Víctimas del futuro De plan de rescate en plan del rescate hacia la derrota final o el regreso del proteccionismo Adiós al liberalismo: en busca de la confianza perdida El “último tango” en… Wall Street: ¿Soberbia, ignorancia o mentira?






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Víctimas del futuro - De plan de rescate en plan del rescate hacia la derrota final o el regreso del proteccionismo - Adiós al liberalismo: en busca de la confianza perdida

- El “último tango” en… Wall Street: ¿Soberbia, ignorancia o mentira?

“La nación, en plena recesión, exige una nueva burbuja en la que invertir” aseguraba hace unos meses un artículo de The Onion, el diario satírico estadounidense. “Un panel constituido por los principales líderes empresariales testificó el lunes ante el Congreso, y exigió al Gobierno que ofreciera a los americanos otra irresponsable y extraordinariamente ilusoria burbuja en la que invertir”. Con su habitual ironía, la publicación tocaba uno de los puntos clave de los mercados financieros de la última década: las mayores creaciones de riqueza desde finales de los noventa se han producido a lomos de sendas burbujas: la burbuja puntocom y la del crédito fácil, causa subyacente de la burbuja inmobiliaria. Para no romper la magia de la ironía, The Onion no menciona explícitamente que el posterior estallido de cada burbuja destruye buena parte de la riqueza creada. Si no toda.

En cualquier caso, lo curioso de esa sucesión de irracionalidades es que la reacción del mercado y de las instituciones a cada una de las burbujas ha generado el caldo de cultivo de la siguiente. Los tipos históricamente bajos con los que los bancos centrales de todo el mundo pretendían estimular la demanda, evitar la deflación y coagular la sangría bursátil de principios de siglo XXI, abarataron hasta niveles jamás vistos los costes de endeudarse. El dinero fácil salía a espuertas de los bancos centrales y llegaba tanto a empresas como a hogares a través de la banca comercial y de inversión.

Dinero fácil

Con tanta oferta de crédito como demanda, se perdió la noción del riesgo y se generaron pequeñas burbujas de activos, como la inmobiliaria, la de materias primas, e incluso la bolsa... Los precios de la vivienda en las principales ciudades de EEUU han caído más de un 20%, el petróleo ha pasado de 150 dólares por barril a 30 dólares y la bolsa ha llegado a caer casi tanto como se dejó en el estallido del puntocom (Ibex 35), o incluso más (S&P 500). El propio George Soros, el multibillonario inversor que se hizo rico a principios de los años noventa apostando en contra de la libra esterlina, ha dedicado los últimos años de su vida a perfilar una teoría que define la economía moderna como una sucesión de superburbujas, que a su vez tienen pequeñas burbujas dentro.

Simplemente la experiencia de puntocom y la del crédito legitiman el debate de cuál será la siguiente explosión de euforia irracional, y, sobre todo, si la explosión de ésta última burbuja está abonando el terreno para otra. Y, de momento, muchos ojos se están centrando en la deuda pública. Esto es, la deuda que emiten los Estados para financiar sus gastos e inversiones, y cubrir los déficits presupuestarios en los que incurren año a año. La emisión de deuda se ha disparado en las últimas semanas, porque los Gobiernos tienen que financiar los rescates del sistema bancario y los planes de estímulo fiscal para impulsar la demanda. Los bancos Société Générale y Goldman Sachs prevén una emisión cercana al billón de euros durante 2009 en la eurozona, y de en torno a 2 billones de dólares en EEUU.

La turbulencia financiera estadounidense del año 2008 será memorable: la implosión de la burbuja hipotecaria, el desquiciado apalancamiento de activos y el delirante desfile de salvatajes, han llevado a la economía mundial a una crisis que conmueve las bases de la arquitectura económica internacional.

Estados Unidos se ha convertido en un país especializado más en hacer papel que cosas y eso ha hecho que Wall Street haya inventado cada vez más activos y obligado a Main Street a invertir en ellos, endeudándose cada vez más. De lo que no se dieron cuenta es que las atractivas rentabilidades necesitaban la inclusión de nuevos jugadores y de la producción de más papel. Para peor, otras grandes economías han seguido el mismo camino.

Lo que no se reconoció bien es que estas políticas eran huecas, autodestructivas y destinadas en último lugar a lo que siempre fueron: esquemas Ponzi (estafas piramidales). Existen varios ejemplos (el de Bernard Madoff, por pillarnos más cerca, aunque hay muchos otros tan culpables como él), pero hay uno que explica a la perfección el fraude piramidal de la economía: uno sólo tiene que ver que ha pasado en el mercado hipotecario para entender las similitudes.

La peor crisis económica desde la Segunda Guerra Mundial ha otorgado a los Gobiernos de todo el mundo un papel clave en la supervivencia del sistema bancario internacional. La quiebra de Lehman Brothers fue la primera pieza en caer de un dominó construido sobre un terreno pantanoso. Desde entonces, la amenaza de un colapso total de la economía financiera impulsó a las autoridades gubernamentales, con independencia de su orientación política, a tomar medidas urgentes para evitarlo.

Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania,… procedieron así al rescate de muchos bancos y asimilados, dedicando para ello una ingente cantidad de recursos económicos que muchos discuten si no estarían mejor empleados en apoyar la economía real. Inyecciones de liquidez, aportaciones de capital, avales, etcétera (incluyendo en el etc., ni más ni menos, algunas nacionalizaciones… que continúan).

Pocas fueron las entidades que quedaron fuera de la intervención directa de los Estados. Aparentemente las más saneadas. Sin embargo acontecimientos recientes (16/1/09) han cuestionado esa aparente fortaleza, que ahora cobra más fuerza tras el salvavidas lanzado, a Bank of America y deja una pregunta en el aire: ¿Puede la banca sobrevivir a la crisis sin el colchón de las ayudas públicas?

Al desmoronarse el círculo vicioso inflación de deuda-revalorización de activos, los estadistas del bienestar y sus banqueros centrales aceleran el proceso de inflación monetaria, tratando de compensar el desinflado de la(s) burbuja(s) que arrastran consigo la riqueza virtual creada artificialmente y cuyo destino último es convertirse en sumidero(s) financiero(s). Este esquema piramidal globalizado ha alcanzado tal surrealismo que estados y bancos centrales se reconvierten en prestamistas de última instancia. La pirámide no puede adelgazar, debe seguir ensanchando. “Rescates” aparte, la tasa de inflación de deuda norteamericana crece más del 9% anual desde 1980. Incluyendo compromisos socio-sanitarios, en endeudamiento total de EEUU ronda el 500% del PIB, creado en su mayoría en los últimos 30 años, más que doblado desde el año 2000.

The party is over

La fiesta ha terminado. Se apagan los ecos del “último tango”… en Wall Street. Grandes dosis de despreocupación, autosatisfacción y cinismo… han derivado en una economía “sin responsables”. Una economía de “call centers” (nadie sabe dónde están, ni quién los atiende). Así y todo, algunos mitos económicos comienzan a caer. Posiblemente, uno de ellos (eso espero) sea el del librecambio.

Cuando la globalización nos la prometía tan felices, cuando la tierra era plana… con la “falacia” de la libre circulación de mercancía (que sólo fue parcial y sesgada), con la “promesa” (espejismo, timo) de la libre circulación de trabajadores, se impuso (único fin cierto, primigenio y constatable) la libre circulación de capitales. Eso era lo que verdaderamente interesaba a los “amos del mundo”. Lo demás eran espejitos de colores para entretener a la “manada” (gilada). Peanuts.

Ahora, que se ha constatado que la globalización lo único que ha globalizado han sido las pérdidas (repartido la mierda, digamos), un efecto “esperable” del coito interruptus, tal vez sea (eso anhelo) el regreso del proteccionismo.

¿Estamos llegando al fin del capitalismo? Quizás no, pero es probable que estemos ante el fin de cierto tipo de capitalismo, el financiero y especulativo, que ha crecido demasiado en las dos últimas décadas, y la crisis actual sólo una elocuente expresión de ello, aunque no la única. Las causas de esta crisis tienen raíces muy profundas, tanto en el sistema financiero, como en los estilos de vida y consumo.

El capitalismo puramente financiero es amoral. Es hora de “volver a creer” en el capitalismo del esfuerzo y del trabajo. Se debe moralizar el capitalismo. Refundarlo. Eso no quiere decir destruirlo. Destruirlo es dar un paso atrás, renunciar a todo lo hecho. Pero, o lo refundamos o se destruirá.

- El fin de la economía “low cost”

Cuando las empresas inventaron el “outsourcing” (deslocalización), hijo bastardo de la globalización, hicieron creer a los trabajadores que perdían sus empleos, que ayudados por el menor costo de los productos (ahora importados) y el auxilio del crédito (entonces ilimitado y barato) podrían seguir “enganchados” (adictos) al “consumismo feliz”.

Ahora, frente a la crisis, los ex-trabajadores (desocupados), no tienen ni fábricas, ni créditos. La sociedad de consumo se ha esfumado, como lo hicieron los capitales de las “catedrales” bancarias de Manhattan.

Ahora, frente a la crisis, esas empresas “deslocalizadas” comienzan a abandonar el barco (países emergentes), dejando a los “nuevos” trabajadores en una situación tan cercana a la pobreza original que, más de uno de ellos, se estará preguntando si todo habrá sido, únicamente, una ilusión óptica (ahora, una pesadilla).

El “low cost” sólo ha enriquecido a las empresas deslocalizadas. Ni los “nuevos” trabajadores, ni los “viejos” trabajadores han participado del festín, ficticio, de una economía “sin barreras”.

Detrás de esta crisis se esconde una patología del consumo en las familias, que se ha extendido desde el capitalismo norteamericano a todo el Occidente opulento. El endeudamiento excesivo de las familias americanas ha creado un terreno frágil, que se ha hundido bajo el peso de la crisis de las hipotecas de alto riesgo. La hipoteca sobre la casa ha venido a añadirse a una serie de endeudamientos en una cultura que privilegia el consumo aquí y ahora, y que ha olvidado el valor del ahorro, también el sentido ético.

En realidad, cada vez más el consumo se ve apremiado y drogado por un sistema económico y financiero, y los medios de comunicación son cómplices de ello, que induce a las familias a endeudarse por encima de sus reales posibilidades de restituir el crédito.

La crisis actual, pues, puede ser una buena ocasión para reflexionar en profundidad sobre el estilo de vida insostenible que el capitalismo financiero actual ha determinado. Y no se trata de imaginarse una economía sin bancos. No. La banca y las finanzas son demasiado importantes como para dejársela sólo a los especuladores. Una buena sociedad no se hace sin banca ni finanzas, sino con una buena banca y unas buenas finanzas.

De la economía “low cost” fuimos todos responsables (culpables). Las empresas por buscar la rentabilidad por encima de la responsabilidad, seguridad, transparencia y sostenibilidad. Los gobiernos por transitar frívolamente por la senda de un crecimiento económico electoralista, demagógico y corrupto. Los consumidores por atragantarse con cuanto producto o servicio le ofrecieran, al mínimo costo y con grandes facilidades, por encima de sus posibilidades y sin mirar el origen. En esa irresponsabilidad (inmadurez) atropellaron, inconscientemente, hasta sus propios empleos. Para ser consumidores “Todo a 100”, aceptaron sustituir empleo por crédito.

La culpa la hemos tenido todos: los bancos por animarnos a consumir lo que no teníamos y nosotros por creerlo. Durante muchos años ha imperado la máxima del “todo vale” y ahora lo estamos pagando.

De modo que estamos ante un reto cultural y antropológico, y para afrontarlo se requiere un compromiso de todos, dentro y fuera de los mercados.

- ¿Del neoliberalismo al neoproteccionismo?

Salir de la crisis inyectando dinero debe hacerse con inteligencia. Y eso significa que los gastos deben ser inversiones. Deben ser sostenibles para que no se limiten a lanzar dinero a los problemas, sino utilizando, en cambio, esos fondos para poner los cimientos de un futuro más estable y próspero.

Ninguna nación se ha librado, pero las más pobres son las que sienten más intensamente esos golpes. Si no se aborda correctamente, la crisis financiera se convertirá en la crisis humana del futuro. Los disturbios sociales y la inestabilidad política aumentarán y exacerbarán todos los demás problemas. En última instancia, el peligro es una serie de crisis en cascada, cada una de las cuales nacerá de las otras, con consecuencias potencialmente devastadoras para todos,

La crisis es ya una realidad palpable para casi todos los países. Y echarle la culpa al mundo es tan falso como injusto. Hay culpables de primera (los acreedores / especuladores), de segunda (los deudores) y de tercera (los gobiernos cómplices).

Luego están las “víctimas del futuro” (los Santos Inocentes). Aquellos que sin saber nunca lo que era una hipoteca subprime, ni una titulización, ni los estructurados, ni los fondos de retorno absoluto, ni los CDS, SIV, conduits, OTC, u otras “sopas de letras”, impresentables e incomprensibles, hasta para sus propios inventores, ha sido barridos por el tsunami financiero aunque vivieran a más de 10.000 kilómetros de la Gran Manzana.

Si en las “buenas” no vieron una y en las “malas” quedaron culo pa’arriba, ¿no será hora de cuestionar los “beneficios” del modelo neoliberal? El modelo del “todos ponen” y el “ganador se lleva todo”, ha fracasado. La tierra no es plana (y nunca lo será). El “fin de la historia”, es una falacia (y continúa). Las asimetrías económicas no se compensan. Los “súper” beneficios no se redistribuyen y la distancia entre pobres y ricos se agigantan.

Han fracasado la liberalización, la privatización y la desregulación. Y para más INRI el “pagano” de la quiebra vuelve a ser el Estado (o sea, todos los ciudadanos). La mayor “socialización” de las pérdidas de la historia. Un “final de la historia” (ahora, sí) francamente surrealista, grotesco, absurdo, sarcástico. No alcanzan los soberbios, ni los ignorantes, ni los mentirosos, para negar semejante evidencia.

La actual crisis financiera internacional exigirá un cambio estructural (ahora, sí) y un nuevo equilibrio en los papeles del Estado y del Mercado (ahora, sí).

En el siglo XXI no hay una sola nación que pueda decir qué hacer o pensar. No resulta aceptable el status quo, ni el regreso al pensamiento único. Una vez pasado el grueso de la crisis, no sería aceptable que los mismos que la provocaron reclamen a quienes han contribuido a superarla que se vayan.

Las principales consecuencias de esta crisis pueden resultar el regreso del Estado como actor económico y el fin de la ideología de la impotencia pública, contrapartida del todopoderoso Mercado. Resulta curioso ver ahora pedir socorro al Estado a quienes no querían oír hablar de él.

El cambio de modelo económico no implica nacionalizar la economía mundial, ni crear el capitalismo de estado, sino que se trata de reequilibrar los roles respectivos del Estado y del Mercado.

El librecambio no existe. Todo comercio es manejado. De no ser así, los desequilibrios demográficos y de riqueza no harían de la inmigración un fenómeno global imparable, pese a las restricciones. Más de 200 millones de personas trabajan fuera de su país, una cifra que no tiene en cuenta a los que trabajan sin documentos ni a los que emigran transitoriamente o a los que han regresado a sus países. En el mundo hay más de 50 millones de trabajadores indocumentados. La pobreza o las aspiraciones de una vida mejor fuerzan la movilidad global.

“Una nueva ola de proteccionismo cobra forma en todo el mundo… Varios sectores empiezan a hacer cola en Beijing, Bruselas y Washington, en busca de protección contra las importaciones. Esto ha ocurrido en otros períodos de desaceleración, pero esta vez las restricciones pueden ser más perjudiciales debido a la naturaleza global de la crisis económica… Las predilección actual por lanzar grandes paquetes de estímulo fiscal también puede ir asociada al proteccionismo, a medida que cada país busca asegurar el beneficio de sus industrias…” (The Wall Street Journal - 12/1/09).
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