Espiritualidad desde la vocacion y desde el compromiso cristiano






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Participar en el banquete común.

Jesús no dio ninguna definición del reino de Dios, pero el símbolo del banquete está ahí con toda su fuerza: el Reino es como una gran comida de fiesta, en la que participan los excluidos sociales y religiosos: “pobres y lisiados, ciegos y cojos” (Lc. 14,21). Piensen en la multiplicación de los panes y de los peces, piensen en las comidas de Jesús con los pecadores, piensen en la última cena, piensen en la eucaristía,… La salvación, el perdón y la vida se regalan a quien quiera acogerlos.

  • Jesús es la presencia del Reino.

Importan sus palabras, pero, sobre todo, su vida, su estilo de vida, su entrega, su martirio. Claro que Jesús, encarnado en el pueblo judío, en la cultura judía, actúa como un judío, pero con su amor entregado por todos, por encima de la ley y del templo, está afirmando la universalidad de la salvación. Los primeros cristianos (que también sufrieron una cierta división entre judíos y helenistas) interpretan la vida, la muerte y la resurrección de Jesús como una parábola de solidaridad sin fronteras. Su vida es un éxodo (familiar, social y religioso).

Desde este amor preferencial y desde este universalismo entendemos la vocación de la Iglesia, que se entiende a sí misma como una comunión, a fin de formar un solo cuerpo. ¿Cual era la impronta común de los primeros cristianos? La solidaridad entre ellos y entre las distintas comunidades y la preocupación por los pobres. Si ustedes leen los textos de la 1Cor. 10,17-21 y 16,3-5 (así como Mt. 5,22) se darán cuenta de que las primeras comunidades tenían muy claro el imperativo evangélico: el amor fraterno y la solidaridad eran condiciones para celebrar dignamente la eucaristía. Recuerden los sumarios de los Hechos de los Apóstoles de los capítulos 2 y 4.

Claro que las divisiones también surgieron desde el principio. Los nuevos cristianos (los de origen gentil) se quejaban de que los de origen hebreo desatendían a sus viudas en la “asistencia cotidiana” (Hch. 6,1-2). También Pablo tiene que afrontar las divisiones en la comunidad de Corinto. Y en la comunidad de Galacia se discriminaba a los siervos, a los paganos convertidos y a las mujeres. Pablo les recordará: “Por el bautismo todos sois uno en Cristo” (Gal. 3,21). Y en Filipos había una comunidad cristiana muy sensible al tema del consumo y de la competitividad. Pablo insistirá: “No hagáis nada por rivalidad o por vanagloria, no busque nadie sus propios intereses, sino más bien el beneficio de los demás; tened unos con otros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp. 2,3-5).

Especialmente la atención a los pobres fue una de las grandes preocupaciones de la comunidad primera. Piensen que las comunidades nacen en un mundo marcado por la injusticia estructural y por la discriminación (el mundo de la ekumene es un mundo marcado, sostenido, por la dominación imperial y por la esclavitud).

Evocando el Concilio de Jerusalén, Pablo comenta: “Sólo nos pidieron que nos acordásemos de los pobres”. Las colectas a favor de las comunidades más pobres eran habituales. Y especial atención se prestaba a los pobres indefensos: las mujeres, los esclavos y los gentiles despreciados por los judaizantes.

Hay, en este sentido, una espiritualidad que queda marcada, cualificada, por la solidaridad. La solidaridad de Jesús es heredada y desarrollada por los apóstoles, por los cristianos de la primera hora. Hay textos que son fundacionales: Zaqueo, que cuando se dispone a compartir llega para él la salvación, Simón, incapaz de acoger a la pobre prostituta, el buen pastor, que da la vida, el buen samaritano, que se la complica y sana las heridas del hombre asaltado,… Todos estos son imaginarios que iluminan una actitud espiritual, personal y comunitaria, de solidaridad constante.

Lo bueno es que, con esa actitud, los discípulos revolucionan la ciudad. Siempre me cautivó el texto de Hch. 16,20-21: “Estos hombres revolucionan nuestra ciudad, predican unas costumbres que nosotros, por ser romanos, no podemos aceptar ni practicar”. Como Israel en el AT, la nueva comunidad se convierte para la cultura oficial en una comunidad de contraste, es decir, crítica.

  1. La práctica solidaria.

En los planteamientos, más o menos, todos estamos de acuerdo. Las cosas se complican a la hora de concretar la solidaridad, de hacerla real. Pero sólo en la práctica solidaria podemos verificar una auténtica espiritualidad cristiana. Al respecto, quisiera señalar algunos temas que me parecen importantes:

  • Hay que historizar la experiencia, comprender que nuestra experiencia forma parte de una historia que no siempre es liberadora. Muchos hablan de la solidaridad como si se tratara de un ideal o de un sentimiento, algo ajeno al poder, al mercado, a la política, al tipo de cultura que se está promoviendo… Así se única mucha gente, también dentro de la Iglesia. Son visiones de una solidaridad inútil porque se sitúan fuera de la realidad histórica.

Historizar la solidaridad significa que esta se haga realidad en el tiempo y en el espacio, aquí y ahora, con esta gente y por ellos… Es lo que intentamos decir cuando afirmamos el valor de una Iglesia samaritana.

  • Hay que ejercer la solidaridad dentro de la comunidad cristiana. En la Iglesia también hay tensiones que polarizan la comunión. La tensión entre ministerio jerárquico y corresponsabilidad eclesial. La clericalización no deja espacio a un laicado responsable y participativo. Y esto es algo que experimentamos en Cáritas todos los días. Allí donde hay un párroco ajeno al dinamismo solidario, Cáritas no existe.

Tensiones nos crean también los distintos carismas, que tienen que ser armonizados en función de la comunión eclesial. El problema es cuando un carisma, un grupo, un camino,… se absolutiza y se olvida de que todo carisma es un don gratuito para el bien común.

Más seria es la tendencia al integrismo, al sectarismo dentro de la comunidad cristiana. Movimientos o grupos que descalifican todo lo que viene de los demás, sea de la Iglesia o de la sociedad. Al final, sólo nos centramos en las patologías, incapaces de ver todo lo bueno que existe en la Iglesia y en el mundo.

Estas posturas con aires de fanatismo y sin capacidad de diálogo, son tentaciones graves contra la solidaridad eclesial.

Pero no sólo. También al interno de la Iglesia tenemos que promover una auténtica comunicación cristiana de bienes. Y en esto, Pastoral Social Cáritas es, evidentemente, un elemento de integración y de corresponsabilidad eclesial de primer orden. Es un gozo el ver cómo las iglesias ricas ayudan a las iglesias pobres. Pero, es una tristeza (amén de una injusticia) el contemplar las diferencias existentes fruto de la acomodación eclesial.

  • Y hay que ejercer la solidaridad en medio del mundo, en la ciudad secular. Yo diría que hay que hacerlo desde dos presupuestos que pertenecen al núcleo central de la fe cristiana.

  • Uno se refiere al hecho de la “encarnación”, el amor se hace carne y entra en el dinamismo histórico y social.

  • El otro se refiere “al modo de la encarnación”: asume la condición humana, hace cuerpo con los pobres y, desde ahí, anuncia a todos la liberación.

En este sentido toca hablar de una mediación política de la caridad, Hay que ser claros en esto: las personas sólo pueden actuar en justicia, solidariamente, dentro de una organización social. Pongamos un ejemplo: nunca en el Ecuador se ha hablado tanto de participación ciudadana como en estos últimos años. Participación en la gestión pública es un concepto utópico y crítico. Apunta hacia un modelo de sociedad, pero sólo se quedará en eso, en utopía, si o se traduce en un cauce de participación y de mediación social. La caridad, para ser eficaz, necesita mediaciones sociopolíticas (al respecto conviene leer con atención la encíclica Caritas in Veritate y, por supuesto, todo el magisterio latinoamericano).

Una espiritualidad inspirada en la encarnación del Verbo no puede vivir de espaldas a la solidaridad y a la transformación del mundo.

Claro, el evangelio no se reduce a lo político, ni las exigencias del amor quedan reducidas al mundo de lo legal. El Reino es un don gratuito que responde a nuestro anhelo más profundo y que va más allá de cualquier mediación.

La solidaridad de los cristianos tendría que ser, dentro del Estado laico, un gran aporte ético de dignidad en medio de un cruce de culturas y de intereses que, tantísimas veces, roban la dignidad del hombre y lo esclavizan al carro del poder de turno. Los cristianos comprometidos en el mundo social y político tienen que aportar una motivación más honda, de mayor calado humano y moral.

Para terminar, me gustaría señalar dos cuestiones de actualidad que no podemos omitir cuando tratamos el tema de la solidaridad. Son cuestiones que cuestionan nuestra espiritualidad, nuestro modo de estar presentes en medio del mundo. En la medida en que nos situamos ante estos temas de forma positiva, son también un aporte de nuestra espiritualidad a la realidad social en la que vivimos.

  • Los derechos humanos.

Es evidente que la historia humana es también la historia de los derechos humanos. Conquistarlos ha costado sangre, sudor y lágrimas. En los últimos siglos se ha tomado una mayor conciencia de las aspiraciones comunes de personas y de grupos. La Declaración de los Derechos Humanos de 1948, en su preámbulo, habla de un ideal común al que han de llegar todos los pueblos y naciones, el ideal de la dignidad humana. Hay, al respecto, una evolución en el concepto.

Primero, están los derechos individuales de las personas frente a las organizaciones políticas. La política no rebasa la democracia formal si, a su vez, no se logra una clara equidad económica. Los derechos de las personas sólo pueden darse en una sociedad socioeconómicamente justa.

Después, están también los derechos del género humano. La suerte del hombre va unida a la suerte de la humanidad. Después de Auswicht y de Hiroshima, ya no hay un discurso político inocente: el mundo puede destruirse a sí mismo y el hombre aparece como el gran depredador del hombre. La propia investigación nuclear y genética puede volverse contra nosotros mismos. Hay, pues, un desafío humanista (fiel a la obra creadora de Dios) ante el cual los cristianos tenemos algo que decir.

Por otra parte, la humanidad es también responsable de toda la creación que, a su vez, también tiene sus derechos. Para nosotros, los cristianos, los derechos de la naturaleza son los derechos de la creación. No son derechos estrictamente humanos (ecología, ecosistema, equilibrio ambiental, etc.), pero las personas no podemos gozar de nuestros derechos si no se respeta la sustentabilidad del planeta.

El evangelio asume y promueve los derechos humanos. Yo diría que, por un lado, amplía el horizonte del derecho (un cristiano tiene necesariamente que pensar en el otro como hermano) y, por otro lado, dinamiza el compromiso personal. ¿En qué sentido? En el sentido de que purifica la intencionalidad del compromiso, más allá de intereses políticos o económicos. Un discurso puede ser políticamente correcto, pero no cristianamente correcto, si la persona, el bien común, la equidad, el respeto a la diferencia, etc., no quedan salvaguardados.

Por otra parte, el evangelio da a los cristianos una especial sensibilidad para escuchar el sufrimiento de los pobres, para trabajar a su favor y con ellos. La liberación que el evangelio plantea pasa por este empoderamiento: hacer que cada cual sea sujeto de su propio destino personal y comunitario.

Todo esto me hace pensar en el aporte democrático de la Iglesia, de los cristianos, de una sociedad laica. Un laicismo integrador tendría que valorar el aporte ético de los cristianos, este impulso moral de construcción de una sociedad abierta a los valores de la dignidad humana, del bien común, del desarrollo integral y de la trascendencia.

  • Los deberes ecológicos.

Para vivir (y para vivir bien) las personas necesitamos un entrono natural, que también está en peligro por el individualismo del máximo beneficio. Por eso, los derechos de cada persona y de la sociedad (de nuestras comunidades) van unidos a los deberes ecológicos. Tenemos que estar atentos en estos temas, pues hoy tenemos medios suficientes como para esquilmar a la naturaleza hasta la extinción.

Si algo deja en evidencia la Declaración de los Obispos ecuatorianos sobre la necesidad de cuidar nuestro planeta es precisamente la ambigüedad de las políticas y de las campañas ecológicas. Fácilmente se confunde propaganda con socialización. Los gobiernos y las transnacionales fácilmente obvían la obligación social que tienen de informar sobre los beneficios y los perjuicios de las explotaciones mineras, la obligación moral de hacer las consultas previas a las comunidades implicadas, los riesgos que corren el agua, el ecosistema, el equilibrio ambiental, etc. Y es que, por encima del bien común, prevalece el inmediatismo de las políticas extractivistas.

El tema es más profundo. Por un lado, está el antropocentrismo moderno, propio de la civilización occidental, que mira a la naturaleza como un entorno absolutamente manipulable. Sobre el mandato bíblico de cuidar el edén, prevalece el interés comercial de la explotación. Por otro lado, en base a este planteamiento, está todo el tema legislativo, manipulado en función de los intereses del mercado. ¿Se dan cuenta que en el caso de nuestro país, primero se legisla la ley minera y después la ley de aguas y de tierras? Las políticas están definidas, las concesiones están otorgadas, sin haber definido el valor y uso de la tierra y del agua.

Si algo queda claro en nuestra mentalidad cristiana es que la relación del ser humano con la creación tiene que ser una relación ética. El hombre tiene con el mundo una obligación de solidaridad. De hecho, en el Génesis (1,26-28) hay un proyecto solidario del creador que un cristiano no puede ignorar. Cuando el ser humano atropella la creación, se destruye a sí mismo. Es más, nuestro derecho a la vida tendrá vigencia mientras respetemos los derechos e la tierra.

Termino estas reflexiones sobre la espiritualidad desde la vocación y desde el compromiso cristiano afirmando el valor de la esperanza y de una Iglesia esperanzada, capaz de sembrar esperanza en el corazón de nuestro pueblo.

A pesar de que la historia siempre produce utopías, pareciera que los ideales históricos, pasada una determinada época, van cayendo… y que se va imponiendo cada día más el realismo tanto en lo económico cuanto en lo político. Hoy el pueblo (pienso especialmente en los jóvenes) corre el gran riesgo de quedarse sin referencias utópicas.

Utopía y esperanza cristiana tienen mucho en común. Obedecen a una insatisfacción y apuntan hacia un futuro mejor. La buena noticia de Jesús nos da un impulso radical y definitivo a favor del hombre, impidiendo que este se acomode a falsas seguridades. Tenemos que luchar por el Reino de amor, de justicia, de paz y de verdad. Pero, recuerden que estos grandes

valores no se dan sino en un tejido social ambiguo. La esperanza nos exige un compromiso solidario a favor de la justicia, a favor del hombre y del mundo. Esto nos pide a todos:

  • Orar por el hombre, por el mundo y su historia;

  • Trabajar a favor de la justicia y de la equidad;

  • Cuidar nuestras relaciones interpersonales pero, también, con la tierra que nos acoge.

Algún día veremos el rostro del Señor. Ahora nos toca cuidar su imagen.

+Julio Parrilla Díaz.

Obispo de Loja.

Presidente de la CEPAS.

ANEXO.-
LA PARABOLA DEL BUEN SAMARITANO. Lc. 10, 25-37.

Lo primero que hay que decir es que estamos en el corazón del evangelio de Lucas, evangelio de la misericordia de Dios. Jesús nos salva no desde el poder o desde el tener sino desde la misericordia (recuerden lo dicho sobre la compasión como capacidad de ponerse en el lugar del otro y de sufrir con él). Es esto algo que descubrimos de forma excelente en dos narraciones del evangelio de Lucas. Son dos narraciones que provocan el encuentro con el Señor de la misericordia. Me refiero a la parábola del buen samaritano (10, 25-37: Nos encontramos con Jesús cada vez que nos acercamos al dolor de los hermanos) y a la narración de los discípulos de Emaús (24,13-35: Encontramos al Señor a la luz de la Palabra, de la Eucaristía, de la Comunidad). Ambos textos mantienen una fuerte tensión o complementariedad. Emaús será para otra ocasión. Por ahora vamos con el samaritano…


  1. Situación de la parábola en el conjunto del evangelio.


Estamos en pleno viaje de Jesús desde Cafarnaúm a Jerusalén. Jesús pretende darnos una enseñanza. Quiere ayudarnos a descubrir quién es nuestro prójimo y cómo debemos de ubicarnos ante él.
La narración va precedida de una discusión entre Jesús y un maestro de la Ley. El maestro, tal vez queriendo lucirse pregunta a Jesús: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Jesús le dirá que el único camino es la práctica de la misericordia.
Fíjense en algo muy importante: si observan bien se darán cuenta de que la parábola está rodeada de textos referidos a la oración: “Rogad pues al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (10,2); la narración de Marta y María (10,38-42); el Padrenuestro (11,1-4). Hay aquí ya una primera lección. Para descubrir al prójimo y ver a Jesús en el que sufre, es necesaria una vida de oración. Hay que acostumbrarse a ver la realidad con los ojos de Dios. Orar no es recitar, es más bien arriesgar el corazón y la vida.


  1. Lectura del texto.


“En esto se levantó un jurista y le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. El le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley?”. El jurista contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”. El le dijo: “Bien contestado, Haz eso y tendrás vida”.

Pero el otro, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”.

Jesús le contestó:

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y lo asaltaron unos bandidos, lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto. Coincidió que bajaba un sacerdote por aquel camino. Al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de viaje, llegó a donde estaba el hombre y, al verlo, sintió misericordia, se acercó a él y le vendó las heridas, echándoles aceite y vino. Luego lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente tomó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta”.”¿Qué te parece? ¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”.

El letrado contestó: “El que tuvo misericordia de él”.

Jesús le dijo: “Pues anda, haz tú lo mismo”.


  1. Elementos del texto.




  1. Jericó.-

La ciudad de Jericó estaba situada en una zona fronteriza. Sin duda, había una guarnición militar, un puesto de aduanas, un cierto comercio, vías de comunicación,… Era una ciudad cosmopolita y bastante secularizada, una ciudad de diversión.


  1. Los bandidos.-

El camino de Jerusalén a Jericó era inseguro. Zona desértica, llena de cuevas, al camino se le llamaba “el camino de la muerte”. A pesar de eso era un camino necesario para ir a la Ciudad Santa, frecuentado por caravanas, propicio para la existencia de salteadores.

La dependencia de Roma (por medio de los tributos) creaba empobrecimiento entre los desheredados. Muchas personas sólo tenían como salida echarse y al monte y buscarse la vida. Como suele ocurrir había connivencia entre salteadores y guardias y, por tanto, tolerancia.

Este mal no sólo dependía de los buenos o malos sentimientos de los bandidos, sino de una forma de estructurar la vida: injusticia, desgobierno, tolerancia, connivencia,…


  1. El sacerdote.-

En nuestra Iglesia, por planteamiento, un sacerdote lo es por vocación. En el seminario discierne su vocación durante años. En tiempos de Jesús, un hombre era sacerdote, no por vocación, sino por nacimiento. Los sacerdotes pertenecían a la tribu de Leví y descendían de la familia de Aaron. Servían en el Templo (según su turno) y, en su pueblo de origen, desarrollaban una función de docencia y de consejo.

Para poder participar en la liturgia del Templo de Jerusalén se requería un elevado estado de pureza exterior. Por eso, antes de oficiar, los sacerdotes no podían haber tocado sangre, ni haber tenido contacto con enfermos o muertos. Había severas reglas o normas de pureza: lavarse constantemente las manos, lavar ollas y utensilios, mantener la vista baja, etc.

En el texto, la actitud del sacerdote se refleja en dos expresiones: “…al verlo, dio un rodeo y pasó de largo”.
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