora, cuando no una “traición”, para su misma existencia.

Conjuntamente, la burguesía europea, en lucha contra los privilegios de sangre de la nobleza absolutista, instaló la bandera liberal de la igualdad jurídica como sinónimo de justicia. El “iluminismo” ilustrado europeo elevó aquella idea a la categoría de un ideal y una ley histórica, asegurando que el desarrollo humano conducía unidireccionalmente a la homogeneización cultural y valórica de los Hombres. Toda distinción o diferencia -las que, en esa concepción, “sólo dividían y enfrentaban” a los Hombres- constituían, de suyo, un signo de atraso, que sería crecientemente dejado atrás por el progreso científico, técnico y moral, basado en el predominio de la razón. Tal idea “igualitarista” fue parte –y, en algunos casos, alcanzó versiones exacerbadas, y hasta criminales- de la mayoría de las corrientes ideológicas predominantes hasta el siglo XX.

En la específica historicidad de la región, este ideario coincidió plenamente con los anhelos de terminar con la odiosa herencia de castas, dejada por los procesos de conquista y colonia, y extendidos, bajo nuevas formas, en las repúblicas. Sin embargo, el ideario igualitario liberal de las elites que finalmente usufructuaron de la independencia de España, se limitaba sólo a la formalidad institucional. Incluso la ficción de igualdad puramente legal, expresada en medidas como el término de la esclavitud, los derechos civiles de las mujeres y de los pobres, demorarían muchas décadas y sólo muy tardía, y dificultosamente, serían alcanzadas. Como se planteó tempranamente, con toda crudeza, en la demolición del proyecto y la figura de Bolívar, por parte de las elites internas y los poderes fácticos internacionales, en la región, el “ideario democrático” era sólo el calco de los prejuicios y las formas, pero la negación de los principios y las prácticas.

La pura ficción legal igualitaria, allí donde se consiguió, no sólo mostró su incapacidad de resolver las profundas y desgarradoras desigualdades estructurales, de carácter económico, político y cultural, sino que además las agravaba, encubriéndolas y legitimándolas. Especialmente contra los pueblos indígenas, cuya auténtica igualdad requiere necesariamente de la reparación activa, por parte de los Estados, de aquellas injusticias estructurales históricas, considerándolos como sujetos colectivos y diferenciados culturalmente, más allá de la ficción homogeneizadora e individualista del ideario democrático europeo trasladado a la región. Como lo señaló tempranamente Bolívar, la realidad propia de la región requiere de Estados fuertes y activos para frenar los poderes fácticos, tanto externos como internos, que, de hecho, impiden toda igualdad real para los pueblos, culturas, estratos y clases que sistémica o estructuralmente sufren relaciones inequitativas de dominación, explotación y exclusión. Pueblos originarios, mujeres, identidades sexuales no tradicionales, migrantes, minusválidos, entre otros, aparecen como sujetos ciudadanos que demandan afirmación frente a situaciones de injusticia que los afectan y garantía de su especificidad, identidad o autonomía.

Conjuntamente, la rica diversidad étnica y cultural interna de la región, hace inviable la imposición de órdenes sociales y culturales no negociados, impuestos totalitariamente. Expresión de estas tensiones, fue la temprana y extendida pugna, que emergió al interior de todos los países, entre los partidarios de un Estado “Unitario” y los de uno “Federal”, que generó amargos conflictos y odios en el seno mismo del propio proceso de independencia, cuya dinámica de guerra exigía también la centralización efectiva de los esfuerzos. La cual se actualiza hoy bajo la forma de las demandas de descentralización regional y de autonomía relativa de los territorios y pueblos indígenas. Mostrando la permanencia y dificultosa complejidad de esta tensión entre igualdad y diferencia en la región. En su historicidad propia, este reconocimiento y tratamiento de las diferencias, es condición necesaria de una auténtica igualdad. Reclama un modelo de democracia y de Estado “afirmativos” e “incluyentes”, que, siendo fuertes para contrarrestar los poderes fácticos internos y externos, construyen, a través de la inclusión y la participación, la negociación y el consenso, ciudadanía real y comunidad nacional sustentable, tanto en cada país, como en la totalidad heterogénea del continente.

En la práctica, sin embargo, esta tensión entre igualdad y diferencia no encuentra aún soluciones fáciles. Entre los poderes fácticos internos y externos que pretenden manipular las tensiones agitando prejuicios formalistas democráticos a fin de mantener la injusticia, y quienes confunden la justicia con la homogeneidad, o caen en la tentación de nuevos “racismos al revés”, sigue siendo necesario construir un proyecto de unidad en la diversidad. Una nueva “Wifala” continental, donde, al igual que en la bandera andino amazónica, quepan todos los colores en justicia y armonía. Fuerte y sustentable, asumida por todos voluntariamente como propia, común y legítima. Expresión de esa tensión y esa necesidad ha sido el debate permanente sobre los nombres de la región.
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