TÍtulos originales de las obras y traducciones






descargar 0.61 Mb.
títuloTÍtulos originales de las obras y traducciones
página1/15
fecha de publicación07.06.2015
tamaño0.61 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15
POUL ANDERSON

CIENCIA-FICCIÓN NORTEAMERICANA

(OBRAS ESCOGIDAS)

TOMO II

GUARDIANES DEL TIEMPO

EXTRAÑOS TERRÍCOLAS

ORBITA ILIMITADA

ONDA CEREBRAL

UN MUNDO EN EL CREPÚSCULO

AGUILAR

TÍTULOS ORIGINALES DE LAS OBRAS Y TRADUCCIONES

GUARDIANES DEL TIEMPO

(Guardians of time)

Trad. del inglés por TRINIDAD VALIENTE.

Publicadas por contrato con Scott Meredith Literary

Agency, Inc. , 580 Fifth Avenue, New York 16, N. Y.

DEPÓSITO LEGAL. M. 10006.-1969.

© POUL ANDERSON, 1962.

AGUILAR, S. A. De EDICIONES, Juan Bravo, 38, Madrid (España), 1969.

Edición electrónica de diaspar 1999

***

BREVE RESEÑA SOBRE

POUL ANDERSON

POUL ANDERSON nació en Bristol, Pennsylvania, EE. UU., el año 1926, de padres escandinavos. Esta es la causa de que su nombre se pronuncie entre pole y powl. En varias ocasiones vivió en Texas, Washington, D. C., en una granja de Minnesota, Minneapolis, y en Europa, visitando muchos otros países.

Según propias palabras, no se ocupó de escribir relatos de Ciencia-Ficción hasta el año 1937. Por esa época cayó enfermo y, no sabiendo qué hacer, se puso a escribir, quedando desde entonces prendido en las redes de este género literario.

Se graduó en Física con todos lo honores el año 1948, en la Universidad de Minnesota. Pero, aparte de auxiliar a todo el mundo, no tuvo mucho trabajo en esa actividad.

Realmente, lo que ocurrió fue que, siendo la literatura su pasatiempo predilecto durante largo tiempo, comenzó a producirle dinero citando estaba en el colegio, al vender algunos de sus relatos a Astoundíng Science-Fiction.

Así, pues, decidió tomarse un año de vacaciones con intención de vivir de la máquina de escribir, y el año de vacaciones se fue prolongando hasta el presente.

Poul Anderson ha confesado:

«No pretendo hacer de la Ciencia-Ficción una profesión exclusiva. He escrito algo sobre Historia y estoy planeando algunas novelas «serias»; pero, dentro de sus límites, la Ciencia-Ficción es un trabajo fascinante. Permite una dilatada visión del futuro, da oportunidades para jugar con las ideas, para estudiar las obras de los hombres y mostrar las consecuencias de las teorías en la acción.»

Anderson ha escrito también novelas policíacas y relatos de aventuras.

Desde 1963, vive en Berkeley, California, con su esposa, su hija y sus gatos.

Sus relatos cortos aparecen periódicamente en Astounding Science-Fiction, Galaxy y The Magazine of Fantasy and Science-Fiction.

En 1959 fue invitado de honor a la 17th World Science-Fiction Convention, en Detroit.

En este volumen II de Ciencia-Ficción norteamericana publicamos cinco obras de este maravilloso escritor norteamericano, que serán muy del agrado de los lectores aficionados a este género literario.

***

GUARDIANES DEL TIEMPO

VALIENTE PARA SER REY

EL UNICO JUEGO ENTRE LOS HOMBRES

«DELENDA EST...»

***

GUARDIANES DEL TIEMPO

 

1

SE NECESITAN hombres de 21 a 40 años, preferibles solteros, militares o técnicos experimentados, buen aspecto, para trabajo muy bien pagado, con viajes al extranjero. Preséntense en la Compañía de Estudios de Ingeniería, 305 E, núm. 45, de 9 a 12 y de 2 a 6.

 

***

 

El trabajo es, como usted comprende, un tanto inusitado - dijo Gordon - y confidencial. ¿Puedo contar con su discreción?

- Normalmente, si - repuso Manse Everard -. Claro que depende de la clase de secreto.

Gordon sonrió con una curiosa sonrisa, una curvatura de labios que no se parecía a ninguna otra que Everard hubiese visto. Hablaba fácil y fluidamente el americano común, y vestía un traje corriente, pero había en su porte un aire extranjero, que consistía en algo más que en la tez morena, las mejillas imberbes y la incongruencia de unos ojos mongólicos sobre una nariz caucásica. Era difícil de clasificar.

- No somos espías, si es eso lo que está pensando - aclaró.

Everard hizo un guiño.

- Lo siento. Le ruego que no piense que me he vuelto tan histérico como el resto del país. Nunca he tenido acceso a datos confidenciales de ninguna clase. Pero usted ha hablado de trabajos ultramarinos y, tal como están las cosas, me gustaría conservar mi pasaporte.

Era un hombre grande, de pétreos hombros y cara un tanto estropeada bajo los cabellos cortos y negros. Su documentación estaba extendida ante él: licencia absoluta, informes de su trabajo en varios destinos como ingeniero mecánico... Gordon los había ojeado a la ligera.

La oficina era corriente: un bufete, un par de sillas, un archivador y una puerta que daba a las habitaciones interiores. Una ventana abierta sobre el estrepitoso tráfico de Nueva York que se percibía seis pisos más abajo.

- Espíritu independiente - murmuró -. Me gusta eso. ¡Vienen tantos adulando como si estuvieran dispuestos a agradecer un puntapié! Naturalmente, con su preparación, usted no está todavía desesperanzado. Puede aún obtener trabajo... Creo que la palabra es... contrato aleatorio.

- Me interesó el anuncio - explicó Everard -. He trabajado en el extranjero, como puede usted ver, y volvería allá con gusto. Pero, francamente, no tengo aún la más leve idea de lo que hace su equipo.

- Hacemos muchísimas cosas - aclaró Gordon -. Pero... veamos; ha estado usted en la guerra. Francia, Alemania...

Everard pestañeó; sus papeles contenían la mención de una serie de medallas, mas hubiera jurado que su interlocutor no había tenido tiempo de leerlos. Gordon prosiguió:

-¿Le importaría agarrar los mandos que hay en los brazos de su silla? Gracias. Ahora, ¿cómo reacciona usted ante el peligro físico?

Everard se irguió.

- Óigame, eso. - dijo.

- No importa.

Y los ojos de Gordon se fijaron en un instrumento que tenía sobre la mesa, que no era sino una caja con unas agujas indicadoras y un par de cuadrantes. Preguntó luego:

- ¿Cuál es su criterio en cuestiones de política internacional?

- Pues, teniendo en cuenta...

- Comunismo... Fascismo... Feminismo... ¿Sus ambiciones personales?... No tiene que responder si no quiere.

- ¿Qué diablos es todo esto? - estalló Everard.

- Un amago de prueba psicológica. Olvídelo. No me interesan sus opiniones políticas, salvo en cuanto reflejen su orientación emocional básica.

Y Gordon se echó atrás, entrelazando los dedos. Luego siguió:

- Hasta el momento, son muy prometedoras. Pues bien: el trabajo que estamos haciendo es totalmente confidencial. Estamos... Bueno..., planeando dar una sorpresa a nuestros competidores - y se rió por lo bajo -. Puede, si quiere, denunciarme al F.B.I., que, por lo demás, ya ha investigado sobre esto. Tenemos una patente inmaculada. Descubrirá usted que realizamos verdaderas operaciones universales, financieras y técnicas. Pero hay otro aspecto de la cuestión, que es el que nos hace buscar hombres. Le abonaré cien dólares si va a esa habitación de atrás y se somete a una serie de pruebas. Todo ello durará unas tres horas. Si no las supera, se acabó. Si lo hace, firmaremos con usted, le contaremos los hechos y empezaremos a adiestrarle. ¿Conformes?

Everard vacilaba. Tenía la sensación de ser engañado. En aquella empresa había algo más que una oficina y un extranjero cortés. Se aventuró:

- Firmaré con ustedes después que me cuente los hechos.

- Como quiera - aceptó míster Gordon -. De acuerdo. Las pruebas dirán si le admitimos o no, ya lo sabe. Usamos algunas técnicas muy adelantadas (lo cual, por lo menos, resultó enteramente cierto).

Everard ya sabía algo de psicología moderna: encefalógrafos, pruebas de asociación, perfil de Minnesota..., pero no reconoció ninguna de las enfundadas máquinas que silbaron y parpadearon ante él. Las preguntas que el ayudante técnico le dirigía resultaban completamente anodinas. El ayudante era un hombre de piel blanca, completamente calvo, de edad indefinible, duro acento y rostro inexpresivo. Pero ¿qué significaba el casco de metal que le cubría la cabeza? ¿Para qué servían los alambres que de él arrancaban?

Echó furtivas ojeadas a los cuadrantes métricos, pero las letras y números de ellos no se parecían a nada de lo que había visto. No eran ingleses, franceses, rusos, griegos, chinos ni nada que correspondiese al año de gracia de 1954. Quizá ya empezaba a darse cuenta de la cosa.

Un curioso autoconocimiento se despertó en él durante el desarrollo de las pruebas. Manson Emmert Everard, de treinta años de edad, antes lugarteniente de ingenieros militares del Ejército de los EE. UU., con experiencia de planeamiento y ejecución de obras en América, Suecia, Arabia..., soltero aún, aunque a veces le acometían anhelosos pensamientos acerca del matrimonio; sin novia actualmente ni lazos estrechos de clase alguna, un poco bibliófilo, empedernido jugador de póquer, aficionado a los botes de vela, caballos y rifles; montañero y pescador en sus vacaciones...

Sabía todo eso de sí mismo, claro está, pero solo fragmentariamente. Era extraña aquella súbita sensación íntima de ser un organismo complejo; esa comprensión de que cada una de sus facetas era solo una parte de su carácter total.

Salió de la prueba agotado y chorreando sudor. Gordon le ofreció un cigarrillo y ojeó unas cuartillas escritas en clave. De cuando en cuando murmuraba una frase:

- Zeth - 20 cortical... Aquí, valoración indiferenciada..., reacción psíquica a las antitoxinas..., debilidad en la coordinación central.

Se observaba en su acento la satisfacción delatada por una pronunciación de las vocales, desconocida para Everard, que, no obstante, poseía amplia experiencia de los diversos modos de estropear el idioma inglés.

Pasó media hora larga antes que Gordon levantara la cabeza. Everard estaba intranquilo, levemente irritado por aquella conducta altiva, pero el interés le mantenía inmóvil en su asiento.

Gordon exhibió una dentadura blanquísima, al hacer una mueca de amplia satisfacción, y habló:

- ¡Ah, por fin! ¿Sabe usted que he tenido que rechazar a veintidós candidatos? Pero usted sirve. Definitivamente, usted sirve.

- ¿Para qué?

Y Everard, al decir esto, se echó hacia adelante, sintiendo que su pulso se aceleraba.

- Para la Patrulla. Va a ser una especie de policía.

- ¿Sí? ¿Dónde?

- Por doquier. Y en todo momento. Prepárese; va a tener peleas. Mire usted: nuestra compañía, aunque bastante legal, es solo un frente de batalla y una fuente de ingresos. Nuestra verdadera ocupación es patrullar el tiempo.

2

La Academia estaba en el Oeste americano y en el período Oligoceno; una edad cálida de selvas y herbazales, cuando los reptiles antecesores del hombre habían esquivado la senda de los grandes mamíferos gigantescos. Había sido erigida hacía miles de años y se mantendría durante medio millón más el tiempo suficiente para adiestrar a tantos hombres como necesitara la Patrulla, y luego sería cuidadosamente demolida hasta que no quedara ni rastro de ella. Más tarde vendría el período glacial, aparecería el hombre, y en el año 19352 después de Jesucristo (7841 del Triunfo Morenniano) los humanos hallarían el modo de viajar a través del tiempo, volverían al período Oligoceno y reedificarían la Academia.

Esta estaba formada por largos y achaparrados edificios, de curvas suaves y varios colores, diseminados por el césped, entre enormes árboles. Más allá, colinas y arboledas parecían precipitarse en un gran río de aguas oscuras, en cuyas orillas podían oírse, por la noche, los bramidos de los mastodontes y el lejano maullar del megaterio de dientes como sables.

Everard salió de la lanzadera del tiempo - una grande y disforme caja de metal -, y, al hacerlo, notó que se le secaba la garganta. Experimentaba, como el primer día de su entrada en el Ejército, hacía doce años (o quince o veinte millones de años después, a elegir) soledad, desesperanza y deseo de hallar una disculpa honrosa para volverse a casa. Era un pobre consuelo ver a las demás lanzaderas arrojar un total aproximado de otros cincuenta jóvenes, de uno u otro sexo. Los reclutas se movían lentamente juntos, formando un grupo desmañado.

Al principio no hablaron; permanecieron mirándose a la cara unos a otros. Everard reconoció, entre las vestiduras que llevaban, un cuello Hoover y una zamarra de punto; los estilos de peinado e indumentaria eran de 1954 en adelante. ¿De dónde procedería aquella chica de los ceñidos calzones policromos, los labios pintados de verde y el cabello amarillo, fantásticamente peinado?

Un hombre de unos veinticinco años se detuvo ante él; era evidentemente un inglés, a juzgar por su raído traje de lana y su rostro largo y delgado. Parecía ocultar una cruel amargura bajo su cortés apariencia.

- ¡Hola! - saludó Everard, y luego añadió -: Podríamos presentarnos.

Dijo su nombre y procedencia, a lo que el otro replicó, tímidamente:

- Charles Whitcomb. Londres, 1947. Acababan de desmovilizarme de la R.A.F., y esto parecía una buena probabilidad. Ahora me pregunto si...

- Puede serlo - repuso Everard, pensando en el salario -. ¡Mil quinientos al año, para empezar! Pero ¿cómo cuentan los años? Tal vez de acuerdo con el sentido individual de la duración.

Un hombre venía en dirección a ellos. Era un tipo joven y delgado, que vestía un ajustadísimo uniforme gris y una capa azul oscuro que parecía brillar como si llevara cosidas estrellas. Su cara era agradable, sonriente, y les habló con afabilidad:

- ¡Hola! ¡Bien venidos a la Academia! Supongo que todos conocen el inglés.

Everard se fijó en un hombre envuelto en los maltratados restos de un uniforme alemán, en otro tipo hindú y en algunos otros que, probablemente, acudirían de diversos países extranjeros.

- Usaremos el inglés hasta que hayan aprendido el Temporal todos ustedes.

El hombre los contemplaba tranquilamente, con las manos en las caderas. Prosiguió:

- Me llamo Dard Kelm. Nací en (déjenme recordar) el año 9573 de la Era Cristiana, pero me he especializado en el período de ustedes, que consideraremos entre 1850 y 1975, aunque todos ustedes pertenecen a los años intermedios. Soy oficialmente, para ustedes, el Muro de las Lamentaciones, si algo marcha mal. Este lugar se gobierna por reglas distintas a las que, probablemente, imaginan: no formamos a nuestros hombres en masa, por lo que la minuciosa disciplina de un aula o un ejército no es necesaria aquí. Cada uno de ustedes recibirá instrucción particular y también general. No castigamos las faltas de aplicación, ya que las pruebas que han sufrido nos dan la seguridad de que no ha de haberlas, y de que es mínima la posibilidad de faltas en el trabajo. Cada uno de ustedes tiene un elevado coeficiente de madurez respecto a su específica formación cultural. Sin embargo, la variación que ha de introducirse en sus aptitudes hasta desarrollarlas a satisfacción significa, en su caso, la necesidad de ser guiados personalmente.

Aquí se observan pocas formalidades, salvo la cortesía usual. Tendrán oportunidades de diversión y de estudio. No se espera de ustedes más de lo que puedan dar. He de añadir que la caza y la pesca son en estos sitios abundantes, y (si vuelan unos centenares de kilómetros) llegan a ser fantásticas. Ahora, si no tienen preguntas que formular, hagan el favor de seguirme y los instalaré.

Dard Kelm le mostró los muebles de una habitación sui generis. Eran de la clase que cabría esperar en el año 2000: no estorbaban y se amoldaban perfectamente a sus fines: refrigeradoras, pantallas de proyección que podían utilizar los materiales de una extensa colección de discos y películas destinados al adiestramiento. Nada demasiado adelantado, en resumen. Todos los cadetes tenían su propia estancia en el edificio de «dormitorios»; las comidas se hacían en un refectorio común, pero se podía conseguir comer en privado. Everard sintió que su tensión intensa cedía.

Se celebró un banquete de bienvenida. Los manjares eran los corrientes, pero no así las silenciosas máquinas rodantes que los servían. Hubo vino, cerveza y un amplio suministro de tabaco. Quizá habían mezclado algo al alimento, porque Everard acabó por sentirse tan eufórico como los demás. Terminó interpretando al piano un boogie-woogie, mientras media docena de personas atronaban el aire intentando cantar.

Solo Charles Whitcomb se mantuvo aparte. Bebía melancólico en su vaso, aislado en un rincón. Dard Kelm era hombre de tacto y no intentó forzarle a unírseles.

Everard decidió que aquello iba gustándole. Pero el trabajo, la organización y la finalidad continuaban siendo un misterio para todos.

* * *

- El viaje a través del tiempo - empezó Kelm en el salón de lectura - se descubrió cuando se iniciaba la Gran Herejía Corita; ya estudiarán después los detalles, pero tienen mi palabra de que aquel fue un período turbulento> en que la rivalidad comercial y genética se resolvía a zarpazos y dentelladas entre gigantescas camarillas. Entonces algo sucedió, y los Gobiernos se vieron lanzados a una guerra galáctica. El efecto tiempo fue casual producto de una investigación que buscaba medios para el transporte instantáneo, y, como algunos de ustedes comprenderán, requiere, para su demostración matemática, una serie infinita de funciones discontinuas, como ocurría en los viajes del pasado. No voy a entrar en su teoría (ya se la explicarán en las clases de Física), sino, simplemente, afirmaré que supone el concepto de unas relaciones de valor infinito, en un continuo de 4n dimensiones, en el que u es el número total de partículas que existen en el Universo.

- Naturalmente, el grupo que descubrió esto, los Nueve, se dio cuenta de las posibilidades que ello encerraba, y que no solo eran comerciales (tráfico, minería y otras empresas, que pueden imaginar fácilmente), sino que procuraban la probabilidad de asestar un golpe de muerte a sus enemigos. Ya comprenden: el tiempo es variable; se puede cambiar el pasado...

- ¿Puedo hacer una observación? Saltó la muchacha de 1972 Elizabeth Gray, que en su época había sido una joven y destacada autoridad en Física.

- Claro - dijo cortésmente Kelm.

- Creo que está usted describiendo una situación lógicamente imposible. Concedo la posibilidad de viajar en el tiempo, puesto que estamos aquí; pero un hecho no puede, a la vez, haber y no haber ocurrido. Eso es contradictorio en sí mismo.

- Solo si usted insiste en una lógica no valorada de acuerdo con el Aleph-sub-Aleph - repuso Kelm -. Pero aquí lo que sucede es algo como esto: supongamos que vuelvo atrás el tiempo y evito que su padre de usted conozca a su madre. Entonces, no habría usted nacido. Esa parte de la Historia Universal sería distinta, aunque yo conservara memoria del estado original del asunto.

- ¿Y si hiciese lo propio con usted mismo? ¿Dejaría de existir?

- No, porque pertenecería a la sección de la Historia anterior a mi propia intervención. Apliquémoslo a usted misma. Si usted retrocediera, supongamos, a 1946, y trabajase para evitar el matrimonio de sus padres, en 1947, pese a ello usted habría existido en ese año; no podría salir de la existencia, puesto que había influido en los sucesos. Y lo mismo se aplicaría si usted hubiese existido, en 1946, una milésima de segundo antes de disparar un tiro contra el hombre que, de no producirse tal hecho, hubiera sido su padre.

- Pero entonces - protestó ella - ¡yo existiría sin origen! ¡Tendría vida y memoria... y todo, aunque nada lo hubiese producido!

- ¿Y por qué no? - opuso Kelm, encogiéndose de hombros -. Insiste usted en que la ley de causalidad, o, mejor dicho, la 4e conservación de la energía, supone solo funciones continuas. Hoy día, la discontinuidad es totalmente posible.

Se echó a reír y se apoyó en el atril, añadiendo:

- ¡Claro que hay imposibilidades! Usted no puede ser su propia madre, debido a la genética pura. Si retrocediendo en el tiempo se casara con el que había de ser su padre, ninguno de sus hijos sería usted misma, porque todos ellos tendrían solo la mitad de sus cromosomas.

Y aclarándose la garganta, prosiguió:

- No nos salgamos del tema. Aprenderán los detalles en otras clases. Estoy únicamente dándoles una noción general. Prosigamos: los Nueve vieron la posibilidad de retroceder en el tiempo y evitar que sus enemigos de siempre les tomaran la delantera, y aun impedir que naciesen. Mas entonces surgieron los Danelianos.

Por primera vez, su tono intrascendente y semihumorístico desapareció, quedando absorto, como un hombre que está en presencia de lo incognoscible. Siguió:

- Los Danelianos son parte del Futuro, nuestro Futuro (más de un millón de años después de mí); época en que el hombre habrá evolucionado, llegando a ser algo... indescriptible. Nunca, probablemente, verán ustedes a un Daneliano, y si lo vieran... les... produciría, sin duda, un choque terrible. No son malignos... ni benignos... Están tan lejos de cuanto podemos conocer o sentir como nosotros de los seres insectívoros antepasados nuestros. No es bueno enfrentar cara a cara una cosa como esa. Se ocupan nada más que de defender su propia existencia. El viaje por el tiempo era ya cosa antigua cuando aparecieron; había habido incontables oportunidades para que retoñaran la estupidez, la ambición y la locura, y trastornaran la Historia de cabo a rabo. No deseaban impedir los viajes (que, al fin, eran parte del complejo que nos había llevado hasta ellos), sino regularlos. Se evitó que los Nueve llevaran a cabo sus planes y se creó la Patrulla, para vigilar los callejones extraviados del Tiempo. Trabajará cada uno de ustedes, principalmente, en su Era propia, a menos que se gradúe para actuar intertemporalmente. Vivirán ustedes su vida ordinaria con sus familiares, amigos, etcétera, como es corriente. La parte de su vida privada tendrá las satisfacciones de la buena paga, protección, vacaciones ocasionales en sitios interesantísimos y un trabajo de suma importancia. Pero han de estar siempre alerta. A veces trabajarán ayudando a los viajeros del Tiempo que se vean envueltos en dificultades de este o aquel orden. Otras, se los empleará en misiones de aprehensión de los que habrían de ser en el futuro conquistadores políticos, militares o económicos. En ciertos casos, la Patrulla aceptará los hechos consumados y se ocupará en contrarrestar las influencias que, en períodos posteriores, pudieran desviar a la Historia del cauce anhelado. ¡Les deseo suerte a todos ustedes!

* * *

La primera parte de la instrucción fue física y psicológica. Everard no había comprobado cómo la vida que hasta entonces llevara le había disminuido en cuerpo y espíritu, haciéndole solo la mitad del hombre que podía ser. Se le hizo duro, pero al final tuvo la alegría de sentir el poder de sus músculos, totalmente controlados; el aumento de intensidad en las emociones al disciplinarlas, la rapidez y precisión de un pensamiento consciente.

Llegó un momento de su formación en que se halló totalmente en condiciones de no revelar nada sobre la Patrulla a nadie no autorizado para saberlo, aunque en ello le fuera la vida; le era simplemente tan imposible hacerlo como le sería saltar a la Luna. También aprendió a conocer los recovecos de su personalidad pública en el siglo XX.

El temporal, idioma artificial con el que los Patrulleros de todos los siglos podían comunicarse sin que les entendieran los extraños, era un milagro de expresividad lógicamente organizada.

Creía saber algo sobre la lucha, pero tuvo que aprender las estratagemas y el uso de las armas de cincuenta mil años antes; recorrer todo el camino que va desde el arma de la Edad del Bronce hasta el último explosivo cíclico capaz de aniquilar un continente. Mientras actuase en su propia era, su arsenal sería reducido; pero en caso de ser llamado a otros períodos, raras veces se le consentiría un flagrante anacronismo.

Le hacían estudiar historia, ciencia, arte y filosofía de cada país y época; se le adiestraba en minuciosos detalles sobre dialectos y maneras. Esto último solo para el período 1850-1975; si tenía que actuar en otro cualquiera, recibiría instrucción especial por medio de un acondicionador hipnótico. Eran estas máquinas las que hacían posible el adiestramiento en tres meses.

Aprendió también la organización de la Patrulla. Arriba, en cabeza, estaba el misterio, que era la civilización daneliana, pero tenían poco contacto con ella. La Patrulla estaba organizada medio militarmente, con grados, aunque sin formalidades. La Historia se dividía para su estudio en medios sociales, con una oficina principal situada en una ciudad importante (seleccionada por períodos de veinte años), y disfrazadas estas actividades por medio de otras ostensibles-comerciales, por ejemplo - y con sucursales. En esta época había tres de ellas: el mundo occidental, con su cuartel general, en Londres; Rusia, en Moscú; Asia, en Peiking; todas de la época 1890-1910, ya que la ocultación era más fácil que en décadas posteriores, en las que se montaron pequeñas oficinas, como la de Gordon. Un agente ordinario vivía en su propia época, y a menudo con una verdadera ocupación. Las comunicaciones se efectuaban por medio de diminutas cajas-robots o por correo, mediante contactos que, automáticamente, extraían estos mensajes de un montón de cartas.

La organización total era algo tan vasto que no le resultaba aún posible abarcar el hecho íntegramente. Había dado con un hecho tan nuevo y excitante que llenaba todos los estratos de su conciencia.

Sus instructores eran amigables, dispuestos a la charla. El maduro veterano que le enseñaba a manejar las naves espaciales había luchado en la guerra marciana del año 3890. Decía:

- Muchachos: aprenden ustedes bastante rápidamente, aunque es un infierno esto de enseñar a gentes de una época preindustrial. A algunos hemos tenido que renunciar a enseñarles hasta los rudimentos. Hubo aquí una vez un romano, de los tiempos de Cesar, al que no le cabía en la cabeza que no podía tratarse a una máquina como a un caballo. Y a los babilonios tuvimos que presentarles el viaje a través del tiempo como si fuera esa historia de una batalla entre dioses. No entraba de otro modo en su visión del mundo.

- Y a nosotros, ¿qué historia nos está colocando? - preguntó Withcomb.

El hombre del espacio le miró fijamente y repuso:

- La verdad..., hasta donde ustedes pueden comprenderla.

- ¿Y cómo asumió usted este cargo?

- ¡Oh!... Me dispararon desde Júpiter. No quedó mucho de mí. Me recogieron, me hicieron un cuerpo nuevo, y, como nadie de mi mundo quedaba vivo y a mí se me daba por muerto, no tenía objeto el volver a la patria. No es divertido vivir bajo la férula del Cuerpo de Guías; por eso acepté un puesto aquí. Buena gente, vida fácil y licencia por un montón de Eras.

Y el hombre del espacio gruñó:

- ¡Esperen a ver el período decadente del Tercer matriarcado! ¡No saben lo divertido que es!

Everard no dijo nada. Estaba demasiado absorto por el espectáculo del giro de la enorme Tierra entre los demás astros.

Hizo amistades entre sus camaradas. Era un grupo que congeniaba, como es natural, por ser del mismo tipo; todos los escogidos para Patrulleros eran audaces e inteligentes. Hubo, incluso, un par de noviazgos, pues el matrimonio era enteramente posible y la pareja podía escoger el año que le conviniera para establecer su hogar. A él mismo le gustaban las chicas, pero no perdió el juicio.

Por extraño que parezca, fue con el silencioso Withcomb con quien trabó más estrecha amistad; había algo atrayente en aquel inglés tan culto, tan verdadero buen camarada y también algo despistado. Un día, cabalgaban ambos; Everard llevaba un rifle con la esperanza de cazar uno de aquellos mastodontes que había visto. Los dos vestían el uniforme de la Academia: traje gris claro, fresco y sedoso, bajo el cálido sol amarillo.

- Me admiro de que nos permitan cazar - observó el americano -. Supongamos que mato a un megaterio cuyo destino era devorar a un insectívoro prehumano. ¿No cambiaría esto el futuro?

- No - replicó el inglés, más adelantado en el estudio de la teoría del viaje en el tiempo -. Mire: es como si el continuo fuera parecido a una red de bandas de caucho. No es fácil torcerla; su tendencia es siempre retornar a su ¡hum! primitiva forma. Un insectívoro aislado no cuenta; es el total conjunto genético de la especie el que conduce hasta el hombre. Análogamente, si yo mato una res de la Edad Media, no eliminaré a todos sus ulteriores descendientes, sino que estos permanecerán inmutables, como sus mismos genes, a despecho de proceder de distinto progenitor, ya que, en tan largo período de tiempo, todos los hombres y las reses son descendientes, respectivamente, de todos los primitivos hombres y reses. Compensación, ¿comprende? En algún punto de la línea, otro antepasado suministra los genes que usted creyó haber eliminado.

- Razonando así, supongamos que retrocedo en el tiempo para evitar el asesinato de Lincoln. A menos que tomase minuciosísimas precauciones, habría probablemente ocurrido que algún otro disparase y se culpara a Booth, de todos modos.

- Esa elasticidad del tiempo es la razón de que se permita el viaje a través de él. Si usted quiere cambiar las cosas, tiene que ir derecho a ellas y trabajar con ahínco, generalmente.

Torció el gesto y prosiguió:

- ¡Adoctrinamiento! Se nos dice, una y otra vez, que si interferimos sin que se nos ordene, habrá un castigo para nosotros. No se me permite volver atrás y matar a ese rubiucho bastardo de Hitler en la cuna. Debo dejarle crecer, como lo hizo; desencadenar la guerra y matar a mi novia.

Everard cabalgó en silencio durante un rato. Solo oyó el crujido de la silla de cuero y el susurro de la alta hierba.

- Lo siento - dijo al fin -. ¿Quiere usted hablar de ello?

- Sí; aunque no hay mucho que contar. Ella servía en la W.A.A.F.; se llamaba Mary Nelson; íbamos a casarnos después de la guerra. Le cogió en Londres el 17 de noviembre del 44. Nunca olvidaré esa fecha. La mataron las bombas. Había salido a visitar a una vecina que vivía en Streatham, pues se hallaba de permiso, ¿comprende?, viviendo con su madre. La casa aquella fue derruida; la suya propia no sufrió ni un arañazo.

Las mejillas de Whitcomb estaban lívidas. Miraba ante él vagamente. Pero siguió, hablando para sí mismo:

- Va a resultar extraordinariamente duro... no retroceder unos años para verla por última vez... Solo verla nuevamente... No, no me atrevo...

Everard le puso una mano en el hombro, y ambos siguieron cabalgando en silencio.

***

En la clase progresaba cada uno a su ritmo, pero a un razonable término medio de marcha; así, pues, se graduaron todos juntos en una breve ceremonia, seguida de una gran fiesta en la que se concertaron muchas citas sensibleras para ulteriores reuniones. Después, cada uno regresó al mismo año de que había salido, al mismo día y a la misma hora. Everard aceptó la enhorabuena de Gordon, recibió una lista de agentes de su tiempo (algunos de los cuales desempeñaban puestos en sitios tales como las oficinas de información militar) y regresó a sus habitaciones. Más tarde pudo encontrar trabajo especialmente dispuesto para él, pero que - aunque a efectos del impuesto sobre la renta se denominaba «Consultor especial de la Compañía de Estudios de Ingeniería» - consistía tan solo en leer diariamente una docena de papeles, descifrando las indicaciones para un viaje en el tiempo (que le habían enseñado a interpretar) y en mantenerse dispuesto para una llamada.

Y entonces le llegó su primera tarea.

 
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

TÍtulos originales de las obras y traducciones iconPara explicar lo moderno uno podría tener muchos recorridos. La elección...

TÍtulos originales de las obras y traducciones iconVan las traducciones que hicieron estos poetas para Patsy

TÍtulos originales de las obras y traducciones iconAlberto Olmos (Segovia, 1975) ha publicado cuatro libros, cuyos títulos...

TÍtulos originales de las obras y traducciones iconNikolái Vasílievich Gógol (1809-1852), escritor ruso cuyas obras...

TÍtulos originales de las obras y traducciones icon1. Treinta Películas Básicas sobre Literatura ( )
«aprender mirando»: hemos seleccionado, a título ilustrativo, unos pocos títulos vinculados con áreas humanísticas del aprendizaje;...

TÍtulos originales de las obras y traducciones iconÚltimos títulos publicados
Bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendi­dos...

TÍtulos originales de las obras y traducciones iconLa propiedad intelectual (P. I.) tiene que ver con las creaciones...

TÍtulos originales de las obras y traducciones icon1. Sobre el uso de «Al contrario» en las traducciones. [J. Portolés]
«Au contraire» en francés, es una tarea difícil averiguar el significado en cada situación, pero es un error común traducirlo únicamente...

TÍtulos originales de las obras y traducciones iconColegio de bachilleres plantel 1 el rosario
«literatura» para referirse a un conjunto de obras literarias. A finales del siglo XVIII, el significado del término literatura se...

TÍtulos originales de las obras y traducciones iconSatisfacer la necesidad: las fuentes de información, las obras de referencia






© 2015
contactos
l.exam-10.com