Las muertes de los Pendragon






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G. K. Chesterton

Relatos

Las muertes de los Pendragon 3

El dios de los Gongs 16

La ausencia del señor Glass 26

La ensalada del Coronel Cray 36

El jardín secreto 45

La tienda de los fantasmas 59

El hombre invisible 62

Una anécdota más bien improbable 73

Los tres jinetes del Apocalipsis 76

Como hallé al superhombre 85



Las muertes de los Pendragon


El padre Brown no se sentía con ánimo aventurero. Recientemente había enfermado por exceso de trabajo y cuando empezó a recuperarse, su amigo Flambeau lo había llevado a hacer un crucero en un pequeño yate con Sir Cecil Fanshaw, un joven hacendado de Cornualles y un apasionado admirador de las bellas costas de su región. Pero el padre Brown aún estaba bastante flojo y no era un gran marinero. Y aunque no era del tipo de hombre que se queja o se deja hundir, su ánimo no daba más que para la paciencia y la buena educación. Cuando los otros dos hombres elogiaban el rasgado crepúsculo violeta o los ásperos riscos volcánicos, se limitaba a darles la razón. Cuando Flambeau señalaba una roca con forma de dragón, él miraba y le parecía que era igual a un dragón.

Cuando Fanshaw, más entusiasmado, indicaba una roca semejante a Merlín, él la miraba y asentía. Cuando Flambeau preguntaba si esa entrada rocosa en el retorcido curso del río no parecía la puerta del país de las hadas, él decía: «sí». Oía los comentarios más importantes y los más triviales con la misma e insípida concentración.

Oyó que la costa era mortalmente peligrosa salvo para los más expertos marineros, oyó también que el gato del barco estaba dormido. Oyó que Fanshaw no podía encontrar su boquilla en ninguna parte, oyó también cómo el piloto recitaba el conjuro «Con los dos ojos bien abiertos, el barco está a salvo; con un ojo cerrado, se hunde». Oyó cómo Flambeau decía a Fanshaw que eso sin duda quería decir que el piloto debía mantenerse con los ojos abiertos, bien alerta. Y oyó a Fanshaw explicando a Flambeau que, por raro que pareciera, no quería decir eso: quería decir que mientras vieran las dos luces de la costa, una próxima y la otra lejana, exactamente alineadas, estaban en el buen camino por el canal; pero que si una luz ocultaba a la otra, iban a encallar. Oyó añadir a Fanshaw que su país estaba lleno de fábulas y giros lingüísticos de lo más pintoresco. Era la patria misma de la aventura romántica; incluso puso a esta zona de Cornualles por encima de Devonshire, como pretendiente a los laureles del arte marinero isabelino. Según él, en estas calas e isletas había habido capitanes comparados con los cuales Drake había sido prácticamente un hombre de secano. Oyó reírse a Flambeau y preguntar si, quizás, el audaz título de «Rumbo al oeste» sólo significaba que todos los habitantes de Devonshire deseaban vivir en Cornualles. Oyó a Fanshaw decir que no había motivos para gastar bromas tan tontas, que no sólo los capitanes de Cornualles habían sido héroes, sino que seguían siéndolo: cerca del lugar donde estaban había un viejo almirante, ya retirado, marcado por emocionantes viajes llenos de aventuras. En su juventud había descubierto el último grupo de ocho islas del Pacífico que se añadió al mapamundi. Cecil Fanshaw era la encarnación viva del tipo de persona que generalmente impulsa esa clase de entusiasmos elementales pero agradables. Era muy joven, de pelo claro, tez sonrosada, y actitud vehemente. Una mezcla de temperamento de muchacho desafiante con una delicadeza física casi femenina. Flambeau, con sus anchos hombros, cejas negras y negro contoneo de mosquetero, era su opuesto.

Brown oía y veía todas estas trivialidades. Pero las oía como un hombre fatigado oye una melodía en el traqueteo del tren y las veía como un hombre enfermo ve los motivos ornamentales en el papel de las paredes de su habitación. Nadie puede calcular los cambios de humor en la convalecencia, pero la depresión del padre Brown debía de tener mucho que ver con su mera falta de familiaridad con el mar, porque a medida que la desembocadura del río se estrechaba como el cuello de una botella y las aguas se encalmaban y el aire se templaba y se volvía más de la tierra, empezó a despertarse y a fijarse en las cosas como un bebé. Era el momento, justo después de la puesta del sol, en que el aire y el agua brillaban, pero la tierra y todo lo que en ella crecía parecían, en contraste, negros. Sin embargo, en ese atardecer concreto había algo excepcional. Era una de esas infrecuentes atmósferas en las que parece que se hubiera eliminado un cristal ahumado entre nosotros y la naturaleza, de manera que hasta los colores oscuros resultaban más brillantes que los colores vivos en días más nublados. La tierra pisoteada de las riberas y las manchas de turba en las lagunas no resultaban opacas sino que parecían de un ocre luminoso y los oscuros bosques que se agitaban bajo la brisa no parecían, como de costumbre, de un azul difuminado por su propia espesura o distancia sino que eran una masa confusa de una floración de vivo color violeta. Esta mágica nitidez e intensidad en los colores hizo aún mayor efecto en los sentidos de Brown, que se despertaban lentamente, debido a algo romántico e incluso secreto que había en la forma misma del paisaje.

El río era todavía lo bastante ancho y profundo como para un barco de recreo tan pequeño como el de ellos, pero las curvas del terreno sugerían que se iba estrechando en ambas riberas; los bosques parecían tratar débil e indecisamente de convertirse en puentes, como si el barco pasara de la aventura de un valle a la aventura de un túnel. Más allá del mero aspecto de las cosas poco había que pudiera alimentar la fantasía cada vez más despierta de Brown. No había más personas que unos cuantos gitanos qué caminaban por la ribera del río, con haces de ramas y mimbres cortados en el bosque; y una visión, ya no inconvencional pero todavía infrecuente en regiones tan remotas: una dama de cabellos oscuros, sin sombrero, remando sola en una canoa. Si el padre Brown prestó la menor atención a cualquiera de estas apariciones, lo cierto es que las olvidó nada más tomar la siguiente curva del río que les ofreció un objeto singular. El agua parecía ensancharse y partirse, hendida por la cuña oscura de una isleta pisciforme y boscosa. A la velocidad a la que navegaban, la isleta parecía nadar hacia ellos como un barco: un barco con una proa muy alta. En efecto, en la punta más próxima a ellos se levantaba una construcción de extraño aspecto, que no se parecía a nada que pudieran recordar o relacionar con algún propósito. No era particularmente alta, pero era demasiado alta, en relación con su anchura, para ser llamada otra cosa que no fuera una torre. Sin embargo, parecía estar hecha toda de madera, de la forma más excéntrica y desigual. Algunas de las tablas y vigas eran de roble envejecido de excelente calidad; otras, de madera tosca y recién cortada; otras eran de pino blanco y otras muchas más del mismo tipo de madera pintada de negro con alquitrán. Estas vigas negras estaban colocadas torcidas o atravesadas en los ángulos más absurdos, dando al conjunto una apariencia irregular y chocante. Había una o dos ventanas, que parecían haber sido coloreadas y emplomadas según un estilo anticuado pero más elaborado. Los viajeros lo contemplaron con esa sensación de desconcierto que tenemos cuando algo nos recuerda a algo y, sin embargo, estamos seguros de que se trata de algo completamente diferente.

El padre Brown, incluso cuando estaba perplejo, era muy capaz de analizar inteligentemente su propia perplejidad. Y se encontró reflexionando que lo extraño parecía consistir en una forma concreta construida con un material inadecuado, como si uno viera un sombrero de copa hecho de hojalata o una levita hecha con tela escocesa a cuadros. Estaba seguro de haber visto maderas de diferentes colores dispuestas de esa manera en alguna parte, pero nunca en tales dimensiones arquitectónicas. Un instante después vislumbró entre los oscuros árboles algo que le explicó todo lo que quería saber. Se echó a reír. A través de un hueco en el follaje apareció durante un momento una de esas viejas casas de madera, con la fachada cubierta de vigas negras, que todavía se encuentran aquí y allá en Inglaterra, pero que la mayoría de nosotros sólo ve imitadas en espectáculos que llevan por título «El viejo Londres» o «La Inglaterra de Shakespeare». Se mantuvo visible sólo lo bastante como para que el cura viera que, por anticuada que fuera, se trataba de una casa de campo cómoda y cuidada, con macizos de flores en la parte delantera. No tenía ningún parecido con la moteada y absurda torre, que parecía estar hecha con los restos de la casa.

—¿Qué diablos es eso? —dijo Flambeau, que todavía miraba la torre.

Los ojos de Fanshaw brillaban mientras decía con voz triunfante:

—¡Ah! No han visto ustedes nunca un lugar como éste, estoy seguro. Por eso los he traído aquí, amigo mío. Ahora verán ustedes si he exagerado sobre los marineros de Cornualles. Este lugar pertenece al viejo Pendragon, a quien llamamos el almirante, aunque se retiró antes de alcanzar esa graduación. El espíritu de Raleigh y de Hawkins es un recuerdo para las gentes de Devonshire, pero es un hecho actual para los Pendragon. Si la reina Isabel resucitara hoy y remontara este río en una barcaza dorada, sería recibida por el almirante en una casa exactamente igual a las que estaba acostumbrada, desde cada rincón y ventana, hasta cada panel en las paredes o la vajilla en la mesa. Y encontraría a un capitán inglés hablando aún vehementemente de nuevas tierras que se podían encontrar con barcos pequeños, igual que si hubiera cenado con Drake.

—Encontraría una cosa bien rara en el jardín —dijo el padre Brown— que no habría complacido a sus ojos renacentistas. La arquitectura doméstica isabelina es encantadora en su estilo, pero no está en su naturaleza manifestarse en forma de torres.

—Y, sin embargo —respondió Fanshaw—, ésa es la parte más romántica e isabelina del asunto. Fue construida por los Pendragon en plena guerra contra España. Y aunque ha necesitado ser reparada e incluso reconstruida por otra razón, siempre se ha respetado la concepción original. La tradición dice que la esposa de sir Peter Pendragon la construyó en este lugar y de la altura que tiene porque desde lo alto se puede divisar la revuelta que toman los navíos para entrar en la desembocadura del río y ella deseaba ser la primera en ver el barco de su marido cuando regresaba de la guerra contra España.

—¿Por qué otra razón —preguntó el padre Brown— dice usted que fue reconstruida?

—Ah, ésa es una historia también muy extraña —respondió con regodeo el joven caballero—. Están ustedes verdaderamente en una región de historias extrañas. Es la tierra del rey Arturo y de Merlín y las hadas antes que él. La leyenda dice que sir Peter Pendragon, quien, mucho me temo, tenía algunos de los defectos de los piratas, así como las virtudes del hombre de mar, traía a casa a tres caballeros españoles, en calidad de honorables cautivos, con la intención de escoltarlos hasta la corte de Isabel. Pero era un hombre de temperamento exaltado y feroz y tuvo una disputa verbal con uno de ellos, en el curso de la cual lo cogió por el cuello y lo tiró, accidental o deliberadamente, al mar. Un segundo español, hermano del primero, desenvainó en el acto su espada y se lanzó contra Pendragon y tras una corta pero encarnizada pelea, en la que ambos recibieron tres heridas en otros tantos minutos, Pendragon atravesó al español con su espada y se deshizo de él. Para entonces el barco había entrado ya en la desembocadura del río y estaba cerca de aguas menos profundas. El tercer español se lanzó por la borda, se dirigió a la costa y pronto estuvo lo bastante cerca de ella como para caminar con el agua por la cintura. Y volviéndose hacia el barco, levantó ambos brazos al cielo, como un profeta invocando la llegada de una plaga para castigo de una ciudad malvada. Increpó a Pendragon con voz penetrante y terrible, diciendo que él al menos estaba todavía vivo, que seguiría viviendo, que viviría para siempre y que generación tras generación la casa de Pendragon no lo volvería a ver ni a él ni a los suyos, pero que sabrían por ciertos signos que él y su venganza seguían vivos. Dicho esto, se zambulló bajo la corriente y o bien se ahogó o bien nadó tanto rato bajo el agua que nadie volvió a verlo nunca más.

—Ahí vuelve la joven de la canoa —dijo Flambeau sin venir a cuento (las jóvenes hermosas siempre lo apartaban de cualquier otro tema)—. Parece inquietarle la extraña torre tanto como a nosotros.

En efecto, la joven morena dejaba que su canoa flotase lentamente y pasó silenciosamente la extraña isleta, mientras miraba fijamente a la insólita torre, con una fuerte expresión de curiosidad en su rostro ovalado y cetrino.

—Déjese usted de jóvenes —dijo Fanshaw con impaciencia—. Hay muchas en todas partes, pero no hay muchas cosas como la torre de Pendragon. Como puede usted suponer fácilmente, la maldición del español suscitó una buena cantidad de supersticiones y escándalos. Y, sin duda, como ustedes dirían, cualquier accidente que ocurriera a esta familia se relacionaría con ella, gracias a la credulidad rural. Pero es absolutamente cierto que esta torre se ha incendiado dos o tres veces y la familia no puede ser considerada afortunada, ya que más de dos parientes próximos del almirante, según creo, han muerto en naufragios. Y uno, por lo menos, según me consta, prácticamente en el mismo sitio en el que sir Peter lanzó por la borda al español.

—¡Qué lástima! —exclamó Flambeau—. Se va la joven.

—¿Cuándo le contó a usted la historia de su familia su amigo el almirante? —preguntó el padre Brown, mientras la muchacha de la canoa se alejaba remando, sin mostrar la menor intención de interesarse por el yate, que Fanshaw había anclado junto a la isla.

—Hace muchos años —replicó Fanshaw—. Hace ya bastante tiempo que no se hace a la mar, aunque le gusta tanto como siempre. Creo que hay un acuerdo familiar o algo así. Bueno, aquí está el desembarcadero. Vayamos a tierra a ver al viejo almirante.

Lo siguieron isla adentro, justo bajo la torre, y el padre Brown, bien debido al mero contacto con la tierra firme, bien por el interés de algo que había en la otra orilla del río y que contempló fijamente durante unos segundos, parecía haber recuperado notablemente su vitalidad. Entraron en una avenida boscosa entre dos barreras de arbustos delgados y grisáceos, del tipo que a menudo cercan los parques o los jardines y por encima de las cuales se veían árboles oscuros que se agitaban como plumas negras y purpúreas sobre el ataúd de un gigante. La torre, que habían dejado atrás, parecía aún más extraña, porque ese tipo de avenidas suelen estar flanqueadas en la entrada por dos torres; y la asimetría se hacía notar. Por lo demás, la avenida tenía el aspecto habitual de los accesos a la propiedad de un caballero. Y al ser tan curva, no permitía ver la casa en ese momento, por lo que parecía un bosque mucho mayor de lo que era en realidad, dadas las dimensiones de la isla. El padre Brown, fatigado aún, tendía un poco a imaginar cosas raras, porque por un instante le pareció que todo el lugar crecía, como en una pesadilla. En cualquier caso, la única característica de su marcha era una monotonía mística, hasta que Fanshaw se detuvo de repente, señalando a algo que sobresalía del seto gris, algo que, a primera vista, parecía el cuerno prisionero de alguna fiera. Al mirarlo con más atención, se dieron cuenta de que era una hoja de metal, ligeramente curva, que brillaba débilmente a la luz cada vez más tenue del crepúsculo.

Flambeau, que, como todos los franceses, había sido un soldado, se inclinó sobre ella y dijo con voz sorprendida:

—¡Pero si es un sable! Me parece que sé de qué clase, pesado y curvo, pero más corto que los de caballería. Solían usarlos en artillería y...

Se interrumpió al ver que la hoja desaparecía de la ranura que había hecho y reaparecía con un golpe más fuerte, rasgando el seto fisiparo hasta el suelo, con un ruido desgarrador. Luego volvió a desaparecer, brilló sobre el seto unos pies más allá y volvió a rajarlo hasta la mitad de un solo golpe. Y después de revolverse un poco para salir de él, mientras se oían maldiciones en la oscuridad, volvió a rajarlo hasta el suelo de un segundo golpe. Luego un empujón de fuerza brutal tiró al suelo el cuadrado entero de ramas delgadas, que cayó sobre el camino y quedó un amplio y oscuro hueco de maleza en el seto.

Fanshaw escudriñó el oscuro hueco y lanzó una exclamación de asombro:

—¡Mi querido almirante! ¿Se dedica usted a... a cortar una nueva puerta cada vez que quiere dar un paseo?

La voz en la penumbra lanzó otro juramento y luego se oyó una risa jovial.

—No —se oyó responder—. La verdad es que tenía que cortar este seto como fuera, estaba estropeando todas las plantas y nadie más puede hacerlo. Pero cortaré sólo un trocito más de puerta y luego saldré para darles la bienvenida.

Y en efecto, levantó su arma una vez más y de dos tajos dejó caer otro trozo similar de seto, con lo que el hueco tenía una anchura total de unos catorce pies. Luego atravesó esta puerta forestal y salió a la luz del atardecer, con un trozo de madera gris adherido a la hoja de la espada.

A primera vista, el personaje cumplía todos los requisitos de la fábula de Fanshaw sobre un viejo almirante pirata, aunque después los detalles parecían descomponerse en accidentes. Por ejemplo, llevaba un sombrero de ala ancha para protegerse del sol, pero la parte delantera estaba levantada, formando lateralmente dos picos que le llegaban más abajo de las orejas, de modo que parecía una media luna, como el viejo tricornio de Nelson. Llevaba una chaqueta azul oscuro corriente, sin nada especial respecto de los botones, pero combinada con los pantalones de lino blanco, tenía un cierto aire marinero. Era alto y destartalado y caminaba con una especie de balanceo, que no era el de los marineros, pero lo recordaba vagamente. Y llevaba en la mano un sable corto, que era como un machete marinero, aunque dos veces más grande. Bajo el puente del sombrero, su rostro aguileño parecía ansioso, sobre todo porque iba completamente afeitado y no tenía cejas. Parecía casi como si todo el pelo hubiera desaparecido de la cara a fuerza de hacerle atravesar una multitud de elementos. Tenía ojos saltones y escrutadores. Su tez era de un color curiosamente atractivo, en parte tropical, que recordaba vagamente a las naranjas sanguinas. Es decir, que aunque era saludable y sonrosado, había un tono amarillento que no daba la impresión de enfermedad, sino que más bien relucía como las doradas manzanas de las Hespérides. El padre Brown pensó que nunca había visto una figura más representativa de todas las leyendas de aventuras sobre los países del sol.

Cuando Fanshaw hubo presentado a sus dos amigos a su anfitrión, volvió a burlarse amistosamente de éste por el destrozo del seto y su aparente furia, manifestada en la sarta de juramentos que había soltado. El almirante, al principio, le quitó importancia al asunto, tratándolo como un trabajo de jardinería necesario y fastidioso, pero finalmente, en su voz risueña, volvió a aparecer una nota de energía y exclamó con una mezcla de impaciencia y buen humor.

—Bueno, quizás lo hago con demasiada furia y siento un cierto placer en romper cualquier cosa. También lo sentiría usted si su único placer fuera navegar para encontrar nuevas islas Caníbal y tuviera que limitarse a permanecer en esta laguna rústica con sus rocas fangosas. Cuando recuerdo cómo he llegado a cortar milla y media de jungla verde y venenosa con un viejo alfanje mucho menos afilado que éste y cuando recuerdo que me tengo que quedar aquí y cortar esa madera de cerillas todo debido a un viejo y maldito pacto garrapateado en una Biblia familiar, entonces...

Levantó de nuevo el pesado acero. Y esta vez rajó de un solo golpe el seto de madera de arriba abajo.

—Así es como me siento —dijo riéndose, pero lanzando con furia la espada a varias yardas de distancia camino abajo—. Y ahora vayamos a la casa. Tienen ustedes que cenar algo.

El semicírculo de césped que había delante de la casa estaba adornado con tres macizos circulares de flores, uno de tulipanes rojos, otro de tulipanes amarillos y el tercero de unas flores blancas, que parecían de cera, que los visitantes no conocían y suponían exóticas. Un jardinero robusto, peludo y de aire hosco estaba colgando una pesada manga de riego. Los extremos del sol poniente que parecían enredarse en los extremos de la casa permitían entrever aquí y allá los colores de otros macizos más alejados y en una zona sin árboles que había en un costado de la casa dando al río se levantaba un trípode metálico de gran tamaño que sostenía un telescopio de bronce de gran tamaño. Justo fuera de los escalones del porche había una mesita de jardín pintada de verde, como si alguien acabara de tomar el té en ella. La entrada estaba flanqueada por dos de esas moles de piedra medio informes, con agujeros a modo de ojos, que dicen que son ídolos de los mares del Sur. Y en la viga de roble oscuro que atravesaba el dintel había labradas unas formas confusas que tenían casi el mismo y bárbaro aspecto.

Al ir a entrar en la casa, el pequeño clérigo saltó a la mesa y desde ella estudió con toda tranquilidad a través de sus anteojos las molduras de la viga.

El almirante Pendragon parecía atónito, aunque no especialmente fastidiado, mientras que Fanshaw estaba tan divertido con lo que parecía un pigmeo actuando sobre su pequeño escenario que no pudo dominar la risa. Pero el padre Brown no se daba cuenta ni dé la risa ni del asombro.

Se dedicaba a observar tres símbolos labrados en la madera, los cuales, aunque muy desgastados y oscuros, parecían tener algún sentido para él. El primero parecía ser el trazado de una torre u otro edificio, coronado con algo que parecía una guirnalda rizada. El segundo estaba más claro: una vieja galera isabelina, con olas muy decorativas bajo ella, pero cortada en el medio por una curiosa roca dentada, que o bien era una falla de la madera o bien una representación convencional del agua que entraba en el navío. El tercero representaba la parte superior de una figura humana, terminando con una línea festoneada como las olas; el rostro estaba borroso, sin rasgos, y ambos brazos aparecían rígidos y levantados al aire.

—Bien —murmuró parpadeando el padre Brown—, aquí está, bien clara, la leyenda del español. Aquí está con los brazos levantados, lanzando su maldición en el mar. Y aquí están las dos maldiciones: el barco naufragado y el incendio de la torre de Pendragon.

Pendragon sacudió la cabeza con cierto aire de venerable diversión y dijo:

—¿Y cuántas otras cosas podría ser? ¿No sabe usted que esa especie de medio hombre, como un medio león o un medio ciervo es muy común en la heráldica? ¿No podría ser esa línea que atraviesa el barco una de esas rayas parti-per-pale, en zigzag, creo que lo llaman? Y aunque la tercera figura no es tan heráldica, sería más heráldico imaginar una torre coronada de laurel que incendiada, y eso es lo que parece.

—Pero parece bastante extraño —dijo Flambeau— que confirme tan exactamente la vieja leyenda.

—Ah —replicó el escéptico navegante—, pero usted no sabe hasta qué punto la vieja leyenda puede haberse forjado a partir de esas viejas figuras. Además, no es la única leyenda antigua. Fanshaw, que es aficionado a esas cosas, podrá decirle a usted que hay otras versiones de la historia y mucho más horribles. Una historia atribuye a mi infortunado antepasado el mérito de haber cortado en dos al español; y eso encajaría también en el cuadro. Otra concede generosamente a nuestra familia la posesión de una torre llena de serpientes, lo que explicaría esas cosas serpenteantes que aparecen aquí. Y una tercera teoría supone que la raya torcida sobre el barco es una representación convencional de un rayo. Pero eso sólo, si se examina seriamente, mostraría el poco alcance de estas desdichadas coincidencias.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Fanshaw.

—Da la casualidad —replicó tranquilamente su anfitrión— de que no hubo truenos ni relámpagos en los dos o tres naufragios de los que tengo noticia en nuestra familia.

—¡Oh! —exclamó el padre Brown, y saltó al suelo desde la mesita.

Hubo otro silencio, roto sólo por el murmullo continuo del río; luego Fanshaw dijo con un tono dudoso y algo decepcionado:

—Entonces, ¿usted no cree que haya nada de cierto en las historias acerca de la torre en llamas?

—Están los propios cuentos, desde luego —dijo el almirante encogiéndose de hombros—; y algunos de ellos, no lo niego, se basan en testimonios bastante fiables. Alguien vio un fuego por esta zona, por ejemplo, mientras atravesaba un bosque; algún pastor de ovejas en las tierras altas del interior creyó ver una llama sobre la torre de Pendragon. Bueno, un trozo de barro húmedo como esta maldita isla parece el último lugar en que uno pensara en un incendio.

—¿Qué es ese fuego que hay allá? —preguntó el padre Brown con suave rapidez, señalando a los bosques en la ribera izquierda. Todos se quedaron desconcertados y Fanshaw, más imaginativo, incluso tuvo cierta dificultad para recuperar la calma, al ver una larga y delgada humareda azul que ascendía silenciosamente hacia los últimos resplandores del crepúsculo.

Entonces Pendragon se echó a reír de nuevo desdeñosamente:

—¡Gitanos! —dijo—. Llevan acampados ahí una semana más o menos. Caballeros, necesitan ustedes cenar. —Y dio media vuelta con intención de entrar en la casa.

Pero la vieja actitud supersticiosa aún subsistía en Fanshaw, quien dijo apresuradamente:

—Pero, almirante, ¿qué es ese silbido junto a la isla? Se parece mucho al ruido que hace el fuego.

—Se parece más a lo que es —dijo el almirante riendo y abriendo la marcha—, es sólo una canoa que pasa junto a la isla.

En ese momento, el mayordomo, un hombre delgado vestido de negro, con pelo muy oscuro y un rostro muy alargado y amarillento, apareció en el umbral y le dijo que la cena estaba servida.

El comedor era tan náutico como un camarote, pero correspondía más al estilo moderno que el isabelino capitán. Ciertamente, había tres alfanjes antiguos colgados sobre la chimenea y un apergaminado mapa del siglo XVI con tritones y barquitos diseminados sobre un mar ondulado. Pero esos objetos destacaban menos sobre las blancas paredes que unas vitrinas con pájaros sudamericanos de extraños colores, muy científicamente disecados, conchas fantásticas del Pacífico y varios instrumentos de forma rudimentaria y extraña, como podrían haber usado los salvajes para matar a sus enemigos o para cocinarlos. Pero lo más exótico de todo estaba representado por el hecho de que además del mayordomo, los únicos sirvientes del almirante eran dos negros, curiosamente vestidos con uniformes muy ceñidos de color amarillo. La manía instintiva del sacerdote de analizar sus propias impresiones le dijo que el color y los escuetos y bien cortados faldones de estos bípedos sugerían la palabra «Canario» y gracias a un sencillo juego de palabras los relacionaba con viajes por mares meridionales. Hacia el final de la cena, las ropas amarillas y los negros rostros abandonaron la habitación, quedando sólo las negras ropas y el amarillo rostro del mayordomo.

—Lamento que se tome usted este asunto tan a la ligera —dijo Fanshaw al anfitrión—, porque la verdad es que he traído a estos amigos míos con la idea de que le ayudaran a usted, ya que saben mucho de estas cosas. ¿No cree usted realmente en la historia de la familia?

—No creo en nada —respondió bastante tajantemente Pendragon, mirando con ojos brillantes a un pájaro tropical de color rojo—. Soy un hombre de ciencia.

Ante la sorpresa de Flambeau, el sacerdote, que parecía haberse despertado del todo, recogió la digresión y empezó a hablar de historia natural con su anfitrión con fluidez y un inesperado conocimiento de la materia hasta que sirvieron el postre y los licores y hubo desaparecido el último criado. Luego, sin alterar el tono de voz, dijo:

—Por favor, no lo tome usted como una impertinencia, almirante Pendragon. No pregunto por curiosidad, sino para orientarme y serle útil a usted. ¿Me equivoco al pensar que no le gusta a usted que se hable de esas viejas leyendas en presencia de su mayordomo?

El almirante levantó sus cejas peladas y exclamó:

—Bueno, no sé de dónde lo ha sacado usted, pero la verdad es que no puedo soportar a ese hombre, aunque no tengo pretextos para despedir a un viejo servidor de la familia. Fanshaw, con sus historias fantásticas, diría que mi sangre se altera a la vista de hombres morenos de aspecto español.

Flambeau golpeó la mesa con su pesado puño:

—¡Cáspita! —exclamó—. ¡La joven también tenía pelo negro!

—Espero que todo acabará esta noche —continuó el almirante—, cuando mi sobrino regrese sano y salvo de su barco. Parecen ustedes sorprendidos. No lo entenderán, me parece, a no ser que les cuente la historia. Verán: mi padre tuvo un hijo que se hizo marino como todos nosotros y que heredará la propiedad. Pues bien, mi padre era un hombre extraño, que combinaba en cierta manera las creencias supersticiosas de Fanshaw con una gran dosis de mi propio escepticismo, en continuo conflicto entre ambas tendencias. Y tras mis primeros viajes, se obsesionó con la idea de que probaría de una vez por todas si la maldición era verdadera o una superchería. Si todos los Pendragon navegaban de aquí para allá, pensaba que había demasiadas oportunidades para que ocurrieran catástrofes naturales que nada probarían. Pero si nos hacíamos a la mar uno a uno, en estricto orden de sucesión a la propiedad, pensaba que se podría ver si había un hado que afectaba a la familia como tal. Era una idea tonta, a mi entender, y yo me peleé con mi padre bastante acaloradamente por ello, porque yo era un hombre ambicioso y quedaba en último lugar, al ser yo el heredero de mi propio sobrino.

—Y su padre y su hermano —dijo el cura muy suavemente— murieron en el mar, me temo.

—Sí —gruñó el almirante—, a causa de uno de esos brutales accidentes sobre los que se construyen todas las mitologías de la humanidad, ambos naufragaron. Mi padre, al remontar la costa desde el Atlántico, naufragó contra estas rocas de Cornualles. El barco de mi hermano se hundió, no se sabe dónde, en el viaje de regreso desde Tasmania. No se encontró nunca su cuerpo. Insisto en que se trataba de accidentes perfectamente naturales. Otra mucha gente se ahogó además de los Pendragon y ambos desastres fueron comentados de forma natural por los navegantes. Pero, por supuesto, esos accidentes alentaron las supersticiones y la gente veía la torre incendiada en todas partes. Por eso digo que todo se arreglará cuando Walter regrese. La joven con la que se va a casar iba a venir hoy, pero yo tenía tanto miedo de que un retraso fortuito pudiera asustarla que le telegrafié diciéndole que no viniera hasta tener noticias mías. Pero es prácticamente seguro que llegará esta noche y todo se desvanecerá como el humo, humo de tabaco. Daremos cuenta de esa vieja mentira cuando demos cuenta de una botella de este vino.

—Muy buen vino —dijo el padre Brown, levantando gravemente su copa—, pero, como puede usted ver, soy un pésimo bebedor de vino. Le ruego encarecidamente que me disculpe. —En efecto, había manchado el mantel con una gotita de vino. Bebió y dejó la copa sobre la mesa con rostro impertérrito, pero su mano se había movido con sobresalto en el mismo momento en que se había dado cuenta de que, justo detrás del almirante, había un rostro que miraba por la ventana del jardín, el rostro de una mujer, cetrino, con pelo y ojos meridionales, joven, pero que parecía la máscara de la tragedia.

Tras una pausa, el cura volvió a hablar con su suave tono habitual.

—Almirante —dijo—, ¿me haría usted un favor? Permítame, y a mis amigos si lo desean, pasar la noche en esa torre. Sólo esta noche. ¿Sabe usted que en mis actividades profesionales uno es un exorcista antes que cualquier otra cosa?

Pendragon se puso en pie de un salto y empezó a dar vueltas rápidamente delante de la ventana, de la cual había desaparecido el rostro instantáneamente.

—Pero ya le digo que no hay nada de cierto en eso —exclamó, con tono violento-. Hay una cosa que sí sé sobre este asunto. Puede usted llamarme ateo. Soy ateo. —Se volvió bruscamente y miró al padre Brown con un gesto de concentración que daba miedo—. Este asunto es completamente natural. No existe la maldición.

El padre Brown sonrió:

—En ese caso no puede haber ninguna objeción a que yo duerma en su encantadora casa de verano.

—La idea es completamente ridícula —replicó el almirante, golpeando con los dedos el respaldo de su silla.

—Por favor, perdone mi proceder —dijo el padre Brown con su tono más comprensivo—, incluido el haber derramado el vino. Pero me parece que no está usted tan seguro respecto de la torre incendiada como quiere aparentar.

El almirante Pendragon se sentó de nuevo tan bruscamente como se había levantado. Se quedó muy quieto y cuando volvió a hablar lo hizo en voz más baja.

—Hágalo usted a sus propios riesgos —dijo—, pero ¿no sería usted ateo para lograr mantenerse cuerdo en medio de todas estas historias diabólicas?

Unas tres horas después, Fanshaw, Flambeau y el cura seguían paseando por el jardín a oscuras y los dos primeros empezaron a sospechar que el padre Brown no tenía la menor intención de irse a la cama ni en la torre ni en la casa.

—Me parece que el césped está lleno de malas hierbas —dijo soñadoramente—. Si pudiera encontrar una escarda o algo parecido yo mismo lo limpiaría.

Los otros lo siguieron, medio riendo, medio gruñendo, pero él respondió con la mayor solemnidad, explicándoles con un irritante sermoncillo que uno siempre puede encontrar una ocupación sencilla que resulte útil a los demás. No encontró una escarda, pero sí un viejo escobón hecho de ramas pequeñas, con el cual empezó a barrer enérgicamente las hojas caídas en la hierba.

—Siempre hay alguna cosita que hacer —dijo con boba animación—. Como dice George Herbert, «quien barre el jardín de un almirante en Cornualles, por Tus leyes hace que eso y la acción sean algo hermoso». Y ahora —añadió, arrojando de golpe la escoba—, vamos a regar las flores.

Con los mismos sentimientos encontrados, sus compañeros contemplaron cómo desenrollaba una buena parte de una larga manga de riego, diciendo con aire reflexivo:

—Primero los tulipanes rojos, creo yo. Parecen algo secos, ¿no creen ustedes?

Abrió el grifo de la manguera y el agua saltó en línea recta, tan sólidamente como si fuera una larga cinta de acero.

—Cuidado, Sansón —exclamó Flambeau—. Ha partido usted el tulipán.

El padre Brown miró desconsoladamente la decapitada planta.

—Mi forma de regar parece que es de las que curan o matan —admitió, rascándose la cabeza—. Me imagino que es una pena no haber encontrado una escarda. ¡Tendrían que verme trabajar con la escarda! Hablando de herramientas, ¿tiene ese bastón de estoque que siempre lleva usted, Flambeau? Muy bien. Y sir Cecil podría usar esa espada que el almirante arrojó junto al seto. ¡Qué verde está todo!

—Se está levantando la bruma en el río —dijo el sorprendido Flambeau.

En ese momento apareció la gigantesca figura del peludo jardinero en la parte más elevada del césped, que estaba diseñado en terrazas y surcos, interpelándolos con voz tonante mientras blandía un rastrillo:

—¡Dejen la manga de riego! —gritó—. ¡Dejen la manga y váyanse a...!

—Soy de lo más torpe que existe —replicó el reverendo señor débilmente—. Verá usted, derramé vino en la cena. —Hizo un vacilante movimiento circular de disculpa hacia el jardinero, con la manga de riego en la mano, de la que seguía manando agua. El jardinero recibió un golpe frío de agua en pleno rostro, como si fuera un cañonazo, se tambaleó, se escurrió y cayó al suelo con los pies agitándose al aire.

—¡Qué terrible! —dijo el padre Brown, mirando a su alrededor con una especie de perplejidad—. ¡Pero si he golpeado a un hombre!

Se quedó un momento con la cabeza inclinada hacia delante como si mirara o escuchara algo y luego se dirigió con un leve trote hacia la torre, arrastrando tras él la manga de riego. La torre estaba muy cerca, pero su silueta se distinguía mal, curiosamente.

—La bruma del río a la que usted se refería tiene un olor bien extraño —dijo.

—¡Lo tiene, vive Dios! —exclamó Flambeau, que había palidecido—. Pero no querrá usted decir que...

—Quiero decir —dijo el padre Brown— que una de las predicciones científicas del almirante se cumplirá esta noche. Esta historia terminará convertida en humo.

Mientras pronunciaba estas palabras, se vio estallar una luz de color rosa rojizo de gran belleza, como una rosa gigantesca que hubiera florecido de repente, pero acompañada de un ruido crepitante que se parecía a la risa de los demonios.

—¡ Dios mío! ¿Qué es esto? —exclamó sir Cecil Fanshaw.

—El signo de la torre incendiada —dijo el padre Brown, y orientó el chorro de la manguera hacia el centro de la zona.

—¡Qué suerte que no nos hayamos ido a la cama! —exclamó Fanshaw—. Espero que no alcance a la casa.

—Recuerde usted —dijo en voz baja el cura— que el seto de madera que podría haber propagado el fuego fue cortado.

Flambeau volvió sus asombrados ojos hacia su amigo, pero Fanshaw se limitó a decir con tono bastante ausente:

—Bueno, en cualquier caso, no matará a nadie.

—Esta es una torre bastante curiosa —observó el padre Brown—. Cuando se trata de matar a alguien, siempre mata a gente que está en otra parte.

Al mismo tiempo, la monstruosa figura del jardinero, con la barba chorreando se puso de nuevo en pie sobre la verde cresta de césped, destacando contra el cielo, haciendo gestos de llamada a otras personas: pero ahora no blandía un rastrillo sino un alfanje. Tras él aparecieron los dos negros, llevando también alfanjes procedentes del juego de la casa. Pero en el resplandor rojo sangre, con sus negros rostros y amarillas vestimentas parecían dos demonios portadores de instrumentos de tortura. En el jardín en penumbra tras ellos se oyó una voz distante que daba órdenes cortantes. Cuando el sacerdote oyó la voz, su expresión cambió de una manera terrible.

Pero se mantuvo tranquilo y no apartó los ojos de las llamas que habían empezado por extenderse, pero que ahora parecían disminuir un poco mientras chisporroteaban bajo la larga lanza plateada de agua. Mantuvo el dedo en la boca de la manguera para orientar la dirección del chorro y no se ocupó de ninguna otra cosa, enterándose sólo por el ruido y por el semiinconsciente rabillo del ojo de los emocionantes incidentes que empezaron a sucederse en el jardín de la isla. Dio dos breves instrucciones a sus amigos. Una fue la siguiente: «Reduzcan ustedes como puedan a esos tipos y átenlos, sean quienes sean. Hay cuerda ahí junto a esas gavillas. Quieren quitarme mi estupenda manguera». La otra fue: «En cuanto puedan, llamen a la muchacha de la canoa. Está en la otra orilla con los gitanos. Pregúntenle si pueden conseguir unos cubos y pasarlos aquí, con agua del río». Luego se calló y continuó regando la roja flor nueva tan implacablemente como había regado el tulipán rojo

No volvió ni una sola vez la cabeza para ver la extraña pelea que se produjo entre los enemigos y los amigos del misterioso fuego. Sintió cómo la isla casi se estremecía cuando Flambeau se enfrentó con el gigantesco jardinero; se limitó a imaginar cómo giraría en torno a ellos como un torbellino mientras peleaban. Oyó la ruidosa caída y el suspiro de triunfo de su amigo al correr hacia el primer negro; y los gritos de los dos negros cuando Flambeau y Fanshaw los ataron. La enorme fuerza de Flambeau inclinó claramente la suerte de la pelea a su favor, especialmente porque el cuarto hombre todavía se movía junto a la casa, percibido sólo como una sombra y una voz. Oyó también el agua golpeada por los remos de la canoa, la voz de la muchacha dando órdenes, las voces de los gitanos respondiendo y acercándose, el sonido de succión de los cubos vacíos lanzados a la corriente; y finalmente el sonido de muchos pies en torno al fuego. Pero todo esto le importaba menos que el hecho de que la roja grieta, que en los últimos momentos había vuelto a aumentar, había disminuido ligeramente una vez más.

Luego se oyó un grito que casi le hizo volver la cabeza. Flambeau y Fanshaw, apoyados ahora por algunos de los gitanos, se habían precipitado tras el misterioso hombre que se movía junto a la casa; y oyó desde el otro extremo del jardín el grito de horror y de sorpresa del francés. A su exclamación siguió un aullido que no podía llamarse humano, cuando ese ser logró escaparse de ellos y corrió por el jardín. Por lo menos tres veces recorrió a toda velocidad la isla entera, de una manera tan horrible como la persecución de un loco, gritando espantosamente mientras sus perseguidores trataban de sujetarlo con unas cuerdas, pero en realidad era aún más horrible, porque se parecía en algo a un juego infantil de persecución. Luego, al ver que lo cercaban por todos lados, la extraña figura saltó a una de las partes más altas de la ribera y desapareció de una zambullida en el veloz curso del negro río.

—No pueden ustedes hacer nada más, me temo —dijo Brown con voz fría y dolorida—. Ya se habrá estrellado contra las rocas a estas alturas, donde dio muerte a tantos otros. Sabía cómo usar la leyenda familiar.

—Por favor, no nos hable con parábolas —exclamó impaciente Flambeau—. ¿No puede usted decir las cosas sencillamente, en palabras de una sílaba?

—Sí —respondió Brown sin perder de vista la manguera—: «Con los dos ojos bien abiertos, el barco está a salvo: con un ojo cerrado, se hunde.»

El fuego chisporroteaba y disminuía cada vez más, como estrangulado, haciéndose cada vez más estrecho gracias a la manguera y a los cubos, pero el padre Brown seguía vigilándolo mientras hablaba:

—Pensé en pedir a esta joven, si hubiera amanecido ya, que mirara por ese telescopio hacia la desembocadura del río y al propio río. Podría haber visto algo de sumo interés para ella: la enseña del barco o a Walter Pendragon regresando a casa y quizás incluso la figura del medio hombre, porque aunque es seguro que ahora está a salvo, bien puede haber ganado la costa. Ha estado a punto de sufrir otro naufragio y nunca se habría salvado si la dama no hubiera tenido la inteligencia suficiente para sospechar del telegrama del viejo almirante y hubiera venido para vigilarlo. No hablemos del viejo almirante. No hablemos de nada. Baste decir que cada vez que esta torre, con su resina de pino, se incendiaba, el resplandor en el horizonte parecía siempre la luz gemela del faro costero.

—Y así —dijo Flambeau— es como murieron el padre y el hermano. El malvado tío de las leyendas estuvo a punto de quedarse con la propiedad, después de todo.

El padre Brown no respondió; de hecho, no volvió a despegar los labios salvo para comentarios corteses intrascendentes, hasta que todos estuvieron a salvo en torno a una caja de cigarros en el camarote del yate. Se cercioró de que el fuego fallido había sido extinguido y luego se negó a detenerse más en ese sitio, aunque llegó a oír al joven Pendragon, escoltado por una multitud entusiasta, que trepaba por la ribera del río. Si hubiera sentido una curiosidad romántica habría podido recibir el agradecimiento del hombre del barco y de la muchacha de la canoa. Pero la fatiga se había apoderado de él una vez más y sólo hizo un gesto de asombro cuando Flambeau le dijo bruscamente que le había caído ceniza del cigarrillo en los pantalones.

—Eso no es ceniza del cigarro —dijo fatigadamente—. Es del fuego, pero no se han dado ustedes cuenta porque están fumando cigarrillos. Así es como sospeché por primera vez, vagamente, del mapa.

—¿Se refiere usted al mapa de Pendragon de las islas del Pacífico? —preguntó Fanshaw.

—Ustedes pensaron que era un mapa de las islas del Pacífico —respondió Brown—. Coloque usted una pluma, un fósil y un trozo de coral y todo el mundo pensará que se trata de algo exótico. Coloque usted la misma pluma con una cinta y una flor artificial y todo el mundo pensará que es el adorno de un sombrero de señora. Coloque usted la misma pluma junto a un tintero, un libro y una pila de papel de escribir y la mayoría de las personas jurarán que han visto una pluma para escribir. Igualmente, ustedes vieron ese mapa entre pájaros tropicales y conchas marinas y pensaron que era un mapa de las islas del Pacífico. Era el mapa de este río.

—Pero ¿cómo lo sabe usted? —preguntó Fanshaw.

—Vi la roca que usted creía parecida a un dragón y la otra roca que parecía Merlín y...

—Parece haber visto usted un montón de cosas cuando veníamos —exclamó Fanshaw—. Creímos que estaba usted bastante abstraído.

—Estaba mareado —respondió sencillamente el padre Brown—. Me sentía horriblemente mal. Pero el sentirse horriblemente mal no significa que no se vean las cosas. —Y cerró los ojos,

—¿Cree usted que muchos hombres las habrían visto? —preguntó Flambeau.

No obtuvo respuesta. El padre Brown se había dormido.
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