Historia del Museo de Bellas Artes de Valencia






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MANIERISMO



El manierismo deriva de una crisis artística y religiosa que se manifiesta primero en la pintura. Durante mucho tiempo se consideró un estilo diferente al renacimiento, ubicado cronológicamente entre éste y el barroco. Actualmente, es considerado como la última etapa del renacimiento, aunque sus principios se hallan en contradicción con los del estilo del que derivan.

Son los pintores de la segunda década del siglo XVI quienes, alejados de todo canon renacentista, crean este nuevo estilo, tratando de deformar una realidad que ya no les agrada e intentando revalorizar el arte por el arte mismo. Una original estética, alejada de los cánones clásicos renacentistas, comienza a teñir el estilo de las nuevas obras pictóricas.

En cuanto a la composición, multitud de figuras se agolpan en espacios arquitectónicos totalmente reducidos. El resultado es la formación de planos paralelos totalmente irreales y una atmósfera de tensión permanente. En los cuerpos las formas finas y alargadas reemplazan a los bien torneados miembros del renacimiento. Los músculos realizan ahora contorsiones absolutamente impropias de seres humanos.

Rostros melancólicos y misteriosos surgen entre vestimentas de minucioso drapeado y colores brillantes y contrastados. La luz se detiene sobre objetos y figuras creando sombras inadmisibles. Los verdaderos protagonistas del cuadro ya no se sitúan en el centro de la perspectiva, sino en algún rincón de la arquitectura donde el ojo debe, no sin trabajo, encontrarlo. Sin embargo la integración del conjunto es del todo perfecta.

Y es así como, en su última fase, la pintura manierista, que comenzó como la expresión de una crisis artística y religiosa, llega a su verdadero apogeo de la mano de los grandes genios de la pintura veneciana del siglo XVI. Mención aparte merece la obra del Greco quien, a partir de unos principios manieristas, acaba desarrollando uno de los caminos más personales y únicos de su época, que lo convierten en un curioso precursor del arte moderno.

El San Juan Bautista (h. 1600-1605) de El Greco que conserva el Museo de Bellas Artes de Valencia ofrece una muestra de su estilo intemporal. Destaca la modernidad de su pincelada, que desmaterializa el cuerpo del santo indiferenciándolo del cielo tormentoso y del paisaje indefinido del fondo. Por otro lado, el alargamiento del cuerpo se debe al interés del artista por dar a la obra un sentido ascensional que, al igual que la desmaterialización del cuerpo, remarque el carácter sagrado del personaje, dando como resultado una obra en la que domina la expresividad frente al carácter descriptivo.

Entre los artistas españoles cabe citar a Luis de Morales llamado "el divino". En su obra Calvario con donante, adquirida por Juan de Ribera, podemos comprobar algunas de características manieristas mencionadas.

BARROCO



El estilo barroco surgió en Italia a mediados del siglo XVI y se extendió por Europa impulsado por el papado. Llega a España a finales del mismo siglo y perduró hasta entrado el siglo XVIII.

Los orígenes del término barroco no están muy claros. Cuando se acuñó en el siglo XVIII, tenía un significado peyorativo y despectivo, sinónimo de extravagante. Hasta el siglo XIX e incluso el XX, el barroco se consideraba como una degeneración del Renacimiento, siendo rechazado y considerado de mal gusto. En un diccionario de la lengua francesa de 1860, se entendía la palabra baroque como sinónimo de “perla irregular”. En algunos textos en español, se encuentra el término barrueco, utilizado en joyería con el mismo sentido que el anterior. Jacob Burckhardt, en su obra El Cicerone (1860), utilizaba ya el término “estilo barroco” para referirse a este arte, situando sus inicios en el año 1570 y lo consideraba inferior al Renacimiento.

El arte barroco es un reflejo de la diversidad política, religiosa y cultural de su tiempo. Por un lado, se veía condicionado por la necesidad de la monarquía absoluta de disponer de un aparato artístico que evidenciara la concentración de poderes que la caracterizaba, de donde derivó un arte monumental. Sin embargo, el barroco, como su tiempo, es un arte de grandes contrastes, por lo que al lado del absolutismo político encontramos una gran parte de Europa en la que los estados aún no se han unificado.

Por otro lado, la confrontación entre católicos y protestantes determinó gran parte del arte que se realizó en esta época. En 1517 Lutero colgó las 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Witenberg con lo que se inició un proceso en el seno de la Iglesia que dio lugar a un cisma. Apareció entonces el protestantismo que pretendía la suficiencia de la fe sin obras para la remisión del alma, la abolición de las indulgencias con las que se compraba el perdón de los pecados, la existencia de una iglesia cuya única cabeza es Cristo y que no tiene un representante en la tierra, el reconocimiento de las Sagradas Escrituras como única autoridad en materia religiosa, la supresión del celibato para los sacerdotes, el divorcio y el uso de la lengua popular en el culto.

En el ámbito artístico, el protestantismo rechazó la realización de obras de arte religioso porque podían entrañar peligro de idolatría. Hasta el momento, el fiel había necesitado de obras escultóricas o pictóricas para canalizar su veneración hacia un determinado personaje sagrado. Pero en el momento en el que se pasa a venerar la imagen en lugar del ser que representa, aparece la idolatría. Este fenómeno es abundante en España donde existen multitud de advocaciones para la Virgen María de la que cada uno de los pueblos puede declararse muy devoto olvidando que el resto de imágenes representan a la misma persona, la Madre de Dios. Es por ello que las iglesias protestantes se encuentran vacías de imágenes.

Este hecho tuvo consecuencias importantes en el arte, ya que hasta el momento la mayoría de las obras tenían una temática religiosa. En los países protestantes a partir de la Reforma, triunfó la tendencia iconoclasta que no había tenido éxito en el imperio bizantino. Se produjo entonces un cambio significativo en la temática de las obras ya que se desarrollan géneros que hasta el momento no habían sido tratados o, al menos, no con tanta frecuencia, el paisaje, el bodegón y el retrato, de los que se expone en el museo una buena muestra. El desarrollo de cada uno de estos géneros estuvo ligado, a su vez, a la existencia de una creciente burguesía en los países del norte de Europa, que impuso su gusto a partir de ese momento. Las familias de clase media-alta decoraban sus casas con paisajes y bodegones, mientras que las cofradías encargaban retratos de grupo y la nobleza los utilizaba para manifestar su posición social y su poder.

Por primera vez en la historia del arte occidental se dio el paisaje como género en sí mismo, sin ser telón de fondo de ninguna otra escena. Las figuras, en caso de aparecer, formaban parte del paisaje, como cualquier otro objeto. Es más, algunos pintores se dedicaron únicamente al paisaje, llegando incluso a especializarse en un único tipo: marina, campiñas, paisaje urbano, interiores de iglesias, etc. Otros, en cambio, pudieron llegar a especializarse en un tipo muy concreto de bodegón: flores, como Guirnalda de flores con la Asunción de la Virgen de Daniel Seghers; animales, e incluso en una clase específica de animal, como Bodegón de crustáceos de Onofrio Loth. La intervención de varios artistas en una sola obra que, como veíamos, era habitual en el gótico, siguió formando parte del proceso de producción de un cuadro. Así, una obra como Las tres gracias de Rubens, probablemente, requirió la colaboración de un artista especializado en flores.

Por otra parte, también era la primera vez que una obra de arte dejaba de realizarse por encargo. Los pintores paisajistas producían sus cuadros para ser ofrecidos a un mercado en el que siempre encontraban salida, no así otros géneros que no permiten este modo de comercialización, como el retrato.

El Retrato ecuestre de D. Francisco de Moncada, marqués de Aytona (h. 1630-1632) de Anthon Van Dyck es un buen ejemplo de la retratística de la época en la que destacó especialmente este pintor holandés. En este tipo de obra es donde mejor se observa el grado de naturalismo alcanzado por el arte barroco. Se trata de un cuadro de aparato, refinado y selecto donde predomina la distinción, el colorido y la brillantez.

En los países católicos, el arte religioso no sólo no desapareció sino que se acrecentó su producción. La Contrarreforma vio en las obras de arte un medio óptimo de propaganda de las ideas y conceptos asentados en el Concilio de Trento (1535-1564) que afianzó todos aquellos dogmas y creencias que la Reforma había negado. Sin embargo, el Concilio de Trento no sólo trató de luchar contra la Reforma protestante sino que acometió su propia reforma interna, eliminando la corrupción en el seno de la Iglesia. Mantuvo, no obstante, que su capacidad para interpretar las Escrituras, la validez de las obras para conseguir la salvación y el valor redentor de las indulgencias.

Para que la pintura pudiera servir a sus fines debía utilizar un lenguaje sencillo que llegara fácilmente a los fieles sin plantearles problemas. De ahí, que se considere al barroco como una reacción sensual, sentimental y efusiva frente a la racionalidad y frialdad del renacimiento, por lo que tanto la armonía como la proporción pierden importancia. El mensaje era más importante que la calidad de la obra. La finalidad era emocionar al espectador, excitar la piedad de los fieles e inducirles a la acción. La empatía era, pues, el recurso utilizado para transmitir los contenidos ideológicos (serenidad profunda de la fe, conciencia de la muerte [vanitas], etc.), pero de una forma correcta, por lo que se obligaba a los artistas a seguir los textos sagrados al pie de la letra y a desterrar el desnudo en sus representaciones.

Las características del barroco de los países católicos responden al interés por conseguir esta identificación entre el espectador y la escena que se le presentaba, a través del impacto visual y las sensaciones, de ahí que los cuadros se traten como si fueran representaciones teatrales. El arte barroco podría resumirse con estas cinco palabras:

  • Movimiento

  • Expresividad

  • Dramatismo

  • Tenebrismo

  • Sangre

Sus características generales son las siguientes:

  • Variedad: en el barroco se produce una integración de todas las artes. Se combina la arquitectura con la escultura y la pintura e incluso con otras artes menores. También sitúa esculturas en las cúpulas de los edificios, abandonando la rigidez del renacimiento, donde esa misma acción hubiera sido impensable. Además, se combinan los más diversos materiales (en algunas esculturas se utiliza simultáneamente piedra, tela y metal).

  • Dinamismo: el renacimiento es quietud y armonía, en cambio, el barroco es movimiento. Las columnas sinuosas (salomónicas) son un espléndido exponente de esta característica. Las figuras acentúan y dramatizan el movimiento (como en los pasos de Semana Santa). Las portadas de las iglesias ya no son planas sino envolventes y con líneas curvas, tanto cóncavas como convexas. Se trata de que los fieles no estén enfrente, sino dentro, acogidos por las portadas del templo. Las puertas de la catedral de Valencia y de la catedral de Murcia son buenos ejemplos de ello.

  • Contrastes: la pintura barroca se caracteriza también por los grandes contrastes cromáticos y lumínicos. Los últimos se pueden observar en la pintura tenebrista, caracterizada por la utilización de fondos oscuros que refuerzan el primer plano, impulsando así el mensaje religioso que se quiere transmitir.

  • Ambigüedad: el arte barroco se considera heredero del renacimiento, pero al mismo tiempo viola todas sus reglas. El arte del renacimiento va dirigido a la razón, el barroco quiere llegar al corazón, a los sentidos, lo que pretende es fascinar.

Por otra parte, en este periodo se empieza a utilizar la técnica al óleo sobre lienzo, dejando a un lado el empleo de las tablas como soporte de la pintura.

El arte católico del barroco estaba encaminado, por tanto, a potenciar aquellos aspectos rechazados por los protestantes. La crítica del culto a los santos y a la Virgen que realizó la Reforma fue contestada por el catolicismo con una profusión de obras dedicadas a la Madre de Dios, especialmente a la Inmaculada Concepción, cuya iconografía tenía origen en las tablas de Juanes, y a los santos, sobre todo los mártires, representados en los momentos álgidos de su martirio, siempre con la intención de impactar al espectador. De hecho, se procedió a la canonización de muchos santos durante el siglo XVI, con lo que se hizo necesario el desarrollo de sus iconografías. En cualquier, caso fueron representados con una apariencia humana normal y, generalmente, sin nimbos. También se potenciaron las visiones, las glorias, los milagros...

Obras como el Martirio de Santiago el menor (1639) de Pedro Orrente o la Virgen con ángeles músicos (h. 1610-1620) de Abdón Castañeda, son una buena muestra de ello. La primera reúne las características básicas del barroco: el dramatismo, el naturalismo en el tratamiento de los objetos y los personajes, el derramamiento de sangre, el juego de luces, la diagonal como elemento compositivo y el escorzo para acentuar la sensación de relieve. En el caso de la Virgen es significativo el ropaje ya que no responde a los cánones establecidos, sino que reproduce una tela bordada más propia de la industria de la seda valenciana.

La Eucaristía es otro aspecto conflictivo en el que la Contrarreforma hizo especial hincapié. El protestantismo redujo los sacramentos a dos, eliminando los que no aparecían citados en la Biblia: Bautismo y Eucaristía. No obstante, negó el dogma de la transustanciación (o transubstanciación) que defendía la conversión real de la hostia en el cuerpo de Cristo, reduciéndola a un simple símbolo. De ahí, que proliferara en el arte católico la representación de las Últimas Cenas durante la consagración, mientras que momentos como el lavatorio de los pies o el aviso a los apóstoles de la traición de Judas, quedaban en un segundo lugar.

Con el tema de la Eucaristía se exponen algunos cuadros en el museo:

  • La Santa Cena (h. 1620-1628) de Juan Ribalta, deudora de la del Colegio del Corpus Christi. La representación del Santo Cáliz de la catedral de Valencia responde a la idea de acercar la historia sagrada al fiel, con la que puede sentirse identificado más fácilmente al reconocer elementos familiares.

  • Adoración de la Eucaristía por San Pascual Bailón de Bernardo López.

  • Ángeles adorando la Eucaristía de Espinosa.

La defensa del dogma exigía también la formación teológica del clero por lo que se favoreció la creación de colegios como el Colegio del Corpus Christi del Patriarca San Juan de Ribera o el Colegio Mayor de Santo Tomás de Villanueva. En este sentido, tuvo especial protagonismo la orden fundada por San Ignacio de Loyola cuya principal función fue la predicación y la educación, único medio de extender la fe católica.

España se erigió en este período como baluarte de la Contrarreforma y defensora del catolicismo a ultranza, por lo que se dedicó, casi en exclusiva, a la producción de obras de temática religiosa. El contenido mitológico, que se siguió desarrollando en Italia (Rapto de las Sabinas de Valerio Castello), alcanzó en España un predicamento prácticamente escaso. La pintura española, por otro lado, siguió produciéndose por encargo.

Así pues, el arte barroco reflejó en sus manifestaciones artísticas toda la complejidad y las contradicciones propias de su época. En ningún momento, un estilo artístico presentó tanta variedad y tantos tipos, desde un barroco monumental destinado a aumentar el boato de la monarquía, hasta un barroco interesado en la realidad y lo cotidiano que responde a los intereses de la burguesía.

Entre los pintores barrocos españoles con representación en el Museo de Bellas Artes de Valencia encontramos los siguientes:

  • Pedro Orrente, cuyo Martirio de Santiago el menor ya hemos comentado.

  • Francisco Fernández, pintor de la corte de Felipe IV realiza Saúl atentando contra David.

  • Bartolomé Esteban Murillo con San Agustín lavando los pies a Cristo, en el que, al contrario que Orrente, se muestra un tipo de devoción que se complace en lo agradable.

  • Alonso Cano está representado con un San Vicente Ferrer predicando de colorido claro y pincelada suelta.

  • Juan Valdés Leal aporta su obra San Antonio de Padua y el Niño Jesús en la que desdeña la belleza del conjunto y se interesa por la expresión del santo.

  • Antonio de Pereda con una Crucifixión.

  • Antonio Palomino, teórico, pintor y fresquista, trabajó en Valencia desde 1699 y dejó el boceto del fresco La Iglesia militante y la Iglesia triunfante que realizó en la iglesia de San Esteban en Salamanca.

  • El criado de Velázquez, Juan de Pareja, también está presente en la colección del museo con un Retrato del arquitecto José Ratés Dalmau.

  • Diego Velázquez con su Autorretrato, una de las dos obras de este artista que posee el museo, pone de manifiesto la nueva condición social del artista.

Velázquez fue pintor de corte, lo que ya de por sí indica la singularidad de este artista, en absoluto, fiel representante del pintor barroco español, tanto por su puesto como por su excelencia. No obstante, su cargo en la corte fue el de aposentador real pues tenía a su cargo las llaves de las habitaciones del rey. El hecho de que se autorrepresentara a sí mismo es un claro indicio de que el prestigio social del artista barroco había cambiado respecto al gótico, pues Velázquez se consideró lo suficientemente importante como para legar su imagen a la posteridad. En Las Meninas lo vemos incluso ejerciendo sin pudor su oficio de pintor. Además en este magnífico retrato el pintor ha sabido plasmar no sólo los rasgos físicos, sino también los psicológicos.

La otra obra de Velázquez que conserva el museo es el retrato de El fraile trinitario Simón de Rojas difunto, del año 1624.

Respecto a la situación social de los pintores durante el barroco, los artistas seguían pintando por encargo, pero gozaban ya de una mayor libertad en el tratamiento de los temas. Además, poseían una mayor formación cultural que sus predecesores y todas sus obras estaban firmadas (generalmente al dorso de los cuadros).

De las escuelas pictóricas nacionales, la valenciana era una de las más fecundas. Su clientela eclesiástica y conventual promovió aparatosos lienzos de altar, en los que triunfaba de manera portentosa la gloria de los santos, representados con óptica naturalista y conmovedores efectos de luz.

La pintura de Francisco Ribalta muestra un tenebrismo naturalista de influencia italiana y un profundo sentimiento religioso motivado por la contemplación de las obras de Sebastiano del Piombo. Entre sus obras destacan:

  • Retablo de la Cartuja de Porta Coeli (1625-1627). A pesar de estar desmontado se puede apreciar la diferencia en cuanto a distribución con los retablos góticos ya que no tiene ni predela ni áticos. La tabla central representa a la Virgen con el Niño rodeados de una corte de ángeles. El resto de personajes, tratados de manera monumental, son los siguientes:

  • San Bruno que incita al silencio característico de la orden de los cartujos y tiene a sus pies el báculo y la mitra del cargo episcopal que ha rechazado en señal de humildad. No obstante, son elementos sin carga negativa, puesto que no los pisa, a diferencia del mundo.

  • San Juan Bautista.

  • Los cuatro evangelistas.

  • Los doctores de la Iglesia.

  • San Francisco abrazando al crucificado (h. 1620). El arrobo místico y la entrega de San Francisco se representan en este cuadro a través de un abrazo físico que simboliza la unión espiritual del santo con Dios. A pesar del naturalismo de la obra, capaz de captar hasta la textura del hábito, la obra presenta una serie de elementos simbólicos, no realistas: la propia aparición de Cristo depositando la corona de espinas sobre la cabeza del santo mientras que un ángel corona a Cristo con una de flores, los ángeles músicos tan característicos del barroco o la presencia de un animal con siete cabezas coronadas que está siendo pisado por San Francisco, en alusión al rechazo de los siete pecados capitales.

En la órbita de Francisco Ribalta existe una serie de artistas entre los que se cuenta su hijo. Juan Ribalta posee un estilo que se apoya en el de su padre, aunque es más naturalista. Realiza una Santa Cena de la que ya hemos hablado, pero también destaca los Preparativos para la Crucifixión (1615) que realizó con 18 años para el Monasterio de San Miguel de los Reyes. Esta obra es un buen exponente del barroco contrarreformista español ya que reúne muchas de sus características formales: violentos escorzos y claroscuros, cambios de escala, composición en diagonal, contrastes lumínicos y cromáticos, movimiento, etc. Los personajes aparecen dispuestos tal cual formaran parte del reparto de una obra de teatro en la que se escenifica la crucifixión de Cristo.

Por otra parte, este cuadro permite introducir nuevos conceptos sobre la vida de las obras y los criterios de restauración. La parte inferior del lienzo es claramente un añadido posterior ya que se puede apreciar un cambio de tono. La zona añadida está prácticamente vacía, excepto por la presencia de una cartela, unos huesos y los dados con los que los soldados echaron a suertes la túnica de Cristo. El pintor pretendió evitar el vacío con estos elementos pero no se fijó en que los dados aparecen ya en la parte original de la escena, en la mano de un soldado situado en el borde izquierdo del lienzo. El cambio de tono en esta parte del lienzo se debe al envejecimiento del óleo, que con el paso del tiempo reacciona de manera diferente al original, aunque en un principio el pintor pudiera haberlo imitado. No obstante, la repetición de los dados indica la falsedad de la banda inferior del cuadro.

El respeto hacia las obras de arte es una actitud relativamente reciente. Hasta el siglo XVIII, no existió una conciencia generalizada de que las obras religiosas pudieran ser valoradas estéticamente. Una obra tenía valor mientras pudiera ser utilizada, es decir, el arte se valoraba en función de su utilidad como objetos, sagrados y devoción en este caso. Así pues, no había reparos en mutilar un cuadro para adaptarlo a una nueva funcionalidad. Lo mismo sucedía si el nuevo espacio era mayor que la obra por lo que simplemente se procedía a su ampliación.

De Vicente Castelló, yerno de Francisco Ribalta, se conserva una Coronación de la Virgen por la Trinidad y de Abdón Castañeda una Virgen con ángeles músicos, de la que ya hemos hablado.

Otro de los grandes artistas valencianos del barroco es Jerónimo Jacinto de Espinosa caracterizado por un naturalismo áspero y crudo pero un marcado sentimiento religioso como en la Misa de San Pedro Pascual. También destaca por la captación psicológica de las expresiones que puede admirarse en obras como San Pedro Nolasco intercediendo por sus frailes enfermos o en el retrato de Fray Jerónimo Mos. Como en el caso de los artistas anteriores, la obra de Espinosa es de un marcado carácter contrarreformista como ya hemos comentado al hablar de la Eucaristía. Por último, una de sus obras más interesantes es La Magdalena en la que la luz tenebrista subraya la fuerza expresiva de esta bella figura.

Otro artista valenciano, nacido en Játiva que, sin embargo, pasó la mayor parte de su vida en Italia, es José Ribera, el spagnoleto. Se dice que fue discípulo de Ribalta, aunque es difícil afirmarlo con seguridad. Se caracteriza principalmente por ser un dibujante extraordinario, lo que se puede apreciar en los cuerpos de sus santos mártires como en el Martirio de San Sebastián atendido por Santa Irene y una esclava, en el que destaca por el efecto de luz contrastada propio del tenebrismo que toma de Caravaggio, el interés naturalista y realista por mostrar las texturas y las calidades de los objetos y la epidermis de los personajes (personajes santos cuyo modelo está tomado de la calle: mendigos, vagabundos, enfermos, etc.) y la diagonal que forma su cuerpo.

También en el sur de Europa el gusto por el verismo tuvo sus representantes. En Valencia destaca la figura de Thomas Yepes con una obra de gran calidad como Bodegón con cerámica. Este bodegón de estilo naturalista, con un severo sentido del rigor y la geometría y una composición ligeramente escalonada, retrata la conocida porcelana azul de Delft, que de un modo tan particular reproducía Yepes.

Así pues, entender el barroco sólo como el arte de la Contrarreforma es dar una visión parcial de una realidad mucho más compleja. Hay otras muchas interpretaciones. Por ejemplo, Wölfflin en sus Conceptos fundamentales de la historia del arte (1915), considera sencillamente que el barroco es la oposición al clasicismo. Este autor juega con cinco pares de conceptos contrapuestos:

1. El renacimiento es lineal. Primero se dibuja la figura y luego se rellena con color. Por el contrario, el barroco es pictórico, es decir, predomina el color sobre la línea.

2. El renacimiento es superficial mientras que el barroco es profundo. Así, en el renacimiento predominan los planos, las líneas rectas y las figuras geométricas simples. En el barroco, en cambio, ni la composición ni las formas, acotan los temas.

  1. Renacimiento y barroco se caracterizan respectivamente por las formas cerradas y abiertas. De aquí nace precisamente la contraposición entre el carácter lineal y pictórico a que nos hemos referido anteriormente.

  1. El renacimiento se caracteriza por la claridad, en tanto que en el barroco predomina la confusión. En el arte barroco es difícil discernir entre las partes de un todo ya que aparecen mezcladas en el conjunto de las obras.

5. Finalmente, se produce una contraposición entre variedad y unidad, como rasgos característicos, respectivamente, del renacimiento y barroco. Así, en el renacimiento, cada elemento tiene un lugar y una función dada, en el barroco prevalece siempre la visión de conjunto.

Eugenio d’Ors, en su obra Lo barroco (1964), expone una teoría muy curiosa sobre este tema: el barroco es una constante histórica, que no sólo corresponde a una época determinada (siglo XVII), sino que refleja un estado de espíritu que se manifiesta en todas las épocas y en todos los países. Cree este autor que no se debería hablar de barroco sino de barrocos. Estos diferentes barrocos se ponen claramente de manifiesto, por ejemplo, en el helenismo dentro del arte griego, en el manierismo del renacimiento o en el gótico florido del gótico. En todos estos movimientos se pueden observar las características del arte barroco, variedad, movimiento, expresión, etc.


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