El Programa El racismo al revés






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IX.- SIMÓN RODRÍGUEZ

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En la confederación de pueblos indígenas que constituía el “Tahuantinsuyo” incaico, que aseguraba los derechos sociales mínimos a todos y mantenía sagrada armonía con el medio ambiente, el sabio y formador de las nuevas generaciones, era el “Amauta”. Nombre que desde entonces ha sido otorgado a todos los grandes pensadores propios del continente, particularmente al peruano Carlos Mariátegui, quien además, fundó una legendaria Revista con ese nombre. Pero, sin duda, el más consensuado como el primer gran “Amauta” de la América Latina independiente es Simón Rodríguez. Niño abandonado e “ilegítimo”, criado en casa de “expósitos”, pero de gran talento, se graduó de profesor hacia el final de la colonia. Destaca por su capacidad y genio creativo, que lo llevó incluso, con sólo 25 años de edad, a presentar una detallada propuesta al Ayuntamiento de Caracas para una profunda y avanzada reforma de la atrasada, racista y desorganizada educación colonial. Al ser rechazada ésta, la frustración provoca la renuncia a su cargo de maestro de escuela, dedicándose a la enseñanza particular privada. Circunstancias fortuitas lo ponen a cargo de las clases y más tarde incluso de su “tutoría” en su propia casa, del niño huérfano Simón Bolívar. Se producirá así un raro experimento pedagógico. El Amauta aplicará en el niño las tesis educativas del pensador revolucionario europeo Jacobo Rousseau, expuestas en el “Emilio”. Una educación sin patrones rígidos, al aire libre, construida en base a la propia curiosidad del niño y destinada a incentivar su amor a la investigación y a la libertad.

Implicado en conspiraciones independentistas fracasadas, se exilia, en 1797, para evitar la cruel represión de las autoridades coloniales, separándose para siempre de su primera esposa. Bajo el seudónimo de “Samuel Robinson”, va a Jamaica y luego a Europa, trabajando en diversos oficios y conociendo todo el pensamiento progresista de su época. También a los Estados Unidos, nacientes, pujantes y muy admirados en la época. “Estados Unidos: Lo consideramos como el país clásico de la Libertad; nos parece que debemos adoptar sus Instituciones, solo porque son Liberales… pero… los angloamericanos han dejado, en su nuevo edificio, un trozo del viejo –sin duda para contrastar- sin duda para presentar la rareza de un HOMBRE mostrando con una mano, a los REYES el gorro de la LIBERTAD y con la otra levantando un GARROTE sobre un Negro que tiene arrodillado a sus pies” (1828).

Siete años más tarde, el joven Bolívar, en crisis emocional y de sentido, tras su decepción de la decadente corte española y la muerte de su amada esposa, llega a Francia. Ambos se encuentran para continuar el proceso de formación interrumpido años atrás y enriquecerlo con una intensa amistad. El Amauta ayudará a su joven amigo a superar su crisis, con su comprensión, enseñanzas y reflexiones. Cuya culminación es el famoso “Juramento” de Bolívar y Rodríguez en el Monte Sacro de Italia, para entregarse por enteros a la lucha de emancipación colonial, realizado el 15 de agosto de 1805 y que ha llegado a la posteridad, precisamente, gracias al registro hecho por Rodríguez. ¡Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!”.

Separados, el maestro recorre prácticamente todos los países europeos, para regresar finalmente a América en 1824, ya casi plenamente libre de dominio español, bajo el liderazgo de su discípulo. “He sabido que ha llegado de Paris un amigo mío, don Simón Rodríguez: si es verdad haga Vd. por él cuanto merece un sabio y un amigo mío que adoro. Es un filósofo consumado, y un patriota sin igual, es el Sócrates de Caracas… Dígale Vd. que me escriba mucho; y déle Vd. dinero de mi parte librándolo contra mi apoderado de Caracas. Si puede que me venga a ver.” (Carta de Bolívar, desde Perú al presidente de Colombia. 8 de diciembre. 1823). “A don Simón Rodríguez déle Vd. dinero de mi parte, que yo lo pago todo, para que me venga a ver. Yo amo a ese hombre con locura. Fué mi maestro; mi compañero de viajes, y es un genio, un portento de gracia y de talento para el que lo sabe descubrir y apreciar. Todo lo que diga yo de Rodríguez no es nada en comparación de lo que me queda” (Carta de Bolívar, desde Perú al presidente de Colombia. 6 de mayo. 1824). El Amauta está en Colombia, Panamá y Ecuador, escribiendo, fundando escuelas-talleres o mutuales, proponiendo planes de colonización, dictando clases de Botánica. Su radical genialidad e independencia le han llevado a desarrollar incluso su propia y particular gramática, usando a su intención el orden de frases y el uso de mayúsculas. “La Lengua y el Gobierno de los españoles están en el mismo estado: necesitando de reformas” (1828).

En 1825 se reúne en Perú con Bolívar y pasan juntos a Bolivia, donde el Amauta es nombrado en el equivalente actual de “ministro de educación”. Allí puso en práctica sus radicales concepciones educativas, que incluían los colegios mixtos, tanto en género como en todas las castas sociales. “En las escuelas deben estudiar juntos los niños y las niñas. Primero, porque así desde niños los hombres aprenden a respetar a las mujeres; segundo, porque las mujeres aprenden a no tener miedo a los hombres”. El uso de medios “sinópticos”, anticipo de los audiovisuales, y su extraña caligrafía propia. Todo lo cual resultó inconcebible e inaceptable para los sectores conservadores. Fue tildado despectivamente de “loco” y calumniado hasta como “depravado”. El conflicto fue creciente y finalmente provocó su destitución. “Hace veinticinco años que estoy hablando y escribiendo, público y privadamente, sobre el sistema republicano, y, por todo fruto de mis buenos oficios, he conseguido que me trataran de loco. Los niños y los locos dicen las verdades… Si hubiera un loco que saliese cada día con su escoba al hombro a barrer las calles, sería desear que cundiese la manía, y hasta debería intentarse hacer una cría de ellos” (1830).

Ese mismo año, se separa de Bolívar para no re encontrarse más. En 1828, en Arequipa, publica su obra Sociedades Americanas en 1828”. Un argumentado llamado a buscar respuestas propias y adecuadas a los colosales y únicos problemas del continente, hecho en el mismo momento en que las elites oligárquicas y anti bolivarianas imponían a la región la generalización ahistórica de la matriz política cultural euro norteamericana. Un verdadero programa de descolonización cultural para la urgencia de la hora: "La América Española es Original i ORIGINALES han de ser sus Instituciones i su gobierno  i ORIGINALES sus medios de fundar uno i otro. O Inventamos o Erramos".

Le seguirán muchas otras obras educativas y políticas, artículos en periódicos de Colombia y Chile, e informes sobre temas naturales y científicos. Entre ellas, en 1830, su libro El Libertador del Mediodía de América y sus compañeros de armas, defendidos por un amigo de la causa social”. En él enfrenta la ya entonces demoledora campaña contra Bolívar y su proyecto de independencia, unidad e igualdad. Con una contraofensiva de lógica y datos, combate, devela y destruye, una a una, las calumnias, errores e ignorancias con que, desvirtuando su carácter, conducta e intenciones, se busca conjurar el proyecto revolucionario. “La causa del general Bolívar es la causa de los pueblos americanos. No es Bolívar el defendido, porque no lo necesita; se defiende la causa de los pueblos, justificando las intenciones y la conducta de sus jefes…”. Corriendo el velo de la superficie apunta a la cuestión de fondo. Entre quienes acompañaron a Bolívar hasta la revolución de independencia política de España, pero adversan enconadamente su lucha por la revolución económica, por la justicia social. “La América española pedía dos revoluciones a un tiempo: la Pública (o Política) y la Económica. Las dificultades que presentaba la primera eran grandes: Bolívar las ha vencido, ha enseñado o excitado a otros a vencerlas. Las dificultades que oponen las preocupaciones a la segunda, son enormes; el general Bolívar emprende removerlas, y algunos sujetos, a nombre de los pueblos, le hacen resistencia en lugar de ayudarlo… ¡La guerra de independencia no ha tocado a su fin!... Si los americanos quieren que la Revolución Política…les traiga verdaderos bienes, hagan una Revolución económica…”.

En 1831, publica su libro “Luces y virtudes sociales”, donde expone su adelantada concepción educativa. “El objeto del autor, tratando de las sociedades americanas, es la educación popular, y por popular entiende general”. Reclama, ya en el específico plano de la educación, la extendida exclusión oligárquica hacia las mayorías, cuyo término era el desvelo de Bolívar. “Todos huyen de los pobres, los desprecian o los maltratan: ¡alguien ha de pedir la palabra por ellos! Pregúntese a nombre de los pobres, si se les enseña y qué, si tienen derecho a saber…”. Reiterando la propuesta radical bolivariana, igualitaria: Se ha de educar a todo el mundo sin distinción de razas ni colores, no nos alucinemos: sin educación popular, no habrá verdadera sociedad”. Y libertaria: “Mandar recitar de memoria lo que no se entiende, es hacer papagayos. No se mande, en ningún caso, hacer a un niño nada que no tenga su ‘por qué’ al pie. Acostumbrado el niño ha ver siempre la razón respaldando las ordenes que recibe, la echa de menos cuando no la ve, y pregunta por ella diciendo: ‘¿Por qué?’. Enseñen a los niños a ser preguntones, para que, pidiendo el por qué de lo que se les manda hacer, se acostumbran a obedecer a la razón: no a la autoridad, como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos”.

Se casó por segunda vez con una mestiza boliviana, que lo acompañó en su permanente vagar por toda América Latina, hasta fallecer ella primero, siempre en la miseria, al punto de subsistir fabricando velas, único “medio” –dijo- “de continuar Alumbrando a la América”. El Amauta a quien Bolívar Llamó el “Sócrates de caracas”, recibió, como aquel filósofo griego, la cicuta ingrata del desprecio y el olvido. De si mismo y de su legado, el amauta de América, había dicho premonitoriamente: “Hay ideas que no son del tiempo presente aunque sean modernas; ni de moda, aunque sean nuevas. Por querer enseñar más de lo que todos saben, pocos me han entendido, muchos me han despreciado y algunos se han dado el trabajo de ofenderme”. Intentando alcanzar el puerto de Paita en Perú, para morir donde su ya anciana amiga y compañera revolucionaria, Manuela Sáenz, no logró su cometido y, gravemente enfermo, murió en el camino, en 1854, a los 83 años de edad. En agonía, le manifiesta al sacerdote del lugar que “no tenía más religión que la que había jurado en el Monte Sacro con su discípulo Bolívar”.

Dejó su legado como el gigante precursor del acto intelectual propio y fundante del continente. “El Colegio… se distinguirá poniendo: una cátedra de castellano, otra de quichua… ¡Más cuenta nos tiene entender a un indio que a Ovidio!... Castellano y quichua el primero es de obligación y el segundo de conveniencia. El latín no se usa sino en la iglesia; apréndalo el que quiera ordenarse… ¿Es posible que vivamos con los indios, sin entenderlos? Ellos hablan bien su lengua, y nosotros ni la de ellos ni la nuestra” (1827). Ese legado, incluye la formación, casi de laboratorio, de un genio revolucionario: Bolívar, quien siempre le reconoció dicha tarea. “¡Oh mi maestro, oh mi amigo! Sin duda es usted el hombre más extraordinario del mundo. ¿Se acuerda usted cuando fuimos junto al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria? Ciertamente no habrá usted olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros. Usted maestro mío, cuanto debe haberme contemplado de cercas aunque colocado a tan remota distancia. Con que avidez habrá seguido usted mis pasos, estos pasos dirigidos muy anticipadamente por usted mismo. Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló. Usted fue mi piloto aunque sentado sobre una de las playas de Europa. No puede usted figurarse cuan hondamente se ha grabado en mi corazón las lecciones que usted me ha dado, no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que usted me ha regalado. Siempre presente a mis ojos intelectuales las he seguido como guías infalibles. En fin, usted ha visto mi conducta, usted ha visto mis pensamientos escritos, mi alma pintada en el papel y usted no habrá dejado de decirse: Todo esto es mío, yo sembré esta planta, yo la regué, yo la enderece tierna, ahora robusta, fuerte y fructífera, he aquí sus frutos, ellos son míos, yo voy a saborearlos en el jardín que planté, voy a gozar de la sombra de sus brazos amigos porque mi derecho es imprescriptible; privativo a todo” (Carta de Bolívar a Simón Rodríguez. 19 de enero. 1824).

Los amautas
Ciertamente, la educación –al igual que las Fuerzas Armadas, el Estado todo y todas las instituciones y funciones sociales-, una vez triunfantes las élites “liberales” y “democráticas”, anti bolivarianas, se convirtió en férreo privilegio de las clases pudientes, mecanismo de exclusión racista, y, sobre todo, de imitación y subordinación a la matriz cultural euro norteamericana, a través de sus innumerables misiones, asesores y modelos. Pero hubo siempre resistencias y contra-propuestas. Numerosos nuevos “Amautas” surgieron siempre, en virtualmente todos los países de la región, para retomar la reflexión creativa, subversiva, radicalmente incluyente y propia. En su propia época. Su amigo, el venezolano y chileno, Andrés Bello, quien retomó y profundizó sus innovadoras ideas gramaticales, para “simplificar y uniformar la ortografía en América”, propuesta que publica en 1823. El argentino Bautista Alberdi, que escribirá su “Propuesta Bolivariana de un Congreso General Americano” (1843), y retomará el programa de descolonización cultural de Rodríguez: "Nuestros padres nos dieron la independencia material, a nosotros nos toca la conquista de una forma de civilización propia, la conquista del genio americano… Debemos conquistar la filosofía americana, la política americana, el arte americano y la sociabilidad americana" (1837).

Más tarde, los “profesores” revolucionarios de la revolución mexicana, como Pablo Torres Burgos y Otilio Montaño, redactor del “Plan de Ayala”, motor campesino de aquella formidable primera revolución social latinoamericana, que venía a cumplir la sentencia de Simón Rodríguez: “Si los americanos quieren que la Revolución Política… les traiga verdaderos bienes, hagan una Revolución económica y empiecen por los campos…” (1828). La “Reforma estudiantil” que, con epicentro en Córdoba, Argentina, sacudió todo el continente, en los inicios del siglo XX. Y la fundante obra del amauta boliviano Franz Tamayo, “La creación de la pedagogía nacional” en 1910. En la que anticipa a Mariátegui y actualiza a Rodríguez: “Hasta ahora esta ha sido una pedagogía facilísima, pues no ha habido otra labor que la de copia y de calco, y ni siquiera se ha plagiado un modelo único, sino que se ha tomado una idea en Francia o un programa en Alemania, o viceversa, sin darse siempre cuenta de las razones de ser de cada uno de esos países… Necesitamos, pues, crear la pedagogía nacional, es decir una pedagogía nuestra, medida a nuestras fuerzas, de acuerdo con nuestras costumbres, conforme a nuestras naturales tendencias y gustos y en armonías con nuestras condiciones físicas y morales…”.

Y Lo propio hacen en cada país, muchos otros, como Justo Sierra en México, llamando, en 1910, a: "Nacionalizar la ciencia, mexicanizar el saber". O la chilena Gabriela Mistral, maestra rural y poetiza, con su llamado de 1922: Maestro: Enseña en tu clase el sueño de Bolívar… No seas un ebrio de Europa, un embriagado de lo lejano, por lejano extraño… Describe tu América… Dilo todo de tu América”. En la obra de Tamayo en Bolivia, se inspirará la fundante experiencia de “Warisata Escuela Ayllu” de los amautas indígenas, Elizardo Pérez y Avelino Siñani, en 1931. Las luchas campesinas de Cochabamba, durante la revolución de 1952, cuyo lema era: “Tierra y Escuela”, y cuyo máximo hito será la “Escuela Ukureña”. Y la Bolivia actual, la del primer gobierno indígena en su historia.

Como la de Bolívar, la sombra de Rodríguez y los amautas se extiende hasta nuestros días, actualizada en la explosión educativa de la revolución cubana, la “Pedagogía del Oprimido” y la “Educación Popular” del brasileño Paulo Freire y las “misiones” de la Revolución Bolivariana de la Venezuela actual, una de ellas, precisamente, nominada como “Robinson”, en homenaje al inmortal primer gran Amauta de América.
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