Un radiante día de mayo, en el año 1868, un caballero se halla­ba cómodamente recostado en el gran diván circular que por aquellos tiempos ocupaba la parte






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títuloUn radiante día de mayo, en el año 1868, un caballero se halla­ba cómodamente recostado en el gran diván circular que por aquellos tiempos ocupaba la parte
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EL AMERICANO

HENRY JAMES

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CAPÍTULO I

Un radiante día de mayo, en el año 1868, un caballero se halla­ba cómodamente recostado en el gran diván circular que por aquellos tiempos ocupaba la parte central del Salón Carré, en el Museo del Louvre. Esta conveniente otomana ya no está allí, para inmenso desconsuelo de todos los amantes de las bellas artes que tienen las rodillas débiles; pero el caballero en cues­tión había tomado serena posesión de su punto más mullido y, con la cabeza inclinada hacia atrás y las piernas estiradas, con­templaba la bella Madonna de la luna*, de Murillo, en profundo disfrute de su postura. Se había quitado el sombrero, y a su lado había dejado una pequeña guía roja y unos gemelos. El día era caluroso; la caminata le había sofocado, y se pasaba una y otra vez el pañuelo por la frente con gesto un tanto cansino. Y, sin embargo, evidentemente no se trataba de un hombre a quien la fatiga le fuese familiar; alto, delgado y musculoso, insinuaba esa clase de vigor que suele conocerse como «resistencia». Pero en este día concreto sus esfuerzos habían sido de un tipo inusi­tado, y a menudo había realizado grandes proezas físicas que le habían dejado menos exhausto que su tranquilo paseo por el Louvre. Había ido en busca de todos los cuadros que venían acompañados de un asterisco en las formidables páginas, de refinada impresión, de su Bädeker*; había hecho un sobrees­fuerzo de atención y los ojos se le habían ofuscado, y había tomado asiento con una jaqueca estética. Además, no sólo había mirado los cuadros, sino también todas las copias que se desarrollaban en torno a ellos a manos de las innumerables jóvenes de intachable compostura que se dedican, en Francia, a la difusión de las obras maestras; y, a decir verdad, con fre­cuencia había admirado la copia mucho más que el original. Su fisonomía habría bastado para indicar que era un tipo sagaz y competente, y lo cierto era que con frecuencia se había queda­do toda la noche frente a un enojoso fardo de cuentas, oyendo el canto del gallo sin un solo bostezo. Pero Rafael, Ticiano y Rubens constituían una nueva especie de aritmética, y a nues­tro amigo le infundían, por primera vez en su vida, una vaga falta de confianza en sí mismo.

Un observador dotado de buen ojo para los tipos nacionales no habría tenido ninguna dificultad para determinar el origen local de este entendido inmaduro, y sin duda ese mismo obser­vador habría podido sentir cierto disfrute cómico ante la per­fección casi ideal con que encarnaba el carácter nacional. El caballero del diván era un rotundo ejemplar de americano. Pero no sólo era un magnífico americano; ante todo era, fisica­mente, un hombre magnífico. Parecía poseer esa clase de salud y fuerza que, cuando se encuentra bajo su forma perfecta, es la más imponente: ese capital fisico que nada hace su dueño por «mantener». Si era un cristiano musculoso, lo era sin saberlo en absoluto. Si era necesario caminar hasta un lugar remoto, cami­naba, pero nunca se había visto en las circunstancias de «hacer ejercicio». No albergaba ninguna teoría respecto a los baños fríos o el uso de mazas de gimnasia; no era remero, ni fusilero, ni espadachín -nunca había tenido tiempo para estas distrac­ciones- e ignoraba por completo que la equitación se reco­mienda para ciertas formas de indigestión. Por tendencia propia era un hombre moderado; si bien la noche anterior a su visita al Louvre había cenado en el Café Anglais -alguien le había dicho que era una experiencia que no se podía pasar por alto-, aun así había dormido el sueño de los justos. Su actitud y su porte habituales eran de corte bastante relajado y holgazán, pe­ro cuando, por alguna inspiración especial, se ponía firme, parecía un granadero en pleno desfile. Nunca fumaba. Le habían asegurado -se dicen cosas así- que los cigarros eran excelentes para la salud, y era perfectamente capaz de creérselo; pero sabía tan poco de tabaco como de homeopatía. Tenía una cabe­za muy bien formada, con un equilibrio torneado y simétrico entre el desarrollo frontal y el occipital, y abundante pelo cas­taño, lacio y un tanto seco. Su tez era morena, y el arco de su nariz enérgico y bien pronunciado. Los ojos eran de un gris claro y frío, y, a excepción de un bigote bastante poblado, iba bien afeitado. Tenía la mandíbula plana y el cuello nervudo que tan frecuentes son en el tipo americano; pero los trazos del origen nacional atañen a la expresión aún más que al rasgo, y era en este aspecto donde el semblante de nuestro amigo resul­taba sumamente elocuente. Con todo, el observador perspicaz que hemos estado imaginando podría perfectamente haber apreciado su expresividad y aun así haber sido incapaz de des­cribirla. Su expresión poseía esa típica vaguedad que no es vacuidad, esa ausencia que no es simpleza, ese aire de no estar comprometido con nada en particular, de adoptar una actitud de hospitalidad general ante las oportunidades de la vida, de disponer enteramente de uno mismo, tan característico de muchos rostros americanos. Era sobre todo la mirada de nues­tro amigo la que contaba su historia; una mirada en la que ino­cencia y experiencia se fundían de modo singular. Estaba llena de señales contradictorias; y aunque bajo ningún concepto era el astro ardiente de un héroe novelesco, se podía encontrar en ella casi todo lo que se buscase. Fría y aun así amistosa, franca pero cauta, astuta pero crédula, positiva pero escéptica, segura pero tímida, en extremo inteligente y en extremo jovial, había algo vagamente desafiante en sus concesiones y algo profunda­mente tranquilizador en su reserva. El corte del bigote de este caballero, junto con las dos arrugas prematuras en la parte superior de la mejilla y el estilo de su atuendo, en el que una pechera expuesta y un fular cerúleo desempeñaban quizá un papel demasiado prominente, completaban las condiciones de su identidad. Quizá nos hayamos acercado a él en un momento que no es especialmente favorable; no está, ni mucho menos, en pose de retrato. A pesar de estar lánguidamente repantiga­do y un tanto perplejo ante la cuestión estética, y de ser culpa­ble del reprobable error (como nos hemos enterado hace poco) de confundir el mérito del artista con el de su obra (y es que admira la Madonna bizca de la joven del peinado amucha­chado porque la propia joven le parece singularmente atracti­va), la perspectiva de conocerle resulta bastante prometedora. Firmeza, salud, jocosidad y prosperidad parecen estar a su alcance; es a todas luces un hombre práctico, pero las ideas, en su caso, tienen imprecisos y misteriosos confines que invitan a la imaginación a activarse en beneficio propio.

Mientras la pequeña copista seguía con su trabajo, lanzaba de cuando en cuando una mirada de interés hacia su admira­dor. El cultivo de las bellas artes parecía exigir, a su juicio, un gran despliegue escénico, un frecuente apartarse con los bra­zos cruzados inclinando la cabeza de un lado a otro, un acari­ciarse el hoyuelo de la barbilla con una mano delicada, un sus­pirar y fruncir el ceño y dar golpecitos con el pie, un buscar a tientas horquillas nómadas entre los mechones revueltos. Es­tas actuaciones iban acompañadas de una mirada inquieta, que se posaba más rato sobre el caballero que hemos descrito que sobre ningún otro lugar. Por fin, súbitamente éste se levantó, se puso el sombrero y se acercó a la joven. Se colocó frente a su cuadro y lo miró unos instantes, durante los cuales ella fingió no darse cuenta de su inspección. Entonces, diri­giéndose a la joven con la única palabra que constituía el fuer­te de su vocabulario francés y alzando un dedo con un ade­mán que le parecía que aclaraba su significado, preguntó con brusquedad:

-Combien ?

La artista le miró de hito en hito por un momento, hizo un pequeño mohín, se encogió de hombros, dejó a un lado la pale­ta y los pinceles y empezó a frotarse las manos.

-¿Cuánto? -dijo nuestro amigo, en inglés- Combien?

-¿Monsieur desea comprarlo? -preguntó la joven, en francés.

-Muy bonito, splendide. Combien? -repitió el americano.

-¿A monsieur le agrada mi pequeño cuadro? Es un tema muy hermoso -dijo la joven.

-La Madonna, eso es; no soy católico, pero quiero comprarlo. Combien ? Escríbalo aquí -sacó un lápiz de su bolsillo y le mostró la guarda de su guía. Ella se quedó mirándole y rascándose la barbilla con el lápiz-. ¿No está a la venta? -preguntó él. Y como la joven seguía reflexionando y mirándole con unos ojos que, a pesar de su deseo de darle a tan ávido mecenazgo el trato de una historia consabida, traicionaban una incredulidad casi con­movedora, temió haberla ofendido. La joven, simplemente, intentaba aparentar indiferencia mientras se preguntaba hasta dónde podría llegar-. No he cometido ningún error... pas insul­té, ¿no? -prosiguió su interlocutor-. ¿No entiende usted un poco de inglés?

La aptitud de la joven para improvisar un papel era sorpren­dente. Clavó sobre él su mirada consciente y perceptiva y le pre­guntó si no hablaba nada de francés. Acto seguido, dijo breve­mente: «Donnez!», y cogió la guía abierta. En la esquina superior de la guarda trazó un número con una caligrafía diminuta y extremadamente delicada. Después le devolvió el libro y volvió a coger su paleta.

Nuestro amigo leyó la cifra: «2.000 francos». Durante un rato no dijo nada, sino que se quedó mirando el cuadro mien­tras la artista empezaba a chapotear enérgicamente con la pin­tura.

-Tratándose de una copia, ¿no le parece mucho? -preguntó al fin-. Pas beaucoup?

La joven alzó los ojos de su paleta, le escrutó de la cabeza a los pies y encontró, con admirable sagacidad, la respuesta adecuada.

-Sí, es mucho. Pero mi copia tiene virtudes extraordinarias; no vale ni un ápice menos.

El caballero que nos ocupa no entendía nada de francés, pero ya he dicho que era inteligente, y he aquí una buena oca­sión para demostrarlo. Se dio cuenta, por un instinto natural, de cuál era el significado de la frase de la joven, y le agradó pensar que fuese tan honrada. Belleza, talento, virtud; ¡lo tenía todo!

-Pero debe usted terminarlo -dijo-. Terminer, ya sabe -y seña­ló la mano, aún sin pintar, de la imagen.

-Ah, será terminado a la perfección... ¡a la perfección de per­fecciones! -exclamó mademoiselle; y, para confirmar su promesa, depositó un borrón sonrosado en plena mejilla de la Madonna.

Pero el americano frunció el ceño.

-Ah, demasiado rojo, ¡demasiado rojo! -replicó-. Su tez dijo a la vez que apuntaba hacia el Murillo- es más delicada.

-¿Delicada? Oh, será delicada, monsieur; tan delicada como la porcelana de Sèvres. Voy a bajarle el tono; conozco todos los secretos de mi arte. ¿Y adónde nos permitirá que se lo envie­mos? ¿Cuál es su dirección?

-¿Mi dirección? ¡Ah, sí! -y el caballero extrajo una tarjeta de su cartera y escribió algo en ella. Después vaciló un instante y dijo-: Sepa usted que, si no me gusta cuando esté terminado, no me veré en la obligación de adquirirlo.

La joven parecía ser tan buena adivina como él.

-Bueno, estoy segura de que monsieur no es antojadizo -dijo con una sonrisa pícara.

-¿Antojadizo? -y árate esto monsieur empezó a reírse-. No, no, no soy antojadizo. Soy muy fiel. Soy muy constante. Comprenez?

-Monsieur es constante; entiendo perfectamente. Es una vir­tud poco habitual. Para recompensarle, tendrá usted su cuadro en cuanto sea posible; la semana que viene... tan pronto como se seque. Cogeré la tarjeta de monsieur.

Cogió la tarjeta y leyó su nombre: «Christopher Newman».

Intentó repetirlo en voz alta y se rió de su mal acento.

-¡Sus nombres ingleses son tan estrafalarios!

-¿Estrafalarios? -dijo el señor Newman, riéndose también-. ¿Ha oído hablar alguna vez de Cristóbal Colón?

-Bien sûr! Inventó América; un gran hombre. ¿Es su patrón?

-¿Mi patrón?

-Su santo patrón, en el calendario.

-Ah, exactamente; mis padres me dieron su nombre.

-¿Monsieur es americano?

-¿Acaso no lo ve? -preguntó monsieur.

-¿Y tiene usted la intención de llevarse mi pequeño cuadro hasta allí? -y explicó la frase con un ademán.

-Bueno, mi intención es comprar muchos cuadros... beau­ coup, beaucoup -dijo Christopher Newman.

-Me hace usted un gran honor -respondió la joven-, ya que estoy segura de que monsieur tiene muy buen gusto.

-Pero ha de darme usted su tarjeta -dijo Newman-; su tarje­ta, ya sabe.

La joven se puso seria por un instante, y después dijo:

-Mi padre le visitará.

Pero a Newman esta vez le fallaron los poderes adivinatorios.

-Su tarjeta, su dirección -se limitó a repetir.

-¿Mi dirección? -dijo mademoiselle. Ya continuación, enco­giéndose de hombros-: ¡Felizmente para usted, es usted ame­ricano! Es la primera vez que le doy mi tarjeta a un caballero -y sacando de su bolsillo un monedero bastante pringoso, extrajo una pequeña tarjeta de visita glaseada y se la ofreció a su mece­nas. Tenía una pulcra inscripción a lápiz, con muchas floritu­ras: «Mlle. Noémie Nioche». Pero el señor Newman, a diferencia de su compañera, leyó el nombre con absoluta solemnidad; todos los nombres franceses se le antojaban igualmente estra­falarios.

-Y, precisamente, aquí está mi padre, que ha venido para acompañarme a casa -dijo mademoiselle Noémie-. Habla in­glés. Concretará con usted los pormenores -y se volvió para recibir a un pequeño y anciano caballero que se acercaba arras­trando los pies y mirando a Newman con ojos escrutadores por encima de sus anteojos.

Monsieur Nioche llevaba un lustroso peluquín, de color po­co natural, que caía sobre su pequeño rostro sumiso, pálido y anodino, apenas dotándole de mas expresión que la de las hor­mas sin facciones sobre las que se exponen estos artículos en el escaparate del barbero. Ofrecía una exquisita imagen de raído refinamiento. Su pequeño abrigo, de mala factura y cepillado con ahínco, los guantes zurcidos, las botas bruñidas, el simétri­co sombrero descolorido, contaban la historia de una persona que había «tenido pérdidas» y que se aferraba al espíritu de los hábitos meticulosos, a pesar de que su sentido literal se había borrado irremediablemente. Entre otras cosas, monsieur Nio­che había perdido denuedo. La adversidad no sólo le había lle­vado a la ruina sino que además le había atemorizado, y a todas luces recorría lo que le quedaba de vida de puntillas, por miedo a despertar a los hados hostiles. Si este extraño caballero le esta­ba diciendo algo impropio a su hija, monsieur Nioche le roga­ría con voz ronca que, como un favor especial, desistiera de hacerlo; pero al mismo tiempo admitiría que era muy presun­tuoso por pedir favores especiales.

-Monsieur ha comprado mi cuadro -dijo mademoiselle Noémie-. Cuando esté terminado, habrás de llevárselo en un cabriolé.

-¡En un cabriolé! -exclamó monsieur Nioche, y se quedó mirándola atónito, como si hubiese visto salir el sol a mediano­che.

-¿Es usted el padre de la joven? -dijo Newman-. Creo que me ha dicho que habla usted inglés.

-Que hablo inglés... sí -dijo el anciano, frotándose pausada­mente las manos-. Se lo llevaré en un cabriolé.

-Di algo, entonces -instó su hija-. Agradéceselo un poco... pero no demasiado.

-Un poco, hija mía, un poco -dijo monsieur Nioche, perple­jo-. ¿Cuánto ha sido?

-¡Dos mil! -dijo mademoiselle Noémie-. No armes un escán­dalo o se echará atrás.

-¡Dos mil! -exclamó el anciano, y se puso a buscar a tientas su caja de rapé. Miró a Newman de la cabeza a los pies, después a su hija y por último al cuadro-. ¡Tenga cuidado, no vaya a estropearlo! -exclamó en un tono casi sublime.

-Debemos irnos a casa -dijo mademoiselle Noémie-. Ha sido un buen día de trabajo. ¡Cuidado con cómo lo llevas! -y empe­zó a guardar sus utensilios.

-¿Cómo se lo puedo agradecer? -preguntó monsieur Nio­che-. Mi inglés no es suficiente.

-Ya quisiera yo hablar francés así de bien -dijo Newman de buen talante-. Su hija es muy mañosa.

-¡Ah, señor! -y monsieur Nioche miró por encima de sus len­tes con ojos llorosos y asintió varias veces con aire de infinita tris­teza-. ¡Ha tenido una educación...
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