Traducción de Ana Belén Costas






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otra pregunta me puso nervioso.

–Sí, quiero.

–Alfombras. Y dando clases de francés.

¡Alfombras! Mi mujer (ex mujer, ¡por favor, acostúmbrate!), que tenía todo el dinero que necesitaba en la vida, que había es­tudiado periodismo en la universidad, que hablaba cuatro idio­mas, ¿ahora se veía obligada a sobrevivir haciendo alfombras y dando clases para extranjeros? Mejor que me controlase: no po­día herirlo en su orgullo masculino, aunque creyese que era una vergüenza que no pudiera darle a Esther todo lo que ella me­recía.

–Por favor, entiende lo que estoy pasando desde hace más de un año. No soy ninguna amenaza para vuestra relación, sólo necesito dos horas con ella. O una hora, me da igual.

Mikhail parecía saborear mis palabras.

–Has olvidado responder a mi pregunta –dijo, con una son risa–. ¿Crees que Esther, siendo ella quien es, dejaría al hombre de su vida sin al menos decirle adiós y sin explicarle la razón?

–Creo que no.

–Entonces, ¿por qué esa historia de «ella me dejó»? ¿Por qué me dices que «no soy una amenaza para vuestra relación»?

Me dejó confuso. Y sentí algo llamado «esperanza», aunque no supiese qué esperaba, ni de dónde venía.

–Me estás diciendo que...

–Exactamente. Te estoy diciendo que creo que ella no te ha dejado, y que tampoco me ha dejado a mí. Simplemente ha de­saparecido; durante algún tiempo, o durante el resto de la vida, pero ambos tenemos que respetarlo.
Fue como si una luz brillase en aquella pizzería que siempre me traía buenos recuerdos, buenas historias. Yo quería creer de­sesperadamente lo que decía el chico, el Zahir ahora latía en todo a mi alrededor.

–¿Sabes dónde está?

–Sí. Pero debo respetar su silencio, aunque ella también me haga mucha falta. Toda esta situación también es confusa para mí: o Esther está satisfecha por haber encontrado el amor que devora, o bien espera que uno de nosotros vaya a su encuentro, o ha encontrado a otro hombre, o ha desistido del mundo. Sea como fuere, si decides ir a su encuentro, yo no puedo impedirlo. Pero pienso que, en tu caso, tienes que aprender el camino que te lleve a encontrar no sólo su cuerpo, sino también su alma.

Yo quería reír, quería abrazarlo o quería matarlo; las emo­ciones cambiaban con una rapidez impresionante.

–Tú y ella...

–¿Nos acostamos? No te interesa. Pero encontré en Esther la compañera que estaba buscando, la persona que me ayudó a empezar la misión que me fue confiada, el ángel que me abrió las puertas, los caminos, las veredas que nos permitirán –si la Señora quiere– traer de nuevo la energía del amor a la Tierra. Compartimos la misma misión.

»Y simplemente, para que te quedes más tranquilo: tengo una novia, la chica rubia que estaba en el escenario. Se llama Lucrecia, es italiana.

–¿Me estás diciendo la verdad?

–En nombre de la Energía Divina, te estoy diciendo la ver­dad.

Sacó un trozo de tela oscura del bolsillo.

–¿Ves esto? En verdad, el color de la tela es verde: parece negra porque tiene sangre coagulada.

»Un soldado, en algún país del mundo, le pidió algo antes de morir: ella tenía que quitarle la camisa, cortarla en varios trozos y distribuirlos entre quienes pudiesen entender el mensaje de aquella muerte. ¿Tú tienes un trozo?

–Esther jamás me habló de ese tema.

–Cuando ella encuentra a alguien que debe recibir el mensa­je, también le da un poco de sangre del soldado.

–¿Cuál es ese mensaje?

–Si ella no te dio un trozo, no creo que pueda decirte nada al respecto, aunque no me haya pedido que le guarde el secreto.

–¿Conoces a alguien más que tenga un trozo de esta tela?

–Todas las personas que estaban en el escenario. Estamos juntos porque Esther nos unió.
Tenía que ir con cuidado, establecer una relación. Hacer un depósito en el Banco de Favores. No asustarlo, no mostrar an­siedad. Hacerle preguntas sobre él, sobre su trabajo, sobre su país, del cual había hablado con tanto orgullo. Saber si lo que me estaba diciendo era verdad o si tenía otras intenciones. Te­ner la absoluta certeza de que todavía mantenía contacto con Esther o si también había perdido su pista. Incluso viniendo de un lugar tan distante, donde los valores tal vez fuesen otros, yo sabía que el Banco de Favores funcionaba en cualquier parte, era una institución que no conocía fronteras.

Por un lado, quería creer en todo lo que decía. Por otro, mi corazón ya había sufrido y sangrado mucho, por las mil y una noches en que me quedaba despierto, esperando el ruido de la llave girando en la cerradura, esperando que Esther entrase y se acostase a mi lado, sin decir nada. Me había prometido a mí mismo que, si eso sucedía un día, jamás le haría pregunta algu­na, simplemente la besaría, le diría «que duermas bien, amor mío» y despertaríamos juntos al día siguiente, cogidos de la mano, como si aquella pesadilla jamás hubiese sucedido.

Roberto llegó con las pizzas; parecía tener un sexto sentido, apareció en el momento en el que necesitaba ganar tiempo para pensar.

Volví a mirar a Mikhail. «Calma, controla tu corazón o te va a dar un infarto.» Bebí un vaso entero de vino y vi que él hacía lo mismo.

¿Por qué estaba nervioso?

–Creo lo que me dices. Tenemos tiempo para hablar.

–Me vas a pedir que te lleve donde está ella.

Me había estropeado el juego; tenía que volver a empezar.

–Sí, te lo voy a pedir. Voy a intentar convencerte. Voy a hacer todo lo posible para conseguirlo. Pero no tengo prisa, todavía tene­mos una pizza entera por delante. Quiero oír más cosas sobre ti.
Reparé en que sus manos temblaban, aunque él se esforzaba por controlarlas.

–Soy una persona con una misión. Hasta el momento, toda­vía no he conseguido cumplirla. Pero creo que todavía tengo muchos días por delante.

–Y tal vez yo pueda ayudarte.

–Puedes ayudarme. Cualquiera puede ayudarme, basta con ayudar a que la energía del amor se expanda por el mundo.

–Puedo hacer más que eso.

No quería ir más lejos para no parecer que estaba intentan­do comprar su fidelidad. «Cuidado, todo cuidado es poco. Pue­de que esté diciendo la verdad, pero también puede que esté mintiendo, intentando aprovecharse de mi sufrimiento.»

–Sólo conozco una energía de amor –continué–. Aquella que tengo por la mujer que se fue... mejor dicho, que se apartó, y me está esperando. Si pudiera volver a verla, sería un hombre feliz. Y el mundo sería mejor, porque una alma estaría contenta.

Él miró hacia el techo, miró hacia la mesa, y yo dejé que el silencio se prolongase todo lo posible.

–Oigo una voz –dijo por fin, sin coraje para mirarme.

La gran ventaja de abordar temas que envuelven la espiritua­lidad en libros es saber que siempre entraré en contacto con personas que poseen algún tipo de don. Algunos de esos dones son reales, otros son invención, algunas de esas personas inten­tan aprovecharse, otras me están poniendo a prueba. Yo ya ha­bía visto tantas cosas sorprendentes que ese día no tenía la me­nor duda de que los milagros existen, que todo es posible, el hombre está volviendo a aprender aquello que ha olvidado, sus poderes interiores.

La diferencia es que ése no era el momento ideal para hablar del tema. Mi único interés era el Zahir. Necesitaba que el Zahir volviera a llamarse Esther.

–Mikhail...

–Mi verdadero nombre no es Mikhail. Me llamo Oleg.

–Oleg...

–Mikhail es mi nombre; lo escogí cuando decidí renacer para la vida. El arcángel guerrero, con su espada de fuego, abriendo camino para que –¿cómo lo llamas tú?– los «guerre­ros de la luz» puedan encontrarse. Ésa es mi misión.

–Ésa es también mi misión.

–¿No prefieres hablar de Esther?

¿Cómo? ¿Había desviado otra vez el tema hacia lo que me interesaba?

–No me encuentro muy bien –su mirada empezaba a per­derse, vagaba por el restaurante, como si yo no estuviese allí–. No quiero tocar ese tema. La voz...

Algo extraño, muy extraño estaba sucediendo. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar para impresionarme? ¿Acabaría pidiéndo­me, como mucha gente antes, que escribiese un libro sobre su vida y sus poderes?

Siempre que tengo un objetivo claro ante mí, estoy dispuesto a todo para alcanzarlo (después de todo, eso era lo que decía en mis libros, y no podía traicionar mis palabras). Ahora tenía un objetivo: mirar una vez más a los ojos del Zahir. Mikhail me ha­bía dado una serie de informaciones nuevas: no era su amante, ella no me había dejado, todo era una cuestión de tiempo hasta traerla de vuelta. También cabía la posibilidad de que la comida en la pizzería fuese una farsa; un chico que no tiene cómo ga­narse la vida se aprovecha del dolor ajeno para conseguir lo que pretende.

Bebí un vaso de vino de una sola vez. Mikhail hizo lo mismo.

Prudencia, decía mi instinto.

–Sí, quiero hablar de Esther. Pero también quiero saber más cosas sobre ti.

–No es verdad. Quieres seducirme, convencerme de que haga cosas que yo, en principio, ya estaba dispuesto a hacer. Aun así, tu dolor no te deja ver claramente: crees que puedo es­tar mintiendo, que quiero aprovecharme de la situación.

Aunque Mikhail supiese exactamente lo que yo estaba pensando, hablaba más alto de lo que manda la buena educación. La gente empezaba a volverse para ver lo que sucedía.

–Quieres impresionarme, sin saber que tus libros han marca­do mi vida, que aprendí mucho con lo que estaba escrito en ellos. Tu dolor te ha dejado ciego, mezquino, con una obsesión: el Zahir. No es tu amor por ella lo que me hizo aceptar esta in­vitación para comer; no me convence, creo que puede ser sim­plemente tu orgullo herido. Lo que me ha hecho estar aquí...

La voz aumentaba de tono; empezó a mirar en varias direc­ciones, como si estuviese perdiendo el control.

–Las luces...

–¿Qué pasa?

–Lo que me ha hecho estar aquí ¡es el amor de ella por ti!

–¿Estás bien?

Roberto se dio cuenta de que algo andaba mal. Vino hasta la mesa y agarró el hombro del chico, como quien no quiere la cosa:

–Bien, por lo visto, mi pizza está horrorosa. No tienen que pagar, pueden irse.
Era la solución. Podíamos levantarnos, salir y evitar el deso­lador espectáculo de alguien que finge estar poseído por un es­píritu en una pizzería, simplemente para causarme algún tipo de impresión o embarazo (aunque yo pensara que la cosa era más seria que una simple representación teatral).

–¿Sientes el viento?

En ese momento, tuve la certeza de que el muchacho no es­taba representando: al contrario, hacía un gran esfuerzo por controlarse, y le estaba entrando un pánico mayor que el mío.

–¡Las luces, las luces están apareciendo! ¡Por favor, sácame de aquí!

Su cuerpo empezó a sacudirse con los temblores. Ahora ya no se podía esconder nada, la gente de otras mesas se había levantado.

–En Kazajs...

No consiguió terminar la frase. Empujó la mesa: pizzas, vasos y tenedores volaron y alcanzaron a quienes comían a nuestro lado. Su expresión cambió por completo, su cuerpo temblaba y sus ojos salían de sus órbitas. La cabeza se echó violentamente hacia atrás y oí un ruido de huesos. Un señor se levantó de una de las mesas. Roberto lo agarró antes de que se cayese, mientras el hombre cogía una cuchara del suelo y la metía en su boca.

La escena debió de durar tan sólo unos segundos, pero a mí me pareció una eternidad. Imaginaba otra vez las revistas sensacionalistas describiendo cómo el famoso escritor, posible candi­dato a un importante premio literario a pesar de tener a toda la crítica en contra, había provocado una sesión de espiritismo en una pizzería, simplemente para llamar la atención sobre su nue­vo libro. Mi paranoia continuó descontroladamente: iban a des­cubrir en seguida que aquel médium era el mismo hombre que había desaparecido con su mujer. Todo empezaría de nuevo, y esta vez ya no tendría valor ni energía para enfrentarme de nue­vo a la misma prueba.

Claro, en aquellas mesas estaban algunos conocidos míos, pero ¿cuál de ellos era realmente mi amigo? ¿Quién iba a ser capaz de mantener en silencio lo que estaba viendo?

El cuerpo del chico dejó de temblar, se relajó; Roberto lo mantenía sentado en la silla. El hombre le tomó el pulso, abrió sus párpados y me miró:

–No debe de ser la primera vez. ¿Cuánto tiempo hace que lo conoce?

–Vienen a menudo por aquí –respondió Roberto, notando que yo estaba completamente desarmado–. Pero es la primera vez que sucede en público, aunque yo ya haya tenido casos como éste en mi restaurante.

–Ya me he dado cuenta –respondió el hombre–. No le ha entrado el pánico.

Era un comentario dirigido a mí, que debía de estar pálido. El hombre volvió a su mesa. Roberto intentó relajarme:

–Es el médico de una actriz muy famosa –dijo–. Y creo que tú necesitas más cuidados que tu invitado.
Mikhail –o Oleg, o fuese quien fuese aquella criatura que es­taba frente a mí– despertaba. Miró a su alrededor, y en vez de sentir vergüenza, sonrió, un poco confuso.

–Disculpa –dijo–. He intentado controlarlo.

Yo procuraba mantener la compostura, Roberto volvió a so­correrme:

–No se preocupe. Aquí nuestro escritor tiene dinero sufi­ciente para pagar los platos rotos.

Después, se volvió hacia mí:

–Epilepsia. Simplemente un ataque epiléptico, nada más.

Salimos del restaurante, Mikhail entró rápidamente en un taxi.

–¡Pero no hemos hablado! ¿Adonde vas?

–Ahora no estoy en condiciones. Y ya sabes dónde encon­trarme.
Hay dos tipos de mundo: aquel con el que soñamos y aquel que es real.

En el mundo que yo soñaba, Mikhail había dicho la verdad, todo se reducía a un momento difícil de mi vida, un malentendi­do que sucede en cualquier relación amorosa. Esther me aguar­daba pacientemente, esperando que yo descubriese lo que había fallado en nuestra relación, fuese hasta ella, le pidiese disculpas y recomenzásemos nuestra vida juntos.

En el mundo que soñaba, Mikhail y yo conversábamos tran­quilamente, salíamos de la pizzería, cogíamos un taxi, tocába­mos el timbre de la puerta donde mi ex mujer (¿o mujer?, ahora la duda se invertía) tejía sus alfombras por la mañana, daba cla­ses de francés por la tarde y dormía sola por la noche, igual que yo, esperando a que sonase el timbre, que su marido entrara con un ramo de flores y la llevara a tomar chocolate caliente a un hotel cerca de los Campos Elíseos.

En el mundo real, cada encuentro con Mikhail sería siempre tenso, con miedo por lo que había sucedido en la pizzería. Todo lo que había dicho era fruto de su imaginación; en verdad, tam­poco él sabía el paradero de Esther. En el mundo real, yo estaba a las 11.45 de la mañana en la Gare de l'Est, esperando el tren que venía de Estrasburgo, para recibir a un importante actor y director norteamericano, entusiasmadísimo con la idea de pro­ducir una película basada en uno de mis libros.

Hasta aquel momento, siempre que me hablaban de una adaptación para el cine, mi respuesta era siempre un «no me in­teresa»; creo que cada persona, al leer el libro, crea su propia película en la cabeza, da rostro a los personajes, construye los decorados, oye la voz, siente los olores. Y justamente por eso, cuando asiste a algo basado en una novela que le ha gustado, siempre sale con la sensación de haber sido engañada, siempre dice: «El libro es mejor que la película.»

Esta vez mi agente literaria había insistido mucho. Afirmaba que ese actor y productor era «de los nuestros», pretendía hacer algo totalmente diferente de lo que siempre nos habían propues­to. La cita había sido concertada con dos meses de antelación, debíamos cenar esa noche, discutir los detalles, ver si realmente había una complicidad en nuestra manera de pensar.

Pero en dos semanas mi agenda había cambiado por com­pleto: era jueves, yo tenía que ir hasta un restaurante armenio, intentar un nuevo contacto con un joven epiléptico que asegura­ba oír voces, pero que era la única persona que sabía el parade­ro del Zahir. Interpreté aquello como una señal para no vender los derechos del título, intenté cancelar la cita con el actor; él insistió, dijo que no tenía importancia, podíamos cambiar la cena por una comida al día siguiente: «Nadie se pone triste por tener que pasar una noche en París solo» fue su comentario, que me dejó completamente sin argumentos.

En el mundo que yo imaginaba, Esther todavía era mi com­pañera, y su amor me daba fuerzas para seguir adelante, para explorar todas mis fronteras.

En el mundo que existía, ella era la obsesión completa. Ab­sorbiendo toda mi energía, ocupando todo el espacio, obligán­dome a hacer un esfuerzo enorme para seguir con mi vida, mi trabajo, mis citas con productores, mis entrevistas.

¿Cómo es posible que, incluso dos años después, todavía no hubiera conseguido olvidarla? Ya no soportaba pensar en el tema, analizar todas las posibilidades, intentar huir, conformar­me, escribir un libro, practicar yoga, hacer un trabajo benéfico, frecuentar a los amigos, seducir mujeres, salir a cenar, ir al cine (evitando adaptaciones literarias, claro, y siempre buscando pe­lículas que fuesen escritas especialmente para el cine), al teatro, al ballet, al fútbol. Aun así, el Zahir siempre ganaba la batalla, siempre estaba presente, siempre me hacía pensar «cómo me gustaría que ella estuviese conmigo».
Miré el reloj de la estación de tren: faltaban todavía quince minutos. En el mundo que yo imaginaba, Mikhail era un aliado. En el mundo que existía, yo no tenía ninguna prueba concreta, aparte de mi enorme deseo de creer en lo que decía, y podía ser un enemigo disfrazado.

Volví a las preguntas de siempre: ¿por qué no me había di­cho nada? ¿Habría sido por la dichosa pregunta de Hans? ¿Habría decidido Esther que debía salvar el mundo, como me había sugerido durante nuestra conversación sobre el amor y la guerra, y me estaba «preparando» para acompañarla en esa misión?

Mis ojos estaban fijos en los raíles del tren. Esther y yo, ca­minando paralelos el uno junto al otro, sin volver a tocarnos. Dos destinos que...

Raíles de tren.

¿Qué distancia hay entre uno y otro?

Para olvidarme del Zahir, procuré informarme con uno de los
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