Entrevista con Judas






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IGNACIO LARRAÑAGA

EL POBRE DE NAZARET
Índice

1. Una larga noche

Subir a Jerusalén

El drama de un adolescente

El Pobre de Nazaret

Trabajando con sus manos

El libro

Entorno político

Sólo en la noche

En el final del abismo

Una historia monoteísta

Del suspenso a la ternura

Hacia el vértice del amor

2. Amanece en Galilea

Un hombre en el desierto

La incomprensión de los familiares

Despedida y bendición de la Madre

Caminando hacia el desierto

Un encuentro memorable

"Yo no lo conocía" (Jn 1,33)

El Pobre entre los pecadores

Jesús, ¿discípulo de Juan?

Antes y después del Jordán

3. Bajo el sol de Satán

4. Los primeros pasos

En el banquete de bodas

Una entrevista nocturna

Lo pusieron entre cadenas

Una mujer junto al brocal del pozo

Antorcha azul

El camino hacia el lago

Fases de la vida pública

5. El Pobre entre los pobres

La vía que va de la pobreza al amor

De aldea en aldea

En la sinagoga

Los secretos más íntimos

Sin tiempo para comer

Entre la decepción y el desaliento

Expatriado

Las dudas del Bautista

Amó mucho porque se le perdonó mucho

Discipulado

La mujer y el discipulado

Los dichosos

6. Confrontación

La revolución de la gratuidad

Espías

El poder y el perdón

Las espigas de un trigal

Adúltera

Se estrecha el cerco

¡Ay de vosotros!

7. Jerusalén

Fracaso y crisis

El asunto de los panes

Nuevo desierto

Últimos días de Galilea

Los motivos de la subida

Nadie ha hablado como este hombre

El Padre y yo somos una misma cosa

"Muera uno solo por el pueblo"

Sembrar y morir

Entrevista con Judas

Última subida

8. Consumación

La entrada mesiánica

La expulsión de los mercaderes

El misterio de Judas

Cena de despedida y noche de amor

Regalo de despedida

Un sueño de oro

La gran crisis y la alta fidelidad

En las manos enemigas

Ante el tribunal de la nación

Proceso civil

En las aguas profundas

Del Siervo Jesús al Señor Jesús

"El que ha venido", "el que está viniendo"

Memoria

Maran Atha

Capítulo 1

Una larga noche Subir a Jerusalén.

HABÍAN transcurrido aproximadamente dos jornadas desde que salieron de Nazaret. La primavera había estallado silenciosamente, y el valle de Esdrelón era una alfombra verde y perfumada. Entre cánticos y aleluyas, los peregrinos habían avanzado durante dos días por una ruta bordeada por una explosión de arbustos, retama, enebro, mirto, jara, todo reventado en flor, y teniendo siempre a la vista, a lo largo del trayecto, el macizo del Tabor.

Familiares, vecinos y amigos de Nazaret, formando una compacta caravana, se habían congregado en un punto determinado de la aldea para partir todos juntos en peregrinación hacia la Ciudad Santa. Y, después de rezar dos salmos, habían partido, en efecto, alegremente, como quien va a una fiesta, unos montados en sus jumentos, otros a pie, y todos vestidos con sus típicos trajes de peregrinos y calzando sandalias atadas con tiras de cuero, y con suficientes provisiones para el viaje. La peregrinación duraba aproximadamente cuatro jornadas; y, jalonando el camino con bendiciones y cánticos, los peregrinos habían penetrado profundamente en la quebrada geografía de Samaría.

El viaje ya no era una aventura peligrosa, como en otros tiempos. Unos años antes, Arquelao había sido de puesto y, por primera vez, Roma había designado a un Procurador. Los caminos estaban bien protegidos y defendidos contra los eventuales asaltos, cosa muy frecuente en aquella región.

Probablemente, era la primera vez que Jesús subía en peregrinación a Jerusalén. Estaba por cumplir los trece años, edad en que la Ley consideraba al israelita como mayor de edad. Desde este momento, el adolescente era considerado como Bar Mitzáh, condición social que le permitía al joven leer el Torah en público, pedir aclaraciones y expresar sus opiniones.

Por lo que luego sucedió en el templo, podemos conjeturar que el Adolescente tenía, para esta época, altas experiencias espirituales, desproporcionadas para su edad, y de una profundidad probablemente desconocida hasta para sus propios padres, si tenemos en cuenta la manera como éstos reaccionarían después, en el templo.

Un día, sus padres, después de haber deliberado entre sí, se decidieron a invitar al Hijo a participar por primera vez en la peregrinación. No sabemos qué sucedió en su interior. Aves bulliciosas debieron alzar el vuelo en su alma juvenil. Sensible como era, sus cuerdas debieron entrar en una desusada vibración y, seguramente, vivió los días precedentes a la peregrinación en un alto voltaje emocional. Y aunque es verdad que el Padre habita en el corazón del hombre y es ahí donde se debe adorar, para la tradición israelita el Único reside en su templo, igual que antiguamente en el Arca; y, por eso, es necesario subir al templo de Jerusalén para adorarlo.

* * *

Continuaron avanzando los peregrinos, y pasaron junto a una colina escarpada, donde se alzaba la ciudad de Samaría, que evocaba una historia dolorosa para el pueblo de la Biblia. Efectivamente, en el año 880 antes de Cristo, el rey Omri, en una acción cismática, se desprendió del reino de Judá y fundó un nuevo reino, el de Israel. Omri compró una abrupta elevación, que constituía una excelente defensa natural, a su propietario She mer; y allí fundó y levantó la capital del nuevo reino, que tomaría su nombre de su antiguo propietario, llamándose Samaría. Durante casi ochocientos años esta capital sufrió las más violentas alternativas, hasta que, finalmente, el rey Herodes la fortificó y la dotó de suntuosos templos y palacios, denominándola Sebastos, término griego que significa augusto, en honor de Octavio César. Recuerdos tristes para cualquier israelita.

Los peregrinos continuaron recorriendo el territorio samaritano, atravesando el estrecho paso que se abre entre los montes Ebal y Garizin. Se detuvieron, sin duda, en Siquem, para calmar su sed y recuperar fuerzas. Y, luego de varias horas de camino, surgió de pronto ante los asombrados ojos de los peregrinos, como un sueño de luz sobre el horizonte, la espléndida vista de Jerusalén, abrazada por sus murallas; y, sobresaliendo como una brillante visión sobre una colina, el templo herodiano en todo su esplendor, visible desde muchas leguas a la redonda. Un anhelo incontenible, encerrado y cautivo en sus galerías interiores, saltó a las gargantas de los peregrinos y estalló al unísono: ¡Oh Jerusalén! Y, enseguida, de todas las bocas brotó también unánimemente el salmo 122: "¡Qué alegría cuando me dijeron...!"

El Adolescente miraba y guardaba silencio. ¿Qué otra cosa podía hacer? Un torrente no se puede canalizar por un surco, ni encerrar un vendaval en una gruta, ni la pasión del mundo meterla por el agujero de una flauta. Sólo el silencio puede contener lo infinito. El Adolescente miró y guardó silencio, y en su silencio se agitaron las vastas corrientes de los mares, la vibración de las arpas y el eco de los siglos, todo envuelto en la infinita ternura del Padre. ¡Oh Padre!

Después de este desahogo emocional, los peregrinos reemprendieron la marcha. Descendieron por los bordes del monte hasta el arroyo Cedrón, que flanquea el Monte de los Olivos, y, subiendo por el collado Moriah, entraron en Jerusalén por una de las puertas de Oriente, llegando a la piscina de Betesda, donde se lavaron, refrescaron y saciaron su sed.

* * *

El Adolescente debió vivir las solemnidades pascuales con su mirada fija más hacia adentro que hacia afuera. Comenzaba a asomarse al balcón de la vida, y, como todo adolescente, debió caminar de impacto en impacto al contemplar las ceremonias rituales y ver los corderos degollados, viendo desfilar a los oficiantes y observando cómo los levitas rociaban el altar con la sangre de los sacrificios y asaban luego la carne sacrificada.

Seguramente era la primera vez que el Adolescente presenciaba un ritual sacrificial tan solemne; y pudo haber tenido, frente a él, dos reacciones distintas y hasta contrarias. En primer lugar, pudo haberlo vivido moviéndose al interior de la ceremonia con una hondura y novedad nunca experimentadas por ningún otro. Si fue así, jamás la materia y el espíritu habrían llegado a una tan alta fusión como en estos días.

En segundo lugar, el Adolescente pudo haber sentido horror y repugnancia por aquellos ritos, en los que había tanta destrucción de seres vivientes y tanto inútil derramamiento de sangre. Si leemos atentamente los Evangelios, comprobaremos que Jesús es un hombre de una excepcional sensibilidad. Por los detalles descriptivos de las parábolas podemos deducir que quien se expresa con tanta vivacidad ha debido tratar con mucha simpatía y ternura a los corderos, los gorriones, los trigales y a toda criatura viviente.

Si ése fue el talante de la personalidad de Jesús, ¿no habría sido más bien negativa su primera impresión de los sacrificios rituales, a sus doce años? No nos consta, por ejemplo, que Jesús hubiera asistido a un culto sacrificial en los días de evangelización. Pocas veces acude al templo, y cuando lo hace no es para ofrecer sacrificios, sino para el ministerio de la palabra. Para orar no se dirigirá al templo ni a la sinagoga, sino a los cerros solitarios. Tampoco nos consta que hubiera llevado alguna vez a sus discípulos para participar en la liturgia del templo, ni que se lo recomiende. Por estas y otras circunstancias similares, bien podríamos concluir que las primeras impresiones de Jesús en el templo podrían no haber sido muy positivas.

El drama de un Adolescente.

Pero debió haber mucho más: algo importante debió suceder por esos días en el mundo interior del Adolescente. "Crecía en las experiencias divinas y humanas" (Lc 2,40). Jesús estaba comenzando a atravesar la etapa de la adolescencia, quizá con una madurez prematura, lo que cabría deducir por su actitud de autonomía, al quedarse en el templo sin pedir autorización a sus padres.

Ya sabemos qué cosa es la adolescencia: lago agitado, vientos que golpean, impresiones que desconciertan; en fin, la travesía de un remolino. Un día Jesús escalará las altas cumbres donde duermen las tempestades; pero hoy siente en sus horizontes vacilaciones e incertidumbres: ¿a dónde debe dirigir sus pasos?, ¿qué rumbos y qué destino tiene marcados el Padre para él?, ¿qué hacer ahora mismo?

Teniendo presente la escena que vamos a analizar (el hecho de quedarse en el templo), bien podríamos concluir que en estos días debieron ocurrir en las profundidades del Adolescente grandes novedades, fuertes experiencias espirituales; misteriosas fuerzas debieron agitarse, no exentas de perplejidades y sobresaltos. Además de verdadero Dios, Jesús era también verdadero hombre; y todo adolescente es eso: inseguridad, búsqueda, inestabilidad.

¿Qué experiencias espirituales podría haber vivido el Adolescente en esos días, que le impulsaron a tomar la decisión de quedarse en el templo? Asomémonos cautelosamente, con temor y temblor, al Misterio Infinito, llevando en las manos, como única luz, una tea hecha de conjeturas y deducciones. El Adolescente debió sentir todo peso de la gloria divina en un contraste: en Nazaret era todo tan vulgar, y aquí, en Jerusalén, todo tan espléndido: tanto esplendor y tanta maravilla para realzar al Maravilloso. El Adolescente debió sentirse tan abrumado por el peso de tanta gloria, vencido por la enorme realidad de Dios, que, seducido y cautivado, decidió quedarse en el templo. ¿Con qué finalidad? ¿Para dedicarse al ser vicio divino? No lo sabía exactamente. En todo caso, no se perdió, se quedó.

* * *

¿Cuántos días permanecieron los vecinos de Nazaret en la Capital teocrática? No había normas establecidas, ni siquiera costumbres. Se supone que habrían permanecido cuatro o cinco días en torno a la fecha sagrada del 14 de Nissan. Saciado su espíritu de novedades, rebosante su alma de fervor, y muy satisfechos todos, los nazaretanos emprendieron el viaje de regreso a su aldea.

En las tradiciones caravaneras del Oriente no había normas rígidas de disciplina. Al contrario, lo normal era que, a lo largo del trayecto, el grupo general se dividiera y subdividiera con gran espontaneidad, habitualmente hombres con hombres, jóvenes con jóvenes, mujeres con mujeres, a relativa distancia unos subgrupos de otros. Sólo por la noche, al llegar al albergue donde se proponían pernoctar, se congregaba toda la comitiva.

A los doce años, un muchachito a punto de entrar en la mayoría de edad compartía, sin duda con mucha espontaneidad y vitalidad, esta elasticidad de las costumbres de las caravanas. En este contexto, María y José no tenían por qué preocuparse, y así, no se percataron durante toda la jornada de la ausencia de su hijo. Pero al final del día, al reunirse todos los subgrupos, lo buscaron sin encontrarlo. Recorrieron, no sin ansiedad, todos los grupos familiares, preguntaron una y otra vez a parientes y conocidos, pero todo fue en vano: nadie había visto al niño.

No se quedaron, sin embargo, con los brazos cruzados. Al día siguiente, se incorporaron a la primera caravana que pasó por el lugar y regresaron a Jerusalén; e inmediatamente, "angustiados", se lanzaron al torbellino de las calles de la ciudad. Por esos días, Jerusalén era un mar agitado y crecido repentinamente por la confusión de idiomas, de gentes venidas de los rincones más remotos del Imperio. Según los historiadores, Jerusalén tendría en esa época aproximadamente 250.000 habitantes; y se calcula que, con la afluencia de peregrinos, esa cantidad se duplicaba.

Llegaron al templo: caravanas de peregrinos que entran y salen; una barahúnda enloquecida de sacrificios, ofrendas y ceremonias rituales; un movimiento hirviente y estridente de animales para el sacrificio: toros, corderos, aves; y tenderos, buhoneros, vendedores ambulantes... Los esposos miran, preguntan, recorren las distintas dependencias del templo. Saltan de nuevo a las calles, recorren plazas y mercados, se asoman a todos los recovecos una y otra vez, dentro y fuera de las murallas, sin apenas dormir, sin tiempo para alimentarse, devorados por la incertidumbre y la ansiedad.

Al tercer día, nuevamente en el templo. Después de volver a recorrer todos sus recintos y asomarse a todos los patios, de pronto divisaron a lo lejos, al amparo de un pórtico, a un grupo de ancianos, de túnicas blancas y largas barbas, arremolinados en torno a un jovencito. Se aproximaron al grupo, y... ¡era él! Se quedaron contemplándolo, a cierta distancia, sin abordarlo. No podían dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos. ¿Su pequeño preguntando, respondiendo y discutiendo con los doctores? Contrastadas emociones se agolpaban al espíritu de María y José: la ansiedad de la búsqueda a lo largo de tres días se trocaba ahora en la alegría del encuentro; la alegría, a su vez, en estupor ante esta escena. Y todos estos sentimientos juntos se fundían, finalmente, en un inmenso signo de interrogación sobre la personalidad de su pequeño, que los estaba trayendo de sorpresa en sorpresa.

La Madre no pudo más. Lo llamó por su nombre. Se abrazaron sin decir una palabra. Lo tomó de la mano y, sacándolo del recinto sagrado, y ya segura de haberlo recuperado, abrió su corazón y dio rienda suelta a la tensión retenida durante tres interminables días: —"¿Hijo, por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, andamos buscándote" (Lc 2,48).

Hubo un breve momento de silencio. El Hijo levantó los ojos y, mirándole al rostro a su Madre, dijo: —Madre mía, ¿por qué me buscaban? Mi Padre es mi madre. Un meteoro puede salirse de su órbita y perderse en los espacios siderales, pero yo vivo acurrucado en el hueco de su Mano, y no puedo perderme. Falla un eslabón y falla toda la cadena de las generaciones, pero una corriente inmortal nos une al Padre y a mí, y así, somos una cadena sin eslabones. Nunca me pierdo, Madre: en la arena del desierto, en el seno del mar, en los cerros soleados, siempre estoy solo, pero nunca solitario; perdido, sí, pero a la vez encontrado. Una potente borrasca ha pasado por mí, Madre, y me ha arrancado del surco, y no puedo hacer lo que quiero. Desdichada la Madre a quien le ha tocado en suerte tan extraño Hijo. Prepárate, porque tú también tendrás que pasar por las manos de una tempestad, pero, después, tus pacientes manos y tu ansiosa mirada cobijarán la orfandad del mundo. Discúlpame, Madre; también yo hago lo que no quiero, sino lo que mi Padre quiere. Y ahora, vámonos a Nazaret; allí nos espera una larga noche.

* * *

Lucas nos informa que sus padres no entendieron la respuesta ("¿No sabían que debo dedicarme a las cosas de mi Padre?", Lc 2,49). ¿Qué es lo que no entendieron? ¿Las palabras? Las palabras, en su significado directo, estaban claras. Lo que no entendieron fue el contenido y el alcance de esas palabras, y, sobre todo, la actitud del niño; señal evidente de que el misterio profundo del Hijo estaba total o parcialmente velado a sus padres. En este sentido, el Evangelio nos entrega noticias contradictorias. Por un lado, el ángel informa a María: "Será llamado Hijo del Altísimo..." (Lc 1,32); y ahora, por otro lado, justamente ahora, cuando en esta respuesta nos llegan ecos lejanos de aquellas antiguas palabras de la Anunciación, ahora resulta que la Madre no entiende nada.

¿Qué había pasado? ¿Cómo se explica esta amnesia? ¿Se había esfumado el resplandor de la Anunciación en el polvo del camino, ante la vulgaridad de la vida cotidiana, tan monótona y prosaica? ¿Se habría decepcionado la Madre, también ella, en vista de que nada extraordinario sucedía, temiendo haber sido víctima de una alucinación?

Hubiésemos esperado que la escena del templo hubiera entreabierto la puerta del misterio del Hijo a los ojos de los padres. Pero no; lo que sucede, al parecer, es lo contrario: parece un misterio fugitivo, alejándose cada vez más. Lo único que sabemos es que, ciertamente, a la Madre no se le dieron las cosas hechas, acabadas y definitivas, sino que ella, al igual que los demás peregrinos, tuvo que recorrer el camino de la fe hacia el conocimiento del misterio trascendente de su Hijo, buscando y meditando en su corazón.
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