Alejandra Coello de Portugal Erhardt Licenciada en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid Freire Universität de Berlín






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fecha de publicación19.09.2015
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Alejandra Coello de Portugal Erhardt


Licenciada en Historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid

Freire Universität de Berlín

Impresiones de un día con Ciriza



Son las diez y media de la mañana de un miércoles soleado del mes de marzo. Las ruedas del tren con destino Pamplona, en que me encuentro, se desperezan y empiezan a tomar velocidad, dejando atrás la estación de Atocha.
Si no fuera por el movimiento del paisaje al otro lado de mi ventana, nada indicaría que de hecho estamos avanzando. Tales son el silencio y la calma.
Conforme pasa el tiempo y nos adentramos en el viaje, el cielo cambia y el sol acaba por resignarse a permanecer tras las nubes. Al llegar a mi destino, éstas incluso dejan escapar alguna gota.

El motivo de mi viaje es visitar el estudio de Carlos Ciriza. Hace ya algún tiempo que le conozco y que estoy familiarizada con su obra, pero ésta es la primera ocasión que tengo de ver el lugar en que ésta se origina.

Bajo del tren, y allí está Ciriza, esperando paciente, a pesar del retraso. Mi estancia en Pamplona no durará más que un día, así que como no hay tiempo que perder y mucho que visitar, nos montamos en su furgoneta verde. Ya dentro del coche, suena su móvil desde el bolsillo del abrigo, pero antes de llegar a él, su mano topa con un chupete en el camino y sonríe sorprendido, recordando a la dueña de aquel chupete, la pequeña de sus seis hijos.

Al entrar en la ciudad, dejamos el coche y paseamos por las calles mientras él me habla de las reformas que se han llevado a cabo recientemente en ella. Me enseña con orgullo las obras con las que él personalmente ha colaborado a su embellecimiento, y así pasan las horas en su compañía, dejándome empapar de la ilusión y la energía con la que absorbe todo lo que sucede a su alrededor, de su mirada siempre nueva, que es capaz de sorprenderse hasta de las cosas más cotidianas, como puede ser encontrar un chupete en el bolsillo del abrigo. Esa sorpresa, la curiosidad y la contemplación, son factores determinantes para comprender la obra de Carlos Ciriza. Pero aun no ha llegado el momento de enfrentarnos con ella, con sus esculturas. Antes, pasaremos por su casa a las afueras de la ciudad. Una casa grande, capaz de acoger a su numerosa familia y a todos los seres queridos. Una casa vivida y abierta, tanto a todo el que la penetra, como al paisaje que la circunda; una maravillosa vista sobre valles rodeados de montañas, con un río serpenteante y un jardín lleno de frutales y todo tipo de entretenimientos para los niños. En este jardín, también hay espacio para las sorpresas, y si uno agudiza la mirada y el resto de los sentidos, descubre toda la riqueza que se encierra en él. Siguiendo los perfiles de un arbusto se adivina un dragón, y si nos adentramos en el jardín, encontraremos rincones escondidos, y fuentes que rompen el silencio con el suave discurrir del agua.

En el silencio encontramos otro de los factores importantes en el proceso creativo de este artista. En el curso de nuestras conversaciones a lo largo del día, son numerosas las ocasiones en que aparece este silencio como un valor importante para él. Lo busca y lo disfruta con todos los sentidos.

El taller del artista: un viaje por el proceso creativo



La siguiente estación de mi visita nos lleva por fin hasta su taller. Un local amplio, de techos altos y espacio suficiente para albergar grandes esculturas, todas ellas protegidas bajo sábanas blancas. Una suave luz entra de soslayo, ocupando todo el espacio del estudio, y llega a colarse incluso dentro de las esculturas, resbalando por los recovecos que dejan libre las masas desplazadas dentro de ellas. Al entrar, tengo la sensación de penetrar un espacio sagrado; quizá se deba al silencio que reina en él, a la luz indirecta, o al carácter misterioso que otorgan las piezas ocultas bajo las sábanas. Quizá sea la energía creadora que late en el taller de todo artista dedicado a su oficio por completo, pero lo cierto es, que allí encuentro las claves que cierran el círculo creativo de Carlos Ciriza. En mi visita he conocido Pamplona, su arquitectura, sus paisajes, la comida y el carácter noble, recio y abierto de sus habitantes. Por supuesto hay mucho más que conocer para comprender más profundamente de qué se alimenta el espíritu del escultor, pero en el taller encuentro todas estas influencias depuradas al máximo, en una búsqueda de la esencia, expresada de forma plástica.
Allí esta todo. Es un pequeño universo en sí mismo. Y el recorrido por este pequeño cosmos, va, físicamente, desde el producto final hasta el origen del proceso creativo.

A la entrada del local cuelgan banderolas de exposiciones realizadas en diversos lugares, dentro y fuera de España, que hablan de su proyección internacional y del alcance de su obra a nivel mundial. Al avanzar por el espacio, dividido en tres locales conectados entre sí, aparecen ya las obras. Unas, como he dicho antes, están terminadas y permanecen protegidas bajo sábanas blancas. Otras, por el contrario, están en pleno proceso de creación y transformación. En este laboratorio de experimentación que es su taller, hay piezas materialmente ya terminadas, a las que les falta aun el toque final antes de poder ser expuestas o de llegar al lugar para el que han sido concebidas. Este proceso dura meses, durante los cuales las piezas yacen como aletargadas, mientras su superficie de acero cortén o de pizarra, experimenta una transformación química a través del agua y el aire, hasta llegar al efecto buscado por el artista, y que las protegerá posteriormente de lo agentes atmosféricos. Pero una vez emplazadas, estos agentes: el sol, el viento, la lluvia, junto con el paso del tiempo, seguirán haciendo su trabajo en ellas a lo largo de los años, embelleciéndolas aun más, e integrándolas gradualmente en el entorno en que sean instaladas definitivamente. De esta forma, la obra adquiere la condición de ente orgánico, en constante cambio. Como se dice a menudo en referencia a la pintura, “el tiempo también pinta”, y en el caso de la escultura - debido a su mayor exposición - todos pintan: el agua, el aire, la luz...

Sin embargo, en estos procesos de transformación de la superficie de la materia, el artista no siempre tiene una idea preconcebida y clara del resultado de sus experimentos. Se trata de una permanente búsqueda, combinada con la espera paciente y curiosa, abierta a la sorpresa y a lo que tengan que decir los diferentes materiales con los que trabaja. Se establece así un diálogo, una forma de colaboración entre el creador y su obra, en la que sin duda el producto final supera cualquier expectativa. Y si antes decía que el tiempo - en sus dos acepciones, meteorológica y de sucesión de instantes – también “pinta”, en este caso podemos decir que la materia “habla”. Ciriza le deja esa libertad. Hay comunicación, espacio para ambos. Se trata de un acto generoso por parte del artista, que no ahoga su piezas, como quien ahoga un pájaro por querer controlarlo y mantenerlo a su lado. Ciriza abre la mano para que sus piezas sean y se desarrollen con libertad. Es un creador que respeta la dimensión sublime de su obra.

Podríamos comparar esta relación con la labor de educar, en cuyo caso el educador marca las pautas fundamentales a los hijos o al pupilo, les muestras el camino; pero el producto final, lo que ellos son y en lo que se convertirán, supera siempre con creces al creador, si éste sabe ver sus cualidades originales y las deja crecer.
Esto ocurrirá siempre y cuando el artista sea capaz de trabajar con humildad y honestidad hacia sus obras y hacia sí mismo. Y aquí encontramos una de las principales cualidades que conforman el trabajo de Carlos Ciriza. Es un artista honesto, consecuente y respetuoso con su trabajo.
Pero antes de seguir profundizando en este tipo de disquisiciones acerca de la obra del artista, seguiré con mi visita a su taller. Para ello habrá que subir a otro nivel, el piso superior del local, que funciona como una metáfora del cuerpo del artista. Es una subida al corazón y la cabeza del escultor. Allí arriba se encuentra un lugar fundamental, un cuartito apartado al final del estudio. Se trata del único espacio separado del resto por una puerta. Un espacio cerrado e íntimo en que el artista concibe y realiza los primeros esbozos de sus obras: el lugar en que surgen las ideas y toman su primera forma. En esta pequeña habitación reina un caos aparente, y mi mirada al penetrarlo recibe un impacto de impresiones e información, que necesitará de una segunda mirada más atenta y pausada para comprender lo que allí sucede. Poco a poco mi mirada va tropezando sucesivamente con pinturas ya terminadas, dibujos, bosquejos preparatorios, trozos de pizarra, todo tipo de materiales, papeles, dibujos y fotografías. Me encuentro en el lugar en que Ciriza concibe sus esculturas, y en esta temprana fase, el dibujo juega un papel fundamental. Como ya el propio artista ha afirmado en muchas ocasiones, en su producción artística, pintura y escultura son inseparables, y puesto que conforman un sólo cuerpo, todo lo que ocurra en una, afecta de forma decisiva a la otra.
El aparente caos que reina en la habitación está formado por innumerables objetos, recuerdos, piezas, que hablan al que las contempla, de horas de trabajo, experimentos, pruebas, proyectos en todos sus estadios. Algunos llevan tiempo esperando su turno, otros se encuentran en pleno desarrollo. Pero lo que finalmente salga de allí para ser convertido en escultura, será como un perfume, una síntesis depurada al máximo de aquello que conforma el imaginario interior del artista. Y ahí radica precisamente lo maravilloso del arte, pues todos tenemos un pequeño taller en la cabeza, lleno de recuerdos, impresiones, obsesiones – ¿por qué no? – pero muy pocos logran elaborarlas y limpiar lo aleatorio de lo sustancial hasta conformar una pieza. Aun así, el trabajo sería en vano, si dicha obra no fuera capaz de transmitir la fuerza y la energía concentradas, de todos y cada uno de los elementos que la conforman. Y a mi parecer, Ciriza lo logra.

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Dos valores fundamentales para comprender la obra de Ciriza: tiempo y silencio



Sin embargo, para transmitir su mensaje, su energía, las piezas de Ciriza se encuentran con un obstáculo, y es que no son hijas de su tiempo y al salir del taller se produce un desfase entre la pieza y el público general. ¿En qué consiste este desfase? Lo explicaré a continuación.
Como he mencionado anteriormente, el silencio es un factor importante para entender sus piezas. Sólo en el silencio son posibles la contemplación y la reflexión profundas, y sin duda, sus obras son producto del silencio. Esto se aprecia en el esquema de partida que del que surgen, y que es compartido por todas ellas. En su etapa actual, Ciriza parte en la mayoría de los casos, bien de un prisma vertical de cuatro lados, de una plataforma horizontal elevada, o bien de un plano adosado a la pared en relieve, que resuelve de diferentes formas en cada caso. Este esquema común les confiere a primera vista una apariencia parecida. Y éste es, precisamente, el obstáculo con el que topan las obras en la comunicación con el espectador. Pues, si no nos diéramos el tiempo necesario, podríamos juzgarlas iguales entre sí y no les prestaríamos mayor atención. Se trata en todo caso de un obstáculo ajeno a la obra. Este se encuentra, por el contrario, en nuestra retina o en la cultura occidental en general. La dificultad en la captación del mensaje y la fuerza que transmiten las obras, radica en definitiva, en un desfase de tiempo y sensibilidad en la mirada.

Y es que Carlos Ciriza no crea para entretener al público con grandes impactos visuales, ni es su intención producir cada vez una obra distinta, sin relación con la anterior. Ciriza crea por necesidad, es honesto consigo mismo y con sus propios anhelos. Allí radica su originalidad.

Sin embargo vivimos en un momento y una sociedad en que un exceso de información visual nos asalta a diario. Estamos acostumbrados a los impactos breves y rotundos. Demandamos siempre algo nuevo, “original”, distinto a todo lo que hemos visto antes. Si nos lo ofrecen, le dedicamos un segundo de nuestra atención, y seguidamente lo ignoraremos para posar nuestra atención sobre la siguiente novedad.

Ciriza, no utiliza conceptos de usar y tirar en sus obras. Muy al contrario, exprime cada planteamiento plástico hasta sacarle la última de sus posibilidades. Y lo hace con sensual alevosía, recreándose en cada perfil, cada partición y movimiento de los volúmenes que conforman las piezas, gozando con las sombras que aparecen en su interior, con los planos que éstas crean, y que se yuxtaponen a las zonas iluminadas por la luz. Estos planos de luces y sombras presentan además unas rica variedad de tonos de color, generada por la dislocación de los fragmentos de masa, que al sobresalir, cada uno en distinta medida de la pieza básica o matriz – por así llamarla – reciben la luz de forma mas o menos indirecta, según sean la colocación y forma de cada fragmento. (Esto es fácilmente apreciable observando cualquiera de las imágenes que se ofrecen en el libro).

Ciriza se toma tiempo para mirar. Se trata de una mirada blanda y dilatada, sensible a cada pequeño detalle. Una mirada profunda y progresiva, que requiere también de las manos, porque hay cosas que los ojos no alcanzan a mirar y hay que sentir y mirar con los dedos, como los ciegos.

Si el espectador hiciera lo mismo, se daría cuenta de la paradoja; lo que a simple vista resulta tan parecido, contemplado más detenidamente, se revela ilimitado en su variedad. Con un mismo lenguaje se crean infinitos mensajes.

Normalmente, las obras elaboradas con tiempo y en silencio, dejando que hable el alma, requieren también de tiempo y silencio por nuestra parte para abarcarlas y comprenderlas en su totalidad – si es que algo así es posible. Si no nos damos ese tiempo, su energía no nos alcanza y nos perdemos toda su riqueza. Algo similar ocurre con la poesía, con la música clásica y con tantas otras expresiones artísticas - incluso con el conocimiento de las personas. Ya lo dijo van Gogh “ no hay nada más verdaderamente artístico que amar a la gente”.

En cualquier caso, esta falta de tiempo y silencio, es también la razón por la que algunos, al ver la obra de Ciriza, inmediatamente la identifican con la de otros artistas como Chillida u Oteiza, con los que sin duda tiene planteamientos comunes, pero más allá de algunas generalidades, nada tiene que ver su obra con la de ellos.

Asumiendo este hecho, es decir, la diferencia de ritmos en la apreciación de imágenes y objetos, y la dificultad que este desfase entraña para captar el mensaje que encierra la obra, habrá que aceptar que algunos se queden sin disfrutar de ellas. Yo personalmente considero que en su integridad como escultor, fiel a sí mismo y a su obra, al margen de efectismos y libre de conceptos pasajeros que encorseten sus piezas, se encuentra su grandeza y su universalidad.

Análisis de la obra. La mirada del artista: una vuelta a lo esencial



Gracias a la mirada de Ciriza, a la capacidad de plasmar en sus obras lo apenas perceptible por los sentidos, o más bien, de elaborar la información, concentrarla y ser capaz de reproducirla en una obra nueva, sus piezas nos salvan. Aunque sólo sea durante el tiempo en que las contemplamos, éstas nos salvan de las modas, lo superfluo, los mensajes explosivos pero sin fondo, lo pasajero y la sensación de vacío que lo acompaña. Nuestros ojos descansan en la contemplación de sus formas sencillas y rotundas, acarician despacio la superficie de las piezas tratando de reconstruir mentalmente el volumen inicial, sin fisuras. Nos asomamos al interior de las piezas, a través de los huecos que han dejado libres los pedazos desplazados, y nos encontramos allí con la luz y el aire, que llegaron antes que nosotros y juegan ya al escondite como cuando éramos niños.
Y es que - al menos yo - no puedo evitar relacionar sus formas con placeres de la infancia. En el caso de las plataformas, los pedazos que se desprenden (que de hecho “acaban” de desprenderse, pues aún no han tocado el suelo y en algunos casos podemos todavía escuchar el sonido sordo y seco de la separación), me recuerdan a los pedazos que se me desprendían del helado de naranja o limón que tomábamos en verano, el clásico polo, o la sensación untuosa y suave de partir con las manos un trozo de turrón blando. Los perfiles irregulares y suaves de las piezas me devuelven los recuerdos de las clases de plástica, en las que jugábamos con arcilla y utilizábamos un hilo para separar las pedazos. Los perfiles que se creaban con aquel hilo al contacto con el barro eran parecidos.

A pesar de su sencillez, o precisamente gracias a ella, las piezas de Carlos Ciriza despiertan todo tipo de asociaciones y nos ayudan a descubrir nuestro propio imaginario interior. Si por el contrario, hubiera preferido trabajar formas figurativas, al enfrentarnos a ellas, irremediablemente nuestros ojos sólo verían un animal, una persona o cualquiera que hubiera sido el motivo elegido por el artista.
No, Carlos Ciriza nos invita a mirar con los ojos del corazón, de la memoria, del alma. Estos ojos “internos” tienen la cualidad de ver más allá. Con ellos nos apoyamos en la forma y la materia, pero sólo para tomar impulso y dar el salto a experiencias estéticas más profundas.
Dichas experiencias ganarán en profundidad y repercusión, en la medida en que aprendamos a reparar en lo sencillo. ¿Cuántas veces no alcanzamos a ver la belleza por encontrarse ésta demasiado cerca? ¿O por resultarnos muy evidente? En este sentido Ciriza no da nada por hecho ni por demasiado evidente, sino que por el contrario, parte de formas completamente elementales, despojadas de cualquier elemento accesorio o decorativo, y dedica todos sus esfuerzos a desentrañar la belleza que esconden en su simplicidad. Se podría decir que su obra constituye un ejercicio de “esencialización”.

Para ello, en esta etapa creativa que ahora atraviesa, el artista rompe la unidad de la masa. Pero no de forma aleatoria, sino que sus obras responden a diseños previos en los que estudia de antemano todas las posibilidades de la pieza. Por supuesto, estudiarlas todas supondría una labor infinita, así que plantea las más interesantes para él, y se recrea en cada transformación del bloque original: en el desplazamiento de cada fragmento, en los diferentes volúmenes, sus dimensiones y sus formas, en la textura de su superficie, los vacíos que crean los desplazamientos y los consiguientes juegos de luces y sombras. De esta forma, descubrimos de su mano, las infinitas posibilidades que albergan las formas básicas.

Estableciendo un paralelismo literario, ésta condensación de información con pocos recursos y su consiguiente exposición en términos sencillos, me recuerda al haiku japonés. Una forma de poesía compuesta por 17 sílabas, repartidas en tres versos, como los siguientes:

Viejo estanque

Una rana salta

Sonido del agua

Al igual que en el haiku, la obra de Ciriza encuentra una de sus influencias fundamentales en la naturaleza, obviamente no desde el punto de vista formal, sino desde el punto de vista del constante cambio, de escenario del paso del tiempo y de flujo de tensión y energía. Veamos como:

En el ejemplo de haiku, que he propuesto, se describe un hecho sencillo, cotidiano en el ambiente de una charca, al que normalmente no prestaríamos mayor atención. Sin embargo, el poeta se recrea en la contemplación del estanque, de la rana, el salto que ésta realiza e incluso en el sonido que produce al romper la quietud de la superficie del agua y penetrar en ella de golpe. Al concentrarse en este hecho, tan aparentemente pequeño, actúa como el zoom de una cámara, ignorando todo lo demás que lo circunda y dándole toda la importancia. Del mismo modo, las esculturas de Ciriza funcionan como un zoom sobre un hecho tan aparentemente irrelevante como el movimiento de una masa, su partición y la creación de una o varias formas nuevas.

En lo que respecta al paso del tiempo, éste está presente en su obra desde el momento en que ha tenido lugar un movimiento. Existe un antes, en el que la forma estaba completa y unida, y un después, en que aparece el vacío como nuevo componente de la obra. Pero no solamente hay un antes y un después. En el caso de sus plataformas horizontales, al desprenderse los fragmentos de la forma original, éstos aparecen suspendidos en el aire. Podría haber elegido situarlos ya en el suelo, sin embargo los mantiene en equilibrio, dotando así a la pieza de un presente continuo y de una tensión suplementaria. Aquí nos encontramos con el tercer elemento citado anteriormente, pues, si al generarse varios cuerpos aparece automáticamente una energía entre ellos, una fuerza de atracción lateral, al no estar éstos ligados al suelo, se hace además tangible la fuerza de la gravedad que los arrastra hacia abajo.

Esta energía, constantemente presente en nosotros mismos y a nuestro alrededor, se hace aun más patente a nuestros ojos, y adquiere entidad propia en las obras de Ciriza, puesto que presenta ese hecho o movimiento, aislado de cualquier otra forma o circunstancia que disperse nuestra atención, tal y como ocurre en el caso del haiku japonés.

La reflexión aislada de estos movimientos en sus esculturas, suscita en el espectador todo tipo de simbolismos, y las obras adquieren así una dimensión poética que las sublima. Pues acaso ¿no suscita el vacío en nosotros la sensación de ausencia? Al fin y al cabo, ¿que es el vacío?, ¿acaso es simplemente aire?, desde luego que no. Para que exista un vacío es necesario que haya existido previamente una presencia, que ya no esta. La desaparición de la presencia no es otra cosa que la ausencia. Y la ausencia ocupa espacio, por paradójico que esto pueda resultar a simple vista. No sólo ocupa espacio, sino que puede incluso doler o pesar en algunos casos. En otros, por el contrario, puede suponer un alivio y una alegría. Y esto que ahora expongo, lo puede constatar cualquiera que haya perdido a un ser querido y conviva con su ausencia, o todo aquel que haya vivido la experiencia de quitarse un miedo en su vida. En cualquiera de los casos, el paso de una sensación a otra, conlleva un cambio, un movimiento emocional o físico. Y de este modo, los movimientos de sus piezas dejan interpretarse metafóricamente como movimientos del alma, transformaciones emocionales, que el artista logra manifestar de forma plástica.

Pero para llegar a este punto de la interpretación, hay que saber observar, darse tiempo para contemplar, y dejar que la energía que emiten las esculturas, fluya en nuestras almas.ultimapagciriza.tif

Universalidad de la obra y proyección internacional del artista


Puesto que lo esencial y básico, es común a todos los seres y todas las épocas, no es de extrañar que la obra de Carlos Ciriza conecte con todo tipo de gentes y culturas. Esto encuentra confirmación en el hecho de que su obra se encuentre repartida ya en más de veintidós países.

Si en disciplinas como la literatura o el cine, se entiende por clásica, aquella obra con validez universal, esto es, que encuentra eco en cualquier época y lugar, atravesando las fronteras del tiempo y el espacio; podemos entonces afirmar, que la obra de Ciriza constituye ya un clásico del arte. Pues si bien, de momento sólo es constatable el hecho de que su obra haya sido apreciada en países tan dispares como Estados Unidos, Dubai, Armenia, Finlandia o Filipinas, y debido a la juventud del artista sea imposible saber aún la repercusión que su obra tendrá a lo largo del tiempo, yo apostaría por afirmar, que nunca dejará de haber gente sensible a las reflexiones formales y existenciales que este autor propone, con férrea disciplina y sin descanso, desde la soledad de ese pequeño cuartito en un taller de Pamplona.

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