I como shasta partio de viaje






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C. S. LEWIS

LAS CRONICAS DE NARNIA
LIBRO V
EL CABALLO Y SU NIÑO

ILUSTRACIONES DE ALICIA SILVA ENCINA

EDITORIAL ANDRES BELLO

I COMO SHASTA PARTIO DE VIAJE




STA es la historia de una aventura acaecida en Narnia y en Calormen y en las tierras que hay entre ambos países, durante la Epoca de Oro cuando Pedro era el gran Rey de Narnia y su hermano era Rey y sus dos hermanas Reinas bajo su mando.

En aquellos días, en una pequeña caleta al extremo sur de Calormen, vivía un pobre pescador de nombre Arshish y con él un niño que lo llamaba padre. El nombre del niño era Shasta. La mayoría de los días Arshish salía en su bote a pescar por la mañana, y por la tarde enganchaba su burro a un carro y lo cargaba con el pescado y se iba un kilómetro o más hacia el sur, hasta el pueblo, para venderlo. Si vendía bien, volvería a casa de un talante moderadamente bueno y no diría nada a Shasta; pero si vendía mal, le echaría la culpa a él y quizás le pegaría. Siempre había de qué echarle la culpa, pues Shasta tenía mucho trabajo que hacer: zurcir y lavar las redes, cocinar la cena y limpiar la cabaña en que vivían.

Shasta no sentía la menor curiosidad por cualquier cosa que estuviese al sur de su casa, porque una o dos veces había ido al pueblo con Arshish y sabía que no había nada muy interesante allí. En el pueblo sólo había conocido otros hombres iguales a su padre, hombres vestidos en largas y sucias túnicas, con zapatos de madera, con la punta del pie vuelta hacia arriba, y turbantes en sus cabezas, y barbas, y que hablaban entre ellos lentamente sobre cosas que parecían muy aburridas. Pero estaba muy interesado en todo lo que hubiera al norte, porque nadie había ido jamás hacia aquel lado y a él nunca le habían permitido hacerlo. Cuando se sentaba afuera zurciendo las redes, solo, a menudo miraba con ansias hacia el norte. No se veía nada más que una ladera cubierta de hierba que subía hasta una cumbre plana y más atrás un cielo donde tal vez volaban algunos pájaros.

A veces si Arshish estaba ahí, Shasta le decía:

—Oh padre mío, ¿qué hay más allá de esa colina?

Y si el pescador estaba de malhumor le daría una cachetada a Shasta y le diría que se ocupara de su trabajo. O si estaba de humor apacible diría:

—Oh hijo mío, no dejes que tu mente se distraiga en preguntas inútiles. Pues uno de los poetas ha dicho: “La dedicación a los negocios es la raíz de la prosperidad, mas los que hacen preguntas que no les conciernen están conduciendo el barco de la locura hacia la roca de la indigencia”.

Shasta pensaba que más allá de la colina debía haber algún delicioso secreto que su padre quería esconderle. En realidad, sin embargo, el pescador hablaba así porque no sabía qué había al norte. Tampoco le importaba. Tenía una mentalidad muy práctica.

Un día llegó del sur un desconocido muy diferente a cualquier otro hombre que Shasta hubiese visto antes. Montaba un robusto caballo overo de largas crines y cola, y sus estribos y bridas tenían incrustaciones de plata. La punta de un casco sobresalía de su turbante de seda y vestía una camisa de malla. Al cinto llevaba una corva cimitarra, un escudo redondo claveteado con remaches de bronce colgaba a su espalda y su mano derecha empuñaba una lanza. Su rostro era oscuro, lo que no sorprendió a Shasta ya que toda la gente de Calormen era así; lo que sí lo sorprendió fue que la barba del hombre estaba teñida color carmesí, y era rizada y relucía con un fragante aceite. Pero por la pulsera de oro en el brazo desnudo del desconocido Arshish supo que era un Tarkaan o gran señor, e hizo una genuflexión arrodillándose delante de él hasta que su barba tocó la tierra e hizo señas a Shasta para que se arrodillase también.

El desconocido exigió hospitalidad por esa noche y el pescador, por supuesto, no osó negársela. Puso ante el Tarkaan todo lo mejor que tenían para que cenara (y a él no le gustó nada) y a Shasta, como siempre sucedía cuando el pescador tenía visitas, le dio un pedazo de pan y lo echó fuera de la cabaña. En tales ocasiones, por lo general, dormía con el burro en su pequeño establo de paja. Pero era demasiado temprano para irse a dormir, y Shasta, que nunca había aprendido que era malo escuchar detrás de la puerta, se sentó con el oído puesto en una rendija en la pared de madera de la cabaña para escuchar lo que los mayores estaban hablando. Y esto es lo que oyó:

—Y ahora, oh mi huésped —dijo el Tarkaan—, tengo ganas de comprar a ese niño tuyo.

—¡Oh mi señor! —repuso el pescador (y Shasta, por el tono mimoso, supo que una mirada de codicia brillaba en su cara al decir estas palabras)—, ¿qué precio podría inducir a tu sirviente, a pesar de su pobreza, a vender como esclavo a su único hijo, a su propia carne? ¿No ha dicho uno de los poetas: “La voz de la sangre es más fuerte que la sopa y los hijos más preciosos que los diamantes”?

—Así es —replicó el huésped secamente—. Pero otro poeta dijo además: “El que trata de engañar al prudente ya está desnudando su propia espalda para el azote”. No llenes tu anciana boca de falsedades. Es evidente que este niño no es tu hijo, pues tus mejillas son oscuras como las mías, mas el muchacho es bello y blanco como los malditos pero hermosos bárbaros que habitan el remoto norte.

—¡Qué bien dicho está —contestó el pescador—, que una espada puede ser esquivada con escudos, pero el ojo de la sabiduría penetra a través de toda defensa! Has de saber entonces, oh mi formidable huésped, que debido a mi extrema pobreza jamás me casé ni tuve hijos. Pero el mismo año en que el Tisroc (que viva para siempre) comenzó su augusto y benéfico reinado, una noche en que la luna estaba llena, los dioses tuvieron a bien privarme del sueño. Por tanto, me levanté de mi cama en este tugurio y me fui a la playa a refrescarme con la vista del agua y de la luna y a respirar el aire frío. Y de pronto oí un ruido como de remos que avanzaban hacia mí por el agua y luego, por decirlo así, un débil grito. Y poco después, la marea trajo a la playa un pequeño bote en el que no había más que un hombre enflaquecido por haber sufrido extremadamente de hambre y sed y que parecía haber muerto sólo unos momentos antes (pues todavía estaba tibio), y un odre vacío, y un niño que aún vivía. “Sin duda —pensé— estos infortunados escaparon del naufragio de un gran barco, pero por los admirables designios de los dioses el mayor ha pasado hambre para mantener vivo al niño, pereciendo al avistar tierra”. Así pues, recordando que los dioses jamás dejan de recompensar a quienes amparan a los huérfanos, y movido de compasión (porque tu siervo es un hombre de corazón tierno)...

—Prescinde de esas palabras ociosas de elogio a ti mismo —interrumpió el Tarkaan—. Basta con saber que te quedaste con el niño, y que has sacado diez veces el costo de su pan diario con su trabajo, como cualquiera puede ver. Y ahora dime de inmediato qué precio le pones, pues ya estoy cansado de tu locuacidad.

—Tú mismo has dicho sabiamente —respondió Arshish— que el trabajo del niño me ha sido de inestimable valor. Hay que tomarlo en cuenta al fijar el precio. Porque si vendo al niño, sin duda tendré que comprar o emplear otro para que haga sus labores.

—Te daré quince crecientes por él —dijo el Tarkaan.



—¡Quince! —exclamó Arshish con una voz que era algo entre un gimoteo y un grito—. ¡Quince! ¡Por el apoyo de mi vejez y el encanto de mis ojos! No te burles de mi barba gris, aunque seas un Tarkaan. Mi precio es setenta.

A este punto Shasta se paró y se fue en puntillas. Había oído todo lo que deseaba, pues había escuchado muchas veces cuando los hombres regateaban en el pueblo y sabía cómo lo hacían. Estaba totalmente seguro de que al final Arshish lo vendería por una suma muy superior a quince crecientes y muy inferior a setenta, pero que él y el Tarkaan tardarían horas en llegar a un acuerdo.

No debes imaginarte que Shasta sintió lo que habríamos sentido tú y yo si hubiéramos oído por casualidad a nuestros padres hablando de vendernos como esclavos. Por una parte, su vida era ya muy poco mejor que la esclavitud; que él supiera, el señorial desconocido del imponente caballo podría ser más bondadoso con él que Arshish. Y por otra, la historia de su propio hallazgo en el bote lo había llenado de emoción y de un sentimiento de alivio. A menudo se había sentido incómodo porque, por más que tratara, nunca había sido capaz de querer al pescador, y sabía que un hijo debe amar a su padre. Y ahora, parecía que no tenía ninguna relación con Arshish. Esto le sacó un gran peso de encima.

“¡Vaya, podría ser cualquiera! —pensó—. ¡Podría ser el hijo de un Tarkaan, o el hijo del Tisroc (que viva para siempre), o de algún dios!”

Estaba parado afuera en un sitio lleno de hierba delante de la cabaña mientras pensaba todas esas cosas. El crepúsculo caía rápidamente y ya habían salido una o dos estrellas, mas aún podían verse al oeste vestigios de la puesta de sol. No muy lejos pastaba el caballo del desconocido, atado holgadamente a una argolla de fierro en la pared del establo del burro. Shasta se acercó a él y acarició su cuello. El siguió arrancando pasto y no le hizo caso.

Luego otro pensamiento vino a la mente de Shasta.

—Me pregunto qué laya de hombre será ese Tarkaan —dijo en voz alta—. Sería espléndido que fuera bueno. Algunos de los esclavos en la casa de un gran señor no tienen casi nada que hacer. Usan lindos trajes y comen carne todos los días. Quizás me llevaría a las guerras y yo le salvaría la vida en una batalla y entonces él me libertaría y me adoptaría como hijo y me daría un palacio y un carruaje y una armadura. Pero también podría ser un hombre horrible y cruel. Podría mandarme a trabajar a los campos, encadenado. Me gustaría saberlo, pero ¿cómo? Apuesto a que este caballo lo sabe, ojalá pudiera contarme.

El caballo había levantado la cabeza. Shasta acarició su nariz suave como la seda y dijo:

—Me gustaría tanto que pudieras hablar, amigo.

Y por un segundo creyó estar soñando, pues muy claramente, aunque en voz baja, el caballo dijo: “Pero sí puedo”.

Shasta miró fijamente sus grandes ojos y los suyos propios se abrieron casi tan grandes de asombro.

—¿Cómo diablos aprendiste a hablar ? —preguntó.

— ¡Silencio! No tan fuerte —respondió el caballo—. De donde yo vengo, casi todos los animales hablan.

—¿Y dónde diablos está eso?

—Narnia —replicó el caballo—. La feliz tierra de Narnia..., Narnia, la de las montañas cubiertas de brezo y las lomas llenas de tomillo; Narnia, la de los muchos ríos, las fangosas cañadas, las cavernas tapizadas de musgo, las profundas selvas en que resuenan los martilleos de los enanos. ¡Oh, el dulce aire de Narnia! Una hora vivida ahí vale más que mil años en Calormen.

Terminó con un relincho que más parecía un suspiro.

—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Shasta.

—Secuestrado —dijo el caballo—. O robado, o capturado, como tú quieras llamarlo. Era sólo un potrillo en ese entonces. Mi madre me advirtió que no vagara por las laderas del sur, hacia Archenland y más allá, pero no le hice caso. Y por la Melena del León, he pagado cara mi locura. Todos estos años he sido un esclavo de los humanos, y he tenido que esconder mi verdadera naturaleza y fingir ser mudo y estúpido como sus caballos.

  • ¿Por qué no les dijiste quién eras?



—Porque no soy tonto, por eso. Si alguna vez hubieran descubierto que podía hablar, habrían montado un espectáculo conmigo en las ferias y me habrían vigilado más cuidadosamente que antes. Mi última oportunidad de escapar se habría esfumado.

— ¿Y por qué? —comenzó Shasta, pero el caballo lo interrumpió.

—Mira —le dijo—, no podemos perder tiempo con preguntas tontas. Tú quieres saber acerca de mi amo el Tarkaan Anradin. Bueno, es malo. No tan malo conmigo, ya que un caballo de guerra es muy costoso como para tratarlo mal. Pero sería preferible que te cayeras muerto esta noche antes que ser un esclavo humano en esa casa mañana.

—Entonces es mejor que huya —dijo Shasta, palideciendo.

—Sí, es mejor —dijo el caballo—. Pero ¿por qué no escapar conmigo?

—¿Tú también vas a escapar? —dijo Shasta.

—Claro, si tú vienes conmigo —contestó el caballo—. Es la oportunidad para los dos. Mira, si huyo solo, sin jinete, el que me vea dirá, “un caballo perdido”, y se pondrá a perseguirme lo más rápido que pueda. En cambio, con un jinete, tendré una posibilidad de pasar inadvertido. En eso me puedes ayudar. Por otra parte, tú no podrás ir muy lejos con esas dos tontas piernas tuyas (¡qué patas tan absurdas tienen los humanos!) sin que te agarren. Pero montándome a mí puedes dejar atrás a cualquier caballo en este país. En eso te puedo ayudar yo. A propósito, supongo que sabes montar, ¿no?

—Claro que sí —dijo Shasta—. Por lo menos, he montado el burro.

—¿Montado qué? —exclamó secamente el caballo, con enorme desprecio. (O al menos eso fue lo que él pretendió decir. En verdad lo que salió fue una suerte de relincho:

“Montado quhe-he-he”. Los caballos que hablan siempre toman un acento muy caballuno cuando están enojados.)

—En otras palabras —continuó—, no sabes montar. Es una desventaja. Tendré que enseñarte mientras cabalgamos. Si no sabes montar, ¿sabes caer?

—Supongo que cualquiera puede caerse —repuso Shasta.

—Quiero decir caer y levantarse otra vez sin llorar y montar de nuevo y caer otra vez y ni aun así tener miedo de caerse.

—Tra... trataré —dijo Shasta.

—Pobre bestiecita —dijo el caballo en un tono más amable—. Me olvido de que eres sólo un potrillo. Con el tiempo haremos de ti un espléndido jinete. Y ahora... no podremos salir hasta que esos dos allá en la cabaña estén dormidos. Por mientras, haremos nuestros planes. Mi Tarkaan va camino al norte, a la gran ciudad de Tashbaan, a la corte del Tisroc...

—Oye —le cortó la palabra Shasta, bastante escandalizado—, ¿no deberías añadir “que viva para siempre”?

—¿Por qué? —preguntó el caballo—. Yo soy un narniano libre. Y ¿por qué tendría que hablar como los esclavos o los tontos? No quiero que viva para siempre, y sé que no va a vivir para siempre, se lo desee yo o no. Y creo que tú también vienes del norte libre. ¡No usemos más esta jerga sureña entre tú y yo! Y ahora volvamos a nuestros proyectos. Como te decía, mi humano iba camino al norte, a Tashbaan.

—¿Eso quiere decir que es mejor que nosotros vayamos al sur?

—No lo creo —dijo el caballo—. Lo que pasa es que él me toma por un caballo mudo y estúpido como los demás que posee. Y si yo lo fuera, en cuanto me viera libre regresaría a casa, a mi establo y a mi corral; iría de vuelta a su palacio que está a dos días de viaje hacia el sur. Allí es donde él me buscaría. Jamás soñaría que me voy solo al norte. Y de todos modos, él pensará que alguien del último pueblo que cruzamos nos ha seguido hasta acá y me ha robado.

—¡Bravo! —dijo Shasta—. Entonces iremos al norte. He pasado toda mi vida ansiando ir al norte.

—Por supuesto que lo has ansiado —dijo el caballo—. Es por la sangre que corre por tus venas. Estoy seguro de que eres de verdadero linaje norteño. Pero no hablemos muy alto. Creo que ya deben estar dormidos.

—Mejor vuelvo sin hacer ruido a la casa para ver —sugirió Shasta.

—Buena idea —aprobó el caballo—. Pero ten cuidado de que no te atrapen.

Estaba mucho más oscuro ya, y había un gran silencio, aparte del sonido de las olas en la playa que Shasta apenas notaba, pues lo había oído día y noche desde que tenía memoria. Al acercarse a la cabaña vio que no había luz. Cuando estuvo al frente no oyó ningún ruido. Cuando se aproximó a la única ventana pudo escuchar, al cabo de un par de segundos, el sonido familiar del rechinante ronquido del viejo pescador. Era divertido pensar que, si todo andaba bien, no lo volvería a oír nunca más. Conteniendo el aliento y sintiendo algo de pesar, pero mucho menos pesar que alegría, Shasta se escurrió por el pasto hasta el establo del burro, buscó a tientas el lugar donde sabía se escondía la llave, abrió la puerta y encontró la montura y la brida del caballo, que habían sido guardadas allí por esa noche. Se inclinó y besó la nariz del burro. “Qué pena no poder llevarte a ti”, dijo.

—Por fin llegaste —le dijo el caballo cuando regresó—. Estaba empezando a preguntarme qué había sido de ti.

—Estaba sacando tus arreos del establo —replicó Shasta—. Y ahora, ¿puedes decirme cómo ponértelos?

Durante los siguientes minutos Shasta estuvo trabajando con extrema cautela para evitar los tintineos, en tanto que el caballo decía cosas como: “Pon esa cincha un poco más apretada”, o “Vas a encontrar una hebilla más abajo”, o “Tienes que acortar un poco esos estribos”. Cuando Shasta hubo terminado, dijo:

—Bien; ahora tendremos que poner riendas, por las apariencias, pero tú no las usarás. Amárralas al arzón delantero, bien flojo para que yo pueda mover la cabeza para donde quiera. Y recuerda: no debes tocarlas.

—¿Para qué sirven, entonces? —preguntó Shasta.

—Generalmente son para dirigirme —repuso el caballo—. Pero como en este viaje yo pretendo dirigir siempre, por favor quédate con las manos quietas. Y otra cosa: no te permitiré que te cojas de mis crines.

—Pero es que —argumentó Shasta—, si no puedo agarrarme de las riendas ni de tus crines, ¿de dónde voy a agarrarme?

—Tienes que sujetarte con tus rodillas —respondió el caballo—. Ese es el secreto de un buen jinete. Aprieta todo lo que quieras mi cuerpo entre tus rodillas; siéntate muy derecho, derecho como una varilla; mantén los codos adentro. Y a propósito, ¿qué hiciste con las espuelas?

—Me las puse en los talones, por supuesto —contestó Shasta—. Eso sí que lo sé.

—Entonces puedes quitártelas y guardarlas en la alforja. A lo mejor las podremos vender cuando lleguemos a Tashbaan. ¿Listo? Creo que ya te puedes subir.

—¡Oooh! Eres espantosamente alto —jadeó Shasta luego de su primero e infructuoso intento.

—Soy un caballo, eso es todo —fue la respuesta— ¡Cualquiera creería que soy un pajar por la manera en que tratas de treparme! Eso, así está mejor. Y ahora ponte derecho en la montura y acuérdate de lo que te dije de las rodillas. ¡Qué divertido que yo, que he dirigido cargas de caballería y ganado carreras, tenga un saco de papas como tú en la silla! Pero en fin, ahí vamos —rió entre dientes, sin crueldad.

Y ciertamente, el caballo inició el viaje nocturno con gran prudencia. Fue primero que nada directo al sur de la cabaña del pescador hasta un riachuelo que desembocaba allí al mar, cuidando de dejar en el barro muy claras las huellas de cascos yendo hacia el sur. Pero en cuanto estuvieron en medio del vado, volvió río arriba y se fueron vadeando hasta que se alejaron unos cien metros de la cabaña, hacia el interior. Después eligió la parte de la ribera más cubierta de cascajos donde no quedaran huellas y salieron por el lado norte. Luego, siempre al paso, fue hacia el norte hasta que la cabaña, el único árbol, el establo del burro, y la caleta... en realidad, todo lo que Shasta conocía, se perdió de vista en la gris oscuridad de la noche de verano. Habían cabalgado cuesta arriba y se encontraban ya en la cumbre, aquella cumbre que siempre fue el límite del mundo de Shasta. No podía ver qué había más adelante excepto que era un sitio abierto y cubierto de pasto. Parecía no tener fin; agreste y solitario y libre.

—¡Mira! —dijo el caballo—. Qué lugar para un galope ¿no?

—Oh, por favor no —dijo Shasta—. Todavía no. No sé cómo... por favor, caballo. No sé tu nombre.

—Brihy-hinny-brinny-huuhy-hah —contestó el caballo.

—Jamás seré capaz de decir todo eso —dijo Shasta—. ¿Puedo llamarte Bri?

—Bueno, si es lo mejor que logras decir, supongo que puedes llamarme así —dijo el caballo—. ¿Y cómo te llamaré yo a ti?

—Mi nombre es Shasta.

—H’m —dijo Bri—. Oye, ése si que es un nombre difícil de pronunciar. Pero ahora, acerca de ese galope: es muchísimo más fácil que el trote, si es que tú supieras trotar, pues no tienes que levantarte y caer. Aprieta más tus rodillas y mantén los ojos fijos adelante entre mis orejas. No mires al suelo. Si crees que te vas a caer, simplemente aprieta más y siéntate más derecho. ¿Listo? Ahora, por Narnia y el Norte.
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