Hacia una poética del exilio/ Angelina Muñiz-Huberman. Biblioteca Virtual Cervantes. En línea






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Joseph Brodsky
Tomado de: El canto del peregrino. Hacia una poética del exilio/ Angelina Muñiz-Huberman. Biblioteca Virtual Cervantes. En línea: http://www.cervantesvirtual.com/ servlet/SirveObras/45701732103436106565679/index.htm

La conciencia del exilio poético rige la obra de Joseph Brodsky. Condenado en su patria, la Unión Soviética, en 1964 a trabajos forzados se convierte en exiliado a partir de 1972. Años después obtiene el Premio Nobel. Sin embargo, el término de exilio   —91→   debe ser matizado en su caso. Una primera y sencilla explicación sería que la fuerza verbal de su poesía proviene de la compensación por la pérdida de la patria. Si bien esto es verdad, el propio Brodsky quiere trascender la primera etapa del exilio y llegar a su sentido profundo:


En un primer aspecto, «exilio» abarca, si acaso, el momento preciso de la salida, de la expulsión. Lo que sigue es, a la vez, demasiado cómodo y demasiado autónomo para ser llamado así, ya que sugiere vívidamente una pena abarcadora79.




Brodsky se niega a darle un contenido político al término y prefiere, en cambio, la variante metafísica. Sólo así podrá llegar a la esencia poética. En esto coincide con otros escritores también exiliados: Vladimir Nabokov y Czeslaw Milosz, cuyas visiones poéticas del universo han sido puestas a prueba. En lo que difiere de ellos es en que carece de la memoria de una época feliz o paradisiaca, al ser exiliado en su propio país. Su caso extremo hará posible una obra de suma originalidad e incomparable con otras.

Su asidero será el terreno poético por él escogido, como referencia a la cual volver y en la cual apoyarse. Y ahí el campo es libre para escoger a sus poetas-guías: Ana Ajmátova, Mandelstam y, dando un salto a Occidente, John Donne y W. H. Auden. Todos ellos, poetas de abismos no hollados.

En cuanto a su propia obra, separa la experiencia de la creación, para así poder llegar a la creación de la experiencia:


Porque, en general, las relaciones entre la realidad y la obra de arte son mucho más tenues de lo que la crítica quiere que creamos. Podemos sobrevivir al bombardeo de Hiroshima o pasar veinticinco años en un   —92→   campo de concentración y no producir nada, mientras que una sola sesión nocturna puede dar nacimiento a un poema inmortal. Si el intercambio entre la experiencia y el arte hubiera sido tan estrecho como nos han hecho pensar desde Aristóteles, tendríamos hoy en las manos un arte -en términos de calidad tanto como de cantidad- mucho más grande del que tenemos80.




Lo que nos dice Brodsky es que la verdadera y única experiencia es la poética: que ésta modela a la experiencia real y que, por lo tanto, el exilio no es sino una invención.

Ahondando más, Brodsky llega a afirmar que la biografía, la conducta, los tipos sicológicos, la semiótica, dicen muy poco acerca del discurso poético. Que este último siempre escapará a las definiciones y a cualquier pretensión de encasillamiento:

El pensamiento poético, también llamado metafórico, es, de hecho, pensamiento sintético. Como tal, contiene análisis, pero no puede ser reducido a análisis. El análisis no es la forma del conocimiento única ni final... En el caso del poeta es por intermedio de la síntesis intuitiva, es decir, cuando el poeta -de acuerdo al poeta- roba a diestra y a siniestra sin siquiera experimentar sentimiento de culpa81.




En el minucioso estudio sobre la obra de Joseph Brodsky, llevado a cabo por David M. Bethea, se concluye que la creación del exilio no es sólo el destino histórico, la enajenación, los límites lingüísticos, la distancia, la soledad, la melancolía, sino el paso más allá de las restricciones en donde el poeta se crea a sí mismo y, a su vez, es creado por lo que escribe. Una especie de reflexión en el espejo escogido.

—93→   Si bien ésta es una posición extrema habrá de coincidir con la posición de algunos de los escritores de la generación hispanomexicana, como veremos más adelante.

El poeta ruso-norteamericano elabora los términos de su escritura según ciertas características. La primera que llama la atención es la de una poderosa intertextualidad que permite la integración de culturas múltiples: la rusa, la occidental, la judía, la cristiana, en fin, la tradición y la modernidad. A este amalgamiento, el crítico David M. Bethea lo llama el palimpsesto del exilio. La cita de uno de los poemas de Brodsky, «Diciembre en Florencia», es crucial. Se trata del primer poema escrito en el exilio, por lo que la condensación verbal es mucho más tensa y emotiva, y alude a más de una situación. Sobre todo, el verso final aspira a describir el imposible punto de reunión entre el antiguo exiliado de la ciudad, Dante, y el recién llegado a tierras del exilio, Brodsky:







Hay ciudades que uno no volverá a ver. El sol choca contra










las ventanas congeladas como si fueran espejos lisos. Pero aun así










no entra, ni por todo el oro del mundo.










Hay siempre seis puentes que atraviesan el perezoso río.










Hay lugares donde los labios tocaron los labios por la primera vez,










o la pluma presionó el papel con fervor real.










Hay arcadas, columnarios, ídolos de hierro que empañan tus lentes.










Allí, las multitudes del tranvía, densas, a empellones










hablan en la lengua de un hombre que partió de ese lugar82.













En ese momento, Brodsky encuentra su propia regla según palabras de una entrevista: «Tal vez el exilio sea la condición natural del poeta».

Otro término acuñado por Bethea para la obra de escritores exiliados es el de «crisálida». En el caso de Brodsky, la crisálida   —94→   es su lenguaje, sus palabras sobre el papel, su orfandad en el exilio físico y metafísico. La pequeña membrana o ala de mariposa que lo separa de la oscuridad y de la nada. El vuelo que divide la vida de la muerte.
79 David M. Bethea, Joseph Brodsky and the Creation of Exile, Princeton, Princeton University, 1994, p. 36.

80 Joseph Brodsky, «Por quienes doblan las campanas rajadas», Vuelta, año XVI, 188 (julio 1992), p. 19 (traducción de Aurelio Asiain).

81 David M. Bethea, ob. cit., p. 42.

82 Ob. cit., p. 73 (la versión es mía).

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