2003,© D. R., Universidad Nacional Autónoma de México, dgsca, Coordinación de Publicaciones Digitales, Ciudad Universitaria, México D. F. 04510






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Introducción

 



Varios son los testimonios indígenas que nos hablan acerca del asedio de la gran capital mexica. Rehechos los españoles, gracias principalmente a la ayuda prestada por sus aliados tlaxcaltecas, reaparecieron al fin, para atacar de todas las maneras posibles a México-Tenochtitlan. 

    El texto que aquí se transcribe, debido a los informantes de Sahagún, comienza mostrando la persuasión abrigada por los mexicas de que los españoles ya no regresarían. Las fiestas volvieron a celebrarse como en los tiempos antiguos. Cuitláhuac fue electo gran tlahtoani o rey, para suceder al trágicamente muerto Motecuhzoma. 

    Sin embargo, el primer presagio funesto se hizo sentir bien pronto. Se extendió entre la población una gran peste, la llamada hueyzáhuatl, o hueycocoliztli, que por lo general se piensa fue una epidemia de viruela, enfermedad desconocida hasta entonces por los mesoamericanos. Una de las víctimas de este mal iba a ser precisamente el tlahtoani Cuitláhuac. 

    Fue entonces cuando reaparecieron los españoles por el rumbo de Tetzcoco, para venir a situarse en Tlacopan. El testimonio indígena nos refiere con numerosos detalles la manera como comenzaron a atacar los españoles desde sus bergantines. Trata también el texto indígena del desembarco de la gente de Cortés, de la reacción defensiva de los mexicas, del modo cómo fueron penetrando los españoles al interior de la ciudad. En vista del asedio implacable de la gran capital, la gente tenóchca fue a refugiarse a Tlatelolco. Allí se iba a concentrar al fin la lucha. El texto que aquí se transcribe concluye trazando un magnífico retrato de la fisonomía del capitán mexícatl Tzilacatzin, que fue uno de los que jamás retrocedieron, al ser atacado por los españoles. 
 
 

La actitud de los mexicas después de idos los españoles

Cuando se hubieron ido los españoles se pensó que la vuelta. Por tanto, otra vez se aderezó, se compuso. Que nunca jamás regresarían, nunca jamás darían la vuelta. Por tanto, otra vez se aderezó, se compuso la casa del dios. Fue bien barrida, se recogió bien la basura, se sacó la tierra. 

   Ahora bien, llego Huey Tecuilhuitl 1

. Una vez más, otra vez la festejaron los mexicanos en esta veintena. 2

   A todos los representantes, a todos los sustitutos 3 de los dioses otra vez los adornaron, les pusieron sus ropas y sus plumajes de quetzal. Les pusieron sus collares, les pusieron sus máscaras de turquesas y les resistieron sus ropas divinas: ropa de pluma de quetzal, ropa de pluma de papagayo amarillo, ropa de pluma de águila. Todas estas ropas que se requieren, las guardaban los grandes príncipes . . . 

La peste azota a los mexicas

Cuando se fueron los españoles de México y aún no se preparaban los españoles contra nosotros, primero se difundió entre nosotros una gran peste, una enfermedad general. Comenzó en Tepeílhuitl. 4 Sobre nosotros se extendió: gran destruidora de gente. Algunos bien los cubrió, por todas partes (de su cuerpo) se extendió. En la cara, en la cabeza, en el pecho. 

    Era muy destructora enfermedad. Muchas gentes murieron de ella. Ya nadie podía andar, no más estaban acostados, tendidos en su cama. No podía nadie moverse, no podía volver el cuello, no podía hacer movimientos de cuerpo; no podía acostarse cara abajo, ni acostarse sobre la espalda, ni moverse de un lado a otro. Y cuando se movían algo, daban de gritos. A muchos dio la muerte la pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos. 

    Muchos murieron de ella, pero muchos solamente de hambre murieron: hubo muertos por el hambre: ya nadie tenía cuidado de nadie, nadie de otros se preocupaba. 

    A algunos les prendieron los granos de lejos: esos no mucho sufrieron, no murieron muchos de eso. 

    Pero a muchos con esto se les echó a perder la cara, quedaron cacarañados, quedaron cacarizos. Unos quedaron ciegos, perdieron la vista. 

    El tiempo que estuvo en fuerza esta peste duró sesenta días, sesenta días funestos. Comenzó en Cuatlan: cuando se dieron cuenta, estaba bien desarrollada. Hacia Chalco se fue la peste. Y con esto mucho amenguó, pero no cesó del todo. 

    Vino a establecerse en la fiesta de Teotleco y vino a tener su término en la fiesta de Panquetzaliztli. Fue cuando quedaron limpios de la cara los guerreros mexicanos.   

Reaparición de los españoles

Pero ahora, así las cosas, ya vienen los españoles, ya se ponen en marcha hacia acá por allá por Tetzcoco, del lado de Cuauhtitlan: vienen a establecer su real, a colocarse en Tlacopan. Desde allí después se reparten, desde ahí se distribuyen. 

    A Pedro de Alvarado se le asignó como su campo propio el camino que va a Tlatelolco. Pero el marqués tomó el rumbo de Coyohuacan. Y era su campo propio el que va por Acachinanco hacia Tenochtitlan. 

    Sabedor era el marqués de que era muy valiente el capitán de Tenochtitlan. 

    Y en el cenicero de Tlatelolco, o en la Punta de los Alisos, fue en donde primero comenzó la guerra. 

    De ahí se fue a dar a Nonohualco: los persiguieron los guerreros, y no murió ni un mexicano. 

    Luego se vuelven los españoles y los guerreros en barcas atacan. Llevan sus barcas bien guarnecidas. Lanzan dardos: sus     dardos llueven sobre los españoles. Luego se metieron. 

    Pero el marqués se lanza luego hacia los tenochcas, va siguiendo el camino que conduce hacia Acachinanco. Luego se traslada el marqués al sitio de Acachinanco. Con muchos batalla allí y los mexicanos le hacen frente.   

Los españoles atacan con bergantines

Y entonces vienen los barcos desde Tetzcoco. Son por todos doce. Todos ellos se juntaron allá en Acachinanco. Luego se muda el marqués hasta Acachinanco. 

    Después anda revisando dónde se entra, donde se sale en los barcos. Dónde es buena la entrada en las acequias, si están lejos; si no están lejos; no vaya a ser que encallen en algún lugar. 

    Y por las acequias, retorcidas, no derechas, no pudieron meter por allí a los barcos. Dos barcos metieron solamente, los hicieron pasar por el camino de Xoloco: van a ir derechamente. 

    Y hasta entonces resolvieron unos con otros, se dieron la palabra de que iban a destruir a los mexicanos y a acabar con ellos. 

    Se pusieron en fila, entonces, llevando los cañones. Los precede el gran estandarte de lienzo. No van de prisa, no se alteran. Van tañendo sus tambores, van tocando sus trompetas. Tocan sus flautas, sus chirimías y sus silbatos. 

    Dos bergantines lentamente vienen bogando: solamente de un lado del canal van pasando. Del otro lado no viene barco alguno, por haber casas. 

    Luego hay marcha, luego hay combate. De un lado y otro hay muertos, de un lado y otro hay cautivos. 

    Cuando vieron a los tenochcas, los habitantes de Zoquiapan, emprendieron la fuga, echaron a correr llenos de miedo. Son llevados los niñitos al lado de otras personas. Van por el agua, sin rumbo ni tino, los de la clase baja. Hay llanto general. 

    Y los dueños de barcas, en las barcas colocaron a sus niñitos, los llevan remando, los conducían remando afanados. Nada tomaron consigo: por el miedo dejaron abandonado todo lo suyo; su pequeña propiedad la dejaron perder.   


Asedio de la ciudad desde los bergantines (Códice Florentino)

    Pero nuestros enemigos se apoderaron de las cosas, haciendo fardo con ellas, van tomando cuanto hallan por donde van pasando todo lo que sale a su paso. Toman y arrebatan las mantas, las capas, las frazadas, o las insignias de guerra, los tambores, los tamboriles. 

    Y los tlatelolcas les hicieron resistencia allí en Zoquiapan desde sus barcas. 

    Cuando llegaron los españoles a Xoloco, en donde hay un muro, que por medio del camino cierra el paso, con el cañón grande lo atacaron. 

    Aun no se derrumbó al caer el primer tiro, pero al segundo, se partió y al tercero, por fin, se abatió en tierra. Ya al cuarto tiro totalmente quedó derruido. 

    Dos barcos vinieron a encontrar a los que tienen barcas defendidas por escudos. Se da batalla sobre el agua. Los cañones estaban colocados en la proa y hacia donde estaban aglomeradas las barcas, en donde se cerraban unas con otras, allá lanzaban sus tiros. Mucha gente murió, y se hundieron en el agua, se sumergieron y quedaron en lo profundo violentamente. 

    De modo igual las flechas de hierro, aquel a quien daban en el blanco, ya no escapaba: moría al momento, exhalaba su aliento final.   

La reacción defensiva de los mexicas

Pero los mexicanos cuando vieron, cuando se dieron cuenta de que los tiros de cañón o de arcabuz iban derecho, ya no caminaban en línea recta, sino que iban de un rumbo a otro haciendo zigzag; se hacían a un lado y a otro, huían del frente. 

    Y cuando veían que iba a dispararse un cañón, se echaban por tierra, se tendían, se apretaban a la tierra. 

    Pero los guerreros se meten rápidamente entre las casas, por los trechos que están entre ellas: limpio queda el camino, despejado, como si fuera región despoblada. 

    Pero luego llegaron hasta Huitzilan. Ahí estaba enhiesta otra muralla. Y muchos junto a ella estaban replegados, se refugiaban y protegían con aquel muro.   

Desembarco de los españoles

Un poco cerca de ella anclan, se detienen sus bergantines; un poquito allí se detienen en tanto que disponen los cañones. 

    Vinieron siguiendo a los que andaban en barcas. Cuando llegaron cerca de ellos, luego se dejaron ir en su contra, se acercaron a todas las casas. 

    Cuando hubieron preparado los cañones, lanzaron tiros a la muralla. Al golpe la muralla quedó llena de grietas. Luego se desgarró, por detrás se abrió. Y al segundo tiro, luego cayó por tierra: se abrió a un lado y otro, se partió, quedó agujerada. 

    Quedó el camino entonces totalmente limpio. Y los guerreros que estaban colocados junto a la muralla al punto se desbandaron. Hubo dispersión de todos, de miedo huyeron. 

    Pero la gente toda llenó el canal; luego de prisa lo cegó y aplanó, con piedras, con adobes, y aun con algunos palos para impedir el paso del agua. 

    Cuando estuvo cegado el canal, luego pasaron por allí los de a caballo. Eran tal vez diez. Dieron vueltas, hicieron giros, se volvieron a un lado y a otro. Y en seguida otra partida de gente de a caballo vino por el mismo camino. Iban en pos de los que pasaron primero. 

    Y algunos de los tlatelolcas que habían entrado de prisa al palacio, la casa que fue de Motecuhzoma, salieron con gran espanto: dieron de improviso con los de a caballo. Uno de éstos dio de estocadas a los de Tlatelolco. 

    Pero el que había sido herido, aún pudo agarrar la lanza. Luego vinieron sus amigos a quitar la lanza al soldado español. Lo hicieron caer de espaldas, lo echaron sobre su dorso, y cuando hubo caído en tierra, al momento le dieron de golpes, le cortaron la cabeza, allí muerto quedó. 

    Luego se ponen en marcha unidos, se mueven en un conjunto los españoles. Llegaron de esta manera a la Puerta del Águila. Llevaban consigo los cañones grandes. Los colocaron en la Puerta del Águila. 

    La razón de llamarse este sitio Puerta del Águila es que en él había un águila hecha de piedra tajada. Era muy grande, tan alta y tan corpulenta en extremo. Y le hicieron como comparte y consorte un tigre. Y en la otra parte estaba un oso mielero, también de piedra labrado. 

    Y estas cosas así hechas, los guerreros mexicanos se recataron en vano detrás de las columnas. Porque había dos hileras de columnas en aquel sitio. 

    Y sobre la azotea de la casa comunal también estaban colocados los guerreros, estaban subidos sobre la azotea. Ya ninguno de ellos daba la cara abiertamente. 

    Por su parte los españoles no estaban ciertamente ociosos. Cuando hubieron disparado los cañones, se oscureció mucho como de noche, se difundió el humo. Y los que estaban recatados tras las columnas huyeron: hubo desbandada general. Y los que estaban en la azotea se echaron abajo: todos huyeron lejos.   

Avanzan los españoles al interior de la ciudad

Luego llevaron los españoles el cañón y lo colocaron sobre la piedra del sacrificio gladiatorio. 

    Los mexicanos, entre tanto, sobre el templo de Huitzilopochtli aun en vano se estaban atalayando. Percutían sus atabales, con todo ímpetu tocaban los atabales. 

    Y al momento subieron allá dos españoles, les dieron de golpes, y después de haberlos golpeado, los echaron para abajo, los precipitaron. 

    Y los grandes capitanes y los guerreros todos que combatían en barcas al momento se vinieron, vinieron a desembarcar a tierra seca. Y los que remaban eran los muchachos: eran ellos los que conducían las barcas. 

    Hecho esto, se pusieron a inspeccionar las calles: iban recorriendo por ellas, gritaban y decían: 

    ¡Guerreros, venid a seguir la cosa! . . . 

    Y cuando los españoles vieron que ya iban contra de ellos, que ya los vienen persiguiendo, luego se replegaron y empuñaron las espadas. 

    Hubo gran tropel, carrera general. De un lado y otro caían flechas sobre ellos. De un lado y otro venían a estrecharlos. Hasta Xoloco fueron a remediarse, fueron a tomar aliento. Desde allí fue el regreso (de los mexicas). 

    También por parte de los españoles hubo regreso. Fueron a colocarse en Acachinanco. Pero el cañón que habían colocado sobre la piedra del sacrificio gladiatorio, lo dejaron abandonado. 

    Lo cogieron luego los guerreros mexicanos, lo arrastraron furiosos, lo echaron en el agua. En el Sapo de Piedra (Tetamazolco) fue donde lo echaron.   

La gente mexica se refugia en Tlatelolco

En este tiempo los mexicas-tenochcas vinieron a refugiarse a Tlatelolco. 

    Era general el llanto, lloraban con grandes gritos. Lágrimas y llanto escurren de los ojos mujeriles. 

    Muchos maridos buscaban a sus mujeres. Unos llevan en los hombros a sus hijos pequeñitos. 

    El tiempo que abandonaron la ciudad fue un solo día. Pero los de Tlatelolco se encaminaron a Tenochtitlan para seguir la batalla. 

    Fue cuando Pedro de Alvarado se lanzó contra Iliacac (Punta de alisos) que es el rumbo de Nonohualco, pero nada pudo hacer. 

    Era como si se arrojaran contra una roca: porque los de Tlatelolco eran hombres muy valientes. 

    Hubo batalla en ambos lados: en el campo seco de las calles y en el agua con lanchas que tenían sus escudos de defensa. 

    Alvarado quedó, rendido y se volvió. Fue a acampar en Tlacopan. 

    Pero al siguiente día, cuando llegaron allá los dos bergantines que primero habían arribado, se juntaron todos en la orilla de las casas de Nonohualco, allí se fueron a situar. 

    Luego saltaron a tierra y siguieron por los caminos secos, los caminos entre el agua. Luego fueron a dar al centro de los poblados, a donde estaban las casas, llegaron hasta el centro. 

    Donde llegaban los españoles, todo quedaba desolado. Ni un solo hombre salía afuera.   

El capitán mexica Tzilacatzin

Tzilacatzin gran capitán, muy macho, llega luego. Trae consigo bien sostenidas tres piedras: tres grandes piedras, redondas, piedras con que se hacen muros o sea piedras de blanca roca. 

    Una en la mano la lleva, las otras dos en sus escudos. Luego con ellas ataca, las lanza a los españoles: ellos iban en el agua, estaban dentro del agua y luego se repliegan. 

   Y este Tzilacatzin era de grado otomí. 5 Era de este grado y por eso se trasquilaba el pelo a manera de otomíes. Por eso no tenía en cuenta al enemigo, quien bien fuera, aunque fueran españoles: en nada los estimaba sino que a todos llenaba de pavor. 

    Cuando veían a Tzilacatzin nuestros enemigos luego se amedrentaban y procuraban con esfuerzo ver en qué forma lo mataban, ya fuera con una espada, o ya fuera con tiro de arcabuz. 

    Pero Tzilacatzin solamente se disfrazaba para que no lo reconocieran. 

    Tomaba a veces sus insignias: su bezote que se ponía y sus orejeras de oro; también se ponía un collar de cuentas de caracol. Solamente estaba descubierta su cabeza, mostrando ser otomí. 

    Pero otras veces solamente llevaba puesta su armadura de algodón; con un paño delgadito envolvía su cabeza. 

    Otras veces se disfrazaba en esta forma: se ponía un casco de plumas, con un rapacejo abajo, con su colgajo del Águila que le colgaba al cogote. Era el atavío con que se aderezaba el que iba a echar víctimas al fuego. 

    Salía, pues, como un echador de víctimas al fuego, como el que va a arrojar al fuego los hombres vivos: tenía sus ajorcas de oro en el brazo; de un lado y de otro las llevaba atadas en sus brazos, y estas ajorcas eran sumamente relucientes. 

    También llevaba en las piernas sus bandas de oro ceñidas, que no dejaban de brillar. 

    Y al día siguiente una vez más vinieron. Fueron llevando sus barcas al rumbo de Nonohualco, hasta junto a la Casa de la Niebla (Ayauhcalco). También vinieron los que andan a pie y todos los de Tlaxcala y los otomíes. Con grande ardor se arrojaron contra los mexicanos los españoles. 

    Cuando llegaron a Nonohualco luego se trabó el combate. Fue la batalla y se endureció y persistió el ataque y la guerra. Había muertos de un bando y de otro. Los enemigos eran flechados todos. También todos los mexicanos. De un lado y de otro hubo gran pena. De este modo todo el día, toda la noche duró la batalla. 

    Sólo hubo tres capitanes que nunca retrocedieron. Nada les importaban los enemigos; ningún aprecio tenían de sus propios cuerpos. 

    El nombre de uno es Tzoyectzin, el del segundo es Temoctzin y el tercero es el mentado Tzilacatzin. 

    Pero cuando los españoles se cansaron, cuando nada podían hacer a los mexicanos, ya no podían romper las filas de los mexicanos, luego se fueron, se metieron a sus cuarteles, fueron a tomar reposo. 

Siguiéndoles las espaldas fueron también sus aliados. 6  





1Hue Tecuilhuitl: nombre del séptimo mes. En el primer día de él se hacía la fiesta a la diosa de la sal, Huixtocíhuatl.
2Veintena: uno de los 18 "meses" o grupos de veinte días de que se componía el xihuitl o "año". (18x20= 360+5 días que se llamaban nemontemi).
3 Los sustitutos de los dioses eran los que los representaban en las fiestas.
4Tepeílhuitl: décimo tercer mes, se hacían fiestas a los dioses de los montes.
5Otomí: como se indica en el texto, con esta palabra se designaba un grado, dentro de la jerarquía militar de los mexicas.
6 Informantes de Sahagún. Códice Florentino, lib. XII, caps. XXIX-XXXII. (Versión de Ángel Ma. Garibay K.)



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