El Programa El racismo al revés






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II.- LA TENSIÓN ENTRE HISTORICIDAD Y GENERALIZACIÓN

AHISTÓRICA EN AMÉRICA LATINA

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Los debates poscoloniales
Aunque los debates respecto de una mirada histórica, en particular, y teórica en general, que no este subsumida en la del poder hegemónico, político, económico y, en última instancia, cultural, han sido variados e intensos, a partir de la “descolonización” indo africana, después de la segunda guerra mundial, lo cierto es que ellos sólo representan la irrupción, en el seno mismo de la academia y la teoría convencionalmente instalada como “oficial”, de cuestionamientos cuya existencia es muy anterior, prácticamente permanente. Consustanciales a la existencia social y plural del ser humano, desde sus momentos más originarios y ancestrales, como muestran crecientemente los avances en el conocimiento del pasado prehistórico. Los antecedentes filosóficos de este debate permanente entre uniformidad y heterogeneidad de lo humano, son reconocibles en las más antiguas culturas. En la China, la India, Mesopotamia, Egipto, y América Latina. Ya desde los debates de la Grecia clásica, los más divulgados, son fácilmente rastreables las escuelas de reflexión que buscaban “fijar” las “esencias” humanas, generalizando, de hecho, algún tipo de cultura devenido en hegemónico. Y también, quienes negaban la posibilidad de esa fijación o denunciaban esa universalización como contrabando hegemónico cultural.

Tras las tempranas y casi permanentes conquistas y construcciones de imperios, la unicidad y unidad cultural de la humanidad, bajo hegemonía del conquistador, reputado como el más desarrollado en un único camino de desarrollo, fue una bandera constante de los conquistadores. Como la denuncia de su contrabando ideológico lo fue de quienes los resistieron. En épocas de menos alambicados teóricos, el simple hecho violento de quien lograra imponerse por la fuerza era la “prueba” concluyente de la “verdad” de la tesis de unos u otros. En el mejor de los casos, como en el del macedonio Alejandro con los persas, o el de los bárbaros con la antigua Roma, el vencedor, a su criterio, incorporaba y fundía elementos de la cultura del vencido en la suya propia, renovada, o creando una síntesis nueva.

Con la emergencia del orden capitalista europeo, y su poder tecnológico militar para imponerse, simplemente, a todas las demás culturas, las tendencias universalistas encontraron incontrarrestable fuerza explicativa. La fe, paradojalmente religiosa, del cientificismo en la captura definitiva de la realidad objetiva, pareció darle consagración ideológica y teórica absoluta, final. Mientras la “ciencia” es producir conocimiento mediante un(os) método(s) sistemático(s), el “cientificismo” es asumir la creencia que ese conocimiento producido es “reflejo exacto” de la realidad, una “ley inevitable”, “objetiva”, incuestionable y excluyente. Y los más grandes pensadores de aquella cultura, convencidos de ello, aunque con diversas y aún opuestas intencionalidades, hablaron siempre, inapelablemente, a nombre de la humanidad toda. Descartes, Hegel y Marx, por citar algunos de los ejemplos más trascendentes. Ciertamente, hubo en todo momento corrientes minoritarias que cuestionaban esa pretensión, en todo o en algunos aspectos fundamentales. Y, en muchos de aquellos pensadores, o cuando menos en momentos de su pensamiento y obra, elementos contradictorios de ambas tendencias conviven, se superponen o articulan. A partir de allí, un laberinto, complejo y creciente, de disciplinas sociales y teorías diversas, se extenderá sobre, o en medio, de los debates permanentes. Entre el objetivismo y el subjetivismo. El determinismo y la indeterminación. El protagonismo humano o su condicionamiento estructural. La descripción y la comprensión. El ansia de generalidad teórica, leyes universales, etc., y la búsqueda de realidades socialmente acotadas, micro historias, redes, cadenas, etc.

Sin embargo, oficialmente, y como operatoria práctica en la realidad, la hegemonía del paradigma cientificista occidental, y su matriz generalizada ahistoricamente a todo “el resto del mundo”, era incontestable. La humanidad era una, en todos los sentidos de la palabra. Y había un solo trayecto histórico civilizatorio para ella. Sólo que había pueblos más atrasados que otros en recorrerlo. O, cuando mucho, que recorrían todavía alguna vía diferente, pero en cualquier caso secundaria, accesoria, o inferior. Cuando ambos tipos de pueblos se encontraban, los más atrasados sólo podían, y debían, seguir el modelo, y más aún, la guía, de los más desarrollados que mostraban el necesario camino. Es en esta etapa, y en esa lógica, que América Latina es incorporada, brutalmente, al orden económico, político y cultural mundial. Y contra ellos, es que, hasta hoy, ha generado dificultosamente su propia matriz de pensamiento útil, para romper esa relación y generar una nueva con los demás pueblos del mundo, especialmente, con los que persisten en su lógica dominante.

La cristianización compulsiva, el etnocidio civilizatorio, el desarrollismo, la modernización, y la actual globalización neoliberal, son formas de un continuo en que esa lucha cultural y su expresión intelectual se han visto enmarcadas. Desde la matriz hegemónica, surgió el “orientalismo” para el estudio de todo lo que “no era occidental”. Y la antropología para estudiar “pueblos primitivos”, más tarde, devenidos en estudios “etnográficos”. Consagrando así, la idea hegemónica de una humanidad uniformada, con un solo camino civilizatorio lineal, en el que Europa y, más tarde, los Estados Unidos, el “occidente”, estaban en la avanzada, rebajando, de hecho, a las demás culturas contemporáneas a un nivel inferior y, por tanto, subalterno o subordinado, calificado como de atraso, subdesarrollo, tercermundismo y otras expresiones similares.

En el siglo XX, algunas corrientes y escuelas surgieron en el seno mismo de la ciencia social de la cultura dominante para cuestionar los supuestos y contenidos de aquella visión instalada. Una de ellas, que consiguió elaborar de manera esencial y útil un núcleo crítico a la mirada histórico cultural hegemónica, y que surgió en el seno mismo de ella, fue el historicismo. Tomando como herramienta aquel programa teórico del viejo sabio griego, Protagoras, en el sentido de que es el ser humano “el que pone nombre a las cosas”, el “Historicismo” puede ser definido, de manera instrumental, esencial y ampliamente, como “el conjunto de diversas corrientes de pensamiento que coinciden en enfatizar, como elemento clave, el carácter histórico de la vida humana y de todo su conocimiento”.

Ello permite incluir autores filosóficos que compartiendo ese énfasis esencial, lo trabajaron de maneras muy diferentes. Entre muchos otros, los alemanes. Wilhelm Dilthey, quien recogiendo el idealismo alemán, especificó a las ciencias del espíritu, sociales, humanas o históricas, como diferentes a las naturales, al tener como objeto a los seres humanos sociales, es decir, unidades irrepetibles de carácter subjetivo, que había que “comprender” y no sólo “medir”, por tanto irreductibles a la generalización de las ciencias naturales. Osvaldo Spengler, quien concluyó que cada “cultura” era un determinado producto histórico, especie de alma o mentalidad, que sólo podía entenderse cabalmente desde sí misma; y que llegó a periodizar su “ciclo” de nacimiento, auge y “decadencia”. Y Carlos Marx, quien enfatizó a la ciencia como un método para, al mismo tiempo, comprender la historicidad concreta de la realidad social, y para transformarla. Los italianos. Benedetto Croce, para quien la historia es indeterminismo, libertad absoluta, sin actores concretos que puedan darle cauce predeterminado, y que, por tanto, sólo racionalizamos lógicamente a posteriori, desde el presente. Antonio Gramsci, quien definió la verdad y lo objetivo como un consenso histórico social, que se juega en la “praxis” -ideas y acción- de los actores que la conforman. Y el español José Ortega y Gasset, que acuñó el aforismo historicista: “Yo soy yo y mis circunstancias”. Entre innumerables otros.

Aunque más tarde predominó y se vulgarizó la idea de historicismo como sinónimo de determinismo histórico mecánico, fuertemente asociado a la generalización ahistórica en América Latina, el aporte fundamental y común en este conjunto de enfoques es la idea de que todos los hechos, y esto incluye al conocimiento mismo de los hechos, están condicionados por su específico tiempo y espacio, su propio contexto y particulares circunstancias; en dos palabras: su historicidad.

Desde la segunda mitad del siglo XX, particularmente, desde la epistemología, ciencia que estudia cómo se produce el conocimiento, y desde la cual se cuestionó el cientificismo, especialmente en las ciencias humanas, históricas y sociales, recogiendo una tradición antigua y permanente, aunque no hegemónica, aún en la misma Europa, desde Heráclito “el oscuro”, y Protagoras y los “Sofistas” en la antigua Grecia. Más tarde, crecientemente enriquecida, incluso con los nuevos aportes de las ciencias naturales o duras, de las que, paradojalmente, el cientificismo social pretendió nutrirse y modelarse en los siglos XV al XX, pero que actualmente, a partir de avances como la “teoría de la relatividad”, en la física, la “teoría de la indeterminación” y el principio de “superposición” en física subatómica, cuestionan varios de aquellos supuestos.

En medio de las luchas anticoloniales posteriores a la segunda guerra mundial, surge el concepto de “descolonización cultural”, o mental, especialmente a partir de la aguda reflexión del argelino revolucionario Franz Fanon. A finales de la década de 1970, se gestan, a partir de reflexiones de intelectuales hindúes y africanos, los llamados “estudios subalternos”, que buscan distinguir y conocer el pensamiento de sectores culturales hasta entonces subsumidos y silenciados en el seno de la cultura hegemónica. Paralelamente, surgen numerosas facultades de “Estudios Latinoamericanos” en universidades norteamericanas. A partir de allí, surgen una serie de esfuerzos concientes por superar, con diverso grado y forma de éxito, la matriz cultural hegemónica. Desde entonces hasta la actualidad, se habla de “estudios postcoloniales”, “liberación epistemológica”, “epistemologías fronterizas”, “estudios de sociedades de transición”, “heterogeneidad histórico estructural”, “glocalización”, y otras similares. Simultáneamente, fuerzas militares norteamericanas agraden a pueblos diferentes y con menos tecnología, invocando explícitamente la tarea civilizatoria, ahora consistente en llevar las relaciones económicas capitalistas neoliberales y los prejuicios formalistas democráticos occidentales, generalizados ahistoricamente como obligada etapa de desarrollo de toda la humanidad.

La matriz ahistórica
Llegados los conquistadores genocidas europeos a América, su profunda matriz cultural vendrá con ellos en sus alforjas para re nombrar a esta nueva realidad con sus nombres y “hacerla encajar” en “su” orden y concepción del mundo. Desde que Atahualpa, el inca, llevara hasta su oído la Biblia que le habían extendido los recién llegados españoles, señalándole solemnemente que esa era la palabra de dios, pero sin escuchar de ella sonido alguno, la arrojara al suelo, se había producido el gran desencuentro de matrices culturales entre ambos mundos. Al grito desgarrado de “blasfemia” del sacerdote siguió la religiosa carnicería y el escarmiento de los indígenas, cercenando cualquier oportunidad de descifrarse mutuamente. Por mucho tiempo, los indígenas no entenderían el concepto de libro, señalando como “extraña” la costumbre de los recién llegados de “gustar hablar a solas con unas telas blancas”. Éstos a su vez, ignorando el colosal acto destructivo que causaban al patrimonio de la humanidad toda, quemarían códices mallas y quipus incas, esa literatura inescrutable que tomaron por “idolatrías”.

El sacerdote jesuita español José de Acosta, precursor del naturalismo en la región de Perú en época de la colonia, en su “Historia natural y moral de las Indias” de 1590, se pregunta: Cómo sea posible haber en las Indias animales que no hay en otra parte del mundo. La paradoja de que aquella zoología única fuera nombrada con nombres ajenos e impuestos, la constata en carta al rey de España: “A muchas destas cosas de Indias, los primeros españoles les pusieron nombres de España”. No sólo los españoles, el admirable Voltaire, adalid del principio democrático de la tolerancia, imbuido de la potestad cultural civilizatoria europea para nombrar lo nuevo desde lo ya existente, afirmara que “los leones de América son calvos”.

Nombrar las cosas es un primer y fundante acto teórico que habrá de inaugurar la permanente tensión entre un pensamiento venido o tomado de la matriz cultural hegemónica europea –y más tarde norteamericana-, o de uno gestado en la propia región, con ese aporte foráneo, sí, pero para la creación de nuevas respuestas reflexivas propias. El mismo Acosta es uno de los primeros en expresar esta tensión teórica cultural en el campo de las ciencias: "Quien por esta vía de poner sólo diferencias accidentales pretendiere salvar la propagación de los animales de Indias, y reducirlos a las de Europa, tomará carga, que mal podrá salir con ella. Porque si hemos de juzgar a las especies de los animales por sus propiedades, son tan diversas que quererlas reducir a especies conocidas de Europa, será llamar al huevo, castaña" (Op. Cit. Libro 4º. Cap.36).

La matriz cultural hegemónica no atendería a estas razones. Será su propio patrón “civilizatorio” el que usará para “medir” a otras realidades. Y el mundo latinoamericano no daba la talla. No podía ser sino “salvaje”. Tendría que transcurrir casi medio siglo desde el “descubrimiento” para que los europeos se decidieran a reconocer como auténticos “seres humanos” a los habitantes de los nuevos territorios, con la Bula Papal del 9 de junio de 1537. Para la época del predominio del pensamiento cientificista, en el siglo XIX, Jorge Hegel, ese monumento del pensamiento alemán, pero que hablaba, sin apelación, a nombre de la humanidad toda, dirá que son pueblos “sin historia”. Pueblos en casi puro “estado de naturaleza”.

Y como la naturaleza, sometibles, explotables. Consta detalladamente en los registros de Archivo de Indias en España, que, sólo entre 1503 y 1660, 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata fueron saqueados de América y llevados a Europa. Los indios fueron repartidos en “encomiendas” como una nueva moneda corriente. "...lo mismo es dar a uno quinientos pesos y myll de renta... a dárselos en yndios que lo renten por vía de encomienda..." (Autos de repartimiento. 1569). Y en las encomiendas se realiza la obra civilizatoria. La enseñanza de la sanguinaria disciplina laboral en la explotación intensiva de minerales y plantaciones. La importación de enfermedades inéditas e indefectiblemente fatales para el sistema inmunológico de los pueblos indígenas, tales como la malaria, la viruela y el sarampión. El uso acostumbrado de perros salvajes, del garrote y de la carga a degüello con la espada para mostrar a los díscolos las inapelables verdades del catolicismo.

La táctica indígena de utilizar la insaciable hambre de oro de los conquistadores para deshacerse de ellos, con narraciones de “El Dorado”, una fantástica ciudad toda del metal, siempre mucho más lejana, sólo terminó por extender la mortal plaga civilizatoria. En República Dominicana, los moradores originarios, estimados en 400.000 a la llegada de Colón, habían sido reducidos a 60.000 para 1508, y sólo a 3.000 para 1520. En la “Nueva España”, actual México, la población originaria era estimada en 25 millones antes de la conquista y se redujo a 17 millones para el año 1.532, 6 millones para el año 1.548 y sólo cerca de 2 millones para el año 1.579. En el actual Ecuador, pasan de un millón a 200.000, en un siglo. En el Virreinato del Perú, en el mismo período, de 10 millones a 2 millones. Éxodos masivos buscan el refugio en las selvas y punas montañosas. En algunos casos, pueblos enteros de indígenas prefirieron volver al seno de la “Pachamama”, amorosa madre tierra, lanzándose colectivamente a la muerte en los abismos montañosos andinos. El suicidio será un grave “pecado”, que priva de la gracia de dios, dirá la iglesia.

Para reemplazar como mano de obra a los pueblos sucumbidos en la hecatombe, fueron secuestradas, esclavizadas y traídas desde África, casi 15 millones de personas, entre los años 1500 y 1870 (en Cuba continuará la esclavitud legal hasta 1886 y en Brasil hasta 1889). A esa cifra se agregan una cuarta parte más de “pérdidas”, por muertos en guerras de resistencia a las capturas, y otra igual más, de fallecidos en el infrahumano hacinamiento del viaje, durante meses, en los barcos negreros. En total más de 20 millones de seres humanos, transformados en “mercancía” por el mágico poder de re nombrar las cosas. La aurora del progreso capitalista global clavaba tempranamente sus garras en Mozambique, Congo, Angola, Guinea y Sudán. “Ese debate sobre los pueblos indígenas, que si eran antropófagos o no eran antropófagos, ¿acaso el capitalismo se ha alimentado de otra cosa que no sea carne humana, acaso el capitalismo, hoy día, no se alimenta de carne humana?”. Dirá Fidel Castro.

A la destrucción de los territorios y los cuerpos, se sumó la de los espíritus. Esa porfiada matriz cultural “bárbara”, que había de arrancarse de sus almas. Los siervos del señor, obispos inquisidores Juan de Zumárraga de México, famoso por su “amor a los indios”, y Diego de Landa de Yucatán ejecutaron “autos de fe”, donde se procesó, sometió a tormento, colgó y quemó en la hoguera a miles de indígenas, cientos de ellos niños, encabezados por el cacique de Tezcoco, Carlos Chichicatécotl. Se destruyeron 5.000 esculturas, 13 altares, 197 vasos, y 27 “códices” (pergaminos con escritura) mayas. Todos únicos en su especie. De incalculable, irreparable, valor cultural. Pedazos de un universo humano completo perdidos irremediablemente.

Tras la rebelión de Tupac Amaru II, en Perú, donde se estima que llegaron a morir en las masivas represiones al menos 50 mil indígenas (algunos autores estiman hasta 100 mil), los españoles masacraron a todos los parientes del inca revolucionario hasta en cuarto grado de consanguinidad. Atacaron la centenaria estructura de liderazgo de los “curacas”. Prohibieron la enseñanza del quechua y sus obras teatrales, la investigación sobre los incas y hasta la novela “los Comentarios reales de los incas” de Garcilazo. Se ordenó la destrucción de las indumentarias indígenas. Y hasta de los “quipus”, sistema milenario de cuerdas de lana o algodón con nudos de colores y trozos de maderas, que registraban la matemática y la técnica de memoria histórica de esa civilización que aseguraba los derechos sociales a todos y vivía en sagrada armonía con el universo; conceptos tan inescrutables para los europeos como los propios quipus. Prohibidos del quechua, quedaba terminante negado también que los indios aprendieran a leer y escribir el español, y se abrogó todo privilegio económico a las élites nobles indígenas. Arrancarles la piel social y la memoria. Ser olvidados, analfabetos y pobres, ese sería el castigo de un pueblo entero.

Con la bendición de la iglesia, las cadenas desbarataron de cuajo la rica tribalidad y amorosa familia africana. Su consecuencia, el masivo aborto voluntario de las esclavas en la América hispana, convertidas en cosas usables sexualmente por sus amos, será la primera gran política de planificación demográfica de la región. El tesoro de su profunda cosmovisión religiosa, Umbanda, Yoruba, Candomble, Santería, fue re nombrada “hechicería” y sacada de sus cuerpos a fuerza de latigazos, o con el último aliento de los recalcitrantes asfixiados en el garrote. Sus hermosos idiomas fueron borrados de su memoria en esa delirante tarea de exorcismo. La “capoeira”, esa forma de combate de los esclavos angoleños, camuflada de danza para evadir el control del esclavista, devenida en profunda expresión espiritual libertaria, fue prohibida y severamente castigada en Brasil.

El hecho mismo de la subyugación violenta del conquistado era, no sólo un claro, y hasta milagroso, designio de la providencia, sino la prueba misma de la misión civilizadora del conquistador. Es el primer y esencial desarrollismo. La generalización, ahistórica y forzada, de una matriz cultural ajena, instalada inapelablemente como superior. El parto de cualquier pensamiento propio no sería fácil.
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