1992 dalia no es solamente una flor






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DALIA NO ES SOLAMENTE

UNA FLOR

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JOSE LUIS BARBADO

1992

imagescaujyr7l.jpgDALIA NO ES SOLAMENTE UNA FLOR

No sé cómo empezar esta historia. Desde el principio tú me dirás. Pero… ¿cuál es el principio?

Recién me doy cuenta lo difícil que es dar comienzo a un relato. Pero empecemos no por el principio sino por el final…

Una nube de polvo blanco grisáceo envolvía el coche. El mismo polvo cubría los verdes cipreses, los matizados ligustros y los álamos amarillentos, ubicados cerca del muro del cementerio del pueblo. Pasamos el portón de hierro de la entrada y el camino volvió a empinarse, luego vino una curva tan pronunciada, que me deslicé junto a mi madre, que me abrazó tiernamente, pensando que necesitaba protección en ese momento, pues sólo tenía 10 años. Al fin, después de pasar por una rotonda, el chofer inclinando su cabeza y mirándonos fijamente, nos gritó con voz chillona: “Ésta es la capilla del cementerio”.

El servicio fúnebre fue algo muy especial para mí. Me sentía muy unido a mi abuela. Sé que la perdía físicamente pero no espiritualmente. No tenía pena, más bien melancolía. Mientras pensaba las historias que me había contado el cura hablaba: “Hay gente que dice que no hay justicia en el mundo, los niños dicen eso, los adultos también. Pero nunca quise creer eso. Creo que cada hoja de un árbol, cada lágrima de un rostro, tiene un fin, un propósito designado. Dios quiso hacer un mundo justo, pero las fuerzas del mal fueron tantas, que tuvo que hacer algo más: hizo gente buena, por eso nos dio a Dalia y hoy parece más injusto el mundo porque no está con nosotros…pero, por sobre todo, ¿no ha compartido Dalia con nosotros todo lo que poseía? Su deseo era que todos los que la rodeábamos fueran tan dichosos como ella. Por esta razón y por muchas otras, su recuerdo quedará siempre vivo entre nosotros”.

Mucho tiempo antes de su muerte, los habitantes del pueblo la consideraban a mi abuela como original y la clasificaban, a su manera simplista, en la categoría de los seres “raros”. La mayoría la veían como una mujer especial que se diferenciaba del común de la gente.

¿Cómo era Dalia? De carácter dulce y muy alegre, fuerte como un roble, bien plantada, de cabellos largos grisáceos y muy rizados que les llegaban, sueltos, por debajo de la cintura y siempre recogidos en un rodete en el medio de su cabeza. Los ojos eran de un color azul muy profundo que, cuando tenía algún pensamiento medio pícaro, se iluminaban como chispitas de fuego. Ni que hablar de su cutis. Verdaderamente resplandeciente. Hablaba siempre de sus ancestros monárquicos en el Principado de Asturias. Decía que era descendiente del Rey Pelayo. Recuerdo que en sus últimos años de vida, se enorgullecía con más frecuencia de esto, como aquellos que invocan la sangre azul para compensar las desilusiones de su existencia. Y por cierto que este no era el caso de Dalia. Mi abuela no merecía compasión. Podría contar varias historias, que en este momento no viene al caso, pero que podrían dar fe de tal aseveración. Ella decía, que al principio de su vida, cuando era joven, se arreglaba de alguna manera para arrancar a la vida lo que deseaba. Yo creo que era por su espíritu juvenil y su gran imaginación que le permitía la ilusión de alcanzar lo que quería.

Todo lo que la rodeaba despertaba en ella una exaltación extraña. Pienso que sería por su naturaleza un poco salvaje e inquieta que no conocía la monotonía de la placidez mental.

Su mente siempre estaba en actividad y nunca conforme. Su humor la llevaba o bien a cantar durante todo el día y parte de la noche las canciones más variadas o entraba en trance de meditación, vaya uno a saber por cuales pensamientos.

Me preguntas ¿Cómo y cuándo me enteré de su muerte?

Te cuento. Paso algo sumamente particular. El día anterior a su muerte me había mandado a llamar a su habitación. Me quería decir algo importante. Hacía aproximadamente como una semana que no se sentía muy bien, pero desechó ver al médico. Confiaba en la medicina natural, en la mezcla de yuyos y brebajes, infalibles para ella, pero difíciles de tomar para el resto de la familia.

Entré a su habitación. Estaba tendida en la cama y junto a ésta había una mesita con una taza de tisana que humeaba. Su habitación era alegre como ella. Empapelada de un color rosa pálido, estaba decorada con una serie de cuadros que representaban paisajes campestres, llenos de flores. No faltaban retratos de familiares y había una pared empapelada con diversas plantas y flores que combinaba con el resto del mobiliario de toda la habitación que se habría podido titular: “festividad para las abejas e insectos”. El efecto resultaba agradable a simple vista, por las proporciones de todos los muebles y demás adornos. El mobiliario no era de un estilo especial sino una suma de estilos y colores de los más variados.

Me pidió que abriera el gran ventanal. Yo obedecí. En ese momento, la habitación se tornó en algo mágico porque la vista desde el ventanal abarcaba todo el valle que rodeaba al pueblo que producía en la habitación una nueva escenografía.

Ella me miró fijamente y me invitó a sentarme sobre su cama. Así lo hice. Me hablo despacio, como pensando cada palabra que decía. Yo la escuchaba no muy atentamente porque mi mente viajaba, como siempre hasta hoy en día, por otros espacios. Me acosté y me acurruqué a su lado. No la miraba, sólo observaba la habitación iluminada por el pálido reflejo del crepúsculo. No sé cuánto tiempo estuve así. Cuando me incliné a verla, estaba profundamente dormida. Fui a buscar una manta y la cubrí. Cerré el ventanal y antes de irme la miré. Mi abuela tenía un aire irreal como un personaje de un relato fantástico, que bruscamente se hubiera vuelto inmaterial y translucido.

Al día siguiente mi madre me avisó de su muerte. Corrí desesperado hasta su habitación. Me aproximé a la cama y quedé como petrificado contemplándola largo tiempo. No había expresión de dolor en su rostro pálido, dulce y tranquilo contrastaba con la masa espléndida de sus cabellos grises. Y yo, que muchas veces me hablo a mismo en voz baja, esta vez sin darme cuenta lo dije a viva voz: “haré lo que me pediste, lo juro”. Mi madre que estaba ahí me miró sorprendida, pero no dijo nada. Ella sabía el lazo de unión que tenía con mi abuela y eso lo respetaba y valoraba. Mientras todo esto ocurría, con mi pequeña mano acariciaba el rostro de mi abuela, que tenía una expresión singular, mística, casi mágica que se extendía por sus facciones. Hasta mi madre, se sintió impresionada.

Así que quieres saber porque me llamó y que me dijo…. fue un secreto.

Espera un poco y verás.

Primero te voy a contar algunas máximas de mi abuela. Ya sabes su nombre…se llamaba Dalia. ¿Sabes por qué le pusieron ese nombre? Porque el padre, mi bisabuelo, era jardinero y a cada uno de sus hijos, que fueron como 9 nueve, les puso nombres de flores: los mellizos Jacinto y Jacinta, Fresia, Margarita, Violeta, Lila, Narciso, Alelí y por último mi abuela Dalia. Por eso ella siguió la tradición y llamó Rosa a mi madre y yo por supuesto me llamo Lino.

MAXIMAS DE DALIA

1º MAXINA: “No hay edad para aprender”

2º MAXIMA: “Busca siempre los buenos ejemplos que te da la vida”

3º MAXIMA: “Amar a la naturaleza es amarse a uno mismo y a la vida”

4ª MAXIMA “Nunca subestimes a nadie pues muchos son mejores que tú”

5ª MAXIMA “Atesora en tu vida siempre los buenos recuerdos”

dibujosdepajarosparaimprimir2.jpg1º MAXINA: “No hay edad para aprender”

¿Te gusta la máxima?

Vuelve a mi memoria y todavía hoy, que soy un hombre hecho y derecho, se me ponen las mejillas coloradas cuando recuerdo aquel día.

Todo comenzó con una invitación de mi abuela a caminar junto a ella tomados de la mano por el pueblo, como tantas veces lo hacíamos. Era una primavera espectacular. Todos los árboles estaban con sus hojas nuevas de colores verdes brillantes y algunas plantas llenas de pimpollos y otras ya florecidas. A pocos pasos se detuvo, levanto una flor que estaba en la vereda, era una rosa matizada de amarillo y rojo, medio marchita, caída del rosal del Viejo Juan, un buen vecino y cartero del pueblo. Colocó la flor enganchada entre sus cabellos y luego me agarró fuertemente de la mano y a pasos más rápidos avanzamos hacia el río y caminamos por la orilla, tirando cada tanto algunas piedritas al agua para ver como hacían remolinos. Ella me observaba en silencio. Estaba sumergida en sus pensamientos.

La tarde era cálida, inmóvil, húmeda, llena del perfume de pasto verde recién cortado, y de tanto en tanto nos deteníamos a la sombra de los grandes plátanos. Yo veía que dos pajaritos nos seguían aleteando de árbol en árbol. No se sería el calor o ese aroma de inicio de la primavera que nos decidió, sin hablarnos, a pedir mentalmente lo mismo, tirarnos en el pasto debajo de un gran jacarandá que estaba rodeado de jazmines y madreselvas.

Me di cuenta que era el lugar que mi abuela Dalia hace tiempo lo consideraba como suyo. Era como si fuera su jardín secreto.

De pronto surgieron entre los arbustos, los pajaritos que nos seguían. Eran dos hermosas calandrias. Se acercaron a picotear las migajas que le ofrecía mi abuela. Y ella empezó de repente a hablar en voz alta, de manera clara y firme, como si un auditorio numeroso la estuviera escuchando y solamente estaba yo con apenas siete años:

“Es triste ver que muchas mujeres y hombres de edad avanzada, y también algunos de mediana edad, dan por concebido que la vida no tiene otro papel que el pasivo de esperar la muerte después de haber pasado por ciertas etapas de la vida. Sé que es verdad que cuando uno es joven todas las energías están puestas en el estudio, luego en el trabajo, después en la pareja y en sus hijos. Pero los años pasan y cuando se termina todo esto, porque ya no te necesitan laboralmente o los hijos se han marchado, surge la otra etapa. Sentimos como un vacío, como una pena en nuestro interior con un final ya anunciado. Muchos se dejan estar y otros recomienzan aquello que no pudieron hacer en su juventud. Lo que se llama materia pendiente. Empieza entonces, el tiempo preciso para dedicarse a algún estudio en particular, tomar aquello que era favorito a la edad escolar, ya sea una ciencia o un arte como la pintura o quizás la música”.

“Los hombres y mujeres que jamás envejecen son los que estudian toda la vida. Aquellos que beben un elixir diariamente para fomentar una eterna juventud. A la vejez, nunca hay que hacerle caso, ni hay que invitarla, nuestra obligación es mantenerla siempre a distancia”.

“Acaso no tenemos ejemplos a seguir: Jorge Eliot1 no tenía 45 años cuando empezó con sus grandes trabajos. Ozilvie2 comenzó el estudio del griego a los 50 años y realizó una excelente traducción de Homero. Galileo3 a los 70 años continuaba sus estudios con celo infatigable. Ni hablar de Miguel Ángel4 que diseñó la reconstrucción de San Pedro a los 61 años y estuvo encargado de la obra hasta los 89 años. Hipócrates5 llegó hasta los 99 años. Lord Broughan6 también. Y sigo la lista de los que murieron teniendo más de 80 años como Montgomery7, el gran poeta, el doctor Franklin8, Issac Newton9, Platón10, Goethe11, Voltaire13….todos estos fueron trabajadores del cerebro y muchos de ellos debieron su larga vida a su actividad mental”.

Después de decir esto, se apoyo en el tronco del árbol, me miro fijamente y -como si estuviera masticando bronca- me dijo: “Que se cree esa necia de la profesora Clorinda. Decirme a mí, justo a mí, que soy muy vieja para aprender a tocar el piano. Si tengo solamente primaverales 78 años….Juro que mañana, volveré a verla, asistiré a todas sus clases, le dirigiré frases halagadoras, le ronronearé como una dulce gatita…y sí, ya verá esa… que yo soy demasiado vieja… ya verá.

Nos pusimos de pie y me abrazó diciéndome: Lino, escucha bien esto: ”no hay edad para aprender”.

Al año de esta confección, mi abuela Dalia daba su primer concierto en el Club Social del pueblo. Fue, por supuesto, un gran éxito.

Importante busca en internet del 1 al 13 quienes fueron estos personajes ilustres

pajaritos vintag 2.jpg2º MAXIMA: “Busca siempre los buenos ejemplos que te da la vida”

Mi abuela Dalia tenía en el fondo de su jardín, una pequeña huerta con algunos frutales. Me acuerdo un día sábado que estábamos juntando algunas ciruelas que habían caído del árbol, las poníamos en una cesta con el fin de hacer compota y jugo. Mientras hacíamos esto yo no paraba de hablar de todo lo que me había pasado en el colegio el día anterior. De pronto me detuve, dejé de hablar y mirando al cielo le dije: “me gustaría ser como una estrella en el cielo”.

Mi abuela me miró, algo sorprendida y me empezó a hablar:”mira Lino, observa detenidamente el cielo. ¿Ves el Sol?, también están los demás astros, como la Luna y las estrellas. De día no se ven pero ahí también están. Brillan por el Universo, no se detienen siguen sin apuro su misión. Ellos se mueven sin prisa, no se excitan ni descansan porque son incapaces de sentir cansancio, no encuentran roce ni resistencia de ninguna clase. En cambio nosotros, estamos constituidos de tal manera que sentimos los estímulos de todo los que nos rodea. Esto nos provoca reacciones en todo lo que nosotros hacemos, algo que en física se llama roce y resistencia lo que tarde o temprano produce cansancio inevitable. El hombre no puede ser como un astro, no está constituido como él. El hombre piensa luego actúa, a veces bien otras veces mal. Puede elegir. El astro no siente nada.

Por eso si deseas tener un modelo en la vida, no tomes una estrella, elige otro elemento de la naturaleza que tengas cambios como el viento.

Siente como el viento fresco del verano corre como ahora. El viento tiene horas de noble energía y otras de perfecta paz. Es más como nosotros. Gracias al viento los molinos extraen agua de las profundidades de la tierra y nos dan energía eléctrica para un sinfín de actividades que dan vida hasta en los lugares más remotos de nuestro planeta. El viento ayudó a que Cristóbal Colón a llegar a América. El adelantado Pedro de Mendoza nombro a la Ciudad de Buenos Aires con el nombre de Santa María del Buen Ayre en honor a la virgen de los marineros de Cerdeña y también a los suaves vientos frescos que corrían en esa época, como en el día de hoy, en el mes de febrero.

Por eso el viento es tan importante, puede ser fuerte hasta devastador en momentos y en otros ser tan suave que ni se nota.

Luego Dalia hizo un silencio y más tarde se rió a carcajadas cuando dije saltando y brincando: “Yo Lino: soy el viento Zonda”

pajaritos vintage 3.jpg3º MAXIMA: “Amar a la naturaleza es amarse a uno mismo y a la vida”

Te voy a contar algo que sucedió cuando Dalia anduvo de viaje por el exterior. En esa época todavía existía el cartero que traía la correspondencia a la casa. En el pueblo estaba el viejo Juan que un personaje exótico, usaba un sobrero tipo militar con un escudo y andaba en su también vieja bicicleta recorriendo todo el pueblo desde el amanecer repartiendo la correspondencia. La bicicleta era tan viejita que la llamaba “la cuaternaria” en honor a su antigüedad. Tenía un timbre con sonido a campana de iglesia, que se escuchaba a varias cuadras a la redonda. Así que cuando esto ocurría, sabía que debería bajar corriendo las escaleras de mi casa para ser el primero en llegar a la puerta a recibirlo. Después, yo llevaba la correspondencia a mis padres, por supuesto, a cada uno por separado.

Un día había una carta para mí, con el sello de El Cairo, Egipto, con letra que me era desconocida. Cuando leí el remitente era de mi abuela. Me di cuenta, mientras rasgaba el sobre para sacar su contenido, que nunca había visto a mis 8 años de edad, la letra de Dalia.

La carta decía: “Mi querido pimpollito (aclaro que este sobrenombre sólo me lo decía mi abuela) muchas gracias por tu cartita y las firmas de Mumy y de Manuelita” (aclaro también que Mumy era mi gato. No me olvidaré el arañazo que me dio cuando le puse la pata en el tintero y Manuelita mi tortuga que guarda, después de haber pasado tantos años, rastros de tinta es sus patas).

“En estos momentos salimos de El Cairo y vamos para Casablanca. Llegaremos pasado mañana. He viajado por diferentes países y visto edificaciones antiguas y muy hermosas. Estoy guardando en mis pensamientos tantas historias que cuando llegue te las contaré. Lo que más me llamó la atención de estas diferentes civilizaciones la gran importancia que le daban a la espiritualidad ligada al ritmo de la naturaleza, pensar que la civilización moderna, con sus grandes adelantos científicos, ejercen un dominio sobre ella sin medir los resultados.

Pienso que la crisis espiritual de nuestro tiempo es haber perdido la visión sensible hacia la naturaleza.

Ser feliz con la naturaleza significa aceptar sus normas y sus ritmos más que procurar dominarla y vencerla. A la naturaleza no se la debe juzgar según la utilidad humana ni el hombre debe convertirse en la medida de todas las cosas. El hombre debe aceptar y seguir a la naturaleza en sus cosas y no tratar de perturbarla con medios artificiales. He aprendido que la acción perfecta es actuar sin actuar, sin autointerés y apego, libremente y sin codicia o motivos ulteriores.

Un beso grande y recuerda siempre: “Que amar a la naturaleza es amarse a uno mismo y a la vida”.

Fui al comedor diario donde estaban mis padres. Era el lugar predilecto de la casa. Mi padre a esa hora solía leer el diario y comentaba algunas noticias locales; pero si él nada decía sabíamos, mi madre o yo, que no pasaba nada importante en el pueblo. Eso ocurrió aquella mañana, mi padre dobló el diario y lo puso sobre la mesa indicando que no había ninguna noticia. Así que yo me apresure y comenté que había recibido una carta de la abuela y se las leí. Cuando termine mi lectura decidimos publicar la carta en el diario.

Así que al otro día mi padre leyó la nota: “Nuestra querida vecina y amiga, Dalia Oviedo, salió de Egipto rumbo a Marruecos, para traernos varias historias que nos deleitarán como siempre, en sus conferencias en el salón del Club. Como prefacio publicamos una carta dirigida a su nieto Lino”.

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4ª MAXIMA “Nunca subestimes a nadie pues muchos son mejores que tú”

Ya sé, seguro que quieres saber el secreto de Dalia, pero espera a que te cuente todas las máximas. Te relataré la cuarta que es la historia de Gloria. Ojo, por favor!!! No te me duermas... escúchame atentamente…

Fui con mi abuela a un pueblo que distaba del nuestro casi 400 km. Ya oscurecía cuando llegamos al hotel. A la mañana siguiente me desperté temprano, corrí las cortinas de la ventana y contemplé admirado el impresionante espectáculo del valle que rodeaba al pueblo. Tenía un color verde profundo en contraste del celeste pálido del cielo, y más allá a gran distancia, se veían pequeños cerros cuyas laderas estaban cubiertas de bosques naturales. Ese día aprendí a conocer y amar aquella vista que tienía un encanto distinto según la hora del día y los cambios del tiempo.

Desayunamos en el hotel en una terraza que dominaba el valle. El cementerio habría a las diez de la mañana, así que tuvimos tiempo de salir tranquilos. El hotel pequeño y muy bien cuidado era de 1918 según la placa colocada arriba de la puerta principal. A la luz del sol, el hotel no tenía el aspecto sombrío e impresionante que me pareció a su llegada.

Empezamos nuestra caminata hasta el cementerio y antes de entrar había como una pequeña pérgola que estaba cargada de glicinas en flor. Nos sentamos en un banco a descansar antes de entrar. Me abuela que se estaba abanicando un poco, me miró y contestó a la pregunta que con insistencia le había pedido todo el viaje: -Siempre vienes una vez al año a este pueblo y al cementerio a ver a Gloria… pero ¿quién era Gloria?

Bueno, bueno…-dijo acomodándose en el banco y empezando su relato- Hace…. Hace varios años, diría mejor muchos años atrás… Gloria, fue y será aunque no esté viva, mi gran amiga. Vivía en una casita, en esa colina que se ve desde acá. Yo solía dar mi paseo todas las tardes subiendo la colina para encontrarme con Gloria y de ahí salimos a jugar y a contarnos nuestras aventuras en el colegio que muchas veces, agrandábamos fantasiosamente.

Cuando tendría 14 años mi padre tomó la decisión de irnos de este pueblo y dejé de ver a Gloria. Nos escribimos por algún tiempo, después vaya uno a saber porque perdimos todo contacto.

Me miró fijamente y me dijo: “Pimpollito ¿seguro me vas a preguntar ahora, que fue de Gloria?¿no es así? “ Siguió siendo aquella niña medio salvaje, que privada del contacto con otros niños, se convirtió en amiga de los pájaros, de los animalitos del campo, de las flores de los árboles del bosque. Los mismos animales aprendieron a conocerla, los zorzales y los hormeros desde los arbustos se acostumbraron a esperarla, sabiendo que llevaba las migajas de su comida. Gloria amaba aquel género de vida y parecía satisfecha a su modo, sin otro temor que la llegada de una gran tormenta y su congoja de no poder salir de su casa a realizar su recorrida.

Cuando regresé al pueblo siendo una mujer hecha y derecha realizamos de tanto en tanto esas salidas para recordar nuestra infancia. Me casé y Gloria fue transcurriendo su vida solitaria, medio reservada y silenciosa hasta los 50 años.

Gloria me contaba, que nunca había conocido el amor, ni tampoco a la hermana gemela de éste, la pasión. Pero decía que no le importaba. Su vida y el ritmo del pueblo en esos días transcurría sin sobresaltos hasta que apareció un forastero como le decían a los recién llegados. Era el sobrino de una de las familias más ricas del pueblo. Estaría cerca de los 40 años, buen mozo y viudo. Era el bocado de todas las jóvenes casamenteras del pueblo.

Una tarde recibí la invitación a un gran festival que se celebraba en el club del pueblo. No recuerdo el personaje artístico que venía, pero no importa. Lo que importa es que la invitación era para tres personas. Así que fuimos con mi marido y la invité a Gloria para que nos acompañara.

Al principio se rehusó. Siempre fue medio huraña. La mayoría de la gente del pueblo la subestimaba y el resto la ignoraba. Nunca había ido a reuniones ni fiestas. Ella decía que no le gustaban. Pero realmente era que nadie la invitaba. Es más no tenía ni ropa ni zapatos adecuados para tales acontecimientos. Siempre se vestía con sus batones floreados y sus zapatillas de lona. Pero fue tal mi insistencia en esos días, que al fin cedió y decidió acompañarnos.

Entramos a al festival los tres juntos. Las miradas de todos se clavaron en Gloria. Se preguntaban: ¿Quien era esa mujer? ¿Una forastera? Nadie reconoció a Gloria. Nadie podía creer lo que veía. Una mujer alta elegantemente vestida y sonriente. Era como el cuento de Cenicienta, pero real.

Te cuento rápido el final, se casó con el viudo rico. Quedó Gloria viuda, y se casó nuevamente con un poderoso terrateniente. Hasta tuvo alguno que otro candidato en su vejez, antes de su muerte. Esta historia te la cuento, para que sepas, que no hay subestimar a ninguna persona. Menos aquellas personas que no conocemos realmente y que a simple vista, nos parecen ingenuas por sus respuestas porque no tiene el físico adecuado según tendencias actuales. Debemos tratar a las personas más asiduamente antes de juzgarlas y nos daremos cuenta que no solamente hay que admirar las virtudes más notables, como el aspecto físico y la inteligencia porque para conocer a las personas en forma completa hay que convivir con ellas para admirarlas por su personalidad.

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5ª MAXIMA “Atesora en tu vida siempre los buenos recuerdos”

Como te había comentado, mi abuela Dalia me llamo a su habitación el día de su muerte. Por supuesto, yo no le dí en ese momento la importancia que tenía aquella reunión.

Te acordarás que te comenté que estaba acostada, me pidió que abriera la ventana de par en par y luego, me miró fijamente y me invito a que me sentara sobre su cama. Así lo hice. Me hablo despacito como pensando cada palabra que decía. Yo la escuchaba.

Ella me dijo: Ay mi Lino…mi lindo pimpollito. Ves lo que es la vida un suspiro. Van pasando en el transcurso de nuestra vida, personas, pequeñas anécdotas historias que se entrelazan como una verdadera telaraña. Y, mientras tanto, sin darse cuenta, uno ríe, llora, patalea y se queja por aquello que luego con el tiempo no le da importancia o se olvida.

Muchas veces pienso si cuando yo no esté más ¿alguien me recordará?

No sé, capaz que algunos que me conocieron. Después, pasado algunos años más, quizás entre a participar en algún comentario o anécdota pueblerina…. pero con el transcurso del tiempo, inevitablemente, nadie me recordará. Y eso es normal, le pasa a la mayoría de las personas. Yo no fui una mujer heroica, no descubrí ni inventé nada, nunca quise pasar a la historia. Viví mi época, cree mi pequeño mundo siempre con historias pequeñas pero hermosas.

Decime Lino: “¿Cuántas personas recuerdan a sus abuelos o a sus bisabuelos? Muchos lamentablemente ni saben sus nombres”.

“¡Yo lo sé! Le dije despacito medio ofuscado”.

“Lo sé… lo sé - me contestó- pero tú eres especial porque eres mi pimpollito”.

Siguió mi abuela hablando y estaba vez con un tono más profundo.

La vida es así para algunos es un suspiro corto y suave, para otros un suspiro largo y profundo.

“¿Crees en la reencarnación Lino?”

Miré fijo a mi abuela pero no le respondí.

Mi abuela Dalia no me miró y continúo su relato: “Ojalá sea verdad. Sería lindo recordar las vidas pasadas ¿sabes para qué? Para no meter la pata y no volver a repetir los mismos errores de las vidas pasadas. Eso para mí sería lo más importante. Atesorar todo aquellos recuerdos que han sido buenos en cada una de las vidas pasadas e ir sumándolos. Creo que ahí está la verdadera felicidad. ¿No lo crees tú?”. Luego se detuvo al hablar. La melancolía la invadió totalmente y comprendí que algo la afligía, que tenía algo en el pensamiento. Quizá era algo que quería decirme y no se atrevía. Me pregunté de qué modo podría ayudarla a que se expresara, pero luego, decidí que lo mejor era no perturbarla, dejar que ella misma lo expresara.

Permaneció silenciosa unos instantes, luego yo le dije: “¿Qué es lo que te preocupa abuela?”

Movió la cabeza en señal de irritación más bien que para denegar: “No me hagas caso –exclamó- son bobadas, ahora no me pasa nada, excepto…que se lo que me va a suceder… no quiero parecer melodramática, pero me di cuenta mientras hablábamos de que te he contado muy poco y hay muchas cosas que quisiera trasmitirte y una de ellas es mi vida. Luego pronunció sus últimas palabras con lentitud pero con cierta importancia: Lino, escucha muy bien esto, cuando tengas 15 años sube al desván de la casa y abre el baúl de color verde, dentro encontrarás una caja floreada, dentro hay un libro. Léelo, por favor, pero prométeme que no lo leerás antes”.

Me acosté a su lado. No sé cuánto tiempo estuve así. Cuando me incliné al verla estaba dormida tranquilamente. La cubrí con una manta, cerré la ventana y me fui acostar en mi dormitorio.

Epilogo

“Ah…. Quedaste con la boca abierta, no te atreves a decirme nada. ¿Por qué no me preguntas? ¿Cómo un chico de tan solo 10 años puede aguantarse 5 años más de su vida sin leer el libro de la abuela Dalia?”

No sabes las ganas que tuve, ¡Cuantas ganas! Ni te cuento la cantidad de subidas y bajadas por esa escalera que lleva al desván en esos 5 años. Me las aguanté y nunca lo abrí. Me contuve hasta el día prometido. Así fue que a las 12 y un minuto en punto, de la noche del día mi cumpleaños empecé a leer el libro de Dalia.

Este es el libro de Dalia ¿tienes ganas de leerlo… no? Pues bien te dirá que no es un libro común y corriente, era su diario.

Lo lamento pero no puedes leerlo aún.

Una verdadera lástima que tengas sólo 10 años.

Le prometí a la abuela Dalia que si tenía un hijo también este leería su diario a los 15 años.

FIN

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