Traducción de Ana Belén Costas






descargar 0.86 Mb.
títuloTraducción de Ana Belén Costas
página8/15
fecha de publicación07.01.2016
tamaño0.86 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Finanzas > Documentos
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   15
misión que no soy capaz de cumplir yo solo.

–¿Tu misión es lo que haces en el restaurante armenio?

–Eso es sólo una pequeña parte. Hacemos lo mismo los vier­nes con mendigos. Los miércoles trabajamos con los nuevos nó­madas.

¿Nuevos nómadas? Mejor no interrumpir ahora; el Mikhail que charlaba conmigo no tenía la arrogancia de la pizzería, ni el carisma del restaurante, ni la inseguridad de la tarde de autó­grafos. Era una persona normal, un compañero con el que siempre acabamos la noche hablando sobre los problemas del mundo.

–Sólo puedo escribir sobre aquello que realmente me toca el alma –insistí.

¿Te gustaría ir con nosotros a hablar con los mendigos?

Recordé el comentario de Esther y la falsa tristeza en los ojos de aquellos que debían de ser los más miserables del mundo.

–Déjame pensarlo un poco.

Nos acercábamos al museo del Louvre, pero él se paró, se apoyó en el muro del río, y nos quedamos mirando los barcos que pasaban, con faros que herían nuestros ojos.

–Mira lo que hacen –dije porque necesitaba sacar cualquier tema, por miedo a que se aburriese y decidiese irse a casa–. Sólo ven lo que alcanza la luz. Cuando vuelvan a casa, dirán que co­nocen París. Mañana verán la Mona Lisa y dirán que visitaron el Louvre. No conocen París ni han ido al Louvre; todo lo que han hecho es ir en barco y ver un cuadro, un único cuadro. ¿Cuál es la diferencia entre ver una película pornográfica y ha­cer el amor? La misma diferencia que hay entre ver una ciudad e intentar saber lo que sucede en ella, ir a los bares, internarse por calles que no están en las guías turísticas, perderse para en­contrarse con uno mismo.

–Admiro tu control. Hablas de los barcos del Sena, y esperas el momento justo para hacer la pregunta que te ha traído hasta mí. Siéntete libre ahora para hablar abiertamente sobre lo que quieres saber.
No había ninguna agresividad en su voz, y yo decidí seguir adelante.

–¿Dónde está Esther?

–Físicamente, muy lejos, en Asia Central. Espiritualmente, muy cerca, acompañándome día y noche con su sonrisa y con el recuerdo de sus palabras de entusiasmo. Fue ella quien me trajo hasta aquí, un pobre joven de veintiún años, sin futuro, al que la gente de mi aldea consideraba una aberración, un enfermo o un hechicero que tenía un pacto con el demonio, y que la gente de la ciudad consideraba un simple campesino en busca de empleo.

»Otro día te cuento mejor mi historia, pero el hecho es que yo sabía hablar inglés y empecé a trabajar como intérprete para ella. Estábamos en la frontera de un país en el que ella nece­sitaba entrar: los norteamericanos estaban construyendo mu­chas bases militares allí, se preparaban para la guerra con Afga­nistán, era imposible conseguir un visado. Yo la ayudé a cruzar las montañas ilegalmente. Durante la semana que pasamos jun­tos, ella me hizo entender que yo no estaba solo, que me com­prendía.

»Le pregunté qué hacía tan lejos de casa. Después de algu­nas respuestas evasivas, finalmente, me contó lo que debe de ha­berte contado a ti también: buscaba el lugar en el que se había escondido la felicidad. Yo le hablé de mi misión: conseguir que la energía del amor vuelva a expandirse por la Tierra. En el fon­do, ambos buscábamos lo mismo.

»Esther fue a la embajada de Francia y me consiguió un vi­sado como intérprete de la lengua kazaca, aunque todo el mun­do en mi país sólo hable ruso. Vine a vivir aquí. Nos veíamos siempre que ella volvía de sus misiones en el extranjero; viaja­mos otras dos veces juntos a Kazajstán; le interesaba muchísimo la cultura tengri y, también un nómada que había conocido –y que creía tener la respuesta para todo.

Yo quería saber qué era «tengri», pero la pregunta podía esperar. Mikhail siguió hablando, y sus ojos denotaban la misma nostalgia que yo tenía de Esther.

–Empezamos a hacer un trabajo aquí en París; fue ella quien tuvo la idea de reunir a la gente una vez a la semana. Decía: «En toda relación humana, lo más importante es hablar; pero la gente ya no se sienta a charlar y a escuchar a los demás. Van al teatro, al cine, ven la televisión, escuchan la radio, leen libros, pero casi no hablan. Si queremos cambiar el mundo, tenemos que volver a la época en la que los guerreros se reunían alrede­dor de la hoguera y contaban historias.

Recordé que Esther decía que todas las cosas importantes en nuestras vidas habían surgido de largos diálogos en una mesa de bar, o caminando por calles y parques.

–La idea de que sea los jueves es mía porque así lo manda la tradición en la que fui criado. Pero la idea de salir de vez en cuando por las calles de París es suya: decía que los únicos que no fingían estar contentos eran los mendigos; al contrario, fin­gen estar tristes.

»Me dio tus libros para que los leyese. Entendí que también tú, tal vez de manera inconsciente, imaginabas el mismo mundo que nosotros dos. Entendí que no estaba solo, aunque fuese el único que oyese la voz. Poco a poco, a medida que la gente se animaba a frecuentar la reunión, empecé a creer que podía cum­plir mi misión, ayudar a que la energía volviese, aunque para eso fuese preciso regresar al pasado, al momento en que se fue o se escondió.

–¿Por qué me dejó Esther?

¿Acaso yo no podía cambiar de tema? La pregunta irritó un poco a Mikhail.

–Por amor. Hoy usaste el ejemplo de los raíles, pues bien, ella no es un raíl a tu lado. Ella no sigue las reglas, e imagino que tú tampoco las sigues. Espero que sepas que yo también la echo de menos.

–Entonces...

–Entonces, si quieres encontrarla, puedo decirte dónde está.

Yo he sentido el mismo impulso, pero la voz me dice que no es el momento, que nadie debe perturbarla en su encuentro con la energía del amor. Yo respeto la voz, la voz nos protege: a mí, a ti, a Esther.

–¿Cuándo será el momento?

–Tal vez mañana, dentro de un año o nunca más, y en ese caso tendremos que respetar su decisión. La voz es la energía, por eso, sólo reúne a las personas cuando están realmente pre­paradas para ese momento. Aun así, todos nosotros intentamos forzar una situación, simplemente para oír la frase que no que­rríamos oír nunca: «Vete.» El que no respeta la voz, y llega antes o después de lo que debería, jamás conseguirá lo que pretende.

–Prefiero oírla decir «vete» que seguir con el Zahir en mis noches y mis días. Si lo dijera, dejaría de ser una idea fija para convertirse en una mujer que ahora vive y piensa diferente.

–Ya no será el Zahir, sino una gran pérdida. Si un hombre y una mujer consiguen manifestar la energía, realmente están ayu­dando a todos los hombres y las mujeres del mundo.

–Me estás asustando. Yo la amo. Sabes que la amo, y me di­ces que ella aún me ama. No sé qué es estar preparado, no pue­do vivir en función de lo que los demás esperan de mí, ni tan si­quiera Esther.

–Por lo que entendí en mis conversaciones con ella, en al­gún momento tú te perdiste. El mundo empezó a girar en torno a ti, exclusivamente en torno a ti.

–No es verdad. Ella tuvo libertad para crear su propio cami­no. Decidió ser corresponsal de guerra, incluso en contra de mi voluntad. Pensó que tenía que buscar la razón de la infelicidad humana, aunque yo le argumentase que es imposible saberlo. ¿Acaso ella desea que yo vuelva a ser un raíl al lado de otro raíl, guardando esa distancia estúpida, sólo porque lo decidieron los romanos?

–Al contrario.

Mikhail volvió a caminar, y yo lo seguí.

–¿Tú crees que oigo una voz?

–A decir verdad, no lo sé. Y ya que estamos aquí, déjame que te enseñe algo.

–Todo el mundo piensa que es un ataque epiléptico, y yo dejo que piensen así: es más fácil. Pero esa voz me habla desde que soy un niño, desde que vi a aquella mujer.

–¿Qué mujer?

–Después te lo cuento.

–Siempre que te pregunto algo respondes «después te lo cuento».

–La voz me está diciendo algo. Sé que estás ansioso o asus­tado. En la pizzería, cuando sentí el viento caliente y vi las lu­ces, sabía que eran los síntomas de mi conexión con el Poder. Sabía que estaba allí para ayudarnos a los dos.

»Si crees que todo lo que estoy diciendo no pasa de la locu­ra de un chico epiléptico que quiere aprovecharse de los senti­mientos de un escritor famoso, entonces mañana te doy un mapa con el lugar en el que ella se encuentra y puedes ir a bus­carla. Pero la voz nos está diciendo algo. –¿Puedo saber qué es o me lo cuentas después?

–Te lo cuento dentro de un rato: todavía no he entendido bien el mensaje.

–Aun así, prométeme que me darás la dirección y el mapa.

–Te lo prometo. En nombre de la Energía Divina del amor, lo prometo. ¿Qué es lo que querías enseñarme?

Señalé una estatua dorada, una joven montada a caballo.

–Eso. Ella oía voces. Mientras la gente respetó lo que decía, todo fue bien. Cuando empezaron a dudar, el viento de la victo­ria cambió de lado.

Juana de Arco, la virgen de Orleans, la heroína de la guerra de los Cien Años, que a los diecisiete había sido nombrada co­mandante de las tropas porque... oía voces, y esas voces le co­municaban la mejor estrategia para derrotar a los ingleses. Dos años después, era condenada a muerte en la hoguera, acusada de hechicería. Yo utilicé en uno de mis libros una parte del inte­rrogatorio, fechado el 24 de febrero de 1431:
Ella fue entonces interrogada por el Dr. Fean Beaupére. Pre­guntada si había oído una voz, respondió:

La oí tres veces, ayer y hoy. Por la mañana, a la hora de las Vísperas y cuando tocaron al Ave María...

Preguntada si la voz estaba en el cuarto, ella respondió que no lo sabía, pero que la había despertado. No estaba en el cuar­to, pero estaba en el castillo.

Ella le preguntó a la voz qué debía hacer, y la voz le pidió que se levantase de la cama y que juntase las palmas de las manos.

Entonces [Juana de Arco] le dijo al obispo que la interro­gaba:

Usted afirma que es mi juez. Así que, preste mucha aten­ción a lo que va a hacer porque yo soy la enviada de Dios y está usted en peligro. La voz me ha hecho revelaciones que debo decir al rey, pero no a usted. Esta voz que oigo (desde hace mucho tiempo) viene de Dios, y me da más miedo contrariar a las voces que contrariarlo a usted.
–No estarás insinuando que… –¿Que eres la reencarnación de Juana de Arco? No creo. Ella murió con tan sólo diecinueve años, y tú ya tienes veinticin­co. Ella dirigió el ejército francés, y por lo que me has dicho, tú ni siquiera eres capaz de dirigir tu propia vida.

Volvimos a sentarnos en el muro que rodea el Sena.

–Creo en señales –insistí–. Creo en el destino. Creo que la gente tiene, todos los días, una posibilidad de saber cuál es la mejor decisión en todo lo que hace. Creo que fallé, que en algún momento perdí mi conexión con la mujer que amaba. Y ahora, todo lo que necesito es terminar este ciclo; así que quiero el mapa, quiero ir hasta ella.

Él me miró, y parecía la persona en trance que se presentaba en el escenario del restaurante. Presentí un nuevo ataque epilép­tico, en medio de la noche, en un lugar prácticamente desierto.

–La visión me ha dado poder. Este poder es casi visible, pal­pable. Puedo manejarlo, pero no puedo dominarlo.

–Es tarde para este tipo de conversaciones. Estoy cansado y tú también. Me gustaría que me dieses el mapa y el lugar.

–La voz... te daré el mapa mañana por la tarde. ¿Dónde puedo entregarlo?

Le di mi dirección, y me sorprendió que no supiese dónde había vivido con Esther.

–¿Crees que me he acostado con tu mujer?

–Jamás te preguntaría eso. No es de mi incumbencia.

–Pero me lo preguntaste cuando estábamos en la pizzería.

Lo había olvidado. Claro que era de mi incumbencia, pero ahora su respuesta ya no me interesaba.

Los ojos de Mikhail cambiaron. Busqué algo en el bolsillo para ponérselo en la boca en caso de un ataque, pero él parecía calmado, manteniendo la situación bajo control.

–En este momento estoy oyendo la voz. Mañana cogeré el mapa, las notas, los vuelos e iré a tu casa. Creo que ella te está esperando. Creo que el mundo será más feliz si dos personas, tan sólo dos personas, son más felices. Pero sucede que la voz me está diciendo que no podremos vernos mañana.

–Yo sólo tengo una comida con un actor que ha venido de Estados Unidos y no puedo cancelarla. Te estaré esperando el resto del día.

–Pero la voz lo dice.

–¿Te está prohibiendo que me ayudes a encontrar a Esther?

–No creo. Fue la voz la que me estimuló a ir a tu tarde de autógrafos. A partir de ahí, yo sabía más o menos que las cosas se encaminarían de la manera en que se han encaminado, por­que había leído Tiempo de romper, tiempo de coser.

–Entonces –y me moría de miedo por si cambiaba de idea–, vamos a hacer lo que hemos acordado. Estoy libre a partir de las dos de la tarde.

–Pero la voz dice que todavía no es d momento.

–Me lo has prometido.

–Está bien.

Me tendió la mano y dijo que al día siguiente pasaría por mi casa a última hora de la tarde. Sus últimas palabras aquella no­che fueron:

–La voz dice que sólo permitirá que eso suceda en el mo­mento preciso.

Yo, mientras volvía a mi apartamento, la única voz que oía era la de Esther, hablando de amor. Y mientras recordaba la conversación, entendía que se refería a nuestro matrimonio.
–Cuando tenía quince años, estaba loca por descubrir el sexo. Pero era pecado, estaba prohibido. Yo no podía entender por qué era pecado. ¿Y tú? ¿Me puedes decir por qué todas las re­ligiones, en todos los lugares del mundo, consideran el sexo como algo prohibido, incluso las religiones y las culturas más primitivas?

–Se te ha dado por pensar ahora en cosas muy exquisitas. ¿Por qué está prohibido el sexo?

–Por culpa de la alimentación.

–¿De la alimentación?

–Hace miles de años, las tribus viajaban, hacían el amor li­bremente, tenían hijos y, cuanto más poblada era una tribu, más posibilidades tenía de desaparecer. Luchaban entre sí por comi­da, matando a los niños y después matando a las mujeres, que eran más débiles. Sólo quedaban los fuertes, pero eran todos hombres. Y los hombres, sin mujeres, no pueden perpetuar la especie.

«Entonces alguien, al ver que eso había sucedido en la tribu vecina, decidió evitar que también sucediese en la suya. Inventó una historia: los dioses prohibían que los hombres hiciesen el amor con todas las mujeres. Sólo podían hacerlo con una o con dos como máximo. Algunos eran impotentes, algunas eran esté­riles, parte de la tribu no tenía hijos por razones naturales, pero nadie podía cambiar de pareja.

»Todos lo creyeron, porque el que lo dijo hablaba en nombre de los dioses, debía de tener algún tipo de comportamiento dife­rente: una deformidad, una enfermedad que provoca convulsio­nes, un don especial, cualquier cosa que lo distinguiese de los demás, porque fue así como surgieron los primeros líderes.

En pocos años, la tribu se hizo más fuerte; un número de hombres capaces de alimentar a todos, mujeres capaces de reproducir, ni­ños capaces de aumentar lentamente el número de cazadores y de reproductoras. ¿Sabes qué es lo que le da más placer a una mujer en el matrimonio?

–El sexo.

–Error: alimentar. Ver a su marido comer. Ése es el momen­to de gloria de la mujer, que se pasa el día entero pensando en la cena. Y tal vez sea por eso, por culpa de una historia escondi­da en el pasado: el hambre, la amenaza de extinción de la espe­cie y el camino hacia la supervivencia.

–¿Echas de menos tener hijos?

–No ha sucedido, ¿verdad? ¿Cómo puedo echar de menos algo que no ha sucedido?

–¿Y crees que eso habría cambiado nuestro matrimonio?

–¿Cómo voy a saberlo? Puedo ver a mis amigas y a mis ami­gos: ¿son ellos más felices por tener hijos? Algunos sí, otros no tanto. Pueden ser felices con sus hijos, pero eso no ha mejorado ni empeorado la relación entre ellos. Se siguen creyendo con el derecho a intentar controlar al otro. Siguen creyendo que la promesa «ser felices para siempre» tiene que mantenerse, inclu­so a costa de la infelicidad cotidiana.

–La guerra te está haciendo daño, Esther. Te está poniendo en contacto con una realidad muy diferente de la que vivimos aquí. Sí, sé que voy a morir; por eso, vivo cada día como si fuese un milagro. Pero eso no me obliga a pensar en el amor, la felici­dad, el sexo, la alimentación, el matrimonio.

–La guerra no me deja pensar. Simplemente existo, y punto. Cuando entiendo que en cualquier momento me puede atrave­sar una bala perdida, pienso: «Qué bien, no tengo que preocu­parme de qué pasará con mi hijo.» Pero también pienso: «Qué pena, voy a morir, y no quedará nada de mí, sólo he sido capaz
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   15

similar:

Traducción de Ana Belén Costas iconTraducción de Ana Belén Costas

Traducción de Ana Belén Costas iconTraducción de Ana Belén Costas

Traducción de Ana Belén Costas iconTraducción de Ana Belén Costas

Traducción de Ana Belén Costas iconAna Belén Acevedo González

Traducción de Ana Belén Costas iconBallester Casado Ana, Chamorro Guerrero Dolores, (1991). La Traducción...

Traducción de Ana Belén Costas iconA belén pastores, a Belén chiquillos

Traducción de Ana Belén Costas iconA belén pastores, a belén chiquillos

Traducción de Ana Belén Costas iconRubén, a un lado en el escenario, con su micrófono, mientras Belén...

Traducción de Ana Belén Costas iconLa escritura de ana rossetti
«el nombre de la rosa» (pequeña divagación sobre magia y poesía a propósito de Ana Rossetti)

Traducción de Ana Belén Costas iconTraducción de Ana Sánchez
«Las ciencias naturales englobarán ( ) la ciencia del hombre, al igual que la ciencia del hombre englobará las ciencias de la naturaleza»...






© 2015
contactos
l.exam-10.com