2003,© D. R., Universidad Nacional Autónoma de México, dgsca, Coordinación de Publicaciones Digitales, Ciudad Universitaria, México D. F. 04510






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Introducción



De acuerdo con el testimonio de Alvarado Tezozómoc en su Crónica mexicana, perturbado Motecuhzoma por los varios presagios que se han descrito en los textos anteriores, hizo llamar a sabios y hechiceros con objeto de interrogarlos. Quería averiguar si había señales de próximas guerras, de desastres imprevistos, o de cualquier otra forma de desgracia. 

    Los nigrománticos en realidad no pudieron dar respuesta. Pero, en cambio, por ese tiempo apareció un pobre macehual (hombre del pueblo), venido de las costas del Golfo con las primeras noticias de la llegada de unas como "torres o cerros pequeños que venían flotando por encima del mar". En ellos venían gentes extrañas "de carnes muy blancas, más que nuestras carnes, todos los más tienen barba larga y el cabello hasta la oreja les da. . ." Tal noticia despertó la angustia de Motecuhzoma y, como veremos en el capítulo siguiente, movido a temor envió mensajeros y dones a quienes creyó que eran posiblemente Quetzalcóatl y otros dioses que volvían, según lo anunciado en sus códices y tradiciones.  

Motecuhzoma interroga a los nigrománticos

Y mandó Motecuhzoma a Petlacálcatl, 1 que llamase a todos los mayordomos de todos los pueblos; de cada pueblo el suyo. Díjoles que fuesen a los pueblos que ellos tenían encomendados, y le buscasen nigrománticos en los pueblos, y si los hallasen, se los trajesen. Y algunos mayordomos trajeron algunos, los cuales venidos y dado aviso de ello a Motecuhzoma, traídos ante él, entraron e hincaron una rodilla en el suelo, le hicieron gran reverencia y les dijo: ¿habéis visto algunas cosas en los cielos, o en la tierra, en las cuevas, lagos de agua honda, ojos, puentes o manantiales de agua, algunas voces, como de mujer dolorida, o de hombres; visiones, fantasmas u otras cosas de éstas?  



Como no habían visto cosa de las que deseaba Motecuhzoma, ni de las que él les preguntaba daban razón, dijo a Petlacálcatl: llevadme a estos bellacos, y encerradlos en la cárcel de Cuauhcalco, de maderones, que ellos lo dirán, aunque no quieran. Otro día llamó a Petlacálcatl, y díjole: decidles a esos encantadores, que declaren alguna cosa, si vendrá enfermedad, pestilencia, hambre, langosta, terremotos de agua o secura de año, si lloverá o no, que lo digan; o si habrá guerra contra los mexicanos, o si vendrán muertes súbitas, o muertes por animales venidos, que no me lo oculten; o si han oído llorar a Cihuacóatl, tan nombrada en el mundo, que cuando ha de suceder algo, lo interpreta ella primero, aún mucho antes de que suceda. 2  

    Respondieron los nigrománticos: ¿qué podemos decir? Que ya está dicho y tratado en el cielo lo que será, porque ya se nombró su nombre en el cielo, y lo que se trató de Motecuhzoma, que sobre él y ante el, ha de suceder y pasar un misterio muy grande: y si de esto quiere nuestro rey Motecuhzoma saber, es tan poco, que luego será ello entendido, porque a quien se mandó presto vendrá, y esto es lo que decimos nosotros, para que esté satisfecho; y pues ello ha de ser así, aguárdelo. 

    Fue luego Petlacálcatl y tratóselo de plano a Motecuhzoma, cómo presto vendría lo que había de venir. Admiróse Motecuhzoma de ver que conformaba esto con lo que le dejó dicho Nezahualpilli rey (de Tetzcoco, hijo de Nezahualcóyotl). Díjole Motecuhzoma al mayordomo: preguntadles, que esto que ha de venir o suceder, de dónde ha de venir, de el cielo o de la tierra; de qué parte, de qué lugar y que cuándo será.

    Volvió Petlacálcatl a ratificar la pregunta a los encantadores, y entrando y abriendo las puertas, no halló a persona alguna, de que quedó muy espantado. Fue luego Petlacálcatl a contárselo a Motecuhzoma: llegado ante él dijo: señor mío, hacedme  tajadas, o lo que más fuéredes servido: sabed, señor, que cuando llegué y abrí las puertas, estaba todo yermo, que uno ni ninguno parecía, pues yo también tengo especial cuenta, porque tengo allí viejos con la misma guarda de ellos y de otros, y no los sintieron salir, y creo que volaron, como son invisibles y se hacen todas las noches invisibles, y se van en un punto al cabo del mundo, esto deberían hacer.
 

Dijo Motecuhzoma: váyanse los bellacos; llamad a los principales Cuauhnochtli y Tlacochcálcatl 3 y a los demás, que vayan a los pueblos donde ellos están, y maten a sus mujeres e hijos, que no quede uno ni ninguno y les derriben las casas. Hizo llamar muchos mancebos que fuesen con ellos a saquear las casas de las mujeres de los nigrománticos, los cuales se juntaron luego, y fueron a las casas de ellos, y mataron a sus mujeres, que las iban ahogando con unas sogas, y a los niños iban dando con ellos en las paredes haciéndolos pedazos, y hasta el cimiento de las casas arrancaron de raíz.

Llegada del macehual de las costas del Golfo

A pocos días vino un macehual (hombre del pueblo), de Mictlancuauhtla, 4 que nadie lo envió, ni principal ninguno, sino sólo de su autoridad. Luego que llegó a México, se fue derecho al palacio de Motecuhzoma y díjole: señor y rey nuestro, perdóname mi atrevimiento. Yo soy natural de Mictlancuauhtla; llegué a las orillas de la mar grande, y vide andar en medio de la mar una sierra o cerro grande, que andaba de una parte a otra y no llega a las orillas, y esto jamás lo hemos visto, y como guardadores que somos de las orillas de la mar, estamos al cuidado. Dijo Motecuhzoma: sea norabuena, descansad. Y este indio que vino con esta nueva no tenía orejas, que era desorejado, tampoco tenía dedos en los pies, que los tenía cortados.

    Díjole Motecuhzoma a Petlacálcatl, llevad a éste y ponedle en la cárcel del tablón, y mirad por él. Hizo llamar a un teuctlamacazqui (sacerdote) y díjole: id a Cuetlaxtlan, y decidle al que guarda el pueblo, que si es verdad que andan por la gran mar no se qué, ni lo que es que lo vayan a ver, y que qué es lo que guarda o encierra la mar del cielo, y esto sea con toda brevedad y presteza, y llevad consigo en vuestra compañía a Cuitlalpítoc.


    Llegados a Cuetlaxtlan dijeron y contaron la embajada de Motecuhzoma, y estaba muy atento el Cuetlaxtécatl, llamado Pínotl. Respondió (éste): señor, descansad y vayan luego prácticos que vean y anden las orillas de la mar, y verán lo que es. Fueron a registrar y volvieron a toda prisa a dar noticia al Calpixque Pínotl, diciéndole cómo era verdad, que andaban como dos torres o cerros pequeños por encima de la mar Dijo el Teucnenenqui 5 a Pínotl: señor, quiero ir en persona a verlos y cómo son, para dar fe como testigo de vista, y estaré con esto satisfecho y haré la relación conforme lo que viere. Y así fue luego con otros más que eran el Cuitlalpitoc y otro Cuetlaxtécatl, y luego que llegaron vieron lo que andaba por la orilla del mar, y habían salido con un barco y estaban pescando siete u ocho de los del barco con anzuelos.

    El Teucnenenqui y el Cuitlalpítoc se subieron a un árbol, que llamaban árbol blanco, muy copudo, y desde allí los estaban mirando cómo cogían pescados. Y habiendo acabado de pescar, se volvieron otra vez a la nao con su batel o barquillo. Dijo el Teucnenenqui: vamos, Cuitlalpítoc. Bajáronse del árbol y volvieron al pueblo de Cuetlaxtlan, y al instante se despidieron del Pínotl. Volviéronse con toda la brevedad posible a la gran ciudad de México-Tenochtitlan, a dar la razón de lo que habían ido a ver.

Llegados a México, fuéronse derechos al palacio de Motecuhzoma, a quien hablaron con la reverencia y humildad debida. Dijéronle: señor y rey nuestro, es verdad que han venido no sé qué gentes, y han llegado a las orillas de la gran mar, las cuales andaban pescando con cañas y otros con una red que echaban. Hasta ya tarde estuvieron pescando, y luego entraron en una canoa pequeña y llegaron hasta las dos torres muy grandes y subían dentro, y las gentes serían como quince personas, con unos como sacos colorados, otros de azul, otros de pardo y de verde, y una color mugrienta como nuestro ychtilmatle, 6 tan feo; otros encarnado, y en las cabezas traían puestos unos paños colorados, y eran bonetes de grana, otros muy grandes y redondos a manera de comales pequeños, que deben de ser guardasol (que son sombreros) y las carnes de ellos muy blancas, más que nuestras carnes, excepto que todos los más tienen barba larga y el cabello hasta la oreja les da. Motecuhzoma estaba cabizbajo, que no habló cosa ninguna. 

Preparativos ordenados por Motecuhzoma

Al cabo de gran rato habló Motecuhzoma y dijo: vos sois principales de mi casa y palacio; no puedo dar más fe ni crédito a otra persona más que a vos, porque me tratáis la verdad cada día: id ahora vos y el mayordomo, y traedme al que está preso en la cárcel, que vino por mensajero de la costa: idos por él a la cárcel adonde estaba entapiado. Fueron, y abriendo las puertas, no lo hallaron donde lo habían puesto, de que quedaron admirados y espantados. Fuéronselo a decir a Motecuhzoma, de que quedó más espantado y admirado, y dijo: en fin, es de la cosa natural, que casi todos son nigrománticos, pues mirad lo que os mando con pena, que si alguna cosa descubriéredes de lo que os digo, debajo de mi estrado os tengo de enterrar, y morirán vuestras mujeres e hijos, y os despojaran de todos vuestros bienes y desharán vuestras casas, hasta los postreros cimientos, hasta que salga agua de ellos, y asimismo morirán vuestros deudos y parientes; y traedme secretamente dos plateros muy buenos oficiales de obra primorosa, y dos lapidarios de los buenos gastadores de esmeraldas.

    Dijéronle: señor, aquí están los oficiales que mandaste traer. Dijo Motecuhzoma: hacedlos entrar acá. Entraron y díjoles: venid acá, padres míos; habéis de saber que os envié a llamar para que hagáis cierta obra, y mirad que no lo descubráis a hijo de madre, so pena de las graves penas de tirar hasta los cimientos de casas, pérdida de bienes y muerte vuestra; de mujer, hijos y parientes, porque todos han de morir: cada uno ha de hacer dos obras, y se han de hacer delante de mí. Aquí secretamente en este palacio adonde ahora estamos: hase de hacer un ahogadero o cadena de oro de a cuatro dedos cada eslabón, muy delgado, y han de llevar estas piezas y medallas en medio unas esmeraldas ricas, y a los lados, como a manera de zarcillos, de dos en dos, y luego se harán unas muñequeras de oro y su cadena de oro colgando de él, y esto con toda la brevedad del mundo.

A los otros oficiales les mandó hacer dos amosqueadores grandes de rica plumería y en medio una media luna de oro, y de la otra parte el sol muy bien bruñido el oro, que relumbre de lejos, y dos brazaletes de oro, con muy rica plumeria. Y a los lapidaros les mandó hacer a cada uno, dos muñequeras de dos, o para las dos manos y para los dos pies, de oro, en medio engastadas ricas esmeraldas. Y mandó al mayordomo Petlacálcatl, que trajese luego secretamente mucho oro que estaba en cañutos, y mucha plumería rica de la menuda, la más suprema de las aves "tlauhquechol" y "tzinitzcan zacuan", 7 y muchas esmeraldas y otras piedras ricas de muy gran valor: todo lo cual dieron a los oficiales, y en pocos días fue acabada toda la obra. Y una mañana, luego que se levantó Motecuhzoma, enviaron a uno de los corcovados a rogar al rey Motecuhzoma que se llegase al aposento de los oficiales. 

    Habiendo entrado, después de haberle hecho todos gran reverencia, le dijeron: señor nuestro, la obra toda está de todo punto acabada: véisla aquí, señor. Parecióle muy bien todo lo hecho a Motecuhzoma. Díjoles que estaba muy bien hecho y a su contento y placer. 

Hizo llamar a Petlacálcatl su real mayordomo y díjole: a cada uno de estos mis abuelos, dadles a cada uno una carga de mantas de las de a diez brazas y de a ocho, y de a cuatro, y mantas ricas, pañetes, huipiles, naguas para mis abuelas, maíz, chile, pepita, algodón, frijol, a cada uno igualmente, y con esto se fueron muy contentos los oficiales a sus casas ... 8



1  Petlacálcatl: especie de mayordomo mayor: Jefe de calpixques: funcionarios encargados de diversos oficios en el palacio o en el templo.
2  Otra alusión, como la que se halla en el sexto presagio incluido en el capítulo anterior; acerca de los recorridos nocturnos de la diosa Cihuacóatl, que iba llorando y gritando.
3  Cuauhnochtli: nombre de un alto funcionario de Tenochtitlan y Tlatelolco. Tlacoshcálcatl: "jefe de la casa de los dardos".
4  Mictlancuauhtla: "Bosque de la Región de los muertos." Según Orozco y Berra se trata de una población ya desaparecida, situada en las costas de Veracruz. Todavía en un mapa enviado a Felipe II en 1580 por el alcalde mayor Alvaro Patiño, aparece con el nombre alterado como Metlangutla.
5  Teucnenenqui: "gran caminante o emisario".
6  Ychtilmatle, mejor: ichtilmatli, capa o "tilma" hecha con fibra de maguey.
7  Tlauhquechol: ave roja; posiblemente el flamenco o la guacamaya. Según Garibay probablemente es toda ave roja y grande. Tzinitzcan: ave de pluma fina. (Trogonorus mexicanus). Zacuan: otra ave de vistoso plumaje, color amarillo dorado.
8  Tomado de Crónica Mexicana de Alvarado Tezozómoc, caps. CVI y CVII. El texto presentado se conserva sólo en castellano. Su autor, Tezozómoc, escribió también la Crónica de mexicáyotl en náhuatl.




Introducción



Hablan los textos indígenas, principalmente los informantes de Sahagún, acerca de las varias idas y venidas de los mensajeros de Motecuhzoma hacia las costas del Golfo, por donde habían aparecido los forasteros. Se ofrecen primero algunos textos tomados del Códice Florentino referentes a las instrucciones dadas por Motecuhzoma a sus mensajeros. En dichos textos aparece claramente la proyección que hicieron los nahuas de sus antiguas ideas para explicarse la venida de los españoles: pensaban que el recién llegado era Quetzalcóatl, Nuestro Príncipe. 

    A continuación, relatan los mexicas el modo como llegaron los mensajeros hasta la orilla del mar, siendo allí recibidos por los españoles, a quienes entregaron los dones enviados por Motecuhzoma. Es particularmente interesante la descripción que hacen en seguida de los dones ofrecidos a Cortés y del modo como éste trató luego de atemorizarlos, disparando ante su vista un arcabuz.

    La tercera parte de este capítulo trata del regreso de los mensajeros de Motecuhzoma a México-Tenochtitlan y de los informes que dan a este, acerca de como eran los españoles, sus cañones, los animales en que venían montados, especie de "venados" enormes, pero sin cuernos, sus perros, etcétera.   

Motecuhzoma instruye a sus mensajeros

Motecuhzoma luego dio órdenes al de Cuetlaxtlan, Pínotl, y a todos ellos. Les dijo:

    -Dad orden: que haya vigilancia por todas partes en la orilla del agua, en donde se llama Nauhtla, Tuztlan, Mictlancuauhtla. Por donde ellos (los forasteros) vienen a salir. 

    Inmediatamente se fueron los mayordomos. Dieron órdenes de que hubiera vigilancia. 

    Por su parte Motecuhzoma hizo junta con sus príncipes:

    El Cihuacóatl Tlilpotonqui, el Tlacochcálcatl Cuappiaztzin, el Tizociahuácatl Quetzalaztatzin, el Huiznahuatlailótlac           Hecateupatiltzin. Les hizo oír el relato y les mostró, les puso a la vista los collares que había mandado hacer. 

    Les dijo:      -Hemos admirado las turquesas azules. Se guardarán bien. Los tesoreros las guardarán bien. Si dejan que se pierda alguna, nuestras serán sus casas, nuestros sus hijos, los que están en el seno materno. 

    E hizo su turno el año, que linda con 13-Conejo. Y cuando ya va a tener fin, al ya acabarse el año 13-Conejo, vienen a salir, son otra vez vistos. 

       Luego presurosos vienen a dar cuenta a Motecuhzoma. Al saberlo, también de prisa envía mensajeros. Era como si pensara que el recién llegado era nuestro príncipe Quetzalcóatl.

    Así estaba en su corazón: venir sólo, salir acá: vendrá para conocer su sitio de trono y solio. Como que por eso se fue recto, al tiempo que se fue. 

    Envió Motecuhzoma cinco que lo fueran a encontrar, que le fueran a regalar dones. Los guiaba un sacerdote, el que tenía a cargo y bajo su nombre el santuario de Yohualichan. 

    En segunda, el de Tepoztlan; el tercero, el de Tizatlan; el cuarto era el de Huehuetlan, y el quinto, el de Mictlan grande. 

    Les dijo:

    -Venid acá, caballeros tigres, venid acá. 

    Dizque otra vez ha salido a tierra nuestro señor.

    Id a su encuentro, id a hacerle oír; poned buena oreja a lo que él os diga. Buena oreja tenéis que guardar.   

Los dones que se ofrecen a los recién venidos

He aquí con lo que habéis de llegar delante de nuestro señor:

    Este es el tesoro de Quetzalcóatl:

    Una máscara de serpiente, de hechura de turquesas.

    Un travesaño para el pecho, hecho de plumas de quetzal.

    Un collar tejido a manera de petatillo: en medio tiene colocado un disco de oro.

    Y un escudo de travesaños de oro, o bien con travesaños de concha nácar: tiene plumas de quetzal en el borde y unas banderolas de la misma pluma. 

    También un espejo de los que se ponen al trasero los danzantes, guarnecido de plumas de quetzal. Ese espejo parece un escudo de turquesas: es mosaico de turquesas, de turquesas está incrustado, tachonado de turquesas. 

Y una ajorca de chalchihuites,1 con cascabelillos de oro.

    Igualmente, un lanza-dardos guarnecido de turquesas: todo de turquesas lleno. Es como si tuviera cabecillas de serpiente; tiene cabezas de serpiente. 

    Y unas sandalias de obsidiana.

    En segundo lugar les dio el atavío de Tezcatlipoca:

    Un capacete de forma cónica, amarillo, por el oro, lleno todo él de estrellas. 

    Y sus orejeras adornadas con cascabeles de oro.

    Y un collar de concha fina: un collar que cubre el pecho, con hechura de caracoles, que parecen esparcirse desde su borde.

    Y un chalequillo todo pintado, con el ribete con sus ojillos: en su ribete hay pluma fina que parece espuma. 

    Un manto de hilos atados de color azul, éste se llama el "campaneante resonador". A las orejas se alza y allí se ata. 

    También está colocado un espejo de dorso.

    Y también un juego de cascabeles de oro que se atan al tobillo.

    Y un juego de sandalias de color blanco.

    En tercer lugar, el atavío de Tlalocan Tecuhtli; (señor del Tlalocan):

    Una peluca de plumas de quetzal y de garza: toda hecha de pluma de quetzal, llena totalmente de pluma de quetzal; como que verdeguea, como que está verdegueando, y sobre ella, un travesaño hecho de oro y concha nácar. 

    Unas orejeras en forma de serpiente, hechas de chalchihuite.

    Su chalequillo matizado con chalchihuites.

    Su collar: un collar de chalchihuites, tejidos en petatillo, también con un disco de oro.

    También un espejo para la parte de atrás, tal como se dijo, también con campanillas.

    La manta con que se cubre, con bordes de anillos rojos, y cascabeles para el pie, hechos de oro.

    Y su bastón de forma serpentina con mosaico de turquesas.

    En cuarto lugar, también el atavío de Quetzalcóatl:

    Una diadema de piel de tigre con plumas de faisán: sobre ella hay una enorme piedra verde: con ésta está ataviada la cabeza. 

    Y orejeras de turquesas, de forma redonda, de las cuales pende un zarcillo curvo de concha y oro.

    Y un collar de chalchihuites tejido en manera de petatillo: también en el medio yace un disco de oro.

    Y la manta con que se cubre, con ribetes rojos.

    También requiere en el pie cascabeles de oro.

    Y un escudo de oro, perforado en el medio, con plumas de quetzal tendidas en su borde; también con banderola de quetzal.

    Y el cayado torcido propio de Ehécatl: curvo por arriba, con piedras preciosas blancas, constelado.

    Y sus sandalias de espuma.

    Allí están todos los géneros de insignias que se llaman "insignias divinas". Fueron puestos en posesión de los embajadores. Y aún muchos más objetos que llevaron como regalos de bienvenida:

    Un capacete de caracol hecho de oro.

    Una diadema de oro.

    Luego esto fue acomodado en cestones, fue dispuesto en armadijos para la carga.

    Y por lo que toca a los cinco mencionados, luego les da órdenes Motecuhzoma, les dice: 

    -Id, no os demoréis. Haced acatamiento a nuestro señor el dios. Decidle:

    -"Nos envía acá tu lugarteniente Motecuhzoma. He aquí lo que te da en agasajo al llegar a tu morada de México."    

Llegan los mensajeros ante los españoles

Pues cuando hubieron llegado al borde del mar, los trasportaron, en barcas los llevaron a Xicalanco.

    Otra vez allí los tomaron en barcas, los llevaron los marineros: todos los objetos pusieron en barcas, los colocaron, los metieron en ellas.

    Y metidos ya en sus canoas, por el río fueron, llegaron a las barcas de aquéllos (de los españoles), se repegaron a sus barcas.

    Ellos (los españoles) les dijeron:

    -¿Quiénes sois vosotros? ¿De dónde vinísteis?

-Hemos venido de México.2

    Otra vez les dijeron:

    -Puede ser o no ser que vosotros de allá procedáis, o tal vez no más lo inventáis; tal vez no más de nosotros os estáis burlando.

    Pero su corazón se convenció, quedó satisfecho su corazón. Luego pusieron un gancho en la proa de la nave; con ella los levantaron estirando, luego pararon una escala.

    Por tanto, subieron a la nave. Iban llevando en los barcos los objetos. Uno a uno hicieron la ceremonia de tocar la tierra con la boca delante del capitán, (o sea, hicieron reverencia y juramento).

    En seguida le hacen una arenga, le dicen:

    -Dígnese oírlo el dios: viene a rendir homenaje su lugarteniente Motecuhzoma. Él tiene en cargo la ciudad de México. Dice: "Cansado ha quedado, fatigado está el dios."

    En seguida atavían al capitán. Le pusieron con esmero la máscara de turquesas, en ella estaba fijada la banda travesaña de pluma de quetzal.

    Y de esta máscara va pendiendo, en ella está la orejera de uno y otro lado.

    Y le pusieron el chalequillo, lo enchalecaron. Y le pusieron al cuello el collar de petatillo: el petatillo de chalchihuites: en medio tiene un disco de oro.

    Después, en su cadera le ataron el espejo que cae hacia atrás y también le revistieron por la espalda la manta llamada "campanillante".

    Y en sus pies le colocaron las grebas que usan los huastecos, consteladas de chalchihuites, con sus cascabeles de oro.

    También le dieron, en su mano le pusieron el escudo que tiene travesaño de oro y de concha nácar, con sus flecos de pluma de quetzal y sus banderolas de lo mismo.

    Ante su vista pusieron las sandalias de obsidiana.

    En cuanto a los otros tres géneros de atavíos divinos, no hicieron más que colocarlos enfrente de él, los ordenaron allí.

    Así las cosas, díjoles el capitán:

    -¿Acaso esta es toda vuestra ofrenda de bienvenida? ¿Aquello con que os llegáis a las personas?

    Dijeron ellos:

    -Es todo: con eso hemos venido, señor nuestro.

 



Los españoles reciben a los mensajeros de Motecuhzoma (Códice Florentino)

Cortés trata de poner temor en los mexicas

Entonces dio órdenes el capitán; en consecuencia, fueron atados (los mexicas); les pusieron hierros en los pies y en el cuello. Hecho eso, dispararon el cañón grande.

    Y en este momento los enviados perdieron el juicio, quedaron desmayados. Cayeron, se doblaron cada uno por su lado: ya no estuvieron en sí.

    Los españoles, por su parte, los levantaron, los alzaron, les dieron a beber vino, y en seguida les dieron de comer, los hicieron comer. Con esto, recobraron su aliento, se reconfortaron.

    Así las cosas, les dijo el capitán:

    -Oídlo: he sabido, ha llegado a mi oído, que dizque los mexicanos son muy fuertes, que son muy guerreros, que son muy tremendos. 

    Si es un solo mexicano, muy bien pone en fuga, bien hace retroceder, bien vence, bien sobrepasa, aunque de veras sean diez y acaso aun si son veinte los guerreros.

    Pues ahora mi corazón quiere quedar convencido; voy a ver yo, voy a experimentar qué tan fuertes sois, ¡qué tan machos!

    Les dio en seguida escudos de cuero, espadas y lanzas. Y además (dijo):

    -Muy tempranito, al alba se hará: vamos a contender unos con otros: vamos a hacer torneo en parejas; nos desafiaremos. Tendremos conocimiento de las cosas. ¡A ver quién cae al suelo!

    Respondieron al capitán, le dijeron:

    -Óigalo el señor: ¡puede ser que esto no nos lo mandara Motecuhzoma, lugarteniente tuyo! ... En exclusiva comisión hemos venido, a dar reposo y descanso hemos venido, a que nos saludemos unos a otros. No es de nuestra incumbencia lo que el señor quiere. Pero si tal cosa hiciéramos, pudiera ser que por ello se enojara mucho Motecuhzoma. Por esto acabará con nosotros.

    Dijo al punto el capitán:

    -No, se tiene que hacer. Quiero ver, quiero admirar: ha corrido fama en Castilla de que dizque sois muy fuertes, muy gente de guerra. Por ahora, comed muy temprano: también yo comeré. ¡Mucho ánimo!

    Después los despachó, los hizo bajar a su navío de ellos (de los mexicas) . No bien hubieron bajado a su nave, remaron fuertemente. Se remaba con ardiente afán. Algunos aun con las manos remaban, iban con el alma afanada. Se decían unos a otros presurosos:

    -¡Mis capitanes, con todas vuestras fuerzas!... ¡Remad esforzadamente. No vaya a sucedernos algo aquí! ¡Que nada nos pase!...

    Con toda prisa llegaron por el mar hasta el sitio llamado Xicalanco.

    Con trabajos tomaron aliento allí. Luego con gran empeño siguieron su camino. Llegaron a Tecpantlayacac. De allí se pusieron en camino, fueron de marcha y llegaron presurosos a Cuetlaxtlan. Tal como en su viaje de ida, tomaron allí aliento.

    Y el cuextlaxteca les dijo:

    -¡Siquiera un día descansen! ¡Siquiera tomen aliento!

    Pero ellos le dijeron:

    -¡Pues no! Estamos de prisa: vamos a darle cuenta al señor rey Motecuhzoma. Le diremos qué hemos visto. Cosa muy digna de asombro. ¡Nunca cosa así se vio! O, ¿acaso tú antes lo oíste?
   

Regreso de los mensajeros

Luego de prisa se fueron, hasta México llegaron. Y entraron no más de noche; sólo en la noche llegaron.

    Y cuando esto sucedió, Motecuhzoma ya no supo de sueño, ya no supo de comida. Ya nadie con él hablaba. Y si alguna cosa hacia, la tenía como cosa vana. Casi cada momento suspiraba. Estaba desmoralizado, se tenía como un abatido.

    Ya nada que da dicha, ya no cosa que da placer, ya no cosa de deleite le importaba.

    Y por todo esto decía: 

    - "¿Qué sucederá con nosotros? ¿Quién de veras queda de pie?

    ¡Ah, en otro tiempo yo fui! ... ¡Vulnerado de muerte esta mi corazón! ¡Cual si estuviera sumergido en chile, mucho se angustia, mucho arde! ...

    ¿A dónde, pues, nuestro señor?"

    Entonces dio órdenes a los que tenían el cargo de vigilar, los que guardaban sus principales cosas.

    Les dijo:

    -Aun cuando durmiendo esté, avisadme: -Ya llegaron los que enviaste a la mar.

    Pero cuando fueron a decirlo, dijo al momento:

    -Aquí no los quiero oír. Los oiré allá en la Casa de la Serpiente. Que allá se vayan.

    Y viene a dar orden, dice: ¡que se tiñan de greda dos cautivos! ...

    Y luego fueron a la Casa de la Serpiente los enviados. También él, Motecuhzoma. Luego a sus ojos fueron los sacrificios. Abrieron el pecho a los cautivos: con su sangre rociaron a los enviados.

    La razón de hacer tal cosa, es haber ido por camino muy difícil; por haber visto a los dioses; haber fijado sus ojos en su cara y en su cabeza. ¡Bien con los dioses conversaron! ...

Lo que vieron los mensajeros

Hecho esto, luego dan cuenta a Motecuhzoma. Le dijeron en que forma se habían ido a admirar y lo que estuvieron viendo, y cómo es la comida de aquéllos.

    Y cuando él hubo oído lo que le comunicaron los enviados, mucho se espantó, mucho se admiró. Y le llamó a su asombroso en gran manera su alimento.

    También mucho espanto le causó el oír cómo se desmaya uno; se le aturden a uno los oídos.

    Y cuando cae el tiro, una como bola de piedra sale de sus entrañas: va lloviendo fuego, va destilando chispas, y el humo que de él sale, es muy pestilente, huele a lodo podrido, penetra hasta el cerebro causando molestia.

    Pues si va a dar con un cerro, como que lo hiende, lo resquebraja, y si da contra un árbol, lo destroza hecho astillas, como si fuera algo admirable, cual si alguien le hubiera soplado desde el interior.

    Sus aderezos de guerra son todos de hierro: hierro se visten, hierro ponen como capacete a sus cabezas, hierro son sus espadas, hierro sus arcos, hierro sus escudos, hierro sus lanzas.

    Los soportan en sus lomos sus "venados". Tan altos están como los techos.

    Por todas partes vienen envueltos sus cuerpos, solamente aparecen sus caras. Son blancas, son como si fueran de cal. Tienen el cabello amarillo,aunque algunos lo tienen negro. Larga su barba es, también amarilla, el bigote también tienen amarillo. Son de pelo crespo y fino, un poco encarrujado.

    En cuanto a sus alimentos, son como alimentos humanos: grandes, blancos, no pesados, cual si fueran paja. Cual madera de caña de maíz, y como de médula de caña de maíz es su sabor. Un poco dulces, un poco como enmielados: se comen como miel, son comida dulce.

    Pues sus perros son enormes, de orejas ondulantes y aplastadas, de grandes lenguas colgantes; tienen ojos que derraman fuego, están echando chispas: sus ojos son amarillos, de color intensamente amarillo.

    Sus panzas, ahuecadas, alargadas como angarilla, acanaladas.

    Son muy fuertes y robustos, no están quietos, andan jadeando, andan con la lengua colgando. Manchados de color como tigres, con muchas manchas de colores.

Cuando hubo oído todo esto Motecuhzoma se llenó de grande temor y como que se le amorteció el corazón, se le encogió el corazón, se le abatió con la angustia.3




1  Chalchihuites: diversas clases de piedras verdes: jades y jadeítas. 
2  Los mensajeros de Motecuhzoma y los españoles pudieron entablar estos diálogos desde un principio gracias a que Cortés traía consigo Jerónimo de Aguilar y a  Malintzin.Esta última que comprendía las palabras de los indios dichas en náhuatl las comunicaba a Aguilar en maya, quien finalmente las traducía al castellano para que los conquistadores pudieron entenderlas. 
3  Informantes de Sahagún: Códice Florentino, lib. XII, caps. III y IV. (Versión de Ángel Ma. Garibay K.). 



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